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El populismo canicular de Cifuentes

Las vacaciones de Cristina Cifuentes son noticia porque la presidenta de la Comunidad de Madrid quiere que lo sean cada verano. El populismo canicular no falta en época estival igual que no falta Gibraltar o la canción del verano. La presidenta ha hecho de su decisión de no irse de vacaciones un asunto político para conseguir ventaja intentando transmitir que ella trabaja más que nadie y, sobre todo, más que sus rivales que sí se las cogen. Así lo hizo el equipo de Cristina Cifuentes el año pasado para criticar a Manuela Carmena por irse de vacaciones. O con Pedro Sánchez por tomarse unos días de descanso en la playa en el año eterno de negociaciones para formar gobierno.

No ha pasado un año sin que Cristina Cifuentes haga su habitual ejercicio demagógico sobre el descanso vacacional. Desde 2015, cuando dijo que no se iría de vacaciones porque tenía muchos asuntos pendientes que poner al día al llevar solo dos meses en el cargo.

Lo que haga Cifuentes como máxima dirigente de la Comunidad de Madrid con su descanso es su problema. Si no se quiere ir de vacaciones porque no se fía de los que deja al mando es comprensible, no sabemos la ingente cantidad de documentos que podrían evaporarse en su ausencia sabiendo que desaparecen en su presencia sin que la presidenta tome medidas contra sus consejeros. El problema llega cuando la máxima responsable de los madrileños dice que las vacaciones son “voluntarias”. Porque es mentira: el Estatuto de los Trabajadores en su artículo 38, bajo el que no se rige Cifuentes pero sí a los que gobierna, establece que las vacaciones son obligatorias e irrenunciables, ni siquiera se puede prescindir de ese derecho por acuerdo entre partes ni pueden ser sustituidas por una remuneración extra.

Que Cristina Cifuentes desconozca este punto de la legislación laboral no es creíble. Sabemos que no lo ignora. Por eso transmitir que las vacaciones son obligatorias es un relato interesado que subyace en la ideología liberal. Pero ella como representante público no se atreve a exponerlo con claridad y tiene que realizarlo con globos sonda que introduzcan el debate en la sociedad y esperar a que la idea cale.

¿Por qué me quieren obligar a irme de vacaciones si no quiero? Son las preguntas que Cristina Cifuentes deja en el aire y que son recogidas por todos los sociópatas liberales que lo circunscriben todo a la libertad personal sin considerar la correlación de fuerzas laboral. Cuando eres el jefe y cobras más 60.000 € al año no hay ningún problema en tomarte las vacaciones como algo opcional. En ese caso la inmensa mayoría se cogerá las vacaciones porque tiene la libertad económica necesaria como para que los recursos disponibles no sean un problema a la hora de tomar la decisión. Cuando eres un trabajador precario con muchas necesidades económicas y con un trabajo que pende de un hilo y con una situación de inferioridad frente al patrón que no permite la negociación, la voluntariedad de las vacaciones dependería única y exclusivamente de las necesidades del empresario.

“¿Te vas a tomar las vacaciones con todo el trabajo que tenemos? Estás en todo tu derecho pero necesitamos en la plantilla gente comprometida que cuando haya tanto trabajo no se vaya a la playa”. Todos sabemos la libertad de actuación que le quedaría al trabajador con semejante presión y cómo de voluntarias serían las vacaciones en ese contexto hipotético.

La obligatoriedad de ciertos derechos laborales es la vacuna del obrero, una medida que evita que los más débiles del sistema aceptando condiciones a la baja hagan fuerte al virus de la explotación. Esa obligatoriedad se establece precisamente para proteger a los más débiles de la ecuación para que su necesidad no les obligue a aceptar condiciones laborales depauperadas que acabarían a medio y largo plazo perjudicando al trabajador primero y a la clase trabajadora en su conjunto después por la merma general de las condiciones. La verdadera intención de quienes están interesados en transmitir la idea de voluntariedad de ciertos derechos adquiridos es abrir la puerta para cercenar derechos conquistados a los trabajadores. Nada es inocente, y menos las declaraciones demagógicas de quien solo paga las vacaciones a los trabajadores interinos por orden del juez.

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Una moción de censura populista

La labor de un partido político es conectar con el sentir popular y trasladar a las instituciones las necesidades de la ciudadanía. El tan denostado término populista no tiene siempre por qué ser utilizado de forma despectiva ni negativa y esta es una de las ocasiones. La moción de censura es populista porque conecta con el pueblo. Por eso es acertada. La opinión pública, y la publicada, coincidían de una forma mayoritaria en que el último caso de corrupción precisaba de una respuesta extraordinaria que la oposición había eludido.

La proliferación de casos de corrupción pone cada vez más difícil a los investigadores encontrar una palabra que dé nombre a la operación. Esta vez la que ha puesto en cuestión a nuestras instituciones se llama Lezo, y afecta a todos y cada uno de los pilares fundamentales del estado surgido de la transición: la política, los medios de comunicación, las empresas y la judicatura. Lezo ha sido uno de los casos más relevantes para entender el sistematismo de la corrupción en España y al que hay que responder de un modo excepcional con medidas excepcionales. Unidos Podemos ha cumplido con su deber político y ético afrontando el caso con la gravedad que merece.

