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Alexia Echevarría: “La solución es sentarse a hablar, con mesura y tolerancia”

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“Bueno, la verdad es que no hablamos tanto del tema de Cataluña, ¿verdad?”, pregunta Alexia Echevarría a su marido frente a la ría de Huelva. 40 grados. El Estadio Nuevo Colombino a un lado y el muelle del Tinto al fondo. “No”, responde él. Y se ríen. Lo que quieren transmitir con este apunte cómplice es que no les aburre el asunto. Quieren estar informados. Y por eso Alexia ha accedido, una tarde de agosto, pegada a sus gafas de sol, a hablar del referéndum desde su pequeña Mesopotamia, como define esta arqueóloga de 47 años su ciudad.

Allí vive y allí se crió. Nieta de una inglesa y de un vasco por un lado; nieta, por otro, de una zaragozana y un onubense, dice que nunca ha entendido este “tipo de sentimiento independentista” que le llega desde Cataluña.

“¿Cómo voy a ser yo nacionalista? Las fronteras son lo peor. Pero si Cataluña quiere independizarse primero se decide, y si gana el sí que lo haga. Pero bien, con garantías, cambiando la Constitución, que se cambia desde la mesura, el diálogo, la tolerancia… Que bien que la han cambiado rápido para otras cosas. Porque aquí están jugando todos a un pulso, a ver quién la tiene más larga, se nos está intentado confundir desde los dos lados”, afirma rotunda.

No cree, no obstante, que ocurra solo con la situación catalana. Alexia considera que vivimos en un clima de embrollo embadurnado de corrupción del que se aprovechan los poderes, además, para meter miedo. Como con la crisis, que afirma Alexia que fue un invento para agrandar las desigualdades. “La solución es sentarse a hablar”, concluye.

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Bea Pinilla: “Una ruptura así siempre tiene consecuencias”

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La plaza de Montijo (Badajoz) está engalanada para las fiestas. Hay más gente de la esperada. Bea Pinilla es una de las jóvenes que apura los últimos días de vacaciones antes de comenzar el tercer curso de Fisioterapia en Salamanca. Hace tres años, al cumplir los 18, decidió irse de su localidad para empezar la carrera de Filosofía, pero la abandonó. Recientemente, en otra charla, ya dejó clara su posición respecto a la posibilidad de celebrar un referéndum en Cataluña: estaba a favor. Sin embargo, aún no conocía el porqué.

“El referéndum es uno de los instrumentos más importantes en democracia y en un Estado democrático es el pueblo el que debe tomar sus propias decisiones”, argumenta hoy. Sin embargo, a pesar de su respuesta directa, prefiriría que el plebiscito se abriera al conjunto de la ciudadanía española, aunque solo los resultados obtenidos en Cataluña fuesen vinculantes.

Pinilla no quiere que Cataluña se vaya y, además, dice que no consigue entender el sentimiento nacionalista, ni el de los catalanes ni el de los españoles. “No me gustan las ideas de patria y de amor a un país, no las comprendo”, zanja. A pesar de su convicción, reconoce sentir cierto miedo: “Una ruptura así siempre tiene consecuencias. Y para España no imagino ninguna consecuencia que no sea negativa”.

La joven transforma este temor en conformismo, en lugar de en rechazo y odio. No se identifica con la polaridad que transmiten los medios de comunicación. “Muchos piensan que en Barcelona todos tienen una estelada en el balcón”, termina entre risas.

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Patricia Horrillo: “Necesitamos un pequeño caos para avanzar”

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Patricia Horrillo nació en Madrid, creció en Ávila y maduró en Barcelona. Y es esta ciudad la que en los últimos tiempos se ha convertido en su refugio. Un refugio atacado: “Me dije ‘voy a pasar a Barcelona unos días, para desconectar’. Llegué el domingo y de repente me empezaron a llegar mensajes. Dos personas muy distintas me preguntaron ¿estás bien? Y ahí ya fue cuando me enteré de todo”. La noticia le hizo mella, pero no solo por los ataques terroristas, sino también por el ruido que se generó casi de inmediato: “A mí lo que me parece triste es que se aproveche una situación que afecta directamente a la ciudadanía, como es el caso de un atentado, para aportar un discurso político que ni siquiera es un discurso, es un mensaje muy claro: esto es culpa de quien ha intentado separarse. ¿Qué tonterías estamos diciendo?, ¿acaso Madrid intentaba separarse de algún lado cuando ocurrió el atentado allí?”, comenta Horrillo acerca de los distintos editoriales y visiones políticas que se han podido leer en la prensa después de los días después del atentado.

Su testimonio es el de una española –y del centro, para más señas– que encontró en Cataluña una situación política, cultural y ciudadana distinta a esa imagen que, en general, se suele hacer de esta problemática (para algunos) comunidad: “Yo recuerdo que tenía una imagen de Cataluña y del catalán basada en lo que había escuchado viviendo en Madrid, cosas como que si el catalán lo utilizan políticamente para fastidiar. En aquella época se veía como una especie de capricho para imponernos algo que los demás no entendemos. Algo que jamás te pasaría con cualquier otra lengua extranjera y, sin embargo, esa idea la tenía totalmente interiorizada. No la había analizado. Era el año 2005. Al irme a vivir allí, te puedo hablar de impresiones. La parte racional a veces te la marca un poco la emoción. Yo me sentí allí, en Barcelona, totalmente acogida desde el minuto uno. Como ciudad, al compararla con Madrid, me pareció mucho más europea. Los quioscos, por ejemplo, me sorprendieron porque había más cabeceras de prensa diferentes de las que encontraba en Madrid, al menos en el centro”.

Este encuentro agradable y correspondido por parte de la ciudad permitió a esta periodista integrarse en Barcelona sin ningún tipo de resquemor. Ni siquiera con el idioma: “Para mí, aprender catalán no fue un trauma. Por supuesto, me apunté a las clases que ofrecía la Generalitat, porque me encantaba. Y no solo no creo que sea un problema, sino que es un enriquecimiento para la persona. En ese sentido, había mucha más gente de otros países aprendiendo catalán. Eso también me pareció muy sintomático. Aunque es cierta una cosa: somos vagos, si tú vas a un sitio y no tienes que hacer ningún esfuerzo para que te entiendan… Curiosamente, gente de otros países veían como algo positivo que, desde la Generalitat, se favoreciera que tú aprendieras una lengua que era propia del lugar. Parece que en el resto de España estamos tan cegados por la forma en que se nos ha ido explicando todo esto, de un modo tan hostil, que la predisposición es a cerrar las puertas mentales. Es decir, nadie cuestiona que escuches a Trump hablar en inglés, no se te ocurre decir ‘es que lo hace por joder’. Asumes que esa es su lengua. Hay una hostilidad que no tiene nada que ver con la lengua”, reflexiona.

