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150 metros de azar y asfalto

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El centro de Fuenlabrada no difiere del de cualquier otro de cualquier suburbio o población humilde de la periferia de una gran ciudad. Edificios de ladrillo naranja con decenas de años construidos al albur del crecimiento de las grandes urbes que acogían a inmigrantes de Extremadura y Andalucía. Huían del campo para llegar a las nuevas fábricas y ahora han sido sustituidos en número por senegaleses, magrebíes u orientales que intentan ganarse el sustento dando servicio a esos antiguos emigrados. Un barrio obrero más de calles mal iluminadas y asfalto plomizo con las aceras mordidas por el descuido y la desidia institucional que, conocedora de que en esos barrios les votan poco –en ocasiones ni derecho tienen– y pagan siempre, prefiere mirar hacia otros barrios.

No existen demasiados locales que permitan hacer barrio y la calle está solitaria y desapacible. El día no acompaña por la llegada de la borrasca Ana y si hubiera que acompañar la descripción con una emoción que inunda el ambiente sería la de tristeza. Entre la penumbra y el ambiente gélido, un establecimiento llama la atención sobre el resto de edificaciones por su diseño y estética. En un chaflán, presidiendo el cruce y erigida como centro neurálgico del barrio, asoma una gran casa de juegos con el apellido de su dueño: Orenes. Una tienda de apuestas deportivas y casinos online propiedad de Eliseo Orenes Baños, un empresario murciano que ha hecho fortuna con el juego y que ubica locales en barrios deprimidos, con mucho paro y que son propicios para captar clientes que puedan caer en la ludopatía.

La estrategia no es novedosa, no es más que un calco de un negocio que comenzó en Inglaterra con la proliferación del llamado “crack del juego”. Aquellas máquinas de la ruleta denominadas Fixed odds betting terminal, FOBT por sus siglas en inglés, que son una verdadera pandemia para las clases más depauperadas que ven el juego como única salida a su situación. Un estudio de la ONG Fairer Gambling recogido en The Guardian y realizado en 50 distritos concluyó que en las zonas con más desempleo había 1.251 casas de apuestas, mientras que en las que el paro había golpeado con menos dureza tan solo había 250. Una estrategia deliberada de las casas de apuestas para atraer a los olvidados de la clase obrera

En la puerta de la casa Orenes dos adolescentes se lían unos cigarros después de haber apostado y perdido 20 euros a que el Atleti empataba con el Betis. Entre calada y calada despotrican por su mala suerte y el puto Oblak. Camino calle arriba y solo me cruzo con un grupo de hombres con chilaba que andan con prisa; una joven fuma en la puerta de un bar completamente vacío regentado por una mujer oronda con unas rastas coloridas. Mira al suelo con cara cansada en un local en el que solo se oye la música de la televisión. Los pocos establecimientos abiertos salpican de luz un caminar en el que las farolas apenas alcanzan a iluminar mis pasos. El locutorio Washim, un súper de productos latinos con una pareja china tras el mostrador y una tienda de parafernalia de smartphones son las únicas que no respetan el descanso dominical de la calle ni de sus trabajadores. Las tiendas que viven por, para, y gracias a la precariedad, son las que dominan el espacio público del barrio. Locales de compraventa de utensilios de segunda mano que permiten a los trabajadores vender sus escasas pertenencias para subsistir se agolpan en escasos metros. Cash converters, Super chollos y T-Lo-Compro adornan las fachadas con sus carteles apagados pero de colores muy llamativos.

Doblo la esquina y me encuentro un cartel de otro local que me anima a apostar con neones intimidantes. Esta vez se llama Sportium, un establecimiento que ocupa casi la fachada entera de una manzana y en el que entro a tomar un café que atenúe el frío que se ha apoderado de mis dedos al escribir las notas. Todos los clientes de la barra hablan en un inglés identificable por ser el propio de alguna antigua colonia británica de África. Beben cerveza y comentan su esperanza en la derrota del Barcelona para cambiar la suerte que por ahora les ha sido esquiva. Una máquina que simula una ruleta con una multitud a su alrededor es la protagonista del local. Es una de las temidas FOBT que ya han llegado a nuestro país. Voces y quejas son las protagonistas de la algarabía. Todos hombres, excepto la camarera y una chica muy joven con cara de no comprender qué está haciendo al observar cómo juega a las máquinas su novio adolescente.

