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Atención de la salud para todos: una cuestión de vida o muerte

“Maten al proyecto de ley, no a nosotros”, coreaban los manifestantes en el Capitolio el miércoles, para expresar su oposición al controvertido proyecto de ley de reforma del sistema de salud del Senado. El presidente Donald Trump y sus aliados republicanos del Congreso están decididos a derogar la Ley de Cuidado de la Salud a Bajo Precio (también conocida como Obamacare), a pesar de que el proyecto de ley mediante el cual la derogarían cuenta con muy poco apoyo a nivel nacional (según una encuesta reciente, su índice de aprobación es de apenas un 17%) y dejará a decenas de millones de estadounidenses sin atención a la salud. Un nuevo estudio prevé que dejar a tantas personas sin seguro de salud provocaría la muerte de 29.000 estadounidenses más al año. De modo que, cuando muchos de estos manifestantes piden a los senadores que no los maten, están hablando en serio.

La doctora Steffie Woolhandler es médica general y cofundadora de Médicos por un Plan de Salud Nacional. Woolhandler, que ha sido una ferviente crítica de la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio, es coautora de un nuevo estudio —La relación entre la cobertura de la salud y la mortalidad: ¿es mortal carecer de seguro médico? (The Relationship of Health Insurance and Mortality: Is Lack of Insurance Deadly?)—, publicado en los Anales de Medicina Interna. La doctora Woolhandler nos dijo en el noticiero de Democracy Now!: “Examinamos la literatura científica mundial para estudiar la relación entre la cobertura de la salud y la mortalidad. Hay realmente consenso científico en la actualidad con respecto a que carecer de seguro médico aumenta el índice de mortalidad”.

Al igual que sucede con el cambio climático, los políticos republicanos nos dicen que no hagamos caso a la ciencia. Raúl Labrador, congresista republicano de Idaho, fue interrogado durante un cabildo abierto el mes pasado acerca del motivo por el cual apoya los recortes a Medicaid, que dejarán a muchas personas sin cobertura médica y, en algunos casos, provocarán la muerte: “Nadie quiere que haya muertes. Es evidente. Ese argumento es indefendible. Nadie muere por no tener acceso a un seguro de salud”.

La doctora Woolhandler respondió: “El senador Ted Cruz ha dicho eso. Marco Rubio ha dicho eso. El secretario Tom Price, secretario de Servicios Humanos y de Salud, ha dado a entender que no pasa nada si se carece de un seguro de salud. Eso no es cierto. La ciencia nos está demostrando que las personas que no tienen cobertura de salud no reciben la atención médica que necesitan para estar sanas y, en consecuencia, esas personas mueren antes”.

La doctora Steffie Woolhandler apoya el sistema de salud de pagador único, también llamado “Medicare para todos”, en referencia al inmensamente popular plan de salud financiado por los impuestos de los contribuyentes que brinda cobertura de salud a todos los adultos mayores de 65 años y a las personas con discapacidad crónica. Woolhandler explicó cómo funciona ese sistema: “Cada persona tendría una tarjeta de Medicare desde el día de su nacimiento y durante toda su vida. Toda la atención médica necesaria estaría cubierta por un plan financiado mediante impuestos llamado Medicare para todos. Sería mucho más barato a largo plazo porque se ahorra mucho dinero de gastos administrativos. La facturación y la inscripción en el seguro de salud es un proceso extremadamente costoso en Estados Unidos. Según nuestra investigación, representa un 31% del gasto total de la salud. Al optar por un sistema de pagador único, se podría ahorrar alrededor de la mitad de ese costo, unos 500.000 millones de dólares al año, que se utilizarían en lograr atención de la salud universal y eliminar los copagos y deducibles a las personas que ahora deben abonarlos”.

En muchas partes del mundo existen sistemas similares, que funcionan perfectamente bien: “Gran parte de Europa Occidental tiene sistemas de pagador único que cubren a todas las personas. Viven dos años más. Pagan menos por la salud que nosotros. No tener seguro es malo para la salud, puede provocar la muerte. Y tener cobertura total para todos los cuidados de salud necesarios, como ocurriría con Medicare para todos, haría que la gente sea más saludable y prolongaría sus vidas”.

