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Los estibadores son la excusa, el objetivo son tus derechos

El uso del término “privilegio” es habitual en la patronal y sus acólitos mediáticos en cada conflicto laboral y negociación. Su objetivo es enfrentar a los trabajadores y enseñar a los que peores condiciones tienen que no deben defender a sus compañeros de clase, porque ellos viven mucho mejor. Así se aísla al colectivo en conflicto y es más fácil privarlo de sus derechos adquiridos para equipararlo con los que menos tienen. Es una táctica conocida de atomización de los trabajadores, separar para laminar. Todos iguales, pero por abajo.

En el año 2013, en plena ofensiva del gobierno y patronal contra los derechos de la clase obrera, Juan Rosell, presidente de la CEOE, dio una master class de esta forma de proceder. Rosell propuso para combatir la dualidad del mercado laboral eliminar los “privilegios” de los contratos indefinidos: “¿Estarían dispuestos los trabajadores fijos a aceptar estas nuevas condiciones en beneficio de los que tienen contratos temporales nuevos? Sería un experimento importante, pero no creo que lo aceptaran. Creo que esto es Alicia en el país de las maravillas”, dijo el jefe de la patronal. Enfrentar a los trabajadores con contratos indefinidos con los que tienen derechos adquiridos para crear la falsa ilusión de que su problema no es la patronal, sino sus compañeros con un contrato de mejor calidad.

Esperanza Aguirre utilizó el mismo plan contra los trabajadores públicos para justificar su plan de recortes del año 2011. En una escalada dialéctica que se llevó por delante a todos los empleados del sector público, calificó de “privilegios” que los funcionarios cobrasen el 100% del sueldo al enfermar. Ya no hay de qué preocuparse: gracias a la campaña y a la falta de solidaridad ya no es un problema. Hoy en día ese derecho ya no existe. El discurso que denomina privilegios a los derechos adquiridos para enfrentar a un colectivo en concreto y que sólo persigue mermar las condiciones de toda la clase obrera no es nuevo, de hecho es tan antiguo como el movimiento obrero. Desde que hay un trabajador organizado para mejorar sus condiciones hay un patrón, un burgués, o un escribiente a sueldo que enarbola la palabra “privilegio” para combatirlo.

El diario El Liberal publicó en 1868 un folletín de Jose María del Campo, un plumilla preocupado por los inicios del movimiento obrero, que advertía a los conservadores y capitalistas del tiempo que se avecinaba con las exigencias proletarias:

“Los obreros estamos divididos en categorías como todas las clases sociales. No hagamos mistificaciones, y no engañemos a los demás, engañándonos a nosotros mismos. Hay el jornalero del campo, el peón agrícola que se alimenta con gazpacho o pan solo malo y escaso, duerme sobre el duro suelo y vive constantemente a la intemperie; y hay el jornalero de ciudad, que duerme en colchón y bajo el techado junto a su familia y pasa algunos ratos en la taberna, si es que no se permite ir al café o al teatro alguna vez; y hay el obrero que va de francachelas frecuentes y asiste a lidias de toros; y hay obreros también que trabaja en templadas aunque estrechas habitaciones y huelga todas las fiestas, y se permite gastar bota de charol y camisa bordada…Ya sé yo que también hay clases privilegiadas entre los trabajadores, y que si los más desgraciados llegan a pensar seriamente en esto, van a decir que ellos se contentarían con dormir bajo techado y disponer de un par de reales para gastar los domingos. Otros, en fin, quisieran ser amos y mandar, y tener una casita propia y cómoda, y a ser posible hasta tener un cochecito propio para visitar los domingos el cortijo o el chalet, como dicen los ricos…¿Qué es lo que queremos? ¿Qué debemos pedir?¿Sólo el alimento diario? ¿Aumento de salario? Yo bien sé lo que queremos todos, trabajar poco y tener mucho dinero”

En nuestro tiempo los estibadores son el nuevo colectivo denigrado para ser expoliado de sus derechos. Antes lo fueron los controladores aéreos, los profesores, los funcionarios, los mineros, los basureros de Málaga, los conductores de Metro, los transportistas, los maquinistas de Renfe. A todos les une lo mismo, son colectivos organizados defendiendo sus derechos y con fuerza para doblegar a la patronal. No son sus privilegios, son tus derechos. Los de todos los trabajadores.

