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Acosadas en las redes sociales

M. tiene cerca de 700 solicitudes de amistad en Facebook. Es una persona muy activa en esta red social, le gusta conectarse cada día y escribir su opinión sobre política o cualquier tema de actualidad que le interese. En su muro se debate casi a diario sobre asuntos como La Manada, Cataluña… y cada cual expone sus argumentos con libertad. Uno podría pensar que el elevado número de aspirantes a seguir su página se debe al interés que suscitan sus discusiones, pero, según explica, no es ese el principal motivo. Es porque es mujer. “No conozco al 95% de los hombres que me piden la amistad. Al principio, cuando entraba en Facebook, tenía muchos mensajes de chicos que intentaban ligar conmigo, pero ahora ya es que ni lo miro”, explica M.

A finales de noviembre, Amnistía Internacional publicó un estudio en el que participaron 4.000 mujeres de entre 18 a 55 años de ocho países diferentes, incluida España. Una de cada cinco mujeres en nuestro país afirma haber experimentado abusos o acoso en las redes sociales al menos en una ocasión. Muchas de ellas incluso reciben amenazas de muerte o violación. La encuesta pone de relieve que la mitad (49%) de las encuestadas en España que habían sufrido acoso en Internet dijeron que era de naturaleza misógina o sexista. No hay informes que establezcan una relación entre acosar en las redes sociales y hacerlo en persona, pero siguiendo el hilo argumentativo del estudio “es presumible pensar que el hombre que acosa y las motivaciones que lo llevan a hacerlo no se limitan a un ámbito concreto”, asegura Belén Cano, psicóloga experta en violencia sexual de la Fundación Aspacia.

Lo que enfada mucho a M. es que tras un comentario suyo reciba de algún hombre un trato paternalista. “Siempre hay algún gilipollas que va de paternal y te llama bonita, guapa… Como si fueses tonta por ser mujer”. Este tipo de conducta es más común de lo que pensamos y ocurre cuando un hombre se siente superior a una mujer por el simple hecho de haber nacido varón.

S. G. es una periodista muy activa en las redes sociales. Colabora con varios medios de comunicación. Cada vez que publica un artículo suele ser de los más leídos, y eso se refleja en el elevado número de comentarios que tiene. “Siento un machismo brutal en los hombres que opinan sobre lo que he escrito. Hay tíos que siempre van a venir a decirme cómo debo pensar o explicar las cosas. El otro día escribí sobre una autora que me encanta desde pequeña y uno empezó a darme lecciones con información que ya había puesto en el reportaje. Tengo la sensación de que siempre me van a tratar como a una niña de seis años”, cuenta.

¿Cuál es el perfil del acosador en las redes sociales? Esta es una pregunta frecuente. No existe un perfil específico. Las características son comunes al hombre que acosa en la calle, en el entorno laboral, escolar o privado. “Son hombres que ejercen este tipo de violencia sobre las mujeres porque en su ideario consideran que tienen derecho a hacerlo”, explica Cano. El caso en las redes sociales, sin embargo, tiene unas características específicas por el entorno donde se desarrolla: “Cuando los actores son desconocidos y el campo de actuación es tan amplio y cambiante en el tiempo (la página web que hoy está funcionando, mañana no; los perfiles de las redes se pueden eliminar con rapidez y solo alguien con ciertos conocimientos puede recuperar la huella digital que deja esta persona, etc.) los acosadores, sabedores de estas ventajas, pueden gozar de cierta impunidad”.

Tanto M. como S. G. han denunciado en Facebook a sus acosadores, pero, según relatan, no les ha servido de nada. Se sienten desamparadas. La red social puede eliminar el perfil de un acosador y este hacerse uno nuevo o castigar al agresor con no poder acceder a sus datos durante un periodo de tiempo. Sobre ello, la agencia de comunicación que se encarga de las gestiones de Facebook con la prensa española respondió a La Marea: “Hay un equipo humano encargado de revisar las denuncias, el community operations team. Es un equipo global, que trabaja las 24 horas del día y los 7 días de la semana, en más de 80 idiomas diferentes y formado por expertos en distintas materias. Si el contenido viola las normas se retira, y si hay peligro de amenaza real para la seguridad de alguien, se notifica a las fuerzas del orden”.

