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Paula Rodríguez: “La conciliación debe ser una de las principales luchas de los sindicatos”

La entrevista a Paula Rodríguez forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Paula Rodríguez Modroño es experta del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre Trabajo no remunerado, género y economía del cuidado y de ONU Mujeres en Políticas Macroeconómicas. Profesora del Departamento de Economía, Métodos Cuantitativos e Historia Económica de la Universidad Pablo de Olavide, acaba de ser galardonada con un Premio Meridiana en la modalidad de iniciativas de I+D+i.

¿Tienen sentido los sindicatos como los conocemos en el mundo en que vivimos?

Sí, los sindicatos siguen siendo las organizaciones de los trabajadores con más presencia y poder de negociación en las instituciones que regulan el mercado laboral y, por tanto, son las que pueden ejercer todavía más presión para defender los derechos de los trabajadores. Sin embargo, deben sufrir un serio proceso de renovación y adaptación a las nueva gobernanza supranacional, y a las nuevas formas de explotación de los trabajadores y de precarización del trabajo.

¿Cómo tiene que ser en líneas generales un sindicato del siglo XXI?

Los sindicatos del siglo XXI deben extender su ámbito de actuación en múltiples direcciones, especializándose en nuevas áreas en las que no habían trabajado antes. Deben trabajar para defender a los nuevos proletarios y precarios del siglo XXI: jóvenes becarios, falsos autónomos, trabajadores a tiempo parcial, profesionales freelance, trabajadores con contratos irregulares, etc. Para ello, los sindicatos no pueden seguir organizándose simplemente en función de sectores de actividad o empresas, sino que deben organizar también su lucha sobre todo en función de los distintos grupos de colectivos o trabajadores a los que representen, pues muchos de estos trabajadores cambiarán de un sector a otro, no se encontrarán vinculados a ningún empleador el tiempo suficiente o trabajarán para varios empleadores al mismo tiempo.

¿Qué necesitan los sindicatos para volver a conectar con la sociedad?

Necesitan recuperar la confianza de la sociedad, una gran parte que considera que no pueden proteger sus derechos y otra parte que piensa que actúan en connivencia con el partido en el poder para conservar sus posiciones privilegiadas en las instituciones. Al mismo tiempo deben trabajar conjuntamente con los movimientos ciudadanos y asociaciones que son las que en los últimos años han sabido representar mejor los intereses de grupos sociales muy diversos. El trabajo conjunto con estos movimientos ciudadanos es fundamental para recuperar la confianza de la sociedad y para poder adaptarse y luchar contra la diversidad de explotaciones y opresiones existentes hoy en día.

¿Y para enfrentar el reto de la cada vez mayor robotización del trabajo?

A pesar de la robotización, siempre habrá numerosos trabajos con tareas no rutinarias que no puedan ser realizadas por robots. Además, la robotización implica nuevos trabajos de diseño y control de los robots. Los sindicatos deben trabajar para la reconversión de los trabajadores que puedan ser sustituidos por robots.

¿Es necesario que estén dirigidos por más mujeres y más jóvenes?

Sería al menos una muestra de que los propios sindicatos no discriminan, pues es imposible que un sindicato que representa a todos los trabajadores, entre los que hay numerosas mujeres y también jóvenes, no tenga en todos los niveles de su dirección representantes de estos trabajadores a no ser que estén impidiendo su acceso. Es complicado que una organización luche contra la discriminación cuando ella misma discrimina.

¿Habría que introducir en la reivindicación la óptica de una economía feminista y de revalorización de los cuidados? 

Los sindicatos deben incorporar algunas de las principales reivindicaciones de la economía feminista como la relevancia de la reproducción social para la sostenibilidad de la sociedad. Ello implica que la conciliación o la demanda de unos horarios compatibles con la vida familiar y social deben ser una de las principales luchas de los sindicatos, no pueden ser tratadas como áreas secundarias o solo reivindicadas para las mujeres o en sectores feminizados. La etapa actual, caracterizada por el incremento de los horarios laborales y, sobre todo, de los horarios discontinuos y no estándar facilitada por las reformas laborales que han aumentado la flexibilidad del empresariado para establecer las horas de trabajo, representa un momento crucial para no retroceder, sino reforzar la lucha en este sentido. 

El feminismo ha sido también pionero en destacar los múltiples ejes de desigualdad que existen y la interseccionalidad de las discriminaciones, elemento fundamental que deberían incorporar ya de manera central los sindicatos en su lucha por la defensa de los derechos de los trabajadores. Los trabajadores en función de su edad, sexo, etnia, orientación, lugar de origen, etc. reciben un tratamiento diferente en el mercado de trabajo y los sindicatos deben ser conscientes de estas múltiples discriminaciones, en vez de tratar a los trabajadores como sujetos homogéneos.