El representante demócrata de Michigan John Conyers presentó el proyecto de ley H.R. 676 o Ley por un Medicare más amplio y mejorado para todos. El proyecto de ley obtuvo un número inesperado de coauspiciantes: 113 legisladores (todos demócratas) lo apoyan. El senador Bernie Sanders está elaborando un proyecto de ley similar en el Senado, y la senadora de Massachusetts Elizabeth Warren acaba de decir al Wall Street Journal: “Ya es hora de dar el siguiente paso. Y el siguiente paso es el sistema de pagador único”.

Mientras en los medios se mencionan las protestas en el Capitolio o en las oficinas de los senadores Mitch McConnell, Cory Gardner y otros, y las dramáticas imágenes de ocupaciones de oficinas y arrestos logran un poco de atención de los medios, ¿dónde están las voces de los manifestantes? Muy rara vez se los invita a los estudios de televisión para que expliquen por qué están dispuestos a ser arrestados. En cambio, las cadenas de noticias recurren al mismo círculo de comentaristas que saben muy poco sobre muchas cosas y se centran únicamente en la división entre demócratas y republicanos en el Congreso.

Una nueva encuesta realizada por NPR/PBS NewsHour/Marist concluyó que apenas el 17% de la población apoya el proyecto de ley del Senado. Si se lo compara con el sistema de pagador único, que no recibe casi cobertura en los medios, este último tiene más apoyo. El Pew Research Center publicó un informe esta semana en el que se afirma que un 33% de los encuestados ahora está a favor del sistema de pagador único, un aumento del 12% frente a 2014.

Los medios de comunicación no deberían tomar partido en los partidos, sino que deberían limitarse a presentar las noticias. Necesitamos medios de comunicación que constituyan un cuarto poder, y no que apoyen al poder del Estado. Necesitamos medios de radiodifusión que incluyan una diversidad de voces, incluidos aquellos que defienden el sistema de salud de pagador único. Como han demostrado la doctora Steffie Woolhandler y sus colegas, es una cuestión de vida o muerte.


© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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Betsy DeVos: agenda, métodos y trayectoria de la élite conservadora

Betsy DeVos junto a Donald Trump I La Marea

Todos los altos cargos nombrados por el presidente de los Estados Unidos necesitan pasar una audiencia pública y una votación en el Senado antes de ser investidos, incluidos los secretarios, el equivalente de nuestros ministros. Betsy DeVos, nacida en Holland (Michigan), en 1958 y propuesta para secretaria de Educación, se sometió a las preguntas de los senadores a finales de enero con resultados desastrosos. Parecía que las previsiones más agoreras que señalaban la absoluta inexperiencia de la candidata al puesto se cumplieron: confusión en las cifras, en los conceptos y titubeos constantes en cada intervención. El ridículo llegó con la respuesta sobre cuál era su posición acerca del control de armas en las escuelas, a lo que DeVos contestó que podrían hacer falta para defenderse de posibles ataques de osos grizzlies. La votación de confirmación, el pasado 7 de febrero, dio un inusual empate, donde incluso dos republicanos se posicionaron en contra, lo que hizo indispensable el voto de calidad del vicepresidente, Mike Pence, para lograr aprobar el nombramiento.

Esta historia podría ser una más de la larga lista de acontecimientos insólitos que están acompañando el inicio de la administración Trump. Betsy DeVos da el aspecto de ser una de esas presentadoras de canales temáticos encargadas de conducir un programa de decoración en bodas, experta en la confección de cisnes con servilletas y adornos florales en las pérgolas de pega donde los novios se dan el sí quiero. Sin embargo, DeVos es posiblemente una de las mujeres más ricas, poderosas e influyentes de la Norteamérica de los últimos veinte años y su nombramiento trasciende la anécdota excéntrica que siempre parece acompañar al nuevo presidente. Lo interesante de este relato es la extraordinaria descripción que hace de la actual política de Estados Unidos y, sobre todo, del tipo de personajes que accionan los resortes del poder.

Dinastías, tulipanes y depravación total

La nueva secretaria de Educación, de nombre de soltera Elisabeth Dee Prince, es hija del que fue uno de los hombres más ricos de Michigan, Edgar Prince, el cual hizo su fortuna al calor de la todopoderosa industria del automóvil. El padre de Betsy era también conocido por ser un gran filántropo, concretamente financiando organizaciones ultraconservadoras como la Family Research Council, lobby cristiano dedicado a promover campañas contra el divorcio, el aborto, la investigación de células madre y los derechos de las personas LGTB.

