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Medios que dependen de Silicon Valley

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La filantropía, muchas veces, se resume de la siguiente forma: un empresario acumula tan mayúsculo capital que distribuye cierto excedente entre la clase más baja para desactivar cualquier pretensión de mejora social. En lo referente al periodismo sirve para mantener vivas determinadas estructuras mediáticas inmersas en una crisis sin precedentes y, al mismo tiempo, expandir la doctrina económica que agrava su situación. A través de miles de millones de fondos privados invertidos en decenas de medios de comunicación principalmente europeos y estadounidenses, las corporaciones llevan décadas sufragando con sus fundaciones programas para financiar el periodismo. Hoy lo hacen entre proclamas a favor de la verdad y la democracia.

Con la llegada de Internet, que ha digitalizado la piel del capitalismo, no solo no se han eliminado las dinámicas neoliberales que han azotado a los diarios durante los últimos años, sino que se ha ido un paso más allá. Bajo el mantra de la innovación, los medios están comenzando a depender del duopolio de Google y Facebook en lo que se asemeja a una versión beta de una nueva relación feudal adaptada al mundo digital. Si un artículo no se ciñe a sus normas, pierde posicionamiento y visibilidad. Nos encontramos así ante una suerte de imprenta global donde el ecosistema mediático comienza a girar en torno a las reglas de dos compañías, que determinan buena parte del proceso de creación de opinión pública.

Este tipo de filantropía se remonta a los años 1930, cuando la Fundación Rockefeller empezó a financiar los primeros programas de investigación en comunicación, aunque no fue hasta después del estallido de la Segunda Guerra Mundial cuando creció el apoyo directo a gran escala, gracias a la contribución de la Fundación Ford para establecer el sistema de televisión educativa estadounidense, que se convirtió en la Televisión Educativa Nacional (NET) en 1963. No obstante, el pico se produjo a principios de este siglo, después de que Bill y Melinda Gates levantaran su propia organización.

Entre 2009 y 2011, un total de 1.012 fundaciones financiaron 12.040 subvenciones relacionadas con medios de comunicación y la educación universitaria en esta rama por valor de casi 2.000 millones de dólares —alrededor de un cuarto de este total fue destinado a apoyar concretamente el periodismo. Pero de los 527 millones de dólares asignados a ese fin, el 65% provino de tan solo diez fundaciones (entre ellas la Knight, Ford o MacArthur), de acuerdo a los datos del Foundation Center, centro que publica información sobre el mundo de la filantropía. Las fechas no son casuales, sino que coinciden con la crisis financiera y también con la del modelo de negocio a través del que se financiaban los medios. Según estima el Pew Research Center, de 2005 a 2013, los ingresos por publicidad de los periódicos cayeron de 49.000 millones de dólares a poco más de 20.000 millones.

En EEUU, la crisis periodística fue más pronunciada porque el sector de medios apoyados por el gobierno era más reducido que en otros países europeos. Los pilares de su sistema de medios públicos son el Servicio Público de Radiodifusión y la Radio Pública Nacional (PBS y NPR por sus siglas en inglés), con una financiación de los contribuyentes que asciende a cuatro dólares per cápita. Nada comparado con los 50 dólares que reciben los medios de servicio público en Francia, los 91 dólares de Gran Bretaña o los 130 dólares de Alemania, Noruega o Dinamarca. Por otro lado, en total, las fundaciones donaron 13,4 millones de dólares al periodismo de investigación entre 2015 y 2016, según el Foundation Center. Un ejemplo concreto es el del fondo de Google para la innovación en noticias digitales, que desde 2015 ha otorgado más de 70 millones de euros a más de 350 proyectos en 29 países europeos.

