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Niño de Elche: “La palabra revolución se ha banalizado de una forma brutal”

Francisco Contreras, el 'Niño de Elche'. Foto: Bruno Galindo.

BRUNO GALINDO // La Marea se citó hace una semana con Niño de Elche en Las Palmas unas horas antes de la actuación del artista alicantino en el felizmente renacido Festival Womad. Siete días más tarde —los que ha necesitado el que escribe para pasar a limpio esta entrevista y atender otras cotidianeidades laborales—, a Francisco Contreras le ha dado tiempo a ofrecer un explosivo concierto junto a músicos de Pony Bravo en la capital canaria, además de su función 7 lunas en Girona (con la bailarina y coreógrafa María Muñoz), tres conciertos junto a Exquirla (Madrid, Barcelona y Valencia) y no sabemos si algún espectáculo más. La pregunta que se hace este periodista es qué está haciendo con su tiempo. Las preguntas que le hace al más prolífico artista de la escena musical española son estas:

Estamos en el Womad. ¿Cómo te llevas con la idea de multiculturalidad?

Me llevo bastante mal con la etiqueta world music, que, como diría el filósofo, es la etiqueta más representativa de la lógica cultural de la socialdemocracia imperante. Se vende como raíz, y yo la raíz la entiendo como radicalización de las prácticas. El multiculturalismo desde la lógica occidental no es multiculturalismo.

¿Y qué es radical hoy?

No depende de la práctica en sí sino del contexto. Tendríamos que ir a cosas concretas. Yo sé que el multiculturalismo no es radical porque no transita los espacios fuera de la lógica de los consensos. No crea las tensiones políticas y socioculturales que a mí me interesan y que creo que las prácticas artísticas deben generar.

¿Qué te interesa en un momento tan interesante como el actual?

La gente que tiene un pensamiento crítico capaz de desplazarse de las polaridades de los debates, de las prácticas. La gente que es capaz de entrar en un gris no cómodo, cambiante, que es capaz de cuestionarse a sí misma o a los suyos, que es capaz de derribar su trono y crear otro, o simplemente derribarlo. Todo eso se puede traducir en mil cosas: un libro, una pintura, una conversación.

En el momento actual, ¿las soluciones pasan exclusivamente por lo político?

El gran conflicto está en que no sabemos qué soluciones puede haber porque no sabemos cual es el problema. Para mí es el pensamiento crítico. Incluso en el 15-M, que ha sido el momento con más luz. Hablo del pensamiento crítico desde una perspectiva liberadora, como avance, no un pensamiento criticón que lo que hace es bloquear, como la filosofía de las ideologías más viejas.

Hace unos años hay cierta tendencia colectiva a no querer ser encasillados. Ahora, al contrario, parece haber una tendencia a dejar muy claro de qué vamos todos.

Yo creo que son mecanismos de defensa. Las etiquetas siempre lo son. Y van muy en contra de lo que pueden ser las formas de relación en el siglo XXI; el común y estas otras cosas de las que tanto se hablan. Entramos en el territorio de la definición. Decía Gustavo Bueno: “defínanse para comenzar a hablar”. Muchas veces el problema no es tanto la definición en sí sino cómo tú te acercas a una definición; si es monolítica estamos perdidos. El problema es que hoy en día se pide esa definición como posicionamiento. En todo ámbito. Hoy en día la definición se entiende como algo con mucho peso y de lo que es muy difícil salir. Es difícil definirte y dar a entender que esa definición puede ser muy pasajera. Por eso a mí me cuesta definirme en según qué campos.

Hazlo en todo caso, como pedía Gustavo Bueno.

Yo utilizo el prefijo ex, que me permite decir qué he sido en un momento en que ya no sé exactamente lo que soy. Utilizarlo me permite jugar a eso. Porque esto es un juego al final. Supongo que la definición más auténtica está un poco en la escucha personal.

¿Cómo te posicionas ante las decisiones artísticas? ¿Eres más intuitivo o lo tienes más pensado?

