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Abogados de los detenidos de Alsasua: “Están vetando el derecho de defensa”

Concentración ante el Palacio de Justicia de Navarra. Foto: Altsasu Gurasoak.

Los abogados y abogadas de los ocho jóvenes de Alsasua acusados de delitos y amenazas terroristas, y que se enfrentan a penas de entre 12 y más de 60 años de cárcel, denuncian varias anomalías en la instrucción del juicio por la supuesta agresión que tuvo lugar la madrugada del 15 de octubre de 2016 contra un sargento, un teniente de la Guardia Civil (ambos fuera de servicio) y sus dos parejas en un bar de esta localidad navarra.

A la espera del juicio oral y sentencia, los seis abogados dieron una rueda de prensa en Madrid para pedir proporcionalidad y señalar que, desde su punto de vista, hay varias anomalías en el proceso que «están vetando el ejercicio del derecho de defensa y a un juicio con todas las garantías», conforme al artículo 24.2 de la Constitución y la Convención Europea de Derechos Humanos, entre las que destacaron:

 ¿Un caso para la Audiencia Nacional?

La defensa argumentó que debería ser la Audiencia Provincial de Navarra, y no la Audiencia Nacional, la competente para juzgar los hechos acontecidos en octubre de 2016. Según estos abogados defensores, el Tribunal Supremo se basó en documentos iniciales que no incluían el informe forense (el que establece la gravedad de las lesiones, siendo la más grave una fractura de tobillo) al determinar que el caso quedara en manos de la Audiencia Nacional. «Haciendo omisión de este razonamimento del Supremo, se acusó a los jóvenes de terrorismo en la Audiencia Nacional (…) se ha producido una quiebra de la apariencia de imparcialidad de la Audiencia Nacional», argumentaron los letrados. Además, destacaron que los primeros informes periciales de Policía y Guardia Civil no señalaban hechos de carácter terrorista, ya que, «de ser así, la juez de Pamplona se habría inhibido».

El Ministerio Fiscal y las demás acusaciones, entre ellas el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite), argumentan que se trata de un delito de terrorismo porque dos de los agredidos pertenecen a la Guardia Civil y algunos de los jóvenes estarían vinculados a Alde Hemendik (‘Fuera de aquí’), un colectivo que pide la salida de las fuerzas de seguridad del Estado de Navarra y País Vasco, y que según la parte acusadora, habría estado a su vez ligado a la extinta ETA. La supuesta relación de Alde Hemendik y ETA estaría argumentada en un informe de inteligencia de la propia Guardia Civil, pero la defensa asegura que esto no tiene ningún nexo con lo sucedido en el bar de Alsasua y se queja de que la Justicia impida que se realice un informe pericial histórico sobre esa supuesta relación. «A las defensas se les está impidiendo contradecir esa vinculación», señalaron los abogados de la defensa.

El informe de la Guardia Civil señalaba un posible delito de odio, pero una semana después de que los jóvenes fueran detenidos, el Colectivo de Víctimas del Terrorismo señaló un supuesto delito de terrorismo en su denuncia.

Pruebas denegadas

Los letrados defensores también explicaron que la práctica totalidad de las pruebas que presentaron fueron rechazadas por la Sección Primera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, que lleva el caso, entre ellas vídeos del lugar donde transcurrieron los hechos, testimonios, resoluciones judiciales anteriores y entrevistas que dos de las víctimas concedieron a la COPE y Onda Cero y en las que, según la defensa, contradicen sus propias versiones de los hechos, mientras que «a las acusaciones se les han admitido prácticamente todas las pruebas», declaró el abogado Jaime Montero, quien además las tachó de legítimas pero «irrelevantes». «Hemos tenido que bucear para encontrar a personas que no aparecen en ningún momento de la investigación pero que estaban presentes en el momento en que sucedieron los hechos», aseguró uno de los abogados.

La juez Carmen Lamela, también conocida por decretar prisión para los consejeros catalanes cesados, no admitió esas pruebas de las defensas, porque las consideró ajenas al proceso, lo que a ojos de estos letrados es una contradicción ya que negar la relación de esas pruebas con el juicio sería como negar la acusación de terrorismo. «Han tratado de convertir una bronca de bar a las cinco de la mañana en un día de ferias en un acto terrorista, es absolutamente disparatado», dijo José Luis Galán, abogado de uno de los acusados.

Testigos rechazados

Los letrados también señalaron que no se les está permitiendo aportar testigos presenciales y criticaron que ni la Policía ni la Guardia Civil fueron diligentes durante la fase de investigación para encontrar personas que presenciaron los hechos. Según el letrado Jaime Montero, «fueron las familias de los encarcelados quienes tuvieron que hacer esa investigación (…) la jueza nos denegó esa fase de instrucción, por lo que solo se escuchó una parte de los hechos». Desde la defensa también sugirieron testigos pertenecientes a Alde Hemendik que ponían en cuestión la relación de los jóvenes acusados con ese colectivo, pero tampoco fueron admitidos. «Para estos chavales, ETA es historia», explicaron los abogados, apoyándose en la edad de los acusados (oscilaban entre 19 y 24 años en el momento de la detención). Sin embargo, todos los testigos aportados por las distintas partes de la acusación sí fueron aceptados.

Fallos en la rueda de reconocimiento

Un informe pericial señala posibles fallos durante la rueda de reconocimiento en la que los agentes víctimas de la agresión identificaron a sus supuestos agresores, pero la Sala no admitió tampoco ese documento. «Aquellas ruedas de reconocimiento practicadas en el juzgado instructor se formaron con personas de diferentes edades, nacionalidades y etnias, de los cuales ninguno era de Alsasua, previamente trasladados desde las prisiones de soto del Real y Alcalá-Meco», señalaron los abogados de los acusados.

Presunción de inocencia

Durante el último año, varios medios de comunicación definieron a los acusados como terroristas, a pesar de que todavía el caso no ha sido sentenciado. Los abogados dicen que sus clientes no se plantean denunciar lesiones al honor y su presunción de inocencia porque «bastante tienen con esta losa» y porque creen que esta medida no les va a facilitar «pensar un proyecto de vida».

Los tres jóvenes que permanecen en prisión incondicional y sin fianza (al principio fueron siete) se encuentran «bien tratados» pero a más de 400 kilómetros de su hogar familiar, separados desde su ingreso en la cárcel y sometidos a «condiciones duras», con la comunicaciones intervenidas y en régimen de primer grado, que implica menos horas de salida al patio. Los abogados creen que es injusto que tres de los jóvenes permanezcan entre rejas de forma preventiva por un hipotético riesgo de huida, ya que fueron los propios acusados quienes se personaron por voluntad propia cuando supieron de los cargos que se les atribuían. «Es absolutamente desproporcionado», señaló Amaia Izko, abogada de uno de los acusados.

El auto sobre el que se desarrollará la vista oral en la Audiencia Nacional es irrecurrible, por lo que los abogados de la defensa solo pudieron formular una protesta por escrito que enfatiza la inadmisión de las pruebas aportaron. No obstante, aseguran que las presentarán de nuevo cuando se abra la sesión oral -«no nos han comunicado ningún plazo dentro de la urgencia que requiere esto, porque llevan presos un año«-. Tampoco descartan recurrir la sentencia ante el Tribunal Constitucional y «esperamos no tener que llegar al Tribunal de Justicia Europeo«, señaló uno de los abogados. Las penas solicitadas para los jóvenes acusados suman 375 años de prisión.

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La vida después de DAESH

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A finales de agosto, el presidente de Líbano declaraba la victoria de sus tropas sobre DAESH. Una semana antes, fuerzas iraquíes y de la coalición liderada por EEUU recuperaban Tal Afar, uno de los últimos bastiones del grupo terrorista en Iraq. El ministro francés de Exteriores afirmaba esa misma semana a Le Parisien: «En Iraq ya estamos en la fase de posguerra». Y auguraba el fin de la organización yihadista en Siria. Al cierre de esta edición, las fuerzas kurdas anunciaban la toma de Raqqa, la capital del califato autoproclamado por DAESH. Y en octubre se cumplirá un año de la liberación de Mosul, el principal feudo del Estado Islámico.

DAESH pierde fuerza y, a tenor de los hechos, su fin como organización consolidada y unificada podría estar más cerca que nunca. La experiencia de conflictos anteriores, desde la guerra de los Balcanes hasta la invasión de Iraq o Afganistán, revela que la falta de planes para lidiar con los combatientes que decidan volver a sus países puede ser catastrófica y provocar la dispersión de miles de individuos armados y preparados para atentar. Rob Wainwright, jefe de EUROPOL, califica este problema como la «mayor amenaza de terror en más de 10 años» y advierte sobre ataques inminentes a gran escala. ¿Qué le depara el futuro a los yihadistas de DAESH? ¿Cuál es el plan para gestionar el porvenir de los miles de combatientes extranjeros que integran las filas de esta organización terrorista?

Las estimaciones más fehacientes apuntan a que hay al menos 30.000 extranjeros alistados en las filas de DAESH. La mayoría procede de países como Arabia Saudí, Jordania, Túnez o Marruecos, mientras que aproximadamente uno de cada cinco partió de Europa. La mitad sigue en el frente, un quinto habría fallecido en combate y aproximadamente un tercio tiene la etiqueta de «retornado», según datos de Soufan, una empresa privada de inteligencia con sede en Estados Unidos.

El reclutamiento de extranjeros por parte de esta organización es considerado oficialmente una amenaza para la paz y la seguridad internacional desde 2014, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU lanzó esta advertencia por primera vez coincidiendo con la creación de esta organización terrorista. DAESH alcanzó su punto álgido en la primavera de 2015, cuando llegó a abarcar gran parte de Siria e Iraq, y alcanzó las fronteras de Turquía, Líbano, Jordania e Irán. A principios de 2016 el Consejo de Europa –consta de 47 miembros, incluida Rusia– definió el perfil del combatiente europeo retornado: varón musulmán (solo el 17% son mujeres) de entre 18 y 35 años, recién convertido al Islam, ciudadano de segunda o tercera generación de familia inmigrante con problemas de aceptación, inclusión y adaptación a su entorno social. Un 20% tiene trastornos psicológicos y el 80% acumula antecedentes penales.

A pesar de los discursos de unidad en los países afectados por el terrorismo, «no hay un plan internacional, cada país tiene su propia estrategia», explica Pedro Baños, coronel en reserva del Ejército de Tierra y exjefe de Contrainteligencia y Seguridad del Ejército Europeo. Las naciones del Magreb, origen principal de los combatientes foráneos de DAESH, combinan la represión y la disuasión para evitar que los radicales se unan a la yihad –entendida por los fundamentalistas como la guerra santa obligatoria para expandir el reino de Alá en la Tierra– o planeen actos terroristas al regresar. Marruecos, Túnez, Argelia y Egipto emplean esta estrategia, mientras que Libia carece de planes y capacidad para afrontar este problema.

