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12 kilómetros, 12 minutos, 16 mujeres en un camión

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A Lala Mallofret la conoce todo Zufre. Es la única Lala en este pueblo onubense de 900 habitantes enclavado en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Lala tiene mucha charla, 85 años y alquila casas rurales. “Vamos, que te voy a enseñar la zona”, dice diligente con una sonrisa amplia. Por cuestas empedradas, calle abajo, calle arriba, Lala se para delante de una preciosa casa rural entre fachadas blancas y zócalos de colores. “Esta es la antigua cárcel”, cuenta. Dice que de aquí sacaron a un grupo de mujeres en el otoño del 37 camino del matadero. “Mira, y este es el Ayuntamiento”. En la puerta cuelga un lazo morado y un cartel que avisa que Zufre está incluido en la red de municipios libres de violencia contra las mujeres. Por una callejuela aledaña asoma el campanario de la iglesia con un viejo reloj de números romanos. Suena la campanada de las siete y media, pero son las siete y veinte de la tarde. “A veces funciona y a veces no, a veces va adelantado y a veces va atrasado”, prosigue Lala. Es domingo. El reloj descansa sobre una plaza de cuento, una azotea con vistas al campo y a un pantano de agua azul intenso. Al fondo, la fuente del concejo, sobre una arquitectura gótico-renacentista, arroja agua por una carátula marmórea en forma de cabeza de tritón. Flotan tres naranjas verdes en el viejo abrevadero.

La historia en Zufre, como el reloj, lleva décadas de retraso. Dieciséis mujeres, maniatadas en colleras, reco-rrieron esas mismas calles a modo de paseíllo infame. “Y aquí en esta vieja escuela había otra cárcel. Luego fue una escuela. Hoy es un salón de actos”, señala Lala desde su casa, que hace esquina en la acera de enfrente. En la fachada aún se lee “Escuela de ninas”, con una ñ sin virgulilla. A los pies, en un pilar construido en 1909, el agua resbala con la cadencia de una tarde de verano sobre el musgo verde. “Donde aliviaran yuntas / sed de besanas, / sofocaran mis mulas / calo de parvas / y bebiera la luna / lunita, al alba”, rezan en un azulejo los versos del poeta Manuel Ordóñez Sánchez. Allí –señala Lala– aguardaba un camión para el traslado de las mujeres hasta el cementerio del vecino pueblo de Higuera de la Sierra.   

De ahí se llevaron también, un año antes, a su padre, Antonio Mallofret. “Mari Carmen, me llevan a declarar. Llegando al sitio se descansa”, le dijo a su mujer, que lo vio salir. “Le entregó la cartera y las cosas que llevaba encima. Yo tenía cuatro años”, afirma Lala. Eran cuatro hermanos, el más chico tenía dos, el más grande siete. Su madre perdió el quinto que estaba esperando. Lala no se acuerda de su padre, pero sí de lo que lloraban cada vez que se sentaban a la mesa a almorzar y a cenar. Hoy en el pueblo solo vive ella. Su hermana y sus dos hermanos se fueron a Venezuela. Los varones ya han muerto.

El teléfono suena un par de veces. Una de ellas se corta. Lala ha quedado para tomar café con pasteles en El Kiosco, un bar ubicado en el Paseo de los Alcaldes José Navarro y Andrés Pascual. El primero, republicano, fue fusilado. El segundo fue el jefe local de la Falange. Nuevas generaciones de niños y niñas corretean ajenos a la historia, bajo aquel vestigio franquista, entre los columpios y un tobogán. “Por allí salieron hacia Higuera”, se despide Lala. Poco más de 12 kilómetros separan ambos municipios. Poco más de 12 minutos en coche. La A461, de Santa Olalla a Minas de Riotinto. La N-433 dirección Aracena. Nadie puede saber qué sintieron Teodora, Remedios, Modesta, Josefa, Elena, Bernabela, Dominica, Felipa, Amadora, Mariana, Antonia, Encarnación, Faustina, Amadora, Carlota y Alejandra haciendo ese mismo recorrido en el camión. Tenían entre 39 y 62 años. Con ellas viajaban cinco hombres que fueron también asesinados ese mismo día, el 4 de noviembre de hace 80 años, entre ellos, José Mallofret, juez municipal de Zufre en 1932 y dirigente de Unión Republicana en 1936. Tío de Lala.