La filantropía como horizonte neoliberal

Atrapados entre el cambio en el mercado de noticias y la negación de recurrir al sector público, la filantropía se ha presentado como la panacea a buena parte de los problemas de la prensa. Emily Bell, del Centro de Periodismo Digital de la Escuela de Periodismo de Columbia, es una de las voces que lo propugnan con más convencimiento: “El periodismo independiente necesita más que nunca una transferencia de riqueza de Silicon Valley. Las cuatro o cinco empresas tecnológicas líderes podrían donar mil millones para dotarle de un nuevo motor”. La idea no ha sido nada bien recibida entre los círculos más críticos. “Debemos recordar que las donaciones no son gratuitas, sino que constituyen una reorientación de los recursos públicos (dólares que podrían ir al gobierno si no fuera por generosas deducciones fiscales) a fundaciones no transparentes que inexplicablemente han asumido responsabilidades en la política mediática”, señala el sociólogo Rodney Benson, de la Universidad de Nueva York.

Pongamos un ejemplo actual del entramado tecnocrático que se ha generado. Una de las fundaciones más influyentes, la John S. and James L. Knight Foundation, anunció a finales de septiembre una iniciativa de 2,5 millones de dólares “para apoyar el papel del periodismo fuerte y de confianza como esencia para una democracia saludable”. La Comisión Knight estará presidida por Jamie Woodson, presidente ejecutivo y consejero delegado de Tennessee State Collaborative on Reforming Education, una organización que en 2013 recibió la financiación de los Gates‘ para seguir implementando sus planes disruptivos en la educación –como desarrollar sistemas pedagógicos para suplantar al profesorado por sistemas de inteligencia artificial y donde la extracción de datos es el principal fin–, y estará dirigido por el Instituto Aspen.

Esta última organización, que en España recibe el patrocinio de la plana mayor del Ibex 35 (Repsol, Telefónica, Caixabank, Acciona, Iberdrola), cuenta con el apoyo de las fundaciones Carnegie, Ford, Rockefeller y Gates. Entre los comisionados que monitorizarán que las investigaciones encuentren la forma de recuperar la confianza en el periodismo, destacan dos altos cargos de Google y Facebook.

Un asunto que también es digno de consideración es si el abrazo de las fundaciones surge por el rápido cambio en la práctica del periodismo impulsado por la tecnología digital. En este sentido, la posición central de los académicos contra las fundaciones es que son un componente importante en el establecimiento y mantenimiento de las estructuras existentes de control de la élite financiera y tecnológica. Según un estudio de 2007 realizado por Robert Arnove y Nadine Pinede, “las tres grandes fundaciones de Estados Unidos, Ford, Rockefeller y Carnegie, han desempeñado un papel crucial en la creación de un sistema de información mundial cada vez más interconectado con la potencia norteamericana como epicentro, promoviendo un enfoque elitista y tecnocrático del cambio social y la labor periodística”.

Dan Schiller, profesor emérito de la Universidad de Illinois y autor de distintos libros sobre la relación entre los medios y el capital en la era digital, lo resume de la siguiente forma: “En las últimas tres décadas de hegemonía neoliberal, las páginas y pantallas de los medios de comunicación integrados globalmente han ejercido una poderosa violencia simbólica, normalizando el poder de las finanzas y despolitizando a los lectores y trabajadores, a los que vieron como meros consumidores de los empresarios que financiaban la actividad periodística. Hoy en día, la nueva economía basada en el capitalismo digital es igual de susceptible a ejercer la influencia que llevó a cabo su predecesor”. Según distintas previsiones, Facebook y Google acapararán más del 60% de la inversión publicitaria en 2017. Aunque este dato solo tiene en cuenta de forma indirecta el poder que tiene Silicon Valley sobre la prensa que señalaba Schiller.

“La batalla que se avecina no será sobre el control de los mercados en el sentido tradicional. Se tratará de la batalla por el control sobre la información de los consumidores. Los titanes tecnológicos están en una carrera para ver cuál de ellos puede construir una mejor réplica digital de sus consumidores, lo que significa encontrar una manera de no solo recoger datos de usuarios, sino también dificultar dicha labor en sus competidores. Los monopolios de mañana no podrán ser medidos solo por la publicidad que nos venden. Estarán basados en lo mucho que saben sobre nosotros y cuánto mejor pueden predecir nuestro comportamiento respecto a los competidores”, señalaba un análisis de la Harvard Business Review. Y aquí está el quid: para Silicon Valley, los medios de comunicación son competidores directos a la hora de implantar su plan para controlar la información global.