Un claro ejemplo de esta falta de planificación es la Unión Europea, que basa su estrategia contraterrorista en cuatro pilares –prevención, protección, persecución y respuesta– pero deja en manos de cada país la implementación de sus propias medidas de cara a los yihadistas retornados, así como su seguimiento. Por ejemplo, Francia y Holanda retirarán la nacionalidad a los condenados por terrorismo, una medida que aún no contemplan países como España. A mediados de 2016 los gobiernos del espacio Schengen empezaron a compartir sus ficheros con datos de los viajeros que ingresan en Europa (150 millones de personas al año), pero el trabajo conjunto de cuerpos policiales y servicios secretos permanece en el plano bilateral. «Para que exista cooperación, tiene que haber amenaza a nivel europeo, pero no es el caso», señala Baños, que pone como ejemplo a países del Este con muy poca población musulmana y sin riesgos de atentados.

Este coronel, que actualmente trabaja como analista en la lucha antiterrorista, distingue tres perfiles de combatientes retornados de DAESH: el primer grupo estaría compuesto por los que «vienen endurecidos y con afán e indicaciones de cometer atentados, con deseo de venganza»; le seguirían los «defraudados por lo que han visto», principalmente mujeres que se sintieron engañadas y cuyo nivel de radicalización es superficial; finalmente, estarían los traumatizados. Al igual que otros expertos en la materia, Baños comparte la necesidad de emplear «medidas represivas» contra el primer grupo, pero advierte de que «no hay que desaprovechar la oportunidad de intentar recuperar a aquellas personas que vengan traumatizadas o decepcionadas».

Los expertos coinciden en la importancia de comprender las razones que motivaron la aparición de DAESH para combatir el extremismo islamista, y apuntan a la necesidad de desarrollar contranarrativas dirigidas a los retornados, principalmente a los arrepentidos y decepcionados. Así lo explica Juan Alberto Mora, autor de un completo análisis sobre el futuro de los retornados publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, organismo adscrito al Ministerio de Defensa.

En opinión de Baños, aplicar medidas represivas contra este grupo solo serviría para ahondar en su radicalización, un punto de vista que comparte la libanesa Joumana Gebara, especialista en geopolítica de Oriente Próximo. Gebara detalla puntos para una revisión teórica del Islam a nivel global, y defiende la creación de consejos locales integrados por representantes de distintas etnias, credos y facciones, así como centros para prestar ayuda psicológica sobre el terreno. «Es un plan a corto y largo plazo, no habrá resultados inmediatos e incluso veremos emerger nuevas organizaciones parecidas a DAESH», explica Gebara desde Beirut por correo electrónico.

«Me temo que DAESH será derrotado política y militarmente, pero la idea no morirá», lamentaba Nabil Rahim, empleado de una radio de Trípoli (Libia), en las páginas de la revista estadounidense The New Yorker. Antonio Alcolea, filósofo y especialista en geopolítica de Oriente Próximo y el Mediterráneo, subraya el potencial violento de los retornados pero matiza que DAESH fracasó en su intento por captar yihadistas europeos y «solo» logró que unos 5.000 ciudadanos o residentes comunitarios se sumaran a sus filas. Alcolea pone en perspectiva esta cifra con un dato de la guerra entre soviéticos y afganos en los años 80: a pesar de las dificultades para viajar, más de 30.000 extranjeros lucharon para expulsar a la URSS de Afganistán. El peligro es real y latente, pero el alarmismo no contribuye a encontrar soluciones. En su opinión, el Sahel y la periferia de Rusia serán dos de los destinos más atractivos para los atomizados grupos yihadistas en la era post-DAESH, mientras que muchos combatientes reclutados por la fuerza «serán usados como moneda de cambio a nivel territorial» e incluso podrían ser clave para la reconstrucción de Siria e Iraq.

Matarlos a todos

Buena parte de los yihadistas de DAESH son mercenarios, combatientes profesionales y con experiencia procedentes de países con población musulmana que hasta hace pocos años estuvieron en conflicto, como Bosnia, Kosovo, Albania o Chechenia. No van a la guerra por principios, por lo que «volverán allí donde haya otro foco caliente para seguir combatiendo a cambio de dinero», opina Baños. Libia, Egipto y Afganistán son los tres países con frentes abiertos que, por su cercanía geográfica y cultural (la facilidad del idioma) y por el tipo de conflicto que viven, podrían resultar más atractivos para estos mercenarios a sueldo de DAESH. Los informes de inteligencia señalan que, debido a los problemas de liquidez a los que se enfrenta la organización terrorista, un amplio número de mercenarios ya estaría buscando otros frentes más rentables.

Donald Trump, presidente de EEUU y comandante en jefe del mayor ejército del planeta, promete «matar a tantos [yihadistas] como podamos» como pilar de su estrategia frente a los retornados. «No tendrán a donde ir», declaró recientemente Ashton Carter, secretario de Defensa estadounidense. Algunos analistas señalan que esta estrategia de Washington aumenta el riesgo de dispersión de yihadistas a nivel internacional. Ya sucedió tras la guerra de Afganistán en la década de los 80, cuando «muchos combatientes se fueron a África del Norte y Somalia para seguir organizándose, sin volver a sus países de origen», apunta Jean-Charles Brissard, presidente del Centro de Análisis del Terrorismo, con sede en París. Brissard cree que «la respuesta debe ser flexible para adaptarse a cada caso individual» y pide «más cooperación entre los países afectados». «Lo más importante es hacer que el individuo renuncie a la acción y a la violencia», sentencia este especialista.

Mónica G. Prieto y Javier Espinosa son dos de los periodistas españoles con más experiencia en Oriente Próximo y acaban de publicar La semilla del odio (Debate), donde repasan la historia reciente de la región más convulsa del planeta. Prieto opina que, dado que «DAESH es una ideología y no solo un grupo estructurado», muchos yihadistas podrán regresar de forma anónima a sus países de origen para seguir su particular lucha con labores de reclutamiento, ataques en solitario y difusión de propaganda. Ambos consideran que los yihadistas que abandonen el autoproclamado Califato engrosarán las filas de grupos afines en países como Libia, Yemen, Afganistán, Pakistán e incluso Filipinas.

Las experiencias previas en la región ofrecen poca esperanza. Tras la invasión de Iraq, las fuerzas de seguridad leales a Sadam Husein fueron criminalizadas y perseguidas, lo que empujó a muchos soldados iraquíes a la radicalización y acabaron en brazos de Al Qaeda (DAESH aún no existía). También en Afganistán primó el factor sectario, que dio lugar a «una atomización de los grupos armados», explica Prieto. Espinosa cita el caso excepcional de Indonesia, el país con más musulmanes del mundo, donde existe una intensa cooperación entre el gobierno y el principal partido musulmán, crítico con el ideario salafista que promueven Arabia Saudí y Qatar e inspira a DAESH.

Esa cooperación permite que los líderes musulmanes indonesios difundan argumentos basados en el Corán para rebatir las posturas radicales. «Decir que ISIS no tiene nada que ver con el Islam es un error. Es una versión extrema de un credo religioso, por eso habría que apoyar que sean los clérigos musulmanes (…) los que combatan esta filosofía extrema», explica Espinosa. Además de recibir clases donde se instruye una versión tolerante del Islam, los exyihadistas de Indonesia también cuentan con proyectos de reinserción a través de la enseñanza profesional. «Hay hasta un restaurante constituido por exmiembros de Al Qaeda», añade.

Los niños de la yihad

A principios de 2016, DAESH divulgó un vídeo propagandístico en el que un niño británico de solo cuatro años detona un coche con tres prisioneros dentro. Desde el principio, esta organización reclutó a miles de niños en Iraq y Siria a los que adoctrinó e instruyó en técnicas de guerra. DAESH define a esos niños como el futuro de su «califato» y aprovecha su facilidad para, por ejemplo, traspasar fronteras, burlar controles de seguridad y autoinmolarse.

Las cifras oficiales señalan que, por ejemplo, ya hay más de 2.000 niños en las cárceles iraquíes, la mayor parte procedentes de las filas de DAESH. Ninguna experiencia histórica es comparable al adoctrinamiento que reciben los niños soldado de la organización terrorista aunque algunas pueden servir de inspiración. Por ejemplo, tras la guerra civil de El Salvador, el 84% de los niños soldado respondieron que la familia fue el elemento más importante para su reintegración, según una encuesta de la revista Biomédica.

La mayoría de los niños de DAESH procede de comunidades pobres, afectadas por conflictos con presencia de ejércitos extranjeros y vulnerables a los discursos radicales cargados de odio. Las escuelas vuelven a abrir en lugares hasta hace poco ocupados por los terroristas, pero encontrar profesorado cualificado y capaz de lidiar con temas complejos como el radicalismo o los traumas psicológicos resulta difícil. Los gobiernos occidentales ya han empezado a mostrar interés por estos programas de rehabilitación, pero sus esfuerzos siguen centrados en la acción militar. Un reportaje de The Economist sobre los niños soldado de DAESH concluía así: «Que los cachorros yihadistas de hoy no se conviertan en leones dependerá mucho del tiempo que dediquemos a esto».

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Gracias, queridos terroristas

En Internet nos podemos encontrar las cosas más inesperadas. Parece que un hábil hacker ha logrado penetrar en el sistema informático de un gobierno occidental y allí se ha encontrado con este sorprendente documento, un mensaje dirigido a ciertos elementos del ISIS.

Queridos terroristas: con este mensaje queremos expresaros nuestros verdaderos sentimientos hacia vosotros. Como comprenderéis, las circunstancias nos obligan a poneros verdes en público y expresar nuestro rechazo más violento e indignación ante vuestras acciones, pero eso es de cara a la galería. La gran amistad y las cordiales relaciones que mantenemos con vuestros principales patrocinadores, la monarquía saudí y los emiratos del golfo nos obligan a tener la mayor consideración con vosotros. La verdad es que os estamos profundamente agradecidos. Lo mismo nosotros que los fabricantes de armas, las empresas de seguridad, las petroleras o las constructoras vemos que vuestros atentados, que casi siempre acaban con vuestra propia muerte, benefician enormemente nuestras tareas. No tenéis ni idea de los millones de dólares que estas empresas ganan con el sacrificio de cada uno de vosotros, y lo que facilitáis la labor de los políticos con vuestras actividades.

