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Del mambo al pasodoble. Una coreografía autoritaria

El baile está de moda, tanto que informativos y tertulias han pasado de editarse a coreografiarse. De un guión preestablecido, cada vez más esquemático, duro y previsible, hemos pasado a una danza en la que todos los elementos encajan perfectamente, como una toma de película musical de los años 50. Así el espectador, el lector o el oyente ya no sufre, y la realidad conflictiva fluye delante de sus sentidos con un compás informativamente muerto pero cautivador en su consenso adulterado. Lo que sucede ha pasado de ser de opinable a enmendable; la aceptación, una forma de patriotismo y la discordia, de traición.

El martes todo el país asistió expectante al discurso de Puigdemont, que enumeró agravios desde el recorte del Estatut de forma precisa e incidió en lo que esencialmente nos ha traído hasta aquí: la Generalitat funciona con una norma que no fue la que votó Cataluña ni se aprobó en el Congreso de los Diputados, sino la que salió del Tribunal Constitucional. Recordó las relaciones entre la parte y el conjunto, se dirigió en castellano al resto del país y mantuvo un tono institucional. Proclamó, discursivamente, una república para dejarla en suspenso a los pocos segundos.

Fuera por una llamada de Tusk o sus palabras públicas, donde pidió al President no tomar ninguna decisión que hiciera el diálogo imposible, fuera por otro elemento que desconocemos, el martes no se produjo declaración unilateral de independencia. Lo que sí sucedió fue una escenificación necesaria de ese paso atrás que decepcionó a la mayor parte de la calle independentista, que entendió que del mambo se pasaba al minué, pero que tendía una mano al Gobierno central para reconducir la situación por unos cauces diferentes a los actuales.

Puede que declarar algo para desdecirse al momento resulte extraño, pero la política requiere también de piruetas para seguir adelante. Al fin y al cabo, si recuerdan, ustedes votaron una Constitución Europea en referéndum en el año 2005. Seguramente hasta llegaron a tener un ejemplar impreso, lo regalaban con los periódicos, lo daban en los ayuntamientos. Y aquello, que se aprobó y existía, dejó de existir porque los franceses anticiparon el descontento que nos vendría luego a todos. En el fondo dio igual, porque un par de años después se firmó el Tratado de Lisboa, que era lo mismo pero sin tanto recubrimiento de principios. Y adelante, sin mirar atrás, como si lo que todos vimos no hubiera nunca ocurrido. Las farsas suceden a menudo pero solo algunas son calificadas de tal.

La representación, que era necesaria porque algo había que contar a los propios y los ajenos, continuó con la firma de una declaración política sin valor jurídico. Algo que mostraba intenciones, ya expuestas mil veces y desde hace años por el independentismo, conocedor de una certeza: en política no hay negociación sin fuerza, ni consecución sin lucha; raramente las peticiones con la cabeza agachada tienen algún efecto. Y hasta aquí deberíamos haber llegado, cerrando este artículo a la espera de una respuesta del Gobierno que emplazara, al menos, a una toma de contacto, que incluso se hiciera de rogar sabiendo que el reloj le favorece porque el cansancio siempre se ceba con el escapado y la atención, incluida la internacional, es hoy tan breve como voluble. Pero no.

Porque como ya adelantó Arrufat, secretario nacional de la CUP, la jornada había sido “paradójica, porque veníamos a proclamar la república y quien la ha proclamado ha sido Mariano Rajoy”. Es decir, la coreografía mediática, que en un primer momento tendía hacia el humorismo soez y triunfalista del acojone, que insistía en que todo aquello era una farsa, empezó a modular su discurso para decir que había ocurrido algo que según nos había dicho era imposible que ocurriera y que de hecho no había ocurrido, aunque el independentismo necesitara escenificar que sí. La CUP reconoció que una hora antes se habían cambiado todos los guiones y que aquello dejaba tocada su confianza en el Govern. Nadie es tan suicida de convocar a los suyos, en busca de la previsible noche histórica, para echarles por encima un jarro de agua fría.