Hacia una imprenta digital global

El académico de la Universidad de Columbia Efrat Ne-chushtai ofrece una de las lecturas más claras acerca del control que ejerce Silicon Valley sobre los medios: “El elemento más importante en las relaciones de Google y Facebook con las organizaciones de noticias es el hecho de que han llegado a proporcionar la mayor parte de la audiencia de sus noticias al mismo tiempo que son fuentes importantes de su crecimiento potencial, algo sin lo cual estos medios de comunicación no podrían existir”. Se trata de una especie de burbuja especulativa de las audiencias en la que los medios, gracias a los servicios de intermediación de estas dos empresas, llegan a muchas más personas de las que lo harían imprimiendo su periódico y distribuyéndolo. “Además –añade–, dotan a las organizaciones de noticias de herramientas para la producción de noticias, les proporcionan datos sobre el alcance de las historias y ofrecen herramientas de análisis e información”.

Todo esto tiene un precio. Según el académico, nos encontramos ante una nueva forma de captura corporativa que puede denominarse captura infraestructural: “Circunstancias en las que un organismo de escrutinio como son los medios no solo es incapaz de operar de forma sostenible sin los recursos físicos o servicios  digitales proporcionados por los negocios que en teoría supervisa, sino que depende de ellos”. Se trata del cambio de paradigma más importante que experimenta la prensa en la era digital, todo aquello que va desde reivindicar la independencia periodística frente a los editores y propietarios que han puesto en peligro la profesión durante las últimas décadas a ensalzar la dependencia de nuevos propietarios digitales y editores inteligentes. Como recuerda Nechushtai: “Incluso si las organizaciones de noticias mantienen la soberanía sobre sus plataformas y herramientas, la mayoría de sus lectores se generan ahora a través de plataformas como Google y Facebook”.

El analista Harry Browne interpreta este tipo de movimientos de una forma más profunda: “No existe un ‘interés público’ en el que, por ejemplo, Mark Zuckerberg y un refugiado sirio compartan una perspectiva común sobre un problema. En sociedades como la nuestra, los intereses son inevitablemente diversos y potencialmente antagónicos. Esto debería ser obvio, pero se esconde bajo los discursos de interés público, distintos pero que se superponen, del periodismo y la filantropía”. Según Browne, en la medida en que Google y Facebook equiparan la idea de “interés público” con combatir las “noticias falsas” que se generan en su plataforma –fruto de la influencia corrupta ejercida por el capitalismo digital sobre los medios–, estos últimos sucumben a una versión mitológica que en realidad suprime la diversidad y el pluralismo en línea para abrazar un “ecosistema de medios” monopolizados por dos corporaciones.

Browne se refiere a los planes que están llevando a cabo tanto Google, a través de la iniciativa de noticias digitales (DNI), como Facebook, con un proyecto periodístico que lleva su propio nombre. A primera vista, dos simples fondos para ayudar a los medios a sobrevivir se alzan como una de las primeras muestras de esta especie de relación similar a la que imperaba en el feudalismo entre los propietarios de la imprenta global y los periódicos, a los que tratan como sus inquilinos. Como lo definió The New York Times recientemente, ellos dos son “miembros de la realeza de la corte, los que proveen noticias de calidad son sus suplicantes y siervos”.

En definitiva, nos encontramos ante el intento por culminar la “aldea global” que predijo McLuhan, una forma sutil de señalar que la hegemonía cultural de la industria estadounidense se convertiría en un océano al que tienden las corrientes del resto de Occidente. Pero con una salvedad: la aldea global no nos conecta culturalmente, sino económicamente. Y nuestros datos, transportados por el libre flujo de capital, se concentran en Silicon Valley. En una ocasión el periodista del diario aleman Süddeutsche Zeitung Heribert Prantl señaló que los periódicos son vitales para el sistema. “Pero el sistema para el cual son vitales no se llama economía de mercado, ni sistema financiero, ni capitalismo, sino democracia”. Hoy pareciera como si no lo entendieran quienes depositan en el “nuevo periodismo”, es decir, en el digital, la fe ingenua de alcanzar una prensa verdaderamente libre.