Grupos de apoyo

M. lleva mucho tiempo en las redes sociales. Lo suyo es una carrera de largo recorrido. Ha sido testigo de toda clase de agresiones machistas hacia su persona. Al principio los vivía sola, sin compartirlos con nadie, pero con el tiempo empezó a conectar con un grupo de mujeres que solo se conocían en en el mundo digital pero con quienes compartía el haber sido víctimas de estas conductas: “Nos conocimos en Facebook y contando nuestras experiencias surgió la unión. A todas nos ha pasado alguna historia. De esta forma nos protegemos entre nosotras. Cuando nos llegan fotos de tíos desnudos damos aviso de esos capullos y los bloqueamos”.

Muchas mujeres ya asumen que esta conducta del hombre es parte del juego de las redes sociales. El botón de bloqueo es para ellas una herramienta que utilizan con total normalidad. Es el caso de T., que cada día recibe mensajes de hombres desconocidos, algunos con contenido presuntamente romántico, hasta otros que incluyen mensajes y material pornográfico.

“No piensan. Ese es el problema”, asegura esta actriz que tiene muchos seguidores en su perfil de Facebook. Normalmente no suele entrar al trapo cuando un hombre que no conoce empieza una conversación con ella, y cuando los mensajes son muy ofensivos suele compartirlos en su perfil para que todos reconozcan al acosador. De esta forma conocimos a S., quien le envió a T. estos mensajes: “Quiero hacerte un anal” y “pegarte una follada brutal”. En La Marea nos hemos puesto en contacto con él y esta ha sido la conversación.

La Marea. Hola S., me llamo Alfonso, soy periodista, estoy escribiendo un artículo sobre acoso a mujeres en la red, ¿te podría hacer unas preguntas?

S. k kieres

La Marea. Estoy haciendo entrevistas a mujeres que han sufrido acoso en las RRSS y una de ellas me enseñó un mensaje tuyo

S. pos no se

La Marea. Pone tu nombre y tus apellidos en el mensaje

S. te cres k por intentar hablar y hacer amigas por internet soy un acosador o q
y q te dijo la tia

La Marea. En los mensajes dices que quieres hacerle un anal y que vas a pegarle una follada brutal

S. k mensaje era??

La Marea Sin que ella haya hablado previamente contigo o haya manifestado su interés

S. pos no se ni idea

La Marea: Pone tu nombre y apellido en el mensaje

S. no me acuerdo k alla dicho yo eso

La Marea. También pone que vives en B. Aunque no te acuerdes haberlo hecho, el mensaje salió de tu cuenta. ¿Por qué te atreves a decirle esos comentarios a una chica que no conoces?

S. como te e dicho no me acuerdo ni creo k alla dicho eso yo. Pero si lo e dicho k pasa??

La Marea. Los mensajes vienen de tu cuenta. Cuando pinchas en el enlace de la persona que ha escrito el mensaje sale tu perfil

S. a caso es delito llamar hijo puta a alguien o decir algún insulto o k te voy a follar y tal

La Marea. lo que quiero saber es ¿por qué le envías ese mensaje a una mujer que no conoces?

S. k tia es?

La Marea. no te puedo decir el nombre, lo siento. ¿Se lo escribes a tantas chicas que no te acuerdas de a quién se lo dices?

S. a lo mejor lo e podido decir pork iria con unas cuantas cervezas de mas o algo
pero no me acuerdo

La Marea. ¿El alcohol justifica ese comportamiento?

Después de esta última pregunta S. dejó de responder. Él es uno de tantos con los que T. tiene que lidiar todos los días. Pero ¿qué pasa cuando quien acosa es un conocido o la persona que menos te lo esperas? Existe un tipo de acoso –no confundir con perfiles, que no los hay– que viene de la figura del falso aliado. “Se trata del típico que usa las redes sociales con un perfil feminista de izquierdas, se pone agresivo con el tema de La Manada, y publica tuits a favor de la víctima, pero en realidad es un depredador emocional”, explica la periodista especializada en género Ana I. Bernal Triviño.

Lo siniestro de este tipo de personas es que comparten afinidades contigo, por lo que suelen cogerte con la guardia baja. “Pueden ser amigos o familiares con los que incluso llevas chateando años y buscan tus vulnerabilidades”, asegura Bernal. La sutilidad y paciencia con la que arrinconan a sus víctimas se debe, entre otras cosas, a que son personas que gozan de una cierta imagen de progre que, en teoría, condena este tipo de conductas. Tienen que ir con pie de plomo para, como hace la serpiente que quiere soltar su veneno, pegar el mordisco cuando su presa menos se lo espere.

