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El Parlamento Europeo fija en el 35% el objetivo de renovables para 2030

Molinos de viento en Tarifa. Foto: Hernán Piñera / CC BY-SA 2.0.

Este miércoles el Parlamento Europeo fijó en un 35% el mínimo de energías renovables en el mix energético para 2030. Esta será la posición negociadora de la Eurocámara ante la Comisión Europea y el Consejo Europeo para el establecimiento de la Directiva Europea de Energía. El Consejo ya había fijado sus ambiciones en el 27% hace un mes, en una decisión que sorprendió y decepcionó a grupos progresistas y ecologistas de todo el continente.

Además de la posición en cuanto al mix energético, el Europarlamento ha fijado en un 12% el porcentaje de energías renovables que deberán estar presentes en el sector del transporte para finales de la década que viene. El Parlamento Europeo también ha mostrado su rechazo frontal al conocido como ‘impuesto al sol’.

Una vez sea aprobada la directiva, cuyas negociaciones pueden comenzar inmediatamente, los estados miembros deberán fijar sus propios límites de emisiones, que serán supervisados desde Europa. Para 2022, el 90% de las estaciones de servicio en las principales carreteras europeas deben contar con cargadores para vehículos eléctricos.

Entre las decisiones del Parlamento Europeo se ha incluído también la prohibición del uso de aceite de palma en biocombustibles a partir de 2021. Además, se ha cortado la opción de aumentar la proporción de biocombustibles procedentes de cultivos que puedan servir de alimento, fijándose el límite en niveles de 2017 (alrededor de un 7%).

Sabor agridulce

Los eurodiputados ecologistas han celebrado la decisión de la Eurocámara. Michele Rivasi, representante de los verdes franceses, afirmó en una nota de prensa que el acuerdo es “histórico y consistente con los compromisos climáticos de la UE”, explicando que si la política finalmente va en la línea marcada por el parlamento, “ayudará a desarrollar una auténtica independencia energética, crear puestos de trabajo y asegurar las inversiones”.

Sin embargo, el eurodiputado de Podemos, Xabier Benito, que se ha abstenido en las tres votaciones, ha criticado que el acuerdo no es suficientemente ambicioso. “Había margen para hacer más y mejor”, argumentó Benito a través de su canal de Telegram, lamentando que los límites máximos no vayan más allá de lo que actualmente “indica la tendencia del mercado”. No obstante, el representante de la formación morada ha celebrado la decisión del parlamento europeo en cuanto al autoconsumo. “Es una tarjeta roja al gobierno de España”, afirmó.

José Blanco, eurodiputado socialista, celebró el “amplio consenso” alcanzado por la cámara y argumentó que la descarbonización puede ser un motor de “competitividad, actividad económica y empleo”.

En una nota de prensa, la organización ecologista WWF se mostró satisfecha con la decisión de la Eurocámara en cuanto a eficiencia energética y autoconsumo, pero consideró que los eurodiputados no cumplieron respecto al límite de biomasa. La ONG criticó que el parlamento no haya tenido en cuenta las advertencias de más de 800 científicos, que habían pedido que dejara de subvencionarse la quema de restos de madera para la producción de energía. Alex Mason, directivo de políticas de la oficina de WWF en Europa, definió la propuesta como “escandalosa” y avisó a las empresas de que “la inversión en biomasa conlleva un alto riesgo”, ya que “ignora la ciencia y pone en peligro el cumplimiento de nuestros objetivos climáticos”.

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Las noticias climáticas de la semana: Mirando a la Antártida

Imagen satelital del deshielo de la Antártida. Foto: NASA.

La Antártida: Bomba de relojería

Los glaciares de Pine Island y Thwaites son los que más rápidamente se están derritiendo en la Antártida. Y eso es un problema de dimensiones catastróficas: Si ambos glaciares colapsan (lo que es muy posible), el nivel del mar subiría, en cuestión de unos cuantos años, entre tres y cuatro metros. O lo que es lo mismo: La práctica totalidad de las ciudades costeras del mundo desaparecerían bajo las aguas. Cientos de millones de refugiados climáticos en los cinco continentes quedarían sin hogar.

Eric Holthaus publicaba este reportaje el martes en Grist, e inmediatamente sonaban todas las alarmas. Su trabajo se merece encabezar el resumen de la semana, y no sólo porque Holthaus es uno de los mejores periodistas sobre cambio climático, sino por la urgencia del asunto: Hablamos, como es habitual, de finales de este siglo como escenario, pero también de la posibilidad de que este colapso llegue antes de 2050.

El regreso de Keystone XL

Mientras tanto, en Estados Unidos, siguen mejorando las condiciones para que el colapso de la Antártida y otros desastres climáticos sigan su curso. El lunes, los legisladores del estado de Nebraska aprobaron la instalación del oleoducto Keystone XL, que abriría la ruta para que los hidrocarburos de Alberta, en Canadá, lleguen a las refinerías de Texas y el Golfo de México. La obra, que costará unos 8.000 millones de dólares, fue desechada en 2015 por el gobierno de Barack Obama tras enfrentarse el proyecto a continuas manifestaciones y protestas. Sin embargo, Donald Trump la reactivó poco después de llegar a la presidencia.

Pero no todo en la decisión de Nebraska es malo. El oleoducto ha sido aprobado, pero con modificaciones en su recorrido, por lo que los promotores del mismo tendrán que conseguir ahora nuevos permisos de los propietarios de las tierras que atravesará la obra, que en general se han mostrado en contra de la obra desde su arranque. No es una derrota para la industria de los combustibles fósiles, pero sí un regreso a la casilla de salida.