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El periodismo ante el cambio de piel del capitalismo global

Juan Luis Cebrián. FOTO: ÁLVARO MINGUITO.

Ninguna de las dislocaciones que ha sufrido el periodismo a lo largo de su historia ha supuesto un reto mayor para la independencia de la profesión como la llegada de Internet y su correspondiente privatización por los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. Más aún si este suceso coincide con otro aspecto coyuntural de similar gravedad: la prensa tradicional ha abandonado los códigos éticos que establecían los límites para el ejercicio de su profesión con el fin de favorecer la versión de la realidad que defienden las grandes empresas que pagan su deudas; el carácter comercial se ha entremezclado peligrosamente con el criterio de verdad.

Nos encontramos así ante una situación bisagra en la que una crisis no termina de ser superada mientras otra nueva emerge. La crisis del periodismo es una normalidad, un instante eterno. Importantes consecuencias para el desarrollo del debate público se desprenden de todo esto: la absoluta perversión de la esfera pública, la alienación de los ciudadanos –ahora convertidos en audiencias inmersas en experimentos de mercado– y su entendible desconfianza hacia cualquier instancia que reivindique la verdad como proceso empírico.

El País, otrora periódico que se reivindicó la vanguardia intelectual de España, es quizá el ejemplo que mejor refleja las dos espadas de Damocles que penden sobre la prensa en esta suerte de interregno. Lejos de representar un ejemplo contemporáneo de emancipación, si colocamos la vista sobre algunos sucesos recientes podemos observar cómo este medio comienza a fundirse en la red de comunicaciones que establece el sistema del capitalismo multinacional de nuestros días. Para ello hemos de colocar el foco en la paradigmática campaña encabezada por el subdirector de este diario, David Alandete, sobre la influencia que han tenido los bots rusos en el debate online posterior al referéndum catalán.

Desinformación sobre la crisis catalana

Parece evidente, y no resulta ninguna novedad, que este hecho habla de cómo un periódico abandona todo criterio periodístico para seguir una agenda política –y en última instancia económica– con el fin de presentar una supuesta injerencia de Rusia en la batalla por el relato de la crisis catalana. En otras palabras: El País contribuye a programar al lector con la idea de que estamos ante el peligro ruso para legitimar actuaciones excepcionales que en ningún otro caso serían tolerables. Porque en realidad, como señalaba en un análisis Yolanda Quintana, faltan datos relevantes sobre la supuesta intervención “de hackers rusos” en Cataluña. “Y estas pruebas no parece que vayan a lograrse, al menos en lo que se refiere a una acción combinada con ciberataques para robar información o comprometer equipos, que no se ha dado en España según los datos del CNI”.

Algo similar argumentaba Carlos del Castillo cuando escribía “que la unidad de la Unión Europea encargada de analizar la propaganda rusa no ha detectado ningún caso de injerencia en el tema catalán, como asegura el Gobierno”. “Un enemigo en forma de simulación”, añadía apelando a la famosa tesis de Baudrillard, donde el sociólogo explicaba que hemos entrado en una lógica de la simulación que no tiene nada que ver con la lógica de los hechos.

En segundo lugar, la campaña de los bots rusos nos dice mucho de la industria de las ideas que ha emergido durante las últimas décadas con el fin de sostener la hegemonía cultural de las élites nacionales y globales. Los think tanks proveen a los medios de cualquier clase de argumentos para reflejar una determinada visión de la realidad, y ambos se retroalimentan para que esta coincida con la del dinero privado que los financia. De esta forma no extraña que las pruebas sobre las que se asienta la información de El País, como señalaba Pablo Elorduy, “son las que ha aportado el propio El País, envueltas para su consumo académico por Mira Milosevich Juaristi, investigadora del Real Instituto Elcano, autora de un informe cuyas principales pruebas son los artículos de dicho periódico”.

