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Alguien gana con la mala prensa

Medios como InfoLibre se hicieron eco de cómo Banco Santander compró las portadas de los principales periódicos españoles. Foto: Marta Semitiel.

Cuando en julio de 2014 los medios de comunicación publicaron las cifras, algunos se quedaron con la boca abierta. Desde luego, ninguno, ninguna de los 11.145 periodistas que habían acabado en la calle, según sus datos, entre “el arranque de la crisis” –pongamos 2008– y esa fecha. Algunos habíamos caído al principio, en 2008, pero la mayoría lo hizo entre 2009 y finales de 2011.

El año 2017 está llegando a su fin.

Es evidente que la información que ofrece el periodismo con 11.000 profesionales menos no tiene comparación con la que ofrecía. También es cierto que muchos de los periodistas despedidos entonces han ido encontrando huecos, a tanto la pieza, aquí y allá. A estas alturas, no cabe duda de que las condiciones laborales, en general, y los salarios muy en particular, no garantizan la posibilidad de desarrollar el trabajo del modo que cualquier sociedad merece.

Ahí está la base del empobrecimiento brutal que padecemos. No me refiero al empobrecimiento de los trabajadores, en este caso, sino de nuestra sociedad en tanto que democracia saneada. Ninguna democracia goza de buena salud sin una información de calidad. El periodismo trata –debería tratar– de ofrecer a los ciudadanos los datos, sobre todo, de la gestión pública; el análisis profundo y diverso de las realidades política y económica; un retrato ajustado del funcionamiento de la Administración de Justicia; y detalles constantes, exhaustivos y veraces sobre el funcionamiento de eso que podríamos llamar “ámbito internacional”.

Sin esa información, se puede engañar a la población, pero sobre todo no hace falta engañarla, porque se consigue que las cosas sucedan a sus espaldas, que ignore los asuntos referentes a la enumeración anteriormente expuesta de forma muy resumida.

En cuanto a la “precarización” del trabajo periodístico, supone el mayor recorte en la libertad de información de un país. La situación en la que trabajan la mayoría de los periodistas hoy en España se podría retratar: pluriempleo, jornadas de un par de horas al día o 16 horas al día, sin contrato, con raquíticas remuneraciones por pieza o colaboración… O sea, que la mayoría de los y las periodistas sabe que, en el caso de caer enfermo, enferma, no volverá a cobrar nada de nada hasta que se recupere y pase el tiempo necesario –30, 60 o 90 días– para que le abonen las colaboraciones entregadas tras su reincorporación. Calculen, por ejemplo, en el caso de un embarazo y parto. Calculen una enfermedad cuya convalecencia sencillamente supere el mes.

Lo anterior consigue profesionales que trabajan con miedo, sin ninguna seguridad laboral y con la amenaza de perder el trabajo en el caso de no seguir la corriente, de no obedecer o de “resultar incómoda, incómodo”. “Incómoda” es un adjetivo de una amplitud mundial en este caso.

Pero, sobre todo, impide realizar los necesarios saneamiento y renovación de una profesión que encabeza las listas de descrédito y asco en cuanto se pregunta a la población. No es casual. Sin embargo, resulta más que difícil poner en marcha un nuevo periodismo independiente, profundo, exhaustivo, con profesionales cualificados y lo suficientemente remunerados como para no tener que ofrecer sus labores en media docena de medios distintos. No existe la inversión necesaria para ello. Y esto tampoco es casual.

No todos perdemos con esto. Es evidente quiénes salen ganando.

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Salir del parvulario

Pablo Iglesias, junto a los miembros del Consejo Ciudadano elegido en Vistalegre II. Foto: PODEMOS

El parvulario es la etapa educativa que va de los tres hasta los seis años. Los niños reciben la estimulación necesaria para el desarrollo de sus capacidades cognitivas y físicas. Es la etapa que contribuye a la socialización y se dan los primeros pasos para desenvolverse con autonomía. Es el preámbulo a la educación primaria.

Podemos nació en enero de 2014. Por sus escasos tres años y medio de vida le corresponde estar en primer año de parvulario. Necesita cuidados intensivos, mucha estimulación y socialización y empujones no agresivos para dar los primeros pasos con cierta autonomía.

Robert Fulghum escribió hace 20 años un best seller que tituló  Las cosas importantes las aprendí en el parvulario. Fulghum, que acaba de cumplir 80 años, dice que “la sabiduría no está en la cima de la montaña de los títulos académicos, sino en el montón de arena del patio”, y se atreve a enumerar la lista de las cosas que aprendió en el parvulario: “Compartirlo todo. Jugar sin hacer trampas. No pegar a la gente. Poner las cosas en su sitio. Arreglar mis propios líos. No coger las cosas de otros. Decir ‘lo siento’ cuando hiero a alguien”. Etcétera, etcétera.