“Mucha gente desconocía lo que había pasado, se contó la historia que se contó, se tergiversó. Por eso yo escribí en un blog. Me costó trabajo. Había temor. Hasta entonces, no tengo constancia de que hubiera nada escrito”, explica el hijo de Lala, el periodista Diego Antonio Velázquez. A través de escritos, logró que se retirara el título de alcalde honorario a Franco en 2009 pero no un homenaje a las víctimas. Ahora, el Ayuntamiento, gobernado en minoría por IU, tiene previsto un acto de reconocimiento a estas mujeres, según explica la teniente de alcalde, Rosa Villa, que admite que hay cosas que cuesta mover en pueblos, además, tan pequeños.

En el viejo cementerio

Apenas pasan coches por Higuera, atravesado por la carretera nacional. Una patrulla de la Guardia Civil multa a uno que ha parado junto al Bar Carmona. Unos metros más allá, a la izquierda, el Museo de la Cabalgata, donde se muestra la “espectacularidad con la que el pueblo se engalana cada 5 de enero”. A la derecha, por una cuesta, discurre el camino hacia el viejo cementerio. Según los testimonios recogidos por Diego, les dijeron que bajaran y enfilasen: “Un trayecto muy corto, puede que algunas no supieran a dónde iban, pero otras sí debían saberlo. Los gritos se escuchaban en todo el pueblo. La gente de Higuera estaba aterrorizada. Las fusilaron en la puerta del cementerio”.

La verja, aún con la señal de un impacto de bala, está entreabierta. Tres filas de nichos de arriba abajo. Varias lápidas datan del siglo XIX. “Libre”, se puede leer en algunos de ellos. Al fondo, en una esquina a la izquierda hay un grifo y una carretilla. Nada que indique que bajo ese suelo hay 16 mujeres, cinco hombres y quién sabe cuántos cuerpos más. Según Lala, los arrojaban unos encima de otros, en tandas, con capas de tierra. Podrían estar bajo los nichos. Podrían estar bajo los setos y las flores, en el centro. Nunca se ha buscado en aquel lugar, que hoy conforma las vistas de una residencia de mayores y una casa en obras. Cuenta Santiago González, vecino de Zufre, que el juez de Aracena ante el que tenían que declarar se quedó esperándolas: “Se habla incluso de dos o tres violaciones”. “A ellas no las juzgaron, las sacaron y las mataron. Fue muy escandaloso”, resume el historiador José María García Márquez. Unos días después llegó otro camión de presos a Higuera. “Las autoridades vecinas, escandalizadas por aquella trágica escena, no consintieron nuevos fusilamientos –explica Diego–. El jefe local de Falange, Rafael Girón María, dijo: ‘El que quiera fusilarlos, que lo haga en su pueblo'”.

Zufre-Higuera

Huelva

Estado de conservación:

En el cementerio de Higuera de la Sierra, donde fueron asesinadas las mujeres de Zufre, no hay ninguna señal que indique la fosa a la que supuestamente fueron arrojadas.

 

 


Sevilla-Cádiz-Huelva: un triángulo plagado de rosas

Entierro de las rosas de Guillena.

Son las diez de la mañana. Doblan las campanas en el pueblo sevillano de Gerena, donde fueron fusiladas 17 mujeres inocentes. Salen a la calle con dignidad, una a una, metidas en sus cajitas. Están haciendo el recorrido inverso. Vuelven a su pueblo, Guillena, donde los falangistas las pelaron, las obligaron a tomar aceite de ricino y las pasearon después de llevarlas a misa. Vuelven a pasear por la misma calle Real donde fueron humilladas. Pero esta vez lo hacen sin miedo, animadas por los gritos espontáneos de “¡Viva la República!”. A las once y media llegan al cementerio, repleto de familiares, amigos y vecinos. Habla el niño de ocho años, ahora con 83, que las vio morir como animales. Poemas, palabras, canciones… “Yo he llorado ya todo lo que tenía que llorar”, dice Antonia, hija de Ramona, mientras se limpia los ojos con un pañuelo. Era el 15 de diciembre de 2013. Habían pasado 75 años desde el crimen.

