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El periodismo ante el cambio de piel del capitalismo global

Juan Luis Cebrián. FOTO: ÁLVARO MINGUITO.

Ninguna de las dislocaciones que ha sufrido el periodismo a lo largo de su historia ha supuesto un reto mayor para la independencia de la profesión como la llegada de Internet y su correspondiente privatización por los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. Más aún si este suceso coincide con otro aspecto coyuntural de similar gravedad: la prensa tradicional ha abandonado los códigos éticos que establecían los límites para el ejercicio de su profesión con el fin de favorecer la versión de la realidad que defienden las grandes empresas que pagan su deudas; el carácter comercial se ha entremezclado peligrosamente con el criterio de verdad.

Nos encontramos así ante una situación bisagra en la que una crisis no termina de ser superada mientras otra nueva emerge. La crisis del periodismo es una normalidad, un instante eterno. Importantes consecuencias para el desarrollo del debate público se desprenden de todo esto: la absoluta perversión de la esfera pública, la alienación de los ciudadanos –ahora convertidos en audiencias inmersas en experimentos de mercado– y su entendible desconfianza hacia cualquier instancia que reivindique la verdad como proceso empírico.

El País, otrora periódico que se reivindicó la vanguardia intelectual de España, es quizá el ejemplo que mejor refleja las dos espadas de Damocles que penden sobre la prensa en esta suerte de interregno. Lejos de representar un ejemplo contemporáneo de emancipación, si colocamos la vista sobre algunos sucesos recientes podemos observar cómo este medio comienza a fundirse en la red de comunicaciones que establece el sistema del capitalismo multinacional de nuestros días. Para ello hemos de colocar el foco en la paradigmática campaña encabezada por el subdirector de este diario, David Alandete, sobre la influencia que han tenido los bots rusos en el debate online posterior al referéndum catalán.

Desinformación sobre la crisis catalana

Parece evidente, y no resulta ninguna novedad, que este hecho habla de cómo un periódico abandona todo criterio periodístico para seguir una agenda política –y en última instancia económica– con el fin de presentar una supuesta injerencia de Rusia en la batalla por el relato de la crisis catalana. En otras palabras: El País contribuye a programar al lector con la idea de que estamos ante el peligro ruso para legitimar actuaciones excepcionales que en ningún otro caso serían tolerables. Porque en realidad, como señalaba en un análisis Yolanda Quintana, faltan datos relevantes sobre la supuesta intervención “de hackers rusos” en Cataluña. “Y estas pruebas no parece que vayan a lograrse, al menos en lo que se refiere a una acción combinada con ciberataques para robar información o comprometer equipos, que no se ha dado en España según los datos del CNI”.

Algo similar argumentaba Carlos del Castillo cuando escribía “que la unidad de la Unión Europea encargada de analizar la propaganda rusa no ha detectado ningún caso de injerencia en el tema catalán, como asegura el Gobierno”. “Un enemigo en forma de simulación”, añadía apelando a la famosa tesis de Baudrillard, donde el sociólogo explicaba que hemos entrado en una lógica de la simulación que no tiene nada que ver con la lógica de los hechos.

En segundo lugar, la campaña de los bots rusos nos dice mucho de la industria de las ideas que ha emergido durante las últimas décadas con el fin de sostener la hegemonía cultural de las élites nacionales y globales. Los think tanks proveen a los medios de cualquier clase de argumentos para reflejar una determinada visión de la realidad, y ambos se retroalimentan para que esta coincida con la del dinero privado que los financia. De esta forma no extraña que las pruebas sobre las que se asienta la información de El País, como señalaba Pablo Elorduy, “son las que ha aportado el propio El País, envueltas para su consumo académico por Mira Milosevich Juaristi, investigadora del Real Instituto Elcano, autora de un informe cuyas principales pruebas son los artículos de dicho periódico”.

Y añadía Marta Peirano, con un análisis más cercano al tercer punto sobre el que ahora hablaremos, que lo más sólido que tenía este periódico son “los informes de think tanks conservadores como los del Lab del Atlantic Council, cuyo presidente europeo para Latinoamérica es José María Aznar”. Todo esto refleja que quizá lo peligroso para la democracia no sea que un par de bots puedan ejercer alguna influencia en la red, sino la absoluta privatización de aquella esfera pública teorizada por Jürgen Habermas. Digamos que el sistema a través del cual desarrollamos nuestro pensamiento ha sido pervertido y corrompido por tecnocrátas con el único fin de propulsar el relato del establishment, dando lugar a sucesos tan rocambolescos como la campaña de El País.