El idilio de Horrillo con Barcelona terminó hace ocho años, en parte por cuestiones profesionales, y en parte porque el ambiente había empezado a cambiar. “Es verdad que cuando regresé a Madrid ya empezaba a crispar un poco el tema del independentismo. Yo soy anarquista, a mí el tema nacionalista me resbala. Me parece todo una construcción muy jodida de la historia. Sin embargo, había empatizado bastante con esa idea de injusticia respecto a Cataluña cuando estuve viviendo allí. Me parecía que había un tratamiento muy despectivo por los medios de comunicación a Cataluña. Eso ha sido un caldo de cultivo que, durante mucho tiempo, ha estado calando”, explica.

Otra forma de entender la política

Una consecuencia, no solo de un sentimiento, sino también de otra forma de entender la política: “Viviendo allí, todo lo que había escuchado respecto al discurso del independentismo me había parecido de mayor nivel que aquí. Yo allí veía debates y no eran crispados. Incluso de cuestiones políticas muy difíciles. Me daba bastante envidia porque tenía la sensación de que había una forma de entender la política bastante elevada. No siempre, no en todo momento, pero en general. Y, sobre todo, había debate político. Aquí, no. Allí había más diálogo, y además una forma de debatir políticamente más madura. No tanto de lectura de discurso, sino de argumentos. Al menos, había palabra. Y aquí, ni la había antes de que me fuera, ni la ha habido después de que haya vuelto”.

Para Horrillo, el interés del referéndum no radica en la acción de separarse, sino que lo entiende como una oportunidad para permitir que la ciudadanía exprese su opinión de una forma madura: “Creo que el diálogo político tiene que evolucionar. Lo que no puede hacer es estancarse. Las fronteras solo sirven para generar Estados, construcciones que servían para amasar poder. Ahora no es diferente. Sin embargo, creo que, a pesar de mi ideología, impedir que haya un referéndum en una supuesta democracia demuestra la inmadurez que tenemos como sociedad.

Sin que yo esté de acuerdo con la idea del nacionalismo, considero que cualquier consulta es importante. La actitud  inamovible que tiene el Gobierno español al negar que los Estados evolucionan bloquea toda construcción. De lo que sea. Quizá España debería ser un Estado federal, posiblemente eso representaría mejor lo que es en realidad. Pero esa idea de unidad, como si fuera un concepto positivo en sí mismo, supone más uniformidad. Y para mí la uniformidad no es algo positivo, lo positivo es la diversidad. Aceptarla y buscar la forma política para que se pueda manifestar de forma libre: ese es el objetivo”.

¿Y cuál sería la opción de Horrillo si tuviera la oportunidad de expresar su opinión sobre la separación de Cataluña?  Creo que votaría que sí. Precisamente para intentar que haya una evolución en este proceso. Porque provocar una situación en la que haya una ruptura real, posiblemente nos ayudaría a avanzar como sociedad en conjunto. Mucha gente piensa que una ruptura provoca caos, y que eso es algo que no se puede permitir. Son quienes dicen lo de ‘o nosotros o el caos’, aunque ellos también lo sean. Y así es como se genera ese miedo sociológico. Por otro lado, creo que en España en particular necesitamos un pequeño caos”, concluye.

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Raúl Sánchez: “Hay que celebrar un referéndum por sentido común”

Raúl Sánchez es de Moratalaz (Madrid) pero se considera, ante todo, ciudadano del mundo. No es muy de fronteras, somos todos ciudadanos de la misma urbe, asegura. Por ello, la independencia de Cataluña le parece un sinsentido. Ahora bien, cuando se trata del derecho a decidir la cosa cambia. Aunque no quiere que España se fracture, tampoco quiere vivir en una sociedad que no le dé la oportunidad de decidir. Es de profesión traductor, pero ha pasado muchas horas de su vida como activista. La Marea ha quedado con él en una terraza en el barrio de Vallecas para hablar sobre el referéndum. Llega puntual y con un discurso que parece haber repetido no pocas veces.

¿Por qué está a favor de la celebración de un referéndum de independencia para Cataluña?

Por varios motivos. El principal es por sentido común. Si fuera una reivindicación minoritaria sería diferente, pero no es el caso,y, por lo tanto, para solucionar el bloqueo del proceso democrático en Cataluña hay que respetar lo que quiere la mayoría. Además, la propia Constitución reconoce que el reino de España es plurinacional.

¿Según los datos recogidos en las encuestas sería suficiente para reconocer una Cataluña independiente?

Desde que se creó el llamado Procés, en 2012, el voto a favor de la independencia se ha demostrado que no es mayoritario, no llega al 50%. Por lo tanto, no habría una mayoría razonable para una independencia. Nadie con sentido común puede hacer una secesión o construir un nuevo Estado con una sociedad dividida en dos mitades. Lo importante es que se pueda decidir y que las cuestiones de la pertenencia o no a un Estado dentro de unos límites razonables estén sujetas a la consulta popular. Es una cuestión fundamental.

¿En qué porcentaje pondría el límite en caso de que saliese el sí a la independencia?

Más que el límite lo que haría sería poner un criterio de sentido común. La democracia es lo que permite decidir a la mayoría sobre el bien común, no sobre el mal común.

¿Un 55% de votos a favor de la independencia sería suficiente para la desconexión con España?

No sé qué decirte, yo creo que no.

¿Y un 65%?

Sí, sería razonable. Si vas más allá de los tres quintos no se puede quedar la cosa como está. Pero no me centraría en la independencia, que en el fondo no la quiere casi nadie y cuando profundizas descubres que en realidad es una minoría bastante loca o fanática la que la desea. Las élites catalanas quieren construir un paraíso fiscal, un Estado comercial, mercantilista y fiscalmente favorable dentro de la Unión Europea, algo que tal y como está el cuadro es muy poco probable.

¿Estaría siempre a favor del referéndum o habría alguna situación que le hiciera cambiar de opinión?

Creo que no puedo imaginar ningún supuesto en el que no estuviera a favor.

¿Cuál es su imagen de Cataluña?