En ocasiones, estos personajes se aprovechan de su éxito mediático por sus opiniones en ciertos temas; o pertenecen a campos de la cultura como la música, el cine, el teatro o la literatura, cotos que parecen reservados a personas abiertas de mente. Pero el machismo no entiende de ideología. Si bien hoy se visualizan más estos temas, eso no significa, para muchos hombres, que puedan pasar de la teoría a la práctica. De la misma manera que el sociópata es capaz de imitar las emociones básicas para pasar inadvertido en la sociedad, el falso aliado se aprovecha de estos conocimientos para camuflar su verdadera personalidad, actuando como un auténtico Caballo de Troya.

El ciberacoso no se suele denunciar y cuando se hace no es de forma inmediata. “Según nuestra experiencia y los estudios realizados, concluimos que las mujeres que han sufrido violencia sexual que no coincide con el perfil de ‘violación auténtica’, es decir, la ejercida por un desconocido en la calle y por la noche, no suele acudir a la policía”, asegura la psicóloga Sonia Cruz. “Esto ocurre porque no identificamos como delitos las violencias sexuales ejercidas por un desconocido o conocido reciente mediante el chantaje, la manipulación o la extorsión psicológica y en entornos privados o íntimos”, añade.

Por otro lado, continúa la psicóloga, “cuando las mujeres sufrimos estos abusos y acosos sexuales sentimos culpa por pensar que los hemos provocado por nuestra forma de comportarnos y sentimos también vergüenza porque sabemos que vamos a ser juzgadas por nuestro entorno y que no vamos a recibir el apoyo necesario”. En las redes sociales e Internet hay otros factores que dificultan aún más la denuncia. Por un lado, el miedo a la integridad física –la víctima suele recibir amenazas de muerte o violación– y por otro, el temor a ver dañada tu imagen tras recibir amenazas de difundir tus datos personales o imágenes de contenido sexual. Estos hechos tienen un componente intimidatorio grave debido al efecto multiplicador de las redes sociales, y que estos personajes se valen del anonimato.

Cuestiones clave

¿Existe un perfil de mujer acosada en las redes sociales? “Al igual que no existe un perfil de víctima de la violencia machista, no hay un perfil de mujer acosada en las redes sociales. Puede ser cualquier mujer. El ciberacoso sexual es una forma más de violencia contra ellas. El objetivo del hombre es dominar y destruir la libertad, la mente, las emociones, el cuerpo y la identidad de las mujeres”, explica Cruz. No nos equivoquemos, insiste la psicóloga, no se trata de actos inconscientes, ni de falta de educación o empatía. Los hombres que acosan a las mujeres saben perfectamente que ellas sufren, de la misma forma que saben que cuando alguien abusa de su fuerza es capaz de causar un enorme daño.

¿Cómo paramos esto? Para responder a esta pregunta, Cruz ofrece algunas soluciones: “Una es contemplar el ciberacoso sexual contra las mujeres como una forma de violencia de género y, por tanto, incrementar las medidas de protección y de persecución del delito al ser juzgados en tribunales especializados, tal y como se juzgan los delitos de género en el entorno de la pareja. También es importante realizar campañas de difusión centradas en el acosador, en la identificación de esta violencia como un hecho grave, como un atentado contra nuestros derechos sexuales y contra nuestra libertad, privacidad e intimidad”.

Además, “la educación sexual y de prevención es un factor básico para promover la igualdad y derribar estereotipos de género. Es necesario eliminar la cultura de la violación, la cosificación y el juicio moral hacia cualquier comportamiento sexual para así reducir el estigma. Hay que ampliar los programas de formación a profesionales y sensibilizar sobre las características de este tipo de delitos, los mitos sobre las respuestas de supervivencia y las formas de coacción más visibles”.

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Fascismo gif. Cómo la ultraderecha se apropió de la cultura de internet

Todo está mal y no entiendo nada. Eso le solté el otro día a un amigo como resumen humorístico trágico de mi ánimo. Él reía viendo mi desesperación, entre otras cosas porque me entendía perfectamente: pertenecemos a la misma generación, tenemos oficios parecidos, vivimos en precario desde hace demasiado y compartimos referentes culturales y políticos. La situación es anecdótica pero expresa bien por qué dos personas conectan sin necesidad de recurrir a demasiadas explicaciones. Ese todo está mal y no entiendo nada, a pesar de ser una frase que aporta muy poca información por lo ámplio de su objetivo y lo exagerado de su semántica, hablaba de lo que nos disgusta y aterra y que no entraré a nombrarles por no acabar mañana y porque deduzco compartimos nudo diario en el estómago. Para acabar mi actuación airada le dije que odiaba los gifs y los memes, especialmente ese donde un gato con cuerpo de tostada vuela por un espacio indefinido dejando como rastro un arcoiris. Qué sentido tiene, a qué refiere, con qué conecta, qué quiere exactamente decir. Todo, además, me pone muy nervioso.