Su hermano menor, Erik Prince, fue el fundador de BlackWater, la compañía de seguridad —realmente un ejército privado— que facturó al gobierno de los EEUU unos 2.000 millones de dólares en el periodo 1997-2010, especialmente con las campañas de Iraq y Afganistán. Erik abandonó la empresa tras la investigación de la masacre de Nisour, donde efectivos de esta fuerza paramilitar asesinaron a 17 civiles desarmados en Bagdad. En el juicio federal algunos de sus subordinados acusaron a Erik Prince de creerse un cruzado y de instigar en los mercenarios de la compañía un sentimiento de guerra santa y supremacismo cristiano. Actualmente el hermano de la nueva consejera de Educación es asesor de la administración Trump en temas de seguridad y defensa.

Betsy contrajo matrimonio en 1979 con Dick DeVos, hijo de otro multimillonario, Richard DeVos, cofundador de Amway y propietario de varios clubs deportivos, entre ellos los Orlando Magic de la NBA. Amway, que comenzó como una fábrica de jabones, pasó a convertirse en una multinacional aplicando un esquema de negocio similar al de una estafa piramidal, donde los vendedores-distribuidores necesitaban incluir a familiares y amigos en su red de ventas para lograr obtener beneficios con los productos de limpieza y cosmética que la empresa les facturaba. Richard DeVos aparecía como un predicador en las reuniones multitudinarias de captación, hablando de las virtudes del libre mercado, de Dios y de América y ocultando alguna multa millonaria del gobierno de Canadá por falsificación de aranceles. Con el matrimonio se consumó algo más que una historia de amor, se llevó a cabo la unión dinástica de las dos familias más poderosas de EEUU al estilo de los pactos de sangre medievales.

Los Prince y los DeVos procedían no sólo del mismo Estado y pertenecían a la misma clase social, sino que compartían un estrato muy concreto, el de los descendientes de colonos holandeses. Además de, imaginamos, su gusto por los tulipanes, ambos pertenecían a la Iglesia Reformada de América, una pequeña pero influyente confesión calvinista que siempre se caracterizó por cuidar y formar a los hijos de su reducida y elitista comunidad. Betsy DeVos cita, de hecho, entre sus influencias decisivas, el pensamiento de Abraham Kuyper, un político y religioso de los Países Bajos que se distinguió por su rigorismo y por fundar en el siglo XIX el peculiar Partido Anti-Revolucionario.

El calvinismo, además de justificar la usura y el beneficio, tiene un programa de cinco puntos entre los cuales se encuentran la depravación total y la expiación limitada. El primero viene a decir que el ser humano está corrompido por su naturaleza originaria y que el pecado mancha cada una de sus facultades y de sus actos. Solamente la fe puede aminorar el efecto pernicioso de un ser humano condenado de antemano, pero ni siquiera salvarle, ya que la única expiación posible es la que nos otorgó Dios mediante el sacrificio de Jesucristo. La diferencia es que esta redención, consideran los calvinistas, no fue dada a todo el género humano sino a un grupo muy particular, es decir, ellos.

Betsy y Dick DeVos tenían el respaldo de sus dinastías, posición social, dinero —todo el que quisieran— pero algo aún más importante, tenían a Dios de su parte. Su entrada en política era cuestión de tiempo.

Shadow state party (un juego de maniobras espectrales)

Todos los articulistas, incluidos los españoles, andan locos con el populismo, una especie de comodín que sirve, cual calvinistas aficionados, para expiar al proyecto neoliberal globalizador de los monstruos que ha engendrado y que, paradójicamente, parecen querer acabar con él. Aunque quizá, esto del populismo no es ningún invento actual.

En 1994, Betsy DeVos escribió una columna en The Detroit News para apoyar la candidatura del senador republicano Spencer Abraham. En ella, la actual consejera de Educación decía que la misión de los conservadores debía ser la de defender los valores judeocristianos atacados por las élites, abolir los injustos privilegios del Estado del bienestar y poner los derechos de las vacas sagradas de Washington sobre la mesa. Millonarios que vienen a redimirnos de los malvados burócratas, no sé si les suena.