He ido a Barcelona en incontables ocasiones. Mi imagen de Cataluña es mixta, por una parte de la observación y por otra por mi trato y lo que me cuentan los catalanes. Es evidente que hay un universo que es Barcelona y buena parte de la vieja costa industrial y luego todo el resto. Hay una visión deformada de Cataluña como algo homogéneo.

¿Ha sufrido lo que algunos llaman españofobia?

No. Cuando fui por primera vez a Barcelona tenía 22 años y era ya políticamente simpatizante del catalanismo y el independentismo. Luego he sido menos simpatizante pero lo era por mi formación política. Nunca me ha parecido que haya algún tipo de rechazo a los españoles. He visto gente de izquierda que no frecuenta mucho Cataluña o que ha ido a zonas costeras y que le han hablado en castellano, pero cuando se han visto en una situación que no interaccionas en catalán se han sentido molestos, como si hubiera una intención agresiva en ello.

¿Qué opina de lo que le ocurrió al periodista holandés en la rueda de prensa?

Me parece que un periodista tiene que poder entender o que le traduzcan las lenguas oficiales del Estado, y si está en Cataluña, con mayor motivo. Es una arena de combate que en una situación como un atentado en el que hay una demanda de información urgente, la exasperación del periodista le lleve a cabrearse e irse en vez de ir a un colega y preguntarle qué ha dicho. Por otro lado, no me parece bien que el Mayor no le diga quédese en castellano. De lo que se queja el periodista holandés es de que hablen en catalán, podía haber pedido por favor que se lo dijeran en castellano. Cuando hay esa crispación es difícil juzgar. Lo que hay que criticar es ese marco de seguir con la guerra lingüística cuando hay una situación en la que la mayoría de los muertos de las Ramblas no son ni españoles ni catalanes. Sorprende que en una situación de ese tipo se produzca esta anécdota tan lamentable.

¿Cree que el referéndum es la única forma de solucionar el conflicto entre España y Cataluña o hay otras formas?

Hay otras formas, pero ¿cuáles son las más probables? Todas ellas pasan por que haya una mayoría política y social que vote cambiar la Constitución. Veo poco factible que se produzca una consulta en los términos en los que estamos… Por otra parte, tal y como se está haciendo ahora, el llamado Procés es muy sectario y peligrosamente nacionalista.

Estamos viendo cómo cada día la tensión crece, ¿cree que el 1-0 será un día violento o pacífico?

Creo que será pacífico. Puigdemont sabe que la relación de fuerzas está completamente empantanada, no se mueve y que tienen que seguir adelante. Creo que lo más probable es que haya un amago, un gesto de hacer el referéndum pero que finalmente no lo harán y echarán la culpa a la represión del Constitucional y al gobierno de Rajoy y eso precipitará las elecciones, que serán constituyentes. Ahora bien, en esas elecciones, lo que se intentará hacer es ampliar la base social y electoral del derecho a decidir a través de una posible alianza de Esquerra con Los Comunes y también se intentará seducir al PSC para que rompa con la disciplina que intentará imponer Pedro Sánchez.

¿La inacción del Gobierno de España como estrategia ha aumentado el número de independentistas?

El origen del nuevo independentismo, es decir, el que sustituye al catalanismo de Pujol se remonta a  la segunda legislatura de Aznar y luego a la gran torpeza de Zapatero de recortar el Estatut y no haber presionado fuertemente, llamando a la puerta de la Casa Real y a la judicatura, y no haber presionado también al Constitucional, que anuló el Estatut. Estoy muy de acuerdo con Javier Pérez Royo, que ha escrito algunos artículos en los que habla del Estado de excepción constitucional. El Constitucional anuló el Estatut siendo un tribunal de chichinabo, que no es ni el alemán ni el Supremo estadounidense, y que no tiene legitimidad ninguna para hacerlo, y es lo que ha dado alas a ese independentismo, y con legitimidad.

¿Entiende el sentimiento de identidad catalana?

La identidad catalana entendida como la narración de una Cataluña igual a sí misma y que vive y late a través de los siglos a mí me parece una falacia. Tengo afecto por el catalanismo popular que va desde la CNT, los sindicatos, el PSUC, el Poum y todas las formaciones que han existido junto al anarquismo de Ferrer Guardia. Yo diferenciaría esto del catalanismo conservador y de derechas que tiene muchas resonancias carlistas como las tiene el nacionalismo racista de Sabino Arana.

¿Ha conocido a personas de otras comunidades que sientan por su tierra lo que los catalanes sienten por la suya?

Sí, tengo amigos castellanistas independentistas y también voy relativamente a Andalucía y también lo ves. El problema que se produce ahora es que hay una mezcla de sustancias que pueden ser muy tóxicas. El juego peligroso que está haciendo la CUP es que está mezclando ese catalanismo popular republicano, integrador y no racista, que parte de la migración, con el adoctrinamiento identitario de los años 70, que viene de Valencia, de Joan Justé, y eso es muy peligroso. El gran problema de la CUP es que quieren hacer la independencia aliándose con los explotadores y luego quiere derrotar a los explotadores para que se haga justicia social, y la justicia social, razonablemente, le llevará a una solidaridad territorial con los trabajadores de su área económica, porque si eres rico vas a tener migración y qué vas a hacer con esa migración que será fundamentalmente aragonesa, castellana o andaluza…

¿Por qué hay tantos españoles que no se atreven a pedir que se celebre un referéndum?

No sé decirte. Hay gente a la que directamente le da igual y, si ves el grueso de votantes del PP, son de más de cincuenta años. El PP y el PSOE es actualmente un partido de viejos.

¿Es imposible una España sin Cataluña?

Sí. Sin duda. Se puede ir tirando, pero España es la integración de unos reinos históricos, que tiene consolidado en el mercado europeo una cierta especialización productiva, turismo, construcción e industrias… Cataluña reúne todo eso. Desde el punto de vista financiero, la potencia catalana es más de un cuarto del PIB español. Es inviable, no puedes ocupar la posición que tienes si se te va Cataluña y está claro que si se va, el País Vasco no se va a quedar como está.  

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Antonio Manuel: “Entre democracia y silencio, elijo democracia”

Antonio Manuel junto a la Mezquita. Foto: Madero Cubero.

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Posiblemente este no sea el referéndum, pero entre democracia y silencio yo elijo democracia. La frase es de Antonio Manuel, alguien a quien se conoce al margen de sus apellidos, una de esas personas a quienes su inabarcable actividad les anticipa. Podríamos hablar del músico que componía melodías pop, del escritor, poeta y ensayista, del activista inmerso en frentes de agitación cultural. Quedamos con él en una terraza cerca de la facultad de Derecho de Córdoba, donde también imparte clases. Ya sentados en la mesa solo pide un vaso de agua, se expresa con tranquilidad pero con convicción, con sobriedad precisa. Vamos a conversar con él sobre Cataluña, desde los ojos de un andaluz que mira atento a una tierra que conoce y aprecia, tanto por vínculos familiares como profesionales.