Bien, y si entre ese gato y la aceptación de la extrema derecha entre los jóvenes hubiera alguna relación. O más concretamente, y si la cultura de internet tuviera algo que ver con el auge de los ultras. La pregunta, así planteada, suena a aquellos informes del senado de los Estados Unidos que, en los años 50, culpaban de la violencia juvenil a los cómics y de los embarazos adolescentes al rocanrol, es decir, a excusa de clase dirigente senecta que busca un chivo expiatorio para liberarse de sus responsabilidades. Cambiemos su forma: ¿ha sabido aprovechar la extrema derecha la cultura de internet en su beneficio? Sin duda, ha sabido más que desarrollar una estrategia política maestra, entender que determinados cambios, casi casualidades, les eran favorables. Dejen volar al gato, que supongo despierta su simpatía, pero quédense con los motivos por los que me ponía nervioso: su significado ambiguo, su falta obvia de referentes.

Rara es la semana, casi el día, en la que no nos topemos en las redes sociales, en algún servicio de vídeos o foro masificado con una defensa de contenidos abiertamente reaccionarios cuando no directamente ultraderechistas. Lo escabroso llega cuando quien hace estas manifestaciones no es un individuo metido en alguna secta nazi, con toda su parafernalia de runas, cruces gamadas y germanofilia años 30, sino gente común, por lo general jóvenes saliendo de la adolescencia, no especialmente interesados en política y con aficiones de lo más variado y convencional. Si ya el individuo en cuestión tiene cierta relevancia pública, como puede ser el caso de humoristas, youtubers o algún tipo de creadores de contenido la polémica estará servida, con miles de detractores criticándole pero también con otros tantos defendiéndole, en algaradas que suelen acabar recogidas en algún medio con necesidad de visitas, imaginación escasa y una plantilla reducida a la nada.

Parece como si toda una generación hubiera pasado de recitar listas de Pokemon a manejar con soltura el ideario ultra sin solución de continuidad, y eso aterra. Toda esta ola de pensamiento reaccionario en línea no se corresponde a una ideología ordenada, recogida en algunos textos teóricos, con algún tipo de sistema filosófico que la sustente o un partido concreto que la lleve al terreno de lo práctico. Es más bien un vertedero lleno de recortes del s.XX, un cajón de sastre del que se extrae lo más conveniente para paliar los terrores nocturnos del presente y los enormes vacíos que la desaparición de las identidades fuertes llenaban. Con la vaporización en el terreno de lo simbólico de la pertenencia de clase, no de las clases, hoy creemos poder ser cualquier cosa sin posibilidad real de serlo, una escisión dolorosa y frustrante.

¿Qué encontramos en el desguace? Por un lado estaría el gran grupo de los conspirativos, los falseadores y los promotores del pensamiento irracional, algo así como si El pistolero solitario, aquel trío enamorado de Dana Scully, hubiera tomado esteroides al encontrase con Youtube. Si en 2017 muchos jóvenes se interesan por Slenderman, el hombre del saco contemporáneo, los supuestos montajes de la NASA en la llegada a la Luna o las renacidas teorías sobre que el planeta Tierra es plano, podemos hablar de cosas de la edad, o siendo más críticos de toda una generación que a pesar de la hiperconexión o precisamente por ella es incapaz de distinguir lo cierto de lo obviamente falso. Si desconocen cómo buscar una fuente fiable de información, por qué iban a diferenciar entre un documental casero hecho por un neonazi de Texas negando el holocausto y uno realizado por el museo de Auschwitz.

Otro de los grandes agregadores para hombres jóvenes y postadolescentes es el machismo. Desde el presentado como inocuo a través de los vídeos humorísticos hasta los métodos de expertos en seducción, desde las cuentas de tuiteros que dicen defender los derechos de los hombres hasta las que se dedican al acoso y la amenaza constante a feministas, su motivo viene a ser el destapar una supuesta conspiración -de nuevo- para silenciar a los hombres, reducirlos a la nada y robarles su forma de ser, todo esto en la senda de la tradición negacionista obviando las decenas de asesinadas por sus parejas cada año. El caso del Gamergate es significativo, donde tras una supuesta revelación de mala praxis en la prensa dedicada al videojuego no se encuentra más que el ataque a las mujeres relacionadas con el sector y donde caras visibles de la ultraderecha tuvieron un papel destacado. En el odio hacia lo LGTB las cosas funcionan de forma muy parecida, salvo que aquí, además, se juega ya con un odio abierto a lo considerado como anormal.