Y en la UE…

Un estudio de la consultora Artelys asegura que la Unión Europea podría obtener un 61% de su energía de fuentes renovables para 2030, superando con creces el 49% actualmente proyectado por Bruselas. El descenso en el coste de las renovables. Según el informe, esto evitaría la emisión anual de 265 millones de toneladas de CO2, al tiempo que ahorraría 600 millones de euros cada año, creando 90.000 puestos de trabajo.

Esto va en contra de la actual estrategia de la UE, que planea sustituir el carbón y el petróleo por el gas, al que considera un combustible de transición, en contra de la opinión de científicos y ecologistas. El informe de Artelys afirma que, de instalarse la potencia renovable adicional, el consumo de gas se podría reducir en un 50%.

Alemania, carbón y nuevas elecciones

Las negociaciones entre la CDU de Angela Merkel y los verdes para formar gobierno han fracasado. La canciller no ha hecho oficial que Alemania vaya a votar de nuevo en unos meses, pero eso parece lo más probable. El carbón ha sido uno de los principales escollos para el intento de coalición, que también incluía a los neoliberales del FDP. Según el diario británico The Guardian, los verdes exigían que se redujese el consumo de carbón entre 8 y 10 gigavatios, lo que no ha sido aceptado por la CDU y la FDP.

Así, a pesar de la retórica anticontaminación del gobierno alemán (el mayor productor de carbón y el país con las plantas eléctricas más contaminantes del continente), las diferencias en las estrategias contra el cambio climático se ha convertido en una cuestión de estado.

Dimisiones en las renovables

El miércoles dimitieron el director de la Plataforma Solar de Almería, Sixto Malato, y el responsable de la Unidad de Sistemas Solares de Concentración, Eduardo Zarza. Ambos señalan a las trabas burocráticas impuestas por el gobierno a los organismos públicos de investigación. La PSA, el mayor centro de investigación en energía solar de concentración de Europa y uno de los mayores del mundo, inició la semana pasada una recogida de firmas para denunciar las medidas del gobierno, que no les permite utilizar parte de los fondos que tienen asignados tanto desde Madrid como desde Bruselas. La medida responde a la estrategia de contención del déficit.

En declaraciones a El País, Zarza lamentó no tener “la capacidad para seguir con la marcha de este centro, es una instalación que está en el top mundial y se está hundiendo por desidia”.

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El tiempo que está por venir

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Octubre de 2017. Temperaturas que superan los 30 grados en la mayoría de ciudades españolas. Semanas enteras sin ver una sola gota de lluvia. Pantanos bajo mínimos. Cosechas que se adelantan. A 1.700 kilómetros de distancia, en la ciudad alemana de Bonn, del 6 al 17 de noviembre, se celebrará la conocida como Conferencia de las Partes, la COP23, patrocinada por la automovilística BMW y la empresa de paquetería y logística DHL, algo que ya pasó en París (2016) con Nissan e Ikea, y en Marrakech (2017) con BNP-Paribas, el banco que financia grandes proyectos de extracción minera.

Bonn acoge una cumbre que no ha levantado grandes expectativas a la espera de la que tendrá lugar el año que viene en la ciudad polaca de Katowice, donde los países que firmaron el Acuerdo de Parísdeberán revisar sus compromisos de reducción de emisiones de gases contaminantes. Hasta entonces, desde el movimiento ecologista ya se escuchan voces que alertan de que los compromisos firmados hasta el momento se muestran “insuficientes” y confían en que la próxima década se tomen medidas para salvar el futuro del planeta más allá de 2030. Precisamente para ese año, Europa se ha comprometido a reducir sus gases de efecto invernadero en un 26% respecto a 2005. Asimismo, del total de la energía consumida, al menos el 27% deberá proceder de fuentes renovables, y la eficiencia energética tendrá que mejorar otro 27% respecto a la situación actual. Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo, cree que de la reunión alemana deberían salir más acciones concretas que pongan en práctica el citado Acuerdo de París, y apela a que cada Estado haga una revisión más ambiciosa de sus compromisos. Por otro lado, destaca que es el momento de actuar desde el ámbito local y “dar más relevancia a nuevos actores de la lucha contra el cambio climático, como las ciudades del cambio o la ciudadanía energética”.

Alemania acogió la primera conferencia de las Partes de la CMNUCC (COP1) hace 22 años. Desde entonces, se han firmado acuerdos vinculantes como el de París y Kyoto. Además, se han desarrollado 12 sesiones de la Conferencia de las Partes del Protocolo de Kyoto (CMP12) y una sesión de la Conferencia de las Partes del Acuerdo de París (CMA1). La próxima cita se celebra  en mal momento: llega pocas semanas después de que el presidente de EEUU, Donald Trump, haya decidido derogar el Plan de Energía Limpia, aprobado por el anterior gobierno y que estaba dirigido a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. “Con esta decisión vamos a facilitar el desarrollo de los recursos energéticos de Estados Unidos y a reducir cargas reguladoras innecesarias”. Las declaraciones de Scott Pruitt, dirigente de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, son una prueba más de la falta de compromiso de la administración de Trump en la lucha por el clima.

En España, el pasado 9 de octubre concluyó el periodo abierto (en pleno verano) por el Gobierno para presentar aportaciones a la Ley de Cambio Climático y Transición energética que debe aprobarse esta legislatura y que servirá de base para cumplir los acuerdos de París. Greenpeace es una de las organizaciones que han presentado propuestas a la normativa que, a su juicio, debe ir encaminada a crear un marco normativo que establezca un modelo energético 100% renovable. En eso coinciden con la Asociación de Empresas de Energías Renovables-APPA, que defiende el modelo de “quien contamina, paga”. Otras voces, como la del director de Política Energética y Cambio Climático de la multinacional Iberdrola, Carlos Sallé, ven en la lucha contra el cambio climático una “gran oportunidad social y económica”.