Antonio Manuel es, además, presidente de la Federación de Ateneos de Andalucía, lo que le ha dado la oportunidad de estar en contacto con el ateneísmo catalán en unos espacios que se reivindican, desde el siglo XIX, como lugares de independencia, cultura y libertad. Lo que ocurre ahora ya ocurrió al menos por dos veces, nos dice recordando que la presente situación catalana viene de alguna parte. Ya hubo una primera transición aunque siempre se nos olvida, continúa, al proclamarse la Segunda República, en la que no se resolvieron los problemas relacionados con la diversidad de los pueblos del Estado por un temor ancestral que nos pesa como una losa. En la segunda transición de finales de los setenta, la mayoría tenía claro que cualquier reivindicación de diversidad en un país donde se había impuesto el pensamiento único pasaba por superar dos males, dictadura y centralismo, concluye el profesor.

Mientras que Antonio Manuel comenta que el virus que no nos abandona consiste en que la noción de españolidad se circunscribe a rezar de rodillas y hablar un solo idioma, las campanas de una iglesia cercana marcan la mitad de la mañana, haciendo casi inaudible nuestra conversación. España es una noción de nociones donde siempre se han enfrentado, como en el movimiento de sístole y diástole, dos propuestas, la de diversidad frente a la del exterminio al diferente, nos explica marcando la importancia de la idea. La primera gran victoria de la homogeneidad fue confesional, a partir de 1492; la segunda, cultural e identitaria con la llegada de los Borbones. Este proyecto de uniformidad toma una nueva encarnación a partir del segundo gobierno de Aznar, opina, donde se agitaron corrientes políticas muy primarias.

El gobierno Zapatero fue una reacción a esta situación premeditada para reactivar el nacionalcatolicismo, prosigue, al tocar aspectos fundamentales para este proyecto como la idea cerrada de familia, la cuestión de la memoria histórica o la dimensión territorial. En ese momento se produce de nuevo una polarización que tuvo su momento álgido en el cierre autonómico por el Tribunal Constitucional, donde se situaron piezas de forma clandestina para convertir al máximo órgano jurídico en un legislador negativo. La amputación de la reforma territorial, no solo catalana, fue la aplicación del modelo de Aznar, del plan histórico de uniformidad. La separación entre Cataluña y España se empieza a hacer más patente desde aquella situación, también por la incapacidad de la izquierda de afrontar su responsabilidad histórica con un Estado inclusivo, critica.

Tenemos que romper con la posición cómoda del espectador frente a eso llamado choque de trenes, como pueblo que es alma del territorio pero que parece ajeno al conflicto presentado, nos aclara Antonio Manuel. La solución de la derecha en España ha sido el no, la falta de plan, por tanto parece legítimo que los catalanes busquen una salida, sin que esto sea impedimento para que tengamos que estar de acuerdo con este plan en concreto. El referéndum catalán, considera, ha sido presentado como un problema de orden público, cuando realmente es una cuestión de salud pública.

La responsabilidad de la izquierda

Somos muchos, afirma el profesor cordobés, los que intuimos que la salida debe venir de la apertura de un nuevo proceso constituyente que desemboque en un verdadero Estado federal. Apunta, eso sí, que federar no es federalizar, que federar es nacer, el momento en que distintos Estados dan lugar a uno nuevo. Si a finales de los setenta diferentes procesos de autonomía como el andaluz reflejaron la muerte de la estructura franquista, ahora de lo que se trata es de los estertores del modelo territorial vigente. Sin embargo, prosigue, la estelada ha quedado solo como la portadora de demandas nacionales, de un Estado frío, ausente del conflicto social. A juicio de Antonio Manuel la izquierda independentista no ha sabido dar enganche a las cuestiones social y nacional. Los Comunes y Podemos, al estar clavados en la reivindicación social, por su parte, tampoco han podido dar con el enlace al elemento identitario.

Cataluña es esencialmente diversa, por mucho que se insista en lo contrario, por eso el referéndum es una solución de orden público para dar salida a muchas de estas personas que se han quedado en tierra de nadie entre la tensión social y nacional.

Las palabras enferman, lo que nos convierte en sus víctimas, y a mí me encantaría encontrar una para definir nuestra situación, dice Antonio Manuel. El empoderamiento del elemento identitario uniformador español no solo afecta a Cataluña, sino que entierra definitivamente la época de la explosión de libertades que muchos vivimos, explica. No es el conflicto o el problema catalán, es el de todos. La resolución al conflicto territorial es la resolución a esa tensión entre el proyecto del nacionalcatolicismo y el de la diversidad de los pueblos.

Defender el sentido común en un Estado democrático es defender una solución demócrata y plural, conocer la realidad catalana, acabar con la condición de español como idea de vía única. Esto es una oportunidad para la izquierda, que debería ser más valiente y no anteponer lo electoral a lo ideológico. Es urgente, acaba insistiendo Antonio Manuel, que la izquierda se entienda y apueste por un modelo federal y un proceso constituyente.

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La mascarada ya ha durado suficiente

Contra el régimen del 78 | La Marea

El pobre don Fernando Planchadell, cabeza de una familia de turroneros de Xixona, sufre un infarto a las puertas de su fábrica, delante de sus hijos y empleados, cuando ve la nueva imagen corporativa de su empresa. Resulta que en vez de aparecer ellos, los Planchadell y Calabuig, los de verdad, salen unos figurantes ocupando su puesto. Sonrientes, más guapos y acordes a la nueva época, pero indudablemente unos impostores. La historia, que es el final de una película de Berlanga y Azcona, retrata esa España de finales de los años 80 donde el país, ansioso de modernidad, cayó en las garras de todo tipo de charlatanes que nos enseñaron que la impostura no era tan mala siempre que hubiera dinero tras ella. Fernando Fernán Gómez, que interpreta al desafortunado protagonista, se pasa media cinta repitiendo que él no puede participar en tales engaños, a pesar de que un delirante José Luis López Vázquez, con coletilla de yuppie, le intente convencer de que la farsa es el signo de los tiempos.

