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Eduardo Garzón: “Si nos basamos solamente en términos capitalistas solo puede ser rentable lo privado”

Eduardo Garzón

MADRID // Eduardo Garzón Espinosa (Logroño, 1988) es de esa hornada de economistas críticos con el discurso dominante, cuyos argumentos convencen cada vez a un mayor número de público, sobre todo a raíz de la última crisis. En su nuevo libro Desmontando los mitos económicos de la derecha (Ediciones Península), este asesor de Economía del Ayuntamiento de Madrid explica conceptos como el déficit y la deuda públicos, las pensiones o el trabajo desde una perspectiva que cuestiona la creencia común. “Normalmente la economía se presenta como una ciencia exacta —de ahí esa recurrente utilización de los números, gráficos y ecuaciones, con la pretensión de otorgarle una imagen que corresponde a las ciencias naturales—, como algo que es lo que es sin dar cabida a la discusión”, escribe Garzón, colaborador habitual de La Marea.

Muéstrenos ejemplos de estos mitos de los que habla en el libro.

Una creencia importante y de actualidad es que las finanzas de un Estado son como las de una familia. Eso de que no podemos gastar más de lo que ingresamos. En el caso de un Estado, no es cierto. Un Estado siempre puede gastar más de lo que ingresa. El dinero es un elemento que crea el Estado, como sucede en EEUU o Reino Unido. En el caso de la Eurozona es más complejo porque ahí sí están muchos países. Pero el dinero en sí no es más que una invención del ser humano, una forma para medir las transacciones económicas, por lo tanto nunca se puede hablar de escasez. El Estado puede gastar más de lo que ingresa porque el dinero lo está creando él mismo. Es un mito pensar que no podemos tener un déficit elevado o que hay que reducir la deuda pública. Detrás de esto hay una serie de razones ideológicas. Hay dos formas actuales de canalizar el dinero hacia la economía. Una es a través del Estado y del déficit público. La otra es a través de los bancos privados. Cuando los bancos privados dan crédito están creando dinero, al aumentar la cantidad de dinero en circulación. Entonces, al reducir la primera vía del déficit se da alas a la segunda, la de los bancos, que es donde se está haciendo negocio. Cuanto más se reduce el gasto público más se encoge el Estado de bienestar, reduciendo la sanidad, educación, pensiones… Lo cual otra vez abre espacios para el negocio privado.

La economía española lleva tres años creciendo a tasas del Producto Interior Bruto (PIB) muy altas, pero mucha gente se lamenta de que esta bonanza no le llega. ¿Cree que los ciudadanos se plantea ese paradigma de que el crecimiento del PIB siempre beneficia a todos?

Claro, estamos viendo que la renta que se está creando no llega a todo el mundo y la mayoría de los puestos de trabajo nuevos tienen condiciones lamentables. El PIB es el principal indicador de la marcha de la economía pero es un indicador bastante limitado porque no mide la redistribución de la renta y la riqueza. Solo mide el total de las actividades monetarias que se producen en nuestra economía. En segundo lugar, el PIB tiene en cuenta actividades que no son necesariamente beneficiosas para el ser humano o el medio ambiente, como puede ser la venta de armas. Si se quema un bosque también aumenta el PIB porque el incendio crea actividades remuneradas como los bomberos o la reforestación. Por el contrario, el PIB deja fuera un montón de actividades que redundan en beneficios sociales, culturales o ecológicos, como el cuidado de niños y ancianos o las tareas medioambientales. Por ello el indicador principal que se usa, el PIB, está muy limitado para medir el nivel de bienestar de los países.

¿Esta monetarización de la economía, el que solo vale lo que crea un valor que se puede medir en dinero, se puede combatir con leyes o es más bien un tema de actitud social?

Con leyes, por supuesto. El sistema económico no es algo natural sino que constituye la forma de organizarse que ha adoptado la sociedad a través de las leyes. En nuestro caso se basa en el respeto a la propiedad privada, la posibilidad de realizar transacciones económicas con una moneda concreta, etc. Todo esto se podría cambiar influyendo en las leyes. Se podría dar mucho más valor a actividades que ahora no son pagadas. ¿Qué sentido tiene que una persona que cuida de familiares en su casa sin recibir una remuneración no cuente para el PIB, pero sí lo hace cuando realiza las mismas labores en una empresa o espacio público donde se le paga? En un caso se lo considera como empleo y en el otro no, aunque la actividad es la misma. Hay que intentar visibilizar todas estas actividades para que cuenten también como empleo remunerado.

¿La renta básica, el trabajo garantizado u otras variantes podrían ser una solución para este problema?

