No te necesito para nada, macho

El cine de la alemana Margarethe von Trotta ha destacado siempre por dos cosas: su densidad política y su feminidad. En su última película, Olvídate de Nick, que llega este viernes a los cines, se aleja un tanto (aunque solo aparentemente) de la primera cualidad. De la segunda, no. Las mujeres han sido siempre las protagonistas de su cine y lo siguen siendo. Esta vez elige el género de la comedia, algo realmente extraño en su filmografía, para seguir explorando su tema predilecto: la difícil libertad de las mujeres.

Olvídate de Nick narra la disputa de dos mujeres por el pisazo neoyorquino que el forradísimo exmarido de ambas les deja en propiedad. A las dos. Mientras intentan rehacer su vida, Jade y Maria deberán compatir el piso en contra de su voluntad, lo que dará pie a multitud de situaciones ruines aunque cómicas, un poco al estilo de La extraña pareja, de Neil Simon. Tras esta historia de disputas domésticas Von Trotta esconde el análisis de un pecado social muy extendido: la insufrible manía de juzgar a las mujeres según el hombre que las acompaña.

Ella siempre se resistió a ser simplemente “la esposa de Volker Schlöndorff”, uno de los grandes nombres del Nuevo Cine Alemán, y desarrolló su propia carrera (colaborando a menudo e influyendo casi siempre en la obra de su marido; no olvidemos que Schlöndorff fue, por ejemplo, el primer adaptador de El cuento de la doncella, de Margaret Atwood, en 1990). En Olvídate de Nick, Jade (el personaje interpretado por Ingrid Bolsø Berdal) es una exmodelo que, cerca de los 40 años, se reinventa como diseñadora de moda. Pero cuando su marido (el Nick del título) la abandona por otra modelo más joven, cree que su vida se derrumba: su futuro, su negocio, sus sueños, todo estaba supeditado al dinero de él. Von Trotta nos brinda aquí una versión de género del fenómeno de la acumulación de capital enunciado por Marx: los hombres tienen la pasta y deciden el futuro de las mujeres, principalmente el de sus esposas.

El tema de la subordinación femenina al relato social impuesto por los hombres ya estaba apuntado en la primera película de Von Trotta, El honor perdido de Katharina Blum (1975). Allí, una mujer es sometida a una campaña de calumnias en la prensa y a una cruel investigación policial por el hecho de haber pasado una sola noche de amor fugaz con un hombre que resulta ser un presunto terrorista. ¿No pueden las mujeres ser juzgadas por lo que son en sí mismas? ¿Tienen siempre que ser definidas en función del varón que tienen más cerca, sea este padre, hermano, amante o esposo?

Pero Olvídate de Nick es una comedia y la crítica de su directora abarca temas más frívolos, aunque lo son solo en apariencia. Por ejemplo, algunas de las más lúcidas reflexiones contenidas en el filme surgen en el atelier en el que Jade crea sus diseños: ¿quién ha decidido que las mujeres maduras deben vestirse con telas amplias y amorfas de colores neutros? ¿Por qué deben desaparecer? ¿Por qué deben convertirse, estéticamente hablando y según sus propias palabras, en “fantasmas”? La película no es solo una reivindicación sobre la necesidad deshacerse del yugo masculino en las relaciones personales sino sobre la obligación moral de hacer saltar el canon estético por los aires.

Jade se alimenta a base de batidos energéticos, apenas come otra cosa que soja, quinoa y frutos secos, y mantiene una encarnizada lucha con la báscula. Una lucha antinatural y dolorosa que le hace odiar sus propios placeres, uno de los cuales es llenarse la boca con el delicioso apfelstrudel que prepara Maria (interpretada por la grandísima Katja Riemann), la primera esposa de su ex. La cocina será el territorio de la tregua entre ambas, y allí, en un espacio consagrado al goce más primario, darán el primer paso hacia su liberación. Esta premisa escénica nos remite inevitablemente a otro hito del feminismo audiovisual, a la mítica serie (adelantada a su tiempo y nunca suficientemente loada) de Las chicas de oro (1985-1992).

En Olvídate de Nick sorprende ante todo el cambio de registro de su directora, acostumbrada a rodar dramas con un manifiesto componente político. En 1986 llevó a la gran pantalla las ideas de Rosa Luxemburgo y la trágica historia de la Liga Espartaquista, pero sin duda su trabajo más aplaudido recientemente ha sido Hannah Arendt (2012). Allí logró algo dificilísimo de hacer en una película: sintetizar y hacer accesible al gran público Eichmann en Jerusalén, la polémica obra en la que la filósofa de origen judío exponía su teoría sobre “la banalización del mal”. De hecho, ese mismo concepto se había banalizado con el tiempo y Von Trotta contribuyó a recuperar su brillo y su complejidad. Intentar pintar el retrato de una mujer superdotada en lo intelectual, hostigada por sus colegas académicos, incomprendida por los que sobrevivieron (como ella misma) al Holocausto, y hacerlo evitando el cliché, sin escamotear sus contradicciones y trasladando al espectador un pensamiento sofisticado, está alcance de muy pocos. Olvídate de Nick puede que sea una comedia, sí, pero poca broma con Margarethe.

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