La inoperancia, cuando no connivencia, de la oposición del PSOE y Ciudadanos con el Partido Popular ha dejado huérfana a la ciudadanía que no votó a los conservadores. El único partido que ha mostrado beligerancia con el PP es Unidos Podemos, aunque últimamente se había perdido en actitudes inocuas para los implicados – el tramabús – que trasladaban un mensaje de incapacidad preocupante, por más que pudiera tener un sentido pedagógico. Es por eso que la moción de censura es un cambio necesario que incide en el papel de oposición y en el control efectivo del gobierno. Posiciona al partido como único contrincante de un ejecutivo que, estando en minoría, ve cómo PSOE y Ciudadanos no complican su mandato y apoyan, cuando es preciso, su labor legislativa.

El tripartito ha llegado al pacto tácito de no permitir a Unidos Podemos apuntarse ningún tanto en el Parlamento y evitar que pueda sacar adelante cualquier propuesta aunque la compartan. Han empujado al partido de Pablo Iglesias a la marginalidad parlamentaria y eso imposibilita un ejercicio ordinario de la oposición. De poco hubiera servido intentar reunirse con las otras formaciones antes del anuncio. La consigna es arrinconar a Podemos y discriminar cualquier iniciativa que salga de sus filas, una táctica que no es nueva y que Bildu ya conoce bien. Por eso, no resignarse y utilizar todas las armas que estén a su disposición es el mandato que le dieron los ciudadanos en las urnas. Hacen bien en cumplirlo.

La posición de la oposición

No sorprende que PSOE y Ciudadanos se hayan negado a apoyar la moción de censura con tanta celeridad. No hace ni seis meses que dieron el gobierno a este PP y por diferentes motivos no van a tolerar que salga del gobierno dándole a Podemos ese tremendo trofeo. Ciudadanos hace mucho que se despojó de esa falsa etiqueta de transversalidad ideológica y está dispuesto a enterrar su promesa de regeneración para soportar en el poder a los conversadores frente a opciones limpias de corrupción. Son de derechas y ejercen como tal. Por su parte el PSOE y la gestora prosusana no puede hacer nada sin el beneplácito de la presidenta de la Junta de Andalucía. Primero les toca ganar el 21 de mayo la secretaría general, y después dedicarse a minar al que consideran su verdadero enemigo, que no es Rajoy y lleva coleta.

Aunque por esperada, no deja de sorprender la vehemencia de ciertas reacciones. En particular la mostrada por Alfredo Pérez Rubalcaba y El País, que ya funciona únicamente con criterios políticos y no periodísticos. Rubalcaba amagó con una moción de censura cuando Mariano Rajoy se negaba a acudir al Congreso a dar explicaciones por la corrupción del caso Bárcenas. El PSOE se encontraba en minoría y por lo tanto era imposible que saliera adelante. Fue solo un instrumento más que la oposición utilizó para cumplir con su papel. Decía Javier García Fernández, catedrático de Derecho Constitucional, en el diario El País al respecto:

“Lo principal, en definitiva, es que la Constitución ha definido teleológicamente la moción de censura, cuya finalidad es exigir la responsabilidad política al Ejecutivo. Que además se elija a un presidente alternativo es importante pero jurídicamente secundario, porque si no hubiera moción de censura constructiva no se dejaría de ejercitar la moción de censura que es un instrumento al servicio de la relación de confianza que vincula al Gobierno con el Parlamento. Por todo ello, si llega a presentarse, será para juzgar a Rajoy, no a Pérez Rubalcaba”.

En aquel momento El País se mostró muy conforme con la propuesta de la moción de censura de Rubalcaba, que a diferencia de hoy estaba abocada al fracaso por la distribución parlamentaria, porque según su editorial del 17 de julio de 2013 la propuesta podía “ofrecer a la Cámara, y por ende a los ciudadanos, la oportunidad de recuperar una cierta dignidad”. El diario de Cebrián aseguraba que la moción de censura era “el único medio legal de someter a debate la responsabilidad política del Gobierno y también el único cuya tramitación no puede ser bloqueada por el PP”.

Pero también es cierto que en aquel momento el proponente era Alfredo Pérez Rubalcaba, que ahora forma parte del consejo editorial del periódico. Y ahora el proponente es Pablo Iglesias, su némesis. Es por esto que el editorial de El País, que en esta ocasión tituló “Sigue el espectáculo”, cambió su forma de analizar para qué sirve una moción de censura:

“Una moción de censura, recordemos, es un mecanismo constitucional extremadamente tasado en sus requisitos y procedimientos cuyo objeto es, si no conformar una mayoría parlamentaria alternativa a la actual que desaloje al Gobierno y lo reemplace por otro, por lo menos hacer visible ante la ciudadanía la existencia de una formación política con solidez y prestancia suficiente como para ofrecer esa alternativa en las urnas”.

En tan solo cuatro años la moción de censura ha perdido el poder de dar dignidad a los ciudadanos y de someter a debate la responsabilidad política del gobierno que tenía cuando la presentó Alfredo Pérez Rubalcaba. Empieza a ser práctica habitual tener la sensación de que existe un acuerdo de las élites políticas y mediáticas para convertir a Pablo Iglesias en un apestado al que arrinconar. Censurar sus iniciativas no por lo que son, sino por quien las propone, es un ejercicio deshonesto que esconde sepultar a quien con algunos errores de procedimiento ha puesto en cuestión a una oligarquía que venía dictando sin oposición efectiva el futuro de todo un pueblo.