Ya sabéis que nuestros países han pasado una grave crisis económica que ha supuesto un serio empeoramiento de las condiciones de vida de una gran mayoría, pero pingües beneficios para nosotros. Además, la forma en que llevamos la economía hace inevitable que vengan nuevas crisis, que esperamos aprovechar también para seguir aumentando nuestros beneficios. El peligro es que la gente acabe dándose cuenta del juego y nos corran a gorrazos. Para evitar eso son muy útiles vuestros atentados, nos permiten desviar totalmente las preocupaciones de los ciudadanos alejándolas de esos problemas económicos  (¡llegan a olvidarse hasta de la corrupción!) y centrando su atención en los temas de seguridad. Conseguís que la gente esté atemorizada, y un pueblo atemorizado es mucho más fácil de manejar. Aceptan restricciones de libertades con tal de aumentar la seguridad. Dais la imagen de un enemigo temible y acuden a nosotros pidiendo protección, que nosotros se la damos naturalmente con leyes más restrictivas, aumentando los controles e incrementando los gastos en armamento, en seguridad y en reforzamiento de las fronteras.

A propósito de las fronteras, otro problema son los millones de refugiados que llegan huyendo de las guerras que montamos en sus países. Hemos conseguido con una hábil propaganda que mucha gente esté en contra de su llegada: “nos quitan el trabajo”, “se llevan muchas ayudas sociales”, “nos molestan sus costumbres”. Pero ahora, que les hemos cerrado totalmente el paso, el espectáculo terrible de millones de seres humanos, ancianos, mujeres y niños, pudriéndose ante nuestras fronteras o ahogándose en el Mediterráneo es demasiado fuerte para las personas que conservan un mínimo de humanidad y de conciencia. Nos reprochan nuestra cruel indiferencia y egoísmo con lo que nos ponen en un brete, pero vuestros actos criminales nos proporcionan la excusa perfecta: tenemos que cerrar las fronteras para evitar que se infiltren terroristas. 

Confiamos en que sigáis actuando de la sensata forma actual: la mayoría de vuestros golpes los dais en países musulmanes para demostrar vuestra fuerza, y en los países occidentales sólo algunos golpes de vez en cuando. Eso sí, lo más espectaculares posible para producir el mayor impacto en la opinión pública. Sentimos la pérdida de vidas humanas, pero, ¡qué le vamos a hacer! Siempre que no os carguéis a algún político de primer nivel o algún dirigente de multinacional, los muertos corrientes son “daños colaterales” inevitables para conseguir un bien mayor (que es el beneficio económico, naturalmente). Y al fin y al cabo, ¿qué son unas decenas de víctimas de un atentado comparados con los cientos de miles de víctimas, “daños colaterales” de las guerras que emprendemos en defensa de nuestros intereses económicos? Que, por cierto, vuestras acciones también nos ayudan a justificar esas guerras. ¡Y qué sería de nuestras fábricas de armas si nos las montáramos!

Insistimos en que seáis moderados en vuestras acciones. Si os pasáis con la cantidad de golpes y de víctimas, puede llegarse en nuestras sociedades a un estado de temor y de crispación que empuje a la gente a elegir gobiernos de extremísima derecha, una especie de nuevo fascismo. Eso a las grandes empresas o a los bancos no les importa nada. Se adaptan perfectamente a cualquier dictadura y funcionan incluso mejor que en un sistema verdaderamente democrático. Pero a los políticos demócratas de toda la vida nos van a poner en la calle de mala manera. Y esos extremos hay que evitarlos a toda costa.

Confiamos en que Alá premie vuestros sacrificios, porque acá, a pesar de todos los favores que nos estáis haciendo,  lo tenéis muy crudo.

Sabemos perfectamente que no se puede garantizar la autenticidad de las cosas que circulan por Internet, pero este documento tiene pinta de reflejar bastante bien lo que se oculta en el fondo de los grandes gestos y los durísimos discursos de condena inapelable del terrorismo.

Antonio Zugasti es socio cooperativista de La Marea.

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El día que volaron nuestro Charlie Hebdó

Son las 11.40 del 20 de septiembre de 1977, Juan Peñalver, conserje de El Papus, recoge un maletín con destino al Consejo de Redacción de la revista, que se celebra todos los martes por la mañana. Segundos después se produce una explosión que acaba con su vida y hiere a otras 17 personas. Diez días más tarde todavía encontrarán restos de su cuerpo en las tareas de desescombro.

El conserje ha amortiguado con su cuerpo el estallido de entre dos y cuatro kilogramos de T4, un potente explosivo utilizado habitualmente por el ejército, salvando así la vida de una veintena de personas reunidas a escasa distancia. La bomba ha destrozado además gran parte del edificio y ha despedido por la ventana a la telefonista, Rosa Lores, de la que se llega a decir que ha muerto.

En 1977 todavía no atentan los yihadistas en las ciudades españolas. Ese año comparten protagonismo con ETA los integristas católicos de extrema derecha que, bajo diferentes siglas, perpetran atentados y agresiones sin solución de continuidad. Cuando todavía resuenan los ecos de la matanza de Atocha, la bomba contra la revista satírica supone una vuelta de tuerca: ahora son los humoristas gráficos quienes se encuentran en el punto de mira.

Triple A, Batallón Vasco Español, Guerrilleros de Cristo Rey… grupos fascistas que actúan impunemente, por inhibición -cuando no bajo la tutela- de los aparatos represivos del Estado. Será el primero de ellos, la Alianza Apostólica Anticomunista, quien se atribuya el atentado por medio de una serie de llamadas telefónicas a La Vanguardia, Mundo Diario y Diario de Barcelona, afirmando que “ya se había avisado al director de las consecuencias si la revista seguía con la misma dinámica”.

Y según recuerda Alfredo Grimaldos en La sombra de Franco en la Transición, Alberto Royuela, destacado pistolero de la guardia del dictador, se había presentado un año antes en la redacción para amenazar a los dibujantes por el tratamiento dado a la primera celebración del 20-N. “La situación del país es propia para el crecimiento de hongos y lo mejor que se puede hacer es dejar que crezcan de tamaño, porque así serán más visibles y fáciles de cortar”, había amenazado, llevándose la mano a la sobaquera.

Una huelga sin precedentes

No es la primera vez que un medio se ve atacado por bandas fascistas. De hecho, en los últimos tiempos se ha repetido el lanzamiento de artefactos explosivos contra las sedes de Diario de Barcelona, Ideal, Radio España, El Ideal Gallego, Torneo, Berriak, La Voz de España y Diario 16. Laura Ibarra, telefonista de este último diario, recuerda que “las amenazas eran constantes y existía un clima de verdadera preocupación porque cualquier día ocurriera una desgracia”. Y la desgracia ocurre. El atentado causa una auténtica conmoción en la sociedad, especialmente entre los profesionales de la información, que se lanzan a la calle.

En la capital catalana, la reacción es inmediata. En una reunión de urgencia el mismo día del atentado, CCOO, UGT, USO, CNT y el Sindicato de Trabajadores de Prensa de Barcelona convocan un paro de 24 horas para todo el sector, que se hará efectivo de miércoles a jueves. La huelga tiene una incidencia total y al día siguiente sólo se podrá conseguir Prensa en Lucha, periódico redactado por el comité de huelga y en cuya portada, bajo el titular “No nos callarán”, se presenta un comunicado conjunto de las centrales sindicales afirmando que “hoy hacemos callar a los periódicos para que mañana puedan seguir hablando sin terror”. Los beneficios de su venta irán destinados a la familia de Juan Peñalver.

Ese mismo día, cerca de 3.000 trabajadores de la prensa marchan en Madrid en una manifestación no exenta de tensión: en la cabecera, y bajo una pancarta de las organizaciones sindicales que grita «Basta ya de atentados», se encuentran varios políticos que, a mitad del recorrido, son desalojados por operarios de los talleres de ABC. “Había mucha rabia contenida y entendimos que quienes debíamos estar en cabecera éramos los trabajadores y no aquellos que iban a hacerse la foto”, recuerda Rafael Alcalde, en la época trabajador del departamento de encuadernación de Blanco y Negro.

Al término de la manifestación frente a la antigua Casa Sindical franquista, se realiza una asamblea que decide, a mano alzada, el paro en todo el sector de la información madrileña, propuesta que venía respaldada por asambleas previas en redacciones y talleres y la experiencia de la huelga en Barcelona. En contraste con la iniciativa sindical y la decisión de las asambleas, los directivos de los diarios, reunidos en la Asociación de la Prensa de Madrid y con la presencia del gobernador civil, presionan para que no salga adelante tildando la iniciativa “de política”.

El paro en Madrid será prácticamente unánime: Diario 16, Arriba, Marca, Pyresa, EL PAÍS, Pueblo, Informaciones, ABC, Ya… lo secundan, sólo el ultraderechista El Alcázar se posicionará en contra. También paran las agencias y numerosos talleres de artes gráficas. En RTVE, periodistas y técnicos se unen en asamblea y la duración del Telediario se reduce a sólo quince minutos, diez de ellos dedicados a la huelga. La única publicación que podrá adquirirse al día siguiente -repartida en mano, ya que la Agrupación de Vendedores de Prensa había decidido no abrir los kioscos- será nuevamente Prensa en Lucha.

Con la huelga, los trabajadores muestran su firme decisión de defender la libertad de expresión y de opinión, y en un hecho sin precedentes, paran todo el sector pidiendo el cese de los atentados, la detención de los culpables y la dimisión del ministro de Interior, Rodolfo Martín Villa. En las asambleas se pide también el acceso de los trabajadores y sus abogados a las investigaciones, y desde el Grupo Mundo solicitan a cada una de las empresas del ramo que liberen a un redactor y a un fotógrafo para formar con todos ellos una comisión investigadora de las actividades de la ultraderecha: «Si no investiga con eficacia la Policía, ya lo haremos nosotros, los trabajadores».

Un atentado impune

La comisión que proponen los trabajadores no se hará realidad; por contra, la investigación policial y el juicio posterior estarán plagados de negligencias e irregularidades.

Según explica Federico Pérez Galdós en su pormenorizada investigación, «Extrema Derecha S.A.», el coordinador del atentado es Miguel Gómez Benet, alias “El Padrino”. Él es quien recibe la orden, “de muy arriba en el Movimiento”, y quien decide que un comando dirigido por el ultra Juan José Bosch Tapies se haga cargo de la operación. En la reunión preparatoria del atentado participan también Juan Carlos Pinilla, Ángel Blanco Férriz, Isidro Carmona Díaz Crespo y, según el sumario judicial, dos ultras italianos conocidos como ”Mario” y “Giusseppe”.

Tras el atentado, Alberto Royuela desaparece de escena y salen a relucir sus contactos con el coronel de Estado Mayor Luis Marín de Pozuelo, segundo jefe de Estado Mayor del Ejército en Barcelona. También quedan en evidencia las relaciones de Gómez Benet con el gobernador civil, Aparicio Calvo-Rubio, y con el antiguo consejero nacional del Movimiento Joaquín Gías Jové, con quien Gómez Benet y los suyos han practicado numerosas veces el tiro al blanco en la finca leridana “Castell de Beme”. En estas prácticas han participado jóvenes fascistas de varios países.

