You are here

Cuerpo femenino, cuerpo enfermo

'Cuerpo flexible'. Foto: DarkDay.

Amparo Ariño Verdú es socia cooperativista de La Marea.

En uno de los contundentes y valientes artículos a los que nos tiene acostumbradas, Cristina Fallarás se atreve a mantener una postura que puede escandalizar a muchos: señala cómo la cinta rosa del “día del cáncer de mama” contribuye a estigmatizar una vez más la corporeidad femenina.

Es evidente que todos los esfuerzos y todos los recursos que se dediquen a una investigación conducente a la cura, prevención y detección de una enfermedad potencialmente grave, incluso mortal, son pocos. Como lo es también cuanto se haga por la educación de toda la población en la prevención y detección de todas las patologías, y concretamente de cualquier tipo de cáncer, ya que hablamos ahora de esta enfermedad. Pero no es menos cierto que el estigma de ser un cuerpo enfermo, defectuoso, pesa sobre la imagen de la mujer desde hace siglos o, más exactamente, milenios. Y eso va a favor de la misoginia.

Desde la filosofía platónico-aristotélica, y su deriva en el monoteísmo de las tres religiones “del libro” (judaísmo, cristianismo e islam), la mujer es la materia defectuosa de la que se conforma al ser humano, es la causa de la caída en la culpa de toda la humanidad, su cuerpo es la tentación permanente que causa el pecado y la perdición del varón.

Prejuicios, supersticiones, creencias religiosas, y hasta corrientes de pensamiento, han considerado y consideran que la mujer es un ser “inferior”, inferior al hombre, se entiende. En lo concerniente a su corporeidad, el cuerpo de la mujer encarna lo débil, lo sucio, lo peligroso. Es esencialmente “defectuoso”. Es como si se afirmara que la mujer padece de inferioridad fisiológica respecto al varón por el hecho de ser mujer. No diferencia, subrayo, sino inferioridad.

Basándose en este prejuicio,y reforzándolo a su vez, se transmite, en la visualización de lo femenino en los medios el mensaje de que el cuerpo de la mujer es un cuerpo enfermo, tendente a la enfermedad y a los “desarreglos”, en cualquier caso. Incluso cierta publicidad pone de manifiesto una concepción peyorativa de la salud y la corporeidad de la mujer. Es destacable que las enfermedades “vergonzantes”, ligadas a la digestión y a la excreción, se presentan en la publicidad como exclusivamente propias de mujeres. Las campañas publicitarias sobre medicamentos contra la flatulencia, el estreñimiento, las hemorroides… Las protagonizan mayoritariamente mujeres. Y qué decir sobre la incontinencia urinaria, pese a que en los expositores de cualquier supermercado están a disposición del público los pañales diseñados para su uso por varones, todavía está lejos de publicitarse su existencia. Hasta el olor corporal de las mujeres y el de los hombres se valora con un lenguaje visual muy distinto: las mujeres desprenden olores desagradables, vinculados a la enfermedad, a fallos de salud, a lo repulsivo, en suma, que hay que disimular, o mejor, eliminar. Los hombres, en cambio, si usan desodorante solo estarán potenciando su atractivo sexual. No se cuestiona su olor corporal puesto que, en su caso, se considera el sudor como fruto del esfuerzo, y el esfuerzo como un atributo propio de la masculinidad.

También la menstruación ha sido secularmente entendida, y en cierto modo lo sigue siendo, como enfermedad repulsiva y maldita -‘the curse’, para los ingleses- que las mujeres deben ocultar como algo vergonzoso. Especialmente impuras y peligrosas son las mujeres en esos días según el judaísmo y el islamismo.

El cuerpo de la mujer se nos muestra también como defectuoso en el funcionamiento de su sexualidad. La genitalidad femenina parece afectada, en exclusiva, por molestias y problemas. Y así se publicita: las mujeres no lubrican, tienen picores “ahí”, necesitan la ayuda de una crema vaginal para no dejar  “sorprender” al marido. En cambio, los hombres no parecen tener ningún problema en su funcionamiento sexual. Y si los tienen, estos no aparecen en los medios: la Viagra no se anuncia con una publicidad visible, sino mediante spam en Internet, lo mismo que el supuesto alargamiento de pene, por señalar sólo dos ejemplos.

Esta vinculación del cuerpo de las mujeres, por el hecho de serlo, con lo defectuoso, con la enfermedad, es uno de los muchos micromachismos que impregnan el espacio público, y como tal es necesario denunciarlo. Es necesario recordar una vez más, y nunca será suficiente, que los micromachismos alimentan y sostienen una concepción peyorativa de la mujer. Y conllevan un desprecio esencial, ontológico hacia ella, es decir: a la mujer se la desprecia y se la minusvalora por su “ser de mujer”. Ese es el desprecio y la inferioridad ontológica que están en la base de la misoginia legitimando la violencia contra las mujeres.

Más en lamarea.com

Read More

Marta Sanz: “Pasamos de culparnos por el erotismo a una fetichización opresiva”

Esta entrevista a Marta Sanz está incluida en #LaMarea44.