Puede que sea por el agitado momento, pero llevo unos días en los que todo lo pautado, hasta lo más insignificante, me parece una estafa cada vez más difícil de digerir. No es que me haya vuelto una bestia iconoclasta que va destrozando los convencionalismos más cotidianos a su paso, no es eso. Conservo aún mis buenas maneras y mi urbanidad. Salgo peinado a la calle porque entiendo que, pese a que sería la misma persona y mi actitud de descuido capilar no dañaría a nadie, existen una serie de mecanismos culturales que nos ayudan a reconocernos como miembros confiables de una sociedad. Estas pequeñas cesiones a lo arbitrario hacen que las cosas funcionen razonablemente bien entre desconocidos y, además, nos evitan tener que ver a nuestro jefe desnudo mientras nos explica el futuro en un power point. Ya es algo, oigan.

Mi desasosiego viene porque en este país seguimos utilizando para nuestra vida política las mismas fórmulas de los últimos 40 años, como si aquí nunca hubiera llovido. Unas conveniencias que siempre tuvieron el mismo objetivo, el de ensombrecer los intereses de los que mandan y hacerlos pasar por elevados sentimientos de Estado, y que, a pesar de cumplir sus objetivos durante décadas, llevan ya oxidadas tiempo. Algo así como aquellas atracciones que de niños nos provocaban espanto o fascinación y que un día, tras sacar el ticket y montar en ellas, ya solo nos daban risa o aburrimiento. De repente algo había cambiado, la magia del engaño no surtía efecto y aquellos hombres lobo y dinosaurios no eran más que fantoches con peluca y torpes recreaciones prehistóricas. Lo interesante es que, al menos yo, callé mi súbita decepción, fingiendo disfrutar como los demás niños para no decepcionar a mis padres.

Cuando eso ocurre, sin embargo, la situación acaba siendo insostenible. Porque el asombro impostado ante aquel engaño tan torpe te acababa haciendo detestar la feria o, lo que es peor, sintiendo pena por ella. Sería arriesgado decir que toda mi generación tiene esta misma sensación ante nuestro panorama actual, pero lo que intuyo es que una gran parte de la misma, incluso aquella que no se manifiesta en la calle ni parece tener una actitud explícitamente política, no aguanta un sermón más de un espantajo al que se le han saltado todas las costuras. Y esto se sabe y se teme, de ahí que tuvieran que dar puerta al de la caza y las amantes, de ahí los Casado y los Rivera, de ahí los columnistas de aspecto bohemio y fondo de alcanfor.

A lo mejor, a alguno de estos monaguillos de lo acostumbrado les parece que hablar mal del 78 es una falta de respeto. Seguramente porque ninguno de ellos sabe qué es una oficina del paro, encadenar contratos temporales o cobrar sueldos de tres cifras. Porque ninguno ha tenido que plantearse su vida no como una elección de posibilidades sino como una ruleta de carencias. Porque ninguno ha sido tratado como un delincuente, con la rodilla en la espalda, por hacer una huelga o parar un desahucio. Porque ninguno, seguro, ha gritado a la tele bajo la mirada estupefacta de su gato. Lo peor es que el 78 fue eso que contaron a nuestros padres para que se olvidaran de nuestros abuelos con la promesa de una mejor vida para nosotros. Y al final porque ya estamos cerca del final se quedó el olvido pero volaron las oportunidades.

Para colmo, si todo esto no fuera suficiente, ahora les ha entrado el ardor guerrero. Como esos señores de mediana edad que con la inseguridad del gatillazo les da por afirmar su virilidad comprándose algo ridículamente grande. Daría risa imaginarlos con el mapa y las estrategias, embarcando unidades policiales en cruceros, hablando de leyes mientras que cuentan el dinero en B. Daría risa si no fueran quienes son, si no supiéramos de dónde vienen, si no resultara una situación tan preocupante. Y por ahí sí que no vamos a pasar. Por ese trágala de patria y patrón aquí ni elegimos que busca desesperadamente una excusa para hacerse inexcusable a costa de darnos un disgusto serio. La mascarada ya ha durado suficiente.

Porque lo que les asusta, realmente, no es el ruido de la corona al caer. Lo que les da pavor es que la regia cabeza, ausente de trono, se muestre tan prescindible como la de cualquiera. Y con la del monarca la suya, corte aventajada de menudencias.

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Juan Ramón Rallo: “La nación es un instrumento para defender la libertad”

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Sus comentarios en Twitter a favor de la celebración de un referéndum en Cataluña han sorprendido (e indignado) a muchos de sus seguidores, que le han tildado de “anarquista”, “absurdo” y “enloquecido”. El economista, profesor y colaborador en distintos medios de comunicación Juan Ramón Rallo (Castellón, 1984), que se define como liberal convencido, explica a La Marea a través de un cuestionario por qué defiende que los catalanes puedan manifestarse en las urnas.

¿Por qué apoya que se celebre un referéndum en Cataluña?

No estoy a favor de este referéndum [del 1-O] en Cataluña porque no cumple elementales condiciones para su validez democrática. Es un referéndum organizado por una parte de los catalanes sin las suficientes garantías como para que la opinión y participación de otras partes de la sociedad queden reflejadas. Pero sí estoy totalmente a favor de que se celebre un referéndum, suficientemente reglado y garantista, para plantear la secesión de cualquier grupo de ciudadanos del Estado español. La libertad de asociación y desasociación (también política) es un derecho básico de cualquier persona.

¿Qué cree que debería hacer el Estado español en la situación actual?

El referéndum actual no tiene validez dentro de la arquitectura institucional en la que se enmarcan los catalanes y, por tanto, no debería reconocérsele eficacia alguna. Ahora bien, lo que es un completo disparate es que utilicemos el arbitrario marco legal actual como excusa para impedir sine die la celebración de un referéndum. Si la Constitución no permite un referéndum de separación política, lo que debemos hacer es enmendarla inmediatamente para permitirlo (y, por los mismos motivos, una eventual Constitución catalana tampoco debería impedir referéndums de intrasecesión política). Yo no apuesto por la rebelión y la ruptura institucional unilateral, pero tampoco por el cercenamiento de derechos básicos como el de separación política. Es lamentable que la única vía que actualmente se contemple para el ejercicio de ese derecho sea la rebelión y la insurrección: si eso es así, es que nuestro marco institucional está muy mal estructurado.

¿Y por qué ocurre?