Es una forma de avanzar hacia este objetivo. La renta básica tiene una limitación porque se da dinero a una persona que puede disponer de ello libremente. Esto provoca que una madre que cuida a los niños y ancianos lo siga haciendo en vez de repartir estas tareas entre toda la sociedad. Ahora está cobrando pero sigue realizando la misma actividad. Creo que el trabajo garantizado resuelve este problema de una forma más solvente, en el sentido de que este trabajo que hoy supone una carga para una persona concreta en el ámbito privado se traslada al espacio público, donde se reparte la tarea entre hombres y mujeres. De esta forma, se consigue que no sea siempre la mujer la que cuida a los niños y ancianos en casa sino que se hace en guarderías o residencias públicas. Creo que es una virtud que tiene el trabajo garantizado pero no la renta básica. Pero en cualquier caso, ambas fórmulas son un paso muy importante en visibilizar y remunerar estas actividades.

Uno de los argumentos del liberalismo es que la economía depende de la iniciativa privada para la innovación o el dinamismo empresarial.

En el libro intento explicar este mito de que lo público es algo siempre muy anquilosado, inflexible, rígido, que no permite realizar innovaciones tecnológicas, por ejemplo. Que eso es algo más de emprendedores, startups de Silicon Valley. En el libro explico que hay dos tipos de investigaciones. Una es la básica, que intenta convertir la incertidumbre en regla. Por ejemplo, se puede dedicar muchísimos recursos en investigar las posibilidades del teletransporte, pero es posible que se acabe dilapidando todo sin obtener resultados. Sin embargo, si da resultados ya empezamos a trabajar en investigaciones aplicadas. Sabemos que existe la posibilidad del teletransporte y ahora buscamos fórmulas para hacerlo más rápido y eficiente. Cuando ya sabes que se puede hacer algo es más fácil dedicar recursos a desarrollar la idea. Pero la primera investigación es mucho más desagradecida porque puede que dediques muchísimos recursos sin que sirva para nada. Entonces, lo público es más adecuado para hacer esta primera investigación porque tiene más recursos y no necesita la rentabilidad económica a corto plazo. Hay espacios públicos con pérdidas que se compensan con otros que dan beneficios. A cambio, la investigación aplicada sí puede tener más sentido en el ámbito privado, donde cada uno decide en función de términos de rentabilidad cómo mejora esta innovación. La inmensa mayoría de las innovaciones importantes del siglo XX fueron iniciadas en el espacio público y gracias a la financiación pública, como el GPS, Internet o el microondas. Lejos de ser rígido, el espacio público tiene una solvencia en el tiempo que permite llevar a cabo estas investigaciones. No hay que hacer una diferenciación simplota y banal entre sector público y sector privado. Son más bien dos espacios que se complementan.

En el libro menciona como alternativa al sistema capitalista modelos como el de la Unión Soviética, donde son los dirigentes políticos los que deciden sobre la alocución de recursos. En la URSS y la RDA parece que esto no era muy eficiente.

En ningún lugar del libro digo que la Unión Soviética fuese más eficiente que el sistema actual. Lo que digo es que se rige por una lógica muy diferente a la capitalista. La economía de mercado puede ser muy eficiente para conseguir beneficios privados pero no para repartir la renta y la riqueza para evitar, por ejemplo, que en nuestro país haya tres millones de casas vacías pero mucha gente sin casa, que haya cuatro millones de personas sin trabajar pero un montón de trabajo que hacer, productos de alimentación que sobran en los supermercados y se tiran mientras hay gente que está pasando hambre. Eso no es muy eficiente. En cualquier caso, depende de cómo se mide la eficiencia. Lo que digo es que lo público tiene una ventaja y es que no está regido o limitado por la lógica de la rentabilidad capitalista, no está buscando un beneficio económico privado a corto plazo sino que puede regirse de otra forma. Esta forma puede ser buena, mala o estrambótica. Puede ser autoritaria en vez de democrática. Pero te permite un abanico de posibilidades para decidir que nos regimos por criterios sociales, de género, a través de mecanismos lo más democráticos posible. Todo eso solo es posible a través de lo público. Claro que desde lo público también se pueden cometer barbaridades. En lo privado, el mercado capitalista te exige obtener beneficios para seguir existiendo y eso te puede llevar a minimizar los salarios de tus empleados o hacer triquiñuelas para pagar menos impuestos, etc.

Pero esta presión de conseguir beneficios también puede ser una forma de separar lo bueno de lo malo, en el sentido de que algo que no obtiene beneficios igual no satisface ninguna necesidad en la sociedad.