Por tanto la etapa del parvulario es trascendental y hay que vivirla con pasión y sin restricciones. Cuando yo era niño no existía el parvulario. Entrabas directamente en la primaria y a los pocos días empezabas a realizar tareas obligatorias. La m con la a es ma, y dos ma significan mamá. Y dos pa, papá. Pero esta etapa sí la vivió mi hijo con la suerte de haber tenido su mejor profesora durante todo lo que ha durado su educación obligatoria, y nunca ha olvidado esos tres años apasionantes.

Por tanto decir que Podemos está en el parvulario es una alabanza. Aunque teniendo en cuenta que apenas cuatro meses después de crearse como partido ya alcanzó el 8% de los votos en las elecciones europeas de 2014, y que en diciembre de 2015 conseguía más del 20% de los votos y 69 diputados en el Parlamento español, digamos que Podemos es un alumno aventajado que podría llegar a la universidad en la mitad de tiempo que cualquier otro estudiante más convencional y egresar en tiempo récord. Podemos podría ser un portento como el niño Kamil Wronski, de ocho años, el universitario más joven de Polonia. O el mexicano Carlos Santamaría Díaz, de nueve años, que ya cursa un diplomado de Química Analítica en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Pero, a veces, Podemos parece que sigue anclado en el parvulario, olvida de sopetón todo lo aprendido en él y se comporta como el niño caprichoso que necesita que se le riña públicamente. La semana pasada excluyó expresamente a seis medios de comunicación de un encuentro informativo celebrado en la sede de su partido en Madrid. Los seis medios censurados fueron El País, la Cadena SER, El Periódico de Catalunya y los digitales El Independiente, Voz Populi y Ok diario. El periodista de El Mundo declinó asistir al acto en protesta por el veto a estos medios.

Aunque sigan buscando excusas para explicar lo inexplicable se trata de un ataque a la libertad de prensa que acaba pasando factura por culpa de algún jefe atolondrado incapaz de pensar fríamente en el daño que infringe a su propio partido.

Un partido de reciente aparición debe buscar la transparencia a cualquier precio y permitir que los periodistas hagan su trabajo aunque no les guste el trato que luego reciben en sus informes. Porque excluir es censurar. Y censurar es reciclar basura que huele a podrido como ocurre en regímenes autoritarios o dictaduras. Censurar es, además, perder el prestigio que se ha podido ganar por otras vías.

Desde los tiempos inmemoriales los favoritismos han existido en el periodismo español. Los favoritismos de los políticos con sus medios más cercanos ideológicamente o los favoritismos de los medios con su gobernante favorito. Conozco casos de periodistas que tenían y tienen asiento preferencial asegurado en los aviones oficiales solo por el hecho de trabajar en un medio u otro según el viento político del momento. Conozco periodistas que reciben determinadas informaciones no por su calidad profesional o humana sino porque saben hacer muy bien de intermediarios y se conforman con lo que les cuentan aunque sean mentiras. En realidad, no son periodistas.  Son simples correas de transmisión.

Algunos de los medios seriamente perjudicados en esta ocasión seguro que no se han quejado en el pasado cuando han sido otros los medios apartados de viajes oficiales o reuniones off the record.  No recuerdo ninguna protesta de ningún medio porque su periodista haya sido tratado con pleitesía en viajes oficiales. No recuerdo haberse negado a viajar acompañando a un presidente del gobierno o un ministro o ministra aunque se haya censurado la presencia de compañeros en el mismo vuelo. Hay tendencia a rasgarse las vestiduras cuando el medio se siente perjudicado, pero nadie protesta cuando recibe una información interesada o una entrevista pactada. O las dos cosas a la vez.

En el último año (primero de parvulario) algunos responsables de Podemos viven obsesionados por los ataques de la prensa. Es cierto que PP y PSOE —los dos partidos mayoritarios a nivel nacional—, Convergència Democràtica (hoy PDeCAT) y PNV —las dos fuerzas mayoritarias durante décadas en Cataluña y Euskadi—, han recibido un mejor trato en general por parte de los medios de comunicación por pecados más graves que los que Podemos ha cometido en los últimos tres años. La hemeroteca está repleta de situaciones bochornosas en las que los medios guardan pleitesía al poder político y, sobre todo, al económico. Dan para sonrojarse durante años.

