You are here

El fortín de los maquis en Els Ports y el Maestrazgo

Mas del Cabanil. Foto: Raúl González Devís

Artículo incluido en el especial Guía de viajes por la memoria, de #LaMarea51. A la venta aquí

Justo en la línea imaginaria que separa Cataluña del País Valenciano se encuentra la carretera que lleva a La Sènia. A pocos kilómetros hacia el interior, el terreno ya se adivina abrupto y salvaje, desde el Parque Natural de la Tinença de Benifassà, en la comarca del Baix Maestrat hasta Els Ports, y los primeros paisajes de la frontera con Aragón. Parecen haber sobrevivido a la huella humana durante siglos. Solo la carretera y algunas masías solitarias atestiguan la presencia de pobladores en este rincón de Castelló.

Las carreteras dejan a un lado un enorme y vasto paisaje de carrascas, conectando pequeñas localidades como Fredes o Castell de Cabres, donde no viven ni 20 habitantes. Hoy en día la zona es visitada por numerosos aficionados al turismo rural, al senderismo y al ciclismo de montaña. Incluso se puede bajar hasta el pantano de Ulldecona a darse un baño o pasear en canoa. Fue precisamente su inaccesibilidad lo que propició que la zona se convirtiera en un fortín para los maquis tras la Guerra Civil.

La orografía fue determinante, así como la complicidad de sus escasos pobladores, que de una manera u otra colaboraron o se unieron a la guerrilla. La importancia de este territorio en la lucha contra el franquismo es relativamente tardía. Empezó a ser fuerte a partir de la segunda mitad de 1946. Debido a la incorporación de cada vez más guerrilleros, se decidió dividir el sector XVII de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) y crear el XXIII, que comprendería Els Ports y el sur de Tarragona, la Tinença de Benifassà y gran parte de El Maestrazgo y del Bajo Aragón.

Las acciones de los maquis eran tanto sabotajes como ataques a la Guardia Civil, atracos a bancos y hasta ocupaciones de pueblos, como las que se produjeron en 1947 en las localidades de Fredes, Catí, Castellfort y Canet lo Roig. La complicidad de los vecinos con la guerrilla provocó una escalada represiva que se saldó con numero esas detenciones, ejecuciones, torturas y humillaciones, como las que sufrió Florencio Plà Meseguer, un joven pastor que nació intersexual (con una anatomía reproductiva o sexual que no parecía encajar en las definiciones típicas de masculino o femenino) y que fue objeto de las burlas de varios agentes de la Guardia Civil en la masía donde trabajaba, en la Pobla de Benifassà, conocida hoy como el Mas de la Pastora, un interesante y emblemático lugar para visitar. Sus simpatías y constantes colaboraciones con los guerrilleros y el reiterado trato degradante que recibía de los agentes motivó su ingreso en el maquis. Conocido como La Pastora, ya había tenido contacto con varios guerrilleros, y es hoy un mito en la zona con una apasionante historia.

La última esperanza antifascista

Otros puntos en la ruta son el Mas del Cabanil, donde se produjo un asalto que provocó la muerte de dos guerrilleros y la detención y posterior consejo de guerra de uno más, y el que fuera campamento maquis en Rafalgarí, sobre la montaña del mismo nombre. Una parada en el Mas de Guimerà, en Portell. Allí, en mayo de 1948, tres guerrilleros murieron y otro fue detenido en un asalto con la Guardia Civil. Entre ellos estaba Ángel Fuertes Antonio, el jefe de la AGLA, que fue asesinado durante la refriega.

La evacuación ordenada por el PCE en 1952 marcó el final de la guerrilla en la zona. Quedarían menos de una treintena de miembros de la AGLA, y casi todos ellos huyeron a Francia a pie. Las historias de los maquis son todavía hoy comentadas por muchos ancianos del lugar, testigos durante aquellos años de cómo sus montañas fueron el escenario de la última esperanza antifascista tras la Guerra Civil.

