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‘No violarás’: la instalación artística que se completa con las reacciones despertadas

En 2014, el Ministerio de Interior recomendaba a las mujeres un decálogo de medidas para no ser violadas. No hacer autostop, no transitar por calles solitarias y oscuras o no montarse en un ascensor con desconocidos. En aquel momento, la respuesta de las mujeres en redes sociales fue contundente: no es a nosotras a quienes […]

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Ya tenemos armas, y no son los medios

Manifestación contra las violencias machistas el 7 de noviembre de 2016 en Madrid.

El escándalo del millonario productor Harvey Weinstein y el posiblemente más famoso fotógrafo de moda Terry Richardson, entre otros, han sido los más sonados, pero no serán los últimos. Recuerdo que en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, promovida por modelos que habían sufrido abusos sexuales por parte de Richardson. Y recuerdo que no pasó nada.

Recuerdo cuando se conoció un escándalo que ligaba al productor de vídeos pornográficos Ignacio Allende, Torbe, con dos futbolistas y asuntos de prostitución y abusos sexuales. Todo acabó en agua de borrajas, pero hay algo que no me quito de la cabeza. Pregunté a dos periodistas deportivos de distintos medios, en distintos momentos, por el asunto. “Pero bueno, pareces nueva, estas cosas las sabe todo el mundo”. Las cosas que, según ellos, sabía “todo el mundo” era que entre algunos futbolistas de élite se «consumía” chicas menores, algunas muy menores. “Son sus fans”, me argumentaron, “ellas quieren”.

Es evidente, después de oír las declaraciones de decenas de actrices, actores, directores, etc. que en Hollywood, de nuevo, “todo el mundo lo sabía”.

Yo soy periodista. Las periodistas, según a qué mundillo pertenecen, saben lo que ocurre. Es decir, las que siguen al PP saben lo que se cuece en despachos y restaurantes, las que cubren el mundo de la moda no contarán lo que ocurre entre bambalinas, los periodistas deportivos… Yo soy periodista y esto fue lo primero que les pregunté a aquellos dos colegas que sabían tanto de futbolistas: “Y si lo sabíais, ¿por qué no lo dijisteis?”. Me miraron como si fuera idiota.

Ahora parece que todos los medios de comunicación han decidido al fin tratar el durísimo tema de los abusos a las mujeres, abusos habituales en muchas profesiones y centros de trabajo. Pero no han sido los medios de comunicación quienes los han destapado. Pese a que lo sabían. No han sido los medios de comunicación –“todo el mundo lo sabía”– quienes nos han informado de la existencia de numerosos criminales en serie cuyos delitos eran tan populares que hasta se atrevían a perpetrarlos en público. El dolor, el abuso sexual, la violación y el uso brutal del cuerpo de las mujeres es y ha sido un asunto mucho menos serio que la peatonalización de una calle o las declaraciones de un presidente sobre los Toros de Guisando, el fichaje de tal o cual muchacho para una Liga deportiva o la forma en la que una reina escuálida repite indumentaria, seguramente tras conversar con su amigo imputado.

No han sido los medios de comunicación, irresponsables, corrompiendo su esencial función de informar del crimen, sino las redes sociales. En ellas, por fin, se ha oído la voz de unas cuantas mujeres, y luego unos cientos de ellas, y luego ya miles. Además de actores, directores, amigas y amigos, compañeras, los medios de comunicación han silenciado durante años estos crímenes.

Caben dos posibilidades, a cuál más preocupante: una es que ni siquiera los consideren crímenes; la segunda, que su construcción machista y patriarcal, sus cúspides trufadas de hombres, hayan callado por sentirse o saberse involucrados.