Fue el libro de Pura Sánchez Individuas de dudosa moral el que puso nombres y apellidos a aquella represión específica que sufrieron las mujeres, que empezaron a ser consideradas como víctimas de manera oficial en 2010 con un decreto pionero de la Junta de Andalucía. La primera fosa de mujeres que se abrió en esta comu-nidad autónoma, no obstante, se remonta a 2009. “Un colorido cortejo fúnebre, callado y solemne, armado de claveles rojos, acompañó el paseo de unos 400 metros desde el centro de Grazalema (Cádiz, 2.227 habitantes) hasta el cementerio. Cinco pequeñas cajas rectangulares, cada una de ellas con una cruz tallada en la tapa, en las que descansaban los huesos mezclados de 15 mujeres y un niño, El bizarrito, nieto de La Bizarra”, narró el periodista Raúl Bocanegra en la crónica de aquel día. “Los falangistas –continúa–las montaron en un camión, que se detuvo en el kilómetro 57 de la carretera de Ronda (Málaga). Las hicieron bajar. El bizarrito, el niño, fue obligado a cavar una fosa, cerca de un horno de leña. Los fascistas las matan con saña […] La escena, como una estatua maldita, se mantuvo escondida años”.

Hay otras mujeres que no han sido localizadas a pesar de su búsqueda, como ocurrió en el caso de las 15 rosas del municipio onubense de Puebla de Guzmán. Pedro el Sastre, hijo de una de aquellas mujeres, murió sin encontrarla. La zona donde supuestamente fueron enterradas había sido removida, vaciada y vuelta a llenar con una capa de piedra de pizarra triturada. Un vaciado –dice el informe técnico de la exhumación– que pudo realizarse en 1973 y 1974 para la construcción de nichos nuevos. En Fuentes de Andalucía (Sevilla) otras tantas mujeres fueron secuestradas, humilladas, violadas y asesinadas un 27 de agosto de 1936. La exhumación del pozo en la que supuestamente fueron arrojadas, en la finca de El Aguaucho, situada en la carretera N-IV, ha finalizado días atrás sin éxito. 

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Voces por las calles vacías: de las mujeres del Aguaucho a la actualidad

Hoy comienza la exhumación de la fosa de las mujeres del Aguaucho. En #LaMarea53 incluimos ’12 kilómetros, 12 minutos, 16 mujeres en un camión’, una ruta de la memoria por Zufre-Higuera (Huelva). Puedes adquirir la revista online. Suscripciones anuales desde 22,50 euros

 

Dicen que los asesinos de las mujeres del Aguaucho, todas ellas originarias de Fuentes de Andalucía, un hermoso pueblo situado en la campiña sevillana, daban voces por las calles vacías después de vejarlas, violarlas y asesinarlas vilmente aquella tarde del 27 de agosto de 1936.
Dicen que los asesinos de las mujeres del Aguaucho, una vez saciados de sangre y hombría, se pavonearon por el pueblo, enseñando la ropa interior de algunas de ellas como muestra de lo que habían cazado esa tarde.

Porque a lo que estos salvajes asesinos se dedicaron era precisamente a eso: a cazar como conejos a María Jesús Caro González, de 18 años de edad, a las hermanas García Lora, Coral y Josefa, de 16 y 18 años; a María León Becerril, de 22 años, y a Joaquina Lora Muñoz, de 18 años. A cazarlas y a tomar como botín de guerra el cuerpo de estas jóvenes mujeres. Una vez más. Repitiendo el esquema machista y sexista transmitido de generación en generación al guerrero desde el inicio de la humanidad: en las guerras, al enemigo se le mata; a la enemiga, se la viola. Así, esta hazaña se convierte en bandera de venganza para el violador y símbolo de humillación para el padre, hermano o esposo de la mujer vejada. Y por supuesto, para la misma mujer.

Una de las definiciones de la Real Academia Española sobre terrorismo dice así: “Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”. Me parece la mejor definición posible al caso que nos ocupa, porque el crimen del Aguaucho fue ejecutado por una banda organizada de criminales, arengados en su vil tarea por el general Queipo de Llano (enterrado, por cierto, en la Basílica de la Macarena de Sevilla), cuyo objetivo era crear terror y alarma social.