Elevadas temperaturas

Mientras la clase politica y los organismos internacionales se ponen de acuerdo, el clima sigue con su tendencia, marcando máximos de temperatura. El año 2017 ha sido el que más olas de calor ha registrado desde 1975, la fecha a partir de la cual se manejan datos. Las cinco que se han producido suman 25 días bajo esta situación. En 1991 y 2016 hubo cuatro olas de calor cada año; y en 2015, las temperaturas fueron tan altas durante 29 días que la Agencia Española de Meteorología tuvo que dar un aviso a la población. A estas elevadas temperaturas hay que añadir la falta de lluvias, que ha provocado la peor sequía de las dos últimas décadas y ha dejado los embalses al 38% de su capacidad total. Además, el último informe de Ecologistas en Acción sobre la calidad del aire en España denuncia que cuatro de cada cinco españoles respiraron niveles de ozono superiores a los recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), un contaminante que afectó al 87% del territorio.

En 2021 se entregará el sexto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Su función es evaluar los aspectos científicos, técnicos, ambientales, económicos y sociales de la vulnerabilidad al calentamiento global. A través de la fotografía fija que elaboren, el mundo tendrá una imagen real de hacia dónde nos encaminamos, quizás sin solución ya que, como apuntan algunos expertos como Ed Hawkins, del Centro Nacional de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading (Reino Unido), ya habríamos superado el temido umbral de los 1,5 grados centígrados. Esperemos que cuando llegue el informe del IPCC no sea demasiado tarde. Quizás para entonces París, Marrakech, Bonn y Katowice solo sean algunos nombres de un extenso listado de oportunidades perdidas.


CRONOLOGÍA DE UNA LUCHA A DESTIEMPO

2006

Verdades incómodas

El exvicepresidente estadounidense Al Gore protagonizó el documental Una verdad incómoda, la primera gran producción que hablaba de las causas y consecuencias del cambio climático. Diez años después Leonardo di Caprio produjo Before the flood. Este otoño, Gore ha ido más allá con Una verdad muy incómoda: ahora o nunca. En el mundo literario, Naomi Klein publicó en 2014 el libro Esto lo cambia todo, un manual de referencia para tomar conciencia sobre la gravedad del problema.

China vs. EEUU

Ese año China adelantó a Estados Unidos en la dramática carrera por ver cuál de los dos países emite más gases contaminantes a la atmósfera. Juntos representan el 40% del total de las emisiones globales. Los presidentes Barack Obama y Xi Jinping firmaron en 2014 un acuerdo para reducirlas. Ya nadie se acuerda de esa fecha ni del compromiso. El tercer país más contaminante es India.


2007

El primo de Rajoy

Mariano Rajoy hizo famoso a su primo el negacionista. En una conferencia, el entonces líder de la oposición, más allá de algún chascarrillo propio de sus discursos, afirmó al referirse al cambio climático: “Tampoco lo podemos convertir en el gran problema mundial”. Su gobierno ha firmado el Acuerdo de París y, por suerte, su primo no está entre los ponentes que deberán discutir la nueva ley sobre cambio climático prevista para este año.


2014

Esto va en serio

El quinto informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) acaparó la atención mundial. Los científicos demostraban que los impactos del calentamiento global ya son visibles en todos los continentes y sentenciaban que la responsabilidad es humana. Además, los expertos alertaban de que si había un aumento global de las temperaturas de más de dos grados, el planeta sufriría daños irreversibles.

Marchas: no hay un plan B

Nueva York acogió una de las manifestaciones más numerosas de su historia. Más de 300.000 personas salieron a la calle para recordar a los jefes de Estado que el cambio climático es un problema global. En todo el mundo se realizaron un total de 2.808 marchas en otras tantas ciudades pidiendo medidas urgentes. Una de las pancartas más repetidas, que sigue en vigor, sentenciaba: No hay plan B porque no tenemos un planeta B.

2017

La irrupción de Trump

El 1 de junio, el presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos abandonaba el acuerdo firmado en la COP21 de París con la excusa de “proteger a Estados Unidos y a sus ciudadanos”. Trump, que se ha rodeado en su gabinete presidencial de negacionistas del cambio climático, denunció las condiciones “draconianas” y pidió un acuerdo “justo” que no restrinja el desarrollo económico. Del futuro del planeta no dijo nada.


2020

La última oportunidad

Los países que hayan firmado los acuerdos de París deberán empezar ese año a cumplir sus compromisos de reducción de gases contaminantes, que tendrán que ser mucho más restrictivos que los del Protocolo de Kyoto. El objetivo será que el aumento de la temperatura mundial no supere los dos grados centígrados a finales de este siglo. Quizás el año 2020 ya sea demasiado tarde, lo que está claro es que será la última oportunidad.

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Confirmada la multa de 128 millones a España por los recortes en renovables

Paneles solares fotovoltaicos. FOTO: ACTIV SOLAR.

La Justicia estadounidense ha confirmado la sentencia internacional contra España que establece el pago de 128 millones de euros para compensar a dos compañías cuyas inversiones se vieron perjudicadas por la retirada de apoyo público a las energías renovables, unos recortes iniciados por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en 2010 y rematados por la reforma eléctrica del gobierno de Mariano Rajoy en 2013. Quedan pendientes otras 26 denuncias similares contra el gobierno español por los recortes a las energías limpias.

Según adelantó InfoLibre, el Tribunal Federal del distrito Sur de Nueva York confirma así la sentencia de la Corte Internacional de Arreglo de Diferencias del Banco Mundial (Ciadi), que en mayo de este año estableció que el recorte del gobierno en renovables fue “excesivo, abrupto y devastador” y fijó una multa de 128 millones de euros. España recurrió ese laudo un día después de su publicación. Además, el gobierno introdujo una enmienda en el proyecto de los Presupuestos Generales del Estado de este año para que los costes de estos arbitrajes recaigan en la factura de la luz.

