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No es un monstruo, es un hombre

El 31 de diciembre, la Guardia Civil encontró el cadáver de Diana Quer. José Enrique Abuín, El Chicle, había confesado ser su asesino. Después, condujo a los agentes hasta el lugar donde se había desecho del cuerpo, una nave abandonada en la localidad coruñesa de Rianxo.

Al día siguiente, los medios de comunicación dieron con Margarita Gey, la madre del asesino confeso. Entre otras, estas fueron las afirmaciones de la mujer que aparecieron en todos los medios: “Qué van a perdonar, dios mío, con semejante cosa. No tiene perdón de Dios mi hijo, ¿eh? Lo digo de corazón, no tiene perdón de dios. Para mí se ha convertido en un monstruo (…) Es un monstruo, lo dije antes y lo digo otra vez… para mí no es mi hijo”.

Esa misma semana, un programa matinal informativo lanzaba a sus tertulianos y participantes la siguiente pregunta: “¿Un monstruo nace o se hace?”. Con ella, daba por buena la idea de que el individuo que secuestró y estranguló a la joven Diana Quer no era un ser humano, sino un “monstruo”. Tal idea coincide con la convicción de cierta parte de la población que ve en los asesinatos machistas una causa patológica. O sea, que los asesinos no son sencillamente criminales, sino que padecen una enfermedad, y de ahí su comportamiento.

“Llamar monstruo a un asesino surge de la necesidad de encontrar una explicación a algo que en ‘condiciones normales’ no la tiene. Decir que es un monstruo conlleva aceptar lo ocurrido e inmediatamente situarlo en lo ‘anormal’, bien por patológico, por deforme, por extraño… o por cualquier otro motivo”, explica Miguel Lorente, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada, especialista en Medicina Legal y Forense y en el estudio de la violencia de género, exdelegado del Gobierno para la Violencia de Género. “Una vez que la investigación indica que no se puede negar, solo caben dos opciones para la familia, o lo consideran un monstruo o aceptan que lo que ha hecho es producto de su voluntad y decisión, algo mucho más traumático para quien mantiene lazos afectivos con esa persona”.

En este sentido, los medios de comunicación reproducen y amplían esa idea. “Vienen a actuar como una especie de ‘familia social’ que prefiere creer que este tipo de crímenes son obra de monstruos o de hombres con problemas (alcohol, drogas, trastornos mentales…), que verlos como un crimen de los miles que se producen cada año dentro de la violencia sexual, aunque las circunstancias en la forma de producirse y en el resultado último haya sido diferente”, añade Lorente.

Construcción cultural

En su ponencia Hombres y violencia de género, Luis Bonino, psiquiatra y miembro del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, afirma lo siguiente: “La definición de violencia es una definición cultural, es lo que la sociedad y el derecho consideran violencia. Hay una idea: los hombres nos dividimos entre los maltratadores, malos, y los no maltratadores, buenos. Esto no es así. Entre los hombres más igualitarios y los más dominantes hay un continuo donde los hombres funcionan diferente modulados por el nivel sociocultural y la edad”. Y añade: “Esta es la base del problema: los hombres ejercen violencia porque se sienten con derecho a hacerlo y porque banalizan el problema”.

Se trata de una permisividad social que puede llevar al hombre incluso a jactarse de lo hecho.

En la misma línea abunda Lorente, quien opina que “la violencia contra las mujeres está avalada por una construcción cultural que lleva a entender que no existe. Cuando se conoce se dice que es algo ‘normal’, y cuando los hechos son tan graves que no pueden considerarse ‘normales’, entonces recurren a mitos que hablan de la ‘provocación de la mujer’ o de la ‘enfermedad o alteración en el agresor”.

En su opinión, esta idea permite situar la violencia y sus diferentes resultados “fuera de las referencias del machismo y su cultura de la desigualdad, y al mismo tiempo situarla como un problema de ‘unos pocos hombres malos”. O sea, descartar el problema social, lo que se ha dado en llamar “machismo estructural”.

La “masculinidad”

Las actitudes machistas no solo individuales, sino de grupos sociales –y no precisamente de “monstruos”–  bien definidos, son de sobras conocidas. Más allá del asesinato de Diana Quer y de la larga lista de crímenes machistas, en los últimos tiempos se han sucedido en España las muestras de apoyo a los agresores, tanto en entornos deportivos, como en redes sociales o medios de comunicación. Sin ir más lejos, el pasado 16 de diciembre dos centenares de vecinos se concentraron en Aranda de Duero (Burgos) en apoyo a los jugadores del equipo de fútbol local acusados de abusar sexualmente de una menor. No fue poca la gente que se acordó entonces del lamentable espectáculo sucedido el 8 de febrero de 2015 en el estadio Benito Villamarín. Los aficionados del Betis corearon “no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. El cántico iba dedicado a Rubén Castro, entonces acusado de cuatro delitos de malos tratos y uno de amenazas a su exnovia –la Fiscalía ha recurrido la sentencia que lo absolvió posteriormente–.

