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Trabajadores del futuro, uníos

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Este artículo está incluido en el especial sindicatos de #LaMarea49

Los especuladores financieros e inmobiliarios apuestan por un modelo de negocio en el que no participe el ingrediente más desestabilizador de la economía capitalista: el elemento humano. El obrero es un indeseable porque trabaja para vivir y, para colmo, aspira a vivir con comodidad. Minimizar su participación es el gran objetivo de la alquimia industrial. Los avances en robótica permitirán pronto que el capital consiga por fin su piedra filosofal: la sustitución del trabajador humano por la máquina. Un robot no necesita comer, no se ausenta para llevar a sus hijos al médico y no pide que se le paguen las horas extras.

El cine de ciencia ficción ha tratado profusamente el tema, explotando los conflictos dramáticos que pueden surgir entre robots y humanos. Curiosamente, los puntos de giro de estas historias surgen cuando la máquina no cumple al pie de la letra con su función. Las máquinas, en estas películas, fallan precisamente porque tienen comportamientos humanos. Hay robots rebeldes y sentimentales (Blade RunnerRobocop), robots homicidas (Yo, robotTerminator), máquinas traidoras (el HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio) y hasta robots que aman eternamente (A.I. Inteligencia Artificial).

En Blade Runner (Ridley Scott, 1982) se narran los esfuerzos de la Tyrell Corporation por eliminar a sus androides renegados. Los creó para trabajar como esclavos en las colonias exteriores de la Tierra, pero estos se rebelan contra su fecha de caducidad. No quieren ser retirados. Se resisten a morir. Para la patronal, esta reacción humana es un fallo en la máquina, algo así como el intermitente estropeado de un coche, algo reparable o sustituible para mantener un estado óptimo en la producción.

Ash, el oficial científico de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), oculta su naturaleza androide al resto de la tripulación del Nostromo. Él tiene órdenes de la Weyland-Yutani Corporation (cuyo lema comercial es “Construyendo mundos mejores”) de capturar vivo al alien aunque eso ponga en peligro las vidas de sus compañeros. Y así lo hace, naturalmente, como robot sin taras que es. Un empleado modélico acata las órdenes del jefe sin cuestionarse nada. Y para reclutar empleados modélicos se inventaron los departamentos de recursos humanos. No basta con trabajar bien, hay que sonreír. Gattaca (Andrew Niccol, 1997) es, en el fondo, una metáfora sobre los recursos humanos. En el futuro, cuenta la película, la sociedad estará dividida genéticamente entre individuos superiores e inferiores. Sólo quien esté entre los superiores podrá acceder a los puestos destacados.

Una secuencia de Metrópolis.

Arriba y abajo

Otro de los escenarios frecuentemente dibujados por la ciencia ficción ha sido la separación de las clases sociales en compartimentos estancos. Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en Metrópolis (Fritz Lang, 1927). En esta parábola futurista, la megaurbe está dividida entre las alturas, donde viven los ricos, y la parte subterránea, donde vive y trabaja la clase obrera, una partición que también ha sido utilizada por los hermanos Pastor en la serie Incorporated (2016). Esta representación de la desigualdad ha sido llevada más lejos aún en filmes como Elysium (Neill Blomkamp, 2013), donde toda la Tierra es una gigantesca favela y las élites viven en un lujoso satélite, o Rompenieves (Bong Joon Ho, 2013), donde, tras una catástrofe climática, la humanidad se refugia de la glaciación en un arca-tren. En ese tren, los favorecidos viven en los vagones delanteros y comen jugosos bistecs mientras los pobres viven atrás y se alimentan de una gelatina hecha con insectos triturados. Especialmente brillante es la parodia de Margaret Thatcher que ejecuta Tilda Swinton, con monólogos delirantes que resumen todo el pensamiento conservador:

“En este convoy que llamamos hogar hay una cosa que separa nuestros cálidos corazones del intenso frío. ¿Abrigos? ¿Escudos? No. ¡El orden! Todos debemos, en este tren de la vida, permanecer en nuestros puestos. El Orden Eterno viene determinado por la Máquina Sagrada. ¡Aceptad vuestro sitio!”.

