Un madrileño en busca de reafirmar sus prejuicios en la Diada

Celebración de la Diada 2017, en Barcelona. Foto: A.M.

El pensamiento ilusorio es uno de los mayores peligros a los que tiene que enfrentarse un periodista. Llegar a un lugar lleno de prejuicios y buscar los hechos que afloran múltiples en la realidad compleja para encajarlos en su relato predeterminado y así presentar un informe que se ajuste a lo que ya pensaba antes de mover las botas. Nadie está libre de ese pecado, del que hay que huir siempre que se pueda. Para ello hay que ser honestos con los hechos y capaces de cambiar las ideas preconcebidas.

No seré yo el primero que acuda a Barcelona desde Madrid buscando encontrar lo que el imaginario colectivo creado en los medios, por nosotros los periodistas, dice que está pasando con el independentismo. Sin embargo, desde mis postulados de izquierdas lo que esperaba ver dista mucho de lo que parece normal deducir. Mi visión de clase buscaba encontrar una movilización eminentemente burguesa, una teatralización festiva de una manifestación reivindicativa. Si bien es cierto que existen claves que así harían definir la Diada, sería una falacia decir que la mayoría de los que ayer asistieron pertenecen a esa clase de manifestante. No lo vi, no puedo afirmar lo que venía a confirmar. No es así.

Alojado en Nou Barris en casa de unos familiares salgo para ‘Santako’ donde Ada Colau, los comunes y Pablo Iglesias se refugian en la periferia obrera para su acto mientras Albano Dante realiza el suyo en pleno centro de Barcelona, en la zona cero de la Diada. Una separación, que ya es física, que indica el lugar en el que se encuentran ambos cuando el independentismo saca músculo en Passeig de Gràcia.

No encuentro imaginería independentista en el trayecto de Nou Barris al Can Zam de Santa Coloma. Escasas esteladas salpicadas en el paisaje urbano pero con poca presencia. Es temprano. Unas horas antes de la Diada y lejos de los actos reivindicativos principales. Eso sin duda influye. Una mujer de mediana edad, con la camiseta de Podemos y su pañuelo a juego, me explica su postura sobre la independencia: “Queremos respeto, yo no soy independentista, pero me estoy planteando muy seriamente votar que sí el 1-0 como voto de castigo”.

Acaba el acto y vuelvo a Nou Barris. No hay nada en carrer Argulló que indique que es un día para tomar la calle y mostrar efervescencia independentista. Pero sí deja claro que es una jornada festiva en la que los obreros descansan. Un día de asueto. Con comercios cerrados, poca gente en la calle y algunos trabajadores sentados en las terrazas de los escasos bares que no saben de moscosos. No capto ardor secesionista pero sí un imaginario compartido con el de cualquier barrio periférico de Madrid.

El metro de Via Júlia a las 16:15 no es diferente al de cualquier otro día no laborable. Mucha tranquilidad y nada que haga indicar que es el día de expresar en público el sentimiento de pertenencia catalán ni las ambiciones independentistas. Me llama la atención que hasta Guinardó no sube nadie al metro con una bandera catalana. En Verdaguer comienzan a aparecer camisetas del sí y esteladas. Es lo más cerca que estuvieron de verse confirmados mis prejuicios iniciales.

La salida del metro en Gràcia me abruma. No se puede andar por el centro de la cruz de la inmensa movilización. Ancianos sentados en sillas plegables, familias que enarbolan a niños en sus hombros con banderas como capa. Una diversidad de razas, edades, ideologías y orígenes que no pueden ser desdeñados ni ignorados. Cantan Els Segadors a una voz y de forma espontánea tras el minuto de silencio por las víctimas del atentado en Cambrils y La Rambla. Pasa al lado mío un punk con camiseta del Che y una estelada como cinturón, mientras unos hombres de mediana edad toman un Spiced Alfonso con camisetas fluorescentes del sí en unos veladores del exclusivo Beluga Bar de Gran Vía de les Corts Catalanes.

La manifestación es masiva, apabullante. Desborda cualquier calle próxima al trazado oficial llenándolas de camisetas pidiendo un referéndum, esteladas con glamour, otras de plástico, vendidas por migrantes expertos en cualquier resquicio para ganarse la vida, y algunas añejas que ya han perdido el color hasta hacerse más parecidas a una raída confederada extraída de un campo de batalla.

Leones rampantes del Ducado de Brabante en solidaridad con las reivindicaciones independentistas se unen al corifeo visual de pendones cuando entro en Plaza Catalunya. La épica se termina allí. Los altavoces de Catalunya Ràdio hacen difícil escuchar al de al lado, ahogan los posibles gritos reivindicativos y la manifestación se convierte en un paseo de domingo y una feria de merchandising de la Assemblea Nacional Catalana. Entre los escasos hilos de conversación que puedo mantener bajo el ruido de la transmisión de la radio pública solo encuentro súplicas de respeto a un sentimiento. Se palpa el hartazgo y la desconexión de España de muchos catalanes de buena voluntad que hablan conmigo rogando comprensión. Encogen los hombros cuando les pregunto si comparten la forma en la que se ha llevado a cabo la ley de transitoriedad y del referéndum: “¿Y qué hacemos?”

Acaban los principales actos de la Diada y me voy andando en dirección al Raval. Sigo observando por el camino la panoplia inmensa de identidades unidas bajo la idea del independentismo. Llego a la plaza de Vázquez Montalbán y me paro frente a Casa Leopoldo pensando. Agacho la cabeza y busco el número 11 de la Calle de la Botella para quedarme frente a la casa de Manolo como forma de expiación por el mal al que estuve a punto de sucumbir, dejar que mis prejuicios dictasen la realidad. Escuchen a los catalanes, a todos. Lo que ayer ocurrió por sexta vez desde el año 2012 no lo para el Tribunal Constitucional por muchas resoluciones que emita.
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