El último gran grupo sería el de los tradicionalistas digitales, una suerte de defensores de un nacionalismo excluyente basado en lo mítico que cargan de razones infra históricas las pulsiones de racistas y xenófobos. El islamismo es la estrella de este epígrafe, por la obvia preocupación que producen los atentados yihadistas en suelo europeo, pero también porque entronca con un espacio que usa la tradición del medievalismo de postal y la vexilología apolillada, de apariencia épica, para esconder con poco disimulo a la ultraderecha. Como si el Señor de los anillos se hubiera vuelto facha. De nuevo la conspiración, esta vez la de la invasión silenciosa de Europa a través de la inmigración, ayudada por la quinta columna del buenismo izquierdista, sirve a estos ultras para destacarse como los únicos que ponen orden frente a la barbarie. Da igual que ninguno sepa explicar por qué el capitalismo occidental y wahabita se complementan perfectamente, y cómo el problema de la radicalización de los musulmanes europeos tiene que ver más con esto que con una invasión inexistente, el caso es que les funciona a la perfección.

Que la misoginia, el racismo o las conspiraciones son un fenómeno previo a internet y con causas ajenas al mismo no significa que sus mensajes destructores no hayan encontrado un gran aliado en la cultura de internet. Mientras que la izquierda parece necesitar de análisis, contexto y una cierta estructura de pensamiento previa para la construcción de discurso a la ultraderecha le vienen bien lo fraccionado, la ambigüedad de significantes y la velocidad de información que apenas deja tiempo para detenerse en nada. La razón es sencilla, mientras que la izquierda juega siempre de inicio fuera del sentido común dominante a los ultras tan sólo les hace falta exagerarlo. Así es mucho más sencillo que llegue a tu grupo de Whatsapp familiar un meme con una imagen falsa sobre una niña católica molida a palos por unos moros en Albacete -la niña había sufrido un accidente de bicicleta y era nórdica- que explicar en ese mismo grupo el papel de la OTAN en la desestabilización de los países de Oriente Medio.

Por otro lado, los propios códigos estéticos de la cultura de internet hacen sencilla la participación de cualquiera. No es tan sólo la distribución de contenidos, sino que la baja calidad de los mismos provoca que sea mucho más sencillo construir un gif antisemita o machista que escribir un ensayo o rodar una película de contenido reaccionario. La vulgarización internetera, celebrada a menudo como el fin del elitismo de los profesionales de la cultura, ha abierto las puertas a la difusión del odio entre los jóvenes, sobre todo cuando estos abjuran cada vez más de libros, discos y películas en favor de los contenidos de digestión rápida de la red. Además, el sistema de estatus, fácilmente medible en las redes, dota de una legitimidad nueva a los mensajes, no por la trayectoria y fiabilidad intelectual de quien los emite, sino por su número de seguidores. Trágico final para los tecno-utopistas, que esperaban una revolución pacífica y liberal del conocimiento y se han encontrado con la Rana Pepe enseñando a odiar de forma simpática.

Todo este exitoso desguace reaccionario se presenta, además, como una simple diversión transgresora cuando en realidad favorece el proselitismo de lo sistémico. Según un aforismo popularizado en la red, la Ley de Poe, es imposible distinguir en internet un mensaje extremista de su parodia a no ser que vaya acompañado de un emoticono. Esta situación, que refleja un problema de comunicación, es también por donde se cuelan los monstruos. El permanente juego de ironías permite coquetear con ideas reaccionarias sin miedo a mancharse, cuando la realidad es que se está contribuyendo a su normalización y su difusión. Se ha establecido un triste consenso de que todo consiste en una secuencia de expresiones ofensivas que hieren sensibilidades exageradas ancladas en la tiranía de la corrección política. Si bien es cierto, como hemos insistido por aquí, que parte del activismo ha contribuido a esta confusión al verse incapaz de influir en los conflictos y dedicarse a paliar los resultados de los mismos a través del lenguaje, la tiranía de lo políticamente correcto es un mito, ya que nunca ha habido tanta libertad para expresar ideas reaccionarias ni tanto aplauso confundiendo la libertad de expresión con la libertad de agresión.

