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La clase magistral

La siguiente charla, titulada Los tiempos están cambiando, no te quedes quieto, corre a cargo de Juan Miguel Sánchez-De Rodríguez, empresario, entrepreneur y gurú socioeconómico. Con un lenguaje claro, cargado de brillantez y toques de humor, Juan Migu…

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Ser sirviente no es ser servil

«No sé qué haría sin ti”. Esa sentencia en la boca de un aristócrata a su mayordomo en la película El sirviente (1963),  dirigida por Joseph Losey, es la plasmación fílmica de la relevancia del trabajador frente a su empleador. La escena en la que jefe y sirviente juegan a la pelota en una escalera es una alegoría de clase. Una representación artística de la estratificación social en la que el burgués parte con ventaja frente al obrero: le lanza la bola desde arriba gracias a su posición social. Pero sus trampas y abusos en el juego provocan el hartazgo del empleado, que después de amenazar con abandonar al patrón consigue que su jefe verbalice la dependencia que tiene de él.

La película de Losey, director estadounidense huido al Reino Unido por el mccarthismo, es una obra maestra que enseña que el trabajador, cuando es consciente de su importancia en la jerarquía social y utiliza sus armas, es capaz de cambiar su situación y mejorar la posición desde la que lanza la pelota al patrón. Ese proceso de comprensión íntima de su poder es el primer paso para conformarlo en conciencia y, después, en organización. Desde El sirviente y otras obras similares es más fácil entender los procesos que llevaron a la asociación de las muy precarias limpiadoras de hoteles en España, conocidas como las Kellys, con precedentes en toda la Europa azotada por la crisis y que son narrados en otras obras literarias.

Victoria y Fanfan son unas limpiadoras de Caen (Francia) que montaron una sección sindical de precarios en una importante agrupación obrera del norte del país. Su historia, contada en un capítulo del libro El muelle de Ouistreham, de la periodista Florence Aubenas, ayuda a dar respuesta a uno de los mayores problemas del sindicalismo europeo y a la aparición de nuevas formas de organización laboral como las Kellys. La crisis de 2007 comenzó a incrementar la masa de personas trabajadoras precarias y subcontratadas. Fanfan y Victoria se preocuparon de organizarse en un mundo copado por los hombres del sector fabril, metalúrgico e industrial: “En las reuniones, los responsables utilizaban un lenguaje especial, armado de cultura política y términos técnicos, que se suponía que los precarios comprendían, pero que no entendían en absoluto”, escribe Aubenas en el libro sobre la experiencia de esta sección sindical sobre trabajadores poco politizados y muy precarizados.

La carrera de los prejuicios

La soberbia y el clasismo del viejo sindicalismo con ciertos sectores productivos, y más si son mujeres, es lo que define la relación de las limpiadoras con quienes tienen que defender sus derechos. En algunos casos, el servoproletariado se siente abandonado, sin posibilidad de adherirse a un colectivo que defienda sus intereses. En el documental Brumaire, de Joseph Gordillo, se muestra la realidad de una limpiadora del norte de Francia en contraposición con la de su padre, minero de Lorena. En el filme queda en evidencia el abandono por parte de los sindicatos tradicionales de toda una clase de trabajadores con los que no conecta y que le proporcionan escasos réditos para el mucho esfuerzo que cuesta llegar a ellos por su atomización. Mujeres, limpiadoras, dispersas, precarias. Poco negocio para todos.

Los clichés y tópicos a los que tienen que enfrentarse no se circunscriben al mundo de la organización sindical. Buscar trabajo lleva implícito soportar una batería de prejuicios que marcan el puesto determinado a ocupar dependiendo de tu origen social o género. En Por cuatro duros, cómo (no) apañárselas en EEUU, la periodista Barbara Ehrenreich explica cuáles son los patrones comunes para las limpiadoras en una charla formativa: “La administradora me había dicho que no le gustaba contratar a gente que hubiera hecho tareas de limpieza anteriormente. De modo que me preparé a despejar mi mente de toda experiencia de limpieza doméstica anterior. Hay cuatro cintas en el curso formativo —quitar el polvo, cuartos de baño, cocinas, y pasar la aspiradora—, todas con actuaciones estelares de una atractiva joven, posiblemente hispana, que se mueve de un lado a otro con serenidad, obedeciendo las órdenes de una voz masculina”.

