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Grietas en el capitalismo

El sistema capitalista en el que vivimos ha llegado a su fase decadente y no dudará en llevarse todo por delante si así encuentra prolongar su supervivencia. En este momento, se ve incapacitado de traer consigo cualquier idea de progreso, redistribución o equilibrio social. Cualquier intento de salida al sistema trae consigo los mismos problemas que le han traído aquí. Los cuatro grandes problemas sin solución son: crecimiento, deuda, desigualdad y corrupción. ¿Cómo terminará el capitalismo? (Editorial Traficantes de Sueños).

El crecimiento perpetuo necesario para mantener el sistema capitalista (solo bajo expectativas de crecimiento se produce la inversión) viene observándose languidecer pese a haber sido camuflado por el aumento de la deuda especulativa a costa del crecimiento futuro. Ese aumento de deuda especulativa ha provocado una sensación de viabilidad del capitalismo mientras se estaba hipotecando el futuro de los países, ya que fueron los Estados los encargados de absorber la deuda creada en el periodo de desregulación financiera.

Fuente OECD.

Los mismos que fueron rescatados pasaron a desconfiar de las finanzas públicas aumentando la presión sobre la deuda. De esta forma los Estados aumentaron de forma meteórica sus niveles de deuda, llegando a estar en ocasiones al borde de la bancarrota. En tal situación y motivados por los consejos del FMI, los Estados corruptos pasaron a aplicar políticas genocidas de recortes en los sectores que aún quedaban por ocupar por los capitales como sanidad, educación o recursos energéticos. Fue la posibilidad de extraer plusvalías para el capital lo que motivó la dirección de los recortes. En los años 2010-2011, al mismo tiempo que se recortaban 12.000 millones de euros en sanidad se invertían 11.400 millones de euros en nuevos tramos de AVE, donde el beneficio de constructoras estaba garantizado.

Con tal nivel de recortes, modificaciones del Estatuto de los trabajadores, ventajas al blanqueo de capitales, modificación de la Constitución del 78 e incapacidad de las empresas para generar empleo de calidad y crecimiento, los niveles de desigualdad se han incrementado a niveles irreversibles.

La desigualdad es un problema para el propio sistema capitalista ya que este se ve con dificultades para extraer plusvalías en forma de hipotecas, seguros o mercados de masas en general. Con un mercado laboral precario, con bajos ingresos y con un estado altamente endeudado con un 100% del PIB y en aumento, es difícil imaginar una nueva fase de financiarización en la que población con pocos recursos y malos empleos se endeude en busca de vivienda. Las hipotecas continuarán y con ello la transferencia directa de los ingresos del trabajo a los bancos, pero esa forma de negocio es decadente en cuanto a la situación del mercado laboral caracterizado por un alto paro, bajos sueldos y precariedad.

Se puede pensar en otros mercados como el turismo, que es uno de los grandes negocios mundiales actuales y representa el 10% PIB mundial. El turismo se basa en la complicidad con dictaduras para su implantación, la explotación de la población autóctona, la transferencia de las plusvalías a paraísos fiscales y la potenciación del cambio climático. Este modelo del turismo por un lado depende de una clase social con altos ingresos y, por otro, no redistribuye la riqueza, de modo que su crecimiento es el crecimiento de la desigualdad, lo que implica constreñirlo cada vez más a una clase social más rica y menos numerosa.

El sistema capitalista está en decadencia, como he tratado de esbozar, no hay mercados que den salida al sistema. Seguiremos viviendo en un mundo cada vez más decadente, con menos empleo, peores sueldos y menos capacidades estatales para gestionar la desigualdad. Pero ¿qué nos queda? Concienciar, movilizar y luchar contra esa codicia y ese sistema descubriendo la felicidad en las grietas por las que se hunde el capitalismo y que tendremos que sustituir con audacia, inteligencia y la fuerza de la razón y el amor al otro.

Alberto Mena es socio cooperativa de ‘La Marea’.