Ahora bien, para entender la tercera de las implicaciones hemos de recurrir a un artículo premonitorio publicado en enero por el escritor bielorruso Evgeny Morozov: “El pánico moral en torno a las noticias falsas esconde la negativa a reconocer que esta crisis ha convertido al Kremlin, en lugar del modelo comercial insostenible del capitalismo digital, en el chivo expiatorio favorito de todos”. A todo ello, por cierto, también contribuye la industria editorial dando difusión a pseudo-teorías como la que Luke Hardian despliega en Conspiración. Porque, como dice Morozov, el problema para la democracia “no son las noticias falsas, sino la velocidad y la facilidad de su diseminación, y existe principalmente porque el capitalismo digital de hoy en día hace extremadamente rentable –mira a Google y Facebook– producir y hacer circular narrativas falsas pero que valgan la pena”.

En este sentido, El País no solo ha escogido eludir todas estas problemáticas (fundamentales para la suerte de un supuesto proyecto ilustrado donde la democracia liberal se asienta sobre un debate público donde la razón prima a cualquier otra consideración), sino que se aprovecha de todas sus deficiencias para atacar a un enemigo político del Gobierno español. La utopía ilustrada está siendo desmantelada por herejes que se dicen sus defensores.

El poder de la violencia simbólica

Lo que nos lleva precisamente a analizar este suceso, de carácter a primera vista nacional, prestando atención al contexto del capitalismo global. En este sentido, las deducciones que Dan Schiller presentó en un trabajo de 1984 (casualmente la fecha con la que tituló Orwell su famoso libro) resultan reveladoras: “En un lapso de aproximadamente 30 años, el capital transformó la estructura de las noticias en un proceso que naturalizó el razonamiento neoliberal en la configuración de la cobertura informativa”. Schiller resaltaba tres conclusiones en su estudio: que los actores institucionales (periodistas y editores, legisladores gubernamentales y ejecutivos corporativos, profesionales de marketing y publicidad…) dominan este proceso, explotando los estándares periodísticos existentes para redefinir los parámetros de lo que es legítimo en una economía desregulada mediante noticias presentadas como información; que la progresiva asimilación de esta práctica era causa directa de la redistribución de los recursos económicos, ya que el capital de la industria canalizaba sus inversiones hacia las empresas de noticias de escala transnacional y que la mayoría de historias que aparecían en los medios integrados globalmente ejercieron una poderosa violencia simbólica, normalizando y despolitizando lo que no hace mucho se entendía como teorías económicas marginales.

De esta forma, si la historia de la prensa se encuentra directamente relacionada con la historia del desarrollo de las estructuras políticas y fundamentalmente económicas, hemos de comprender la dimensión a escala global del capital para entender la independencia de la que goza el periodismo y escrutar si cumple su verdadero rol de garante de la democracia. Y ateniéndonos al contexto que señalaban autores como Schiller y Morozov parece que no es el caso.

Nos encontramos ante el desarrollo de un capitalismo digital en el que Silicon Valley trata de renovar el ideal del capitalismo financiarizado de Wall Street. Digamos que la publicidad ya no supone un negocio tan relevante para las corporaciones digitales como el manejo de nuestros datos. Cada vez más, la economía produce otro tipo de bienes, basados en el conocimiento: los servicios. Así es que las empresas de Silicon Valley se encuentren en el proceso de extraer, compilar y analizar nuestros datos mediante sus sistemas de inteligencia artificial con el fin de ofrecer buena parte de los servicios futuros. Con respecto a El País, no estamos ante un periódico que coloque al poder tecnológico ante un espejo para retratar unas intenciones que cada vez son menos democráticas, sino ante el gran embajador de la llegada de la ideología californiana en España.