La mujer mercancía

Las mujeres siguen saliendo mal paradas en razón de su género en los relatos de ciencia ficción. Como señala agudamente la antropóloga Laura Tejado, en la novela de Margaret Atwood El cuento de la doncella, adaptada al cine por Volker Schlöndorff (1990) y a la televisión por Netflix (2017), las mujeres fértiles viven encerradas y su cuerpo es explotado, casi copiando el modelo ganadero, para concebir a los futuros ciudadanos tras una hecatombe nuclear que ha afectado a la capacidad reproductiva de la humanidad. El mercado llamaría a eso, eufemísticamente, “gestión eficiente de los recursos”. La mujer es vasija unas veces o simplemente vagina (real o artificial), otras. Es reducida, de forma preferente, al papel de trabajadora sexual, y podemos verlo en los robots eróticos del animejaponés, en las bellas esclavas/chachas fabricadas de Ex Machina (Alex Garland, 2014) y en la androide Pris, el “modelo básico de placer” de Blade Runner. En el mercado laboral del futuro, como ya hemos visto, la sumisión es un valor que cotiza al alza.

Una secuencia de Her.

La tecnología es buena

Totalmente integrada en la vida cotidiana, la tecnología forma parte de nuestro relato. Incluso de nuestro relato emocional y amoroso. En Her (Spinke Jonze, 2013), Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora de Samantha (un sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson) y ese amor… ¡es correspondido! Mucha gente no entendió la belleza que escondía esta reciprocidad (tachada de artificial) que sí estamos dispuestos a aceptar cuando se habla de libros, discos, perros, coches, todas esas cosas, en fin, que pueden ser tan importantes en nuestra vida. Esto es lo que le ocurre también al anciano protagonista de Un amigo para Frank (Jake Schreier, 2012), quien encuentra un apoyo incondicional en su robot-enfermero, otra previsible profesión del futuro anunciada por el cine. El robot lo cuida, lo protege, lo escucha y lo ayuda, creando con él un vínculo afectivo que no es humano pero sí real, que no es simulado sino genuino.

Así pues, no todos los futuros son de pesadilla.


El proletario clon

El obrero, como pieza esencial del engranaje capitalista, debe ser fácilmente intercambiable. Ese es el drama al que se enfrenta Sam Rockwell en Moon (Duncan Jones, 2009). Es un minero que lleva tres años solo, trabajando en la Luna, y que descubre su condición de clon cuando está a punto de terminar su contrato. Entonces se cuestiona su identidad e incluso su humanidad, porque para su empresa él no es nadie, sólo una pieza más de la maquinaria que será sustituida por otra exactamente igual a él.

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‘Sectores olvidados’: del bar de la esquina al ‘coworking’

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Este reportaje sobre los sindicatos está incluido en #LaMarea49

Que los sindicatos, sobre todo los mayoritarios, han perdido la confianza de la ciudadanía no es ninguna novedad. Lo dicen las encuestas, el camarero del bar de la esquina, la arquitecta que está trabajando en una tienda de ropa, el parado que ya no tiene ayudas, las amas de casa, la embarazada que despidieron porque estaba embarazada, los miles y miles de damnificados por la última reforma laboral. Lo dice la propia pérdida de negociación de esos mismos sindicatos ante el Gobierno de turno y lo dicen las razones por las que numerosos sectores han decidido defenderse por su cuenta, como las Kellys, los manteros o los trabajadores de Coca Cola en lucha. De todo eso se ha escrito, se ha hablado y se ha filosofado. Lo que nos proponemos ahora es dibujar y –concretar– cómo tiene que ser un sindicato en el siglo XXI. Qué asuntos debe priorizar, cómo tiene que organizarse, qué luchas debe incorporar en su discurso y, sobre todo, en sus acciones ante los nuevos escenarios laborales, ante las necesarias transformaciones de cara a combatir amenazas como el cambio climático o procesos como la robotización, ante una realidad invisibilizada como el trabajo sin remuneración de las mujeres.

Hemos seleccionado una muestra representativa de distintos sectores –expertos, sindicalistas y trabajadores con diferentes visiones– para construir, a partir de sus reflexiones, un retrato de los sindicatos que serían capaces de recuperar la confianza de los trabajadores y trabajadoras de un país sumido en la precarización, el paro y la pérdida de derechos.   

1. OBJETIVOS Y LÍNEAS GENERALES

Los sindicatos deberían tener como objetivo principal la defensa real y efectiva de los derechos de los trabajadores. Su alejamiento de la sociedad, en ocasiones más pendientes de los intereses de la propia organización, es una de las quejas más comunes entre los entrevistados. “Se tienen que reconvertir, dejar de mirarse el ombligo, plantear estrategias que lleguen a la gente y demostrarlo con los hechos”, dice la profesora de Sociología de la Universidad Pablo de Olavide Carmen Botía, una de las impulsoras de la plataforma de denuncia abusospatronales.es. La secretaria general de UGT Extremadura, Patrocinio Sánchez, considera, sin embargo, que lo que existe fundamentalmente es una campaña de desprestigio y una limitación en su margen de maniobras tras las reformas laborales, sobre todo, la última puesta en marcha por el gobierno del Partido Popular. “No son empresas, son organizaciones que velan por que se cumplan los derechos laborales en un escenario donde existen nuevas formas de explotación y precarización”, afirma el ingeniero industrial Manuel Gómez Díaz, un joven de 23 años que no pertenece a ningún sindicato y trabaja actualmente como camarero mientras estudia un máster.