Trece ultras catalanes son detenidos en relación con el atentado: José Manuel Macías González, Isidro Carmona Díaz Crespo, Miguel Gomez Benet, Juan José Bosch Tapies, Juan Carlos y Javier Pinilla Ibáñez, Francisco Moreno Fernández, Francisco Abadal Esponera, Angel Blanco Férriz, José María Rico Cross, José López Rodríguez, Joaquín Agustín Borrás y Gil Casaoliva Careta, pero pronto saldrán en libertad condicional por decreto del magistrado presidente de la Sección Segunda de lo Penal de la Audiencia Nacional, Sr. Bermúdez.

En un proceso paralelo, Bosch Tapies, Juan Carlos Pinilla, López Rodríguez y Abadal Esponera resultan condenados, pero sólo “por tenencia de explosivos”. Los jueces de la Sala Segunda de lo Penal de la Audiencia Nacional, Bienvenido Guevara Suárez, Luis Fernando Martínez Ruiz y Juan García-Murga Vázquez manifiestan que “lo único reprochable a los acusados es haberse extralimitado en la defensa de su ideología, al llegar a confeccionar explosivos para utilizarlos contra personas de ideología marxista”. La sentencia los condena a sólo seis meses de prisión, de los cuales no cumplen ni uno.

En vista del cariz que ha tomado el proceso judicial, Hamaika S.A., la empresa editora de la revista, presenta una querella contra el titular del Juzgado Central de Instrucción nº 2, Alfredo Vázquez Rivera, y contra otros tres antiguos magistrados de la Sala Segunda de lo Penal de la Audiencia Nacional por “fraude procesal», consiguiendo reabrir la causa.

En 1984 son finalmente condenados a prisión: Juan José Bosch Tapies, a 13 años por terrorismo y tenencia de armas; Ángel Blanco Férriz, a tres años de prisión menor por tenencia de armas; José López Rodríguez, a dos años por tenencia de armas; Gil Casaoliva Careta, a un año por colaboración con grupos paramilitares; Juan Carlos Pinilla Ibáñez, a seis meses y un día por tenencia, fabricación o transporte de armas, y Francisco Abadal Esponera, a seis meses de arresto mayor por tenencia de armas. Juan Bosch Tapies comienza a disfrutar de libertad condicional desde noviembre de 1986. Pese a varios recursos en contra, se la concede Donato Andrés Sanz, el mismo juez ultraderechista que permite a Emilio Hellín, asesino de Yolanda González, huir tras un permiso.

En un último chiste macabro, en 1985 el Tribunal Supremo considera improcedente una indemnización al semanario, ya que las indemnizaciones por acto terrorista se conceden a personas físicas y no a personas jurídicas, además de dejar claro que la culpa la tuvo la revista por no haber tomado las precauciones necesarias.

40 años después de aquel 20 de septiembre, ya no existe El Papus, (cerró al no poder hacer frente a la sangría de juicios y la retirada del apoyo del grupo Godó), ninguno de los responsables fue condenado por el atentado o la muerte de Juan Peñalver y entre los trabajadores de la prensa hace tiempo que la unidad sindical y la conciencia colectiva dejaron paso a un individualista “sálvese quien pueda”.

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Barcelona se prepara para una manifestación multitudinaria bajo el lema ‘No tinc por’

Homenajes en Barcelona tras los atentados del 17 de agosto. Foto: Ajuntament de Barcelona.

MADRID // Ni odio, ni terrorismo, ni miedo. Este sábado una amplia lista de ciudades acogerá manifestaciones contra el terrorismo y en apoyo a las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils bajo el lema No tinc por. La más multitudinaria tendrá lugar en la capital catalana, donde la Generalitat y el Ayuntamiento han convocado una marcha que comenzará a las 18 horas y transcurrirá desde los Jardinets de Gràcia hasta la Plaça de Catalunya.

La manifestación la encabezarán miembros de los Mossos d’Esquadra y de los servicios de emergencias que estuvieron en primera línea durante los atentados. Los representantes oficiales estarán en segunda y tercera fila. Entre ellos, una nutrida delegación de los Gobiernos catalán y español, líderes de las principales formaciones políticas, organizaciones sociales y colectivos musulmanes. Finalmente, el rey Felipe VI confirmó su asistencia, tras las críticas realizadas por la CUP, que denuncia las relaciones que la monarquía mantiene con países como Arabia Saudí.

Ferrocarrils de la Generalitat, Transports Metropolitans de Barcelona y Renfe informaron de que reforzarán las líneas para facilitar la llegada y desalojo a quienes participen en este acto de repulsa contra el terrorismo.

Cambrils (Tarragona) y Ripoll (Girona), las otras dos ciudades catalanas afectadas por los atentados de la semana pasada, también saldrán a la calle en apoyo a las víctimas y para mostrar su rechazo a la violencia y el odio. El Ayuntamiento de Ripoll ha convocado una concentración para este sábado a las 18 horas, coincidiendo con la marcha de Barcelona. La marcha de Cambrils arrancará este viernes en el Passeig de Les Palmeres y avanzará por el Passeig Marítim hasta concluir en el Club Nàutic.

Tras los atentados, múltiples ayuntamientos han rendido minutos de silencio para expresar su rechazo al terrorismo y homenajear a las víctimas. Uno de los episodios más emotivos tuvo lugar este jueves en Rubí (Barcelona). Allí Javier Martínez, padre de Xavi, un niño de tres años asesinado en el atentado que tuvo lugar en la Rambla, se fundió en un abrazo con un imán de esa localidad. «Que la gente no tenga miedo. Necesito hacerlo», dijo Javier antes de protagonizar una de las imágenes más emblemáticas tras los atentados.

Fuera de Cataluña, este sábado otras ciudades también celebrarán actos de solidaridad y repulsa de la violencia. En Madrid hay convocada una concentración en la Puerta del Sol a las 18 horas. Castellón acogerá una concentración a la misma hora (Plaça Maria Agustina), al igual que Alicante (Plaça Muntanyeta), Valencia (Plaça de l’Ajuntament), Vigo (Museo MARCO, rúa do Príncipe) y Valladolid (a las 14.30 horas frente a la Mezquita de la Paz).

Algunas de las concentraciones previstas para mañana han sido impulsadas por personas particulares. La Marea ha confirmado todas la que aquí se citan, excepto la de Madrid, ya que la subdelegación del Gobierno de Madrid sigue sin responder a La Marea, tal como se han comprometido a hacer por escrito.

¿Tienes constancia de otras marchas, concentraciones y actos en contra del terrorismo previstas para este sábado? Si es así, por favor deja un comentario para que otras personas puedan estar al tanto.

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Arabia Saudí, el huevo dorado de la serpiente (2)

Segunda parte de la serie de artículos dedicada ‘El dinero del wahabismo de Arabia Saudí y Qatar en España’.

“Bélgica ha dado las llaves del islam a Arabia Saudí por la gran mezquita. Le ha dejado financiar el salafismo. He dicho que el salafismo no es un problema en sí mismo si no fuera porque no hace nada para minar el terreno a los grupos radicales”. Son palabras de Corinne Torrekens, profesora de la Universidad Libre de Bruselas, explicando una pauta en Bélgica que se da en todos los países que tienen al país saudí como socio prioritario de negocio. Una opinión compartida por multidud de analistas y expertos, como el general Jonathan Shaw, ex jefe de Estado Mayor de Defensa de Gran Bretaña, que aseguró que Arabia Saudí y Qatar habían activado «una bomba de relojería mediante la financiación de la propagación mundial del islam radical”.

La postura habitual de los gobiernos occidentales consiste en mirar para otro lado y priorizar los intereses económicos en lugar de afrontar la preponderante contribución de los países wahabitas como Arabia Saudí y Qatar a la difusión del discurso de odio salafista y su importancia en la legitimización de la violencia como método para imponer su visión rigorista del Islam. España es uno de los países donde la integración del discurso fundamentalista wahabí ha calado con más fuerza en los centros de culto financiados por la dictadura saudí.

El grupo terrorista ISIS o Daesh preocupó durante mucho tiempo a la opinión pública por su expansión y por haber conseguido crear su propio Estado. Pero para observar cómo se establece un Estado islámico represivo que aplica la sharia con crueldad y maneja un ejército, basta poner los ojos en Arabia Saudí. El escritor argelino Kamel Daoud llama al país de los sátrapas Saud “White Daesh” [ISIS Blanco], y alerta de la capacidad que tiene para imponer su visión radical del Islam en multitud de países con sus canales de televisión, periódicos, industria editorial y clérigos entrenados y adoctrinados en el conocido como Fatwa Valley. “Daesh tiene una madre: la invasión de Iraq. Pero también tiene un padre: Arabia Saudí y su complejo industrial religioso”, concluye el autor de The Mersault Investigación en su artículo en The New York Times.

Un ejemplo que muestra de manera gráfica esta relación directa fue expuesto recientemente en el Congreso de los Estados Unidos por el republicano Ted Poe, quien denunció el pasado julio el uso de libros de textos saudíes por parte de ISIS en el año 2015, cuando aún no tenían capacidad para editar los suyos propios. La denuncia del congresista ya fue expuesta en 2014 en un artículo de The New York Times escrito por David Kirkpatrick y ampliamente tratado en el trabajo documental de James Jones Saudi Arabia Undercovered.

El principal objetivo es el negocio. Pero los países occidentales necesitan una coartada para defender ante la opinión pública sus relaciones comerciales, empresariales y políticas con la dictadura de los Saud. Por ello, su petromonarquía se esmera en proyectar la idea de que está luchando contra el terrorismo de un modo sincero y efectivo e incluso realiza visitas para periodistas a la cárcel de máxima seguridad de Al-Ha’ir en la que se encuentran internos multitud de terroristas.

A pesar de su influencia en la propagación del terrorismo global, Arabia Saudí se ha convertido de forma paradójica en un objetivo de la ponzoña que promueve, ya que los terroristas de raíz salafista desearían que el Estado que alberga La Meca fuese aún más riguroso en lo que concierne a sus postulados religiosos. En este sentido, han incluido a este país y a algunos de sus miembros entre los objetivos de sus acciones. Aun así, lo cierto es que la mayoría de los ataques terroristas se dirige contra población chií. [1][2]

La excusa de la lucha antiterrorista de Arabia Saudí sirve a Occidente para ocultar que acepta el discurso de odio que propaga mediante la financiación de mezquitas, la compra y envío de material coránico, el suministro de imanes a todos los lugares del planeta y la colaboración con organizaciones terroristas en Siria. 

La Casa Real española siempre se ha mostrado solícita y cooperante a la hora de facilitar cauces de diálogo que culminan en suntuosos acuerdos comerciales con el régimen saudí. El rey Juan Carlos, íntimo amigo del ya fallecido rey Abdullah, colaboró en la campaña de comunicación que el sátrapa organizó en Madrid en el año 2008 para mejorar la imagen de la familia Saud, que había quedado muy deteriorada tras los atentados del 11 de septiembre.

