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¿Y si ‘sí’ saben lo que hacen? Saber lo que se hace y obrar con conocimiento (en unas elecciones)

El conocimiento no da sentido común. Si así fuera bastaría con tener información relevante sobre un tema de nuestro interés y que nos afecta para sopesar y obrar del modo más juicioso o, al menos, para cuestionarse que lo que se pensaba que era de un modo es quizá de otro. Pero lo cierto es que, muchas veces, aunque conozcamos esta información seguimos actuando del mismo modo, aunque nos perjudique. Tampoco somos muy conscientes. O no queremos serlo. Al fin y al cabo, tener noticia de algo, conocer el pasado de un político, por ejemplo, en el fondo no significa pensarlo. Ni mucho menos reflexionar sobre ello.

Ya lo decía Heráclito: erudición no enseña sensatez. Ni la formación, la cultura y el refinamiento (de ahí, por cierto, erudito que procede de erudiri, estar modelado y fuera de lo “tosco”), enseñan a saber estar con los demás y a practicar el buen juicio. Tampoco el saber garantiza el entendimiento, al menos si recuperamos la noción del mismo como la capacidad del ser humano para comprender el mundo con nociones y conceptos que nos permitan articularlo de forma coherente. Eso es lo que hacemos al entender algo: ver cómo se articula. De ahí que, por ejemplo, por mucho que se sepa qué propuestas defiende un grupo o un partido político esto no significa que veamos con perspectiva la dimensión de su propuesta ni cómo se articula.

Así que no: conocer el pasado lupino y ahújo de algunos políticos apenas le restará votos y saber que, si de algunos partidos políticos dependiera, las personas homosexuales deberían volver a los armarios, las mujeres a la cocina y los inmigrantes a sus países (o las tres cosas al mismo tiempo) tampoco se verá afectada la intención de voto de muchos ciudadanos y ciudadanas. “¡No saben lo que hacen!”, exclamamos entonces y, con las manos en la cabeza, entre la incredulidad, la sorpresa e incluso la risa de la incomprensión (o, peor aún por condescendiente, la de la ridiculización), caemos sin saberlo en la ingenuidad más peligrosa de todas: que si supieran, si de verdad supieran, votarían otra cosa, que si conocieran lo que rodea a algunos políticos, si lo conocieran, todo sería distinto. Si supieran los otros –nunca nosotros– qué piensan realmente algunos candidatos y conociéramos sus actos y su pasado, se cuidarían mucho de votarles. Y justificamos. Buscamos razones que expliquen este divorcio entre el conocimiento y (nuestro) sentido común, entre el saber y el entendimiento.

Y, al hacerlo, nosotros mismos caemos en la falta de sentido común y de entendimiento. Justificar no permite comprender. Ridiculizar tampoco. Infravalorar mucho menos. Y esto es lo que hay que pensar: que no solo se puede obrar con conocimiento y sin sentido común, sino también, lo que es más inquietante, puede actuarse sabiendo lo que se hace pero sin entender realmente qué implica lo hecho. Y todo esto, como si, los que tienen estudios y formación (eruditos), estuvieran libres de la insensatez, que se adscribiría, equivocadamente, a los toscos. El peligro, como bien viera Sócrates, suele venir de los que (creen que) saben y conocen y no practican algo mucho más necesario: la reflexión sobre aquello que saben y conocen. Pero ¿saben lo que pasa? Que pensar cansa. Es más fácil la inercia. 

Conocer y saber no son lo mismo. Su diferencia radica en la distancia: si podemos conocer a alguien pero no saberlo todo de él es porque tenemos la distancia suficiente como para verlo y reconocerlo: vemos su imagen y, aunque lo sabemos identificar, no nos identificamos con él. Es algo distinto de nosotros. Conocer en este sentido es discernir, es decir, separar algo para diferenciarlo. Por ello es precisa la distancia para distinguir los distintos árboles que conforman un bosque. Sin embargo, el conocimiento a veces solo refuerza la visión que tenemos del mundo –nuestro árbol, nuestra parcela– porque escuchamos lo que queremos, desoímos lo que nos conviene y deformamos o distorsionamos la información recibida para adecuarla a nuestra arboleda.

Quien sabe algo, sin embargo, no ve el árbol: se ha tragado el bosque, lo ha asimilado. No se olvide que de la misma raíz de saber, sapere, procede sabor. El saber es sin distancia: nos identificamos con lo sabido. Saber de verdad algo es hacerlo nuestro, saborearlo. Y saber lo que se hace significa que nos identificamos con aquello que hacemos, que nuestro obrar refleja nuestra forma de pensar. Saber lo que defiende un partido político, por muy intolerante que sea, y votarlo implica, lamentablemente, identificarse con aquello que se afirma y, por tanto, aunque se sepa lo que se hace, no se entienda la dimensión de las consecuencias. Lo que se traga a veces tiene malas digestiones. Lo que ha de llamarnos la atención de partidos que apoyan abiertamente propuestas intolerantes es que, para ellos, en realidad están haciendo algo bueno: porque velan por el “bien común” y con “sentido común”. Nadie quiere tragar veneno, ni por supuesto ser un malvado intencionadamente, aunque acabe envenenándose o generando daño por sus actos. 

El sentido común no es la facultad compartida por todos, de ahí lo “común”, que consiste en pensar en lo mejor para cada uno, es decir, lo propio, lo que me beneficia a mí, aunque haga daño a los demás. La cuestión es que si daña a la comunidad me acabará haciendo daño a mi. No somos islas ni archipiélagos. De ser algo somos puertos conectados por el mar cuya marea nos afecta por igual aunque en distintos tiempos. Cuidado entonces con lo que se entienda o se quiera hacer pasar por “lo común” del sensus communis: a veces el miedo a perder lo que uno tiene es quien genera los mayores fantasmas. O aún peor, quien los conjura o permite que se encarnen. Y otras veces es el tedio, la dejadez, la inconsciencia o el afán de castigar (¿a quién? ¿a los políticos?) quien abre la puerta a los mayores monstruos, pero no se olvide que en realidad ni votar es premiar a un partido ni abstenerse es castigarlo.

A quien se premia o castiga en unas elecciones es a la sociedad en su conjunto, pero quien recibe el golpe más duro y la pena más severa son los colectivos de posición más débil. La condición necesaria del sentido común no es conocer o saber, sino reflexionar, es decir, saber distanciarnos de nosotros mismos y ver qué es lo más adecuado para una vida que se da siempre en comunidad. No es por tanto “común” porque todos lo tengamos, es común porque es lo que nos une con los otros en un modo de habitar, de estar en el mundo y construir realidad. Lo que quiere decir que allí donde una propuesta perjudica la dignidad de cada uno de los miembros de una comunidad, donde se viva imponiendo un modo de estar que no deje espacio a la diferencia, eso, no es común, sino imposición de un colectivo que coarta el modo de vida de los demás.

De ahí que el sentido común no es sentido porque con él percibamos el mundo como lo hacemos a través de la vista, el tacto o el oído, sino que es sentido porque a través de él tomamos contacto con la realidad en su conjunto. Nos permite orientarnos y tomar una dirección meditada tras recabar una información sobre la que hemos reflexionado. Ni ligados al mundo abstracto de los deberes y los prejuicios interiorizados, ni al fantasioso mundo de los deseos y las apetencias, el sentido común es el contacto con una tierra que compartimos con otros. Puede que el conocimiento no dé sentido común ni el saber entendimiento, pero reflexionar sobre aquello que una conoce o sabe es un comienzo. Digámoslo como lo haría Heráclito: la reflexión en profundidad enseña sensatez. 

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