Ningún consultado cree que los sindicatos deban dar por perdidos ningún derecho ni batalla alguna por muy complicada que sea, como a veces han respondido a Ángela Muñoz, una de las portavoces de Las Kellys, la asociación de camareras de piso. “Si nosotros estamos teniendo esta repercusión, qué no podrán hacer los grandes sindicatos”, reflexiona. “Deben huir del fatalismo y el determinismo. La forma en que organizamos el trabajo es una decisión política y no técnica. No hay un modelo de trabajo o de empresa que nazca de una deidad y ante el que solo quepa capitular”, opina el profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en la Universidad de Castilla-La Mancha Joaquín Pérez Rey, experto en la comisión creada tras la sentencia europea que abre la puerta a equiparar la indemnización de indefinidos e interinos. En este contexto, las organizaciones tendrían que dirigirse especialmente a quienes se sienten desprotegidos y creen que estas han actuado en connivencia con el partido en el poder para conservar posiciones de privilegio en las instituciones, como afirma la profesora de Economía Paula Rodríguez Modroño, experta del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre Trabajo no remunerado, género y economía del cuidado y de ONU Mujeres en Políticas Macroeconómicas. “Quienes hemos intentado hacer nuestro trabajo más allá de intereses políticos sabemos a la perfección que nos coartan el camino por temor. Hay que empoderar a la clase trabajadora”, expresa Sonia Gatius, exresponsable de Justicia de UGT Lleida. Ella se autodenomina sindicalista sin sindicato.

Tampoco podrán responder a los nuevos retos sin entender, asumir e incorporar a sus líneas de acción que la clase obrera ha dejado de ser predominantemente industrial y masculina y que no se inserta por lo general de manera estable en la empresa, incide Pérez Rey, que ve crucial cambiar la ley para sacar de las instituciones modelos inadmisibles, principalmente la precariedad y el desempleo, con un mensaje claro: “No son una plaga divina, sino una opción de un capitalismo desenfrenado con la que domestica y disciplina a los trabajadores”. La lucha, coinciden todos, tiene que ser colectiva, global y solidaria. Y la socióloga Botía apunta a una cuestión más: superar los Pactos de la Moncloa, cuando “los sindicatos renunciaron a parte de las reivindicaciones obreras para consolidar la democracia”. “Las grandes constructoras que obtuvieron ganancias importantísimas en el franquismo son las que ahora, ofreciendo los servicios que ha externalizado el Estado, precarizan el trabajo, y si no se lucha contra eso es muy difícil que un sindicato tenga credibilidad”, añade. Gatius corrobora la afirmación: “Un nivel alto de desempleo genera una competencia entre la clase trabajadora que es difícil combatir. Lo saben los grandes del Ibex 35. Solo hace falta ver las adjudicaciones que las administraciones están dando a empresas como ACS, Ferrovial, Revaloriza o FCC”.

2. COMPOSICIÓN Y FINANCIACIÓN

La institucionalización, la burocratización y la excesiva jerarquización son señaladas como un obstáculo entre la mayoría de los consultados. En contraposición, los sindicatos tendrían que ser más abiertos, menos jerárquicos, más democráticos y con una mayor presencia de mujeres y jóvenes en general y en puestos directivos. “No se puede luchar contra una discriminación si en tus propias estructuras discriminas”, reflexiona la profesora Rodríguez. “El sindicalismo actual todavía está muy ligado al franquismo, las estructuras del funcionamiento de la representación es una continuación del sindicato vertical. Las elecciones sindicales, los enlaces… ¡que todavía hay alguno que habla de los enlaces sindicales! y todas estas cosas dejan sobre el tapete que no se ha roto con aquel sistema en todos los aspectos”, denuncia el histórico sindicalista de CGT Cecilio Gordillo, que apuesta por un cambio de modelo que impida, además, la dependencia económica de las instituciones. La financiación a través de la afiliciación es la opción mayoritaria entre los entrevistados frente a las subvenciones estatales –”no son un regalo, es un pago por el trabajo que hacemos”, insiste la secretaria general de UGT extremeña. La profesora Botía propone incluso la afiliación obligatoria, al sindicato que cada persona desee. “Hoy los grandes sindicatos ofrecen seguros médicos, de hogar, de coche, descuentos en empresas, pisos y un sinfín de simplezas que desdibujan por completo su sentido”, denuncia Gatius.