Ese año, el monarca español inauguró junto a Abdullah de Arabia la Conferencia internacional para el diálogo interreligioso que fue organizada por la Liga Islámica Mundial, la organización wahabí con sede en La Meca que gestiona la Mezquita de la M-30. La conferencia auspiciada por Arabia Saudí buscaba fomentar el diálogo entre religiones. Sin embargo, en su territorio prohíbe cualquier otra práctica religiosa distinta al Islam.

Apoyo a las empresas españolas que invierten Arabia Saudí

El ICEX es según su propia definición “una entidad pública empresarial de ámbito nacional que tiene como misión promover la internacionalización de las empresas españolas”. Dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, tiene como misión facilitar y dar recomendaciones a las compañías españolas que quieren invertir en el extranjero. En el caso saudí, ofrece información relativa a la legislación laboral y a las oportunidades de negocio en la región.

«Si no lo hace uno, lo van a hacer otros”, respondió el ministro de Economía, Luis De Guindos, al ser preguntado sobre los acuerdos comerciales de España con Arabia Saudí. De ese modo, se mostraba sincero al mostrar la importancia que el Gobierno de España otorga a los derechos humanos en cuestiones de negocios.

“El Código laboral no reconoce a los trabajadores en Arabia Saudí el derecho a la negociación colectiva o al derecho a la huelga. Tampoco se permite formar sindicatos o a manifestarse públicamente. Esto se aplica estrictamente por las autoridades”. Es una frase literal de la guía publicada por el Gobierno español a través del ICEX y que muestra las ventajas que los empresarios pueden encontrar al invertir en el país gobernado por mano de hierro por la dinastía saudí.

Las recomendaciones y consejos alcanzan casi todos los ámbitos, incluida la vestimenta que tienen que llevar las mujeres que trabajen en el país: “Las trabajadoras deberán llevar ropa islámica o uniforme del empleador que será conservador, que cubra  y que no sea transparente [sic]”. Es sólo una descripción somera que refleja cómo las empresas que quieran trabajar en Arabia Saudí deberán faltar el respeto a los derechos de las mujeres. Esta condición no es la única ni la más llamativa regla islámica que las compañías cumplen para hacer negocios con la dictadura saudí. Los servicios financieros y la banca a la que tienen que acudir también siguen los rigurosos preceptos wahabís.

Aceptar la sharia para hacer negocios

Alinma Bank es una de las principales entidades financieras de Arabia Saudí. Todos los servicios de esta institución y sus productos están sujetos a la sharia (ley islámica). Para ello existen varias autoridades, como The Capital Market Authority (CMA) y el Ministerio de Comercio e Industria y el clero (los ulemas), que juegan un papel ocasional pero determinante en la banca ya que están llamados a pronunciarse sobre si ciertos instrumentos contravienen la ley islámica y así prohibirlos

Las empresas españolas establecidas en Arabia Saudí son muchas y de diferentes sectores. Es bastante conocido el emporio empresarial dedicado a las grandes construcciones e infraestructuras como la UTE encargada de la construcción del AVE de Medina a La Meca o del metro de Riad. Las empresas más importantes que operan en Arabia Saudí son ACS, Dragados, Repsol, Amadeus o Indra, pero hay muchas otras compañías que operan en el país árabe de forma habitual mucho más desconocidas.

El grupo de Inditex de Amancio Ortega opera en Arabia Saudí a través de acuerdos con Al Hokair, la empresa más importante de moda en este país. Propiedad de Fawaz Abdulaziz Alhokair, se encarga de gestionar el grupo Zara en el país wahabita mediante 34 tiendas, a las que hay que añadir 60 de otras marcas que también pertenecen al emporio gallego.

Técnicas Reunidas Gulf es la empresa con la que opera en Arabia Saudí la corporación española homónima, propiedad de la ilustre familia catalana Lladó. El actual presidente, José Lladó Fernández, fue ministro de Comercio y Transportes con Leopoldo Calvo Sotelo, e hijo de Juan Lladó Sánchez, quien presidió el Banco Urquijo. El presidente de Técnicas Reunidas es patrono de la Fundación Princesa de Asturias, miembro del círculo de empresarios cercano a la Casa Real y asiduo a muchos de los viajes comerciales que la monarquía española encabeza.

Técnicas Reunidas ha obtenido concesiones importantes en el país árabe, como la construcción de la planta de gas de Fadhili. Los negocios en la región generan importantes beneficios. Muy distinta es la valoración de las condiciones laborales de la mano de obra, ya sea local, foránea o española. Empleados españoles contratados como tuberos para obras en Arabia Saudí ya denunciaban en 2014 el régimen de semiesclavitud en el que trabajaban para la compañía de los Lladó.

La nula importancia que los empresarios que hacen negocios en Arabia Saudí dan a la situación política interna de la dictadura contrasta con la postura que esos mismos hombres y mujeres de negocios mantienen en ocasiones ante la política interna española. Un buen ejemplo es Alberto Palatchi, fundador de Pronovias y propietario mayoritario de la empresa hasta hace unos días. 

Paltachi es amigo íntimo de Jorge Moragas -director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de España- y un hombre cercano al PP. Su hijo Alberto Palatchi Gallardo fue nombrado por Xavier García Albiol coordinador de Política de Innovación, Tecnología y Empresa en la ejecutiva del PP de Cataluña. Pronovias mantiene negocios importantes en la dictadura de los Saud gracias a su alianza con Al Daha Group, el socio local, que también mantiene acuerdos con Mango.

No se conocen declaraciones de Palatchi ni comunicación alguna de su empresa sobre la situación política del país saudí en el que hacen negocios. Sin embargo, con motivo del proceso independentista catalán, el empresario ha declarado en varias ocasiones de su intención de abandonar Cataluña si el independentismo logra sus propósitos. En un comunicado interno antes de las elecciones autonómicas de 2015, advirtió a sus empleados de la posibilidad de abandonar la región si vencía la opción soberanista.

La doble vara de medir con respecto a la dictadura saudí se puede ejemplificar con una anécdota reveladora de un personaje público que ejerce feroces críticas ante el fundamentalismo islámico y que se postula como defensora de los valores democráticos. La eminente comunicadora Pilar Rahola se muestra muy beligerante con la financiación de mezquitas financiadas por Arabia Saudí en España. Sin embargo, ello no le impide ser vocal del patronato de la Fundación Rosa Oriol, promovida por la familia Tous. La empresa de joyas propiedad de Alba Tous, amiga íntima de Rahola, es la matriz de Tamkeen, una compañía afincada en Jeddah, una de las principales poblaciones comerciales de Arabia Saudí.

“Arabia Saudí es la ­metáfora de nuestra miserable de­bilidad: necesitamos su veneno para garantizar nuestro modelo de sociedad, sabiendo que ese veneno es el que intenta destruirnos. Es una tiranía ­feroz que promociona ideas totalitarias. Pero es una tiranía poderosamente ­rica, y cuando ese adverbio y ese adjetivo rematan la frase, el sustantivo ya no importa”, decía Pilar Rahola en un artículo en La Vanguardia el pasado siete de julio. Irrebatible.

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¿Guerras de religión?

Antonio Zugasti (socio de La Marea) // El atentado de Barcelona me parece doblemente criminal e insensato. Criminal por las víctimas que ha causado y criminal por la pretensión de los autores, que es fomentar la espiral del odio y la violencia, e insensato porque se enfrentan con un poder mucho más fuerte que ellos, y estas acciones acaban causando mucho más daño a los pueblos musulmanes que a los occidentales.

El mayor peligro es que entremos en su dinámica del enfrentamiento de religiones con su secuela de odio y violencia. Que cerremos más las fronteras, que discriminemos más a los musulmanes que viven entre nosotros, que apoyemos las campañas militares que causan en los pueblos de oriente medio un sufrimiento incomparablemente mayor que el nuestro.

Porque no hay una guerra de religión. Con los musulmanes ricos no hay ningún problema. Si un jeque llega a la Costa del Sol con todo su séquito se le recibe con los brazos abiertos, aunque sea un fundamentalista radical, pero es muy rico. El Real Madrid, club de futbol internacionalmente famoso, pasea por todo el mundo sus camisetas con la propaganda de la línea aérea de los Emiratos Árabes que tiene su base en Dubái. Esta es una ciudad totalmente artificial, levantada a base de miles de millones de dólares, donde se encuentran algunos de los hoteles más lujosos del mundo, entre ellos el Burch Jalif, el rascacielos más alto del planeta con 828 metros de altura.

El Real Madrid, y miles de madridistas, lucen unas camisetas con el nombre de unos estados en los que reina un fundamentalismo islámico de corte medieval. Estados sobre los que hay vehementes sospechas de que financian a los grupos islamistas más radicales. Recientemente han participado en la guerra del Yemen, que ha causado enormes sufrimientos al pueblo yemení. Seguramente se organizará en Madrid alguna manifestación de condena a los atentados, ¿asistirán algunos con la camiseta de Emirates?

Esta aparente contradicción tiene una explicación muy sencilla que “El Poder” tiene mucho empeño en ocultar. En el mundo de hoy sólo hay una religión claramente dominante: el culto al dinero. El grito de los musulmanes -‘no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta’-, tiene su equivalente perfecto en la sociedad capitalista: no hay más Dios que el Capital y el Mercado es su profeta.

Y esta religión sí que fomenta una guerra, una guerra cruel e inacabable: la guerra de los ricos contra los pobres. Uno de los mayores multimillonarios del mundo, Warren Buffett, lo reconoció abiertamente con una frase que se ha hecho famosa: «Hay una guerra de clases, y la estamos ganando los ricos».

Los verdaderamente ricos son relativamente muy pocos, frente a muchísimos pobres y muchos que no somos ricos pero tenemos un aceptable pasar. ¿Cómo logran esos pocos ricos ganar la guerra? Su principal arma es la mentira. Nos han hecho creer que su dios, el dinero, es el que nos va dar la felicidad, cuando no se la da ni a ellos. Y también nos dicen los ricos a los que tenemos ese aceptable pasar que son los pobres los que amenazan nuestro bienestar, que vienen a quitarnos lo nuestro, cuando lo que realmente amenaza nuestro bienestar es la ambición insaciable de los más ricos.

¿Qué porvenir tenemos si seguimos tragándonos sus mentiras?

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Quien pone la bala

Casquillo de bala. Foto: Katesheets.

Manel Soler Cases* // DAESH define una forma singular de terrorismo global, de sesgo muy particular. Una amenaza líquida que no necesita apoyo logístico ni organización. Cualquiera puede fabricar una bomba casera, armarse con un cuchillo o arrollar a una multitud con un camión. Ha habido, por consiguiente, un cambio de paradigma, que tenemos que procesar y digerir para poder contener el estado de psicosis colectiva y dar una respuesta proporcionada al problema. Un nuevo concepto de terrorismo exige una capacidad de organización y de respuesta distintas. Y por ahora, debemos asumir que no existe.