El tribunal estadounidense también revalida el pago de un interés del 2,07% desde junio de 2014 hasta mayo de este año por parte de España, además de un rédito del 2,5% mensual a partir de esa fecha. Los representantes legales del Estado español han vuelto a pedir la anulación de ese fallo argumentando que elude “requisitos jurisdiccionales y procesales de la ley de Inmunidad de Soberanía Extranjera”. Desde el Ciadi declaran que España violó el artículo 10 de la Carta de la Energía.

En 2013 las compañías Eiser Infraestructure y Energía Solar Luxembourg, filial de la primera, denunciaron al gobierno de España ante el Banco Mundial por la supresión y retirada de subvenciones previstas para las plantas fotovoltaicas en España. Estas dos empresas habían comprometido una inversión de 935 millones de euros en plantas fotovoltaicas y reclamaron 300 millones al Reino de España, pero el Ciadi estableció que la sanción debía ser de 128 millones.

Las ayudas a las renovables fueron implementadas por el gobierno socialista de Zapatero en 2007, siguiendo una directiva europea sobre cambio climático. La medida situó a España como país líder mundial en el uso de energías renovables, pero desde 2010 estas ayudas fueron mermando y finalmente fueron anuladas con la reforma eléctrica de 2013. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) calcula que desde entonces el recorte en renovables asciende a 1.700 millones de euros al año.

Ante el primer varapalo del Ciadi en mayo de este año, el Ministerio de Energía respondió que la sentencia no podía ser extrapolada y trató de desvincularla de la reforma eléctrica de 2013. El gobierno español teme que esta sentencia sirva de precedente ante las otras 26 denuncias pendientes de empresas que emprendieron acciones legales por el mismo motivo.

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“La energía nuclear socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios”

MADRID // Está presente en la ropa que vistes, el aire que respiras y la estrategia diplomática de cualquier nación, pero su fin es inminente e inevitable. El experto en energía Jorge Morales de Labra acaba de publicar Adiós, petróleo, una obra de lectura rápida y clara que recorre la historia del combustible fósil más adictivo para la humanidad y plantea varias reflexiones sobre un futuro próximo sin el llamado oro negro.

La energía como negocio y arma política. ¿En qué momento dejó de ser un derecho?

La energía nunca ha sido un derecho en sí. Desde que en el siglo XIX se empezara a explotar el petróleo, jamás se ha contemplado la energía como derecho. La gente siempre ha tenido que pelear por la energía y esta ha sido una fuente permanente de conflicto en todo el mundo, al menos los últimos 150 años.

Le doy la vuelta a la tortilla: ¿la energía debería ser un derecho fundamental para el desarrollo socioeconómico?

La transición energética no es como cambiar cromos, es decir, no consiste solo en cambiar combustibles fósiles por renovables. Tiene que ver mucho con un término muy bonito pero que tiene muchas cosas detrás: la democratización de la energía. Las energías renovables permiten por primera vez en la historia que cada cual decida qué energía quiere para sí mismo. Esto nos puede parecer muy snob aquí en los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero está siendo una verdadera revolución en países de África o en la India, por ejemplo, donde la gente está montando sistemas fotovoltáicos con baterías, llevando electricidad a sitios impensables. Las renovables permiten que la energía esté más cerca de ser un derecho en la medida en que es más accesible para toda la población. Recordemos que hay más de 1.000 millones de personas ahora mismo sin acceso a la electricidad.

El libro recorre la historia del petróleo, desde su descubrimiento hasta hoy. ¿Cuál es el próximo episodio en la historia de este recurso? ¿Muerte y defunción perpetua?

Seguiremos consumiendo petróleo durante muchos años pero sin duda habrá una revolución radical en su consumo. Ya hemos empezado por la generación de energía eléctrica, e inmediatamente pasaremos a otra fuente. Vaticino que de aquí a 2025 más de la mitad de los coches que se vendan serán eléctricos, y eso cambiará la fisionomía de las ciudades y la calidad del aire de las mismas. Después avanzaremos a otros sectores. Creo que el más difícil de abordar será el de la petroquímica. No nos damos cuenta de que miremos a donde miremos hay petróleo: ropa, material de oficina… Ese es el que más tardaremos de eliminar.

El subtítulo del libro es Historia de una civilización que sobrevivió a su dependencia del oro negro. ¿Optimismo o realismo?

Desengancharnos del petróleo se debe a tres razones. En primer lugar, sabemos que no va a durar mucho. La Agencia Internacional de la Energía estima que tenemos petróleo para 70 años más. Hemos vivido en un espejismo: en seis generaciones hemos dilapidado todas las reservas que han tardado cientos de millones de años en generarse. En segundo lugar, tenemos un problema medioambiental gordísimo. El cambio climático es sin lugar a dudas el reto más importante al que nos hemos enfrentado como civilización y el que más consenso científico ha logrado en la historia. Además, tenemos un problema de contaminación en las ciudades que ya es un problema de salud pública de primer orden. Hace años señalábamos a China por el aire contaminado, pero ahora nos damos cuenta de que no solo es problema exclusivo de los chinos. Creo que el escándalo Volkswagen ha abierto los ojos a mucha gente en ese sentido. El problema de la contaminación de las ciudades es un problema global. No podemos seguir matando a la gente. Hay 3,7 millones de muertos al año por la contaminación del aire en las ciudades según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tercero: a día de hoy existe una alternativa que, además, es más barata. En las subastas internacionales las renovables ganan a las energías fósiles. Esto hace que los grandes fondos de inversión desplacen su dinero para invertir en renovables. Estas tres razones nos abocan a una transición rápida.