Los nuevos revolucionarios corporativos

“Toda revolución tiene un líder. La digital no es excepción”. Así, en un intento por superar a los líderes revolucionarios del pasado siglo, se presentaba en la web de El País Retina el encuentro para los Líderes de la Transformación Digital con el fin de “definir el futuro digital”. O en otras palabras: avanzar la agenda de un par de corporaciones en un mercado que ya es digital. Así es que el 28 de noviembre dicho periódico acogió un acontecimiento financiado por Telefónica y el Santander, ambos accionistas de PRISA (la empresa editora de El País), y de Google, compañía que en 2016 acordó otorgar a varios medios de PRISA parte de los 150 millones de euros en tres años que la empresa destina a iniciativas que “mejoren el periodismo digital”. Pareciera como si las empresas tecnológicas norteamericanas hubieran firmado un acuerdo tácito de convivencia pacífica con las grandes empresas españolas para extraer datos de nuevos nichos.

O eso se desprendió de un evento en el que participó la directora general de Google España y Portugal, el director general de Accenture Digital para Iberia o la fundadora y CEO de Synergic Partners en Telefónica, la cual tiene la intención de “deconstruir la Transformación Digital”. También se encontraban entre los presentes de un evento, cuya entrada de día costaba 750 euros, el director para el sur de Europa de Tesla, el CEO de car2go, el CEO de Telefónica de I+D, el líder en Europa de Google así como los exministros Jordi Sevilla (quien escribió recientemente en Twitter que dejaría de leer El País) y Josep Piqué. Varios periodistas estrella del Grupo Prisa formaban parte del espectáculo.

Digamos que Retina parece una start up que genera, bajo la marca de El País, contenido que bien pudiera aparecer en las notas de prensa de cualquiera de las empresas del nuevo mercado digital. Por ejemplo, Google financia una sección llamada “Think with Google”, donde se pueden leer cosas como “Vender aún más en Black Friday es posible”o “La sanidad privada empieza en la web”. Dicho de otra forma: El País se ha convertido en un periódico cuyo fin es publicitar una empresa que tiene casi el monopolio de los datos de buena parte del mundo; hacer tolerable que la organización del conocimiento del mundo se concentre en una empresa.

Y no es el único ejemplo de cómo la publicidad ha difuminado cualquier rastro de periodismo. Recientemente, OpenMind (la rama de “conocimiento” del BBVA) presentó con la sección de Ciencia de El País un evento donde diversos expertos se reunían para discutir sobre robótica, inteligencia artificial, biología y el futuro del mundo en 2050. Quienes antaño denunciaban que el marketing y la realidad se pudieran entremezclar alterando la esencia del periodismo se han convertido en especialistas en marketing. Son como empresas de comunicación que subordinan la idea del periodismo, o lo que queda de ella tras una crisis sin precedentes, a la ideología californiana.

Noam Chomsky y Edward S. Herman criticaron en 1988 que la industria de las relaciones públicas trataba de crear un consentimiento hacia la racionalidad del mercado a través de la propaganda (hoy llamada fake news para desacreditar precisamente la propaganda enemiga). Veinte años después nos encontramos ante une escenario bastante distinto: la plataformas digitales, junto con periodistas u otros miembros del nuevo establishment, se reúnen en foros como este, no para promover el consentimiento, sino para establecer un consenso sobre el futuro de un capitalismo al que no le queda otra forma de seguir avanzando que penetrar en parcelas cada vez mayores de la vida digital de los ciudadanos. Sean los grandes bancos, las  empresas de telecomunicaciones, las tecnológicas o una fusión de las tres, lo cierto es que se está estableciendo un modelo de negocio del futuro basado en hacerse con el control de nuestra propiedad privada, traducida en nuestros datos, para ofrecernos después pagar por aquellos servicios de los que hoy disfrutamos de forma gratuita, y por otros nuevos que están por llegar.

El País, el hijo terrible de la edad (pos)moderna

Las nocivas dinámicas del capitalismo digital han creado una especie de ecosistema digital hipercompetitivo donde los medios tienen que pelearse por la atención de los usuarios al tiempo que dos plataformas se hacen con buena parte de los ingresos de publicidad digital que antes iban a parar a sus arcas. Por eso, tanto en el sector mediático norteamericano, el grupo comercial News Media Alliance (compuesto por la News Corp de Rupert Murodch, el New York Times o The Economist) ha tratado de lograr una exención antimonopolio del Congreso para negociar la publicidad en Internet en igualdad de condiciones en conjunto con las plataformas tecnológicas, como en el alemán de mano del editor del Bild Alex Springer, las empresas de medios han plantado cara a Silicon Valley con el fin de lograr un trozo mayor de la tarta de ambas empresas y mantener algo de soberanía en su negocio. Como dijo en una ocasión Andrew Ross Sorkin, columnista del Times: “Facebook y Google son propietarios que tratan a los grupos de periódicos como inquilinos. Y las rentas se están incrementando”.