Los DeVos son unos de los megadonantes del GOP (Grand Old Party, como pseudónimo del Partido Republicano) junto con otros multimillonarios como los hermanos Koch (negocios petroleros) o Sheldon Adelson (al que por aquí recordamos de Eurovegas). Se estima que la familia DeVos ha donado al Partido Republicano unos 200 millones de dólares en las dos últimas décadas. En 1997, Betsy DeVos, al ser preguntada si su familia donaba tal cantidad de dinero al GOP para obtener un trato de favor, respondió que había decidido dejar de tomarse como una ofensa tales acusaciones: “Ahora simplemente lo admito. Están en lo correcto. Esperamos fomentar una filosofía de gobierno conservadora consistente en un gobierno limitado y en el respeto por las virtudes americanas tradicionales. Esperamos un retorno de nuestra inversión”.

Los DeVos, además, cuentan con una nutrida red de ONG, institutos y think tanks al servicio de su cruzada. Una de las más importantes es el Acton Institute, organización encargada de difundir un ideario iluminado entre el radicalismo de libre mercado y el fanatismo religioso. A raíz de su nombramiento como secretaria de Educación, varios artículos y estudios publicados por el Acton tomaron relevancia pública. En uno de ellos titulado Work is a gift our kids can handle (El trabajo es un regalo del que nuestros chicos se pueden encargar), se defendían las virtudes del trabajo infantil, considerando que la educación pública obligatoria hasta los 16 años era una pérdida de tiempo para muchos escolares, que caían en el aburrimiento y de ahí en la delincuencia, por culpa de la intolerable imposición estatal. El trabajo infantil, explicaban, forjó en otras épocas a generaciones de jóvenes que por su posición no podían aspirar a mucho más, pero que al menos obtenían el firme valor norteamericano de la superación. En otro escrito titulado Justice, Torah y minimum wage (Justicia, Torah y sueldo mínimo), el instituto hacía un repaso a través del Antiguo Testamento del concepto de justicia social, afirmando que la visión actual era una perversión de la bíblica, ya que trataba a capaces e incapaces por igual, lo que era un insulto a los que se esforzaban y un aplauso al demérito de los que esperaban los subsidios. Las leyes laborales entendidas no solo como una coerción a la libre empresa, sino a Dios.

La homosexualidad es otro de los epígrafes preferidos de los DeVos. Junto a las cuantiosas donaciones al ya citado Family Research Center, de la que Betsy fue vicepresidenta, son cercanos a Focus on the Family, una organización que presume de disponer de terapias para curar la homosexualidad, además de contar con un observatorio que vigila lo que ellos consideran una perniciosa infiltración de la ideología de género y LGTB en la escuela pública. El documental For the Bible tells me so (Porque la Biblia me lo dice), premiado en diferentes festivales de cine independiente, recoge una multitud de casos de jóvenes que se han suicidado tras someterse a los tratamientos de esta organización a la que los DeVos han donado algo más de cinco millones de dólares.

Dick Devos hizo su incursión en el mundo literario escribiendo uno de los libros más vendidos en Estados Unidos en 1998, Rediscovering American Values (Redescubriendo los valores americanos) que contó con el prólogo del expresidente Gerald Ford, amigo personal de su padre. Incluso el matrimonio produjo en 2012 un musical en Broadway, donde se narraba la vida de una evangelista de principios de siglo XX. Su editorial, 3rd Century Publisher, tiene como misión estrechar los lazos entre la cristiandad y el libre mercado. Las creación artística y literaria también al servicio de su ideario donde el patriotismo, la política y la religión son un todo inseparable.

Grand Rapids, la ciudad natal de los DeVos y la segunda más grande del Estado de Michigan, puede decirse que les pertenece. Universidades, hospitales, parques y museos o bien llevan su nombre o bien están indirectamente controlados por ellos. Richard DeVos, ya retirado a sus 91 años, ha contado en alguna ocasión que la familia tiene una organización interna, donde, a partir de los 25 años, los benjamines entran en el consejo —tras una ceremonia previa— para participar en las decisiones del clan.

En el año 2006, el matrimonio DeVos cometió uno de los pocos errores que se les pueden achacar al saltar a primera línea de la política. Abandonaron su cómoda posición en la que ejercían el poder tras las bambalinas, su partido en la sombra, para presentar a Dick como candidato a gobernador y evitar un segundo mandato de la demócrata Jennifer Granholm. La campaña fue una de las más caras registradas, dejándose unos 35 millones de dólares en el intento. El resultado fue desastroso. Los DeVos, que forman más que un matrimonio una unidad de destino, perdieron por 14 puntos. En el discurso de aceptación de la derrota, el candidato dio una de las claves para entender su estrategia habitual: “Si no vamos a ser capaces de servir de esta manera, estamos ansiosos por encontrar la forma en que sí podamos”.