Gas Natural Fenosa, por citar un ejemplo, está llevando a cabo grandes campañas para posicionar el gas natural como el recurso imprescindible en la transición hacia un modelo basado en energías limpias. ¿Realmente el gas natural es imprescindible?

El gas natural no es imprescindible para la transición hacia las energías renovables. Lo que ocurre es que es el menos malo de todas las tecnologías de generación no renovables que tenemos funcionando en España. Si me preguntan cómo desarrollaría esa transición energética, yo sí contaría con ese gas, pero con el gas existente, ojo. En ningún caso construiría centrales nuevas. Aprovecharía las que hay construidas y empezaría a cerrar mucho antes las demás, como las de carbón o las nucleares, por ejemplo. ¿Eso quiere decir que necesitemos el gas natural para hacer la transición a las renovables? No, quiere decir que viene bien utilizarlo hasta que lleguemos a 100% renovables. Para 2050 estoy convencido de que seremos capaces de llegar a ese 100% sin necesidad de ningún tipo de gas.

¿Qué hace el lobby de los combustibles fósiles para entorpecer la transición hacia un modelo limpio de energía?

Mentir. El caso más sangrante fue el de Peabody, la empresa de carbón más importante de EEUU. Cuando quebró aparecieron documentos que mostraban cómo la compañía era el centro de financiación de muchos grupos negacionistas del cambio climático. Hace poco el MIT [Instituto Tecnológico de Massachusetts], que no es cualquier instituto, acreditó que desde hace décadas las grandes petroleras estadounidenses son conscientes del efecto de los vertidos de petróleo y las emisiones contaminantes. Hay una enorme responsabilidad, por ser suave, por parte de estas empresas que quieren alargar sus negocios lo máximo posible siendo plenamente conscientes de las consecuencias de su negocio. Es similar a lo que pasó con la industria del tabaco.

¿Cuál es el precio geopolítico de nuestra dependencia a los combustibles fósiles?

Es un precio altísimo. Toda la estrategia internacional de la mayor parte de países llamados “desarrollados” se basa en el problema de las materias primas en general, de las materias energéticas en particular, en concreto el petróleo. Las intervenciones militares son clave y su daño es directo e indirecto. Fíjate en la crisis migratoria. No solo están los daños directos sobre determinados países, es que después además esas economías se centran en unos grupos muy concretos y el resto de la población malvive y se ve obligada a desplazarse a, por ejemplo, Europa. El petróleo ahora mismo no solo es un problema por la polución, sino que además ha contaminado también las relaciones políticas en todo el planeta.

El gas que consumimos en España viene principalmente de Argelia, un país con un gobierno semiautoritario y con un limitado margen de libertad de expresión. ¿De qué forma nuestra dependencia del gas argelino condiciona la situación política y social en ese país?

Yo creo que es evidente y negarlo sería absurdo. No solo España, el resto de países importadores netos de combustible intervienen política y a veces militarmente en los países donde tienen intereses energéticos. En el libro narro que la inmensa mayoría de los conflictos después de la segunda guerra mundial tienen su origen en el petróleo o en derivados del petróleo. Si Argelia cortara el suministro de gas en España, habría una crisis muy relevante, sobre todo si sucediera en invierno. Mira lo que ha pasado cuando Rusia ha cortado el suministro a ciertos países de Europa del Este, por ejemplo Ucrania, creando una situación crítica con gente muriendo de frío. No conviene relativizar la importancia que tiene Argelia en este momento para España, tenemos una gran dependencia de este país y, a pesar de que la ley dice que no debemos superar el 50% de compras de gas a Argelia, con frecuencia superamos ese límite y por tanto somos muy dependientes de lo que pase en aquel país. Naturalmente gran parte de nuestros esfuerzos diplomáticos en el norte de África están destinados a que la situación en Argelia sea estable para asegurar el suministro de gas.

Llama la atención, según ceunta en el libro, que el seguro por catástrofe nuclear en España es por un valor de 700 millones de euros. ¿Es una cifra suficiente para un país como el nuestro?

Yo creo que, claramente, la suma asegurada del seguro de responsabilidad civil de las nucleares es una de sus grandes subvenciones. Mira Fukushima: tras seis años, llevan gastados más de 100.000 millones de euros, mientras lo que cubre el seguro nuclear en España hoy son solo 700 millones. Aplicado a otro ámbito de la vida no lo aceptaríamos, pero la energía nuclear goza de unas prebendas que no se ven en otros ámbitos. Nadie aceptaría que el seguro de un coche cubriera como máximo 200 euros en caso de accidente, pero eso sucede en la nuclear. Todo lo que supere los 700 millones de euros lo asume el Estado. ¿Por qué? Porque no hay ninguna compañía aseguradora del planeta que asuma un riesgo de 100.000 millones de euros. Ese es el problema que tiene la nuclear. Aunque es poco probable, en caso de accidente el riesgo es tan elevado que ninguna compañía es capaz de asegurarlo y por tanto es un negocio que socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios.

Sobre las renovables, ¿qué cambios pueden parecernos impensables ahora pero serán parte de nuestra rutina en los próximos años?

