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Nadège Beausson-Diagne: «Si no das palabras a tus traumas, no puedes hacer un trabajo de reconstrucción»

Impulsora del movimiento No tenemos miedo, conocido como el MeToo africano, la actriz prepara ahora un libro en el que relata sus experiencias de violencia sexual y su modo de enfrentarse a ellas.

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‘No violarás’: la instalación artística que se completa con las reacciones despertadas

En 2014, el Ministerio de Interior recomendaba a las mujeres un decálogo de medidas para no ser violadas. No hacer autostop, no transitar por calles solitarias y oscuras o no montarse en un ascensor con desconocidos. En aquel momento, la respuesta de las mujeres en redes sociales fue contundente: no es a nosotras a quienes […]

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“El Pacto de Estado es una oportunidad perdida para la protección a las víctimas de la violencia sexual”

«España sigue sin cumplir sus obligaciones internacionales en el marco de la investigación, la prevención, la sanción y la reparación integral de las víctimas de violencia sexual. Y el Pacto de Estado contra la Violencia de Género aprobado el pasado 28 de septiembre con el consenso de la mayoría de los grupos parlamentarios en el Congreso de los Diputados ha sido una oportunidad perdida para la protección a las víctimas de la violencia sexual». Con esta rotundidad denuncia Amnistía Internacional la invisibilidad de la violencia sexual en nuestro país y la dejadez del Estado, que juzga estos días a los jóvenes acusados de violar a una chica en Pamplona pero también, paradójicamente, a la propia víctima.

La organización destaca algunos avances logrados desde la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, en 2004, que reconoció que las agresiones deben combatirse a través de una legislación específica y que hay que proteger a las víctimas. Sin embargo, en relación con la violencia sexual queda mucho por resolver. Entre otras deficiencias, señala la falta de recolección de datos desagregados, lo que impide conocer la dimensión de este problema. Según la Macroencuesta de Violencia contra las Mujeres de 2015, el 7,2% de las niñas y mujeres han sufrido violencia sexual en algún momento de su vida, lo que equivale a más de 1,4 millones de niñas y mujeres.

Aministía Internacional también denuncia que los datos facilitados por el Ministerio del Interior sobre violencia sexual son muy limitados, al registrar únicamente los datos de denuncias presentadas. En 2016 se presentaron 8.763 denuncias por delitos contra la libertad sexual, de las cuales 8.147 incluyen agresiones contra la libertad y la identidad sexual (agresiones, abusos, acoso, o contacto con menores a través de tecnología). «Hay una ausencia de iniciativas por parte de las autoridades públicas, como por ejemplo la existencia de campañas y acciones de prevención, la falta de servicios especializados de atención y recuperación de las víctimas, o la falta de especialización de todos los agentes que intervienen en todo el proceso de atención a víctimas de violencia sexual», añade la organización. Según el estudio Deficiencias e inequidad en los servicios de salud sexual y reproductiva en España, publicado en octubre de 2016, solo 9 de las 17 comunidades autónomas disponen de centros de atención a víctimas de violencia sexual y no existe en todo el Estado español ningún centro de atención en crisis (24 horas los 7 días de la semana)».

Igualmente Amnistía Internacional alerta de la persistencia de prejuicios discriminatorios que impactan negativamente en los derechos de estas víctimas en el proceso judicial. El caso de La Manada es el ejemplo paradigmático. La responsable de política interior de la organización, Virginia Álvarez, incide en ello: «Fallamos de manera alarmante como sociedad, cuando a las víctimas de violencia de género, y especialmente a las de violencia sexual, se las trata como acusadas, y cuando la noticia es si su relato es veraz o no, como estamos viendo estos días en el juicio que se está celebrando en Pamplona. Con esto, lo único que se hace es provocar una doble revictimización».