En 2012, seis años después, Michigan aprobaba el acta Right to work, una ley contra los sindicatos y la negociación colectiva, algo que ningún gobernador, ni siquiera republicano, se hubiera atrevido a hacer en el bastión de la organización obrera norteamericana. La razón es que tenían aún más miedo a enfrentarse a los DeVos, dueños del partido en la sombra e impulsores de la medida.

La batalla por la educación y el reino de los cielos

Trump está siendo implacable con sus enemigos. En especial contra los de su propio partido. La foto de la cena con Mitt Romney es ilustrativa. Mientras que su rival en las primarias republicanas esboza una media sonrisa, entre la tristeza y el miedo, el entonces presidente electo mira a cámara con expresión mefistofélica. Hasta la luz parece elegida para resaltar el momento de humillación. Esto hace aún más peculiar el nombramiento de Betsy DeVos, que hace un año dijo que Trump le parecía un intruso en el GOP. La diferencia, posiblemente, es que mientras que Romney era un candidato, DeVos es quien elige a los candidatos. El entendimiento se hacía necesario. Además Trump y Betsy DeVos coinciden en una obsesión declarada, el acabar con la educación pública.

Pero para ver el recorrido de las leyes que han cambiado gran parte de las políticas educativas de algunos Estados y que prometen ahora hacerlo a nivel federal hay que retroceder unos cuantos años, hasta principios de los 90, cuando el republicano John Engler puso fin a un gobierno demócrata en el tradicional feudo azul de Michigan. En 1993 dio un giro inédito al erradicar impuestos sobre la propiedad con los que se financiaban las escuelas públicas. Introdujo a su vez las charter schools, similares a nuestras escuelas concertadas, aunque en un número limitado y bajo supervisión pública. ¿Quién fue la impulsora de aquella medida? Betsy DeVos.

Por aquel entonces Betsy era percibida dentro del Partido Republicano como la cuota necesaria para compensar las ayudas de su familia paterna y política, una observadora aún neófita. Sin embargo, a instancias del Gobernador, ascendió pronto en la estructura, llegando a presidenta del GOP de Michigan en 1996. La cuestión es que Betsy tenía unos planes mayores que ser una rubber stamp, una figura decorativa con poder virtual pero sin ninguno efectivo. Pronto saltaron las alarmas cuando empezó a considerar las órdenes internas del Gobernador como meras sugerencias. Si ella era la presidenta del partido lo era para algo.

En el 2000 propuso la introducción de los school vouchers, o cheques escolares, una forma encubierta de financiar con dinero público las escuelas privadas o religiosas (algo prohibido por la Constitución de EEUU). Ante la negativa de Engler, que era republicano, pero se sabía en un Estado de espíritu demócrata, DeVos dimitió de la presidencia del partido por sorpresa. “Somos una fuerza política con nuestra propia agenda, os guste o no”, dijo DeVos a los líderes más cercanos.

En apenas un año, DeVos había creado varias fundaciones para extender su proyecto, recabando apoyos de empresas como Walmart y, por supuesto, de su propia familia. El GLEP (Great Lakes Education Project) movía más dinero para hacer campaña por los cheques escolares que todas las asociaciones nacionales en defensa de la escuela pública. A pesar de eso, la reforma fue rechazada por un aplastante 69% de los votos. No fue una derrota, fue el inicio de un camino para una idea entonces no trabajada en el imaginario social.

Los DeVos no inventaron nada, tan solo recogieron los apuntes en educación que dejaron teóricos del libre mercado como Friedman o Hayek. El ataque a la educación pública tendría un carácter religioso, ya que se consideraría que había alejado del centro de las comunidades las enseñanzas bíblicas con su laicismo —uno político, por coartar el Estado la libre elección de los individuos en la educación de sus hijos y uno económico, ya que consideraría a la educación controlada por el gobierno como un monopolio que debía ser desmontado—.