“En el fondo lo hacen para defender la masculinidad y la hombría con la que se identifican, porque se produce un doble efecto: por un lado, se potencia la idea de hombre viril, con autoridad, decisión, criterio, mano dura… y por otro, se ataca, cuestiona, humilla a las mujeres a través de la celebración”, prosigue Lorente. “Todo es parte de esa actitud coral en la que cada uno de los hombres se ve reconocido en el otro para reforzar la camaradería masculina, porque ser hombre es ser reconocido como tal por otros hombres, y con comportamientos de este tipo el refuerzo es intenso y público, con lo cual alcanza mucha más intensidad”.

Al respecto, cabe recuperar la siguiente reflexión recogida en el libro La violencia contra las mujeres: Prevención y detección, un estudio dirigido por Consue Ruiz Jarabo Quemada y Pilar Blanco Prieto:

Muchos investigadores de los estudios de género masculino están de acuerdo en que el fiel cumplimiento del modelo social de la masculinidad tradicional hegemónica (MMTH) –y no el nacer de sexo masculino– es un factor de riesgo de primer nivel para la salud”.

Los valores matrices del MMTH –autosuficiencia, belicosidad heroica, autoridad sobre las mujeres y valoración de la jerarquía–, que los varones –a través de su socialización– interiorizan en forma de ideales y obligaciones, hacen que sus vidas estén marcadas por el control de sí y de los demás, el riesgo, la competitividad, el déficit de comportamientos cuidadosos y afectivos, y la ansiedad persistente. Y esta marca favorece el desarrollo de hábitos de vida masculinos poco saludables, promueve algunos valores que contravienen otros esenciales para la convivencia, la salud y la vida, genera desigualdades con las mujeres y propicia la producción de importantes trastornos en la salud de los mismos varones, en la de otros varones y en la de las mujeres, niñas y niños que los rodean”.

En la ponencia anteriormente citada, Bonino se hace la siguiente pregunta: “¿Qué es la masculinidad?”. Y ofrece una respuesta que bien podría enmarcar todo lo escrito en este artículo: “Aquellos mandatos que nos obligan a los hombres a hacer determinadas cosas por el hecho de ser hombres. Pero, además, la masculinidad es una posición jerárquicamente naturalizada, los hombres estamos arriba. Todos los hombres, por el simple hecho de serlo, disponemos de unos privilegios, entre los que se encuentra que la mujer está a nuestro servicio: que nos sirva, que nos apuntale, que nos cuide, que nos aguante. En este sentido, los abusadores no cambian a menos que se despojen de su ‘sentirse con derecho sobre la mujer'”.

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No es un monstruo, es un hombre

El 31 de diciembre, la Guardia Civil encontró el cadáver de Diana Quer. José Enrique Abuín, El Chicle, había confesado ser su asesino. Después, condujo a los agentes hasta el lugar donde se había desecho del cuerpo, una nave abandonada en la localidad coruñesa de Rianxo.

Al día siguiente, los medios de comunicación dieron con Margarita Gey, la madre del asesino confeso. Entre otras, estas fueron las afirmaciones de la mujer que aparecieron en todos los medios: “Qué van a perdonar, dios mío, con semejante cosa. No tiene perdón de Dios mi hijo, ¿eh? Lo digo de corazón, no tiene perdón de dios. Para mí se ha convertido en un monstruo (…) Es un monstruo, lo dije antes y lo digo otra vez… para mí no es mi hijo”.

Esa misma semana, un programa matinal informativo lanzaba a sus tertulianos y participantes la siguiente pregunta: “¿Un monstruo nace o se hace?”. Con ella, daba por buena la idea de que el individuo que secuestró y estranguló a la joven Diana Quer no era un ser humano, sino un “monstruo”. Tal idea coincide con la convicción de cierta parte de la población que ve en los asesinatos machistas una causa patológica. O sea, que los asesinos no son sencillamente criminales, sino que padecen una enfermedad, y de ahí su comportamiento.

“Llamar monstruo a un asesino surge de la necesidad de encontrar una explicación a algo que en ‘condiciones normales’ no la tiene. Decir que es un monstruo conlleva aceptar lo ocurrido e inmediatamente situarlo en lo ‘anormal’, bien por patológico, por deforme, por extraño… o por cualquier otro motivo”, explica Miguel Lorente, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada, especialista en Medicina Legal y Forense y en el estudio de la violencia de género, exdelegado del Gobierno para la Violencia de Género. “Una vez que la investigación indica que no se puede negar, solo caben dos opciones para la familia, o lo consideran un monstruo o aceptan que lo que ha hecho es producto de su voluntad y decisión, algo mucho más traumático para quien mantiene lazos afectivos con esa persona”.

En este sentido, los medios de comunicación reproducen y amplían esa idea. “Vienen a actuar como una especie de ‘familia social’ que prefiere creer que este tipo de crímenes son obra de monstruos o de hombres con problemas (alcohol, drogas, trastornos mentales…), que verlos como un crimen de los miles que se producen cada año dentro de la violencia sexual, aunque las circunstancias en la forma de producirse y en el resultado último haya sido diferente”, añade Lorente.