Pero hay más ejemplos. El caso de Blanca (nombre ficticio), mujer de 20 años con nacionalidad española y de origen colombiano representa también los prejuicios, los estereotipos y la falta de diligencia debida del Estado a la hora de atender a las víctimas de violencia sexual. Según el testimonio recogido por Amnistía Internacional, Blanca fue agredida sexualmente a las cinco de la mañana el 8 de mayo de 2016. En dos ocasiones perdió el conocimiento. Cuando llegó a casa a las siete de la mañana,  tras contárselo a su madre, decidieron ir a denunciar lo ocurrido. En la comisaría de su barrio les indicaron que no podían tomar su denuncia y que debían ir a la comisaría especializada en este tipo de delitos en Madrid (Jefatura Superior de la Policía Nacional). En esta comisaría, Blanca entró sola y se enfrentó a un interrogatorio que duró cinco horas. Entre el cansancio y el shock por lo ocurrido, se quedaba dormida en la mesa. «En todo momento sentía que no me creían, lo que me provocaba mayor intranquilidad», cuenta a la organización. En todo ese tiempo nadie informó a su madre de lo que estaba pasando dentro.

«En ningún momento, los agentes le explicaron que tenía derecho a asesoría legal antes de realizar la denuncia. Tras la declaración no le ofrecieron acompañarla a recibir asistencia sanitaria, ni le informaron de que en estos casos solo podía ir a un centro hospitalario especializado, el Hospital de la Paz […] Tras ser violada a las cinco de la mañana, tuvieron que transcurrir 10 horas para que finalmente Blanca fuese atendida por personal sanitario y forense», denuncia Amnistía Internacional. Finalmente, fueron asesoradas por CAVAS, un centro de asistencia a víctimas de agresiones sexuales que conocieron a través de un folleto que encontraron en la comisaría. La investigación no ha avanzado.

Concretar en medidas el Pacto de Estado

Amnistía Internacional propone, entre otras cuestiones, el desarrollo de un sistema de atención integral y de urgencia, accesible y de calidad en todo el territorio nacional, con al menos un centro de crisis por cada 200.000 mujeres y, como mínimo, uno por cada comunidad autónoma, disponible las 24 horas del día, todos los días del año, como recomienda el Consejo de Europa. «No podemos olvidar que el pacto vuelve a poner encima de la mesa muchas medidas que ya se contemplaban en la Ley Integral aprobada en diciembre de 2004 y que no se han implementado correctamente. El pacto debe suponer una oportunidad para que España ponga en marcha, entre otras, las recomendaciones de organismos internacionales, y especialmente asegurar la correcta implementación del Convenio de Estambul (ratificado por España en junio de 2014) sobre prevención y lucha contra todos los tipos de violencia contra las mujeres», añade Álvarez.

La organización también señala que el pacto no aborda la falta de medidas para reparar a las víctimas mediante indemnización adecuada y con garantías de no repetición, una cuestión que tampoco incluyó ni la ley integral ni la Ley del Estatuto de la Víctima del Delito.

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La violencia sexual que por racismo y clasismo seguimos sin querer ver

Mujer pakistaní protesta contra la violencia machista. Foto: NUML.

Si se sienten abrumadas/os por la cantidad de casos de acoso y violencia sexual que están saliendo a la luz en las últimas semanas, tengan claro que todos juntos no llegan a sumar siquiera la punta de iceberg.

Piensen en todos los niños, niñas y adolescentes que fueron acosados o agredidos por familiares, amigos del entorno o profesores y que, ya adultos, no lo van a confesar porque consideran que no les compensa abrir esa espita, entre otras muchas razones, por evitarles el sufrimiento a su madre y/o padre –en el caso de que no hubiese sido él mismo– por no haber sabido ver lo que les estaba ocurriendo y, consecuentemente, protegerles.

Piensen en todas las mujeres que son violadas habitualmente por sus maridos y a las que ni siquiera tenemos en el mapa mental de las víctimas de la violencia sexual porque los victimarios son sus parejas. Y porque la cuestión del consentimiento pleno sigue siendo un tema desconocido para la inmensa mayoría de la población.