Yo creo que lo que está cambiando, con la enorme madurez tecnológica alcanzada en energía solar y eólica, es la capacidad de almacenamiento. En menos de diez años habrá una “explosión” de almacenamiento. El coste de las baterías de litio se ha reducido un 50% en cuatro años, un claro indicio de que vamos a una velocidad tremenda. Los especialistas dicen que antes de 2020 llegaremos al límite de 150 dólares por kWh [kilovatios-hora], el límite en el que el coche eléctrico es plenamente competitivo con el coche de combustión. Esto va a cambiar el mundo porque permitirá el acceso a electricidad en lugares donde no hay red, y en otros casos mucha gente se desconectará de la red. Ante esa disyuntiva los gobiernos tendrán que fomentar el uso de la red, y para eso tendrán que eliminar normas como el famoso impuesto al sol que tenemos en España, que es absurdo. De lo contrario estarán promoviendo lo que los americanos llaman “la espiral de la muerte”: cuanta más gente se canse de un sistema regulado que no les convence, más se irán del sistema, y eso hará que los que se queden tengan que pagar más, lo que incentivará aún más a salirse del sistema. No me gustaría ver un sistema eléctrico desconectado. Creo que los gobiernos deberían reaccionar antes de que eso ocurra, para aprovechar una red que nos ha costado más de 100 años, en vez de poner cada uno una batería en su casa. Confío en que la razón se imponga y aprovechemos la red que tengamos y las ventajas de las baterías para llegar a un sistema basado al 100% en renovables lo antes posible.

¿Cree que vamos hacia un punto medio en el que la gente tenga capacidad de almacenar pero también de generar y utilizar la red, no solo para obtener energía, sino para compartirla?

Sí, y esto lo hemos visto en la principal eléctrica alemana. Hace menos de un mes E.on sacó una aplicación en la nube y si, por ejemplo, tienes una planta solar en casa y en algún momento te sobra energía, la compañía te la guarda en la nube. ¿Qué significa eso? Que luego esa energía se la puedes dar a tu vecino, o puedes utilizarla para cargar tu coche eléctrico en un centro comercial con eso que tienes almacenado en la nube… Esto es el nivel 3.0 en el mundo de la energía y ya se está dando. Cuando le planteo eso a alguna eléctrica en España, flipan y me dicen que aquí es ciencia ficción porque la normativa española es tan rígida que estamos a años luz de permitir ese tipo de intercambios. En el futuro el consumidor no se limitará a pagar la factura sino que tendrá renovables propias y podrá hacer con ellas lo que quiera. Creo que habrá consumidores que tendrán sus propias baterías, incluida la de su coche eléctrico. Por ejemplo 200 kilómetros de autonomía en una batería normal equivalen a 60 kWh, es decir, lo que consumen seis casas durante un día en España. Yo no creo que la gente necesite una batería estática en su casa, sino un sistema descentralizado que permita compartir energía en tiempo real, porque eso es más eficiente que guardarla en baterías.

En España no tenemos petróleo ni gas, pero tenemos sol y viento. ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que el gobierno sanciona a quienes pretenden ser más limpios, más eficientes y más independientes desde el punto de vista energético?

Es un cúmulo de circunstancias. Hicimos una sobreinstalación de renovables en su momento, por ejemplo en 2008 con la fotovoltaica. También se han sobreinstalado otras tecnologías. Tenemos un problema de exceso con las plantas de gas y no se ha querido cerrar prácticamente ninguna. En este país vivimos muy acostumbrados a no tocar lo que ya está, somos poco valientes en ese sentido. Por otra parte no tenemos política energética, venimos dando bandazos y poniendo parches. Llega un ministro que cree en las renovables y nos convertimos en los más renovables de Europa, llega otro que no se lo cree y se lo carga. Tenemos el modelo sandía: aquí los que creen en las renovables son rojos por dentro y verdes por fuera. Esto solo ocurre en España. Las renovables son una cuestión de sentido común, mira la señora Merkel, que es la más renovable de Europa y no hay ninguna sospecha de que sea roja.

Partimos de una situación de sobrecapacidad. Gran parte de nuestro problema en el recibo de la luz es que estamos pagando infraestructuras que no necesitamos y claro, al partir de una situación de exceso las correcciones son mucho más difíciles. Estoy convencido de que la mayoría de las centrales nuevas que se pongan en España serán renovables, no de gas o de carbón, pero la pregunta es cuándo. De momento como nos sobra tanta capacidad, lo que tendríamos que hacer es empezar a cerrar, pero los políticos y las empresas tiemblan ante esta decisión. Creo que este es el problema principal que tenemos aquí: falta valentía, falta visión estratégica compartida en el contexto de la energía.

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La energía como negocio y arma política. ¿En qué momento dejó de ser un derecho?

La energía nunca ha sido un derecho en sí. Desde que en el siglo XIX se empezara a explotar el petróleo, jamás se ha contemplado la energía como derecho. La gente siempre ha tenido que pelear por la energía y esta ha sido una fuente permanente de conflicto en todo el mundo, al menos los últimos 150 años.

Le doy la vuelta a la tortilla: ¿la energía debería ser un derecho fundamental para el desarrollo socioeconómico?

La transición energética no es como cambiar cromos, es decir, no consiste solo en cambiar combustibles fósiles por renovables. Tiene que ver mucho con un término muy bonito pero que tiene muchas cosas detrás: la democratización de la energía. Las energías renovables permiten por primera vez en la historia que cada cual decida qué energía quiere para sí mismo. Esto nos puede parecer muy snob aquí en los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pero está siendo una verdadera revolución en países de África o en la India, por ejemplo, donde la gente está montando sistemas fotovoltáicos con baterías, llevando electricidad a sitios impensables. Las renovables permiten que la energía esté más cerca de ser un derecho en la medida en que es más accesible para toda la población. Recordemos que hay más de 1.000 millones de personas ahora mismo sin acceso a la electricidad.

El libro recorre la historia del petróleo, desde su descubrimiento hasta hoy. ¿Cuál es el próximo episodio en la historia de este recurso? ¿Muerte y defunción perpetua?

Seguiremos consumiendo petróleo durante muchos años pero sin duda habrá una revolución radical en su consumo. Ya hemos empezado por la generación de energía eléctrica, e inmediatamente pasaremos a otra fuente. Vaticino que de aquí a 2025 más de la mitad de los coches que se vendan serán eléctricos, y eso cambiará la fisionomía de las ciudades y la calidad del aire de las mismas. Después avanzaremos a otros sectores. Creo que el más difícil de abordar será el de la petroquímica. No nos damos cuenta de que miremos a donde miremos hay petróleo: ropa, material de oficina… Ese es el que más tardaremos de eliminar.

