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La paciencia de los ciudadanos

Congreso

Resulta curioso cómo se pasa de la comedia a la tragedia y viceversa. Ayer ardían las calles, como quien dice. Hoy los diputados juegan como niños en un cumpleaños triste a patearse por los dulces que han caído de la piñata rota, mientras la niña Cifuentes reparte banderitas rojigualdas entre los de la esquina de los matoncillos. La base de la política, que es el cinismo, se parece demasiado a los ejercicios de crueldad infantil en el patio de un colegio. Pero ni el cinismo ni la crueldad son propias de los ciudadanos en general, de esos que creyeron, de los que sufren, de los feroces ni de los taxistas. Según algunos que dicen saber, a ellos les son propias la tosquedad y los cuernos. No lo creo. Más bien un tirar hacia delante contando las moneditas de siempre. Y si es posible, leer.

Esa idea que intenta convencernos de que cuanto más tosca sea la mentira política, más predicamento, esa idea podrida… Es sencillamente paciencia. Lo de los ciudadanos es, por el momento, sencillamente paciencia ante los dulces, la piñata, el cinismo y esa forma infantil de crueldad que es la frivolidad en política.

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Astronautas y escaladores, la legitimidad a subasta

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Una cena vale lo que marca la nota del final, vale por la calidad de los platos pero también de las conversaciones. He visto grandes cocinas arruinadas por la pesadez de los lugares comunes. Por eso es de agradecer cuando se rompe la placidez de lo esperado, cuando nos ofrecen una nota de discordia. Plantear inconvenientes es dejarse conocer, es la valentía de poner sobre el mantel, entre las migas de los descuidados, aquello que nos preocupa.

Hace unas semanas alguien que lleva dedicándose a su oficio casi tres décadas me mira y me pregunta si yo sé lo que es ser periodista, porque ella no. Y no se refiere a los conocimientos para desarrollar una profesión, sus técnicas e incluso ardides, tan sólo lo pregunta porque no se siente reconocida. No es una cuestión de valía, ni de lectores, ni de trayectoria. No es prestigio, algo que nadie se atrevería a discutir. Es un asunto de legitimidad.

La legitimidad, un reconocimiento social a medias entre el público y los compañeros de actividad, venía dada por la competencia respecto al trabajo desarrollado. Se suponía que la valía de lo expuesto en sociedad era tanto una cuestión de calidad como de acumulación: quien acertaba mucho y muchas veces se ganaba el derecho a que sus palabras o actos fueran tenidos en cuenta.

El pasado es siempre como un espejo de ilusiones, que nos vale para situar en él lo que posiblemente nunca ocurrió pero nos hubiera gustado que sucediera. No sé si la legitimidad funcionó en alguna ocasión de una forma tan sincera, lo que sí sé es que hoy en día la legitimidad se reparte como las cartas marcadas, que siempre tocan a quien maneja la partida.

Me pregunto si entre los científicos, los ingenieros, los ferrallistas o los agricultores la cosa sucede de igual forma. El hormigón se echa de una manera, porque si no se agrieta y se te cae la casa abajo. Es lo bueno de la materialidad, que no admite opiniones, sino técnicas. Sin embargo en las construcciones con palabras todo tiende a difuminarse y la legitimidad, supuesta pero real, acaba siendo algo que como lector y casi como ciudadano te pone la cara roja, a veces de vergüenza, a veces de enfado.

Que existan grupos de afinidad en una profesión parece lógico, que la gente trame amistades, complicidades e incluso frentes comunes en base a las preferencias o los odios es una forma como cualquier otra de sustentar nuestras seguridades. El problema es cuando intuyes que esos grupos son tan sólo círculos de promoción, donde la única afinidad es el rédito que sacamos al de al lado y nuestra valía es proporcional a qué pueden sacar de nosotros.

Pongámonos dignamente éticos y escupamos a la cara a los mercaderes de su propio yo, ni siquiera de su propio trabajo. Pongámonos analíticos y veamos que cuando las tartas son de mucha nata y poco bizcocho a la gente le entra el terror de los astronautas y sólo piensan más que en escribir, narrar, contar, hacer periodismo, novela o verso, en ver cómo situarse para no acabar flotando solos y perdidos en el aterrador vacío.

A mí me da igual, su paciencia es la que les dará a elegir entre la navaja o la lupa. Digo todo esto porque creo que no nos vendría mal para entender gran parte de las miserias que tenemos y que nos vienen, a la hora de llevarnos las manos a la cabeza cuando los que escriben decidan ya han decidido de hecho caerse siempre del lado donde está el colchón de plumas de ganso y rara vez del lado del asfalto, frío, negro y vulgar.

Tampoco aspiro a que a nadie se le reconozca una legitimidad por oposición que ésa es otracuando no sé si por escasez, premura o mercadeo del conflicto, estos pocos años convulsos han dado altavoces demasiado grandes a gente demasiado pequeña. No se puede sustituir la técnica por la etiqueta, el trabajo por la consigna, la pertinencia por la vacuidad. La rabia por sí sola no construye textos.

A lo que sí aspiro es a unir a los significantes con los significados y dejar de llamar legitimidad a lo que es tan sólo una subasta de posiciones. Nadie debería recibir aplausos por su habilidad en las tácticas de pasillo, en los halagos precisos a la gente adecuada en el momento conveniente, en las críticas con apariencia de desinterés mientras se fuma el cigarro en la puerta. Existen periodistas y escritores, existen muchos más escaladores.

Lo único bueno de todo esto es que cuando el juego se muestra tan adulterado no admite siquiera la opción de intentar sumarse al circo. Es la ventaja de las imposibilidades, que no dejan lugar a la duda moral ni al pacto de caballeros, tan sólo a la esperanza del kamikaze. Por eso no mendigaremos la legitimidad, construiremos la nuestra. Por eso no llamaremos educadamente a vuestras puertas, las echaremos abajo.

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