Arrimadas, líder de la oposición y portavoz de Ciudadanos, partido que en la crisis catalana ha pasado de ser de la sucursal simpática del PP a su ala dura, fue quien dio la salida para que del mambo se pasara al pasodoble, en un discurso con anteojeras que pareció no haber sido modificado ni en una coma tras la intervención de Puigdemont, que adelantó por la derecha a Albiol y que resultó de un oportunismo tan peligroso como efectivo. Resulta descriptivo de esta situación, tan necesitada de puentes, que precisamente declaraciones como la de la alcaldesa de Barcelona resultaran informativamente desapercibidas. La coreografía no admite ya dudas respecto a cuáles son sus últimas intenciones: la laminación del independentismo, aun a costa de enquistar el problema político catalán.

La previsible respuesta del Gobierno, ya más cerca de Estambul que de Algeciras, con la complacencia del PSOE y los golpes de pecho de C’s, puede parecer una apuesta electoral, y sin duda lo es, pero también es una declaración de intenciones que enclaustra la idea democrática dentro de una legalidad que, objetivamente, ya no responde a los parámetros actuales del conflicto político. Esto es algo que ya supera a los partidos de la coalición del régimen y en la que cabe preguntarse cuál es la libertad real de un presidente con demasiadas hipotecas e incapaz, aunque quisiera hacerlo, de parar a los sectores más extremistas de la derecha política, la administración y la calle. Un rey no se quema en vano.

La situación que vive el país no es producto de la crisis catalana, esta solo ha sido el detonante de algo que ya llevaba fraguándose tiempo, primero como proyecto teórico de la extrema derecha en el aznarato y ahora ya como modelo para la restauración asumida por las altas instituciones del Estado. Una sociedad dirigida autoritariamente y aceptada acríticamente, polarizada desde el patrioterismo, con un disenso controlado y una integración basada en el colaboracionismo. Cataluña no es la enfermedad, sino tan solo uno de los lugares donde se han manifestado los síntomas del conflicto que provoca esta reconfiguración reaccionaria de régimen. Lo peor no es lo que está ocurriendo, lo peor es la normalidad con la que se acepta.

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Notas para cerrar un día muy triste

Manifestación por la independencia en Barcelona. | La Marea

Empiezo el 1 de octubre encendiendo el televisor: mientras TV3, la televisión catalana, informa continuamente sobre la jornada política, en TVE veo que dan Españoles en el mundo: Botswana. Luego me cuentan que un rato antes han emitido la Santa Misa.

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Después del almuerzo no puedo más y me voy a “votar”. Con la nariz tapada, de mala gana, cabreado, porque aunque sé que no sirve para nada, que, en el fondo (y en la forma), esto es un paripé descomunal, la dignidad me impide estar ni un minuto más con los que han enviado a la Policía y la Guardia Civil para apalear a la gente. Luego me entero de que muchas personas más han hecho lo mismo, votando en blanco o no.

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Hoy que han regresado las balas de goma ya nadie se acuerda, y los Mossos son los buenos buenísimos, pero a Ester Quintana fueron ellos quienes le vaciaron un ojo.

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Ya no sé cómo acabará esto. Seguramente mal. De lo que no hay duda es de que dejará unos daños en la sociedad catalana que costará mucho reparar. Pero si acaba, cuando sea, tarde o pronto, estableciéndose un nuevo acuerdo de relación política entre el Estado y Cataluña, no habrá lugar para la Guardia Civil ni la Policía Nacional. Es imposible después de lo que hemos visto hoy. Y, al fin y al cabo, tras el atentado de Barcelona, quedó claro que tantos cuerpos policiales operando a la vez en un mismo territorio es un disparate carente de eficiencia.

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Todavía se dan muchas declaraciones políticas sobre la unidad de la sociedad catalana, sobre la concordia que reina aquí. Es cierto que no vivimos en un clima de violencia como proclama, intoxicador e interesado, el Partido Popular y el Gobierno español. Pero que levante la mano quien estos días no haya tenido que salirse de un grupo de whatsapp o quien no haya preferido dejar sin contestar un mensaje de un amigo, conocido o familiar para evitar un altercado. De acuerdo, todavía no tenemos muertos, como los hubo en Euskadi, pero la convivencia ha dejado de ser agradable.