No existe un acuerdo entre si deben ser grandes o pequeños. “No se puede saber de antemano. Hay conflictos que se han llevado de manera excepcional desde sindicatos de clase como el de las subcontratas de Movistar (con un papel crucial de COBAS) o el de las falsas cooperativas cárnicas de Osona (donde está la COS)”, afirma David García Aristegui, miembro de la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras, quien aconseja un acompañamiento a personas que quieran afiliarse y no tengan familiares o amigos que hayan militado en organizaciones de este tipo. Paula Rodríguez cree que tienen que ser grandes pero con múltiples unidades especializadas en cada área. “Se tienen que fundamentar en un nuevo modelo organizacional donde se defiendan las especificidades de cada uno y de colectivos muy concretos, hay que buscar esa profesionalización en la defensa del colectivo muy concreta”, opina la vicepresidenta de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA), Celia Ferrero, con 163.000 afiliados directos.

Sí hay una posición más clara sobre la necesidad de modificar la forma de representación. El profesor Pérez Rey sostiene que no se puede limitar al lugar del centro de trabajo. “Deben formularse nuevas formas de estructuración más amplia (comarcas, polígonos, espacios productivos…) para lo que será imprescindible un cambio legal. Por otro lado la negociación colectiva debe hacerse cargo de esta diversidad”, prosigue. “Tendrían que abrir la mesa de negociación porque los sindicatos son muy selectivos a la hora de reunirse –explica Muñoz–. Hace poco se reunieron con las asociaciones de empresarios de hostelería y a las Kellys nos dejaron al margen”. Ferrero pone dos ejemplos de la importancia de la representación: “Si subes el salario mínimo no se tiene en cuenta que en el caso del pequeño comerciante autónomo puede ser perjudicial porque aumenta la base de cotización y la cuota; o si negocias ayudas y pones parados de larga duración estás excluyendo a los autónomos”.

Otro gran reto del sindicalismo español, que, según denuncia Cecilio Gordillo, actual coordinador de memoria histórica y social en CGT, nunca ha visto con buenos ojos que se propongan alternativas o se actúe en ámbitos tradicionalmente al margen de estas organizaciones –Gatius asegura que los compañeros a los que representaba en la administración de Justicia no entendían que ella acudiera a protestar contra un desahucio–, es trabajar conjuntamente con los movimientos ciudadanos y asociaciones en cada barrio –últimamente han nacido iniciativas como las del Sindicat de Barri de Poble Sec–, con agrupaciones de trabajadores más pequeñas y con los más precarios. No solo sería necesario que estos formaran parte del sindicato y participaran en el diseño de la acción sindical, sino que la organización debe girar sobre el principio de no discriminación, que, como recuerda Pérez Rey, impide a las empresas obtener beneficios salariales y de otro tipo de los empleados precarios frente a los que no lo son. Debe quedar claro, advierte Botía, que ningún trabajador con mejores condiciones es culpable: “Los conflictos entre grupos de trabajadores le vienen bien al capital porque así no reivindicas ni reclamas al responsable de la precarización”. El capital.

Las negociaciones, además, deben realizarse, según Rodríguez, en múltiples niveles, ámbitos y áreas a la vez. Y, para ello, es fundamental que estén conectados a confederaciones europeas y globales, que dan una mayor facilidad para ejercer presión contra las corporaciones, las instituciones supranacionales y los tratados internacionales. En su análisis, el profesor Pérez Rey, concluye directamente que el Estatuto de los Trabajadores vigente no es válido para hacer frente a los tiempos actuales y desterrar fenómenos como el abuso de la temporalidad o la minusvaloración de la negociación colectiva. Ahora hay que tener en cuenta la subcontratación, los grupos de empresa y las reducidas dimensiones de las plantillas.

3. DE LA CONCILIACIÓN A LOS CUIDADOS

Los nuevos sindicatos tienen que incorporar de manera ineludible las principales reivindicaciones de la economía feminista a su discurso y acción, como la relevancia de la reproducción social para la sostenibilidad de la sociedad, insiste la experta del PNUD. Debe formar parte del ADN sindical, por tanto, la lucha por la conciliación o la demanda de horarios compatibles con la vida familiar y social en un escenario, además, en el que las reformas laborales han aumentado la flexibilidad del empresariado para establecer las horas y apropiarse de la disponibilidad absoluta del tiempo de los trabajadores. Pero, atención: no se trata de una reivindicación secundaria, complementaria, o solo para las mujeres o en sectores feminizados, avisa la profesora. Sino de una columna vertebral de los derechos laborales.