Los estibadores, el nuevo objetivo

El lema de los estibadores destila agresividad, es duro, vehemente y no deja atisbo para la mesura. Estiba o muerte. Una proclama que algunos utilizan para atacar la violencia de los trabajadores que la enarbolan en cada asamblea en la que se deciden si van a la huelga contra la patronal y el gobierno, que son todo uno. Lo que trasciende del lema no es más que una evidencia que conocen todos los que tienen un empleo como el suyo. Conviven con la muerte, con la incertidumbre de una labor que se desarrolla bajo contenedores de 10 toneladas o sobre pilas de estos de más de 30 metros de altura. Pero no es sólo un lema que apele a los riesgos de su trabajo, sino que incide en lo que significa para los trabajadores su empleo. No es retórico establecer la dicotomía sobre el trabajo o la muerte.

Cualquier obrero sabe que el único patrimonio que tiene es su trabajo. Y como mejor se defiende es en compañía, con la solidaridad del resto de compañeros de tajo, y de clase. Eso lo saben los que durante años han visto la lucha obrera como el mayor enemigo de la patronal, porque lo es. Atacar la unión de los trabajadores es uno de los mayores objetivos de las oligarquías. Sin unión, el trabajador es vulnerable.

Jonathan, “Chinin” para los compañeros, es un joven estibador que lleva diez años trabajando como operador de grúa en el puerto de El Musel, Gijón. Nos reunimos con él en una terraza cercana a la Casa del Mar al final de su jornada, nos saludamos y al momento nos interrumpe una llamada: “Perdona, estamos organizando unos cursos de operario de grúa y estaba hablando con una compañera para darle información”. La conversación sobre las negociaciones no aporta mucha información, están en plena discusión y no quiere avanzar nada, prefiere ser prudente. Le preguntamos sobre el hecho de que en los medios les llamen privilegiados: “Mira, la gente que habla en televisión tiene mucha voz, pero eso no nos preocupa, nosotros nos movilizamos por nuestro trabajo. Lo que tenemos, si es mucho o poco, nos lo hemos ganado juntos, peleándolo, y eso vamos a seguir haciendo. Lo que digan en la tele me preocupa poco”.

Se une a nosotros la compañera de tajo de Chinin, para hablar con él del curso de operario de grúa. Claro que hay mujeres en la estiba. El machismo es sólo otra excusa que usan para quitarles los derechos adquiridos. Las trabas que las mujeres tienen para entrar en Algeciras sólo les han importado a unos pocos, a los mismos que ahora defienden a los estibadores. Terminamos la conversación y se quedan al final de su jornada organizando un curso para seguir formándose.

Los trabajadores de la estiba han pospuesto las jornadas de huelga planteadas tras la aprobación del Real Decreto Ley, después de que las negociaciones con la patronal ANESCO hayan sido esperanzadoras y les permitan augurar que sus puestos de trabajo y las condiciones se mantendrán. La equiparación de la huelga con el chantaje, que los medios plegados a la patronal hacen de las movilizaciones para enfrentar al resto de trabajadores con los estibadores, ha vuelto a quedar en evidencia. Nadie hace huelga si no ve atacados sus derechos, o si no la necesita para mejorar sus condiciones de trabajo. Es la herramienta de defensa de la clase obrera, de protección de sus intereses. Por eso es denostada de forma continua.

Estiba o muerte no es más que un modo de explicar de forma combativa que la estiba es tu pan, que sin estiba hay hambre, algo que sabe cualquier colectivo de trabajadores organizados. El pan se defiende, el trabajo se defiende. No hay alternativa para quien sólo tiene lo que le dan sus manos. No debiera haber alternativa para el resto: solidarizarse con cualquier colectivo que lucha por su situación, porque los derechos de un sólo trabajador son los de todos. Los estibadores luchan por sus condiciones y las nuestras, su victoria será la de toda la clase trabajadora. Cuando un colectivo pierde sus derechos los estamos perdiendo el resto. Carolina Alguacil escribió hace 12 años en El País una carta al director en la que se quejaba amargamente de las condiciones laborales de toda una generación, “Yo soy mileurista”, decía. Nadie se atrevería en 2017 a escribir una carta quejándose por cobrar mil euros al mes, sería un privilegiado.

 

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Con el sudor de vuestra frente

En el futuro los trabajos más peligrosos los desempañarán robots. FERNANDO SÁNCHEZ

Imaginaos viviendo en el futuro. ¿Trabajáis? Si la respuesta es sí: ¿os alegra hacerlo?