Echo en falta argumentos buenos sobre por qué no debería cambiarse la Constitución para permitir el ejercicio de esa libertad. Si la Constitución prohibiera la libertad de prensa, habría que enmendarla para permitirla: no creo que nadie se acogiera al texto constitucional para mantener ese statu quoliberticida. Sobre que la nación española es indivisible: si verdaderamente lo fuera, no haría falta que la Constitución prohibiera su división. Lo indivisible, por definición, no puede dividirse y, por tanto, no hace falta ninguna ley que lo imponga. Bromas aparte, cuando se dice que la nación española es indivisible, lo que en realidad se está diciendo es: ‘la nación española es divisible pero no quiero yo que se divida’.

Por lo mismo, un católico (o un musulmán) podría decir: ‘mi religión es la correcta y no quiero que tú profeses una fe distinta (o ninguna fe)’. Yo no debería poder imponerte mis preferencias sobre cómo me gustaría que vivieras tu vida: eso es la esencia de la libertad… la tolerancia hacia los proyectos de vida ajenos. Y parte fundamental del proyecto de vida de una persona es decidir qué comunidades políticas integra. Una Constitución que se precie de defender la libertad, pues, no puede reprimir ese derecho: tampoco en nombre de la unidad de la nación española (o la unidad de la nación catalana, que esto también vale para los nacionalistas catalanes). La nación es, en el mejor de los casos, un instrumento para defender la libertad: no un tótem al que deba rendirle culto la libertad individual.

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¿La república catalana será de izquierdas?

Banderas independentistas en la Diada. | La Marea

Con frecuencia, a las personas de izquierdas que tenemos dudas sobre la conveniencia de la independencia de Catalunya, se nos da el argumento de que una República catalana puede ser más de izquierdas que el actual Estado español. Este argumento es la base de la decisión de mucha gente que ha optado por el independentismo desde la izquierda. Dentro de mi laberinto emocional de dudas, quiero hacer un ejercicio de reflexión pública al respecto.

Asumiré que, por “más de izquierdas”, muchas personas entendemos un sistema más democrático, incluyendo la independencia judicial, y con más derechos sociales y civiles. Imaginando que el 1-O hubiera un referéndum con garantías en que ganara el sí a la independencia que permitiera implementar la Llei de transitorietat, voy a intentar poner a prueba la hipótesis antes formulada a partir de la información que conocemos actualmente, a saber, que una República catalana será más de izquierdas, en estos momentos, que el actual Estado español.

Democracia

Para empezar, que la ciudadanía elija la jefatura de estado es más democrático que la sucesión hereditaria. Según la Llei de transitorietat, la elección  del presidente de Catalunya seguiría siendo a través del Parlament.

En contraste con este posible avance, ¡qué lástima que los procedimientos de aprobación de las recientes leyes catalanas de referéndum y transitoriedad hayan adolecido de tantos defectos legales y fueran tan esperpénticas!

En la actualidad, hay múltiples ejemplos que ponen en entredicho el espíritu democratizador de la mayoría política española, desde no permitir el voto en un referéndum con garantías en Catalunya, hasta la famosa reforma exprés de la Constitución para modificar el artículo 135 o la negativa del Congreso Español a que se realizara un referéndum para que la ciudadanía votáramos el TTIP -negativa apoyada por PP, PSOE y CiU, entre otros (aquí sí iban cogiditos de la mano)-. En cualquier caso, probablemente el mayor ejemplo del miedo a mejorar la participación democrática de la ciudadanía es la cerrazón del sistema español a realizar, en un momento de crisis sistémica como el que llevamos viviendo desde el 2008, un nuevo proceso constituyente o, cuanto menos, reformas constitucionales de calado de una forma participativa. La independencia de Catalunya pueda ser un revulsivo para regenerar España o puede llevar a una involución hacia una España aún más casposa.

Por el contrario, la Llei de transitorietat catalana es prometedora en cuanto a opciones de participación democrática de la ciudadanía. En su título VII, se refiere explícitamente a un proceso participativo de la ciudadanía con carácter vinculante durante la elaboración de la nueva constitución catalana. Dicho proceso participativo puede llevar a soluciones democráticas y de mejora de los derechos de la ciudadanía dada la tradición de participación democrática en movimientos asociativos de una parte importante de la población catalana, por el hecho de que la sociedad catalana está un poco más escorada a la izquierda que la española, y porque puede haber más tendencia de las personas de izquierdas a participar en procesos colectivos de toma de decisiones como éste. Por otra parte, si continúa la escalada del conflicto entre Catalunya y Espanya, puede haber un cierre de filas que lleve al independentismo a aceptar, en un contexto de doctrina del shock, “casi cualquier cosa”, como habrían hecho la CUP y ERC con esta Llei de transitorietat.

Gran cantidad de leyes españolas derivan de la legislación europea, a veces para bien, como en temas medioambientales, y a veces para mal, como en derechos sociales y económicos. Los mecanismos de elaboración de la legislación europea son desgraciadamente más opacos y lejanos de la ciudadanía si cabe que los de la legislación española. La República catalana, al menos, transitoriamente, también aspiraría a seguir ciñéndose por los tratados de la Unión Europea (artículo 4 de la Llei de transitorietat), con lo que nos quedaríamos igual en cuanto a pérdida de soberanía popular. Dudo que la actual mayoría social y política catalana vayan a cuestionar la legislación europea.

Independencia judicial

La independencia judicial lleva muchos años de capa caída en España (juicio Noos, doctrina Botín, 4F, cierre de Egunkaria…). No ha ayudado la política de indultos, cuando el fallo judicial no ha agradado el gobierno de turno. El hecho de que el gobierno español nombre al Fiscal general del estado y que el congreso y el senado nombren al Consejo general del poder judicial y al Tribunal constitucional cuestionan en gran medida la independencia de los órganos de gobierno del poder judicial español. El poder judicial transitorio catalán adolecería de la misma falta de independencia política (ver el título V de la Llei de transitorietat). Aquí, el proceso de independencia empieza mal.

Derechos sociales y civiles

Para la mayoría de derechos sociales y civiles, la Llei de transitorietat se ciñe básicamente a la legislación española actual (ver titulo III). Esto asume toda la pérdida de derechos laborales y civiles que hemos tenidos en los últimos años en España, con el frecuente apoyo de CiU. Me parece decepcionante que ERC y la CUP y las entidades independentistas, que tienen un cariz en general progresista, no hayan sido más exigentes hasta ahora en este sentido.

La reciente aprobación provisional del CETA, el acuerdo de libre comercio de la UE y Canadá, sería asumida al menos provisionalmente por la República catalana, cosa que también ataca a nuestros derechos. Por otra parte, la reciente introducción de la Renta garantizada de ciudadanía en Catalunya es una noticia esperanzadora.