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Tampoco gusta nada a los independentistas que se diga que lo que ha sucedido hoy era una situación que, por cálculo político, se buscaba o interesaba provocar. La mayoría de la gente no lo ha querido ni deseado, por supuesto, pero quienes mueven las estrategias lo tenían presente como un escenario que beneficiaría a su causa. Un amigo, buena persona, independentista de toda la vida, me ha enviado un whatsapp por la tarde con la foto de una de las víctimas de la represión policial, ensangrentada. Su comentario era: “Ya hemos ganado, antes del recuento”. Seguro que no lo ha escrito con mala intención, pero me ha dejado helado. Para “ganar” necesitábamos sangre…

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En algún momento de la jornada, han informado de que en la reunión matinal de parte del gobierno catalán en el Palau de la Generalitat, cuando todavía no había llegado Puigdemont, estaba Artur Mas. Me emociona la calidad democrática del Procés: entre un presidente a quien no ha votado nadie y otro que mueve hilos en el sanedrín secreto.

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A las 5:27 de la tarde, The Guardian ha informado de la declaración de Guy Verhofstadt, exprimer ministro belga, flamenco, convencido europeísta y uno de los mejores aliados del nacionalismo catalán. Un comunicado impecable:

I don’t want to interfere in the domestic issues of Spain but I absolutely condemn what happened today in Catalonia.

On one hand, the separatist parties went forward with a so-called referendum that was forbidden by the Constitutional Court, knowing all too well that only a minority would participate as 60 % of the Catalans are against separation.

And on the other hand – even when based on court decisions – the use of disproportionate violence to stop this.

In the European Union we try to find solutions through political dialogue and with respect for the constitutional order as enshrined in the Treaties, especially in art. 4.

It’s high time for de-escalation. Only a negotiated solution in which all political parties, including the opposition in the Catalan Parliament, are involved and with respect for the Constitutional and legal order of the country, is the way forward.

El apoyo es evidente, pero quien no quiera entender lo que significa “so-called referendum” y “including the opposition in the Catalan Parliament” es que mira para otro lado. Nuestra calidad democrática últimamente deja mucho que desear.

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Acaba la jornada con los dos discursos de Rajoy y Puigdemont. El del primero es execrable e insensible. Miente. El del segundo es patético y obsesionado. Le importan un pimiento los “resultados” que, lógicamente, todavía no han salido. Miente, también. Con este par vamos directos al desastre. Que alguien los eche, por favor.

Xavier Dilla es autor del blog El sol que no crema

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No en el meu nom!

Agentes disturbios en Cataluña. | La Marea

Hermanos, vecinos. Os escribo esto con la resaca del 1-O, sintiendo que, como cada día, los que han sufrido han sido “los míos”, y, que como cada día, los Derechos Humanos se han pisoteado en mi nombre. En nombre de la protección de nuestros intereses como ciudadanos de las llamadas democracias capitalistas se hace la guerra, se venden armas y se compra petróleo.

En nuestro nombre se ponen concertinas y se deja morir a multitudes: en nuestro nombre y por no
compartir un trozo de tierra, unas pocas medicinas, o comida y agua limpias. El 1-O, en nombre de los ciudadanos del Reino de España, se ha reprimido con violencia a multitudes que, sin violencia, querían votar sobre un asunto de banderas, fronteras y presidentes. Y esa represión violenta es del todo
inaceptable.

Os escribo como anarquista que desprecia por igual banderas, fronteras y  presidentes. Os escribo como anarquista al que repugnan la violencia y la coerción.

Soy solo una voz más, pero me siento en la responsabilidad de escribir que no acepto la represión violenta que se ha cometido en mi nombre (como portador de un DNI español), ni las que, temo, se va a seguir cometiendo. Y me quiero sumar, a todo pulmón, al estruendoso y heterogéneo coro de voces, desde todo el mundo, sí, pero también desde toda España, que os dice que no aceptamos esto, que no
estáis solos, y que no os penséis que tenéis a todo un pueblo en contra.

Pasen por donde pasen las fronteras, aquí seguiréis teniendo a vuestros hermanos, a vuestros vecinos. Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases. No en mi nombre.