No nos equivoquemos. No pensemos en ellos como simples hombres, borrachos de alcohol y deseosos de sexo. Tampoco pensemos que eran psicópatas, personas sin escrúpulos. No. Eran y seguirán siendo a pesar de que ya no estén entre nosotros, criminales de guerra. Criminales que consiguieron su objetivo. Y vaya si lo consiguieron. Crear terror. Un terror que paralizase a la población, no solo de este pueblo, sino de los cientos y cientos de pueblos de nuestra Andalucía por los que los bárbaros dejaron cientos de fosas comunes, cientos de huérfanos y huérfanas, cientos de mujeres vejadas, y/o asesinadas. Objetivo cumplido.

El terror fue utilizado por el fascismo como una estrategia que tuvo consecuencias nefastas para la ciudadanía. Y no solo para los hombres y mujeres de aquellos convulsos años. Ese terror provocó en muchas familias un mecanismo de defensa bien conocido para las personas que nos dedicamos a la recuperación de la memoria histórica: el olvido y el silencio. Dos muros con los que continuamente nos topamos a la hora de recopilar información en nuestros pueblos. Mejor olvidar. Mejor no contar. Mejor no pronunciar el nombre de nuestros familiares y mejor que las generaciones que fueran naciendo no supieran qué pasó con ellos y ellas. Por si acaso los fascistas vuelven de nuevo y, a dentelladas de terror, vuelven a repetir lo mismo. Por suerte esto no pasó en todas las familias y muchas han trasmitido, envueltos en dolor y rabia, los recuerdos dolorosos de aquel tiempo.

Otro muro con el que las víctimas nos topamos, producto de la tan cacareada y modélica Transición española, es la impunidad de estos crímenes. Impunidad que vive y que corroe todos los estamentos “democráticos” de nuestro país, impunidad que impide llamar a los crímenes lo que fueron: crímenes. Impunidad que impide señalar a los verdugos y ejecutores como lo que son: criminales. Impunidad que provoca que las víctimas seamos ninguneadas en el Estado español y no seamos consideradas víctimas de terrorismo. Dicen que los asesinos de las mujeres del Aguaucho daban voces por las calles vacías del pueblo…

Qué metáfora más potente y cuánto nos acerca a la situación de hoy, en la que los hombres y mujeres, familiares o no de las víctimas del fascismo, seguimos dando voces pronunciando los nombres de las víctimas, solicitando la justicia que se les debe en los tribunales españoles y extranjeros, requiriendo que se abran las ignominiosas fosas comunes cuyos vientres albergan los restos de los hijos e hijas del pueblo, exigiendo que se eliminen los símbolos fascistas que llenan de vergu?enza las calles y plazas de esta España cañí que sigue devolviéndonos en eco las voces que reclaman por calles y plazas VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.

 

Paqui Maqueda es presidenta de la asociación Nuestra Memoria. 

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Un viaje por las rutas de la memoria: la historia que nunca te han contado

Este artículo de las rutas de la memoria está incluido en #LaMarea51, que puedes descargar por 1,90 euros o 4,50 en papel. Puedes suscribirte a nuestra revista con esta opción republicana

Jimena de la Frontera, en la sierra gaditana. Un grupo de senderistas entra en una casa con paredes encaladas. Algunos saben lo que van a ver. Otros no. “Quienes conocen algo de la historia de La Sauceda y el Marrufo salen admirados por todo lo que allí encuentran, por lo bien que se explica lo sucedido y por los objetos personales recuperados junto a los 28 cadáveres que rescatamos y que se exponen en dos vitrinas”, explica el presidente del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Andrés Rebolledo, impulsor de La Casa de la Memoria, un espacio público para la difusión, la divulgación, la investigación y el estudio de la memoria histórica.

Esas 28 personas –una de ellas su abuelo– fueron  asesinadas por las tropas franquistas en el cortijo del Marrufo, un campo de concentración en el que permanecieron encerrados los supervivientes del bombardeo y la invasión franquista de La Sauceda. “Y quienes ignoran lo que allí ocurrió –prosigue Rebolledo– o tienen una visión influida por el discurso dominante sobre la guerra se van con una sensación de que han descubierto una historia que nunca nadie les ha contado, se van un poco asombrados por la dimensión y la  enorme crueldad del genocidio que los fascistas cometieron. Muchos se van con la sensación de que algo les ha cambiado en su mente, y eso, creo, es algo muy importante”.