Tras los primeros atentados yihadistas en París, para combatir a DAESH, la confluencia de fuerzas que forman el “eje del bien”, es decir occidentales, decidió jugar su mejor baza: echar más gasolina al fuego para apagarlo. Montar en cólera para aplacar la ira. Política de hechos consumados. Y es que cuando la insensatez humana cronifica la tendencia –también muy humana– a plantear respuestas inútiles a problemas del mayor calado, rebasando incluso la necia actitud de quienes decidieron conjurarse contra nuestros valores más sagrados, lo único verdaderamente certero es el drama de las víctimas. ¿Y cuál es el balance de resultados? Lógicamente, más atentados. Los últimos, este año, en el Reino Unido, Francia, Suecia, Pakistán, Afganistán, Somalia y, recientemente, Barcelona.

Por supuesto, DAESH trae a nuestra conciencia una certidumbre incómoda, de praxis intricada y bronca: el problema no se soluciona con bombardeos pero tampoco sin ellos. Una encrucijada, que no es poco. En ambos polos se sitúan paradójicamente los defensores de la causa común de la cruzada contra el islam, esa que amenaza con su ruido de sables y hunde sus raíces en el medievo, que no agoniza por más espanto. Los primeros, ateos, agnósticos practicantes que confunden correosamente credo y religión con fanatismo, orillan el análisis sistémico y se atollan en el enfoque supuestamente aconfesional de las causas, en la sacralización del “tópico religioso”, en el apéndice dramático del número de cadáveres, en el vasallaje impuesto por unos medios de ‘infoxicación’ masiva instrumentados, a menudo, por el poder.

En el otro extremo, los ultracatólicos, de moral domesticada y febril, estupidizados por la sobreexposición a las bondades de la Iglesia tanto como a la voracidad, cativa, del islam. Integristas que se incautan de una supuesta probidad cristiana para despistar la herencia criminal de la Inquisición o la abominación que encierra el abuso a menores –ese lastre moral que acarrea la peor tragedia a la Iglesia de nuestro tiempo, la ejercida sobre los más indefensos. Personajes siniestros pero fortalecidos por un sesgo acrítico, que fulmina de raíz cualquier intento de abordar los acontecimientos con la asepsia necesaria y de una manera factual. Así es: nada hay más parecido a un fundamentalista islámico que un fundamentalista católico.

Por otro lado, como organización, DAESH –como Al Qaeda o Boko Haram– constituye un subproducto extremo de nuestra cultura bélica, un aserto más sobre la miseria infamante y el fracaso del desencuentro de civilizaciones. Una concepción marginal, residual y temporal del desafío, pero en la que se fundan la eficiencia de un odio irracional y el acerbo de una fe multisecular sometida a diversos procesos de mistificación histórica. DAESH supone un proceso lógico de idiotización y radicalización de la periferia maniquea y marginal, pero también un exabrupto que sacude y espolea nuestra conciencia. Al dato: parte de occidente es aliado estratégico y comercial de, entre otros países, Arabia Saudí, que supuestamente provee a DAESH con el armamento que luego la organización terrorista utiliza para acudir a matarnos. Francia está entre los países que más armamento provee, en una lista encabezada por los EEUU y en la que también aparece España. Así de cínico. Y así de sencillo. Las reglas del juego fijadas por un poder mezquino y lleno de atavismos. La pata de mono de Jacobs. La fortuna que sale cara. En otras palabras: lo que ceba al tipo que luego nos pone en su punto de mira y dispara.

Frente a esta realidad palmaria, que nos compromete, que nos señala, que nos estalla en la cara, se proyectan tanto los ecos de una escasa voluntad crítica como las sombras, fantasmagóricas y erráticas, del tópico y del prejuicio. Pero sobretodo, la necedad y la apoplejía intelectual de quién imputa, a la religión entera, el sesgo y el delirio de los que invaden miserablemente el dominio y la virtud de una fe por otro lado aceptable. Porque condenar una religión es condenar, también, a los que jamás estarían dispuestos a matar ni a morir por ella. Y porque condenar una religión, solo porque algunos decidieron orquestarla para sus fines criminales, sería tan injusto como condenar la ciencia al completo por la locura de aquellos que nos trajeron los experimentos con cobayas humanas o las bombas atómicas que masacraron Hiroshima y Nagasaki.

El escritor y semiólogo italiano Umberto Eco dijo en una ocasión: “El fin del terrorismo no es solamente matar ciegamente, sino lanzar un mensaje para desestabilizar al enemigo». El mayor acto de resistencia frente a la barbarie, el odio y la ignorancia es una apuesta decidida por la normalidad. Tras ella está el efecto reconstituyente de nuestro firme compromiso con la defensa de los valores cívicos y humanos, de la ética como norma moral, para el restablecimiento de la convivencia y de la paz. Por otro lado, erramos, y mucho, si sometemos el islam al arbitrio de aquellos que jamás lo comprendieron ni respetaron. Si señalamos también al inocente por el culpable.

*Manel Soler Cases es filólogo, lingüista y profesor.

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Juana y Las Ramblas, neomachismo supremacista blanco en el Estado español y el papel de las izquierdas

Vista de Barcelona desde la Sagrada Familia. Foto: Selbymay.

Rocío Medina Martín* // Cuando el caso de Juana saltó a la arena mediática muchas personas apuntaban en redes sociales su sorpresa ante las imágenes y comentarios machistas que llegaban a incitar al odio contra ella, señalada como una mujer “llorona” y “mentirosa” (manipuladora) y, según su ex pareja, a quien “le gustaba mucho la fiesta” (de dudosa reputación moral). Él es el maltratador sentenciado, pero Juana es convertida en “mala madre”: la perfecta inversión del discurso. A estas alturas ya es un caso político donde nos jugamos el imaginario futuro sobre los feminismos y las violencias machistas, pero no sólo eso.

Tras lo ocurrido en Barcelona, de nuevo, nuestra sociedad democrática se asombra por la gran cantidad de comentarios islamófobos y racistas. Al igual que en el caso de Juana se invierte el discurso: la comunidad musulmana pasa de ser la más atropellada por el terrorismo yihadista a nivel planetario, a convertirse en el terrorismo yihadista en sí mismo. Las personas refugiadas que huyen de esta violencia indiscriminada­ son los propios terroristas. A estas alturas, no cabe duda del riesgo real que corren hoy en nuestro país las personas musulmanas. Además, hay que considerar que esta amenaza sea el preludio de lo que esté por venir contra otros grupos sociales. El mundo al revés, que diría el “Sub” Marcos.

El neofascismo asoma la cabeza en el Estado español ocupando parte del espacio público, mediático e institucional, y se articula en discursos neomachistas e islamófobos, conjuntamente. Una sobredosis en vena de “neolengua” y “posverdad” que impone a las izquierdas antiguos –pero renovados- retos históricos.

A nadie se le escapa lo que tenemos delante, pero me parece importante hacer un zoom sobre las articulaciones ideológicas, políticas y fácticas que existen entre la reacción neomachista al caso de Juana, incluidas la judicial e institucional, y la reacción racista e islamófoba ante la masacre de Barcelona. Contextualizar y abordar estos temas conjuntamente puede ayudarnos a diagnosticar mejor lo que ocurre.

En el contexto político hegemónico hemos pasado de una etapa en la cual ser feminista o antirracista tenía “buena prensa”, a un momento actual donde se persigue a la “ideología de género” y a la comunidad musulmana. Trump es el icono de este salto sobre el que se rearticula la matriz del poder global, pero no lo explica en su totalidad. Varias décadas de ofensivas neoliberales, con el apoyo socialdemócrata, tienen una importante responsabilidad en que Trump esté donde está.

En la primera década del siglo XXI, Bush ya justificaba las intervenciones militares para salvar a las mujeres musulmanas de la barbarie de “sus salvajes hombres religiosos”. Desde entonces, la “islamofobia de género” se ha convertido en una pieza discursiva indispensable para las nuevas formas de colonialidad global, armadas o no. A finales de la misma década, Sexo en Nueva York se convertía en el símbolo cultural del empoderamiento femenino blanco y neoliberal. En esta línea, en los últimos años, Hillary y Obama se declaraban abiertamente feministas. Zillah Eisenstein y Nancy Fraser analizan magistralmente este juego de alianzas perversas para explicar “la democracia imperial” de Bush una, y “el neoliberalismo progresista” de Clinton y Obama la otra, bajo la contundente crítica al feminismo eurocéntrico de las feministas negras, chicanas, autónomas y latinoamericanas.

A día de hoy, la inversión del discurso ha transformado los feminismos en una denostada “ideología de género”, eje clave en la rearticulación de la matriz global de poder. Entre muchos otros ejemplos, tras el impeachment a Rousseff, los diputados conservadores prometieron su cargo en nombre de la familia (en contra de la perniciosa ideología de género). Cuando se pedía el “NO” para los Acuerdos de Paz en Colombia, se alegaba que el acuerdo contenía ideología de género porque otorgaba supuestos privilegios a los colectivos LGTBI. Cuando Putin ha despenalizado las violencias contra las mujeres, o cuando en Polonia o España intentaron prohibir el aborto, el argumento también fue combatir la ideología de género. Texas acaba de obligar a las mujeres a pagar un seguro médico para los casos de aborto, incluso si hay violación.

La islamofobia es otro eje clave en esta situación política. La justicia europea ha avalado que las empresas prohíban el uso del velo a las trabajadoras musulmanas. En la década de los noventa Samuel P. Huntington presentó su “Choque de Civilizaciones”. Desde entonces, la criminalización de la diferencia cultural (a menudo avalada por el feminismo eurocéntrico) y el racismo culturalista, no han parado de aumentar. El 11-S dio el espaldarazo definitivo a la cacería global de “terroristas” que justificaba una nueva era de expolio de tierras, cuerpos y vidas, con sus consecuentes flujos de población. La foto de la playa de Niza en agosto de 2016 donde una mujer con burkini es apuntada por varios policías para que se lo quite, evidencia esta nueva era política global.

En resumen, esta rearticulación reaccionaria del modelo de poder está basada en una revolución regresiva del sistema sexo-género y del imaginario antirracista que resitúa al hombre blanco en la cúspide. En este contexto capitalista, este hombre blanco es identificado con el obrero medio o precario que conforma la mayoría electoral. La revolución neoconservadora consigue así su objetivo, compensa la pérdida de derechos del obrero blanco con neomachismo e islamofobia, si aplicamos a este ámbito “los procesos de emasculación” de la antropóloga feminista Rita Laura Segato. Así, esta nueva masculinidad blanca y hegemónica ejerce dominio simbólico, legal e institucional sobre las mujeres y sobre las personas racializadas; lo que hace de las mujeres musulmanas, como en el ejemplo de la portadora del burkini, una diana simbólica perfecta.