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“La democracia ha fallado porque nadie se ha sentado con voluntad de encontrar soluciones”

La periodista Marta Crestelo I La Marea

Marta Fernández Crestelo trabajó durante más de 15 años en los informativos de Telecinco, gran parte de ellos dedicados a cubrir información internacional. A raíz de la deriva sensacionalista y pérdida de calidad de los mass media, en 2010 decide reorientar su carrera profesional y cambiar su residencia madrileña por Asturias. Aquí, con el también periodista Marcos Merino, ha puesto en marcha la productora Freews, con la que ha desarrollado proyectos cinematográficos como el documental Remine. El último movimiento obrero, galardonado en 8 importantes festivales internacionales. “Me parece muy naíf creer que con un cambio en la forma del Estado vayan a vivir en un mundo de paz y amor”, opina sobre la posible proclamación de una República catalana tras la posible celebración de un referéndum.

¿Cuál es su posición con respecto al proceso independentista catalán y el referéndum del 1 de octubre?
Uno de los obstáculos en esta cuestión es tener que estar a favor o en contra. Puedo no posicionarme. Lo que sí me parece es que se ha convertido en una representación perfecta de la incompetencia de nuestros líderes para resolver nuestros problemas. Si estuviéramos en un verdadero Estado de derecho no habríamos llegado hasta esta situación, porque habría algún tipo de organismo –algo así como una fiscalía– que habría denunciado a ambas partes en conflicto por no hacer su trabajo. Están utilizando los sentimientos para enfrentarnos y retroalimentarse, mientras la inmensa mayoría estamos en medio sin saber qué nos va a pasar. En caso de independizarse, ¿cuánto costaría? Si no se sabe, ¿cómo piensan que se va a poder pagar? Y con el comercio, ¿qué va a pasar? Porque la mayor parte de sus exportaciones son al resto de España. Me sorprende que sin nada de información, se den cheques en blanco a los políticos, o se puedan manifestar a favor o en contra de la independencia. En definitiva, la cuestión del independentismo es una orquestación política y mediática para crear una cortina de humo muy densa detrás de la cual puedan esconder las vergüenzas de unos y de otros, especialmente la corrupción.

¿Y cómo cree que se ha creado esa cortina de humo?
Es curioso que un sentimiento independentista que era minoritario hasta el año 2006 haya podido adquirir estas dimensiones en tan poco tiempo.

 ¿Y qué papel cree que han tenido los medios de comunicación?
Cómplices absolutos, si no generadores mismos del problema. Lo vemos continuamente en esas portadas llenas de adjetivos, con un uso lingüístico que tiene mucho más que ver con las vísceras que con la reflexión. Veo muy poco periodismo en torno a la cuestión catalana. Me gustaría saber cuánto dinero se han gastado todos esos grandes medios en investigar sobre un tema que nos plantean como preocupante para todo. No se han hecho investigaciones rigurosas, con parámetros científicos, en base a las cuales se planteen soluciones. Pero los medios tradicionales dependen en gran medida de los Presupuestos Generales del Estado. Al final, Gobierno y prensa son el mismo perro con distinto collar. Lo sorprendente es lo poderosos que son los medios para crear una realidad paralela y vendérnosla. O lo tontos que somos para comprársela.

¿Esa manipulación mediática también se está dando en Cataluña?
Según me cuentan desde allí, sí, TV3 lleva años haciendo una labor de adoctrinamiento. Al final las dos partes tienen el mismo objetivo: que no hablemos de los dos partidos (PP y el antiguo CiU) con mayores escándalos de corrupción. Lo hemos visto en el pleno extraordinario sobre corrupción en el Congreso, en el que Rajoy no ha hablado de la Gürtel sino del independentismo catalán.

¿Qué rol cree que ha jugado el centralismo informativo español?
Es terrible, pero en los medios nacionales Cataluña está ampliamente representada. Sin embargo, en los 15 años que estuve en informativos de Telecinco, Asturias, por ejemplo, no fue noticia más que por los temporales y los incendios.