El Museo del Holocausto en Jerusalén. El campo de concentración de Auschwitz. El Memorial de los Juicios de Núremberg y el Museo de los Judíos en Berlín… ¿Cuántos lugares oficiales hay en España para recordar la represión franquista? La referencia internacional es, paradójicamente, el Valle de los Caídos. En la última edición de Fitur, la Ruta de Blas Infante, promovida por la cooperativa Atrapasueños, contó con el respaldo de la Junta de Andalucía. De carácter turístico-cultural, recorre los lugares que habitó el padre de la patria andaluza, asesinado en 1936.

Pero no es habitual que las administraciones públicas impulsen museos, recorridos o memoriales dedicados a las víctimas del franquismo. Y, lógicamente, no es habitual porque en este país la apología del franquismo sigue sin ser delito, la Fundación Francisco Franco recibe subvenciones públicas y todavía hay más de 100.000 personas desaparecidas a las que el Estado ningunea. “Porque, como dicen mucho aquí, el dictador murió en una cama y no es fácil recuperar lo que muchos tildan de una guerra perdida. Habría que hacer una reconstrucción histórica de los hechos”, afirma la periodista María Serrano, que acaba de publicar un libro sobre los lugares de la memoria en Andalucía, una figura creada por la Junta para proteger los escenarios de la guerra y la dictadura.

“El turismo de la memoria no es un concepto bien visto ni para las administraciones ni para muchas asociaciones que lo toman solo como una actividad de lucro. Sin embargo, creo que es muy importante que se puedan visitar esos espacios para difundir esa parte de la historia que está olvidada y que no es conocida por muchos sectores de la población. Si esto se queda en círculos cerrados deja de tener sentido”, añade Serrano, autora también de un documental sobre los campos de concentración en Sevilla. Muy pocos saben, pone como ejemplo, lo que fue Casa Cornelio, una taberna anarquista de la capital andaluza donde se edificó la actual basílica de la Macarena –donde sigue enterrado Queipo de Llano–: “Es triste que nadie sepa lo que hubo allí. Su nieto está reivindicando la memoria de ese lugar”. O lo que sucedió en los alrededores de la antigua plaza de toros de Cádiz, uno de los mataderos de la ciudad tras su ocupación por los golpistas en julio de 1936. Desde el día 31 de ese mes hasta el 10 de enero de 1937 fueron encontrados 185 cadáveres, según expone el grupo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (de CGT-A) en una propuesta a la Junta para catalogarlo como lugar de memoria.

El Marrufo y La Sauceda forman parte ya de esa lista oficial. Los creadores de La Casa de la Memoria han recibido apoyo económico de la Diputación de Cádiz, el Gobierno de Gibraltar y los ayuntamientos de Castellar de la Frontera, Casares y Jimena. La Dirección General de Memoria Democrática de la Junta también les ha otorgado una subvención para ordenar y catalogar todo el material del archivo. En la casa hay una exposición permanente que cuenta aquella barbarie  y cómo fue la represión franquista en todo el Campo de Gibraltar, una biblioteca con más de 2.200 libros, un salón de actos y un archivo histórico.

“Jimena es un pueblo muy bonito y con muchos atractivos naturales y culturales. La Casa de la Memoria viene a completar ese patrimonio. Hemos colaborado ya en dos iniciativas organizadas por una asociación de defensa del patrimonio llamada Tanit que, con el ayuntamiento, organiza actividades en las que participan cientos de personas, muchas llegadas desde otros puntos de la provincia. Quiere esto decir que, modestamente, contribuimos a hacer más atractiva y variada la oferta que Jimena ofrece al llamado turismo cultural”, sostiene Rebollo. Algunas visitas han reunido en la casa más de cien personas. En su inauguración, el pasado noviembre, hubo unas 300.