En esta especie de nuevo feudalismo digital, El País parece adelantarse al resto del entorno para convertirse en una especie de nueva nobleza. Todo ello, por supuesto, a un grave costo: el valor (credibilidad) que tiene la marca de un medio de comunicación es explotado por dos empresas de Silicon Valley para presentar como racional ante la opinión pública sus planes de futuro privatizado. De esta forma se está creando una nueva esfera cooptada por el poder corporativo que afecta a la capacidad de los ciudadanos para pensar libremente. Así se entiende mejor lo que las élites han denominado cínicamente como posverdad. La posverdad es en realidad un estado cada vez más próximo al nihilismo en el que se encuentra la opinión pública. Se trata de un momento de tránsito que va desde un sistema de conocimiento basado en que la propaganda corporativa canalice las experiencias humanas hacia el mercado hasta otro con un fin similar, pero asentado sobre la personalización individual del contenido mediante herramientas de machine learning o la inteligencia artificial. El nuevo objetivo de estas herramientas es organizar el consumo del individuo hacia servicios que monopolizan dos empresas adelantándose incluso al deseo del consumidor.

En lo que respecta al periodismo, parece que la forma que tienen los empresarios periodísticos de tomar ventaja en este entorno es abocarse al poder de las empresas privadas pauperizando la profesión hasta cotas nunca antes vistas. Estamos ante un proceso de destrucción creativa schumpeteriana de un modelo periodístico en detrimento de otro, basado en crear una especie de imprenta global en la que los medios de comunicación comienzan a operar bajo una reglas espacio-temporales marcadas por la inmediatez y el exceso de información. Ha desaparecido cualquier reflexión política reposada en unos lectores convertidos en meras mercancías, como también ha desaparecido el papel de guardianes de información de los medios de comunicación. Cuando el mercado controla cada reducto de información, la labor del periodismo es poco más que ejercer de agencias de publicidad que promocionan la intromisión del capital privado en todas las esferas de nuestra vida.

Pareciera como si no existiera nada más allá de este capitalismo ilimitado de dimisiones totalizadoras. Como si fuera una ley natural la asunción de este nuevo rol del periodismo en una sociedad controlada por un par de empresas digitales que dominan la esfera pública en toda su complejidad. Ocurre que al aceptar esta lógica se impone la idea que ha desaparecido cualquier atisbo de vanguardia intelectual, puesto que inmersos en las dinámicas del mercado global ya no hay ningún enemigo al que vencer. En este tiempo, la tarea dialéctica de los medios debiera alejarse mucho de la conducta elegida por El País. Ello supondría la modesta hazaña de hacer periodismo, abrirse paso a machetazos a través de las mecánicas que tratan de establecer los nuevos amos del sistema y transmitir a la opinión pública la dimensión de la época en la que vivimos con una fuerza tal que su sentido pueda ser modificado.

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La paradoja de la posverdad es que la posverdad es una posverdad

“-Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono
de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que
diga…, ni más ni menos.
-La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty–es saber quién es el que
manda…, eso es todo” Lewis Carroll.

La nueva palabra que permite saber quienes son los que mandan es la posverdad. La última construcción literal de las élites que es utilizada con profusión para marcar a un adversario y echarle del tablero político consensuado y aceptado. La perversión de los términos es muy habitual, sólo hay que ver en lo que ha degenerado populismo, pero en el caso de la posverdad la rapidez con la que ha perdido toda validez ha sido de una celeridad lumínica.

La posverdad es un término que define cómo los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que la mentira, la manipulación o la apelación a la emoción. De tanto manosearla mediática y políticamente la mención a la posverdad ha pasado a convertirse en lo mismo que decía combatir. Esta construcción terminológica no es más que una creación interesada del discurso hegemónico para aislar cualquier alternativa o versión que se aleje de la interpretación erigida por los que crean la opinión mayoritaria. Pretender enarbolar la posesión de la verdad es negar un debate que se ha dado en la historia de la humanidad desde Aristóteles, pero no seré yo el que niegue a los editorialistas tenerse en tanta estima. Los hechos son incontestables, la interpretación que se haga de ellos no. Y en eso han intentado convertir la posverdad desde las oligarquías mediáticas, en una muestra más de la instauración del pensamiento único.