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Independentismo, soberanía popular y huida de empresas

Banderas independentistas independentismo en la Diada. | La Marea

La masiva y repentina huida de empresas de Cataluña si bien puede ser parte del seguimiento del pingüino de seguir al que comenzó a andar primero ante el temor y la inseguridad jurídica que provoque la DUI, todo hace indicar que es parte de una estrategia político-económica de someter al gobierno catalán poniendo su foco en los sectores políticos catalanes más cercanos al empresariado. Esto supone el uso de unos mecanismos análogos a los llevados a cabo en otros territorios y con otros objetivos, pero con la causa común de arrodillar los instrumentos de los que toda democracia liberal establece como máximos baluartes de su funcionamiento y necesarios para un buen funcionamiento de la economía de mercado acorde a los mismos postulados del referido sistema. Esto no hace sino evidenciar cómo mucho más a menudo de lo que creemos los poderes fácticos influyen en la toma de decisiones públicas superando los deseos de buena parte de la sociedad y la soberanía popular.

Este tipo de movimientos del poder empresarial que presionan al poder político con la intención de someterlo no son nada nuevo, más allá de que como se demuestra en el caso de Catalunya y pone en evidencia el Decreto gubernamental de fomento de la huida de las empresas establecidas en ese territorio hacia otro territorio del Estado, en este caso la particularidad es que se hace en connivencia con el otro poder político en disputa en el connotado conflicto. Ello habla de forma clara de la inexistente neutralidad de los mercados. Ya han ocurrido ejemplos análogos en la guerra económica declarada al gobierno de Allende por el sector empresarial liderada por la empresa estadounidense ITT, donde en una suerte de Doctrina del Shock con objetivos y metodología particular se evidenció también esta influencia e intento de sometimiento del poder político ante el económico que al no dar resultado acabó desembocando en el conocido golpe de Estado de Pinochet.

Ante estos hechos el gobierno catalán, y en especial sus miembros más conservadores, probablemente se vean obligados a matizar su radicalidad hasta entrar en una suerte de negociación de uno u otro tipo con el gobierno, en función de diversas causas que se escapan a los objetivos de este escrito. Estos hechos no hacen sino poner énfasis en la necesidad de construcción de mecanismos de soberanía popular que permitan a los individuos tomar decisiones sin verse influidos ni mucho menos subyugados por estos poderes fácticos que ponen de rodillas las instituciones y nuestra capacidad de decisión. El proceso soberanista ha priorizado la construcción de un estado prevaleciendo el asunto nacional frente a otros asuntos como pudiera ser el social. Hasta el momento estas empresas parecían confiar en que las clases políticas tradicionales de ambos bandos se acabarían poniendo de acuerdo en la reedición de esa Omertá que permitió durante décadas ocultar bajo las sábanas todas las corruptelas de ambos bandos.

La creación de esta soberanía popular supondría trascender la configuración nacional, sea comprendida tanto en clave catalana como española, construida alrededor de soberanías nacionales con el objetivo de recuperar verdaderas capacidades de decisiones autónomas respecto de unos poderes fácticos que por diversos factores escapan al control de las mayorías e intereses sociales.

Asier Tapia es socio cooperativista de La Marea. 

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Laberinto emocional y dos grandes dudas ante el 1-0

cataluña 1-0 referéndum

El conocimiento neurocientífico actual da cada vez más protagonismo a las emociones en nuestra participación en el mundo y en la modulación de nuestras cogniciones, nuestros pensamientos. Por ejemplo, según la hipótesis del marcador somático del neurocientífico António Damasio, ganador del Príncipe de Asturias, nuestros recuerdos emocionales son básicos en nuestras tomas de decisiones. Dichos recuerdos nos guiarían de forma inconsciente en qué opciones son más y menos adecuadas ante una determinada decisión a tomar.

Asimismo, desde la psicología social, hace ya décadas que se ha venido estudiando los mecanismos por los que las personas tendemos a intentar integrarnos y ser fieles al grupo con el que nos identificamos y a diferenciarnos de los grupos a los que creemos no pertenecer.

El periodismo y la política actual y las redes sociales parecen haberlo entendido muy bien y, a mi juicio, lo están potenciando en general. Gran parte de los mensajes de las personas y de las personas periodistas respecto al 1-0 así lo muestran.

Quiero compartir mi gran laberinto emocional con todo lo que está pasando respecto al conflicto Catalunya-España. Me da la sensación de que comparto muchas de las emociones que estoy sintiendo respecto a este tema con muchas otras personas, aunque no las solamos expresar.

Siento muchas emociones.

Siento mucho cariño y amor a mi gente, mayoritariamente independentistas y soberanistas de izquierdas en Barcelona y alrededores y de más variado arco político en otras partes del Estado.