Y añadía Marta Peirano, con un análisis más cercano al tercer punto sobre el que ahora hablaremos, que lo más sólido que tenía este periódico son “los informes de think tanks conservadores como los del Lab del Atlantic Council, cuyo presidente europeo para Latinoamérica es José María Aznar”. Todo esto refleja que quizá lo peligroso para la democracia no sea que un par de bots puedan ejercer alguna influencia en la red, sino la absoluta privatización de aquella esfera pública teorizada por Jürgen Habermas. Digamos que el sistema a través del cual desarrollamos nuestro pensamiento ha sido pervertido y corrompido por tecnocrátas con el único fin de propulsar el relato del establishment, dando lugar a sucesos tan rocambolescos como la campaña de El País.

Ahora bien, para entender la tercera de las implicaciones hemos de recurrir a un artículo premonitorio publicado en enero por el escritor bielorruso Evgeny Morozov: “El pánico moral en torno a las noticias falsas esconde la negativa a reconocer que esta crisis ha convertido al Kremlin, en lugar del modelo comercial insostenible del capitalismo digital, en el chivo expiatorio favorito de todos”. A todo ello, por cierto, también contribuye la industria editorial dando difusión a pseudo-teorías como la que Luke Hardian despliega en Conspiración. Porque, como dice Morozov, el problema para la democracia “no son las noticias falsas, sino la velocidad y la facilidad de su diseminación, y existe principalmente porque el capitalismo digital de hoy en día hace extremadamente rentable –mira a Google y Facebook– producir y hacer circular narrativas falsas pero que valgan la pena”.

En este sentido, El País no solo ha escogido eludir todas estas problemáticas (fundamentales para la suerte de un supuesto proyecto ilustrado donde la democracia liberal se asienta sobre un debate público donde la razón prima a cualquier otra consideración), sino que se aprovecha de todas sus deficiencias para atacar a un enemigo político del Gobierno español. La utopía ilustrada está siendo desmantelada por herejes que se dicen sus defensores.

El poder de la violencia simbólica

Lo que nos lleva precisamente a analizar este suceso, de carácter a primera vista nacional, prestando atención al contexto del capitalismo global. En este sentido, las deducciones que Dan Schiller presentó en un trabajo de 1984 (casualmente la fecha con la que tituló Orwell su famoso libro) resultan reveladoras: “En un lapso de aproximadamente 30 años, el capital transformó la estructura de las noticias en un proceso que naturalizó el razonamiento neoliberal en la configuración de la cobertura informativa”. Schiller resaltaba tres conclusiones en su estudio: que los actores institucionales (periodistas y editores, legisladores gubernamentales y ejecutivos corporativos, profesionales de marketing y publicidad…) dominan este proceso, explotando los estándares periodísticos existentes para redefinir los parámetros de lo que es legítimo en una economía desregulada mediante noticias presentadas como información; que la progresiva asimilación de esta práctica era causa directa de la redistribución de los recursos económicos, ya que el capital de la industria canalizaba sus inversiones hacia las empresas de noticias de escala transnacional y que la mayoría de historias que aparecían en los medios integrados globalmente ejercieron una poderosa violencia simbólica, normalizando y despolitizando lo que no hace mucho se entendía como teorías económicas marginales.

De esta forma, si la historia de la prensa se encuentra directamente relacionada con la historia del desarrollo de las estructuras políticas y fundamentalmente económicas, hemos de comprender la dimensión a escala global del capital para entender la independencia de la que goza el periodismo y escrutar si cumple su verdadero rol de garante de la democracia. Y ateniéndonos al contexto que señalaban autores como Schiller y Morozov parece que no es el caso.

Nos encontramos ante el desarrollo de un capitalismo digital en el que Silicon Valley trata de renovar el ideal del capitalismo financiarizado de Wall Street. Digamos que la publicidad ya no supone un negocio tan relevante para las corporaciones digitales como el manejo de nuestros datos. Cada vez más, la economía produce otro tipo de bienes, basados en el conocimiento: los servicios. Así es que las empresas de Silicon Valley se encuentren en el proceso de extraer, compilar y analizar nuestros datos mediante sus sistemas de inteligencia artificial con el fin de ofrecer buena parte de los servicios futuros. Con respecto a El País, no estamos ante un periódico que coloque al poder tecnológico ante un espejo para retratar unas intenciones que cada vez son menos democráticas, sino ante el gran embajador de la llegada de la ideología californiana en España.