¿Entiende el fenómeno del independentismo catalán?
En todo fenómeno que tenga que ver con el nacionalismo y el independentismo hay un componente emocional muy importante. Aluden a la situación histórica, pero todos tenemos una historia. A los sentimientos, pero todos los tenemos también y seguro que coinciden en muchos casos con los de los andaluces, extremeños o asturianos. Claro que lo respeto, pero considero que se ha multiplicado por esos medios que no hacen periodismo, sino que nos enfrentan. Es legítimo querer ser independiente y, además, es algo histórico en Cataluña. Pero creo que hay que buscar vías de encuentro, lo que nos une. Y no estar empeñados en odios y luchas fraticidas de un pasado que parece que nos empeñamos en reproducir. Como decía Albert Camus: “Amo demasiado mi país para ser nacionalista”. Y ya sabemos cómo han acabado otros nacionalismos: en conflictos.

¿Cómo son sus conversaciones con tus amigos catalanes?
Vivimos tiempos en los que hay una obsesión por encasillar. Si alguien dice que es nacionalista, es un radical; si dice que es independentista, un radical casi terrorista. Y si dice que no lo es, un carca o un facha. Yo huyo de los blancos y negros, ¿por qué no nos puede dar igual? Pero lo que noto, sobre todo, es un hartazgo sobre el tema.

¿Ese hartazgo ha podido generar más catalanofobia?
Sin duda, y por ambas partes. Pero es que mira qué frases hemos tenido que escuchar en estos años: “Vamos a españolizar a los niños catalanes”. ¿Qué me estás contando? Para empezar estás reconociendo lo que niegas, que Cataluña no es España. Pero es que eso es una agresión. Si yo fuera una madre catalana esa frase me empujaría al odio. O cuando Alfonso Guerra dijo: “Nos hemos cepillado el Estatuto”. O el PP pidiendo boicotear el cava. Y por el lado catalán: “Cuando salgamos del yugo opresor del Estado”. Es que son lenguajes arcaicos, que retrotraen a lo peor de nuestra historia. No entiendo esa obsesión por enquistarnos en un pasado del que mucha gente se siente desconectada. También hay un problema de brecha generacional. Somos muchos los que nos sentimos profundamente alejados de este modelo de Estado, que creemos que hay que ahondar en la participación democrática, que no tenemos por qué seguir viviendo como determinaron unos señores hace 40 años. Y creo que, en Cataluña, parte de esa protesta colectiva que se está viviendo a nivel mundial, se ha canalizado a través del independentismo. Me parece muy naíf creer que con un cambio en la forma del Estado vayan a vivir en un mundo de paz y amor. Los responsables que nos han traído hasta aquí no están capacitados para sacarnos de esta crisis, ya sea la catalana o la global. Somos la ciudadanía la que tenemos que organizarnos y trabajar por aquello que merecemos, porque el poder lo que quiere es perpetuarse por siempre jamás.

De celebrarse el referéndum, ¿quiénes deberían poder votar sobre la independencia?
No lo sé porque como solo hay desinformación, opiniones enfrentadas y odios… Para saber si deberíamos votar todos o solo ellos, deberíamos saber primero a qué nos estamos enfrentando cada uno de nosotros, qué va a pasar el día 2 de octubre. Creo que lo que estamos viendo en ambos lados es una cuestión de ver quién la tiene más larga, testosterona en estado puro. Ese recurrir continuamente a la legalidad es la evidencia del fracaso del diálogo, de la política. Y eso es lo que no puede ser: aquí la democracia ha fallado porque nadie se ha sentado con voluntad de encontrar soluciones.

Una de sus obsesiones es que la mayoría de los grandes problemas sociales tienen su origen en la educación. ¿Qué papel cree ha tenido en este caso?
Si se hubiera querido hacer un verdadero proceso integrador de las comunidades autónomas, se debería haber respetado y enseñado las cuatro lenguas cooficales del Estado. Así que cuando oyes a un ministro quejarse porque un catalán hable en catalán, se te ponen los pelos de punta porque es una lengua tan oficial como la española. Las lenguas son un patrimonio cultural de la humanidad, no pertenecen a ningún partido o gobierno, sino que son de todas las personas y debemos conservarlas hablándolas. Pero, claro, si aquí en Asturias tenemos medios públicos que no la divulgan…

En todos estos años haciendo periodismo internacional, ¿recuerda algún escenario parecido al catalán?
No recuerdo ningún caso en el que se proponga un referéndum sin censo. No sé cómo se puede articular eso, a quién va a representar. Es curioso porque en Quebec, donde se hizo con todas las garantías, había un sentimiento independentista muy fuerte en los años 90, que sigue vivo en aquellas generaciones, pero que resulta absolutamente anacrónico para los jóvenes. Por otra parte, tampoco parece que la propuesta catalana tenga apoyos en Europa, donde países tan importantes como Francia, Bélgica o Italia tienen desafíos secesionistas. No creo que se atrevan a abrir ese melón. Quizá todo esto sea parte de un cambio de paradigma brutal propio de este convulso siglo XXI que estamos viviendo y que, como todo cambio, despierta reticencias.