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Holanda frena a la ultraderecha a un gran coste: asume parte de su agenda

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ÁMSTERDAM // Los Países Bajos, heraldos indiscutibles de la Ilustración, salvan los muebles en unas elecciones que podrían haber alimentado la sensación de fuerza de los partidos de la ultraderecha europea. El actual primer ministro, Mark Rutte (VVD), ha ganado su pugna casi personal contra el candidato neonacionalista Geert Wilders (PVV) en las elecciones generales de Holanda. Obtiene 33 diputados, ocho menos que en 2012, pero 13 más que su rival. Detrás de ambos, empate casi técnico entre los democristianos (CDA), y los liberales más escorados a la izquierda (D66), con 19 escaños.

Los resultados amparan el principio del liberalismo en el corazón de Europa, impidiendo la victoria de un hombre con un fuerte componente antiislámico, pero ninguna de las tres fuerzas tienen la capacidad para superar los 76 escaños. Aunque la distribución final de los asientos puede cambiar ligeramente cuando termine el recuento de votos en los municipios más pequeños, no se producía un escenario similar en el que tres partidos no tenían mayoría suficiente para formar gobierno desde principios de los años 70.

La resaca electoral traerá un país con un arco parlamentario absolutamente fragmentado, al que Rutte deberá domar para lograr su tercer mandato: 13 partidos han conseguido su asiento en un Parlamento de 150 escaños distribuidos por representación proporcional directa. Los electores holandeses, debido a este sistema, solo han escogido a un partido que va a intentar formar gobierno con otros. No es un primer ministro o presidente, como ocurriría si Marine Le Pen ganara la segunda vuelta en las elecciones francesas. Sin embargo, hay una cosa clara: los Países Bajos han votado por un gobierno de centro escorado a la derecha y ninguna posible formación progresista podrá hacerse con las riendas.

Sea como fuere, aunque la posibilidad siempre hubiera sido remota, Wilders no gobernará. Ahora bien, había logrado una victoria parcial antes de empezar. La extrema derecha no necesita tocar el poder para influir en las políticas. Su programa no ocupaba más de un folio, pero como dice el investigador Maarten van Leeuwen, autor de una polémica tesis sobre los discursos parlamentarios holandeses desde un enfoque lingüístico que le tachaba literalmente de “fascista”, “Wilders ha presentado su opinión como un hecho irrefutable”. En este sentido, la sociedad de abogados holandesa ya denunció que cuatro de los principales partidos políticos que hoy tienen representación parlamentaria se han comprometido a tomar medidas en materia de inmigración “abiertamente discriminatorias”, ilegales y contrarias a la Constitución.

Wilders gana la batalla cultural

Algunas ideas ultraderechistas han calado en la sociedad holandesa. Así lo reflejaba una estudiante de 23 años, Kelsey Kolerbrander, después de depositar su voto en las urnas. La joven declaraba haber apoyado al Partido Animalista, se desmarcaba de su familia, “que ha votada en masa al PVV” y atacaba a su líder por no tener un plan. Aunque, sostenía, las personas que vienen a su país deben de adaptarse a los valores holandeses. “En esta cuestión tengo una visión conservadora. No me importaría echarles si fuera necesario”.

Incluso Rutte llegó a hacer suyo el lenguaje wilderiano con un carta abierta para “aclarar lo que es normal y lo que no en nuestro país… Actúe con normalidad o váyase”, que escribió en enero. Por lo tanto, si uno mira el resultado político la derrota se vislumbra irrefutable, pero la larga batalla por las ideas continúa. Se lo dijo el ultraderechista a los periodistas después de votar el miércoles en La Haya: “El genio no volverá a la lámpara y la revolución patriótica tendrá lugar igualmente”.

Lejos de un Ámsterdam que ha estado siempre a la vanguardia del liberalismo, donde el domingo se sucedieron demostraciones en favor de la Unión Europea y el PVV fue el sexto partido, el panorama es distinto: la inmigración y la integración europea son la cuestiones nucleares que quedarán aparcadas por la incapacidad de los partidos tradicionales. “¿Y ahora qué? ¿Volverán nuestros políticos a decirnos que nuestro peores mal han sido derrotados?”, se preguntaba Tom, un holandés europeísta de padre canadiense y madre alemana. Y sentenciaba premonitorio: “El estancamiento de nuestro país continuará”.

Sin un horizonte prometedor

La percepción que se respiraba en algunas ciudades era como si un sentimiento recorriera cual neumonía la espina dorsal de los votantes: los partidos hasta hoy hegemónicos parecen carecer de la capacidad, el coraje y la iniciativa para abordar las cuestiones que dividen a su sociedad y ofrecer propuestas tanto alternativas como realistas. “No me siento orgulloso de ser holandés”, señalaba un hombre de unos 70 años que llegó al colegio electoral de Leiden en bici y fumando en pipa. No quería ser identificado, aunque señalaba haber votado al candidato ultraderechista porque “estamos hartos de los partidos tradicionales. No son capaces de dar respuesta a los problemas”. En este contexto, Wilders se ha alzado con éxito como el iconoclasta de las élites cosmopolitas incrementando en cinco los escaños de su formación.

Hace 30 años, el Partido Laborista y los Demócratas Cristianos tenían más de dos tercios de los votos. Hoy el coste más alto de la debacle de los partidos tradicionales lo paga una izquierda fragmentada en cuatro partidos con escasas posibilidades de influir en el poder o de crear una coalición de gobierno. Tras las pasadas elecciones, la formación socialdemócrata de mayor historia en los Países Bajos ha pasado de tener 38 diputados a quedarse solo con 9.