En este sentido, los defensores del invento de la postcensura no hacen sino dar una nueva vuelta de tuerca a la conveniente mentira. Lo que no es más que una pataleta de columnistas cabreados por perder su sitio prominente en el debate social, es decir, la teorización del desagrado que les produce que la gente les conteste a través de las redes a uno de sus múltiples patinazos reaccionarios, se ha convertido en un nuevo asidero para hacer pasar ideas perfectamente consensuadas en gritos de rebeldía amordazados. Además, de paso, introducen la idea de que no es el estado, sirviendo a las élites, el que censura, sino la propia gente convertida en una turba linchadora. Que se lo pregunten a los músicos y a los tuiteros condenados a multas y cárcel por expresar, esta vez sí, ideas contrarias el estado de las cosas, a ver qué opinan.

La postcensura sigue el camino de la postverdad, que es la versión creada no por los columnistas, sino por los directores y propietarios de los periódicos, para eximirse de responsabilidades en el ascenso de la ultraderecha. En primer lugar porque el adelgazamiento de las plantillas y su precarización ha provocado un descenso en la calidad de las noticias, cuando no una dependencia para obtener visualizaciones desesperadas de esa estupidez llamada arden las redes. No es de recibo que un medio serio tenga secciones dedicadas a comentar las algaradas en las redes que a su vez comentan la propia actualidad mediática. Una espiral donde las ideas reaccionarias, especialmente audaces en su espíritu troll, hacen su agosto comunicativo. Cuando todo se basa en el pirateo de la atención y el impacto emocional, la razón queda muy mal parada.

Es cierto que parece muy mal negocio cambiar el artículo mesurado de un experto por la última bravata reaccionaria que tu primo comparte en Facebook, como también es cierto que los medios llevan años prescindiendo del análisis de fondo para dar paso a bravatas bastante parecidas a las de las redes. De hecho es habitual encontrar cualquier barbaridad firmada con el nombre de afamados columnistas de extremo centro sin que nadie parezca notar la diferencia: es la Ley de Poe, pero es, sobre todo, la replicación en redes de unas formas atrabiliarias y de unos contenidos muy pobres. Del mismo modo que ha sido la exagerada codicia de la globalización neoliberal la que ha dado el pie definitivo al resurgir de la extrema derecha, han sido los grandes medios los que en su carrera alocada por prescindir del periodismo en favor de modelos de negocio espectaculares y afines al poder han dejado la natural necesidad de información en manos de la cultura de internet, algo que no surgió para tan enorme labor.

Esa es la tragedia, que justo cuando más necesitábamos al mejor oficio del mundo ya nadie se lo toma en serio, y sólo se atiende a gatos que vuelan, a ranas ultras y a un fascismo gif que se repite en bucle arrogante e infinito.

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La Audiencia Nacional juzga esta semana a seis personas por enaltecimiento del terrorismo en redes

La Audiencia Nacional celebra esta semana seis juicios por enaltecimiento del terrorismo en redes sociales. El miércoles estaba previsto el de la tuitera Cassandra, pero finalmente ha sido aplazado. La Fiscalía pide penas de entre uno y dos años y medio de prisión para los acusados por, entre otros, publicar “comentarios laudatorios y propagandísticos” de grupos terroristas como ETA y los GRAPO, y humillar a las víctimas del terrorismo.

Las sentencias por enaltecimiento del terrorismo se han multiplicado por cinco desde el anuncio del cese de la violencia de ETA. Las diligencias de investigación incoadas por la Fiscalía de la Audiencia Nacional por este delito aumentaron un 40% entre 2014 y 2015.

#LaMarea47 analiza en profundidad quién conforma la Fiscalía de la Audiencia Nacional y el deterioro de la libertad de expresión en los últimos años. Puedes encontrar la revista aquí.

 

 

 

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Barbijaputa: “Es curioso que en un país machista no haya ningún hombre que se reconozca como tal”

Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima (Roca Editorial) es el nuevo libro de la tuitera y columnista Barbijaputa. Y es también un camino de ocho fases para “acabar con nuestra parte machista”, según la autora.

En su primer libro, La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal, que ya va por la sexta edición, la escritora nos presentó una autoficción en la que Bárbara era la protagonista: su experiencia trabajando como azafata de vuelo, su acercamiento al feminismo, la relación con su familia y el estallido del 15-M.

Ahora, Barbijaputa se dirige a los hombres: “Son los que han sacado tajada históricamente y son los que tienen que sentarse a escucharnos ya”.