¿Le preocupa la polarización que se está viviendo en Cataluña?
Me preocupa que la gente no se sienta libre para decir lo que piensa, y ese miedo no es la antesala de nada bueno. Es muy contradictorio porque te encuentras a la izquierda diciendo “España nos roba”. ¿Cuánto? Y, sobre todo, la izquierda debería inspirarse en los principios de igualdad y solidaridad. Pero lo que me preocupa realmente es la creciente desigualdad, la pésima distribución de la riqueza, el acoso a los derechos de los trabajadores o el conflicto de EULEN, un conflicto que nos afecta a todos los ciudadanos independientemente de donde vivas, y del que podemos aprender muchas lecciones.
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Suspendida una conferencia de Anna Gabriel por no ser de “interés general”

La diputada Anna Gabriel, momentos antes de la entrevista - SARAI RUA

El juzgado de lo Contencioso Administrativo número 3 de Vitoria ha suspendido este viernes la autorización de una cesión de un espacio municipal para albergar una conferencia de la diputada de la CUP, Anna Gabriel, en defensa del referéndum del 1-0 en Cataluña.

En su auto, el juez Manuel Castro argumenta que “la defensa de un proyecto político supramunicipal, en este caso la celebración de un referéndum de independencia en Cataluña, no entra dentro de las competencias que se atribuyen al municipio, como tampoco forman parte de las mismas la celebración de actos de promoción o campaña electoral a favor de la celebración del referéndum”.

“Existe esa apariencia en contra de la legalidad de la cesión del local público”, prosigue el auto, “al chocar con las prohibiciones del Tribunal Constitucional […]. Tampoco se aprecia el beneficio para el interés general de la celebración de dicho acto, debiéndose recordar que un acto en apoyo del referéndum de independencia de Cataluña puede aparentemente ser tachado de partidista, en el sentido de no representativo del conjunto de los ciudadanos de la ciudad de Vitoria-Gasteiz”, sostiene el magistrado. Todos estos motivos son suficientes, según el juzgado, para la suspensión cautelar de la cesión del Centro Cívico Aldabe, dependiente del Ayuntamiento de Vitoria.

Tras la emisión de este dictamen, la Policía Local ha irrumpido en el espacio municipal 45 minutos después del inicio de la conferencia. En ese instante, los organizadores han puesto punto y final al acto. “Pueden ilegalizar un acto, pero no pueden ilegalizar a todo un pueblo. El 1 de octubre votaremos”, ha señalado Gabriel tras la suspensión.

Esta misma semana, otro juzgado de Madrid ha admitido a trámite el recurso interpuesto por el PP contra la celebración, este domingo 17 de septiembre, de un acto en el espacio municipal Matadero a favor del derecho a decidir en Cataluña. En el auto, el juez José Yusty afirma que la cesión del local implica “favorecer un acto de apoyo a una consulta convocada por una ley que ha sido suspendida por el Tribunal Constitucional y se dirige claramente contra lo dispuesto en la Constitución Española”. “Se trata por tanto de un referéndum ilegal, y en consecuencia, los actos de apoyo al mismo no pueden estar amparados por la actuación del Ayuntamiento de Madrid, ni utilizar locales del que éste es titular, pues tiene la obligación de cumplir las leyes vigentes”, añade.

En las últimas horas, la Fiscalía de Tarragona también ha abierto diligencias por el acto de abertura de la campaña para el referéndum del 1-0, este jueves en el Tarraco Arena, en el que participaron el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont; el vicepresidente, Oriol Junqueras, y la presidenta del Parlamento, Carme Forcadell.
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