¿Quieres leer más rutas? Puedes ayudarnos a hacerlas de estas tres formas. Y puedes mandar tu propuesta a redaccion@lamarea.com

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Un viaje por las rutas de la memoria: la historia que nunca te han contado

Este artículo de las rutas de la memoria está incluido en #LaMarea51, que puedes descargar por 1,90 euros o 4,50 en papel. Puedes suscribirte a nuestra revista con esta opción republicana

Jimena de la Frontera, en la sierra gaditana. Un grupo de senderistas entra en una casa con paredes encaladas. Algunos saben lo que van a ver. Otros no. “Quienes conocen algo de la historia de La Sauceda y el Marrufo salen admirados por todo lo que allí encuentran, por lo bien que se explica lo sucedido y por los objetos personales recuperados junto a los 28 cadáveres que rescatamos y que se exponen en dos vitrinas”, explica el presidente del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Andrés Rebolledo, impulsor de La Casa de la Memoria, un espacio público para la difusión, la divulgación, la investigación y el estudio de la memoria histórica.

Esas 28 personas –una de ellas su abuelo– fueron  asesinadas por las tropas franquistas en el cortijo del Marrufo, un campo de concentración en el que permanecieron encerrados los supervivientes del bombardeo y la invasión franquista de La Sauceda. “Y quienes ignoran lo que allí ocurrió –prosigue Rebolledo– o tienen una visión influida por el discurso dominante sobre la guerra se van con una sensación de que han descubierto una historia que nunca nadie les ha contado, se van un poco asombrados por la dimensión y la  enorme crueldad del genocidio que los fascistas cometieron. Muchos se van con la sensación de que algo les ha cambiado en su mente, y eso, creo, es algo muy importante”.

El Museo del Holocausto en Jerusalén. El campo de concentración de Auschwitz. El Memorial de los Juicios de Núremberg y el Museo de los Judíos en Berlín… ¿Cuántos lugares oficiales hay en España para recordar la represión franquista? La referencia internacional es, paradójicamente, el Valle de los Caídos. En la última edición de Fitur, la Ruta de Blas Infante, promovida por la cooperativa Atrapasueños, contó con el respaldo de la Junta de Andalucía. De carácter turístico-cultural, recorre los lugares que habitó el padre de la patria andaluza, asesinado en 1936.

Pero no es habitual que las administraciones públicas impulsen museos, recorridos o memoriales dedicados a las víctimas del franquismo. Y, lógicamente, no es habitual porque en este país la apología del franquismo sigue sin ser delito, la Fundación Francisco Franco recibe subvenciones públicas y todavía hay más de 100.000 personas desaparecidas a las que el Estado ningunea. “Porque, como dicen mucho aquí, el dictador murió en una cama y no es fácil recuperar lo que muchos tildan de una guerra perdida. Habría que hacer una reconstrucción histórica de los hechos”, afirma la periodista María Serrano, que acaba de publicar un libro sobre los lugares de la memoria en Andalucía, una figura creada por la Junta para proteger los escenarios de la guerra y la dictadura.

“El turismo de la memoria no es un concepto bien visto ni para las administraciones ni para muchas asociaciones que lo toman solo como una actividad de lucro. Sin embargo, creo que es muy importante que se puedan visitar esos espacios para difundir esa parte de la historia que está olvidada y que no es conocida por muchos sectores de la población. Si esto se queda en círculos cerrados deja de tener sentido”, añade Serrano, autora también de un documental sobre los campos de concentración en Sevilla. Muy pocos saben, pone como ejemplo, lo que fue Casa Cornelio, una taberna anarquista de la capital andaluza donde se edificó la actual basílica de la Macarena –donde sigue enterrado Queipo de Llano–: “Es triste que nadie sepa lo que hubo allí. Su nieto está reivindicando la memoria de ese lugar”. O lo que sucedió en los alrededores de la antigua plaza de toros de Cádiz, uno de los mataderos de la ciudad tras su ocupación por los golpistas en julio de 1936. Desde el día 31 de ese mes hasta el 10 de enero de 1937 fueron encontrados 185 cadáveres, según expone el grupo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (de CGT-A) en una propuesta a la Junta para catalogarlo como lugar de memoria.