En cuanto a los derechos civiles, el balance español es muy preocupante en los últimos 10 años, después de un importante avance con el matrimonio de personas del mismo sexo en 2005. La actual persecución esperpéntica de la organización del referéndum (¡en busca de la urna perdida!), promovida por un sistema judicial que con demasiada frecuencia parece no mostrarse neutral políticamente, nos evoca otros múltiples ejemplos. Podríamos recordar la ley mordaza, las devoluciones en caliente, la falta de investigación de presuntas torturas en España,…

En Catalunya, también ha habido en el pasado ejemplos de decisiones por parte de diferentes gobiernos que cuestionan derechos civiles, como el uso de las balas de goma. Por el contrario, Catalunya fue pionera en la introducción de cámaras en comisaría, tal y como venían solicitando organizaciones de defensa de derechos humanos desde hacía años.

Respecto a la adquisición de la nacionalidad catalana, la Llei de Transitorietat obliga a residir durante 5 años en Catalunya para adquirir la nacionalidad catalana entre quienes no hubieran nacido en Catalunya o no tuvieran previamente la nacionalidad española y estuvieran residiendo en Catalunya a fecha de 31/12/2016. Es una mejora respecto a los 10 años de residencia legal en España que se necesitan para adquirir la nacionalidad española, pero ¡che!, ya que queremos hacer un nuevo estado más apañado, podrían haber sido más inclusivos con la ciudadanía catalana de origen no español.

Todo esto parece indicar que, con sus sombras, los derechos sociales y civiles en una Cataluya independiente podrían ser un poco mejores que en el actual Estado español, aunque tampoco para tirar cohetes. Cabría esperar que el proceso participativo en la transitoriedad a una República catalana pudiera mejorar los derechos sociales y civiles de la ciudadanía.

¿La república catalana sería más de izquierdas?

A falta de incluir otros parámetros que podrían ser muy importantes, como la respuesta internacional al referéndum, el grado en que llegue a escalar el conflicto España-Catalunya…, parece que, efectivamente, una República catalana podría ser sensiblemente más de izquierdas que el actual Estado español.

Sin embargo, no parece que la mayoría de liderazgos independentistas tengan -paradójicamente- especial afán democratizador, más allá del referéndum y el proceso participativo para hacer la nueva constitución. El referéndum y el proceso participativo en sí pueden ser un avance democrático sustancial, pero pueden quedarse cortos ya que dichos liderazgos, de hecho, no aspiran a trascender el dogma neoliberal, tan contrario a la soberanía popular.

Sería el proceso participativo para elaborar la constitución catalana la oportunidad en que la sociedad catalana pudiera corregir dicha falta de ambición democratizadora de los liderazgos políticos, si bien existe el riesgo de que la sociedad se ciegue con la bandera y no aproveche dicha oportunidad. En caso contrario, de aquí a 20 años, la sociedad catalana podría mirar atrás y tener sensaciones parecidas al ver la Transitorietat catalana como actualmente tenemos muchas personas al ver en perspectiva la Transición española. Dichas sensaciones oscilan entre el TINA (There is no alternative) thatcheriano y la sensación de haber sido víctimas de una estafa.
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“La democracia ha fallado porque nadie se ha sentado con voluntad de encontrar soluciones”

La periodista Marta Crestelo I La Marea

Marta Fernández Crestelo trabajó durante más de 15 años en los informativos de Telecinco, gran parte de ellos dedicados a cubrir información internacional. A raíz de la deriva sensacionalista y pérdida de calidad de los mass media, en 2010 decide reorientar su carrera profesional y cambiar su residencia madrileña por Asturias. Aquí, con el también periodista Marcos Merino, ha puesto en marcha la productora Freews, con la que ha desarrollado proyectos cinematográficos como el documental Remine. El último movimiento obrero, galardonado en 8 importantes festivales internacionales. “Me parece muy naíf creer que con un cambio en la forma del Estado vayan a vivir en un mundo de paz y amor”, opina sobre la posible proclamación de una República catalana tras la posible celebración de un referéndum.

¿Cuál es su posición con respecto al proceso independentista catalán y el referéndum del 1 de octubre?
Uno de los obstáculos en esta cuestión es tener que estar a favor o en contra. Puedo no posicionarme. Lo que sí me parece es que se ha convertido en una representación perfecta de la incompetencia de nuestros líderes para resolver nuestros problemas. Si estuviéramos en un verdadero Estado de derecho no habríamos llegado hasta esta situación, porque habría algún tipo de organismo –algo así como una fiscalía– que habría denunciado a ambas partes en conflicto por no hacer su trabajo. Están utilizando los sentimientos para enfrentarnos y retroalimentarse, mientras la inmensa mayoría estamos en medio sin saber qué nos va a pasar. En caso de independizarse, ¿cuánto costaría? Si no se sabe, ¿cómo piensan que se va a poder pagar? Y con el comercio, ¿qué va a pasar? Porque la mayor parte de sus exportaciones son al resto de España. Me sorprende que sin nada de información, se den cheques en blanco a los políticos, o se puedan manifestar a favor o en contra de la independencia. En definitiva, la cuestión del independentismo es una orquestación política y mediática para crear una cortina de humo muy densa detrás de la cual puedan esconder las vergüenzas de unos y de otros, especialmente la corrupción.

¿Y cómo cree que se ha creado esa cortina de humo?
Es curioso que un sentimiento independentista que era minoritario hasta el año 2006 haya podido adquirir estas dimensiones en tan poco tiempo.

 ¿Y qué papel cree que han tenido los medios de comunicación?
Cómplices absolutos, si no generadores mismos del problema. Lo vemos continuamente en esas portadas llenas de adjetivos, con un uso lingüístico que tiene mucho más que ver con las vísceras que con la reflexión. Veo muy poco periodismo en torno a la cuestión catalana. Me gustaría saber cuánto dinero se han gastado todos esos grandes medios en investigar sobre un tema que nos plantean como preocupante para todo. No se han hecho investigaciones rigurosas, con parámetros científicos, en base a las cuales se planteen soluciones. Pero los medios tradicionales dependen en gran medida de los Presupuestos Generales del Estado. Al final, Gobierno y prensa son el mismo perro con distinto collar. Lo sorprendente es lo poderosos que son los medios para crear una realidad paralela y vendérnosla. O lo tontos que somos para comprársela.