Eso es uno de los mitos de los que hablo en el libro. Esa idea que tiene la gente de que la renta y la riqueza solo se generan en el espacio privado y que lo público es una especie de parásito que extrae recursos de lo privado a través de impuestos para luego repartirlo de alguna forma. Es un mito, es totalmente falso. Porque lo que genera renta, satisfacción y bienestar, al fin y al cabo, son personas trabajando, con conocimientos, satisfaciendo necesidades. Esto puede ser pagado, entonces entra en la lógica capitalista del mercado, o puede no estar pagado. Pero si no está pagado ya no puedes determinar si es rentable o no en términos monetarios. Si nos basamos solamente en si algo es rentable o no en términos capitalistas, solo puede ser rentable lo privado. Pero tenemos que ir más allá y ver si algo es rentable, no en términos económicos para una empresa, sino en términos sociales y ecológicos.

Para los liberales la economía de mercado libre no es simplemente un tema de eficiencia o rentabilidad sino también una cuestión de libertad individual, de que cada persona pueda hacer lo que quiera. ¿Esa libertad individual es compatible con un sistema económico que vela por el interés general?

Por supuesto, pero depende de la definición de libertad, si es positiva o negativa. Hoy en día el concepto de la libertad que impera es que cada uno pueda hacer lo que quiera. Pero la libertad también puede ser interpretada desde otro punto de vista, de que cada uno pueda hacer algo porque está capacitado para ello. Esa sería la definición positiva frente a la negativa, que es decir que nadie debe impedirme que pueda hacer lo que quiera. Un ejemplo: una persona sin recursos, en términos convencionales, es libre pero en realidad no tiene capacidad para sobrevivir porque no tiene ingresos para comprarse nada. En este sentido podemos orientar nuestra sociedad hacia la libertad positiva que es garantizar que cada uno tenga al menos garantizada la supervivencia. Eso se consigue con una renta básica o un trabajo garantizado. ¿Eso puede entrar en contradicción con la libertad negativa de algunas personas? Evidentemente sí. Pero, ¿qué sentido tiene una sociedad en la que cada uno pueda hacer absolutamente todo lo que quiera? La sociedad no es la suma de los individuos porque estos se relacionan entre sí, desde que nacen y reciben cuidados hasta que mueren recibiendo cuidados. Por ello no solo tenemos derechos sino también obligaciones. Hay necesidades en nuestra sociedad que deben ser cubiertas entre todos. Si esto pone en peligro una parte de esta libertad negativa de la que hablo creo que es totalmente aceptable y, de hecho, deseable.

Tras el estallido de la última crisis financiera y económica, los dirigentes políticos hablaban de refundar el capitalismo y otras soluciones para cambiar de rumbo. ¿Hemos aprendido algo o seguimos igual que antes?

Creo que fue un espejismo porque era un momento convulso. Todas las bolsas caían y las élites del mundo capitalista se asustaron.:’Oye, a lo mejor se nos está acabando el chiringuito, vamos a reaccionar antes de que los de abajo nos den la vuelta’. Sin embargo, a medida que se daban cuenta de que la crisis tampoco era para tanto, que podían domarla y que tampoco hubo unas revueltas sociales tales que pusieran en peligro sus privilegios, se calmaron y configuraron la salida de la crisis acorde con sus intereses. Pero creo que todavía estamos en una situación para darle la vuelta porque no estamos como antes de 2007. Mucha gente se ha dado cuenta de que algo no funciona. No es como nos lo contaron, que una carrera o una buena formación no son suficientes para lograr un trabajo digno. Aquí hay gato encerrado y la gente busca respuestas. Por ello, los economistas críticos intentamos darles herramientas para que puedan encontrar estas respuestas.

Y sin embargo, sigue dominando otro discurso económico…

Es normal. Nadie es tan ingenuo de pensar que de un día al otro, en un año o incluso en diez, va a cambiar la mentalidad de la gente. Este imaginario colectivo tarda mucho en cambiar. Alguien que se ha criado en este sistema difícilmente va a cambiar de opinión ahora. Por eso corresponde a la nueva generación que va viviendo una realidad diferente y va asumiendo planteamientos diferentes. No soy pesimista. Creo que hemos conseguido mucho desde el año 2006. Antes a las conferencias sobre economía alternativa iban diez o doce personas, y hoy va muchísima más gente porque saben que las cosas que les han contado no cuadran.