La triada compuesta por el Partido Obrero (PvdA), el Partido Socialista (SP) y la Izquierda Verde (GroenLinks) no han logrado siquiera superar los 40 escaños, una cifra que en otro tiempo los laboristas la hubieran alcanzado por sí solos. No obstante, puede que sea cierto que el joven líder, Jesse Klaver, haya resultado un antídoto contra los partidos de corte xenófobo. La panorámica electora induce a pensar que los votantes de la izquierda han contribuido a que el Partido Verde haya casi cuadriplicado sus escaños. Aunque parezca que todo cambia, lo cierto es que el único entre 13 partidos encabezado por una mujer con representación parlamentaria ha sido el Partido para los Animales (PvdD).

A pesar del aparentemente pesimismo popular, desde la capital europea hay motivos para el optimismo. El resultado, en un país con un ecosistema político hasta ahora estable que en Bruselas lidia estrechamente con el eje franco-alemán, ha tenido un efecto balsámico y la instituciones se arman de confianza y fuerza para reivindicar el proyecto comunitario en las próximas elecciones. Aunque es importante señalar que los resultados en Holanda no medían de ninguna forma la fuerza de los populismos en el viejo continente. Wilders ha logrado sólo el 13,1% de votos en unas elecciones donde ha votado el 82% (la participación más alta desde de los últimos 31 años) de una población que representa el 3,3 % de la UE.

Definitivamente, el resultado electoral está lejos de implicar un reorden explícito del mapa liberal o la victoria de Holanda en una suerte de “cuartos de final para impedir que triunfe un mal tipo de populismo”, como señaló el lunes el que volverá a ser primer ministro holandés, Mark Rutte. Es cierto que el mensaje eurófobo y de odio no se ha impuesto, pero uno de los miembros orgánicos de esa Europa de los Seis forjada en 1957 ha pagado décadas después un precio muy alto por no ceder a la ultraderecha y volver así a los años de oscuridad. En la política europea moderna, mantener el centro ya es sinónimo de apoyarse en andamios enrocados en el nacionalismo de derecha.

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Los cuidados colectivos o el abismo

Camp des Milles I La Marea

“No se trata, pues, de salvar al mundo ni a la humanidad, sino de hacer al mundo vivible y a la humanidad capaz de tomar en sus manos esta apuesta”.

Marina Garcés

Existe un museo en el sur de Francia en lo que fue un campo de refugiados en la Segunda Guerra Mundial. Camp des Milles, se llama. De allí partieron más de 2.000 mujeres, hombres, niños y niñas hacia el campo de exterminio de Auschwitz. Uno de tantos lugares de espanto que nunca deberían haber existido; pero que ahora, décadas después, han de permanecer como parte esencial de nuestra memoria. El museo muestra claramente que quien no aprende de su historia se condena a repetirla.

Visité este lugar hace un par de años. Recorrer las estancias en las que malvivían las personas allá hacinadas es ya por sí mismo espeluznante. Adentrarse en la última parte del museo impacta aún más, si cabe. En ella, se muestra con enorme claridad las piezas que, encajadas, dan como resultado un genocidio. Un camino de decisiones políticas, construcción de discursos del odio, deshumanización de personas y necesarias complicidades que derivan en la peor de las infamias. Un dos-más-dos-es-igual-a-cuatro que nos pone frente a nuestro propio espejo.

La deriva que actualmente están tomando los discursos dominantes y ciertas decisiones políticas nos enfrenta a una realidad que, de no cambiar, nos lleva de nuevo al abismo. El comportamiento de Europa y de España, en la llamada crisis de los refugiados, parece olvidar las gravísimas consecuencias que decisiones similares tuvieron en nuestro pasado más reciente –además de, por supuesto, violar gravemente los derechos humanos–.

La llegada de Trump al poder ha echado más leña al fuego. Los primeros días de su gobierno están dando carta blanca a la legalización de la persecución de “los otros” y al crecimiento de los discursos xenófobos. Ante tamaña irresponsabilidad, algunos representes políticos han mostrado su rotunda oposición; otros, sin embargo, no han pasado de declaraciones tibias. Tal vez porque toman medidas similares o simplemente por eso de no perder al aliado.

Cada quien a su manera y mejor en colectivo
Volvamos al museo. En él acabaron un buen número de artistas de varios rincones de Europa. En medio de tanto horror, fueron capaces de cultivar la más bella de sus resistencias: adornaron los muros que aniquilaban su libertad con pequeñas obras de arte. Aquí y allá pueden verse sus anhelos de “liberté, vie, pax…” Cuando los vi asomando entre las sombras de los sótanos, sentí aquellos deseos como propios; porque, en realidad, lo que nos une, lo que nos es común, no sabe de países ni fronteras ni siquiera sabe de tiempos. Si algo excepcional tiene el museo es su enorme capacidad de hacernos sentir parte de la humanidad y entender que, incluso en las situaciones más extremas, “cada quien puede reaccionar, cada quien puede resistir, cada quien a su manera…”.

Hoy, como entonces, nuestra capacidad de resistencia debe guiar nuestra vida colectiva. De hecho, ya lo está haciendo. La llegada de Trump ha abierto la puerta a un enorme vendaval de indignación y acción global de enorme calado. La marcha de las mujeres en Washington (con apoyos en todo el mundo) o la asesoría legal gratuita que abogados y abogadas están prestando a personas afectadas por el cierre de fronteras a países musulmanes forman parte de esa marea de reivindicaciones y cuidados. Aparecen aquí y allá gestos cotidianos igualmente importantes; recientemente pasajeros del metro de Nueva York borraban los símbolos nazis que alguien había pintado en los vagones.