En una entrevista en la Cadena SER dos miembros de los equipos de Pedro Sánchez y Susana Díaz utilizaron el término posverdad para culpar al adversario del relato que usaban. Era posverdad lo que ambos interpretaban sobre un mismo hecho, ya que para acusar al rival eludían hechos que permitían comprender con mayor precisión lo que ocurrió en el convulso Comité Federal de octubre que acabó con la dimisión de Pedro Sánchez. Si nos ceñimos a los hechos era posverdad la interpretación que los dos hacían. La paradoja de la posverdad es que el uso del concepto posverdad se ha convertido en posverdad. Hemos alcanzado la metaposverdad.

La punta de lanza de la utilización de este concepto en España ha sido el diario El País, que ha visto como un término que ha sido acuñado en el mundo anglosajón y utilizado contra la victoria de Donald Trump y el Brexit le podría dar jugosos réditos contra Podemos primero y contra Pedro Sánchez después. La paradoja de la posverdad funciona de manera sublime en sus páginas. El pasado 12 de mayo la portada del diario de Cebrián recogió una unas declaraciones de Pablo Iglesias a raíz de la polémica con el senador de Compromís, Carles Mulet, que rompió la foto de Susana Díaz, para interpretarlas de manera capciosa. La respuesta del líder de Podemos a una pregunta sobre el hecho fue:

“Bueno, desde luego no es mi estilo, y en este caso me van a permitir que sobre lo que haga un senador en este caso de una formación que no es la mía mantenga una cierta distancia. Desde luego yo no lo haría así. Creo que se puede criticar a los rivales políticos sin necesidad de romper fotos. Pero tampoco me parece que eso sea grave. Grave es lo que está haciendo el señor Moix, o el Partido Popular con las instituciones. Que un senador rompa una foto me parece una anécdota. Supongo que algunos tratarán de decir que ‘hay que ver cómo está la política en España, que algunos roban a manos llenas y están acusados de malversación, de delitos fiscales o de organización criminal, y que otros rompen fotos tratando de poner las cosas al mismo nivel, y creo que eso en España ya no se lo cree nadie”

El diario El País tituló a tres columnas en portada: Iglesias justifica al senador que denigró a Susana Díaz. Podemos pidió una rectificación que el diario de Prisa ignoró para redundar en su editorial sobre esa supuesta justificación del acto que jamás se produjo. Pero esa manipulación de las hechos no impidió al periódico llevar en la misma portada una noticia sobre los premios Ortega y Gasset con un titular que decía: “El valor de los hechos como fórmula contra la posverdad”. Una entrega de premios que contó con la presencia de toda la plana mayor económica. Directivos implicados en la Operación Lezo incluidos, como Juan Miguel Villar Mir, que acudió a la gala sin que ese nimio detalle apareciera en la crónica. Es indudable que El País logró su propósito de mostrarnos de forma gráfica en una sola portada la paradoja de la posverdad.

La creación del término posverdad nació como un elemento de combate contra la mentira y las manipulaciones de todos aquellos que aspiran a dirigir los designios de los ciudadanos. Loable aunque nada novedoso, porque en los mismos parámetros se manejó John Arbuthnot con su libro “El arte de la mentira política” o Peter Berger y Thomas Luckmann al acuñar su concepto “construcción social de la realidad”. Una creación terminológica con buena intencionalidad que ha sido pervertida por los que siempre han manejado la opinión publica a través de la publicada y que no soportan que existan medios alternativos para crear relatos al margen de sus intereses. Se sienten atacados porque existan métodos de manipulación masivos al margen de sus maniobras y han convertido un término con un significado honesto en otra herramienta de control social que sirva a sus intereses. Cuando como Humpty Dumpty se tiene claro quién es el que manda se ve todo con más claridad. Lo llaman posverdad para diferenciarlo de sus mentiras.