Los nuevos revolucionarios corporativos

“Toda revolución tiene un líder. La digital no es excepción”. Así, en un intento por superar a los líderes revolucionarios del pasado siglo, se presentaba en la web de El País Retina el encuentro para los Líderes de la Transformación Digital con el fin de “definir el futuro digital”. O en otras palabras: avanzar la agenda de un par de corporaciones en un mercado que ya es digital. Así es que el 28 de noviembre dicho periódico acogió un acontecimiento financiado por Telefónica y el Santander, ambos accionistas de PRISA (la empresa editora de El País), y de Google, compañía que en 2016 acordó otorgar a varios medios de PRISA parte de los 150 millones de euros en tres años que la empresa destina a iniciativas que “mejoren el periodismo digital”. Pareciera como si las empresas tecnológicas norteamericanas hubieran firmado un acuerdo tácito de convivencia pacífica con las grandes empresas españolas para extraer datos de nuevos nichos.

O eso se desprendió de un evento en el que participó la directora general de Google España y Portugal, el director general de Accenture Digital para Iberia o la fundadora y CEO de Synergic Partners en Telefónica, la cual tiene la intención de “deconstruir la Transformación Digital”. También se encontraban entre los presentes de un evento, cuya entrada de día costaba 750 euros, el director para el sur de Europa de Tesla, el CEO de car2go, el CEO de Telefónica de I+D, el líder en Europa de Google así como los exministros Jordi Sevilla (quien escribió recientemente en Twitter que dejaría de leer El País) y Josep Piqué. Varios periodistas estrella del Grupo Prisa formaban parte del espectáculo.

Digamos que Retina parece una start up que genera, bajo la marca de El País, contenido que bien pudiera aparecer en las notas de prensa de cualquiera de las empresas del nuevo mercado digital. Por ejemplo, Google financia una sección llamada “Think with Google”, donde se pueden leer cosas como “Vender aún más en Black Friday es posible”o “La sanidad privada empieza en la web”. Dicho de otra forma: El País se ha convertido en un periódico cuyo fin es publicitar una empresa que tiene casi el monopolio de los datos de buena parte del mundo; hacer tolerable que la organización del conocimiento del mundo se concentre en una empresa.

Y no es el único ejemplo de cómo la publicidad ha difuminado cualquier rastro de periodismo. Recientemente, OpenMind (la rama de “conocimiento” del BBVA) presentó con la sección de Ciencia de El País un evento donde diversos expertos se reunían para discutir sobre robótica, inteligencia artificial, biología y el futuro del mundo en 2050. Quienes antaño denunciaban que el marketing y la realidad se pudieran entremezclar alterando la esencia del periodismo se han convertido en especialistas en marketing. Son como empresas de comunicación que subordinan la idea del periodismo, o lo que queda de ella tras una crisis sin precedentes, a la ideología californiana.

Noam Chomsky y Edward S. Herman criticaron en 1988 que la industria de las relaciones públicas trataba de crear un consentimiento hacia la racionalidad del mercado a través de la propaganda (hoy llamada fake news para desacreditar precisamente la propaganda enemiga). Veinte años después nos encontramos ante une escenario bastante distinto: la plataformas digitales, junto con periodistas u otros miembros del nuevo establishment, se reúnen en foros como este, no para promover el consentimiento, sino para establecer un consenso sobre el futuro de un capitalismo al que no le queda otra forma de seguir avanzando que penetrar en parcelas cada vez mayores de la vida digital de los ciudadanos. Sean los grandes bancos, las  empresas de telecomunicaciones, las tecnológicas o una fusión de las tres, lo cierto es que se está estableciendo un modelo de negocio del futuro basado en hacerse con el control de nuestra propiedad privada, traducida en nuestros datos, para ofrecernos después pagar por aquellos servicios de los que hoy disfrutamos de forma gratuita, y por otros nuevos que están por llegar.