En el caso español, no es casual que la extrema derecha haya salido a la calle enarbolando el neomachismo contra las leyes LGTBI y los menores trans; el bus del odio, ahora avioneta, y los colectivos pro custodia compartida impuesta contra Juana son muestra de ello. Ya desde antes comenzaron a criminalizar a las feministas en casos como el del Coño Insumiso, el de los carteles contra las “feminazis” a las puertas de los juzgados de violencia o alentando la negación del feminicidio. No hace mucho que neonazis atacaban a palos el Orgullo en Murcia ante la indiferencia policial, y justo este fin de semana Hogar Social atacaba la mezquita del Albaicín en Granada, en el derroche de islamofobia de estos días. En los avances alcanzados sobre el sistema sexo-género, los menores trans son el eslabón más débil en la concienciación social, y las derechas lo saben. También saben que la “mala madre” en la que han convertido a Juana, compacta su discurso contra la “ideología de género”.

Los think tanks neoconservadores y sus manadas reaccionarias, más o menos intelectualizadas, están organizados en redes globales neomachistas y de supremacismo blanco. El dilema está servido para las izquierdas en el Estado español: ¿visibilizar, reconocer y combatir la existencia de estas redes neomachistas e islamófobas es otorgarles un sitio en el tablero político y, por tanto, poder de enunciación?

Aunque esta pregunta es lógica y necesaria, en realidad no me parece muy bien formulada. En mi opinión, la cuestión de fondo no es si las izquierdas deben confrontar o no a las extremas derechas, ya no hay elección posible. El meollo de la cuestión es desde dónde, bajo qué relatos, discursos y argumentos se va a hacer esto. Aún más, si los hay o no en las izquierdas, más allá de la retórica antifascista del siglo XX. La probable detención de Juana -en tanto que violencia machista institucional-, y la oleada de racismo violento que se ha despertado tras los atentados en Cataluña van a necesitar un bisturí político lo bastante fino que atine a politizar con profundidad estas situaciones, a la vez que se hace pedagogía política en una sociedad donde se sigue demonizando al feminismo y al Islam.

En este punto tenemos que valorar si las izquierdas españolas siguen siendo aún demasiado rígidas en sus epistemologías, teorías y prácticas políticas. O demasiado conservadoras como para reconocer que el eje de clase en el análisis y la práctica política, por sí solo, no integra el mínimo necesario para, por un lado, confrontar por separado las matrices ideológicas del neomachismo y de la islamofobia, y, por otro, actuar ante fenómenos que imbrican capitalismo, neomachismo y racismo islamófobo.

Mientras sigamos considerando que las estructuras de dominación como el racismo y el patriarcado son fruto del capitalismo, y no sus elementos co-constitutivos, como explican Quijano o Lugones­, la extrema derecha nos llevará ventaja y meterá su cabeza por los flancos que las izquierdas están subalternizando y descuidando (salvo excepciones como el caso, precisamente, del gobierno local en Barcelona).

La construcción del voto neomachista, en las narices de las izquierdas, se está sustentando en los discursos racistas y de denuncias falsas, de custodia compartida impuesta, de negación del feminicidio o de criminalización del movimiento feminista y LGTBI, todos temas claves del pensamiento político feminista crítico que siguen sin ser incorporados con rigor a las teorías y prácticas por las izquierdas. La evolución neoconservadora en su manifestación fascista también está cuajando en el Estado español transversalizando discursos neomachistas e islamófobos, especialmente entre hombres jóvenes blancos precarizados a quienes no llega ni llegará el discurso del emprendimiento, pero que sí reciben poder social real sobre mujeres y sujetos racializados.

Debemos prestar una especial atención al preocupante resurgimiento de lo que Silvia Federici denomina el arquetipo femenino de la bruja/puta/mala madre. En sus tesis, la autora explica cómo la Caza de Brujas, fenómeno político que quemó vivas a millones de mujeres durante varios siglos, se sustentó en este arquetipo y fue parte necesaria de la construcción de la masculinidad hegemónica y del nacimiento del capitalismo, ya que la obligada domesticación de las mujeres liberó al obrero de las tareas domésticas y de cuidados.

Hace un tiempo que colectivos neomachistas salen a la calle con el siguiente lema: “Basta ya de golfas, ladronas y sinvergüenzas”, pero hoy es Forocoches uno de los espacios virtuales fundamentales para comprender la gramática de la violencia neomachista bajo dicho arquetipo. Los vínculos entre el resurgimiento del neofascismo, el feminicidio y el reforzamiento de nuevas masculinidades hegemónicas han sido estudiados en profundidad por el pensamiento político feminista, y tienen mucho que aportar al análisis político actual.

Del mismo modo, toda la tradición de pensamiento anticolonial y descolonial feminista y antirracista que aglutina análisis semióticos y de la economía política, también es una herramienta útil para repensar de manera compleja lo que se avecina.

Sin embargo, quizás porque las izquierdas tradicionales nunca lo hicieron, la nueva política tampoco está incorporando con seriedad cuadros políticos y técnicos feministas, antirracistas o descoloniales, a pesar del panorama. Cuando digo “seriedad” me refiero a mantener una apuesta política rigurosa por construir equipos de análisis y técnicas multidisciplinares que, provenientes de diversos ámbitos activistas y científicos, elaboren discursos y programas políticos a la altura del riesgo histórico que vivimos. Me refiero también, como hicieran los sindicatos en plena Transición en el ámbito laboral, a construir redes de autodefensa legal en el marco de las violencias machistas y los delitos de odio que consigan desbordar a unas instituciones en manos nada limpias. Que sea Susana Díaz quien ofrezca apoyo legal a Juana Rivas dice mucho del desahucio político y legal en el que se están dejando estos temas.

Las derechas hace tiempo que descubrieron el talón de Aquiles de las izquierdas: no reconocer sus dificultades con los análisis de género y con la diversidad cultural, su propio eurocentrismo patriarcal y racista. Como evidenció G. Lakoff, hemos sido derrotados y derrotadas en el orden del discurso, y no es muy difícil encontrar hombres y mujeres tradicionalmente identificados con las izquierdas, que a día de hoy son neomachistas e islamófobos. Y este problema no es del pueblo, es el límite de las propias izquierdas.

En última instancia, este texto propone una redistribución del poder político y epistémico en el mismo seno de las izquierdas, moverse del sitio para poder ver a las extremas derechas desde otros ángulos, trascender los esquemas binarios del poder y, por supuesto, generar una economía política en el seno de los partidos coherente con todo esto. No podemos permitirnos volver a repetir la historia del desprecio epistémico de las izquierdas tradicionales a otras tradiciones y prácticas de emancipación, como ya ocurriese con los feminismos o el antirracismo. Enriquezcamos ya la nueva política con los imaginarios y personas activistas, técnicas e intelectuales críticas musulmanas, feministas, afros, LGTBI, gitanas y/o antirracistas, entre otros muchos perfiles diversos. O parte de lo que pase, también será responsabilidad nuestra.

*Rocío Medina Martín es profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad Pablo Olavide (Sevilla) y Secretaria de Feminismos, Igualdad y LGTBI de Podemos Andalucía.

Nota post-edición: Al día de elaborar este artículo, el exministro y antiguo diputado del PP, Jaime Mayor Oreja, realizaba una entrevista de El Español, relacionando la lucha contra el yihadismo con la recuperación de los valores cristianos sobre la familia y el matrimonio:

Los que dicen que quieren crear un nuevo orden mundial, lo que tratan es de destruir los valores cristianos que han constituido los cimientos de la civilización occidental. Ahí se abre una grieta, los terroristas ven esa falta de valores compartidos y deciden pasar al ataque para ahondar en nuestra crisis. Por eso lo urgente no es decidir qué medidas policiales hay que adoptar, que también hay que hacerlo, sino definir qué proyecto político y social puede cohesionar a los europeos”, asegura. A menos valores compartidos en la sociedad occidental habrá más terrorismo yihadista, añade más adelante. Preguntado por el entrevistador “¿Cómo se pueden extender o recuperar esos valores?”y “¿A quién responsabiliza de su destrucción?”, Mayor Oreja responde literalmente: “No tratando de reemplazar valores como la vida, la familia, el matrimonio… Eso lo que va produciendo, en mi opinión, es una distancia, un abismo. Y qué duda cabe que hay más responsabilidad entre aquellos que quieren destruir esos valores que entre quienes quieren mantenerlos. Hoy es una lucha, en términos democráticos, entre David y Goliat”.

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El terrorismo y las ficciones, un análisis político tras los atentados en Cataluña

Fusil AK-47. Foto: Flanell Kameras.

Desde los atentados de Barcelona y Cambrils al último ataque sucedido en Londres apenas han pasado tres meses, una distancia que, posiblemente, parezca mucho mayor si atendemos a esa subjetividad que nos hace seguir adelante por la lógica inercia de nuestras vidas pero también por una ficción que se tambalea, la de seguridad. La lista de ciudades europeas que han sido escenario de terrorismo yihadista relacionado con el Estado Islámico no para de crecer: Estocolmo, Manchester, Berlín, Niza, Bruselas, París… Una lista cuya consecuencia no son sólo las víctimas directas, sino la alteración, gradual pero sostenida, de múltiples aspectos de nuestra sociedad, algunos latentes, otros evidentes.

La ficción de seguridad es el pensamiento generalizado en las poblaciones occidentales de que se puede disfrutar de una vida sin amenazas directas en un entorno protegido rodeado de un mar de conflictos violentos. Podríamos hacer inútiles lecturas morales al respecto, pero nos interesan más las políticas. Sólo en lo que llevamos de año más de 2.100 personas han muerto en atentados perpetrados por yihadistas en Afganistán, Iraq y Siria, países unidos por el nexo común de haber sido escenario, o estar siéndolo, de guerras en las que Estados Unidos, la Unión Europea y las dictaduras del Golfo han tenido un papel clave. El hecho de que estas víctimas sean a un nivel mediático y emocional de una menor importancia tiene que ver con esa ficción de seguridad, que viene a decir que existen zonas del planeta estables, exentas de conflicto, mientras que otras son susceptibles de desangrarse permanentemente, eso sí, no explicando nunca las causas de tal asimetría o aduciendo razones intangibles de carácter racista: nosotros somos la civilización, ellos la barbarie.