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Noticias falsas en los medios de comunicación españoles en 2016

MADRID// El diccionario Oxford eligió posverdad como palabra del año, un neologismo que “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.  La palabra ha sido utilizada como un mantra en los medios de comunicación tradicionales. El brexit, la victoria de Donald Trump, el fracaso del referéndum de las FARC, todo se explica por este término esquivo y engolado que curiosamente no se refiere al papel que los medios de comunicación tienen en la formación de la opinión pública.

De la posverdad ya hablaba Ryszard Kapusczinski sin nombrarla en el año 2002: “Estamos viviendo dos historias distintas: la de verdad y la creada por los medios de comunicación. La paradoja, el drama y el peligro están en el hecho de que conocemos cada vez más la historia creada por los medios de comunicación y no la de verdad”.

Un ciudadano español que haya querido informarse de verdad ha tenido que lidiar con noticias falsas en los medios de comunicación españoles más importantes. Estos son sólo unos pocos ejemplos.

La desaparición de Izquierda Unida

“ÚLTIMA HORA | Alberto Garzón pone fin a Izquierda Unida”. Así rezaba el tuit que el diario El País ponía para comenzar 2016. Una noticia que el propio Alberto Garzón ni acertó a contestar y que tan sólo replicó con varios interrogantes.

https://twitter.com/el_pais/status/682972945522778112

La noticia del periódico de PRISA continuaba así;

“Ha llegado el momento de finiquitar las siglas de Izquierda Unida y alumbrar una nueva formación política que deje atrás una estructura rígida y burocrática y que rompa con la llamada vieja guardia. Es la decisión que han tomado Alberto Garzón y la cúpula del partido afín a él. El proceso comenzará el 9 de enero con una comisión que preparará la asamblea constituyente de la nueva organización sin las siglas de IU, según fuentes de la dirección del partido consultadas por EL PAÍS.”

Izquierda Unida continúa siendo un partido autónomo con sus órganos y estructura y Alberto Garzón a día de hoy, un año después, sigue siendo coordinador general de la formación.

Rajoy presidente en diciembre o elecciones en Navidad

El Mundo y La Razón coincidieron el 19 de agosto en su portada. El diario dirigido por Pedro García Cuartango dice: “Rajoy será presidente en septiembre o habrá elecciones el día de Navidad”. Por su parte, el periódico que dirige Francisco Marhuenda afirma: “Investidura el 30 de agosto o terceras elecciones en Navidad”. Dos portadas que ya eran falsas en el momento de publicarse y que los hechos acabaron por constatar.

La falsa dicotomía que presentaban ambos periódicos tenían como único objetivo presionar para lograr la formación de gobierno en la sesión del 30 de agosto, pero había en aquel momento muchas más opciones. Rajoy podría haber sido elegido en octubre o también otro candidato del PP o un candidato independiente que ni siquiera se haya presentado como candidato a las elecciones, o también se podía formar un gobierno alternativo. El procedimiento parlamentario indicado en el artículo 99 de la Constitución no dejaba lugar a dudas: el punto 4 del artículo expresa que tras el primer debate de investidura se podrán realizar tantos otros como sean necesarios con diferentes candidatos y opciones de gobierno. Finalmente Mariano Rajoy fue investido presidente del gobierno el 30 de octubre de 2016 y así dejó en evidencia la mentira de ambos medios.

El viaje secreto a Venezuela de las CUP y Podemos

El 21 de enero de 2016 el informativo de Antena 3 narraba una exclusiva que probaría la relación entre “La CUP, Podemos y el entorno de ETA, con el régimen de Nicolás Maduro”. Las imágenes exclusivas eran las de un grupo de personas subiendo a un avión en el aeropuerto de Barajas para ir a Venezuela. Entre los asistentes estaban Anna Gabriel de la CUP y algunos miembros de Podemos en Castilla-La Mancha. En la información no contaban que asistían a unas jornadas culturales que los propios protagonistas habían contado en artículos, blogs, y que estaban publicitadas un año antes de la exclusiva de Antena 3.

La falsa exclusiva que Antena 3 había lanzado coleó hasta El Español, que partiendo de esta información publicó que María José Aguilar asistió a un acto organizado por la Coordinadora Simón Bolivar en homenaje a ETA. Para aseverarlo se basaron en una fotografía en la que aparece una mujer de espaldas con el pelo corto, información que no contrastaron con la afectada y que resultó ser falsa. Aguilar no asistió a ese acto porque a la misma hora que se produjo estaba visitando un pueblo a kilómetros de distancia.