Ser sirviente no es ser servil. Las obras que aquí apuntamos son una manera de acercarse a la realidad del trabajo precario en uno de los sectores más abandonados por parte de la mayoría de los actores sociales.



El sirviente

Joseph Losey

Reino Unido, 1963

Protagonizada por Dirk Bogarde, Sarah Miles, Wendy Craig y James Fox, es una obra magna del cine clásico que muestra la relación entre un burgués recién llegado de la África colonial y su mayordomo en una casa del barrio de Chelsea (Londres). El director traza un relato críptico sobre la lucha de clases que rodea con una tensión constante en los diálogos, la escenografía y la fotografía. El guion está firmado por el dramaturgo y Nobel de Literatura Harold Pinter.


Brumaire

Joseph Gordillo

Francia, 2015

Documental que narra la transformación social en la cuenca minera de Lorena a través de un padre y una hija. Tras el cierre del último yacimiento de carbón, él, minero, cuenta los recuerdos de su trabajo y la solidaridad que había entre compañeros en lo que era una región próspera. Su hija, limpiadora precaria en una residencia de ancianos, explica la soledad que le provoca el abandono de los sindicatos y el hartazgo que la aproxima a las posiciones del Frente Nacional.


Por cuatro duros

Barbara Ehrenreich

Capitán Swing

Este libro, editado por primera vez en 2003, es un proyecto de investigación en la misma línea de las obras de los periodistas Günter Wallraff y Florence Aubenas. Ehrenreich trabaja en distintos puestos mal pagados para describir la precariedad y desmontar el relato del “sueño americano”: aquel que sostiene que cualquier empleo es el pasaporte a un futuro mejor.


El muelle de Ouistreham

Florence Aubemas

Anagrama

Florence Aubenas se hace pasar por una empleada de limpieza en el año 2007 en la ciudad francesa de Caen. La periodista gala vive durante meses la experiencia en carne propia de una trabajadora precaria para contar desde dentro el mundo de humillaciones y desprecios al que se ven sometidas sus compañeras.

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‘Apuntes de clase’, un suplemento coordinado por Antonio Maestre

En La Marea lanzamos una nueva sección coordinada por Antonio Maestre llamada “Apuntes de clase”. Un suplemento que busca dotar a la clase trabajadora de herramientas intelectuales y espacios de reflexión para defenderse del discurso hegemónico que nunca les da voz. Noticias, recomendaciones culturales, análisis con perspectiva de clase y de género, informaciones orientadas al mundo laboral. En definitiva, periodismo que brinde voz a trabajadores y trabajadoras.

Este es un espacio para las madres trabajadoras y para las trabajadoras sin hijos, para las abuelas y limpiadoras, para camareros con contratos de 20 horas que trabajan 60 horas. Para universitarios que han tenido que emigrar y para quienes han tenido que emigrar sin estudio alguno. Migrantes que tienen que vender en la calle para ganarse el sustento. Todos somos de la misma clase. De la trabajadora. ‘Apuntes de clase’ es el suplemento que buscará dar voz a la parte más importante de la población.

Si quieres colaborar a hacer posible esta sección, tienes dos opciones:

  • Suscripción 35: Por 35 euros, recibirás la revista mensual La Marea en su versión digital durante un año + el libro Franquismo S.A., de Antonio Maestre (en preparación) + boletín semanal, a cargo de Antonio Maestre.
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El día (a día) de la madre

madre

Me levanto a la primera, en cuanto suena el niño. No como antes de ser madre, que posponía la alarma cuatro o cinco veces. O seis o siete. Hoy no está su padre. Le doy el desayuno, jugamos un poco, le cambio el pañal, lo visto, preparo su mochila y lo dejo en la guardería. A esa hora son las ocho y media. Subo a casa y dudo entre lavarme el pelo (mascarilla, desenredo…) o solamente ducharme. Opto por lo segundo, porque prefiero tener unos minutos para desayunar y ponerme al día. Me voy. Me vuelvo. Se me ha olvidado la grabadora. La cojo. Venga, pongo una lavadora en un momento y salgo definitivamente a hacer la primera entrevista que tengo prevista ese día. Son las nueve. Comienza el trabajo por el que me pagan