No hay obra dedicada a pensar el futuro en la que el trabajo no desempeñe un papel importante; las relaciones laborales son siempre parte del guion, igual que no puede haber referencia a una nueva sociedad en la que no se esboce al menos una concepción de la familia, del sexo y del reparto de poder. Todo, en realidad, está interrelacionado.

En las primeras páginas de El año del desierto, de Pedro Mairal, María, la protagonista y narradora, es secretaria de una gran empresa; cuando el orden social en Buenos Aires comienza a tambalearse, debido a rebeliones en La Provincia y también a una amenaza más difusa, la intemperie, María se queda en una situación precaria en la que no sabe si tiene empleo; mientras aguarda, se gana la pertenencia a la comunidad que se forma en su bloque de viviendas lavando ropa y fregando; pasa después a una fase de trabajo voluntario en un hospital. Pero todo se hunde, se oxida, se deteriora, y acaba ofreciendo lo único que posee con valor de intercambio: su cuerpo. Más tarde, cuando huya del prostíbulo, después de una breve fase de aparcera en el campo (cerca ya de la sociedad feudal) descenderá el último escalón: esclava de la horda, cuerpo intercambiable, que se puede destruir si se desea. La vuelta a la normalidad del mundo que la rodea también tiene su reflejo en el nuevo empleo de María: bibliotecaria.

Para averiguar el grado de civilización de un grupo no hay mejores indicadores que las relaciones laborales y la situación de las mujeres, que reflejan la capacidad de empatía de dicho grupo y su sentido de la justicia. Por eso, imaginar el trabajo en el futuro nos dice mucho de la sociedad que deseamos o tememos.

Campanella imaginaba un enclave utópico en el que los ciudadanos trabajan cuatro horas; como no hay en él clases ociosas, con esas pocas horas basta para que todos puedan mantenerse; Moro consideraba necesarias seis. Y han sido muchos los autores, también más cercanos en el tiempo, que reducían la jornada laboral a un horario envidiable, a menudo combinado con la libertad de elegir empleo o, al menos, alternar distintas actividades. La jubilación en muchos de estos paraísos para el trabajador se adelanta a edades tan tempranas como los 45 años. En Anarres, el mundo aparentemente utópico creado por Ursula Le Guin en Los desposeídos, son los ciudadanos quienes eligen el empleo en la lista de trabajos disponibles. Cuando un habitante de Urras, el mundo capitalista, pregunta por qué alguien elegiría un trabajo duro o peligroso si no está obligado a ello y sin recibir mayor remuneración, la respuesta es múltiple: por el desafío, por el orgullo de hacer un trabajo difícil, por el placer de hacerlo en grupo, por variar. En resumen: por la satisfacción que ofrece el trabajo en sí.

En el futuro que se nos predice, no en la literatura sino en las páginas de Economía y de Ciencia y Tecnología de los diarios, buena parte de la población no tendrá empleo. Los robots se harán cargo –ya están en ello– de los trabajos industriales; máquinas realizarán por nosotros las funciones monótonas y devastadoras para el espíritu: ya no habrá taquilleros en el metro ni jóvenes aburridos en las cajas de los supermercados. Las máquinas nos liberarán y prestarán también servicios hoy mal remunerados, como el cuidado de los enfermos. La promesa del pleno empleo siempre fue demagógica en una sociedad en la que era necesario un excedente de trabajadores para abaratar la mano de obra, pero hoy no resulta ni siquiera atractiva. Ya no creemos que el trabajo nos haga libres, ni siquiera mejores, las virtudes del esfuerzo se difuminan cuando queda claro que la sociedad no lo premia, más bien, lo desprecia. ¿Por qué vamos a pretender entonces ocupaciones rutinarias y mal pagadas, que son la mayoría de las que se ofrecen? Por eso, la izquierda y la derecha juegan con la idea de introducir una renta básica universal para evitar la catástrofe –o los disturbios– que provocaría un paro masivo. Hasta en Davos se empieza a mencionar la renta básica para todos: que no trabajen, pero que no se rebelen. Una renta básica y posibilidades de ocio que mantengan a la gente en sus casas, pegados a la pantalla, o que les permitan proyectar su violencia desde las gradas del campo de fútbol.