El Marrufo y La Sauceda forman parte ya de esa lista oficial. Los creadores de La Casa de la Memoria han recibido apoyo económico de la Diputación de Cádiz, el Gobierno de Gibraltar y los ayuntamientos de Castellar de la Frontera, Casares y Jimena. La Dirección General de Memoria Democrática de la Junta también les ha otorgado una subvención para ordenar y catalogar todo el material del archivo. En la casa hay una exposición permanente que cuenta aquella barbarie  y cómo fue la represión franquista en todo el Campo de Gibraltar, una biblioteca con más de 2.200 libros, un salón de actos y un archivo histórico.

“Jimena es un pueblo muy bonito y con muchos atractivos naturales y culturales. La Casa de la Memoria viene a completar ese patrimonio. Hemos colaborado ya en dos iniciativas organizadas por una asociación de defensa del patrimonio llamada Tanit que, con el ayuntamiento, organiza actividades en las que participan cientos de personas, muchas llegadas desde otros puntos de la provincia. Quiere esto decir que, modestamente, contribuimos a hacer más atractiva y variada la oferta que Jimena ofrece al llamado turismo cultural”, sostiene Rebollo. Algunas visitas han reunido en la casa más de cien personas. En su inauguración, el pasado noviembre, hubo unas 300.

Historia por conocer

La otra punta de España. Ferrol (A Coruña). “Hacia el año 1589, por iniciativa de Felipe II, empezaba a construirse el primer ‘castillo’, que se llamó de San Felipe en honor al Santo Patrón del Rey. Todavía se conserva parte de esta obra primitiva, integrada en la construcción del siglo XVIII, ya reformada”, describe el folleto turístico de la página web del Ayuntamiento, donde aún no se informa de otra parte de su historia. “Tenemos identificados varios sitios donde se fusiló a gente y uno de ellos es el castillo de San Felipe, a la entrada de la ría de Ferrol”, cuenta Enrique Barrera, de la Asociación Cultural Memoria Histórica Democrática.

El colectivo, que trabaja en el norte de A Coruña, pretende ubicar dentro de la fortaleza un memorial para dar visibilidad a esta otra historia y que, de manera didáctica, pueda servir para explicar a los visitantes dónde vivían los presos, cómo vivían, dónde los fusilaban, etc. “Sería una especie de museo pensado para visitas no solo de gente que va a ver el castillo porque es muy bonito, sino también para estudiantes. El Ayuntamiento nos ha dicho que sí va a colaborar”, explica. Según el consistorio, el castillo recibió 33.000 visitantes en 2015, el lugar del Concello y de Patrimonio Histórico más visitado.

En la Semana Santa de 2016, la asociación ya organizó unas rutas con grupos de 25 personas: “Tuvieron mucho éxito. La gente se apuntaba. Y la mayoría reaccionaba con sorpresa porque no imaginaba que en un sitio tan bonito hubiera habido gente presa”, continúa Barrera. Allí, Amada García, por ejemplo, fue encarcelada embarazada y fusilada cuando dio a luz.  Fue una de las historias que causó más impacto. “Solo en las tres comarcas en las que trabajamos tenemos 900 fusilados pero mucha gente se ha quedado con el recuerdo de la última parte de la dictadura, que aunque sigue siendo dictadura no se fusilaba a mansalva como al principio. A eso se suma el intento que hay por ocultar la historia”, denuncia Barrera.