¿Cómo fue tu primera toma de contacto con la sexualidad? “En mi casa, sola. Por supuesto, no se lo dije a nadie. Sí que lo recuerdo como algo muy placentero, pero secreto y desconocido”, confiesa Alicia, actriz, 48 años. “Viví una época en la que el sexo era un tabú. Sólo escuchaba de mi madre ‘Ten cuidado’ y nunca supe descifrar aquello”, recuerda Isabel (47). “En la España de mis padres y mis abuelos se vivió un estado de terror para las mujeres”, sostiene Cristina, también de 48. Regina tiene 51 años y admite que su aproximación a las relaciones sexuales no ha variado mucho desde su adolescencia. “Quizás con la edad me he vuelto más frívola. Busco cariño, diversión”, añade. Estas cuatro voces son algunas de las protagonistas reales de Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara, Planeta). Entre el ensayo, la memoria personal y el reportaje, la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) traza un revelador autorretrato generacional en torno a los prejuicios y tabúes que rodean los usos amorosos del postfranquismo y la democracia. “Cuando hablamos de sexualidad femenina parece que nos referimos siempre a encuentros eróticos espectaculares, y para nada es eso. La construcción de la sexualidad femenina tiene que ver con la conciencia del cuerpo”, reflexiona.

¿Qué le han enseñado las mujeres que relatan sus experiencias y recuerdos en el libro?

Muchas cosas. Una de ellas es que durante muchos años, las mujeres que nos definíamos como feministas nos hemos empeñado en corregir los mitos, para nosotros castradores, de eso que se llama el petrarquismo bubónico. Y en ese intento a veces se ha producido un fenómeno de ultracorrección: hemos impostado una fortaleza que nos ha hecho daño porque nos ha apartado de la condición humana. Por buscar un discurso emancipatorio, enarbolamos banderas que nos pasan factura.

Así que la igualdad todavía no existe.

Me he dado cuenta de que las mujeres hemos pasado de la culpabilización por el propio cuerpo y por el deseo erótico y su asociación con la suciedad, la vergüenza, la culpa –que era lo que nos inoculaba la moral nacionalcatólica–, a una especie de fetichización extrema y terrible que también es opresiva, y que tiene que ver con el rodillo del neoliberalismo. Entre esos dos polos represivos, se trata de reencontrar un espacio donde ser felices.

En esa fetichización de la que habla juegan un papel importante las nuevas tecnologías. ¿Dónde se sitúa la mujer en esta sociedad ciborg?

Yo soy hija de la sociedad analógica y creo que lo táctil, el compartir un espacio real, no un espacio virtual, te compromete de una manera muchísimo más intensa. Y eso se nota en el espacio de la política, en las relaciones afectivas e incluso en los procesos educativos. Esa sensación de debilidad en la que prima lo superficial, lo efímero y lo intrascendente nos va a permitir hacer muy pocas transformaciones de las cosas que de verdad importan. Estoy convencida de que en la nueva sociedad digital, nuestro rol como mujeres, y el de los seres humanos en general, va a ser diferente. Nuestros valores, nuestra manera de sentir el amor, nuestro concepto de familia… todo eso va a cambiar, no sé si a mejor o a peor. En el discurso de las nuevas tecnologías se juega a fomentar una horizontalidad de todos los discursos en todos los ámbitos que a mí me parece falsa y que puede ser muy destructiva. Se fomenta una especie de hiperactividad en la que tenemos que estar siempre activos y conectados, y eso neutraliza mucho nuestra capacidad de escucha e incluso se desprestigia el valor del conocimiento, porque limitamos nuestras posibilidades de desarrollar nuestra conciencia crítica.

¿Cómo fue la educación sentimental en la Transición?

La recuerdo como una superposición de discursos muy contradictorios. Un ejemplo es lo que pasó con el destape en España, que tuvo una cosa muy buena y otra nefasta. Lo positivo fue que aquellas tachaduras que había sobre el cuerpo de las mujeres desaparecieron. La mujer podía gozar de su propio cuerpo sin sentirse culpable. Pero a la vez fue el primer paso hacia una mercantilización y un culto al cuerpo exagerado. Lo peor de todo es que muchas veces las mujeres asumimos como propia una expectativa sobre lo que debe ser nuestro cuerpo que es masculina. Interiorizamos esa expectativa masculina, fruto de siglos de patriarcado, pensamos que es una cosa nuestra y nos infligimos unos daños aterradores.

¿Qué supone esa mercantilización para las mujeres?

Repercute directamente en la violencia. El hecho de que un hombre maltrate a una mujer tiene que ver con el hecho de que se siente vulnerable. A su vez, hay mujeres que aún piensan que su único capital en la vida es su cuerpo. Esa idea está muy instalada en generaciones de mujeres muy jóvenes, y es algo que me parece terrible. En los últimos tiempos hemos experimentado un retroceso que tiene que ver con la crisis económica: se reproducen ideas muy conservadoras que afectan a las libertades civiles y que hacen que rebote el fascismo, la xenofobia y un machismo asumido por las propias mujeres.

Es lo que ha ocurrido con Donald Trump en EEUU. Obtuvo un porcentaje altísimo de voto femenino.

Así es. El problema que tenemos con el feminismo es que siempre se arrincona cuando se considera que hay cuestiones más importantes. Uno de los grandes dramas del discurso feminista en España es que se hizo una dejación de funciones tremenda después de la Transición. Y los obstáculos se ha demostrado que siguen ahí. Las mujeres nos precarizamos antes que nadie.


«La izquierda en España está destrozada»

Sanz se sincera al analizar la situación política española. “La derecha es compacta, acrítica, nunca experimenta mala conciencia, tiene un discurso inmoral que se basa en decir que el que no roba es porque es tonto. La derecha siempre crecerá, mientras que la izquierda, bajo una falsa máscara de unidad, está cada vez más atomizada y destrozada. Eso me produce tristeza, frustración y desconcierto”.

 

Más en lamarea.com

Read More