Historia por conocer

La otra punta de España. Ferrol (A Coruña). “Hacia el año 1589, por iniciativa de Felipe II, empezaba a construirse el primer ‘castillo’, que se llamó de San Felipe en honor al Santo Patrón del Rey. Todavía se conserva parte de esta obra primitiva, integrada en la construcción del siglo XVIII, ya reformada”, describe el folleto turístico de la página web del Ayuntamiento, donde aún no se informa de otra parte de su historia. “Tenemos identificados varios sitios donde se fusiló a gente y uno de ellos es el castillo de San Felipe, a la entrada de la ría de Ferrol”, cuenta Enrique Barrera, de la Asociación Cultural Memoria Histórica Democrática.

El colectivo, que trabaja en el norte de A Coruña, pretende ubicar dentro de la fortaleza un memorial para dar visibilidad a esta otra historia y que, de manera didáctica, pueda servir para explicar a los visitantes dónde vivían los presos, cómo vivían, dónde los fusilaban, etc. “Sería una especie de museo pensado para visitas no solo de gente que va a ver el castillo porque es muy bonito, sino también para estudiantes. El Ayuntamiento nos ha dicho que sí va a colaborar”, explica. Según el consistorio, el castillo recibió 33.000 visitantes en 2015, el lugar del Concello y de Patrimonio Histórico más visitado.

En la Semana Santa de 2016, la asociación ya organizó unas rutas con grupos de 25 personas: “Tuvieron mucho éxito. La gente se apuntaba. Y la mayoría reaccionaba con sorpresa porque no imaginaba que en un sitio tan bonito hubiera habido gente presa”, continúa Barrera. Allí, Amada García, por ejemplo, fue encarcelada embarazada y fusilada cuando dio a luz.  Fue una de las historias que causó más impacto. “Solo en las tres comarcas en las que trabajamos tenemos 900 fusilados pero mucha gente se ha quedado con el recuerdo de la última parte de la dictadura, que aunque sigue siendo dictadura no se fusilaba a mansalva como al principio. A eso se suma el intento que hay por ocultar la historia”, denuncia Barrera.

El este. La Jonquera (Girona). El Museo del Exilio (MUME), inaugurado en 2007, es el primer equipamiento de estas características dedicado a preservar la memoria y el legado del exilio republicano. Ubicado en el paso fronterizo por donde huyeron la mayor parte de los refugiados, se define como un espacio para la memoria, la historia y la reflexión crítica. “Y tiene una importante función pedagógica”, destaca su director, Jordi Font. “Responde –añade– a una necesidad en Cataluña y en España en general: una demanda de memoria de los que fueron vencidos, una especie de contramemoria a la memoria oficial que impuso el franquismo”.

Desde el museo, que partió de una iniciativa municipal a finales de los 90, se organizan también rutas a los lugares de memoria del exilio, bien a pie bien en autobús. El público se divide en adultos, en la mayoría de los casos con algún vínculo afectivo, y estudiantes de ESO y Bachillerato. “Es una oferta de turismo de memoria que propone el enriquecimiento cívico, cultural y la concienciación crítica, y la ayuda institucional ayuda a normalizar todo esto”, concluye Font. En el portal de viajes TripAdvisor dejaron este comentario: “En algunos momentos ponen la piel de gallina los testimonios tan crudos de los supervivientes en los campos de concentración. Me encantó la visita aunque salí cabreado de la injusticia que nos tragamos día a día, ya que algunos de los que orquestaron todo aquello tienen a sus nietos en el Gobierno de España”.

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Viajes por la memoria: a Castuera por la ruta de la Serena

memoria histórica La explanada del campo de concentración de Castuera. LAURA LEÓN

Esta ruta sobre el campo de concentración de Castuera está incluida en la Guía de viajes por la memoria de #LaMarea51, que puedes comprar aquí


castuera

Campo de concentración de Castuera

Badajoz

Estado de conservación:

Apenas quedan visibles los restos de una peana y algunos empedrados.

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417 euros (aquí desglosamos el precio de cada trabajo: texto, fotografías…)

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En los próximos números queremos incluir nuevas rutas de la memoria. Si te suscribes desde hoy hasta el próximo 18 de julio, participarás en un concurso, que se celebrará el próximo 28 de septiembre. El ganador/a recibirá los gastos de alojamiento para una noche de la ruta que más le guste. También realizaremos otro concurso entre los lectores y lectoras ya suscritas con el mismo premio. Puedes participar de estas tres formas.