El País, el hijo terrible de la edad (pos)moderna

Las nocivas dinámicas del capitalismo digital han creado una especie de ecosistema digital hipercompetitivo donde los medios tienen que pelearse por la atención de los usuarios al tiempo que dos plataformas se hacen con buena parte de los ingresos de publicidad digital que antes iban a parar a sus arcas. Por eso, tanto en el sector mediático norteamericano, el grupo comercial News Media Alliance (compuesto por la News Corp de Rupert Murodch, el New York Times o The Economist) ha tratado de lograr una exención antimonopolio del Congreso para negociar la publicidad en Internet en igualdad de condiciones en conjunto con las plataformas tecnológicas, como en el alemán de mano del editor del Bild Alex Springer, las empresas de medios han plantado cara a Silicon Valley con el fin de lograr un trozo mayor de la tarta de ambas empresas y mantener algo de soberanía en su negocio. Como dijo en una ocasión Andrew Ross Sorkin, columnista del Times: “Facebook y Google son propietarios que tratan a los grupos de periódicos como inquilinos. Y las rentas se están incrementando”.

En esta especie de nuevo feudalismo digital, El País parece adelantarse al resto del entorno para convertirse en una especie de nueva nobleza. Todo ello, por supuesto, a un grave costo: el valor (credibilidad) que tiene la marca de un medio de comunicación es explotado por dos empresas de Silicon Valley para presentar como racional ante la opinión pública sus planes de futuro privatizado. De esta forma se está creando una nueva esfera cooptada por el poder corporativo que afecta a la capacidad de los ciudadanos para pensar libremente. Así se entiende mejor lo que las élites han denominado cínicamente como posverdad. La posverdad es en realidad un estado cada vez más próximo al nihilismo en el que se encuentra la opinión pública. Se trata de un momento de tránsito que va desde un sistema de conocimiento basado en que la propaganda corporativa canalice las experiencias humanas hacia el mercado hasta otro con un fin similar, pero asentado sobre la personalización individual del contenido mediante herramientas de machine learning o la inteligencia artificial. El nuevo objetivo de estas herramientas es organizar el consumo del individuo hacia servicios que monopolizan dos empresas adelantándose incluso al deseo del consumidor.

En lo que respecta al periodismo, parece que la forma que tienen los empresarios periodísticos de tomar ventaja en este entorno es abocarse al poder de las empresas privadas pauperizando la profesión hasta cotas nunca antes vistas. Estamos ante un proceso de destrucción creativa schumpeteriana de un modelo periodístico en detrimento de otro, basado en crear una especie de imprenta global en la que los medios de comunicación comienzan a operar bajo una reglas espacio-temporales marcadas por la inmediatez y el exceso de información. Ha desaparecido cualquier reflexión política reposada en unos lectores convertidos en meras mercancías, como también ha desaparecido el papel de guardianes de información de los medios de comunicación. Cuando el mercado controla cada reducto de información, la labor del periodismo es poco más que ejercer de agencias de publicidad que promocionan la intromisión del capital privado en todas las esferas de nuestra vida.

Pareciera como si no existiera nada más allá de este capitalismo ilimitado de dimisiones totalizadoras. Como si fuera una ley natural la asunción de este nuevo rol del periodismo en una sociedad controlada por un par de empresas digitales que dominan la esfera pública en toda su complejidad. Ocurre que al aceptar esta lógica se impone la idea que ha desaparecido cualquier atisbo de vanguardia intelectual, puesto que inmersos en las dinámicas del mercado global ya no hay ningún enemigo al que vencer. En este tiempo, la tarea dialéctica de los medios debiera alejarse mucho de la conducta elegida por El País. Ello supondría la modesta hazaña de hacer periodismo, abrirse paso a machetazos a través de las mecánicas que tratan de establecer los nuevos amos del sistema y transmitir a la opinión pública la dimensión de la época en la que vivimos con una fuerza tal que su sentido pueda ser modificado.

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