El subtítulo del libro es Historia de una civilización que sobrevivió a su dependencia del oro negro. ¿Optimismo o realismo?

Desengancharnos del petróleo se debe a tres razones. En primer lugar, sabemos que no va a durar mucho. La Agencia Internacional de la Energía estima que tenemos petróleo para 70 años más. Hemos vivido en un espejismo: en seis generaciones hemos dilapidado todas las reservas que han tardado cientos de millones de años en generarse. En segundo lugar, tenemos un problema medioambiental gordísimo. El cambio climático es sin lugar a dudas el reto más importante al que nos hemos enfrentado como civilización y el que más consenso científico ha logrado en la historia. Además, tenemos un problema de contaminación en las ciudades que ya es un problema de salud pública de primer orden. Hace años señalábamos a China por el aire contaminado, pero ahora nos damos cuenta de que no solo es problema exclusivo de los chinos. Creo que el escándalo Volkswagen ha abierto los ojos a mucha gente en ese sentido. El problema de la contaminación de las ciudades es un problema global. No podemos seguir matando a la gente. Hay 3,7 millones de muertos al año por la contaminación del aire en las ciudades según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tercero: a día de hoy existe una alternativa que, además, es más barata. En las subastas internacionales las renovables ganan a las energías fósiles. Esto hace que los grandes fondos de inversión desplacen su dinero para invertir en renovables. Estas tres razones nos abocan a una transición rápida.

Gas Natural Fenosa, por citar un ejemplo, está llevando a cabo grandes campañas para posicionar el gas natural como el recurso imprescindible en la transición hacia un modelo basado en energías limpias. ¿Realmente el gas natural es imprescindible?

El gas natural no es imprescindible para la transición hacia las energías renovables. Lo que ocurre es que es el menos malo de todas las tecnologías de generación no renovables que tenemos funcionando en España. Si me preguntan cómo desarrollaría esa transición energética, yo sí contaría con ese gas, pero con el gas existente, ojo. En ningún caso construiría centrales nuevas. Aprovecharía las que hay construidas y empezaría a cerrar mucho antes las demás, como las de carbón o las nucleares, por ejemplo. ¿Eso quiere decir que necesitemos el gas natural para hacer la transición a las renovables? No, quiere decir que viene bien utilizarlo hasta que lleguemos a 100% renovables. Para 2050 estoy convencido de que seremos capaces de llegar a ese 100% sin necesidad de ningún tipo de gas.

¿Qué hace el lobby de los combustibles fósiles para entorpecer la transición hacia un modelo limpio de energía?

Mentir. El caso más sangrante fue el de Peabody, la empresa de carbón más importante de EEUU. Cuando quebró aparecieron documentos que mostraban cómo la compañía era el centro de financiación de muchos grupos negacionistas del cambio climático. Hace poco el MIT [Instituto Tecnológico de Massachusetts], que no es cualquier instituto, acreditó que desde hace décadas las grandes petroleras estadounidenses son conscientes del efecto de los vertidos de petróleo y las emisiones contaminantes. Hay una enorme responsabilidad, por ser suave, por parte de estas empresas que quieren alargar sus negocios lo máximo posible siendo plenamente conscientes de las consecuencias de su negocio. Es similar a lo que pasó con la industria del tabaco.

¿Cuál es el precio geopolítico de nuestra dependencia a los combustibles fósiles?

Es un precio altísimo. Toda la estrategia internacional de la mayor parte de países llamados “desarrollados” se basa en el problema de las materias primas en general, de las materias energéticas en particular, en concreto el petróleo. Las intervenciones militares son clave y su daño es directo e indirecto. Fíjate en la crisis migratoria. No solo están los daños directos sobre determinados países, es que después además esas economías se centran en unos grupos muy concretos y el resto de la población malvive y se ve obligada a desplazarse a, por ejemplo, Europa. El petróleo ahora mismo no solo es un problema por la polución, sino que además ha contaminado también las relaciones políticas en todo el planeta.

El gas que consumimos en España viene principalmente de Argelia, un país con un gobierno semiautoritario y con un limitado margen de libertad de expresión. ¿De qué forma nuestra dependencia del gas argelino condiciona la situación política y social en ese país?

Yo creo que es evidente y negarlo sería absurdo. No solo España, el resto de países importadores netos de combustible intervienen política y a veces militarmente en los países donde tienen intereses energéticos. En el libro narro que la inmensa mayoría de los conflictos después de la segunda guerra mundial tienen su origen en el petróleo o en derivados del petróleo. Si Argelia cortara el suministro de gas en España, habría una crisis muy relevante, sobre todo si sucediera en invierno. Mira lo que ha pasado cuando Rusia ha cortado el suministro a ciertos países de Europa del Este, por ejemplo Ucrania, creando una situación crítica con gente muriendo de frío. No conviene relativizar la importancia que tiene Argelia en este momento para España, tenemos una gran dependencia de este país y, a pesar de que la ley dice que no debemos superar el 50% de compras de gas a Argelia, con frecuencia superamos ese límite y por tanto somos muy dependientes de lo que pase en aquel país. Naturalmente gran parte de nuestros esfuerzos diplomáticos en el norte de África están destinados a que la situación en Argelia sea estable para asegurar el suministro de gas.

Llama la atención, según ceunta en el libro, que el seguro por catástrofe nuclear en España es por un valor de 700 millones de euros. ¿Es una cifra suficiente para un país como el nuestro?