OLIVIA CARBALLAR (CASTUERA, BADAJOZ) // Una manera fácil de llegar a Castuera, capital republicana de Extremadura durante la guerra civil, es a través de la Ruta de la Plata. Desvío: Fuente de Cantos, Badajoz. Bienvenida es el primer pueblo de una larga carretera comarcal en mitad de una llanura de amarillos y marrones, de espigas y olivos, también de encinas, conocida como ruta de La Serena. Es temprano. En torno a las nueve y media de la mañana. El viento no entra al bajar la ventanilla. Solo si sacas la mano, notas la brisa. Durará poco. Pero ese poco, el coche descansa del aire acondicionado. Matorrales de adelfas rosas posan descoloridos. El cricri de los grillos avisa de que el calor está cerca. Y que la imagen a través de la luna delantera bailará como bailan las cosas que se ven a través del fuego. La ribera de Usagre está vacía. Una señal anuncia el puente romano. Bar Obrero. Un parque infantil desierto. Una mujer pinta una puerta de chapa verde. Pasa un tractor, luego un coche de alta gama, luego un viejo Renault 6. Un par, tres o cuatro camiones. A lo lejos, al llegar a Valencia de las Torres, se ven las primeras montañas del camino. Otro tractor circula lentamente por delante del bar Sol, una redundancia en este día. El arroyo de la Higuera también está seco. El río Retín tiene un pequeño charco.

Atención. Zona de paso de linces. Modere su velocidad. Bandas sonoras. Un águila sobrevuela por el nuevo paisaje, el corredor ecológico río Matachel, que tampoco lleva agua. Luego viene el tramo de la Cañada Real Leonesa. Y a la altura de Campillo de Llerena, una flecha señala el cementerio italiano de la Brigada de las Flechas Azules. El pueblo acoge, además, un museo de la guerra civil. Esta vez no paramos. Un embalse en el río Guadámez refresca la imagen árida. Ni gota en el arroyo de los Argallanes, ni en el Ortiga ni en el Santa María ni en el Cagancha. En el bar La Jara, en Higuera de la Serena, el periodista Fernando Ónega habla en la tele de la ola de calor. La camarera desayuna una tostada. Todavía restan 12 kilómetros para llegar al destino. Dejamos a un lado Zalamea, el pueblo donde Calderón de la Barca nombró a Pedro Crespo alcalde perpetuo. Queda atrás Malpartida.

A Castuera viajó en 1937 Miguel Hernández, cuyo nombre lleva una ruta con los lugares que fueron utilizados por las autoridades republicanas, como el Palacio de los Condes de Ayala, sede del Gobierno Civil y del Consejo Provincial, o las casas donde se editaba el periódico Frente Extremeño. “Castuera”, anuncian por fin unas letras grandes plateadas en una rotonda. Este pueblo de 6.000 habitantes está a una hora y media de Badajoz, a dos horas y media de Sevilla y a casi cuatro de Madrid. Es conocido sobre todo por sus quesos y sus turrones. Por Castuera pasa también el Camino de Santiago. Su patrona es la Virgen del Buensuceso. La iglesia de Santa María Magdalena es el monumento más importante.

Una cruz de los caídos perdura erguida a las puertas del cementerio. Antes estaba en la plaza de España, donde hacían los consejos de guerra a los que iban a ser fusilados, en la cárcel del partido judicial. A la espalda del cementerio, por un camino de tierra, absorbe el calor de las doce de un mediodía veraniego un campo de concentración, uno de los más desconocidos de toda España. Está rodeado de placas fotovoltaicas. “Ni olvido ni perdón. Acción antifascista”, se puede leer en el castillete de una antigua mina aledaña donde caían –o hacían caer– a los que se conocen en el pueblo como los de la cuerda india. En la parte trasera de la edificación, un ramo de flores lilas. “Por aquí está la entrada”, apunta tras saltar una alambrada Antonio López, colaborador de la Asociación Memorial Campo de Concentración de Castuera. El terreno es propiedad privada. No hay ningún cartel que diga que aquellas siete hectáreas están catalogadas como Bien de Interés Cultural (BIC), ni ningún otro cartel que grabe lo que allí sucedió hace 78 años. Tan solo cuelga una placa blanca con letras negras: “Coto privado de caza”.