Acciones colectivas que se suman a las que en otros muchos rincones del planeta nos unen como humanidad. Las “patronas”, que en México alimentan a quienes desde Centroamérica toman la peligrosa ruta hacia Estados Unidos a lomos de “la bestia”. La población de Lampedusa, que acoge solidariamente a quienes ejercen su derecho a la migración. Las redes de apoyo mutuo, que de una ciudad a otra acompañan a quienes huyen de los conflictos y la miseria. Los colectivos sociales, que presentan demandas contra la imposición de leyes que violan derechos. O las ciudades refugio europeas que ahora se unen a las ciudades santuario de Estados Unidos.

Como dice la filósofa Marina Garcés, se trata de rebelarnos “en cada contexto y en cada lugar donde la dignidad de una sola persona es pisoteada”. Esto nos obliga a una alerta constante en nuestro día a día. Y nos lleva, irremediablemente, a hacerlo con otras y otros, porque solo la acción colectiva puede salvarnos de un sistema capitalista depredador, patriarcal y sin límites que es capaz de todo, hasta de acabar con la vida. El internacionalismo es más necesario que nunca; los cuidados, también.

Parece paradójico, pero la deriva de Europa y de España, la llegada al poder de Trump, pueden convertirse en una excelente oportunidad para resistir, construir colectivamente y cambiar el rumbo de este mundo que habitamos y que nos es común. En Des Camp des Milles se aprende mucho; pero sobre todo se comprende que la barbarie no es una fatalidad sino que se produce por nuestra falta de vigilancia, por nuestra cobardía, por nuestro descuido. Decía recientemente Javier Gallego que “a veces tiene que ocurrir lo peor para sacar lo mejor de nosotros mismos“. Ha llegado la hora de sacarlo y hacerlo de la mano de esas personas con las que tanto compartimos más allá de nacionalidades.

* Yolanda Polo Tejedor, miembro de la Coordinadora de ONGD España

 

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Podemos o Trump

Artículo de Íñigo Errejón, portavoz en el Congreso de Podemos y candidato de la lista Recuperar la Ilusión

MADRID// Con la investidura de Trump como presidente de los Estados Unidos se abre definitivamente una nueva época a escala global marcada por la disputa entre reductos más o menos estables de la hegemonía neoliberal y fuerzas populistas emergentes de distinto cuño. Poco antes del crash de 2008, y después de décadas de indisputada omnipotencia neoliberal, parecía que las élites acariciaban la fantasía tecnocrática de la política reducida a la mera administración de lo existente. La llamada “Tercera Vía”, primero teorizada por Anthony Giddens y Ulrich Beck y después aplicada vehemente por políticos como Tony Blair, dejó a las clases populares huérfanas de una alternativa a la hegemonía neoliberal antaño representada por la socialdemocracia clásica. Es conocida la anécdota de Margaret Thatcher que, en un alarde de teoría hegemónica, reconoció entre risas al New Labour de Blair como su mayor logro.

En el sueño húmedo de las élites -“el fin de la historia” de Fukuyama- la globalización habría borrado las identidades y pasiones colectivas de la política, así como cualquier necesidad de una cierta idea de comunidad o pertenencia. Tanto lo creyeron así que con la crisis económica vieron incluso una correlación de fuerzas favorable y la ventana de oportunidad para otra nueva ofensiva oligárquica de recorte de derechos. En la “modernidad líquida”, los gobernantes rozaban una democracia individualizada de consumidores y la utopía proto-totalitaria de una democracia sin pueblo. Pero como advertía Freud, lo reprimido siempre vuelve y, a partir de 2011 apareció el fantasma del populismo indisociablemente unido al retorno de lo político entendido como antagonismo y construcción del “pueblo” como sujeto colectivo. Las élites vieron en este fenómeno social una suerte de anomalía infantil, animal e irracional exaltada por las bajas pasiones de la plebe mas, en rigor, no era otra cosa que el síntoma del desmoronamiento de los regímenes y élites tradicionales, cobrándose la desintegración del campo socialdemócrata como primera víctima.

En general, existen tres grandes asideros identitarios: Dios, la clase y la nación. Descartando la primera opción en los Estados laicos, la segunda tampoco parecía más plausible teniendo en cuenta las profundas transformaciones en el mundo del empleo como la deslocalización de la industria y la clase obrera tradicional, la emergencia del precariado y el mantra de “we are all middle-class now”. Se abría así una carrera hacia lo nacional-popular, entendido como un lugar vacío aún por construir y en disputa entre fuerzas progresistas y reaccionarias, un momento constituyente en el que los distintos pueblos de Europa debían elegir sobre qué base refundar su país (el “We the People” con el que empieza la Constitución yankee). El populismo no es más que una “forma” o “lógica” política, pero lo que le da un contenido concreto depende de la elección del adversario: si es el penúltimo contra el último o “la gente” contra una minoría privilegiada y corrupta, “la casta”.

Debería ser un motivo de orgullo nacional que en España el 15M y sus secuelas –mareas, PAH, etc- no solo pusieran la primera vacuna a cualquier rearticulación de las identidades en sentido reaccionario (racista, por ejemplo), sino que además señalaran el camino y construyeran los mimbres simbólicos e imaginarios para una mayoría social nueva, transversal y alternativa a la del régimen. En este sentido, Podemos no nació para representar al 15M porque este es, en rigor, “irrepresentable”, pero sí para llevar esta voluntad colectiva nueva a derrotar las élites en su propio terreno. Como el arquero de Maquiavelo, Podemos apuntó alto para llegar lejos: si bien aún no ha conseguido el objetivo al que miraba, sí ha conseguido el objetivo al que apuntaba: enfrentarse a las grandes maquinarias en hasta seis contiendas electorales, consolidar un espacio político propio, evitar la restauración del Régimen del 78 y mantener la posibilidad de seguir abriendo brecha en el futuro desde posiciones conquistadas decisivas. La flecha sigue volando alta.