El este. La Jonquera (Girona). El Museo del Exilio (MUME), inaugurado en 2007, es el primer equipamiento de estas características dedicado a preservar la memoria y el legado del exilio republicano. Ubicado en el paso fronterizo por donde huyeron la mayor parte de los refugiados, se define como un espacio para la memoria, la historia y la reflexión crítica. “Y tiene una importante función pedagógica”, destaca su director, Jordi Font. “Responde –añade– a una necesidad en Cataluña y en España en general: una demanda de memoria de los que fueron vencidos, una especie de contramemoria a la memoria oficial que impuso el franquismo”.

Desde el museo, que partió de una iniciativa municipal a finales de los 90, se organizan también rutas a los lugares de memoria del exilio, bien a pie bien en autobús. El público se divide en adultos, en la mayoría de los casos con algún vínculo afectivo, y estudiantes de ESO y Bachillerato. “Es una oferta de turismo de memoria que propone el enriquecimiento cívico, cultural y la concienciación crítica, y la ayuda institucional ayuda a normalizar todo esto”, concluye Font. En el portal de viajes TripAdvisor dejaron este comentario: “En algunos momentos ponen la piel de gallina los testimonios tan crudos de los supervivientes en los campos de concentración. Me encantó la visita aunque salí cabreado de la injusticia que nos tragamos día a día, ya que algunos de los que orquestaron todo aquello tienen a sus nietos en el Gobierno de España”.

Queremos hacer más rutas de la memoria. Pero, ¿sabes cuánto nos cuesta este trabajo? ¡Necesitamos tu ayuda!

Más en lamarea.com

Read More

El amor a un padre que amó la justicia, la libertad y la República

Ascensión Mendieta. F.S.

OLIVIA CARBALLAR // La familia de María Ibarra era de derechas. La familia de Timoteo Mendieta, de izquierdas. Ambos se casaron y la madre de María nunca más volvió a hablar a su hija. Estaban enamorados hasta el tuétano. Tuvieron tres hijas: Pepa, la mayor; Ascensión, la segunda y Paz, la tercera. Una cuarta, María, murió a los diez meses. También tuvieron cuatro hijos varones. La guerra, el hambre, la dictadura apretaban. Timoteo amaba a su mujer, a sus hijos, a la libertad y a la justicia. Y su amor por la República lo llevó a la muerte. Miembro de UGT, fue detenido y asesinado el 16 de noviembre de 1939. María le guardó luto hasta su muerte, en 1988. Nunca más volvió a reír, ni siquiera cuando el tío Paco, el marido de Paz, a la que le pusieron el nombre a conciencia, le cantaba en broma: “Tres, eran tres las hijas de Elena / Tres, eran tres y ninguna era buena”. María se ponía de los nervios y todos los demás se partían de la risa. Ella no, nunca. Fue como si hubieran muerto juntos.

Cuando detuvieron a Timoteo, María se trasladó con sus siete hijos a vivir con su suegra a una habitación del puente de Vallecas, en Madrid. El pequeño dormía encima de la tapa de un baúl. Su madre nunca la ayudó. Fue su suegra, la madre de Timoteo, ese hombre de izquierdas que amaba amar, quien la trató como si fuera una hija. Timoteo le hizo prometer que nunca llevaría a sus hijas e hijos a verlo a la cárcel. Lo único que le pidió es lo que le dieron a ella cuando Timoteo ya no estaba: la foto con todos ellos en una latita. Hoy esa foto la guarda Ascensión, que tenía 12 años cuando mataron a su padre, que tiene 91 cuando al fin ha logrado enterrar sus restos, hallados en una fosa del cementerio de Guadalajara.