Siento envidia y admiración por la fuerza, por la capacidad de aglutinar y de crear ilusiones y de generación de argumentos, y por la acción pacífica, inclusiva y masiva del movimiento independentista catalán.

Siento tristeza porque el mayor ciclo de movilizaciones ciudadanas que yo conozco desde que nací se asocie con un tema nacional y de ruptura y no por otros problemas que considero más acuciantes para la humanidad, como la crisis ambiental.

Siento mucha rabia hacia los nacionalistas españoles que nos gobiernan ante la negativa de permitir un referéndum de autodeterminación de Catalunya con garantías, en aras de unos supuestos principios democráticos y legales que con frecuencia violan, así como por la gestión puramente legalista y cortoplacista de un problema social y político de largo recorrido. También siento rabia hacia ellos por el hecho de que nieguen la crisis sistémica que persiste en España (política, económica, judicial…) y que se nieguen a emprender una regeneración social, política y económica.

Siento esperanza al percibir interés genuino por muchas personas de España para conocer las motivaciones del independentismo y/o su apoyo a un referéndum con garantías como solución al conflicto.

Siento miedo ante las manifestaciones masivas de sentimiento nacional y ante la tendencia humana a la sinécdoque, a considerar la parte como el todo (Catalunya quiere la independencia, España no tiene remedio, los musulmanes son terroristas, los occidentales son degenerados…).

Siento tristeza ante la falta de empatía de muchos españoles al no querer ver que la mayoría de catalanes consideramos Catalunya un sujeto político soberano y por parte de muchos catalanes que no parecen recordar que la mayoría de españoles consideran España como un sujeto político soberano.

Siento rabia por las manifestaciones de odio hacia otras identidades nacionales u orígenes (anticatalanismo, antiespañolismo, antiandalucismo…), por el anti-islamismo, por el machismo y por bajezas parecidas y tan frecuentes.

Siento cariño hacia mis amistades catalanas, al sentir muestras de anticatalanismo, como hacia mis amistades andaluzas, al sentir manifestaciones anti-andaluzas.

Siento gran tristeza ante cualquier acto de violencia aquí, allá o acullá, que venga justificado por cualquier bandera, religión o ideología.

Siento alegría por la reacción de la mayoría de la población de Catalunya posterior a los recientes atentados en repudio de la violencia y a favor de la convivencia y el respeto.

Siento miedo ante la presión que estoy sintiendo por definirme en el blanco o en el negro, cuando lo que siento tiene muchos más colores y a que esta presión derive en “linchamiento” hacia quienes manifestamos matices y dudas.

Siento tristeza y rabia ante el esperpento que se vivió en el Parlament català los pasados miércoles y jueves.

Siento agradecimiento por la empatía que estoy recibiendo de amistades y familiares ante mi vivencia de este proceso.

Siento alivio al recordar, desde una perspectiva histórica, la disminución en los niveles de violencia con la consolidación de los estados-nación (ver por ejemplo el libro Sapiens: de animales a dioses, de Yuval Noah Harari).

Siento esperanza al leer en la Llei de transitorietat que habría un proceso participativo para elaborar la constitución catalana en un contexto de mayoría social de centro izquierda en Catalunya.

Siento decepción al leer en la Llei de transitorietat que ésta no avanza en derechos sociales más allá de la Constitución e spañola, al leer que, según dicha ley, los residentes en la actualidad en Catalunya sin nacionalidad española lo tendrían difícil para adquirir la nacionalidad catalana y al ver la falta de independencia política del poder judicial que emana dicha ley.

Siento mucho miedo ante la escalada de tensión que se está manifestando en el conflicto sociopolítico Catalunya-España.

Por esto, no siento alegría al ver la ilusión de gran parte de mis amistades independentistas ante la Diada y ante el 1-O.

Ante todo este laberinto emocional, me surgen dos grandes dudas. La primera es que el 1-0 haya un referéndum con un mínimo de legitimidad que ayude a resolver el actual conflicto. La segunda, qué hacer, si hay referéndum/movilización, como ciudadano catalán (no votar, votar Sí, votar en blanco o No; encuentro emociones y argumentos para todas las opciones); los acontecimientos venideros me ayudarán a decidirme.