Ya casi nadie habla de la posibilidad de reducir el número de horas trabajadas, como en las utopías que mencionaba más arriba, y mucho menos de la rotación de labores para hacerlas más llevaderas. Quizá porque en tales utopías, para que el sistema funcione, se necesita un elemento adicional que hoy es impensable: o bien no existe la propiedad privada, o bien todos reciben la misma remuneración. Si no hay diferencia de salarios ni posibilidad de acumular capital, la competencia entre ciudadanos y la avaricia desaparecen. Entonces el trabajo se dignifica y deja de ser parte de la lucha por la acumulación. Sin lujo ni estatus social adquiridos mediante la posesión, el trabajo se vuelve eso que se supone que debe ser: forma de realización, de desafío, de contribución a la comunidad, de alegre lucha para conseguir lo necesario. No es esto, sin embargo, lo que nos proponen hoy. Por supuesto a la derecha ni se le ocurre y la izquierda ha dejado de soñar hace mucho tiempo, no porque haya despertado, sino porque está sumida en un sopor sin imágenes en el que tan sólo cabe la administración de lo inmediato y poner un freno de emergencia a la ley del más fuerte.

Entonces, siendo realistas, ¿nos parece una buena opción esa sociedad en la que la mayoría no trabaja? ¿O sabemos que tiene truco? ¿Quién construye los robots que construyen los robots? Hasta ahora, hemos aprendido que los saltos cualitativos en nuestro nivel de vida no van aparejados a una reducción de la explotación sino a un desplazamiento de ésta. Los obreros en Europa viven mucho mejor que en la revolución industrial, no cabe duda, pero en África se siguen extrayendo las materias primas necesarias para nuestro bienestar con trabajo esclavo. Intuimos que nuestra burbuja la mantiene gente a la que no vemos ni queremos ver. En Zardoz, la película de John Boorman, existe una comunidad de inmortales que vive eternamente sin trabajar, aislada del exterior por un muro transparente. Pero fuera de esa burbuja sí hay personas cultivando la tierra para ellos. Al final toda utopía tiene un reverso distópico que no siempre se percibe. Como le explica una inmortal a Zed, el cazador de hombres que ha logrado introducirse en ese mundo perfecto: “Para conseguirlo tuvimos que endurecer nuestro corazón. Sois el precio que pagamos por todo esto”. Una explicación perfecta de la utopía neoliberal.

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La empresa española que convierte en realidad un capítulo de Black Mirror

Las distopías de nuestro tiempo han cambiado de forma mayoritaria el agente represor del Estado por la empresa y las grandes catástrofes nucleares por el poder asfixiante mundo tecnológico. El poder “invisible” de las corporaciones empresariales de internet se ha convertido en la preocupación de muchos autores que intentan representar en cine, televisión y literatura el futuro que nos depara un mundo en el que las redes sociales son el pilar fundamental de las relaciones empresariales y personales. Nosedive es un capítulo de Black Mirror que, como todo relato distópico, eleva a la máxima expresión una realidad ya existente: la necesidad de sentirse valorado por el resto de congéneres a través de las redes sociales. En dicho capítulo la puntuación lograda sirve como marca de clase. Tu valoración de 1 al 5 en las redes sociales determina los derechos que posees, a qué servicios puedes optar y cuál es tu sitio en la pirámide social.

Ese mundo distópico es una realidad, por ahora no muy extendida, gracias a la inventiva entrepeneur para encontrar nuevas fórmulas de explotación laboral y herramientas de presión que conviertan el día a día del trabajador en un entorno hostil e intimidante. En ese cometido han volcado su empeño dos empresarios españoles con una app llamada Guudjob. Aquí ha funcionado al revés la costumbre de buscar un anglicismo para explicar la depauperización de las condiciones laborales y han españolizado un concepto inglés.

No hace falta ver Black Mirror para vivir en una pesadilla. Puedes bajarte Guudjob.

https://vimeo.com/207105396

Detrás de todas estas ideas empresariales existe un sustrato ideológico que esconde que cualquier persona que se esfuerce verá recompensado su esfuerzo por el mercado. Que la mano invisible proverá un dictamen justo que otorgará al valorado un merecido premio. Como siempre, estos empresarios ignoran la importancia de otros elementos subjetivos y físicos que determinan con mayor precisión tu lugar en la escala social y que influyen de manera prioritaria en las valoraciones que tendrás por tu trabajo: el capital social, tu posición previa en el sistema jerárquico, tu sexo, tu origen, tu raza, tu religión. “En Guudjob puedes ofrecer tus servicios y será el mercado el que establezca con transparencia si eres bueno”, decían Bernardo Montero y Jaime Fernández, creadores de la aplicación, en una entrevista.