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Críticas a la Renta Básica Universal desde la izquierda

Un hombre pide limosna en el centro de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

Las críticas que recibe la Renta Básica Universal suelen provenir de la derecha ideológica y se suelen centrar en la viabilidad de su financiación (“no hay suficiente dinero para aplicar la medida”) y en sus implicaciones éticas y morales (“no es justo que alguien que no trabaje reciba un ingreso”). Algunos incluso han ido más allá y sin sonrojarse han convocado francotiradores para controlar el “efecto llamada” que supuestamente provocaría una RB sobre personas residentes en otros países. Todas estas críticas son bien conocidas (porque son las que predominan en los medios de comunicación de masas) y son –además– fácilmente refutables: está suficientemente demostrado que hay capacidad de sobra para financiar la medida; las personas que no reciben un salario están en esa situación porque no encuentran un empleo y no porque no quieran trabajar (amén de que sí suelen realizar muchos trabajos, pero no remunerados); y el efecto llamada no sólo es fácilmente controlable administrativamente sino que además no hay evidencia de que se haya producido en experiencias relativamente similares.

Pero las críticas desde una aproximación de izquierdas desgraciadamente no son tan conocidas, y –quizás debido a ello, por haber existido poco debate al respecto– no son tan fácilmente refutables como las anteriores. En este artículo pretendo resumir las críticas más importantes que se enarbolan desde este lado del espectro ideológico.

Antes de enumerar las críticas es necesario hacer dos apuntes para evitar confusiones: 1) la Renta Básica Universal (en adelante “RB”) es aquella medida consistente en otorgar un ingreso monetario de unos 650 euros a todas las personas independientemente de cualquiera de sus características, y es diferente de cualquier Renta Mínima (se llame como se llame) consistente en otorgar un ingreso monetario sólo a aquellas personas que cumplan determinados requisitos (por ejemplo, tener una renta baja); y 2) partimos de la premisa de que cualquier defensor de la RB no propone en absoluto una merma del Estado del Bienestar sino que aboga por una RB como añadido o complemento a cualquiera de sus prestaciones sociales. Dicho esto las críticas a las que me refería son las siguientes:

1) La RB se canaliza a través del mercado capitalista. El Estado entrega dinero a los beneficiarios para que estos compren los productos y servicios que quieran en el mercado. Esto es muy diferente de lo que ocurre con las prestaciones clave del Estado Social: educación y sanidad, que son ámbitos en los que el Estado ofrece un servicio directamente al beneficiario, sin que medie prestación monetaria ni la lógica de mercado por ningún lado. Una RB que pretendiese evitar los efectos perniciosos de la lógica capitalista de mercado debería ser en especie: el Estado cubriría las necesidades básicas de la población mediante la entrega directa de productos alimentarios, ropa y calzado, vivienda, transporte, energía, telecomunicaciones, cultura, etc., o al menos una combinación de todos o algunos de estos elementos.

De esta forma se consigue lo siguiente: a) que la RB se utilice para garantizar necesidades básicas y decididas democráticamente y no para determinados consumos que podrían considerarse social o ecológicamente indeseables (de lujo, irresponsable, insostenible en términos medioambientales, en productos en cuya elaboración se cometen injusticias laborales, etc); y b) evitar que determinados sectores empresariales hagan negocio a costa de la RB e incluso que abusen elevando precios en virtud de su fuerza de mercado.

Una RB monetaria implica que la satisfacción de necesidades se canalice mediante decisiones individuales y asimétricas filtradas por el único criterio de la rentabilidad económica que impera en el mercado capitalista, mientras que una RB en especie permite que la satisfacción de necesidades pueda canalizarse a través de decisiones colectivas y democráticas en función de criterios políticos, sociales, feministas y ecológicos. La RB monetaria es consustancial al sistema económico actual y fortalece su forma de funcionamiento; abandona a sus beneficiarios a las garras del mercado.

2) La RB otorga libertad y derechos pero no compromisos. Los seres humanos somos lo que somos porque vivimos en sociedad y nos interrelacionamos constantemente con nuestro prójimo y nuestro entorno natural, lo que nos enriquece en todo momento y lo que debería hacernos sentir en deuda. Por ello, no sólo deberíamos tener derechos sino que también deberíamos tener responsabilidades y compromisos frente a nuestros conciudadanos y nuestro medio ambiente.

Sin embargo, la filosofía que trasciende a la RB es: “gana libertad y haz lo que quieras”, cuando desde un punto de vista colectivo, solidario y fraternal debería ser: “gana libertad y contribuye a mejorar tu mundo”. Por lo tanto, la RB debería evolucionar hacia una suerte de prestación dirigida a fomentar principios de solidaridad, altruismo y fraternidad, algo que no se conseguiría únicamente con la prestación monetaria en una sociedad capitalista dominada por principios de egoísmo e individualismo.