* Jordi Ortiz Gil es socio cooperativista de La Marea y neuropsicólogo.

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Dale vacaciones al consumo

En la versión digital de El País, ese periódico del capitalismo con aire progre, podemos leer: “La idea de la felicidad se ha convertido en una ciencia y también en un boyante negocio”. Decir que la  idea de la felicidad se ha convertido en una ciencia es una muestra clarísima de la miseria intelectual que está detrás de los brillos de la mentalidad capitalista. Lo que sí es muy cierto es que tratan de convertir el ansia de felicidad de los seres humanos en la fuente de boyantes negocios.

Cuando llega la época de vacaciones, ese afán de negocio alcanza uno de sus máximos anuales. Primero nos hacen vivir en una sociedad en la que el trabajo es cada vez es más exigente y menos seguro. La mayoría está atrapada en el estrés de las grandes ciudades con sus prisas y sus atascos, pendientes del cuidado de los hijos y a veces de los abuelos, apremiados por las mil ocupaciones y preocupaciones de cada día.

Así la necesidad de descanso y de ocio se hace más urgente. Ciertamente esta necesidad de descanso es universal, la tenemos todos los seres humanos, lo que pasa es que la forma de satisfacerla varía mucho de unas culturas a otras. Algunos autores hablan de satisfactores. Estos serían las distintas formas que han existido y existen en el mundo para cubrir esas necesidades comunes.

Para la cultura burguesa, capitalista, todos los satisfactores para cualquier aspiración humana están relacionados con el consumo. La satisfacción es alcanzada gracias a la riqueza, al dinero de que dispongamos para conseguir esos satisfactores. Cuando se llega a la necesidad de descanso y de ocio, no podía ser de otra manera, se pretende satisfacerla a base de consumo. Además el consumo de masas es fuente de grandes beneficios para algunos. ¡Qué más se puede pedir!

Y aquí entra la utilización de la idea de felicidad. Una publicidad abrumadora, metiéndote por los ojos imágenes de parajes y situaciones paradisiacas, nos empuja a unas vacaciones febrilmente consumistas: vorágine de viajes, cruceros, diversiones, hoteles… consumo y más consumo.

Todos esos satisfactores que la omnipresente publicidad nos presenta como el colmo de la felicidad tienen un gran atractivo, no cabe duda. Pero, aunque nuestras posibilidades económicas nos permitan alcanzarlos, cosa que solo le ocurre a una minoría de la humanidad, tienen dos graves inconvenientes: el primero es que, como todo el bienestar conseguido a base del consumo, no proporcionan la felicidad prometida y esperada, y el otro es que  son físicamente insostenibles en nuestro pequeño planeta Tierra.

El consumo, como el afán de riqueza, es una droga más, que produce un efecto similar a las demás drogas. Primero unos momentos de satisfacción, pero esos momentos pasan pronto y viene el ansia de una nueva dosis. Si esa dosis no llega, el mono puede hacerse intolerable. Una mirada atenta a los grupos económicamente privilegiados de la sociedad nos permite comprobar eso de que el dinero no da la felicidad. A esta gente el dinero le rebosa por todos los poros de su cuerpo, pero siguen deseando más y más. Si un año no han ganado más, se sienten muy frustrados, y si vislumbran el riesgo de perder cuatro euros, se echan a temblar y están dispuestos a matar a los que haga falta para defender su dinero. Naturalmente unos buenos burgueses rechazarían indignados esa idea de que están dispuestos a matar para defender su dinero, o para ganar más. Pero prefieren no investigar por qué tanta gente muere de hambre en el mundo o se mata en guerras interminables. ¿Y cuántos millones de muertos produce cada año el afán de beneficios de las empresas y los países capitalistas?

La otra pega de este tipo de vacaciones, como de todo el estilo de vida capitalista, es que es insostenible y nos lleva a una catástrofe. Eso lo afirman desde los científicos: La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta (manifiesto Última Llamada), hasta el papa Francisco en su encíclica Laudato si: Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades.

Pero rechazar este tipo de vacaciones no supone renunciar a ellas. Hay alternativas, algo que el discurso dominante tiene el máximo interés en ocultar. En nuestras manos está aprovechar la libertad de las vacaciones para liberarnos del afán consumista. Optar por unas vacaciones más relajadas y humanamente enriquecedoras. En la historia del pensamiento humano nunca se ha hecho depender la felicidad de la riqueza, aunque siempre haya existido gente con un pensamiento más animal que humano, que haya matado por la riqueza.

