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Los trabajadores invisibles

“Al menos mírenme a la cara”. Un auxiliar de vuelo, cansado de que el trabajo que le obliga a hacer su compañía low cost durante el viaje sea ignorado por los pasajeros, coge el interfono por última vez antes de aterrizar para anunciar el sorteo de rasca y gana que la compañía vende en pleno vuelo. “Sé que están aburridos de verme pasar con el carrito, qué pesado que soy, lo sé, soy consciente, pero al menos mírenme a la cara cuando paso a su lado y les hago el ofrecimiento”, dice usando el humor, sonriendo, y consigue sacar un tímido aplauso y varias carcajadas entre el pasaje. Pero es un momento triste. Se siente en sus palabras la frustración del empleado que de forma rutinaria realiza su labor sintiéndose ignorado por sus similares; apesadumbrado porque es consciente de que para el pasaje solo están vinculados por una relación exigente de servilismo que no precisa de una simple muestra de gratitud. Es uno de los trabajadores invisibles.

La anécdota no pasaría de un mero sobrecogimiento temporal si no fuera porque esta semana ha quedado patente lo que ocurre con esos trabajadores invisibles a los que tratamos con displicencia y el desdén del nuevo rico, que exige un trato de privilegiado aunque sea por el simple hecho de haber comprado un billete de avión de oferta. Nadie quiere que nada le perturbe el asueto, un merecido descanso y esparcimiento vale más que cualquier vicisitud laboral del otro. Que no se le ocurra a ningún trabajador de cualquier proceso que sirva para llevarnos a nuestro destino vacacional ponerse en huelga para intentar defender sus derechos. En vacaciones no. Que molestan.

Cuando los trabajadores no tienen la solidaridad y comprensión de sus compañeros de clase van perdiendo derechos. Menos sueldo, menos trabajadores, menos recursos. La rueda sigue girando y un operario de handling con mucha prisa toma una curva a excesiva velocidad en el aeropuerto de Ibiza. Las maletas, que no van suficientemente aseguradas, se derraman por la pista. El trabajador no actúa de forma conveniente, da un maltrato al equipaje similar al que recibe cada día en su empleo. Es entonces cuando uno de esos ciudadanos bajo el síndrome del nuevo rico saca su smartphone y graba la escena para después colgar el vídeo en las redes sociales indignado por el trato dado a sus maletas y exigiendo con vehemencia a la empresa que actúe con firmeza.

Naturalmente, la empresa toma medidas. No contratará a más trabajadores para quitar carga de trabajo a ese empleado, ni le facilitará nuevos recursos técnicos que eviten que tenga que ir tan rápido para cumplir con sus objetivos. La empresa tiene fácil solución, hace caso a la turba que le exige tomar represalias contra su empleado y además la gente le agradece la premura con la que ha actuado para resolver la crisis. Tus maletas seguirán en peligro por las prácticas empresariales que consisten en ganar dinero a costa de reducir el coste laboral, tu ego de justiciero estará colmado por haber conseguido que despidan a un currante. La empresa salvada, el trabajador jodido. Otro gran éxito de comunicación corporativa.

Los empresarios saben explotar –y que sirvan varias acepciones– el desprecio que los trabajadores ejercemos sobre aquellos que no nos sirven adecuadamente; ese espíritu egoísta que a todos nos asiste cuando queremos ascender socialmente aunque solo sea de forma fugaz en un vuelo, un concierto o un restaurante. Cualquiera que haya trabajado de cara al público conoce las exigencias desmedidas, el ninguneo y la poca consideración con la que es tratado por el cliente. Aunque en muchas ocasiones comparta el mismo origen y clase social. La nula empatía y falta de solidaridad adquiere tintes dramáticos cuando un trabajador que para algunos era parte del atrezzo cae desde 30 metros de altura y muere antes de la actuación de un grupo de rock. Para la empresa se convierte en un mero percance que no va a hacer que el negocio se frustre. Sabe que pocos entenderían que se suspendiera un festival por la muerte de un simple operario.