Yo creo que, claramente, la suma asegurada del seguro de responsabilidad civil de las nucleares es una de sus grandes subvenciones. Mira Fukushima: tras seis años, llevan gastados más de 100.000 millones de euros, mientras lo que cubre el seguro nuclear en España hoy son solo 700 millones. Aplicado a otro ámbito de la vida no lo aceptaríamos, pero la energía nuclear goza de unas prebendas que no se ven en otros ámbitos. Nadie aceptaría que el seguro de un coche cubriera como máximo 200 euros en caso de accidente, pero eso sucede en la nuclear. Todo lo que supere los 700 millones de euros lo asume el Estado. ¿Por qué? Porque no hay ninguna compañía aseguradora del planeta que asuma un riesgo de 100.000 millones de euros. Ese es el problema que tiene la nuclear. Aunque es poco probable, en caso de accidente el riesgo es tan elevado que ninguna compañía es capaz de asegurarlo y por tanto es un negocio que socializa los riesgos a costa de privatizar los beneficios.

Sobre las renovables, ¿qué cambios pueden parecernos impensables ahora pero serán parte de nuestra rutina en los próximos años?

Yo creo que lo que está cambiando, con la enorme madurez tecnológica alcanzada en energía solar y eólica, es la capacidad de almacenamiento. En menos de diez años habrá una “explosión” de almacenamiento. El coste de las baterías de litio se ha reducido un 50% en cuatro años, un claro indicio de que vamos a una velocidad tremenda. Los especialistas dicen que antes de 2020 llegaremos al límite de 150 dólares por kWh [kilovatios-hora], el límite en el que el coche eléctrico es plenamente competitivo con el coche de combustión. Esto va a cambiar el mundo porque permitirá el acceso a electricidad en lugares donde no hay red, y en otros casos mucha gente se desconectará de la red. Ante esa disyuntiva los gobiernos tendrán que fomentar el uso de la red, y para eso tendrán que eliminar normas como el famoso impuesto al sol que tenemos en España, que es absurdo. De lo contrario estarán promoviendo lo que los americanos llaman “la espiral de la muerte”: cuanta más gente se canse de un sistema regulado que no les convence, más se irán del sistema, y eso hará que los que se queden tengan que pagar más, lo que incentivará aún más a salirse del sistema. No me gustaría ver un sistema eléctrico desconectado. Creo que los gobiernos deberían reaccionar antes de que eso ocurra, para aprovechar una red que nos ha costado más de 100 años, en vez de poner cada uno una batería en su casa. Confío en que la razón se imponga y aprovechemos la red que tengamos y las ventajas de las baterías para llegar a un sistema basado al 100% en renovables lo antes posible.

¿Cree que vamos hacia un punto medio en el que la gente tenga capacidad de almacenar pero también de generar y utilizar la red, no solo para obtener energía, sino para compartirla?

Sí, y esto lo hemos visto en la principal eléctrica alemana. Hace menos de un mes E.on sacó una aplicación en la nube y si, por ejemplo, tienes una planta solar en casa y en algún momento te sobra energía, la compañía te la guarda en la nube. ¿Qué significa eso? Que luego esa energía se la puedes dar a tu vecino, o puedes utilizarla para cargar tu coche eléctrico en un centro comercial con eso que tienes almacenado en la nube… Esto es el nivel 3.0 en el mundo de la energía y ya se está dando. Cuando le planteo eso a alguna eléctrica en España, flipan y me dicen que aquí es ciencia ficción porque la normativa española es tan rígida que estamos a años luz de permitir ese tipo de intercambios. En el futuro el consumidor no se limitará a pagar la factura sino que tendrá renovables propias y podrá hacer con ellas lo que quiera. Creo que habrá consumidores que tendrán sus propias baterías, incluida la de su coche eléctrico. Por ejemplo 200 kilómetros de autonomía en una batería normal equivalen a 60 kWh, es decir, lo que consumen seis casas durante un día en España. Yo no creo que la gente necesite una batería estática en su casa, sino un sistema descentralizado que permita compartir energía en tiempo real, porque eso es más eficiente que guardarla en baterías.

En España no tenemos petróleo ni gas, pero tenemos sol y viento. ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que el gobierno sanciona a quienes pretenden ser más limpios, más eficientes y más independientes desde el punto de vista energético?

Es un cúmulo de circunstancias. Hicimos una sobreinstalación de renovables en su momento, por ejemplo en 2008 con la fotovoltaica. También se han sobreinstalado otras tecnologías. Tenemos un problema de exceso con las plantas de gas y no se ha querido cerrar prácticamente ninguna. En este país vivimos muy acostumbrados a no tocar lo que ya está, somos poco valientes en ese sentido. Por otra parte no tenemos política energética, venimos dando bandazos y poniendo parches. Llega un ministro que cree en las renovables y nos convertimos en los más renovables de Europa, llega otro que no se lo cree y se lo carga. Tenemos el modelo sandía: aquí los que creen en las renovables son rojos por dentro y verdes por fuera. Esto solo ocurre en España. Las renovables son una cuestión de sentido común, mira la señora Merkel, que es la más renovable de Europa y no hay ninguna sospecha de que sea roja.

Partimos de una situación de sobrecapacidad. Gran parte de nuestro problema en el recibo de la luz es que estamos pagando infraestructuras que no necesitamos y claro, al partir de una situación de exceso las correcciones son mucho más difíciles. Estoy convencido de que la mayoría de las centrales nuevas que se pongan en España serán renovables, no de gas o de carbón, pero la pregunta es cuándo. De momento como nos sobra tanta capacidad, lo que tendríamos que hacer es empezar a cerrar, pero los políticos y las empresas tiemblan ante esta decisión. Creo que este es el problema principal que tenemos aquí: falta valentía, falta visión estratégica compartida en el contexto de la energía.

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