Después de una suerte de empate catastrófico que parece haber prorrogado la disputa indefinidamente, Rajoy busca ahora la derrota sobre todo moral del cambio, gobernar sin convencer, y por eso nosotros debemos hacer justo lo contrario mientras tanto: dirigir culturalmente antes de ganar. No es momento de replegarse o atrincherarse, sino de seguir a la ofensiva y tener la iniciativa. Las que faltan en este proceso tienen nombre propio: rostro de mujer, mayores y viven sobre todo en el mundo rural. Por eso es una tarea política fundamental feminizar la organización, así como democratizar, descentralizar y federalizarla para quizás dejar de ser una máquina de guerra electoral tan agresiva, pero ganando la capacidad de otorgar más certezas y generar más confianza entre los y las de abajo.

No hemos llegado hasta aquí enfadándonos con nuestro pueblo y esperando apocalipsis para ganar las elecciones y el país. Una fuerza realmente transformadora no choca contra el sentido común de su gente sino que lo ve como materia prima con la que trabajar para rearticularla en otro sentido. Nadie duda de que este país ya ha cambiado gracias a Podemos, ahora Podemos tiene que cambiar para ganar el país. Un ‘fenómeno Trump’ en España es hoy imposible, pero sólo lo seguirá siendo mientras seamos una fuerza democrática, transversal, popular y patriótica.

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“El capitalismo es cada día más incompatible con la democracia”

La nueva coportavoz de IU Madrid Sol Sánchez cree que el capitalismo ha mutado y, por tanto, también deben hacerlo las políticas que se proponen para la gente que sufre sus consecuencias. Con motivo del especial de La Marea dedicado al auge del neofascismo el pasado diciembre, Sánchez contestó a nuestras preguntas por e-mail.

¿Por qué los populismos de derechas o, directamente neofascismos, están creciendo en buena parte del mundo?

Porque previamente han crecido los excluidos y los directamente expulsados por el sistema, y con ellos también el miedo de quienes aún no lo están pero se saben, o empiezan a intuirse candidatos para ese mismo destino. En ese contexto, la gente quiere soluciones y cuanto más simples y tranquilizadoras, mucho mejor. Y entre una receta mágica que culpe a algún “otro” (sea este los emigrantes, la incorporación de la mujer al mercado laboral…) y una explicación que haga tambalearse cimientos más profundos de las creencias personales (como que su situación es consecuencia directa del actual funcionamiento y necesidades del sistema capitalista) y diferente a lo que parece aceptado mayoritariamente o de “sentido común” en la sociedad de pertenencia (y no de menor importancia: del discurso único en los grandes medios de comunicación), entre una población que ya lleva décadas siendo socializada en los valores individualistas y egoístas de la era del capitalismo neoliberal más salvaje, pues los mensajes neofascistas enganchan muy bien. Amén de la debilidad de una parte de la izquierda adocenada por el propio sistema o a la que esto cogió con el paso cambiado, y que no estaba dando las respuestas y alternativas a estas nuevas realidades y necesidades vitales de las clases trabajadoras y populares desde las coordenadas, los principios y los valores de la izquierda.

¿Qué responsabilidad tienen los partidos socialdemócratas en este ascenso?

La actual –y generalizada– crisis de la socialdemocracia viene generada por la imposibilidad de combinar un discurso pretendidamente de izquierdas, y la también pretendida promoción de políticas dirigidas a mejorar la justicia social, con la aceptación acrítica de las políticas económicas ultraliberales y en general con la ortodoxia neoliberal. A cualquier mente con un mínimo de honradez intelectual esto le provocaría una fuerte neurosis si no la caída directa en la absoluta esquizofrenia.

En el caso del PSOE, hay que decir que cada vez es más evidente para más gente que es el partido político que ha sostenido el régimen del 78 con mayor solvencia, que muchos de los cambios determinantes sobre los que se han cimentado las actuales políticas regresivas y de recortes han sido ejecutados bajo su gobierno (reforma del artículo 35 de la Constitución, primera reforma laboral…) y que en Bruselas, donde vota más del 75% de las veces de la mano de los populares (hasta el 80% de coincidencia en políticas económicas y monetarias, pero también el 65% en políticas sociales y de empleo…), hace ya mucho tiempo que la gran coalición es un hecho. Así que creo que la cuestión no es si la socialdemocracia es vista o no como una alternativa: el hecho es que no lo es, y además tampoco podría serlo porque el mundo ha cambiado bajo sus pies y no se ha dado por enterada. Ella misma ha cambiado y lo que era socialdemocracia ya no es más que socioliberalismo en el mejor de los casos. Eso, más que decirlo yo, lo dicen sus actos.