¿Grandes o pequeños? ¿Generales o específicos?

Tienen que ser grandes pero con múltiples unidades especializadas en cada área concreta, aunque siempre interconectadas entre sí, al igual que en conexión con otras organizaciones.

¿Es posible sincronizar la lucha individual y la colectiva?

La lucha debe ser siempre colectiva.

¿Qué asuntos tendrían que ser irrenunciables a la hora de negociar con el Gobierno y la patronal? ¿Habría que cambiar el sistema de negociación y de representatividad?

Los sindicatos deben adoptar una estrategia de negociación en múltiples niveles. Hay que negociar en distintos ámbitos y áreas a la vez. Los sindicatos deben unirse en confederaciones europeas y globales para poder ejercer presión a nivel global contra las corporaciones globales, las instituciones supranacionales o los tratados internacionales. Sin embargo, eso no implica no luchar al mismo tiempo en el ámbito nacional o subnacional. El mercado laboral sigue estando regulado en gran parte en el nivel de estado-nación.

¿Tendrán que asumir los nuevos sindicatos que hay derechos que no se van a recuperar?

No, nunca se debe dar por perdido ningún derecho. Los sindicatos deben avanzar siempre en la lucha por más derechos de los trabajadores, pues nos encontramos aún en un nivel pobre en cuanto a derechos.

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Manuel Gómez, un ingenerio-camarero sin perspectivas de afiliarse a un sindicato

La entrevista a Manuel Gómez forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Manuel Gómez Díaz es ingeniero industrial. Actualmente estudia un máster y trabaja como camarero en un bar de Sevilla. “Lo hago porque quiero, puedo permitirme no hacerlo, pero hay gente que lo hace por necesidad y eso me da mucha pena. Es una burrada que se trabaje sin descansos por una miseria”, denuncia. Ahora mismo está leyendo Maquiavelo. “Es muy interesante para saber cómo son las relaciones de poder”, dice mientras pone un café detrás de la barra. “¿Cómo se dice cordero en inglés?”, le pregunta un compañero que atiende a un hombre extranjero. “Lamb”, responde diligente. Manuel, experto en automatismos, es uno de esos jóvenes preparados que sirven copas cuando podrían estar creando. “Tengo un pensamiento muy pragmático, me baso en las experiencias. Cada que vez que tengo que diseñar algo lo primero que me planteo es: ¿y cuando falle a dónde vamos? Creo que nuestro sistema sindical no cuenta con esas prevenciones. En otros Estados sí que existe, hay organismos de inspección que funcionan de verdad”, expone con su camisa azul, aún de uniforme, en la terraza de otro bar, donde trabaja su madre. 

Cuando se inauguró la Expo, aún no había nacido. Tiene 23 años, nunca ha estado afiliado a ningún sindicato ni tiene perspectivas de hacerlo. Considera que los sindicatos se han transformado en empresas: “Donde hay un director, un jefe de publicidad o de márketing… No son cooperativas ni organizaciones de gente que esté remando hacia el mismo sitio. Dentro del mismo sindicato hay gente que tiene intereses por un lado e intereses por otro. No puedes entrar en un sindicato que esté vendiendo, comercializando productos… Un sindicato no está para ganar dinero, sino para ayudar”, afirma. Tampoco ve sensata la actual organización: “Tiene que ser más directa, no tan jerárquica, con cierto orden, pero que yo tenga potestad para poder decir que eso está mal, que no que venga el representante sindical y me diga que no hable”, prosigue. En su discurso muestra una madurez impropia a los 23 años pero comprensible con su filosofía de vida: siempre busca el por qué de las cosas. 

Desde muy pequeño quiso estudiar Telecomunicaciones: “Me ha gustado mucho montar, inventar, me gustaba mucho la dinámica de las cosas, el por qué de las cosas. Me gusta mucho la metáfora que usaba Descartes del árbol de la filosofía: el pie de la metafísica y la física como tronco. Soy mucho de tronco, de la física, de por qué vamos a llegar aquí”. Luego se dio cuenta de que Telecomunicaciones estaba muy centrado en la informática y optó por la ingeniería industrial: “Necesitaba un poco más de física. Es muy apasionante. Y muchas herramientas y metodologías de la Universidad las he usado para intentar solucionar problemas en la vida”, asegura. 