Una RB por sí sola no va a lograr que sus beneficiarios dediquen esfuerzos en mejorar su entorno social y ecológico, porque al mismo tiempo están recibiendo poderosas señales desde este sistema que los empuja precisamente en una dirección opuesta. Por eso, sería deseable complementar una RB con la adquisición de responsabilidades y compromisos en relación al cuidado de nuestro prójimo y de nuestra biosfera, con el objetivo de impregnar valores de responsabilidad democrática, colectiva, social y ecológica; algo que se podría lograr, por ejemplo, con políticas de Trabajo Garantizado.

3) La RB puede provocar tensiones inflacionistas. Uno de los objetivos de la RB es que muchos trabajadores tengan siempre un colchón de seguridad económica que les brinde la oportunidad de rechazar empleos indignos o reclamar aumentos salariales. Pero si el empleador no es capaz de incrementar suficientemente la remuneración, es de esperar que el trabajador abandone el puesto de trabajo en busca de una mejor alternativa y que el empleo en cuestión desaparezca. Por otro lado, muchos autónomos que hoy día realizan jornadas maratonianas y que ganan poco más de lo que supondría la RB también podrían verse tentados a abandonar su actividad económica con el objetivo de labrarse un futuro diferente y más halagüeño (¿para qué va a estar, por ejemplo, el dueño de un pequeño comercio trabajando todo el día y cobrando no mucho más de 650 euros si tiene la oportunidad de no trabajar y cobrar 650 euros?

La destrucción de muchos de estos empleos provocaría una disminución de los bienes y servicios ofertados en el mercado, lo que unido a un incremento de la capacidad adquisitiva de la población provocaría tensiones inflacionistas: por la ley de la oferta y la demanda, más dinero —o el mismo— que antes dedicado a comprar menos productos y menos servicios que antes tiende a provocar que los vendedores de esos bienes y servicios se vean tentados a aumentar los precios para aprovecharse de esa nueva situación en la que tienen menos competidores. Esta idea se desarrolla aquí.

4) La RB puede suponer una subvención a determinadas empresas. Si un actual trabajador pasa gracias a la RB a ingresar algo más de dinero y no tiene ningún incentivo en abandonar su puesto de trabajo (porque le guste, porque le sirva para ascender profesionalmente, etc), el empleador puede verse tentado a pagarle menos a sabiendas de que la RB complementará sus ingresos logrando que el ingreso final del trabajador sea igual o incluso superior al que tenía antes de la RB. En este caso el empleador pagaría menos en salarios pero el trabajador no se vería afectado porque la RB complementaría sus ingresos. De esta forma, la RB se habría convertido en una subvención al pago que debe realizar el empresario en forma de salario. Se pasaría a pagar con dinero público algo que antes pagaba el empresario. Esta idea se desarrolla aquí.

5) La RB en la práctica no es incondicional. Los defensores de la RB proponen financiarla con una reforma fiscal progresiva de forma que el 20% más rico aproximadamente saldría perdiendo (pagaría la RB de todo el mundo) y el 80% más pobre saldría ganando. En estas condiciones se pierde la característica de incondicional, pues no todo el mundo disfrutaría la RB ni de la misma forma, sino que ello dependería del nivel de renta que se tuviese (los más ricos no disfrutarían la RB, los más pobres sí, y los situados en medio la disfrutarían pero en un nivel reducido). Es decir, en la práctica la RB funcionaría exactamente igual que una Renta Mínima dirigida al 80% de la población más pobre. Esta idea se desarrolla aquí.

6) El coste administrativo y financiero de una RB es superior al de una Renta Mínima bien gestionada. A pesar de que los defensores de la RB hacen hincapié en que la aplicación de la RB sería rápida y sencilla, precisamente por la pérdida de la incondicionalidad señalada en el punto anterior –que provocaría que todo el mundo tuviese que declarar la renta que recibe cada año–, el coste administrativo de una RB no es despreciable ni su aplicación instantánea. De hecho, cualquier renta mínima gestionada a través de IRPF (tras la declaración de ingresos, si fuese necesario el Estado aportaría la cantidad necesaria para alcanzar los 650 euros mensuales) sería más sencilla y barata en términos administrativos porque los afectados serían muchos menos. Es más costoso y farragoso detraer recursos del 20% más rico para transferirlo al 80% más pobre que detraer recursos del 5% más rico y transferirlo al 20% más pobre (que en todo caso es quien de verdad necesita ayuda). Esta idea se desarrolla aquí y aquí.

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