Cuando acabo la entrevista, compro unas espinacas en la frutería que me encuentro en el camino de vuelta. Ese será hoy el primer plato de la cena de mi niño. Hablo con una fuente. Luego con mi jefa. Subo a casa y saco del congelador el segundo, pescado. Antes, he tenido que mirar el menú de la guarde para no repetir por la noche los alimentos del mediodía. Creo que lo he hecho mientras esperaba algún semáforo. Sí, cuando un hombre al que no le he visto ni la cara me ha soltado un bufido: “Y dale con los telefonitos”. Pero antes de todo eso, he tenido que acordarme de que tenía que hacer todo eso. 

Sigo trabajando hasta las cuatro y como algo delante del ordenador. Recojo a mi hijo y le doy la merienda. Intento que coma unas uvas antes de quemar el cartucho ‘batido de chocolate’. También le leo un cuento, dibujamos con pintura de manos y jugamos con su moto. Vamos al parque. Él se columpia. Y mientras contesto y envío correos de trabajo, un mensaje de la guardería me recuerda que al día siguiente tengo que llevarlo vestido de flamenco. Hablo por teléfono con mi jefa. Más curro. Ahora el tobogán. Aprovecho para pedir cita para vacunarme porque en unos días me voy al extranjero. Salgo -salimos- corriendo a ver si encontramos un sombrero cordobés. Por el camino, veo que ya han quitado de la cartelera Lo tuyo y tú, la última película que quería ver. Me prometo que ya no me pasará más con ninguna otra peli. Son las ocho y media la tarde. Mi hijo señala la luna, que ya se ve. Aún es de día. Le pongo dibujitos en el móvil para terminar de escribir un mail que dejé a medias. Me consuela que al menos los ve en inglés. Preparamos el baño, las espinacas, el pescado y recogemos el vaso de leche que se nos acaba de desparramar por la mesa. Esta vez no llega al ordenador. Otra vez cambio de pañal y más juegos. Canto canciones del año catapún hasta que se duerme, acunado en mi brazo izquierdo. Con el derecho, repaso las redes sociales

Son las once menos cuarto de la noche. Me como las espinacas que han sobrado mientras modifico el pedido de la compra que hice el día anterior por Internet. Se me olvidó la arena de las gatas. La traen mañana. De hoy no pasa, me digo al recoger los libros que hay tirados por el suelo. Y me leo un par de poemas de Poesía soy yo, que llevaba meses queriéndolo tener. Uno de Alfonsina Storni: «Hombre pequeñito, hombre pequeñito, / suelta tu canario que quiere volar… / Yo soy el canario, hombre pequeñito, / Déjame saltar». Me acuerdo de la limonada que mi chico me había comprado para un momento de relax. Por fortuna, aún no ha caducado. Me pongo a hacer gestiones para el próximo número de la revista. Vuelvo a cantar las canciones del año catapún porque un maullido de las gatas ha despertado al peque. Otra vez delante del ordenador. Son las 02.10 horas y me estoy dando cuenta de que no tengo pan para el bocadillo de la guardería. 

No sé a qué hora me acostaré esta noche, aún quiero leerme dos artículos que me interesaron por la mañana y quiero enjaretar uno de los reportajes que tengo en la cabeza. Recibo un whatsapp invitándome a ver Guardianes de la Galaxia 2 este finde. No acepto. «Te vas a reír», insiste el dichoso telefonito, como decía el hombre del semáforo. Acepto con una condición: si no me río… Y me quedo dormida pensando en cómo vengarme si no me río. Me desvelo con un pensamiento: no le he devuelto la llamada a mi madre. Ni tampoco he tendido la lavadora. Voy al baño y tropiezo con un bote de uñas que compré con el sombrero cordobés. Me pinto solo una mano. Soplo fuerte y vuelvo a dormir. El niño está a punto de sonar. Otra vez. Buenos días. 