Con premura y un fuerte golpe en la puerta entra un chico de no más de 18 años. No oculta una cartera de mano de piel que parece una mala imitación de Loewe. De ella saca un fajo considerable de billetes pequeños de cinco euros mientras camina con prisa a la máquina de la ruleta. El gesto casi verbaliza la ansiedad del muchacho por jugar. En la puerta, mientras, espera un grupo de amigos, menores, a que su compañero mayor de edad haga la apuesta de todos. Apuro el café y salgo de la casa de juegos. Nada más encarar la calle adyacente me encuentro otra sala de apuestas, esta vez del grupo Codere, a la que me asomo para ver que los feligreses tienen las mismas características que en los anteriores locales. Solo 150 metros separan tres casas de juegos de la competencia, todas llenas, buscando los pocos recursos de quien solo tiene la esperanza del azar para cambiar su precaria existencia. Un domingo cualquiera en otro barrio obrero.

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Vergüenza ajena

Periódico. Foto: Mark Bonica.

A principios de este mes recibí el siguiente correo: “Estos últimos meses lo he pensado mucho y he decidido que me vuelvo a España por un tiempo indefinido. Estoy cansada física y mentalmente. No quiero volver a pasar otra Navidad sola. Esto no quiere decir que renuncie. El tiempo que esté en España lo dedicaré a estudiar sobre África. También estudiaré idiomas, vídeo y fotografía con la idea de focalizarme en medios extranjeros y en otros formatos más rentables. Aunque no esté en el terreno, creo que este tiempo de ‘paréntesis’ me ayudará a crecer también. Seguiré dando guerra, estoy convencida”.

Después de leer su correo varias veces y de pensar en lo injusta que es esta profesión, le planteé la posibilidad de contar su historia en este blog. Quedamos que lo haríamos sin dar su nombre y tampoco nombraríamos los medios de comunicación con los que ha colaborado. No vale la pena. Como escribí hace meses en otro texto sobre las tarifas que se cobran en el periodismo español, sólo algunos medios (muchos se quedarían con la boca abierta si supieran sus nombres) tratan con decencia a los colaboradores. El resto parece que vive de los colaboradores. O peor: parasita a los colaboradores.

La persona protagonista es menor de 30 años, es licenciada en Periodismo, hizo una ampliación de estudios con beca Erasmus en Francia para aprender francés, y pasó un año en Inglaterra trabajando en un restaurante con el objetivo de aprender inglés y ahorrar para hacer un máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en España. Las prácticas de este máster las prefirió hacer en Senegal con una ONG antes que en Madrid o Barcelona. Al poco de entregar su trabajo y memoria de fin de máster, hace ya tres años, estalló la llamada “insurrección” en Burkina Faso, consiguió un visado y compró un billete de avión de ida para empezar a trabajar como freelance en ese país.

¿Por qué África? “Desde que estaba en el colegio (de monjas) quise viajar a África, pero entonces la idea era hacerlo como misionera y con una mirada paternalista. Quería ‘ayudar a los niños negros’. Cuando empecé la universidad me volví muy crítica con las misiones y la religión, empecé a cuestionarlo todo, así que ya no quería ser misionera, pero la idea de conocer el continente africano se me quedó en la cabeza”.

Estábamos en 2011 en plena primavera árabe. La información del África subsahariana quedó aún más sepultada de lo habitual por los continuos incidentes en el Magreb y Oriente Medio. Durante un curso de verano conoció a un periodista freelance al que admiraba. Su consejo fue: “Elige un país y vete a contar historias”. Fue lo que necesitaba escuchar: “Alguien que me diera ‘luz verde’ para hacer esa locura. Durante el máster en Madrid tuve clarísimo que me venía para África de freelance, fueran las condiciones que fuesen; sin ONG, ni Naciones Unidas, ni nada institucional que me sesgara la mirada hacia el continente o me limitara a la hora de moverme cómo y dónde yo quisiera”.

Recuerdo muy bien a esta persona porque quedamos en Madrid el 14 de abril de 2016, hace un año y medio, y estuvimos charlando un buen rato. Mi objetivo fue convencerla de la inutilidad de continuar su aventura africana, muy preocupado por su seguridad en una zona peligrosa (Burkina Faso, Níger, Malí, Costa de Marfil) en los últimos años. Me impresionó su determinación y perseverancia a pesar de su juventud. Dando la batalla por perdida, le pedí que me fuera informando de sus andanzas, casi se lo ordené porque me temía lo peor, y desde entonces me ha ido mandado correos electrónicos desde las capitales de los países más peligrosos.