Incluso después de hacerse público, ha habido tipos que han osado declarar que entonces, en “aquellos tiempos” estos crímenes no estaban tan mal vistos. Hombre, hombre, hombre, será que no estaba tan mal visto por ellos, caray, porque a las que nos tocaban el culo o las tetas en discotecas, bares o transportes públicos, a las que sus jefes proponían cenas y viajes o represalias, a quienes han aguantado masturbaciones de sus superiores, etc., nos parecía igual de repugnante antes que ahora. La única diferencia es que entonces no teníamos armas para denunciarlo. Entonces, cuando en 2014 se lanzó la campaña #NoMoreTerry, las revistas de moda no se negaron a publicar las fotos de Richardson, por poner un ejemplo.

Ahora las cosas han cambiado, y mientras muchos medios de comunicación agonizan en merecido descrédito y guardan en conserva sus repugnantes silencios antiguos, las redes se han convertido en un arma. Un arma que poco a poco los va dejando en pelotas.

Y cuando afirmo esto, siempre aparece alguien alertándome de que las redes son un nido de “falsos rumores”. Les voy a decir, ya para terminar, cuál es el verdadero y asesino “falso rumor”, difundido además internacionalmente. Se llamó “Iraq tiene armas de destrucción masiva”. Ha costado la vida a millones de seres humanos, y no procedía precisamente de las redes, sino de los gobiernos –el nuestro, entre otros– y de los medios de comunicación.

Pero las redes son ya un arma. Y por eso les asustan.

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Otra mujer confiesa que la han violado

“Confesó que la habían violado…”. Tal actriz, periodista, secretaria… vamos, tal mujer,  confiesa haber sufrido abusos, acoso, haber sido violada en el pasado o recientemente, por tal director de cine, productor, etc., vamos, por alguien, un hombre, con más poder que ella. Resulta habitual en estos días leer y escuchar el relato que incluye la expresión “confiesa haber sido violada” en los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. Con más frecuencia aún desde que están saliendo a la luz los casos de acoso y violencia sexual perpetrados por políticos, directores de cine, personajes famosos, hombres en situación de poder en definitiva.

Sin embargo, a nadie se le ocurriría confesar que ha sufrido un robo, el atropello de un vehículo, una agresión… Se confiesa, es decir, se reconoce a regañadientes, aquello que avergüenza. Por eso la víctima de un delito no confiesa, la víctima denuncia, acusa al agresor, al delincuente, al culpable. Incluso cuando se sufre una estafa, un engaño, cuando alguien se ha aprovechado de nuestra buena fe, se habla de “haber sido víctima de”, se denuncia el caso, no se confiesa haberlo padecido.

Pero desde los valores que la sociedad patriarcal imperante trata de imponer, se quiere convencer a las mujeres en particular y todos los ciudadanos en general de que, en el caso de los delitos cometidos por varones contra las mujeres, la vergüenza, el deshonor, la culpa, es de la mujer, de la víctima y no del hombre agresor. Y el imperio de estos valores patriarcales es tan omnímodo que trasciende hasta el lenguaje periodístico, muchas veces sin intención consciente por parte del periodista. El periodista solo pretende, seguramente, ser y mostrarse comprensivo con la vergüenza que supuestamente debe sentir la mujer violada. ¿Vergüenza la víctima? ¿Vergüenza de qué? Vergüenza,  oprobio, escarnio y condena social es lo que debe caer sobre el agresor. El rechazo de los otros varones, el aislamiento social.

Mientras que solidaridad y respeto es lo que ha de mostrar una sociedad justa hacia las víctimas de esa barbarie. ¿O es que acaso el colectivo masculino se identifica con los violadores, los agresores y por eso es su cómplice desde el silencio? Si no es así, ya están tardando los varones en demostrarlo, desde los juzgados, desde las comisarías, las universidades, los hospitales, incluso desde los más cotidianos lugares de encuentro, el centro de trabajo, el bar del café matutino o la tertulia deportiva.

¿Es difícil hacerlo, verdad, apreciados varones? Los energúmenos machistas son peligrosos. Y cuando detentan algún poder social o económico todavía más. Pero, o les declaráis la guerra abiertamente o sois sus cómplices. A vosotros os corresponde decidir.

* Amparo Ariño es socia cooperativista de ‘La Marea’.

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