Ha llegado un momento en la evolución de la humanidad en que su supervivencia depende de que seamos capaces de buscar nuestra felicidad sin pasar por la riqueza. Disfrutar de la naturaleza, de la que tenemos más cerca de nosotros, sin necesidad de viajar al Caribe, sentirnos libres, practicar los juegos y aficiones favoritas, enriquecernos culturalmente con una buena lectura, fomentar unas afectuosas relaciones humanas… Placeres gratuitos que nos acercan a una vida más feliz y una humanidad sostenible.

Antonio Zugasti es socio cooperativista de La Marea.

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La batalla de Svalbard

Entrada a la Bóveda Global de Semillas, en el archipiélago de Svalbard. Foto: NordGen/Dag Terje Filip Endresen

Volar a conferencias internacionales es parte de mi trabajo como investigador, pero desde hace un par de años trato de limitar mis vuelos. ¿Es que me da miedo el avión? Pues en cierto sentido, sí, me da miedo el avión, como me da miedo el coche, o la ternera. No temo que el avión se caiga, ni un accidente de coche, ni la enfermedad de las vacas locas. Lo que temo es no saber salirme del patrón de conducta irresponsable que hemos adoptado colectivamente, y que nos lleva a intensificar la catástrofe climática. Temo las consecuencias de seguir cerrando los ojos y pisando a fondo el acelerador, porque no vamos por buen camino.

Me dio un salto el corazón, el pasado 19 de mayo, el darme cuenta de que soy corresponsable de que el cambio climático esté conquistando ya la Fortaleza de Svalbard, nuestra Bóveda Global de Semillas que se diseñó para ser inexpugnable y resistente a catástrofes. Las temperaturas anormalmente altas de este invierno en el Ártico, combinadas con una temporada de lluvia en vez de la esperada temporada de nieve, han inundado el túnel de entrada de la fortaleza. No estaba previsto que pudiese ocurrir algo así: “Global warming will certainly diminish the utility of the permafrost cooling at the new seed-vault site, though the seeds will be stored so deep in the mountain that permafrost should persist there for some 200 years even in a worst-case climate-change scenario.”.

El agua llama a la puerta de la copia de seguridad de los bancos de semillas de la Humanidad. Cerca de un millón de saquitos de semillas: muy poca cosa comparada con la biodiversidad que nos estamos cargando a diario y que nunca recuperaremos (Biodiversity: Frozen futures, Nature, 2008). Pero, con sus limitaciones, son de lo mejor que tenemos, o digamos que eran de lo mejor que teníamos, esa colección de semillas y esa promesa de que nunca se perderían y de que podríamos recuperarnos de cualquier desastre a partir de ese tesoro.

Mantenemos nuestro tesoro de semillas tras un túnel de 125 metros, en una fortaleza en el permafrost, en una zona sin terremotos y a 130 metros sobre el nivel del mar. Hace 10 años nos parecía a prueba de todo (A ‘Forever’ Seed Bank Takes Root in the Arctic, Science, 2006). Por si os lo preguntáis: también, claro, nos parecía a prueba de las consecuencias a largo plazo del cambio climático: la elevación la ponía a salvo del crecimiento de las aguas. Hace unos días nos hemos empezado a dar cuenta de que nos quedamos muy cortos con nuestras precauciones. Nos cuesta admitir lo precaria que es la situación. Nos cuesta concebir que hay que cambiar el rumbo.

Seguimos cerrando los ojos al daño que hacen nuestras políticas a corto plazo y nuestro actual estilo de vida a nuestros bienes colectivos, a nuestra casa común. Cerramos los ojos a lo que las decisiones de hoy supondrán para las políticas que se nos impondrán en el futuro, para el estilo de vida que nos veremos forzados a adoptar dentro de unos pocos años. No queremos darnos cuenta de hasta qué punto el mañana depende del hoy. Claro que da miedo abrir los ojos a esta realidad y darnos cuenta de que el avión, el coche o el filete de ternera que hoy forman parte de la vida “normal” son en realidad comportamientos autodestructivos, con fecha de caducidad inminente. Claro que es duro confrontar la ideología de quienes nos gobiernan, según la cual el crecimiento perpetuo es indiscutible y el egoísmo individual nos llevará al bien común. Pero es necesario.