Pedro Aunión ha sido el ejemplo extremo de la cada vez más patente invisibilización de los trabajadores que nos prestan servicios. Solo existen para nosotros cuando algo nos perturba o necesitamos su ayuda, cuando nos llega el aburrimiento o cuando queremos una solución rápida, solo son visibles a la opinión pública cuando alguno comete un error y es masacrado por la turba necesitada de saciar su sed vengadora. Para no convertirte en uno más de esa masa resentida ávida de cobrarse piezas inocentes del mercado laboral solo es preciso un sencillo ejercicio. Cuando un trabajador te ofrezca sus manos y pida tu atención, sonríe y mírale a la cara.

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Y la música siguió sonando

Uno de los escenarios del Mad Cool. Foto. MAD COOL

Pedro. Se llamaba Pedro. No era “el bailarín aéreo”, como le denominaron en el primer comunicado de prensa del festival donde perdió la vida. Ni un muerto que te encuentras en la carretera. Ni un muerto que te encuentras en la carretera. Ni cualquier otro ejemplo de la aleatoriedad de la muerte, como se ha dado en argumentar en las perniciosas redes sociales. La diferencia entre Pedro y cualquier otro trágico accidente fue que Pedro estaba allí para divertirte. Para entretenerte. Se ha muerto el bufón de la corte. Oh, qué pena. Sacad a un conejo rosa para animar al personal, no sea que el reflejo de la muerte empañe su disfrute del siguiente espectáculo (como realmente ocurrió tras el accidente).

Pedro. Se llamaba Pedro. Y la diferencia entre él y un espectador atragantado por un bocata (oh, disculpen, una hamburguesa gourmet en la zona de restauración, quería decir), o hecho añicos tras la gesta excesiva de alcohol, es que él estaba allí para divertirte. Con tan mala suerte -para la organización, para la producción, para la comunicación y demás sinónimos burocráticos- de morir en el escenario principal. No en el escenario pequeño, donde tan solo unos cuantos frikis habrían sido testigos de su desgracia. No entre bambalinas, en la sombra. La mala suerte de Pedro fue morir delante de las 50.000 personas que esperaban a Green Day. Con las pantallas gigantes del recinto apuntando hacia él y su caída. Cuentan que, de repente, se hizo el silencio en el Mad Cool. Que incluso se escuchó el golpe.

Había otros grupos aquella noche, pero no eran Green Day. Y había otros “acróbatas”. Pero no eran Pedro.

Dejemos de ser tan frívolos como para excusar nuestra sangre fría. Sí, the show must go on, al igual que en aquel mítico concierto de Bob Dylan que continuó pese a la muerte de uno de sus fans electrocutado contra un poste. Pese a los cientos ejemplos que podemos encontrar de muertes en directo. Eso sí, la diferencia aquí la encontramos en el nombre del fallecido. Pedro. Pedro no era el cantante de Green Day, por cuya muerte se hubieran suspendido los fastos, se hubieran acelerado los homenajes, los gestos de solidaridad artística se hubieran sucedido. Porque Pedro tan solo era uno de los mejores bailarines acrobáticos de este país, y no un cantante de renombre.

Ha muerto Pedro. Delante de nuestros ojos. Y nosotros hemos seguido bailando. El mundo no se ha parado. El Mad Cool tampoco. Ahora solo nos toca (a nosotros) reflexionar. Dudar de lo que cuesta la vida de una persona. Lo que cuesta el nombre de una persona. La diferencia entre ser Pedro, un obrero, o un famoso. Incluso durante la muerte. Lo que cuesta morir solo por entretenerse. Lo que cuesta la vida de alguien que tan solo buscaba tu placer.

Aun así, todavía me queda una duda: Si los fastos no se cancelaron por motivos de seguridad, para evitar atropellamientos, ¿qué hubiera pasado en una situación de emergencia? Me gustaría pensar que sí. Que la muerte nos une a todos. Que la música seguiría sonando, fueran los muertos que fuesen. Que la música seguiría sonando, como en el hundimiento del Titanic, hasta el final. Pero no así. Si el mundo sigue girando y nosotros seguimos bailando, sea quien sea el fallecido, que tampoco se pare el mundo cuando muera un presidente del gobierno o un premio Nobel de la Paz. Si todos somos iguales, si la música no para por nadie, y tampoco por Pedro, que se eliminen los minutos de silencio en pos de altas figuras.

Pedro. Se llamaba Pedro. Murió trabajando. Por divertirte. Y hoy seguiremos bailando. Pero no olvidando. Para mí, al menos, se terminó el Mad Cool.

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