Ha escrito sobre los fallecidos durante la insurrección en Burkina Faso que puso fin al régimen de Blaise Compaoré tras 27 años en el poder, sobre el vertedero tecnológico de Agbobloshie, en Accra, la capital de Ghana, la crisis humanitaria nigeriana en Diffa, en el sur de Níger, por la huida de los nigerinos y nigerianos de la violencia de Boko Haram, sobre la muerte por radioactividad en el anonimato de los ex trabajadores enfermos de las minas de uranio del norte de Níger, explotadas por Areva, empresa francesa líder mundial en el sector energético nuclear; el juicio histórico en Senegal de Hissène Habré, el equipo femenino senegalés de baloncesto de cara a los Juegos Olímpicos 2016, los “microbios” o niños que realizan asaltos violentos en grupo nacidos después del conflicto armado en Costa de Marfil y el blanqueamiento de piel en este último país (“el trabajo que mejor me han pagado”), sobre la situación de Tombuctú tras el abandono del turismo, el último atentado en Bamako, la explotación de las niñas y jóvenes trabajadoras de la limpieza que trabajan todos los días de la semana con horarios ilimitados por entre 6 y 15 euros al mes, el yihadismo en los colegios del norte de Burkina Faso, las prisiones de Níger, uno de los países más pobres del mundo, la mutilación genital, la malnutrición, la infertilidad en África con la tasa más alta del mundo, el uso de combustibles tóxicos en ese continente que estarían prohibidos en Europa.

Conozco muy pocos periodistas que hayan hechos tantas historias distintas y en condiciones tan difíciles sin haber cumplido los treinta años. Yo, al menos, no le llegaba ni a la suela de los zapatos a esa misma edad. Hablo de una persona con un gran sentido de la autocrítica. En el último atentado de Bamako reconoce que no estuvo “espabilada” cuando recibió la llamada de uno de los medios con los que colabora con el mensaje siguiente: “Escribe algo sobre el tema”. Su respuesta fue lógica: “Estoy viajando a donde ha ocurrido el atentado y no puedo escribir ahora mismo”. Como no llegó a tiempo, el diario firmó la crónica con el nombre de otra persona que se encontraba a miles de kilómetros. “Al día siguiente mandé mi desastrosa crónica. Pero la experiencia estuvo genial”, recuerda. Le sorprendió que a los medios “sólo les importe la firma desde el lugar de los hechos y publicar antes que la competencia. Les da igual lo que se cuenta”.

Con muy poco presupuesto al principio (gracias a las vergonzosas valoraciones en las redacciones) ha tenido que trabajar en “condiciones agotadoras y arriesgadas”. No podía gastar más de 200 euros al mes “porque no los tenía”, comiendo “siempre arroz, ensalada y a veces un poco de carne o pescado”. Ha vivido en habitaciones prestadas y en régimen de hacinamiento. “En la última capital africana donde he vivido cambié cuatro veces de casa. Las dos primeras fueron las casas de otras personas, sencillas pero equipadas. Las dos últimas casas las alquilé para vivir sola sin amueblar. Sin aire acondicionado para las épocas de calor intenso, ni frigorífico, porque no podía comprarlo. En resumen, vivo como si fuera clase media baja africana, no vivo mal, no soy escrupulosa en este sentido, pero son condiciones en las que aquí no viven los blancos porque desgastan muchísimo. En los últimos tres meses me he puesto enferma cuatro veces porque tengo las defensas por los suelos. Y sigo comiendo arroz prácticamente todos los días”, cuenta sin aspavientos.

Las tarifas por sus colaboraciones son escandalosamente bajas. En 2014 y 2015 un medio nacional le pagaba 35 euros brutos por un texto en la web. Si salía en papel, un poco más. A partir de 2016 le subieron a 70 euros brutos. En esa época un diario digital de la última hornada le pagaba unos 85 euros brutos. Ahora 15 euros más, es decir 100 euros brutos. Otro diario digital, ya veterano, le paga lo mismo. Un día propuso aumentar el precio de un artículo “que se leyó bien antes de mandar la factura” y el responsable le dobló el precio. Un medio le propuso colaborar por 25 euros menos impuestos por artículo. “Les dije que yo no escribía por menos de 50 euros y que ellos se encargaban del IRPF. Y aceptaron”, recuerda. Podríamos aplicar la expresión “quien no llora no mama”. Es decir, si se quiere lograr algo, parece que hay que solicitarlo repetidas veces y despertar la compasión.