La presentación social utilizaría el eufemismo de la libre elección y trasladaría al público una narrativa donde la proliferación de ofertas privadas y concertadas elevaría el nivel educativo y reduciría las desigualdades al haber un amplio abanico de opciones. Además, a través de los cheques escolares, el dinero fluiría hacia donde los consumidores desearan, reduciendo la burocracia y fomentando la libre competencia entre instituciones educativas.

Las ideas patrocinadas por los DeVos, no sólo en Michigan sino en otros muchos Estados, han ido ganando terreno en la política de EEUU siendo implementadas en la práctica. Los resultados, como suele pasar con todas las iniciativas propuestas por los defensores del libre mercado, han sido diametralmente opuestos a los prometidos. Aunque eso parece carecer de importancia una vez que la maquinaria comienza a andar.

La cuestión de fondo, nunca revelada, es que la privatización de la enseñanza no puede ser directa. Si una escuela pública se vendiera a una empresa privada sería deficitaria, puesto que la mayor parte de sus clientes, antes ciudadanos usuarios, no podrían pagar el precio para mantener el negocio obteniendo beneficios.

De ahí la insistencia en las escuelas concertadas, operadas en su mayor parte por empresas con ánimo de lucro, a las que les dan más o menos igual los resultados porque van a estar subvencionadas por el dinero de todos. Según las estadísticas, en el Estado de Michigan los resultados no son mejores en las escuelas concertadas que en las públicas. Sin embargo, mientras que estas tienen que pasar una supervisión educativa, las charter schools han sido eximidas progresivamente de estos controles. El resultado es que los estándares educativos se han reducido sustancialmente, apareciendo incluso muchas con programas religiosos no científicos bajo algún tipo de camuflaje.

Los cheques educativos solo vienen a empeorar la situación. Jonathan Kozol, un prestigioso educador estadounidense, los ha calificado como “la idea más peligrosa que ha entrado en el discurso de la educación”. Los cheques se han demostrado como una forma de aumentar las desigualdades. En Luisiana, de 380.000 estudiantes de las escuelas más desfavorecidas sólo 5.000 los solicitaron: la razón fue el desconocimiento premeditado de estos programas para quien dicen ir dirigidos. En Arizona, el 76% de los cheques fueron para estudiantes que ya estaban en escuelas privadas. Es decir, las cifras muestran que se sustrae dinero de la educación pública para subvencionar indirectamente a quien menos lo necesita.

La distribución impositiva, de hecho, pasa a ser más injusta, ya que el dinero no va a escuelas públicas que tienen la obligación de admitir a cualquier alumno, independientemente de su origen o problemas sociales, dando una oportunidad para reducir la brecha de clase, sino que al depender de la voluntad individual acaban fomentando escuelas que, de facto, aplican segregación. No pueden hacerlo, en teoría, legalmente, pero los cheques educativos nunca son suficientes para cubrir el precio de una elitista escuela privada. Por otro lado, reducen la democratización en los colegios, ya que mientras que las instituciones públicas tienen la obligación de rendir cuentas a través de los consejos escolares, las concertadas y privadas son mucho más opacas en su gestión. Por último, la competencia no se produce entre instituciones educativas, sino entre los padres, por obtener acceso a los programas de cheques y huir, en el caso de poder permitírselo, a escuelas mínimamente superiores donde alumnos con menos posibilidades ya no van a poder llegar. La ayuda no es tal, sino una forma encubierta de financiación pública de las empresas y una vía para extraer una nueva parte de su salario a aquellos que nunca pensaron en tener que acudir a la educación privada.

Dieciséis años después, los DeVos no solo han conseguido extender sus ideas a una gran parte de su país, sino demostrar un exitoso modelo de influencia en la administración pública mediante la cobertura de organizaciones en apariencia desinteresadas, las donaciones millonarias a los políticos concretos y la perversión de los cauces participativos como herramientas de puesta en marcha de su agenda. A raíz de la filtración de una grabación se ha sabido que en 2001, en una convención para cristianos de clase alta llamada The Gathering, los DeVos compararon la importancia de su proyecto educativo con las batallas bíblicas que se daban en el Sefelá, las tierras de las colinas de Judea, entre el pueblo elegido y los filisteos. Y advirtieron a la audiencia de que su reforma contra la educación pública era una pieza esencial para el avance del reino de Dios.

A día de hoy, con Betsy Devos dirigiendo la secretaría federal de Educación, están más cerca que nunca de ganar esa batalla.

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