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‘La mano invisible’: una película invisible que debemos ver

Invisible es la mano de la alienación de las ocho horas de trabajo (sin entrar de otras jornadas, en horas extras u otras condiciones en otras partes del mundo). Mucho se ha escrito sobre el tema pero pocos nos hemos parado a pensar en medio de tanto ajetreo del día a día. La mano invisible es una cooperativa en sí misma. Sus distribuidores nos explican, en el preestreno en otra cooperativa, los cines Zumzeig de Hostafrancs (Sants) en Barcelona, la construcción de esta película de la forma más interesante que encontraron. David Macián apostó por dirigir este largometraje basado en el libro de Isaac Rosa, escritor que colabora para varios medios, entre ellos La Marea. Rosa cedió todos los derechos del libro para que Macián dirigiera una película arriesgada, en forma y contenido, y lideró con todo un equipo la creación de esta gran película. Ya no solo por el tema que trata, el trabajo, sino por la forma de hacerla. Todo el equipo es productor ya que pusieron el capital de su trabajo y crearon la cooperativa: la propia película. No se cobró pero se aportó ese capital humano y forman parte de la propia producción. Cabe destacar también, por supuesto, los mecenas que colaboraron para que en vísperas del Primero de Mayo, La mano invisible se estrene en más de quince salas en el Estado español. Y entre otros, resaltar este medio, La Marea, que forma parte de los colaboradores de la película.

Para describir esta película, quiero plantear las preguntas que me han surgido tras haberla visto y cómo en menos de noventa minutos te ves reflejado en tu jornada laboral. Aunque esta no resuelve ninguna de las preguntas, sí las ha vuelto a poner en la cabeza de quienes arriesgamos a vernos reflejados en el espectáculo grotesco que es el mundo actual del trabajo:

¿Pensamos cuando trabajamos? ¿Vemos el daño mental, emocional e incluso psicológico que nos provoca ocho horas monótonas? Ya ni hablar de las condiciones y las exigencias cada vez peores y en peores condiciones. ¿Estamos en una sociedad tan democrática y alardeamos de la libertad pero no la tenemos para mejorar nuestras condiciones de trabajo? ¿Y para decir lo que pensamos libremente sin tener miedo a que te despidan? ¿Es tan real tal libertad que solemos repetir cuando miramos a otros países? ¿Son realmente ocho horas la que debemos trabajar y aguantar lo que sea pese a las condiciones? ¿Es mejor tener jefe o organizar el trabajo en colectivo? Con ocho horas insufribles y monótonas, ¿habrá trabajo para todos y todas? ¿Qué pasa con la salud mental y física? ¿Se valoran más los títulos y no realmente el buen trabajo que se pueda hacer? El trabajo es su medida, claro que dignifica y en el fondo lo es todo para construirlo todo y desde cualquier punto de vista pero ¿vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? ¿Es lo único que importa? ¿Es esclavismo, realmente, es lo que leemos en los libros de historia? ¿Tantas horas no nos afectan en lo emocional y acabamos viendo enemigos donde no los hay: otros trabajadores y trabajadoras que están igual que nosotros? ¿Como usuarios (también trabajadores y trabajadoras) exigimos la disponibilidad a los demás por encima de cualquier cosa? ¿El cliente siempre tiene la razón? ¿Y los y las trabajadoras nunca? ¿Existen más formas de organizarnos que de jefe todopoderoso y asalariado que recibe órdenes? ¿Por qué está mal visto hacer la huelga o reivindicar derechos? ¿Qué papel juegan los medios, tanto fuera como dentro de sí mismos? ¿Y qué pasa con las cooperativas? ¿Y la solidaridad? ¿Todo  en esta sociedad lo tenemos que hacer porque nos mueve el dinero? ¿Y si nos moviera otras cosas y no tengamos que pensar siempre en sacar beneficios? ¿Siempre crecer y sacar beneficios a costa de destruir el planeta? ¿Y si por cumplir tu trabajo como «pringado» es posicionarse contra tus compañeros? ¿Y si es el trabajo que se te ofrece cuando buscas desesperadamente para mantener tu familia? ¿Y si hubiera renta básica? ¿Y si lo que producimos es para la sociedad y no para un porcentaje pequeño de ésta? ¿Y si dividimos el trabajo y ganamos en tiempo de formación, cultura, ocio y respeto?