Los únicos medios que le han tratado con un mínimo de respeto son una revista especializada en el “mundo negro” y un diario vasco que garantiza (‘gara-ntiza’) la lectura en euskera. Por cierto, un periódico latinoamericano le paga mejor que los diarios españoles “aunque les puedo mandar un texto en enero y no lo publican hasta agosto”.

Su reflexión final es mesurada: “El problema que tengo con los medios es que ellos buscan los clips y yo busco la calidad de la información. Ellos me proponen publicarme 2 ó 3 temas al mes, pero yo necesito mínimo una semana para hacer un tema decentemente. Así que si, por ejemplo, tengo que hacer tres temas para…., tres temas para…, dos temas para…, uno para…, etc., me van a salir churros sin contrastar, sacando la mayoría de la información por Internet. Soy de periodismo lento, no de clips y bodrios sin contexto. Tampoco me gusta el corta y pega, aunque reconozco que lo utilizo, añadiendo lo que voy aprendiendo, pues estudio y me formo constantemente de manera autodidacta. Así que mi problema está ahí. Puedo convertirme en una periodista mediocre para ganar 800 euros al mes. Pasarme el día en África frente a la pantalla del ordenador. Pero como hay algo en mí, llámale ética, llámale amor propio, que me impide escribir basura con erratas, pues estoy entre los 200 y 500 euros al mes. Es preferible ser camarera, niñera o limpiar casas en España que trabajar en África escribiendo churros y basura”.

Siento vergüenza ajena. Siento que mi oficio camina por el precipicio y que sólo un milagro lo salvará de la hecatombe definitiva. Hablamos de una persona que tiene que abandonar una cobertura en África porque “el dinero [la miseria con mayúsculas que le pagan por sus colaboraciones] no da para más”, mientras algunos empresarios sin conciencia se reparten suculentos bonos aunque hayan multiplicado las pérdidas de sus empresas. Hablamos de una persona que sería feliz en África por el dinero que algunos directivos sin escrúpulos se gastan diariamente en cafés, copas y puros. Hablamos de una persona que se conformaría con cobrar algo más que calderilla, pero no puede continuar en África porque algunos deciden pagar menos que calderilla.

Les doy una idea para el futuro (quizá mañana), señores responsables del desbarajuste. Hasta 1930 las oficinas salitreras de Chile pagaban los salarios con fichas que solamente tenían validez en la tienda de la empresa, la pulpería, en lugar de utilizar moneda de curso legal. Las fichas acababan en manos de la propia empresa que controlaba los precios de los productos de la tienda. Hagan juego señores contables. Instrumentalicen y parodien esta forma de pago. Así quedará todo en casa y sus grandes directivos podrán seguir esquilmando aún más aunque el final de la historia sea la gran catástrofe periodística.

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9-0: la negociación sobre las pensiones (y el empleo digno) también está pendiente

pensiones dignas ccoo ugt marchas

“¿Jubilada? No, yo estoy peor que jubilada. Tengo una discapacidad y cobro una paga de 300 euros y pico. Nos ha costado 40 años llegar hasta un punto y ahora estamos delante de un precipicio. Menos pensiones, más paro, menos educación… Nos han cambiado completamente el sentido que teníamos para vivir. Y esto no ha hecho más que empezar”. Habla Ana Rodríguez Capilla, 64 años. Está atravesando la avenida Alemania, a la entrada de Cáceres. “Nos están poniendo problemas. Es la única ciudad donde nos han dicho que tenemos que ir por la acera”, cuenta por teléfono. El pasado sábado salió de Málaga. De fondo se escucha alboroto. Megáfonos y gritos: “¡Ni un paso atrás!”. Ana es una de las participantes de las marchas por unas pensiones dignas convocadas por los sindicatos CCOO y UGT.

Procedentes de distintos puntos de España –Andalucía, Asturias, Cantabria, Galicia y la Comunidad Valenciana–, las columnas se unirán el próximo 9 de octubre en Madrid. “Ese día nos van a escuchar, va a haber una respuesta contundente”, asegura el secretario general de pensionistas de CCOO-A, Enrique Fernández, que destaca el apoyo recibido desde distintos sectores y edades. “El problema no es solo nuestro sino de la sociedad en su conjunto”, añade.