La invitación a Otegi de IU y Podemos

El pasado 26 de abril, Arnaldo Otegi, secretario general de Sortu, acudió al Europarlamento para hablar sobre el proceso de paz en el País Vasco invitado por una interparlamentaria llamada Grupo de Amigos del País Vasco que está formada por varios diputados europeos entre los que se encuentran varios miembros de Los Verdes, diversos políticos de izquierdas europeos y hasta un miembro de un partido de derechas rumano. Sin embargo, algunos medios como La Razón, Okdiario, Antena 3 y Carlos Herrera en la COPE difundieron la noticia de que Podemos e IU habían invitado a Arnaldo Otegi a hablar en la Eurocámara. Una noticia falsa que marcó la agenda del día y que ninguno de estos medios rectificó. Carlos Herrera incluso decidió hacer un editorial para atacar de forma frontal a las dos formaciones. El locutor estrella de la cadena de los obispos aseveró que íbamos a asistir a una “infamia” en el parlamento europeo propiciada por la invitación de Podemos e IU.

https://www.youtube.com/watch?v=9PHPuuNfftI

El PSOE logra la paralización de las revalidas

El diario El País en su portada de la edición del 28 de octubre llevaba un titular concluyente: “Rajoy hace la primera cesión al PSOE y retira la reválida”.

El calendario de implantación de la LOMCE ya decía que en el curso electoral 2016/2017 las reválidas no tendrían efectos académicos. El el caso del Bachillerato no tendrá efectos académicos para lograr el título y sólo servirá como prueba de acceso a la universidad. Es decir, lo anunciado por Rajoy en el Congreso estaba ya en el calendario de implantación de la LOMCE.

El mismo diario de Cebrián publicaba el pasado 21 de octubre que el PP y Ciudadanos habían llegado a un acuerdo para paralizar las reválidas si finalmente formaba gobierno. Si existe una cesión es fruto del acuerdo con Ciudadanos, no con el PSOE. El borrador del proyecto del Real Decreto para la modificación de las reválidas fue enviado al resto de partidos para su estudio.

El Informe PISA contra Podemos

Uno de los instrumentos utilizados por diversos medios de comunicación, tales como Okdiario o El Confidencial, para el descrédito de Pablo Iglesias y su partido es el conocido Informe PISA (Pablo Iglesias Sociedad Anónima). En el supuesto informe policial, que no consta de sello policial ni firma, se intentaba demostrar la financiación ilegal de Podemos a través de la vinculación entre la Fundación CEPS y Venezuela y de la productora 360 Global Media con Irán. Las informaciones que coparon muchas horas de información se demostraron totalmente falsas cuando la Fiscalía de la Audiencia Nacional el pasado mes de junio descalificó el informe al considerar que no existía el mínimo indicio documental o probatorio y que se trataba tan sólo de un conjunto desordenado de noticias publicadas en prensa. Posteriormente se constató que el informe PISA era uno más de los trabajos que había realizada la denominada “policía patriótica”, una unidad de inteligencia del Ministerio del Interior dedicada a realizar trabajos de dudosa legalidad sobre adversarios políticos del exministro Jorge Fernández Díaz.

Estas noticias son sólo un ejemplo de la multitud de noticias falsas o manipulaciones que se han dado en 2016. Otras como el caso de Nadia, la niña con una enfermedad rara que era utilizada por sus padres para sacar dinero ha sido la más llamativa sobre todo por el hecho de que al periódico que lo publicó no le quedó más remedio que rectificar y reconocer su error. La mayoría de las noticias falsas se publican a sabiendas de lo que son y jamás se rectifican o se mantienen en el medio generando visitas, que para eso se hicieron.

Pedro Simón escribió un artículo titulado “Olor a cadáver” una vez desmontada su noticia sobre Nadia en el que hablaba del mal absoluto que son las redes sociales para el periodismo.

“El quehacer del viejo oficio, las cuatro o cinco normas eternas de la profesión, los códigos sagrados del tinglado; todo, digo, está siendo pasado por la parrilla del revisionismo tuitero”.

Días después tuvo que publicar una disculpa para reconocer que no había hecho bien su trabajo y que no había contrastado mínimamente la información que publicó. Entonces sí evidenció el verdadero mal de la profesión.

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