Desde que Estados Unidos lanzó la Operación Ciclón en 1979 contra el gobierno socialista de Afganistán apoyado por la URSS, la cual consistió en armar y fomentar el fundamentalismo islámico para desatar una mal llamada guerra civil, el modus operandi de llevar este escenario a países árabes que fueran renuentes a entrar en la órbita de los intereses occidentales ha sido desastrosa. Fundamentalmente por la destrucción y mortandad sobre el terreno, pero también, desde una óptica europea, por acabar con gobiernos que, aún dictatoriales, ponían freno al integrismo. El ISIS no ha surgido de la nada, sino de un proceso de descomposición en Iraq, Siria y Libia que ha permitido al fanatismo islamista echar raíces tanto en esos países como en Europa, por el retorno de combatientes así como por la creación de un sofisticado sistema de propaganda y captación que cuenta en internet y en los canales de mensajería con un inesperado aliado. El panorama es desolador y complejo pero la lectura es sencilla: desestabilizar zonas cercanas azuzando el integrismo religioso ha sido una idea nefasta para Europa. El último objetivo de la ficción de seguridad, que ya se tambalea, es exonerar a los gobiernos occidentales situándoles antes sus ciudadanos como la última defensa frente a la barbarie, y no precisamente como los incitadores de la misma, con la inestimable colaboración de sus aliados, las dictaduras wahabitas del Golfo.

Sólo una lectura parcial, torpe o interesada puede situar esta exposición de hechos y certezas en la justificación del terrorismo del ISIS. La población occidental es posible que haya vivido de espaldas al mundo y a la geopolítica suicida de sus gobernantes (siempre espoleados por los intereses de las élites económicas) pero eso no la hace responsable de estos hechos ni mucho menos merecedora de recibir esta violencia. Tampoco justifica a los terroristas, que se presentan como liberadores contra los ejércitos cruzados cuando la realidad es que su batalla ha sido y es contra los ejércitos sirio e iraquí (entre otros), es decir, contra musulmanes considerados impíos desde su integrismo. No hace tanto, los grandes medios nos vendieron a estos fanáticos como rebeldes que luchaban por la democracia cuando ya andaban decapitando, las hemerotecas están ahí y una vez más hieden. El fundamentalismo islámico como arma geopolítica fue una idea que alguien trazó desde las asépticas estancias de un think tank y que una vez desatado se ha vuelto incontrolable, llevando la muerte a medio mundo. El problema ya no es acabar con el ISIS como califato entre Siria e Iraq, eso sucederá tarde o temprano, sino que el ISIS como idea ya circula imparable en el imaginario de algunos musulmanes.

Por desgracia este análisis de la situación es aún minoritario entre la población europea, que si bien no tiene clara la imagen de conjunto tampoco ha sucumbido a una respuesta exaltada. De momento. El auge de la extrema derecha está íntimamente relacionado con los atentados yihadistas, con los que, curiosamente, comparten ese imaginario de cruzados, muyahidines, guerra santa, choque de civilizaciones e incluso métodos terroristas, como se pudo ver en Utøya y Charlottesville. La segunda ficción que este contexto se está llevando por delante es la de la Europa liberal y demócrata, no sólo por el renacimiento de los ultras, sino por cómo éstos condicionan ya la agenda política. Cuando tienes a los partidos de la derecha liberal, e incluso socialdemócrata, utilizando un lenguaje similar al de la extrema derecha y asumiendo parte de su ideario en asuntos como la crisis de los refugiados, da igual quién sea ganador de las elecciones: los resultados son los mismos y lo que es peor, lo que antes era ilegítimo ahora es razonable. Lo que nos lleva a preguntarnos si este fenómeno de desplazamiento hacia lo ultra de la política europea es tan sólo una cuestión coyuntural y táctica o se ha destapado una caja que llevaba sellada desde 1945, pero que aún seguía latente en el corazón de esos demócratas-de-toda-la-vida.

En clave nacional los días inmediatamente posteriores al atentado han sido una sucesión de vendettas. Ni las reglas más básicas del decoro y el respeto a los muertos han evitado que la derecha, y no hablo sólo del PP, sino del espectro social que pasa por todos los grandes medios, continúa en la Iglesia y acaba en los individuos más insignificantes, haya instrumentalizado el terrorismo para pasar factura a sus considerados enemigos. Ataques a lo catalán llevando el tema del idioma en los comunicados de las autoridades a niveles de ridículo supremo o vinculando a uno de los terroristas con el independentismo. Un intento grotesco de atacar al ayuntamiento de Colau con una polémica creada en torno a los bolardos que a nadie parecía importar en Niza, Berlín o Londres. La maniobra, miserable, de atribuir comprensión, responsabilidad o incluso colaboración de la izquierda con los yihadistas, utilizando ese espantajo llamado buenismo, que no es más que la equivalencia del mito de lo políticamente incorrecto en asuntos de terrorismo. Capítulo aparte merece la prensa, donde parece que el atentado ha sido la coartada para dejar ya vía libre a los elementos más reaccionarios que han jugueteado sin complejos con la retórica de la historiografía más rancia, han señalado con furor macartista y han vuelto a esa impotencia bélica que vale para llenar páginas pero que se ha demostrado inútil para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Lo peor, de hecho, no han sido las figuras visibles, sino una legión de individuos anónimos que han seguido la pista y han ido un paso más allá en la hostilidad de sus comentarios. Aviso: estamos cerca de que un iluminado cometa alguna barbaridad, los responsables tienen todos nombres y columna.

Por desgracia parte del independentismo catalán tampoco ha estado a la altura. Aunque de una forma menos notoria y no oficial, las redes les han servido para lanzar dos ideas. La primera es que el atentado había demostrado que la reacción de las instituciones catalanas y su sociedad ya era un anticipo de la República Catalana. Que Cataluña vaya a ser o no independiente puede depender de muchos factores, pero no parece el más correcto ni elegante utilizar esta situación para lograrlo. Por otro lado se ha deslizado que el atentado había sido una conspiración españolista para dar al traste con el referéndum. Sobre este suceso prefiero no comentar nada más, por respeto a los lectores y a mí mismo.

Aunque siempre es edificante ver cómo la gran mayoría de la gente se ha volcado en acciones de solidaridad y gestos de cariño, aunque Barcelona respondió con contundencia a las provocaciones de la ultraderecha, aunque, a pesar de incidentes aislados, la islamofobia no ha sido la tónica dominante, estos atentados han tensado a la sociedad de una forma evidente. Da la sensación de que, tras el periodo 2011-2015, donde algunos vieron tambalearse su orden más de lo que nos pensamos, ahora hay muchas ganas de pasar factura, de cobrarse en este termidor venganza contra los que se atrevieron a levantar la cabeza y mirar a las alturas. Lo peor, insisto, es que se intuyen miles de colaboradores anónimos, inasequibles a la razón, pero dispuestos a levantarse firmes al primer toque de corneta mediática.

Y por último la izquierda, que ha dado la sensación, una vez más, de incapacidad, desorientación y lo que es peor, miedo, de quedarse estática a ver si escampaba, de tener como única respuesta la inercia de lo institucional y de la mal llamada unidad. No se trata de negar la unidad, sino de explicar que esta se construye en torno a algo y ese algo no pueden ser las políticas exteriores suicidas ni las alianzas con dictaduras que comparten preceptos ideológicos y lazos con los terroristas. Mención aparte merece la valentía de la CUP, que ha conseguido, a pesar de su lapidación pública, que la manifestación ciudadana vaya a ser encabezada por ciudadanos anónimos y no por la realeza. Por su parte el PCE, dirigentes de IU y algunos de Podemos, han señalado las relaciones de las casas reales españolas y saudíes y la insalvable contradicción que esto supone en el momento actual.

Falta un llamamiento claro para desmontar la ficción de la invasión islámica de Europa, preconizada por la ultraderecha y no negada por los liberales, que viene a plantear que los atentados son sólo la punta de lanza con la que se pretende imponer en nuestro suelo la sharía. Esta ficción, absurda en términos militares y estratégicos, vale para situar al migrante musulmán como cabeza de playa, como chivo expiatorio sobre el que volcar nuestro comprensible miedo. La islamofobia existe y la podemos ver en sucesos como el de Port Sagunt, el viernes de los atentados, cuando un hombre la emprendió a patadas con un niño marroquí al grito de moro de mierda. La islamofobia es la atribución de culpabilidad a una persona por su religión y eso, en Europa, sabemos ya a dónde puede conducir. Sin embargo, nombrar el problema no lo va a hacer desaparecer. Las apelaciones a la solidaridad raramente funcionan cuando el pánico entra en escena. Lo esencial es entender que el terrorismo yihadista no afecta lo más mínimo a la estructura de poder entre clases ni tampoco al equilibrio de poder imperialista, por el contrario, lo hace más fuerte. Cuanto más miedo, más orden, más orden de un tipo determinado, justo el que nos ha traído hasta aquí.

El terrorismo yihadista lo sufren ciudadanos comunes, la clase trabajadora que coge el cercanías, sin entender de ninguna otra especificidad. El enfrentamiento entre trabajadores nacionales y foráneos, el enfrentamiento entre ciudadanos de diferentes confesiones religiosas, es justo lo que buscan los terroristas y es justo lo que no va a proporcionar ninguna seguridad a la gente común.

La cuestión última es si la izquierda, bajo el peso del relativismo cultural, no ha confundido en estas últimas décadas la incorporación a su proyecto de experiencias y visiones más allá del continente donde nació con un cheque en blanco que ha otorgado a la especificidad cultural, incluida la religiosa, un carácter emancipador en sí mismo. La izquierda debe ser garante de derechos humanos, especialmente el primero de ellos, el derecho a la vida, que es el que los terroristas arrebatan. Pero también preguntarse si ha renunciado al laicismo, es decir, al proyecto que garantizaba la libertad de culto o de ateísmo, que luchaba contra la confusión entre esfera religiosa y civil, y que ponía a los preceptos religiosos siempre supeditados a las leyes, para en caso de conflicto, que no hubiera dudas de cuál aplicar. La inclusión de la comunidad musulmana, la lucha contra la islamofobia no pueden derivar en una actitud donde se acabe transigiendo con posturas involucionistas, ya presentes y en auge en el catolicismo, y donde por miedo a ser tachados de racistas no se critique con dureza a un imán de la misma forma en que se hace con un obispo. Tratar con esa doble vara paternalista a la comunidad musulmana, sea de nacionalidad española o no, le hace un flaco favor ya que parece que se les considera incapaces de asumir con normalidad la idea laica. De hecho, el insistir tanto en la identidad religiosa, con un ánimo bienintencionado de visibilización, provoca que al final parezca que los musulmanes no son personas a las que les afecta la subida de la luz o la precariedad laboral como a cualquier otro trabajador. No hay una idea más inclusiva y transversal que la de clase.

Este artículo seguramente no guste a nadie. Este artículo seguramente sea un texto destinado al fracaso. Pero debía ser escrito, al menos, como constancia de que frente al fanatismo aún seguimos disponiendo de un puñado de ideas que en el pasado nos fueron realmente útiles, que cruzaron el mundo, que levantaron a la gente en San Petersburgo, El Cairo o La Habana, que nos aportaron esperanza aún en los momentos más oscuros.

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