Para él, la sociedad necesita un cambio de perspectiva, una “reconversión del pensamiento”. Desde la lucha por el medio ambiente hasta la adaptación a las nuevas formas de trabajo con nuevas tecnologías y robots. “Los robots no tienen conciencia humana. No hay problema. Incluso evitarían que mujeres y niños sigan cosiendo zapatos en condiciones infrahumanas”, dice. El problema está en saber defender de una forma efectiva los derechos de los trabajadores: “No creo, de todas formas, que sea un problema solo de los sindicatos, que estén adormilados, que también. Es un problema de instituciones. En otros países, tú echas media hora y media hora que te pagan. Mira Suiza. ¿Por qué no me lo van a pagar, por qué te voy a regalar mi tiempo si es lo más valioso que tengo hoy en día? Me da igual que me pagues una hora más o menos, estoy aquí para ahorrar, pero una hora de tiempo libre me soluciona mucho. Es tiempo para estar con mi familia, para leer, para aprender…”. Su objetivo es mejorar un poquito el mundo, porque dice que es muy cruel. 

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Cecilio Gordillo: “Los sindicatos no pueden estar solo para subir tres pesetas el sueldo, sino para meterse en camisa de once varas”

La entrevista a Cecilio Gordillo forma parte del dossier Sindicatos para el siglo XXI, que puedes descargar por 1,90 euros o adquirir en kioscos por 4,50

Trabajó durante muchos años para el Grupo Rockefeller desde la planta de la Gillette de Sevilla. Lo intentó también como taxista durante cinco años, de cuatro a seis de la madrugada. Hasta que el médico le dio a elegir entre el taxi o su riñón. Vivió cómo eran los sindicatos en dictadura y cómo evolucionaron hacia la democracia. Estuvo en Comisiones Obreras, la CNT y, después de “todas las purgas”, terminó en la CGT, donde coordina ahora el Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria Histórica y Social de Andalucía. A Cecilio Gordillo hay poca gente que no lo conozca y menos aún que no digan que es incansable. “Yo llevaba un pañuelo rojo grande siempre. Y me decía un hombre: ‘Cecilio, ay que ver el por culo que das con el pañuelo rojo. Con 16 años, en la JOC, le llevaba las notitas bajo cuerda al cura [Eduardo Chinarro, el que fuera responsable del la sección Laboral de El Correo de Andalucía]”, cuenta. Uno de los primeros libros que editó en su nueva etapa al frente del grupo de memoria, estaba dedicado al convenio colectivo de la construcción: “Ese donde se firmó una jornada laboral de 36 horas. Los tres autores, Antonio Miguel Bernal, Manuel Ramón Alarcón y José Luis Gutiérrez, analizan lo que fue aquel convenio en aquel momento y la gente, cuando lo conoció, no se lo creía. Aquello fue una clase práctica de qué coño es el sindicalismo. La guerra civil estalló estando Madrid en huelga por ese convenio. Y eso no lo saben los currelas”.

¿Cómo tiene que ser un sindicato del siglo XXI?

Muy diferente a como es hoy. Aunque parezca mentira, y no tiene nada que ver con mi vinculación con la memoria, el sindicalismo actual todavía está muy ligado al franquismo. Las estructuras del funcionamiento de la representación, que es el sistema en el que se basa el sindicato actual, es una continuación del sindicato vertical. Las elecciones sindicales, los enlaces… ¡que todavía hay alguno que habla de los enlaces sindicales! y todas estas cosas dejan sobre el tapete que no se ha roto con aquel sistema en todos los aspectos. Ni en el modelo de representación ni en la dinámica de formación interna de lo que es una formación sindical. Muchos que hemos tenido representación en la estructura de los sindicatos hemos visto que lo que faltaba realmente era formación. No se conocía la historia del sindicalismo, ni de las propias organizaciones en las que tú estabas. Se cambiaba de sindicato como el que cambia de moneda, no implicaba ningún compromiso de ningún tipo. La cuota sindical era casi una limosna que se daba, no se valoraba en su justa medida lo que es una cuota sindical y, en este sentido, todavía llegamos hoy a situaciones como las siguientes: te vas a Canal Sur y hay un programa sindical que antes se llamaba Sindicados y ahora Empleados. Sindica-dos. Emplea-dos. ¿No sería mejor Empleatres o empleacuatro? Lo que ocurre es que ese espacio es inamovible como pago del servicio del Estado a dos organizaciones, al sistema,  que son sus organizaciones. Eso lo hemos llevado nosotros a la calle, a las instituciones  y no hay manera. 

¿Y cómo se cambia esa estructura?