Además el capitalismo ha mutado, y no puedes proponer políticas para un mundo que ya no existe y no volverá. Allí, en la imaginación del político socialdemócrata –incluso del más bienintencionado– no está la gente que vive lo que son unos cambios estructurales atados y bien atados. La clase trabajadora y las clases populares viven en este mundo real de precariedad y temporalidad que ni siquiera pertenece a la misma dimensión de realidad que los consejos de administración del Ibex 35 donde se sientan muchos de sus gurús. La frustración que todo esto está generando en las personas que se referenciaban e identificaban con esa pretendida “izquierda amable”, sumada a la estigmatización de la izquierda más radical por parte del discurso dominante (del que forma parte el propio PSOE) deja a mucha gente tanto huérfana políticamente como con prejuicios acumulados hacia alternativas de izquierda. Además, por no ser “fórmulas mágicas” como las que proponen las ultraderechas, convierte a todas esas personas en un caldo de cultivo ideal para que proliferen este tipo de fenómenos políticos fascistoides. De hecho esto no tiene nada de novedoso, deberíamos revisar con atención los años 20 y 30 del pasado siglo XX.

En un contexto de crisis como la de los últimos años, la izquierda no ha sabido conectar con sus potenciales votantes y convertirse en una verdadera opción de gobierno. ¿Por qué? ¿No está sabiendo adaptar su discurso a los nuevos tiempos?

Este tema es tan extenso que llenaría páginas y páginas. Creo que hay varias razones, algunas internas y responsabilidad de la propia izquierda, y otras cuyo mérito habría que atribuirle al enemigo. Empiezo por estas últimas. El proyecto político neoliberal que se empezó a gestar en los años 70 por la clase corporativa capitalista y que consiguió neutralizar la cuota de poder y la iniciativa de la clase trabajadora –ganando, además, las batallas política e ideológica de manera aplastante en las siguientes décadas–, se apoyó en la creación de think tanks y en la toma del mundo académico paciente y sistemáticamente. Ya en los años 90 nada quedaba del movimiento estudiantil de los 60, de la fuerza de décadas anteriores de los sindicatos, y las ideas de economistas como Hayek se habían convertido en el discurso dominante y en cuestiones de “sentido común” independientemente de lo que los datos empíricos demostrasen. La sabiduría convencional cuando alcanza ese éxito se convierte en parte del inconsciente colectivo, y a partir de ese momento combatirlo se complica profundamente. Ése fue el mérito de las élites.

La izquierda, hablando en un sentido muy amplio pero dejando fuera la socialdemocracia, no reaccionó a esta realidad y cuando lo hizo ya era tarde. No percibió ni analizó los cambios que se estaban produciendo y le pilló con el paso cambiado. Creo que se había tragado el cuento de que los derechos conquistados ya nunca volverían a estar en entredicho y simplemente se había convertido en la pata izquierda de la mesa común. De facto era parte de un sistema que no ponía en cuestión. Eso fue responsabilidad de la izquierda.

En España, el Partido Comunista, que había sido la referencia en la lucha por la democracia y el fin de la dictadura franquista, se echó a un lado a favor del PSOE y abrazó eso que luego se llamó  eurocomunismo. No quedaba nadie fuera del sistema. Y el sistema se metió dentro de todos. Cuando por fin se salió de ese letargo lisérgico, el panorama era desolador y el trabajo ingente. Convertirse en una verdadera opción de gobierno pasaba (y pasa) por lidiar con ese inconsciente colectivo que, en aquel momento, ya estaba bien instalado y había interiorizado como de sentido común auténticas aberraciones neoliberales como privatizaciones de servicios básicos para la vida, que los impuestos son indeseables y otras lindezas similares. Pero desde mi punto de vista cuando nos acercamos en el tiempo, el principal problema fue que la izquierda se burocratizó, se separó de los conflictos y de la gente en la calle, se adaptó al juego parlamentario y se dibujó a su imagen y semejanza.

Para mí el discurso es importante, pero creo que últimamente sólo se habla de construcción de discursos y de relatos y nos hemos olvidado de construir realidades. La práctica es fundamental. Es cierto que las palabras son los ladrillos con los que construimos el mundo incluso antes de que éste sea construido, nunca son inocentes y siempre son importantes. Pero si de lo que se trata es de crear conciencia, las palabras deben ir acompañadas y acompañando a la acción, a la práctica, y darse sentido mutuamente. Las palabras que sólo emocionan son mucho más volubles que las que, además de emocionar, dan sentido a la realidad que vives porque ésas te acompañan para siempre. Y eso no es adaptar,  es tener la valentía y la honradez de explicar y crear.

Creo que existe un proyecto de izquierda que supone una alternativa real y viable de gobierno, y creo que se ha de explicar con valentía y claridad. Eso puede significar para mí adaptar el discurso a los nuevos tiempos, no vender humo, ni decir lo que “se cree” que la gente desea oír. Porque debemos vencer pero también convencer. Y tenemos la responsabilidad de saber que los proyectos alternativos que tenemos frente a nosotros son el fascismo o la mentira.

¿La izquierda ha renunciado a cambiar el sistema capitalista y se conforma con reformarlo? ¿Los programas económicos de la izquierda son creíbles para la población?

El sistema capitalista es irreformable, a eso me refería antes con “la mentira”.  La izquierda más allá de la socialdemocracia tuvo una larga temporada de letargo en la que no planteó seriamente las alternativas que le correspondía plantear; afortunadamente creo que eso ya es cosa del pasado. Por supuesto que hay que cambiar el sistema y hay alternativas para ello. De hecho esa es la única alternativa, porque el sistema capitalista no es sostenible ni social ni económica ni físicamente, y además es cada día más incompatible con la democracia.