¿Por qué los hombres deben leer Machismo: 8 pasos para quitártelo de encima?

Porque ellos son el foco del problema. Se tienen que quitar el pánico a la palabra machismo. Además, ningún hombre se considera machista, todos niegan serlo, es curioso que en un país machista no haya ningún hombre que se reconozca como tal. Mi idea era hacer esto visible, mientras dejo claro que es normal, lamentablemente, ser machista y que lo difícil es no serlo. Si deja de verse el machismo como actos puntuales en algunos hombres y se empieza a ver como una constante en nuestras vidas habrá más hombres dispuestos a escuchar.

El libro es una herramienta de pedagogía feminista…

Sí, quería que también nos sirviera a nosotras. No me imagino a ningún hombre comprando el libro, aunque sé que los hay que se interesan y se reconocen machistas e intentan cambiarlo, pero son los que menos. El grueso son hombres machista que no se reconocen machistas. Esos no van a comprar el libro diciendo: “¡Uy, machista! yo soy eso y necesito quitármelo”. Lo que quería era llegar como una indirecta por nuestra parte. Me daba la impresión de que todos los libros feministas están escritos por mujeres y para mujeres, lo cual está genial, porque a mí me han servido mucho, pero hay que interpelarles directamente a ellos. La labor de pedagogía que hacemos las feministas es muy cansada, no podemos estar con eso todo el día… A mí a veces me dicen que conmigo no se puede debatir. Claro, es que hay días que no quiero debatir, no tengo porqué estar enseñando todo el rato. Entonces, yo lo que hago mucho es mandar a leer. Pues mira, he escrito un libro para mandarlos a leer que les interpela directamente.

En el libro dejas claro que un hombre nunca debe liderar las luchas feministas.

Eso me parece de primero de feminismo. Que sepan que, por una vez, ellos no son los protagonistas, que no lideran nada y su voz no cuenta. A ver cómo lo llevan, parece que poco a poco muchos se van sumando al carro y eso da esperanza.

¿Qué piensas entonces de la acción de Dani Rovira en los pasados Goya, cuando se calzó unos tacones rojos para reivindicar más presencia de mujeres en el cine?

Estamos equivocando el tiro cuando instamos a un hombre a que se diga feminista. La pregunta no debe ser tanto “¿eres feminista?”, sino “¿sabes que eres parte del problema y estás dispuesto a perder privilegios y no aprovechar cada ventaja que te brinda el patriarcado?”. Ahí muchos se retratarían. Dani Rovira cobró por un anuncio machista de Gallina Blanca con Jorge Cremades. Después se planta con unos tacones en una gala porque ¡hay que ver qué mal está el tema de la mujer! Pero ahí estaba él presentándola por tercera vez consecutiva. No se le ocurrió decirle a la Academia que presente los Goya una mujer, ya que las mujeres dentro del cine piden más reconocimiento. Esto sí habría sido perder privilegios, comprometerse de verdad e involucrarse en el feminismo, no ponerse unos tacones, algo que además no tiene nada que ver. Yo soy mujer, soy feminista y no uso tacones. Es un estereotipo más. Querer reivindicar el feminismo desde el machismo. Es no haber entendido nada.

¿Cuál es el papel de los hombres en el feminismo?

Kelly Temple, una feminista activista de Reino Unido, tiene una frase que a mí me encanta y creo que define muy bien el cometido del aliado feminista. Ella dice: “Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”. Yo creo que el papel del aliado pasa necesariamente por dejar mensajes feministas en todos esos espacios en los que se le escucha por el simple hecho de ser un hombre: con sus amigos, en los grupos de WhatsApp en los que se hacen chistes de violaciones y se pasan fotos de mujeres desnudas o cuando escuche un comentario machista. Que se involucre y no se calle, porque si no está siendo cómplice.

En el libro hablas tanto de mujeres de derechas que se consideran feministas como de machistas de izquierdas… ¿Qué les define?

Pasa algo parecido entre unos y otras. Los machistas de izquierdas no han entendido la transversalidad de las opresiones. Creen que solo ellos son los oprimidos y no han entendido que hay que tener en cuenta otras formas de discriminación como la raza o el género. Como son hombres, solo ven su propia opresión: la de la clase obrera. Tienen los mismos discursos que la gente de derechas tiene con ellos cuando dicen que los activistas de izquierdas solo quemamos contenedores y somos unos vándalos. Ellos dicen a las activistas feministas que no pedimos las cosas bien, que no son las formas adecuadas y que así no se nos va a tomar en serio. ¿No se dan cuenta de que están haciendo lo que odian que haga la derecha? Hay que dejar de mirarse el ombligo.