Las principales reivindicaciones del colectivo descansan en una idea: el sistema de pensiones es viable. Pero para que el sistema funcione hay que acabar con el empleo precario, el paro y los salarios indignos. “No solo pedimos pensiones dignas, pedimos una vida digna”, explica el sindicalista de UGT Paco Pérez Haro, secretario de organización de la Unión de Jubilados y Pensionistas de Andalucía. Este sábado se celebra la jornada mundial por un empleo decente. Según los datos del INEM publicados esta misma semana, el paro ha vuelto a subir: 27.858 personas más, el mayor aumento en septiembre desde hace cinco años. La temporalidad y la precariedad se ceba con los contratos y los salarios han perdido un 8,6% de poder adquisitivo entre 2008 y 2015.

“Queremos hablar de cuestiones tan importantes como el empleo, los salarios dignos, las pensiones, o de cómo combatir el paro”, afirman los sindicatos. “Cataluña está obstruyendo que salgan estas marchas con carácter general en los medios de comunicación. Y eso al Gobierno le viene muy bien porque con lo uno se tapa lo otro”, denuncia Pérez Haro, que ha participado en tres marchas en los últimos años. Admite que su protesta no va a conseguir cambiar el rumbo de las políticas del gobierno del PP, pero sí cree relevantes estas manifestaciones para que los más jóvenes se echen a la calle. “Al menos queremos sensibilizar a la opinión pública. Ya sabemos que al Gobierno le importamos un pepino, un gobierno que nos viene robando, ninguneando, explotando desde que llegó a la Moncloa. Pero no vamos a dejar por ello de estar en la calle”, prosigue. Tiene 69 años recién cumplidos.

Fernández también incide en ello: “Pase lo que pase a partir del día 9, vamos a seguir peleando hasta conseguir que el gobierno de Rajoy dé marcha atrás, que se siente en la mesa por el Pacto de Toledo con los interlocutores sociales y políticos y que se llegue a un acuerdo para derogar la reforma de 2013 y que haya un acuerdo que posibilite el futuro de las pensiones públicas de este país, no solo los de hoy sino de los que vienen”.

“Lo que esperamos es que la gente lo entienda, que lo que pedimos no es una cosa del otro mundo –insiste Ana–-. Y si no espabilamos iremos a peor. Nos han ido llevando a un cambio de sistema como si fuéramos idiotas y hasta nos han dicho que tenemos que rezar para que nos hagan el milagro. Yo lo que le digo a la ministra Fátima Báñez es que rece ella por todos nosotros y que nos dé su paga. Y que ella viva con la nuestra”, concluye.

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#SOSkellys, el enésimo llamamiento contra la precariedad en la hostelería

Las Kellys proponen la prohibición de la subcontratación de los servicios de limpieza en hoteles. LAS KELLYS BARCELONA

En los últimos años, quienes trabajan en el sector turístico han sufrido las consecuencias de la externalización de los servicios hoteleros. Entre ellas, las bajadas de hasta un 40% en los salarios, tal y como evidencia el estudio Externalización del trabajo en hoteles: Impactos en los departamentos de pisos, realizado por Ernest Cañada. Las subcontrataciones a través de empresas multiservicios han sido señaladas por la asociación de camareras de piso Las Kellys como uno de los principales males de la hostelería y desencadenante de la precariedad en su trabajo.

En los últimos meses, este ha sido también uno de los ejes que han centrado las negociaciones entre los sindicatos mayoritarios y la patronal catalana, que acaban de firmar el preacuerdo para renovar el Convenio de Hostelería de Catalunya. Su vigencia terminó en 2016 y afecta a unos 350.000 trabajadores. Tanto la Confederació Empresarial d’Hostalaria i Restauració de Catalunya (CONFECAT) como UGT y CCOO se comprometen así a poner coto a las condiciones de las nuevas externalizaciones, que deberán equipararse a las que marca el convenio colectivo.

La propuesta, aplaudida desde UGT, al considerar que “esto supone una evidente mejora de las condiciones salariales y laborales en general”, no ha sido bien recibida entre las camareras de piso. Desde su presentación oficial hace casi un año, Las Kellys han rechazado que las empresas multiservicios sean reconocidas como parte legítima del sector y han pedido que los convenios se blinden ante la posibilidad de subcontratar la limpieza de las habitaciones de hoteles a compañías outsourcing. Para ellas, la firma de este preacuerdo entre la patronal, UGT y CCOO “legitima la precariedad”.