Yo lo que me preguntaría es cómo es posible que los programas económicos de la derecha sean creíbles para la población cuando los hechos demuestran que no llevan más que al precipicio a la gran mayoría social, y sólo favorecen a unas cada vez más reducidas y opulentas élites locales y transnacionales… El poder económico sí tiene su programa y parte de él está en los mal llamados Tratados de Libre Comercio e Inversión, cuyo objetivo real es cerrar una tela de araña, una lex mercatoria mundial,  que convertirá las constituciones nacionales y las actuales democracias en papel mojado. Ante eso, los programas económicos que estamos planteando desde la izquierda son casi timoratos, pero deben servir de muro de contención ante esa ofensiva y de puente hacia unos cambios aún más  profundos que vuelvan a poner la economía al servicio de las personas y la vida –y no de la acumulación de beneficios de las grandes corporaciones transnacionales–, que regulen las relaciones entre los agentes económicos y el medioambiente de forma justa y sostenible, cosa que ahora es evidente para cualquiera que no sucede.

Decir que los programas económicos de la izquierda son utópicos es una soberana estupidez, pero una soberana estupidez repetida como un mantra por quienes ostentan el poder real. Lo que es verdaderamente distópico y suicida (u homicida, según se mire) es mantener unas políticas de austeridad que incluso el FMI  reconoció en 2013 llevar aplicando equivocadamente más de 30 años, y que agudizan las crisis en vez de resolverlas. Cuando todas estas cosas se le explican a la gente con los datos en la mano, ya lo creo que los programas económicos de la izquierda son creíbles. Quien es capaz de explicar el mundo, es además capaz de cambiarlo.

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“La socialdemocracia no ha sido capaz de generar ilusión”

Xavier Sabaté I La Marea

Histórico del Partit del Socialistes de Catalunya (PSC) y ex consejero de la Generalitat catalana, Xavier Sabaté es uno de los impulsores de la corriente crítica Roj@s. Al presentarla públicamente el pasado noviembre, reivindicaron su deseo de dar “un giro radical hacia la izquierda”. Con motivo del especial de La Marea dedicado al auge del neofascismo, Sabaté contestó a nuestras preguntas por e-mail.

¿A qué atribuye el auge de los neofascismos en Europa y EEUU?
La crisis económica ha provocado una crisis politica y de confianza en las instituciones, una renuncia a afrontar la crisis desde la política que se ha reducido a obedecer normas y tratados, con una gestión tecnocrática. Todo ello ha conducido a la quiebra del espacio público. Esta retirada de la política impide expresar la indignación con propuestas de esperanza. Se imponen propuestas basadas en el rencor, el odio, la desconfianza hacia el otro. Esa es la base de ese radicalismo de derechas basado en propuestas antipolíticas populistas.

¿Qué parte de responsabilidad tiene la socialdemocracia en este ascenso? ¿La ciudadanía ve sus postulados como una alternativa a la derecha?
La socialdemocracia no ha sido capaz de generar ilusión y ha basado las respuestas en ideas defensivas, de repliegue, esperando que el descenso sea menos brusco. A los ojos de la ciudadanía queda como defensora del establishment, al que los ciudadanos culpan de la crisis. La socialdemocracia ha podido cometer errores, incluso hace políticas no distintas de la derecha. Pero el error principal, más que la sobriedad programática, está en no pensar en la dimensión transformadora. Cuando eso ocurre, uno se acaba adaptando y renuncia a transformar.

En el contexto de crisis económica, la izquierda nunca lo tuvo más fácil para ser una fuerza hegemónica, ¿por qué no conecta con su potencial electorado?
No se puede decir que no sea hegemónica. Lo que pasa es que esa hegemonía se expresa en una sociedad cada vez más diversa y plural que está fragmentada en lugar de articulada. La tarea pendiente es ser capaz de articular, de tranformar esa fragmentación en alternativas capaces de generar un horizonte de futuro esperanzador para amplias capas de la sociedad y ser mayoritaria. Y no conecta con su potencial  electorado porque las personas han cambiado sus demandas y ya no se conforman con representantes sino que buscan aliados permanentes que se sitúen a su lado en las luchas por unas condiciones dignas de vida

¿Ha renunciado la izquierda a cambiar el sistema y se conforma con reformarlo?
El sistema está obsoleto. El mismo Sarkozy lo dijo en 2008. El propio sistema se ha autodestruido. Hace falta ejercer una acción reformista, no basada en aplicar reglas sino en cambiar dichas reglas.

¿Por qué han creado Roj@s? ¿Qué hace distinta a esta formación?
Nace para reivindicar el debate de ideas. Busca fortalecer el debate de cuestiones incómodas para los equilibrios de poder en estructuras territoriales. Es una forma de situar un ala izquierda que permita incluir en la agenda política del partido debates y nuevos enfoques. Y, al mismo tiempo, es una forma de ampliar el espectro de la izquierda representando a más ciudadanos descontentos con las líneas oficiales del partido.

La palabra “rojos/as” está estimagtizada en España. ¿Por qué la “recuperan”?
Coca-Cola usa el rojo en sus anuncios. El color de Trump es el rojo frente el azul demócrata. Esperamos que el rojo sea también el color de la izquierda. También confiamos que Alemania tenga un gobierno sin complejos que sea rojo al cuadrado, por la coalición SPD y Die Linke con Los Verdes.

¿Creen que la fragmentación de la izquierda es su principal debilidad? ¿Por qué cuesta tanto “unirla”?
Se piensa más en la suma agregada de esa diversidad. Acabas sumando debilidades en lugar de una integración superadora que requiere un esfuerzo para pasar de esas diferencias del pasado hacia los desafíos del futuro. Eso no significa pensar que una parte de la izquierda se imponga sobre otra. Ni que la diversidad desaparecerá. Se trata de entender el nuevo escenario, que no será una vuelta al pasado.

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