A las mujeres de derechas les pasa algo similar. Una vez escuché a Cristina Cifuentes quejarse de que cuando le hacían entrevistas, estas eran muy machistas. Le preguntaban, por ejemplo, por el champú que usa. Bueno, entonces que se haga feminista. Pero si eres feminista, no tiene sentido que sigas a tu partido porque ese partido hace políticas misóginas: ha intentado prohibir el acceso libre al aborto y apoya políticas imperialistas de Estados Unidos en otros países. Cifuentes, como presidenta de la Comunidad de Madrid, no puede pretender que le veamos como un oasis dentro del PP porque ella fomenta las políticas de su partido y estas políticas a su vez fomentan el patriarcado y la misoginia. Todavía estamos luchando contra ellos y contra el PSOE para que se revise la Ley de Violencia de Género, para que se destine más dinero a la prevención de violencias machistas, a los cursos de formación… Las mujeres de derechas no tienen contacto con la calle ni con otras mujeres que no sean de su clase o que estén viviendo otras circunstancias. Su feminismo es el feminismo liberal. Aunque yo no lo llamaría ni feminismo, porque es individualismo. El feminismo quiere la liberación de todas las mujeres, no solo de ellas.

De las contradicciones de las feministas también hablas en el libro. A veces nos llegamos a sentir “malas feministas”, que es además un ataque utilizado por los machistas. Eso de que hacemos “flaco favor”. ¿Cómo podemos hacer frente a estas contradicciones?

Hay que hacer una distinción entre las personas que se lucran del machismo y el resto de las mortales. Entre las que tienen poder, como Cifuentes, Arrimadas o Merkel, y las demás mujeres, que intentamos pelearnos con nosotras mismas. Nosotras no tenemos una responsabilidad que vaya más allá de nuestras vidas y nuestro entorno cercano. Nuestras contradicciones son más cotidianas. En mi caso, por ejemplo, pienso que ojalá me gustaran mis piernas con pelo. Pero al menos soy consciente de que no nací queriendo no tener pelos en las piernas, sino que ha sido algo aprendido y ha estado dentro de mí durante mucho tiempo. A día de hoy sé que si salgo a la calle con pelos en las piernas me voy a tener que enfrentar a situaciones, a miradas, por las que no voy a tener ganas de pasar y no voy a saber cómo responder. Pero esta contradicción me afecta a mí, sé que no le estoy jodiendo la vida a un montón de mujeres, que es la diferencia que hay con quienes sí tienen poder.

El patriarcado fomenta la competitividad y la enemistad entre mujeres. ¿Cómo desmontamos este mensaje? Las mujeres nos unimos, por ejemplo, cuando hay agresiones machistas a otras mujeres.

Sí, pero eso lo hacemos desde el feminismo. Las que nos hemos deshecho de ese mensaje somos las feministas. Y después de un trabajo de concienciación muy arduo. Pero los mensajes que fomentan la competición entre nosotras o la envidia son muy potentes y vienen desde muchos bandos. Para las mujeres que no han oído hablar del feminismo o que están empezando tiene que ser muy angustiante. Antes de tener conciencia feminista, yo me revelaba ante esto porque siempre me ha parecido cruel, pero he vivido el llegar nueva a una oficina y que muchas mujeres fueran amables conmigo mientras que otras eran especialmente crueles. Al final no significa que unas hayan nacido buenas y otras no, depende de cómo hayan interiorizado los mensajes sobre estos roles impuestos.

¿Y cómo se vive esto en redes sociales?

Yo la sororidad (la solidaridad entre mujeres) la llevo mejor en la vida real… Pero en redes nunca dejo en evidencia a una mujer, sobre todo si veo que está más alienada que yo todavía. A no ser que sea política, porque volvemos a lo mismo, son personas con poder. Cuando ridiculizo a alguien por un comentario machista siempre son hombres.

De hecho, este miércoles, a raíz de un tuit tuyo, muchas mujeres contaron sus experiencias de acoso en espacios públicos.

Sí. Había chicas que me decían que no lo habían contado hasta mucho tiempo después de que les ocurriera. El sistema patriarcal, que hace que los hombres se vean con derecho a violentarnos, es el mismo que hace que a nosotras nos dé vergüenza cuando nos agreden. Me parece muy positivo que nos desprendamos de esto y entendamos que la vergüenza se la tiene que dar a ellos.

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