Hay que hacer un cambio de fondo, pero también de forma y pasa por una participación más activa, con un estar más pendiente de los trabajadores que de las instituciones. Ahora mismo los sindicatos están más pendientes de lo que dice el gobierno de turno que de la negociación colectiva. Y las alternativas que algunos nos atrevemos a hacer, porque el movimiento sindical tiene que dar alternativas a muchas cosas y a los problemas de la sociedad, son rechazadas. Recuerdo que en Construcciones Aeronáuticas (CASA) había una crisis y era cuando empezaba a hablarse de los incendios forestales y no había aviones. Nosotros dijimos que por qué Construcciones Aeronáuticas no podía hacer aviones contra incendios forestales. Y no fue posible. Las alternativas siempre han sido marginadas, rechazadas fundamentalmente por los otros sindicatos, ojo. Yo me reuní con altos responsables de la empresa porque entonces era el responsable de Sevilla de la CGT. Llevamos al Parlamento andaluz la propuesta, que se aprobó por unanimidad y al final el Gobierno no apretó lo suficiente. Algo similar pasó con los aerogeneradores, que al final se lo dio a una empresa pública vasca, que tenía que partir de cero cuando CASA ya tenía la infraestructura necesaria. Los sindicatos no pueden estar solo para que suban tres pesetas el salario, sino para meterse en camisa de once varas. Así tienen que ser los sindicatos del siglo XXI porque ya lo fueron los del XX y XIX. Ha habido una brecha (la guerra civil y la dictadura) que se ha comido todo el movimiento creativo que tenía el movimiento sindical en los años 30. 

¿Habría que cambiar el sistema de representación?

Por supuesto. A los sindicatos se les “regala” una representación por decreto ley basada en los resultados las elecciones sindicales a niveles de CCAA y nacional que otorga el título de “más representativo”. Pero es que los jornaleros, por ejemplo, no tienen representación sindical directa, elegidos por ellos. No hay elecciones sindicales entre los jornaleros, entre los pensionistas… ¿Quién los representa? Tú puedes tener miles de afiliados en el campo, pero como no se hacen elecciones tú no negocias el convenio colectivo del campo, sino el sindicato con mayor representatividad. Y hay un gran desconocimiento de todo esto. Hubo un intento de pagar una cuota especial por negociación. Había que suscribir casi individualmente el convenio para que te quitaran la cuota y nos la quitaran también a nosotros, los afiliados de otras organizaciones. Aquello se paró, pero lo intentaron en vez de convencer para conseguir afiliación.

¿Cómo debería ser el sistema de financiación?

Como se vive de la transferencia económica del Estado, para qué quiero el dinero de los afiliados. Eso hace que no se valore de donde viene. La mayoría del dinero que el Estado da a los sindicatos no es de subvenciones, es la cuota que corresponde por delegado sindical elegido en las elecciones. En cada negociación hay dinero de por medio, en el caso de la Administración esta paga con liberaciones… Se compran voluntades. Yo era de las Comisiones Obreras del metal (Comisión de los 100 durante la clandestinidad). Cuando se convierten en CCOO no aceptan mi afiliación y me meto en la CNT. El pago de las primeras elecciones fue el patrimonio sindical, respaldo institucional y quien no se presentara a las elecciones quedaba sin respaldo, sin garantías y, por lo tanto, despedido. Esa fue la primera purga. Luego vino otra con las reconversiones industriales. Había que despedir a sindicalistas si se quería hacer. Nos mandan a las cloacas. Mucha gente termina muy mal, de psiquiatra, de irse al monte. Incluso años más tarde las políticas de exclusión siguieron. A nosotros vinieron trabajadores de la fábrica de uranio en Andújar (Jaén) diciendo que no sabían por qué sus compañeros se estaban muriendo de cáncer. Nos entrevistamos con la entonces Agencia del Medio Ambiente, vamos al Parlamento… ¿Y qué pasó? Que les dijeron que tenían que afiliarse a UGT y romper cualquier relación con la CNT o la CGT. Era una práctica habitual cuando tenía que ver con asuntos delicados. el amianto, los vertederos industriales (Nerva), contrabando de gasóleo… 

¿Qué hay que resolver de manera más urgente?

Se está perdiendo hasta el término clase obrera. Lo tiene más claro la alta burguesía. Nosotros no decimos ya la clase burguesa. Se pierden conceptos porque interesa. Los sindicatos tienen que cortar amarras con la Administración porque es contaminante y deriva en corrupción. Si te das cuenta, funcionamos como si fuésemos parte de la Administración en cuestiones tan simples como ‘ese día no trabajamos porque no trabaja la Administración’ o ‘nos vamos a las dos en los días de Semana Santa como la Administración’…

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