[caption id="attachment_3209" align="alignright" width="331"] Timoteo Mendieta.[/caption]

Después de la primera búsqueda fallida, a petición de la jueza argentina que investiga los crímenes del franquismo, Ascensión suspiró y dijo: “Qué le vamos a hacer, lo hemos intentado”. A los diez minutos, hablando como con ella misma pero en voz alta, añadió algo que nunca antes había pronunciado: “Fui yo la que les abrió la puerta cuando lo vinieron a detener”. Fue la expresión del pesado sufrimiento con el que ha cargado toda su vida. Ascensión y sus hermanas sintieron devoción por su padre, que nunca empezaba a comer sin haber repartido la comida a sus hijos. Uno de aquellos días de calamidades murió una niña en una familia donde no tenían ni para una caja de madera. Timoteo mandó a varios compañeros a su casa para que recogieran la bancada de la entrada y, con ella, construir la caja en la que introdujeron el cuerpo para ser enterrado con dignidad.

Sufría cada vez que veía a las niñas cargando cántaros de agua de la fuente para los ricos por un cachito de pan. Él prefería que sus hijos pasaran hambre antes de enfrentarse a aquella escena infame. “Mis hijas no van a trabajar para nadie”, decía. Ascensión, que se hizo sastra, cuenta que su deseo era ponerles una panadería. Quién no lo podía querer. Quién pudo matarlo. Era solidario, justo y llevó su amor hasta sus últimas consecuencias. “Sin haberlo conocido, yo quiero muchísimo a mi abuelo. Y mira que yo quería a mi padre, pero como mi madre ha querido al suyo… eso es imposible”, cuenta Chon Vargas Mendieta, cuyo testimonio ha permitido construir este relato. “Mi abuelo Timoteo fue un virtuoso del amor”, concluye.

Artículo publicado en #LaMarea50, a la venta aquí. Actualizado el 2 de julio de 2017.

Más en lamarea.com

Read More

De las prisiones para homosexuales a las prisiones para mujeres

Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Foto: TURISMO DE BADAJOZ

Artículo incluido en el dossier dedicado a las Rutas de la memoria, publicado en #LaMarea51. a A la venta en nuestra tienda online por 1,90 euros o en kioskos por 4,50 euros.

La Modelo de Barcelona, la de Valencia y Carabanchel en Madrid habilitaron módulos para presos homosexuales, represaliados en aplicación de las leyes de Vagos y Maleantes y Peligrosidad Social. Pero no fue suficiente. La dictadura franquista habilitó dos cárceles específicas para estas personas. Una en Badajoz para “pasivos”, y otra en Huelva para “activos”. El primero acoge hoy el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Y el segundo, protegido como Lugar de Memoria por la Junta de Andalucía, está lleno de basura.

Las condiciones de vida en las cárceles durante el franquismo fueron terribles. El historiador José María García Márquez describe la penuria en la Prisión Provincial de Sevilla, donde murieron 494 presos entre 1936 y 1954. La mayoría de las muertes, 428, se produjo en un solo año como consecuencia del hambre. Otro colectivo represaliado específicamente por el régimen franquista fueron las mujeres.

Durante la Segunda República, la entonces directora de Prisiones, Victoria Kent, cerró la vieja prisión de Málaga por su insalubridad. Sin embargo, y a pesar de esas nefastas condiciones, fue reabierta por los falangistas para encarcelar a las mujeres de los rojos, con quienes experimentó Vallejo-Nájera. “Kent propició el inicio de prisiones de construcción nueva, donde hubiese una reinserción real. Y la prensa local de la época recoge fotografías de ella visitando las obras de la nueva prisión provincial, para unas 500 o 600 personas.

Al entrar las tropas franquistas en la ciudad, esta cárcel se quedó pequeña, se hacinó hasta límites insoportables. Y a las mujeres se las trasladó a la vieja, que se inundaba, que tenía humedades… A ellas se dedicó el sitio más inhóspito”, explica la profesora de la Universidad de Málaga Encarnación Barranquero, investigadora y autora de diversas obras sobre la represión hacia las mujeres. Aquella cárcel es hoy la sede del cuartel de la Policía Municipal de Málaga.

Más en lamarea.com

Read More