¿Esa manipulación mediática también se está dando en Cataluña?
Según me cuentan desde allí, sí, TV3 lleva años haciendo una labor de adoctrinamiento. Al final las dos partes tienen el mismo objetivo: que no hablemos de los dos partidos (PP y el antiguo CiU) con mayores escándalos de corrupción. Lo hemos visto en el pleno extraordinario sobre corrupción en el Congreso, en el que Rajoy no ha hablado de la Gürtel sino del independentismo catalán.

¿Qué rol cree que ha jugado el centralismo informativo español?
Es terrible, pero en los medios nacionales Cataluña está ampliamente representada. Sin embargo, en los 15 años que estuve en informativos de Telecinco, Asturias, por ejemplo, no fue noticia más que por los temporales y los incendios.

¿Entiende el fenómeno del independentismo catalán?
En todo fenómeno que tenga que ver con el nacionalismo y el independentismo hay un componente emocional muy importante. Aluden a la situación histórica, pero todos tenemos una historia. A los sentimientos, pero todos los tenemos también y seguro que coinciden en muchos casos con los de los andaluces, extremeños o asturianos. Claro que lo respeto, pero considero que se ha multiplicado por esos medios que no hacen periodismo, sino que nos enfrentan. Es legítimo querer ser independiente y, además, es algo histórico en Cataluña. Pero creo que hay que buscar vías de encuentro, lo que nos une. Y no estar empeñados en odios y luchas fraticidas de un pasado que parece que nos empeñamos en reproducir. Como decía Albert Camus: “Amo demasiado mi país para ser nacionalista”. Y ya sabemos cómo han acabado otros nacionalismos: en conflictos.

¿Cómo son sus conversaciones con tus amigos catalanes?
Vivimos tiempos en los que hay una obsesión por encasillar. Si alguien dice que es nacionalista, es un radical; si dice que es independentista, un radical casi terrorista. Y si dice que no lo es, un carca o un facha. Yo huyo de los blancos y negros, ¿por qué no nos puede dar igual? Pero lo que noto, sobre todo, es un hartazgo sobre el tema.

¿Ese hartazgo ha podido generar más catalanofobia?
Sin duda, y por ambas partes. Pero es que mira qué frases hemos tenido que escuchar en estos años: “Vamos a españolizar a los niños catalanes”. ¿Qué me estás contando? Para empezar estás reconociendo lo que niegas, que Cataluña no es España. Pero es que eso es una agresión. Si yo fuera una madre catalana esa frase me empujaría al odio. O cuando Alfonso Guerra dijo: “Nos hemos cepillado el Estatuto”. O el PP pidiendo boicotear el cava. Y por el lado catalán: “Cuando salgamos del yugo opresor del Estado”. Es que son lenguajes arcaicos, que retrotraen a lo peor de nuestra historia. No entiendo esa obsesión por enquistarnos en un pasado del que mucha gente se siente desconectada. También hay un problema de brecha generacional. Somos muchos los que nos sentimos profundamente alejados de este modelo de Estado, que creemos que hay que ahondar en la participación democrática, que no tenemos por qué seguir viviendo como determinaron unos señores hace 40 años. Y creo que, en Cataluña, parte de esa protesta colectiva que se está viviendo a nivel mundial, se ha canalizado a través del independentismo. Me parece muy naíf creer que con un cambio en la forma del Estado vayan a vivir en un mundo de paz y amor. Los responsables que nos han traído hasta aquí no están capacitados para sacarnos de esta crisis, ya sea la catalana o la global. Somos la ciudadanía la que tenemos que organizarnos y trabajar por aquello que merecemos, porque el poder lo que quiere es perpetuarse por siempre jamás.

De celebrarse el referéndum, ¿quiénes deberían poder votar sobre la independencia?
No lo sé porque como solo hay desinformación, opiniones enfrentadas y odios… Para saber si deberíamos votar todos o solo ellos, deberíamos saber primero a qué nos estamos enfrentando cada uno de nosotros, qué va a pasar el día 2 de octubre. Creo que lo que estamos viendo en ambos lados es una cuestión de ver quién la tiene más larga, testosterona en estado puro. Ese recurrir continuamente a la legalidad es la evidencia del fracaso del diálogo, de la política. Y eso es lo que no puede ser: aquí la democracia ha fallado porque nadie se ha sentado con voluntad de encontrar soluciones.

Una de sus obsesiones es que la mayoría de los grandes problemas sociales tienen su origen en la educación. ¿Qué papel cree ha tenido en este caso?
Si se hubiera querido hacer un verdadero proceso integrador de las comunidades autónomas, se debería haber respetado y enseñado las cuatro lenguas cooficales del Estado. Así que cuando oyes a un ministro quejarse porque un catalán hable en catalán, se te ponen los pelos de punta porque es una lengua tan oficial como la española. Las lenguas son un patrimonio cultural de la humanidad, no pertenecen a ningún partido o gobierno, sino que son de todas las personas y debemos conservarlas hablándolas. Pero, claro, si aquí en Asturias tenemos medios públicos que no la divulgan…

En todos estos años haciendo periodismo internacional, ¿recuerda algún escenario parecido al catalán?
No recuerdo ningún caso en el que se proponga un referéndum sin censo. No sé cómo se puede articular eso, a quién va a representar. Es curioso porque en Quebec, donde se hizo con todas las garantías, había un sentimiento independentista muy fuerte en los años 90, que sigue vivo en aquellas generaciones, pero que resulta absolutamente anacrónico para los jóvenes. Por otra parte, tampoco parece que la propuesta catalana tenga apoyos en Europa, donde países tan importantes como Francia, Bélgica o Italia tienen desafíos secesionistas. No creo que se atrevan a abrir ese melón. Quizá todo esto sea parte de un cambio de paradigma brutal propio de este convulso siglo XXI que estamos viviendo y que, como todo cambio, despierta reticencias.

¿Le preocupa la polarización que se está viviendo en Cataluña?
Me preocupa que la gente no se sienta libre para decir lo que piensa, y ese miedo no es la antesala de nada bueno. Es muy contradictorio porque te encuentras a la izquierda diciendo “España nos roba”. ¿Cuánto? Y, sobre todo, la izquierda debería inspirarse en los principios de igualdad y solidaridad. Pero lo que me preocupa realmente es la creciente desigualdad, la pésima distribución de la riqueza, el acoso a los derechos de los trabajadores o el conflicto de EULEN, un conflicto que nos afecta a todos los ciudadanos independientemente de donde vivas, y del que podemos aprender muchas lecciones.
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