Piensen en todas las adolescentes que son acosadas por sus compañeros para que den de una vez el paso de mantener relaciones sexuales y dejen así de ser ‘niñas’, cuando no ‘mojigatas’, ‘anticuadas’. Y que terminan teniendo sexo con el que tienen más a mano y les da menos asco o, directamente, menos miedo para quitarse el trámite de en medio.

Piensen en todas esas mujeres migrantes, en situación administrativa irregular, que son explotadas en labores de cuidados y mantenimiento del hogar encerradas junto a sus contratantes, sin apenas conocer el idioma del país de acogida y sin poder denunciar cuando son acosadas y violadas por el miedo a la deportación. Piensen en las que recolectan las frutas y verduras que comeremos en nuestras mesas, también sin papeles, que duermen en barracones y a las que algunos empresarios no dudan en exigirles sexo a cambio del puesto de trabajo, mientras unos metros más allá, en otro barracón, están explotando sexualmente a otras mujeres migrantes y pobres, muchas de ellas víctimas de trata.

Piensen en todas esas camareras que, noche tras noche y día tras día, tienen que soportar el acoso sexual de algunos de sus clientes –materializado en comentarios, insinuaciones o, directamente, propuestas sexuales–. Hombres que entienden que en su sueldo va incluido tener que devolverles una sonrisa cuando se atreven a verbalizar todo el clasismo, sexismo y racismo que llevan dentro. Qué decir de los dueños de esos locales que las contratan dando por sentado que les están pagando por complacer así a su público y que no dudarían en despedirlas si su comportamiento no se ajustara no ya a una actitud de sumisión ante esa relación de poder, sino de aparente connivencia con la misma.

Piensen en todas esas mujeres taxistas que pasan horas encerradas en unos pocos metros con hombres que creen que pueden insinuarse más o menos ambiguamente, mientras ellas tienen que lidiar dialécticamente con la situación temiendo un desenlace violento.

Pero, sobre todo, piensen en ustedes mismas. En cuantas noches han acelerado el paso, cambiado de acera, fingido que hablaban por teléfono o cambiado su itinerario cuando volvían a casa ante los comentarios de un hombre o un grupo de ellos. Eso también es acoso, aunque estemos tan habituadas a él por haber crecido en la cultura del ‘piropo’ –llamémosla de una vez ‘cultura de la agresión verbal’- que hayamos terminado por no vincularlo con las denuncias que en estas semanas nos están llegando, desde Hollywood hasta el juicio contra los violadores de los sanfermines.

Y piensen en ustedes mismos. En cuántas veces se han sentido incómodos por saber que la casualidad de que su recorrido a casa coincidiese con el de esa mujer, les hizo sentir que estaban –sin querer– generándole temor. Cuántas veces se sintieron tentados de desacelerar su paso, cambiar ustedes también de acera, para mandarles el mensaje silencioso de que usted no es un acosador, un depredador, un violador. Piense en cuántas veces se han preguntado cómo será vivir así, sintiéndose en riesgo por el mero hecho de ser mujer.

Las denuncias por parte de actrices, modelos, periodistas y profesionales de distintos ámbitos públicos sobre los casos que han sufrido de acoso y violencia sexual han conseguido visibilizar una realidad que muchos se negaban a reconocer hasta ahora. El siguiente paso es recordar que no es una excepción reducida a las mujeres blancas de clase media-alta, sino que cuanto mayor es la situación de vulnerabilidad y precariedad, más normalizados y extendidos están el acoso y la violencia sexual: que son las más pobres, las más jóvenes y las más racializadas, las más impunemente agredidas física y sexualmente. Y que lo sabíamos, pero que ha hecho falta que los sectores más privilegiados dieran la voz de alarma para que prestáramos atención. Por eso, el clasismo y el racismo siempre han sido los mejores aliados del machismo.

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