¿Cómo controlará la aplicación que las valoraciones que un trabajador reciba lo son por su empeño laboral y no por su estética, ideología, o género? ¿Cómo controla que las valoraciones sean sinceras? No lo hace. Yo mismo he podido valorar a un trabajador con la máxima puntuación sin conocerle ni haber utilizado sus servicios. Lo mismo podía haber hecho para valorarle como un mal profesional por odio personal. La empresa asegura que controla el fraude de la siguiente manera: “Todos los usuarios que quieran valorar o ser valorados en Guudjob deberán identificarse previamente con nombre y apellido y registrarse con un email que necesariamente debe ser verdadero”.

La plataforma, consciente de las similitudes, intentó desmarcarse en uno de sus post de la sociedad distópica que presentaba la serie de Netflix incidiendo sólo en las diferencias y en lo que consideran positivo de su plataforma.

El servicio se oferta a empresas. Según la aplicación Rodilla, Seur, Vodafone, Alsa, Metlife, Royal Resorts, Vips o Gino´s ya utilizan el servicio. En este vídeo se puede ver a varios trabajadores de las Pastelerías Mallorca de Madrid en un vídeo promocional de Guudjob. El hecho de que la empresa recomiende la utilización del servicio obliga a muchos trabajadores a hacerlo, aunque no quieran, por imposición de sus patrones. En las dudas que resuelve la empresa se plantea una pregunta sobre la voluntariedad del servicio para los empleados. A todos se nos ocurren modos que las empresas tienen para que la plantilla quiera usar un servicio que su jefe les solicita, pero por si acaso Guudjob da otra solución:

Y ¿si algunos de mis empleados no quieren estar en Guudjob?

Si como usuario no encuentras la cara del profesional, puede valorarlo dejando su nombre. Es una información que llegará a la empresa en privado sabiendo el nombre del empleado que ha puesto el usuario y la tienda/local donde se encuentra. Eso si, el empleado no podrá aprovecharse de esas buenas referencias que suele dejan la gente ante un Guud Job!

Sobre la voluntariedad del servicio para los trabajadores incide en que la empresa no les puede dar de alta sin su permiso. Para ello, utiliza el término “recomienda”, en mayúsculas. No es obligatorio, es sólo una recomendación del jefe. Por eso precisamente se preocupan de cuál es la opinión de los sindicatos sobre el sistema.

No importan los métodos de control que quieran establecer. Es imposible velar por que la nota que tengas en una aplicación sea sincera y no se base en prejuicios. No pueden controlar que una empresa obligue a sus trabajadores a registrarse en la aplicación de valoración. No importa lo que dos entrepeneurs quieran explicar que aporta su app, es sólo un sistema más de control que perjudica a los que menos herramientas tienen para defenderse de la explotación. Por mucho que lo llenen de colores pastel, frases motivacionales y sonrisas impostadas no es más que otra herramienta de control laboral.

El Círculo es una magnífica novela de Dave Eggers, que ha sido llevada al cine y será estrenada el 28 de abril en EEUU, y que representa el mundo que quieren implantar plataformas como Guudjob. Empresas tecnológicas que controlan al trabajador hasta el extremo usando aplicaciones de valoración y seguimiento profesional. En la novela, Mae Holland es una joven que comienza a trabajar en la empresa que monopoliza el mundo de internet llamada El Círculo, un lugar idílico para trabajar, un campus con jardines, zonas recreativas, cafeterías gratis, actividades culturales y conciertos…un sueño laboral. Mae es instruida en sus primeros días en la política de la empresa, lo importante es la humanidad del trabajador, por eso es prioritario hacer comunidad. Para ello facilitan a la plantilla que tras la jornada laboral realice un montón de actividades que creen lazos de concordia. Fiestas, conferencias de premios nobel, grupos de intereses compartidos, siempre hay algo que hacer. Por supuesto, todo voluntario. Recomendaciones que hace la empresa para que el trabajador se sienta integrado y cree comunidad, para ello facilitan una red social interna que fomenta el uso de las valoraciones y otorga a cada trabajador un ránking que ayudará a ubicar el nivel de integración laboral en la empresa. Todo voluntario. Hasta que por cuestiones varias el trabajador no se implica de manera entusiasta en la comunidad y los responsables de recursos humanos quieren saber los motivos de esa falta de implicación. Mejor leer el libro de Dave Eggers para saber más. O inscribirse en Guudjob.

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