¿Y si vemos y difundimos esta película para que la mayor cantidad de personas plantean más preguntas y pensemos en las salidas? En el fondo todos y todas lo que queremos es ser felices y trabajar lo digno para vivir mejor. Si lo que queremos es un mundo diferente, La mano invisible es una buen comienzo para hacerse estas y muchas más preguntas.

«Entender el cine y entender el mundo», Jaime Pena. Sin paternalismos.

Jorge A. Trujillo es socio cooperativista de La Marea.

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Dossier #LaMarea49: Sindicatos para el siglo XXI

Sindicatos para el siglo XXI

Puedes comprar ya #LaMarea49 sobre los sindicatos para el siglo XXI en nuestra tienda online por 1,90 euros o en kioscos por 4,50

Ya dijo el hoy encarcelado expresidente de la patronal Gerardo Díaz Ferrán que había que trabajar más y cobrar menos. Y ese es el escenario creado por la crisis y las reformas laborales en el que viven -y sobreviven- los trabajadores y trabajadoras de este país. Las leyes contrarias a derechos laborales básicos y las sucesivas reformas, sobre todo la última aprobada por el gobierno del PP, han generado una situación de precariedad sin precedentes en la democracia y nuevas formas de explotación que hacen necesaria una ofensiva urgente.

En La Marea, ya dedicamos un dossier al debilitamiento del papel de los sindicatos hace tres años, sobre todo a raíz del 15-M. De ese análisis, en el que dimos voz a los principales dirigentes sindicales del país en aquel momento, ya se extraía que estas organizaciones, tal y como estaban funcionando, no podían responder a las nuevas realidades -contratos irregulares, falsos autónomos…- y a retos como la robotización.

Lo que hemos querido hacer en #LaMarea49, otro Primero de Mayo más, es concretar a partir de las reflexiones de expertos, trabajadores y sindicalistas, los planes y estrategias que deben incorporar a su acción para recuperar la confianza de quienes se sienten desprotegidos y, sobre todo, impedir que las políticas neoliberales continúen empobreciendo a la clase obrera. En La Marea consideramos fundamental y más necesaria que nunca la labor de los sindicatos y creemos, de acuerdo a nuestros principios editoriales, que en el centro de su lucha no pueden faltar perspectivas como la economía feminista o modelos  de transición contra el cambio climático.

En este número dedicamos varias páginas al debate sobre los vientres de alquiler en España, con un análisis de Cristina Fallarás centrado sobre todo en la nueva dimensión de este negocio, y las restricciones que algunos países asiáticos han ido poniendo en estos años. Incluimos, además, un reportaje sobre los bulos de la casilla de la Iglesia, aprovechando la campaña anual que la institución eclesiástica hace por estas fechas. Y en #YoIBEXtigo, preparando motores, realizamos un retrato de Isidro Fainé, presidente de Gas Natural Fenosa y de la Fundación La Caixa.

En Internacional, nos adentramos en las villas de Buenos Aires y su lucha para integrarse en la ciudad; y analizamos la situación actual de las armas químicas, pese a que están prohibidas desde 1997. Entrevistamos a la directora de Política de No Proliferación de la Asociación por el Control de Armas, Kelsey Davenport.

Entre los análisis de este número, Nazaret Castro aborda el poder invisible de las distribuidoras de carne a través de su libro La dictadura de los supermercados; y Gonzalo Gómez, cofundador de Aporrea.org, realiza un repaso desde la constitución de la web venezolana hasta el momento actual. Como cada mes, Gerardo Tecé nos trae su Como te lo cuento: en esta ocasión recrea una conversación entre Susana Díaz y Verónica Pérez camino de la Feria de Abril.

El rap de derechas es la apuesta de este mes para Cultura. Pocos raperos se atreven en España a apoyar al PP o a partidos ultraconservadores. Pero hay excepciones. Y anoten una de alimentación: flexitarianos, la nueva versión de vegetarianos con un chuletón de carne de vez en cuando. Como siempre, nuestras secciones habituales: la viñeta de Atxe, el relato de Isaac Rosa, titulado este mes La espera, la hemeroteca de cambio climático, el Haz tu parte, dedicado en esta ocasión a la bicicleta, las recomendaciones culturales y la Herstory, dedicada este número a Luisa Capetillo, una anarcofeminista en pantalones. 

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