Patrocinio Sánchez, psicóloga de formación, cuenta que recibe cartas y llamadas de numerosas mujeres que le agradecen que lidere el sindicato porque se ven reflejadas en ella. Su homóloga en Andalucía, Carmen Castilla, fue elegida en 2014. Los dos sindicatos mayoritarios estarán dirigidos por mujeres en esta comunidad tras el próximo nombramiento de Nuria López al frente de CCOO, cuyo gabinete de prensa no había confirmado al cierre de esta edición la entrevista solicitada.

“Parece que el trabajo precario va implícito al género”, concluye Ángela Muñoz, que insiste en que la externalización de los hoteles ha aumentado la mano de obra barata. “A mí me ha llegado a decir –continúa– un camarero de piso que se marcha porque no sirve para limpiar. Los pocos que hay lo hacen porque la situación laboral es la que es y de manera alternativa están aquí. ¿Si los trabajadores fueran hombres habrían externalizado? No tengo duda de que no”. Las mismas dudas surgen cuando se plantea el régimen especial en el que cotizan las empleadas de hogar. Según un estudio realizado por el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) y el Departamento de Economía, Métodos Cuantitativos e Historia Económica de la Pablo de Olavide, cada mujer realiza un trabajo doméstico por valor de 30.237 euros al año. “No se puede analizar el trabajo formalizado por un lado y el trabajo no remunerado por otro, ambos forman parte del mismo orden social”, añade Botía. “El feminismo ha sido pionero en destacar los múltiples ejes de desigualdad que existen y la interseccionalidad de las discriminaciones, elemento fundamental que deberían incorporar ya de manera central los sindicatos en su lucha”, finaliza Rodríguez.

4. SECTORES OLVIDADOS

La música es trabajo. Y el periodismo. Y el cine. Y poner la lavadora. Y hacer la comida. Y servir cafés sin parar para poder pagar la cuota de autónomo ese mes que no ha dado ni para la luz del local. Y diseñar un cartel desde el ordenador de casa para una gran empresa. Y formar parte del equipo que desarrolla una vacuna. Y llevar las redes sociales de una consulta dental desde tu propio móvil mientras redactas la memoria económica de un proyecto en un coworking. Los sindicatos tienen que abrir los ámbitos tradicionales en los que actuaban a las nuevas realidades del mercado laboral: jóvenes becarios, autónomos, falsos autónomos, trabajadores a tiempo parcial, profesionales freelance, trabajadores con contratos irregulares, cuidadoras del servicio de dependencia, incluso aquellas profesiones que siempre “han ido bien”, como la ingeniería –destaca Manuel Gómez– y que ahora pueden verse en situaciones similares.En el caso de los autónomos, Ferrero es consciente de la dificultad que conlleva defender un sector que, por un lado, es muy heterogéneo y, por otro, representa a empleador y empleado al mismo tiempo: “Hay que darles voz, explicarles cuáles son los sistemas de protección actuales y la fiscalidad específica en cada caso”. Botía es rotunda: “El autónomo, sobre todo el pequeño, es trabajador antes que empresario”.

Urge también resolver la precarización encubierta de los falsos autónomos, es decir, quienes trabajan como asalariados sin estar dados de alta por la empresa. En este grupo sobresalen los periodistas. “A los empresarios les resulta más barato que contratar a trabajadores fijos en la plantilla. No tienen derecho a vacaciones pagadas, pueden ser despedidos en cualquier momento sin compensación económica y no tienen las garantías y derechos de sus compañeros de la plantilla. Los comités de empresa y delegados de personal deben pelear no contra esas personas, cuyo único medio de vida es trabajar como falsos autónomos, sino contra las empresas para que los contraten con los mismos derechos que los demás”, defiende Agustín Yanel, secretario general de la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP) y miembro de la Junta Ejecutiva del Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM).

Ocurre en el periodismo y en otras profesiones artísticas. Existe una percepción de que son gratis. “Que la creación deba ser sostenida por rentistas y amateurs es una postura legítima, ojo, y que no comparto. Pero me gustaría que quien piense eso lo expusiera claramente y no hiciera argumentaciones extrañas hablando de cultura libre o pidiendo la Renta Básica. Para mucha gente parece que solo hay un trabajo de verdad con un mono azul y una llave inglesa fálica en la mano. No es así. Música es trabajo es nuestro lema”, argumenta García Aristegui.

Mañana continuaremos con las nuevas tecnologías y la robotización.

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