Como afirma Andreu Escrivá Encara no és tard. Todavía hay tiempo. En cada pequeña decisión cotidiana, en cada gran decisión política, podemos abrir los ojos a las consecuencias de nuestros actos, y pisar el freno para cambiar el rumbo, o podemos cerrarlos y seguir pisando el acelerador. Excusas no faltan para mantener los ojos cerrados. Excusas nunca faltan. Pero cuanto antes rectifiquemos, mejor. Porque urge una conversación permanente, colectiva e informada sobre cómo volver al rango de temperaturas habitual en el que hemos vivido desde que inventamos la agricultura.

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Socialismo y cristianismo

El papa Francisco I La Marea

El pasado mes de noviembre se celebraron en Nicaragua elecciones en las que salió elegido para un tercer mandato el líder del Frente Sandinista, Daniel Ortega. La limpieza democrática de estas elecciones ha sido muy cuestionada desde todos los ángulos del espectro político, y con argumentos muy sólidos, pero no voy a tratar ahora ese tema. Lo que llama la atención son dos términos con los que se define el gobierno de Ortega: socialista y cristiano. Prescindo ahora de cómo entienda Daniel Ortega lo de socialista y cristiano; lo realmente novedoso es encontrar los dos términos unidos. Términos que para muchos son totalmente antagónicos.

Y si vamos a la historia reciente, y no tan reciente, efectivamente el antagonismo no ha podido ser más claro y radical. Durante siglos la postura de la Iglesia jerárquica se ha resumido con el término de alianza entre el trono y el altar. La jerarquía eclesiástica ha sido una de las instituciones fundamentales de los Estados,  defensora del derecho de propiedad, y uno de los principales pilares de las monarquías. Por su parte el socialismo, casi en su totalidad, se presentaba como acérrimo enemigo de todo lo religioso.

Pero lo llamativo es que la jerarquía eclesiástica tomaba esta postura de una manera totalmente incongruente con los principios básicos en que decía fundarse. Todo el Nuevo Testamento y de una forma especial los Evangelios son unos documentos que hoy calificaríamos como radicalmente anticapitalistas. En el Evangelio, Jesús acoge a descreídos, prostitutas y pecadores, pero clama ¡Ay de vosotros los ricos!” (Lucas, 6,24). Anuncia que el Reino de Dios está cerca, pero advierte que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios” (Marcos, 10,25). Señala una alternativa radical: “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo, 6,24). Parece increíble que con estos principios se pudiera tomar una postura como la que ha mantenido la jerarquía, y todavía mantiene la parte más conservadora de la Iglesia, pero así ha sido.

Por su parte, el socialismo trata de llegar a un mundo justo, donde los seres humanos nos desarrollemos plenamente y vivamos libre y fraternalmente. Pero lo hace partiendo de unas filosofías radicalmente ateas, lo mismo en su versión marxista que anarquista. Se basa en un materialismo total, con lo que olvida algo tan fundamental como el elemento espiritual del ser humano. No tiene un fundamento último en el que apoyar su ética y su moral. De la religión ve solamente una jerarquía defensora de un orden social totalmente injusto, no atiende a que todo el Evangelio empuja a vivir de una manera muy distinta, con unos valores muy cercanos al ideal socialista. Incluso en los Hechos de los Apóstoles, que narra la vida de los primeros discípulos de Jesús, se llega a decir que: “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos, 4,32).

Cuando los dos colectivos podían coincidir en un horizonte de justicia y solidaridad, se han enfrentado en una lucha abierta en que las dos partes han resultado perdedoras. Con ello se ha acabado favoreciendo a la religión del dinero, y permitiendo que sea ésta la que hoy domine en el mundo. ¿No podemos pensar en una nueva utopía en que socialistas y cristianos se unan y se potencien en una lucha por los seres humanos contra la tiranía del capital?

En el campo cristiano, el papa Francisco simboliza esta vuelta del cristianismo a sus orígenes, a su condena de la ambición y del enfrentamiento constante entre los seres humanos a que obliga una competencia despiadada. ¿Podremos socialistas y cristianos dejar el tema de la fe como un asunto privado y unirnos en la lucha por la supervivencia de la humanidad frente a la locura del capital?

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