Hay medios que han engendrado lapsus periodísticos de años sin ofrecer una información solvente y de calidad sobre temas trascendentales porque el gobernante era el favorito del accionariado del grupo mediático y los directivos (algunos se presentan hoy como periodistas independientes) sabían que eran tiempos de silencio.

Hay medios que han publicado entrevistas con máximos responsables políticos españoles o extranjeros (sobre todo de América Latina) que parecían publirreportajes. Eran, en realidad, entrevistas pactadas porque habían desaparecido las preguntas obligatorias del cuestionario. El objetivo disimulado u oculto era conseguir prebendas en forma de contratos beneficiosos o dinero contante y sonante.

Hay un diario que publicó una entrevista cuyas preguntas y respuestas fueron redactadas por el propio interesado, un influyente político hoy en la cuerda floja por corrupción. Sin que nadie se rasgara las vestiduras y, quizá, con el silencio interesado del resto.

Abandonen el parvulario, señores de Podemos. Prepárense para entrar en la universidad de la política sin caer en la tentación zafia de lo que parece el sueño secreto de los dirigentes de cualquier formación: que los medios de comunicación se contorsionen al ritmo que marcan sus intereses. Aunque lo hagan otros partidos deseosos (parecen que lo consiguen muchas veces) de enlatar o aniquilar la función de la información en un Estado democrático.

El periodista debe atesorar y remarcar su principal objetivo: impedir que el hombre poderoso consiga su objetivo de diluir las críticas asediando a los que intentan hacer su trabajo. Siempre he pensado que la alegórica figura de la libertad debería tener forma de primera página de diario en la que solo quepan las grandes historias, aquellas que certifican la esencia del periodismo. Aunque me frustro la mayoría de las mañanas cuando me paseo por el quiosco.

Abandonen el parvulario, señores de Podemos. Incluyan en vez de excluir, favorezcan en vez de acosar y presionar, ayuden a entender sus programas en vez de censurar o de exigir un periodismo de concelebración. Siempre que no roben, compren silencios utilizando la publicidad institucional o amarren a los periodistas a sus intereses, el ciudadano medio valorará su esfuerzo y es posible que siga confiando en ustedes por muchas campañas de acoso y derribo que sufran.

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No al silencio

Este pasado 15 de mayo, asesinaron al periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas, fundador y reportero del semanario RíoDoce. Lo tirotearon en Culiacán (Sinaloa) a plena luz del día. Valdez era uno de los veteranos en la cobertura de temas de violencia y narcotráfico. Su libro Narcoperiodismo es ya una obra de referencia sobre el tema.

Valdez ha sido el sexto en lo que va de año.

En marzo asesinaron a otros tres periodistas a balazos en México: Cecilio Pineda, en Guerrero, Ricardo Monlui, en Veracruz, y Miroslava Breach, en Chihuahua. El 14 de abril ajusticiaron a Maximino Rodríguez, en la ciudad de La Paz, y el 2 de mayo, a Filiberto Álvarez, cronista de Morelos.

El mismo día 15 de este mes, solo horas después del asesinato de Valdez, tirotearon en Jalisco a la subdirectora comercial del semanario El Costeño y esposa de su propietario, Sonia Córdova, y a su hijo, Jonathan Rodríguez Córdova, que murió en el acto. A finales de marzo, dejaron malherido a balazos a Julio Omar Gómez y mataron a su guardaespaldas en el Distrito Federal, y el mismo mes, el periodista Armando Arrieta recibió un tiro en Veracruz.

En 2016, México se convirtió en el tercer país del mundo con más comunicadores asesinados, 11, solo superado por Irak (15) y Afganistán (13), según datos de la Federación Internacional de Periodistas.

La violencia contra los informadores en México es un crimen que nos afecta a todos. Denunciar la impunidad que la ampara es una responsabilidad ineludible.

Los Colegios Profesionales de Periodistas, como representantes legales de la profesión, y los abajo firmantes condenamos rotundamente esta situación y exigimos a las autoridades mexicanas que actúen para ponerle freno. Asesinar al periodista no mata la verdad.

El pasado 25 de marzo, tras el asesinato de su colega Miroslava Breach, Javier Valdez escribía en Twitter: “A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio.”

Junto a Valdez, nosotros también queremos gritar: NO AL SILENCIO.

Colegios Profesionales de Periodistas de Cataluña, Galicia, Murcia, Andalucía, País Vasco, Rioja, Castilla y León, Navarra y Asturias.

* Puedes firmar este manifiesto a través de la página web de CTXT.

**Este jueves 18 de mayo tendrá lugar una concentración ante la Embajada de México en España (C/ Carrera de San Jerónimo 46) para protestar contra la impunidad y el asesinato de periodistas.

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