Construcción cultural

En su ponencia Hombres y violencia de género, Luis Bonino, psiquiatra y miembro del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, afirma lo siguiente: “La definición de violencia es una definición cultural, es lo que la sociedad y el derecho consideran violencia. Hay una idea: los hombres nos dividimos entre los maltratadores, malos, y los no maltratadores, buenos. Esto no es así. Entre los hombres más igualitarios y los más dominantes hay un continuo donde los hombres funcionan diferente modulados por el nivel sociocultural y la edad”. Y añade: “Esta es la base del problema: los hombres ejercen violencia porque se sienten con derecho a hacerlo y porque banalizan el problema”.

Se trata de una permisividad social que puede llevar al hombre incluso a jactarse de lo hecho.

En la misma línea abunda Lorente, quien opina que “la violencia contra las mujeres está avalada por una construcción cultural que lleva a entender que no existe. Cuando se conoce se dice que es algo ‘normal’, y cuando los hechos son tan graves que no pueden considerarse ‘normales’, entonces recurren a mitos que hablan de la ‘provocación de la mujer’ o de la ‘enfermedad o alteración en el agresor”.

En su opinión, esta idea permite situar la violencia y sus diferentes resultados “fuera de las referencias del machismo y su cultura de la desigualdad, y al mismo tiempo situarla como un problema de ‘unos pocos hombres malos”. O sea, descartar el problema social, lo que se ha dado en llamar “machismo estructural”.

La “masculinidad”

Las actitudes machistas no solo individuales, sino de grupos sociales –y no precisamente de “monstruos”–  bien definidos, son de sobras conocidas. Más allá del asesinato de Diana Quer y de la larga lista de crímenes machistas, en los últimos tiempos se han sucedido en España las muestras de apoyo a los agresores, tanto en entornos deportivos, como en redes sociales o medios de comunicación. Sin ir más lejos, el pasado 16 de diciembre dos centenares de vecinos se concentraron en Aranda de Duero (Burgos) en apoyo a los jugadores del equipo de fútbol local acusados de abusar sexualmente de una menor. No fue poca la gente que se acordó entonces del lamentable espectáculo sucedido el 8 de febrero de 2015 en el estadio Benito Villamarín. Los aficionados del Betis corearon “no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. El cántico iba dedicado a Rubén Castro, entonces acusado de cuatro delitos de malos tratos y uno de amenazas a su exnovia –la Fiscalía ha recurrido la sentencia que lo absolvió posteriormente–.

“En el fondo lo hacen para defender la masculinidad y la hombría con la que se identifican, porque se produce un doble efecto: por un lado, se potencia la idea de hombre viril, con autoridad, decisión, criterio, mano dura… y por otro, se ataca, cuestiona, humilla a las mujeres a través de la celebración”, prosigue Lorente. “Todo es parte de esa actitud coral en la que cada uno de los hombres se ve reconocido en el otro para reforzar la camaradería masculina, porque ser hombre es ser reconocido como tal por otros hombres, y con comportamientos de este tipo el refuerzo es intenso y público, con lo cual alcanza mucha más intensidad”.

Al respecto, cabe recuperar la siguiente reflexión recogida en el libro La violencia contra las mujeres: Prevención y detección, un estudio dirigido por Consue Ruiz Jarabo Quemada y Pilar Blanco Prieto:

Muchos investigadores de los estudios de género masculino están de acuerdo en que el fiel cumplimiento del modelo social de la masculinidad tradicional hegemónica (MMTH) –y no el nacer de sexo masculino– es un factor de riesgo de primer nivel para la salud”.

Los valores matrices del MMTH –autosuficiencia, belicosidad heroica, autoridad sobre las mujeres y valoración de la jerarquía–, que los varones –a través de su socialización– interiorizan en forma de ideales y obligaciones, hacen que sus vidas estén marcadas por el control de sí y de los demás, el riesgo, la competitividad, el déficit de comportamientos cuidadosos y afectivos, y la ansiedad persistente. Y esta marca favorece el desarrollo de hábitos de vida masculinos poco saludables, promueve algunos valores que contravienen otros esenciales para la convivencia, la salud y la vida, genera desigualdades con las mujeres y propicia la producción de importantes trastornos en la salud de los mismos varones, en la de otros varones y en la de las mujeres, niñas y niños que los rodean”.

En la ponencia anteriormente citada, Bonino se hace la siguiente pregunta: “¿Qué es la masculinidad?”. Y ofrece una respuesta que bien podría enmarcar todo lo escrito en este artículo: “Aquellos mandatos que nos obligan a los hombres a hacer determinadas cosas por el hecho de ser hombres. Pero, además, la masculinidad es una posición jerárquicamente naturalizada, los hombres estamos arriba. Todos los hombres, por el simple hecho de serlo, disponemos de unos privilegios, entre los que se encuentra que la mujer está a nuestro servicio: que nos sirva, que nos apuntale, que nos cuide, que nos aguante. En este sentido, los abusadores no cambian a menos que se despojen de su ‘sentirse con derecho sobre la mujer'”.

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