“¿Ves? Y por aquí están las calles empedradas que separan los barracones, de 110 metros de largo. Hay un bloque de barracones, en medio está la plaza, y luego otro bloque de barracones. ¿Ves?”, continúa dibujándolos con sus brazos en el aire. Puede una imaginar, se puede intuir, pero en ese páramo no se ve nada si alguien no recuerda lo que una vez hubo: entre 15.000 y 20.000 presos militares hacinados en condiciones infrahumanas. El número de civiles aún es desconocido. “Es grave que un Estado democrático y sus gobiernos no pongan a disposición de las familias y de los investigadores los archivos de la represión”, denuncia López. No hay interés –añade– en destapar esta historia, que poco a poco va saliendo a la luz con investigaciones como la suya: Cruz, bandera y caudillo.

Aniquilación del enemigo vencido

“Un profesor entrevistó a un superviviente y realizó un trabajo con sus alumnos. Luego lo presentó en un congreso y recibió amenazas. Hay una falta enorme de empatía”, asegura el historiador, cuyo bisabuelo era de derechas y su abuelo estuvo a punto de ser fusilado por republicanos. “Esto es una cuestión de derechos humanos”, concluye. El primer jefe del campo, que permaneció activo del 39 al 40, fue el carnicero Ernesto Navarrete. Según los testimonios recogidos por el historiador, incluso con sus propios subordinados en pleno avance en primera línea de frente disparaba por la espalda al que creía que flaqueaba. “En el centro está Ciudad Real, a la derecha Córdoba, y a la izquierda, La Siberia, de Badajoz. Y el frente republicano venía desde La Siberia”, secciona como si llevara una brújula en la mano. “Cuando cae todo ese frente se constituyen campos de concentración provisionales en Ciudad Real, Toledo y Córdoba. Y muchos refugiados que huyeron cuando los fascistas ocuparon la zona y volvieron cuando finalizó la guerra, terminaron aquí”.

Un rebaño de ovejas pasta por aquellos suelos, llenos de jaramagos. Entre ellos, Antonio localiza un trozo de material del que estaban cubiertos los barracones. Parece una caliza carcomida. No corre ni una gota de brizna. “¿Imaginas lo que sería aguantar el calor o el frío en estas condiciones? Aquí estaban las letrinas, que en realidad no eran letrinas. Hacían sus necesidades tal cual estamos tú y yo ahora. Eso pretendían: deshumanizarlos, una aniquilación social, física y psíquica del enemigo vencido para desarticular cualquier resistencia”. En otra esquina, prosigue Antonio bajo el sol, se situaban los barracones incomunicados, desde donde sacaban a los presos de noche para someterlos a fusilamientos simulados. “Las indagaciones sobre las vidas de los detenidos y su calificación tras un arbitrario y rápido juicio que daba un tipo de conducta acababan dependiendo en gran medida de los recursos sociales y económicos del prisionero fuera de las alambradas. La llegada de avales se convertía en la tabla de salvación”, describe el historiador.

Antonio se agacha. Desempolva una piedra y localiza una vaina de fusil Mauser sin percutir. A unos metros encuentra un alambre de una lata de sardinas. Llegó a producirse –sostiene el experto– un desfalco grave que coincidió con una época en la que subió la mortalidad por hambre. Sobre los restos de una peana se levantaba una cruz. Fuera del recinto alambrado ondeaba la bandera de la Falange. “Primero tenían que convertirse en buenos católicos para poder ser buenos españoles”, afirma López. Cuenta que a la gente que viene a visitar el campo –entre ellos numerosos estudiantes– siempre les insiste en que hay que normalizar esta parte de la historia: “Y eso no ocurrirá hasta que no se sepa qué fue de los ‘desaparecidos’, cuando el Estado dé respuesta a la petición de información de los familiares”. Al día siguiente mostrará los restos de este horror a los nietos de un hombre de Valencia cuya biografía se cortó en este campo. Al fondo se levanta una ladera. Desde lo alto, a vista de pájaro, una vez sabido, se percibe la magnitud de aquel infierno. “A ver si te haces por ahí de algunas novelas y me las mandas… pues leyendo se pasa el rato bien… También me mandas el balón si los niños no juegan con él…”, escribió Francisco Quintín desde el campo un día antes de ser fusilado.

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