A esta denuncia se han sumado organizaciones como CNT Barcelona, la Coordinadora Obrera Sindical, la Intersindical Alternativa de Catalunya (IAC), Somos Sindicalistas y CGT Catalunya, quienes conforman, junto a Las Kellys Barcelona, la plataforma #SOSkellys. En una rueda de prensa celebrada el 1 de septiembre en el Ayuntamiento de Barcelona, sindicatos y trabajadoras abogaron por la prohibición de las subcontrataciones de manera legal: “Nos están vendiendo a las empresas externas, que están acabando con nuestra salud”, denuncia Vania Arana, de Las Kellys, que piden ser contratadas por los hoteles. “Son ellos quienes marcan lo que tenemos que hacer, nuestros descansos, nuestro trabajo y hasta cómo vamos vestidas. Entonces, ¿por qué tenemos que pertenecer a una empresa externa? Simplemente, para reventar los derechos de los trabajadores”, sentencia Arana.

Las Kellys, que no han participado de las negociaciones del preacuerdo en Cataluña, hicieron pública hace meses su propia propuesta bajo el nombre ‘ley kelly’. Ante “las enormes jornadas de trabajo a cambio de sueldos cada vez más bajos” y a la espera de protección legal “que ponga límites a esta situación”, las camareras de piso llevaron el pasado 25 de mayo al Congreso su proposición de prohibir la subcontratación de la limpieza de habitaciones de hoteles.

Otros puntos del convenio colectivo en Catalunya

La UGT de Cataluña recordó este 1 de septiembre en un comunicado que en la negociación de los convenios solamente participan aquellos sindicatos que tienen un mínimo del 10% en la presentación sindical legal del ámbito geográfico y sectorial al que hace referencia la norma. Además, se muestran “muy satisfechos” con el preacuerdo firmado y prevén “importantes mejoras sociales y económicas”. Entre ellas, incrementos salariales de hasta un 1,8% en 2019, la regulación de la subrogaciones, el cobro del 100% del salario durante las bajas por intervenciones quirúrgicas con reposo y la ampliación del permiso de lactancia.

Puedes leer Retrato robot de los sindicatos del siglo XXI.

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Los salarios en Burger King, de 11.500 a 18.600 euros brutos anuales

El BOE recoge hoy el convenio colectivo de Burger King España, que está vigente desde el pasado 1 de enero hasta el final de 2020. El documento establece cuáles son las garantías retributivas mínimas, es decir, cuál es el salario mínimo que debe cobrar cualquier empleado sumando la base y los complementos, y que va de los 11.456 euros brutos anuales a los 18.597.

Así, un nuevo contratado con menos de un año de antigüedad cobrará esos 11.456 euros como mínimo, en 14 pagas, lo que suponen 818 euros brutos al mes. El salario mínimo establecido para 2017 es algo inferior, de 9.907,8 euros anuales.

Un trabajador sin cargo con más de un año de antigüedad debe cobrar, al menos, 13.223 euros brutos anuales (944,5 mensuales), mientras que un sustituto de encargado llega a 14.668. Para las dos categorías superiores, encargados (16.688 euros) y gerentes (18.597 euros brutos anuales) el sueldo es algo superior. El convenio establece, de base, un incremento anual del 0,5% de estas garantías retributivas a partir de 2018.

Los empleados de Burger King trabajan 225 días al año, un total de 1.800 horas, lo que suponen jornadas de ocho horas diarias. El documento establece la intención de que no se realicen nunca horas extraordinarias.

El convenio también establece los complementos por nocturnidad y transporte, aunque estos pueden estar integrados dentro de esas garantías salariales y no suponer incremento alguno. Por nocturnidad, se establece un 1% en las tres categorías inferiores (114 euros al año para el salario más bajo) y un 2% en las superiores. Los complementos por transporte (servicio a domicilio) se establecerán más adelante.

El texto también establece que el cambio de puesto de trabajo a 50 kilómetros o a poblaciones limítrofes no supone movilidad de los trabajadores y que los trabajadores tendrán dos días de descanso consecutivo semanales en cualquier momento de la semana, a ser posible, en turnos. Las bajas por maternidad o paternidad son de 16 semanas.

Los complementos que la empresa paga para complementar los porcentajes de los que se hace cargo la Seguridad Social durante incapacidades temporales solo se cobrarán si el empleado tiene más de un año de antigüedad, no ha faltado de forma injustificada en 12 meses y se presentan todos los justificantes de forma adecuada.

Sobre las dietas durante el horario de trabajo: lo que les permiten comer incluye ahora el whopper (la hamburguesa más popular de estos establecimientos) y, como complemento, el Sandy (una especie de helado).

Este artículo ha sido publicado originalmente en El BOE nuestro de cada día

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