Antes era más intuitivo, ahora me lo pienso un poco. El proceso de darle forma ha cambiado, sería muy idiota por mi parte seguir con una misma fórmula cuando todo cambia.

¿Cómo te manejas con tantos frentes abiertos? ¿No te divide, no te dispersa?

No, porque son muchos frentes abiertos pero con bastantes más nexos de lo que parece. No me supone ninguna esquizofrenia. Al revés, yo creo que todo eso se retroalimenta. Así es como yo lo vivo. No sé hacer otra cosa ahora mismo.

¿Y qué ideas te rondan la cabeza?

He terminado con el nuevo disco, ‘Antología del cante heterodoxo’, que hice con Refree y Pedro G. Romero y que saldrá en marzo. Ese trabajo me va a llevar a terrenos insospechados porque esa antología funciona —al menos para mí— como un archivo, lo que hace que se abran campos hacia el mundo del libro, de la performance, del documental, de la remezcla… Creo que toda esa metamorfosis del archivo me acompañará durante mucho más tiempo de lo habitual con un disco. Aparte de eso, anhelos artísticos hay muchos. Hay proyectos sobre la mesa: performance, libros, una película…

Una de las ventajas de la multidisciplinariedad es que tienes contacto con públicos muy distintos. ¿Frente a cual te sientes más entendido?

Depende del proyecto. Cada vez estoy encontrando más público que va coincidiendo de un proyecto a otro, gente que tal vez va a los conciertos de Exquirla y que ha leído mi libro [‘No comparto los postres’, Bandaáparte 2016]. Eso también pertenece a este mundo del superar prejuicios, conocer lógicas de trabajo, aprender de cómo trabaja un performer o una banda de rock o de jazz, músicos que están en la improvisación libre o en la música barroca, filósofos o artistas de danza contemporánea… Todo eso va generando un conocimiento en mí que me gusta tener. Al final ves que no es todo tan diferente; está todo mucho más conectado. El mundo de la estética es lo que está demasiado enquistado, sobre todo en la música, donde existen categorías cerradas: el metal, el indie, el flamenco…

¿Notas que gustas o disgustas más a alguien a partir de tu posicionamiento político?

En la relación con los artistas hay gente que se queda solamente con una parte de tu discurso, con la que es cercana a su imaginario, a esa construcción del artista que le gusta, y no les interesa muchas veces ver las paradojas de ese discurso, sobre todo en lo político y en lo social, que es algo tan complejo. Sobre todo el último año, por mis lecturas y por la gente que conozco, he tenido un cambio filosófico y me he ido posicionando hacia un territorio muy indefinido políticamente, cosa que cae bastante mal, sobre todo en los sectores de la izquierda, que es de donde yo venía antes. Pero normalmente todas las cuestiones políticas que yo vomito en internet o en las revistas, me crean más amistades que enemistades.

¿Tienes partido al que votar?

No, yo ya dije que no votaré. Solamente voté a Podemos la última vez y me arrepiento. Ya lo dije claro en su universidad, y en un texto que publicó El Estado Mental: la abstención ha llamado a mi puerta y yo le he invitado a tomar el té.

¿Seguimos igual? ¿Hacia dónde crees que vamos?

Yo creo que la relación con la política no ha cambiado tanto, pero en lo social sí. Yo creo que el 15M dejó un poso muy importante, que la política no es capaz de derrocarlo, ni siquiera la aparición de Podemos. Hay otra sensibilidad.

Vivimos, con todas sus contradicciones, un proceso civilizatorio de la sociedad. ¿Afirmarías algo así?

Sin duda. Pese a que luego, en la política institucional, aparecen salvajadas. Ese delirio sociopolítico lo tenemos que aceptar en cierta forma. La historia nos enseña que lo mejor es canalizar esa esquizofrenia, y ver qué se puede generar a partir de eso, no buscar la pulcritud; todo esto de la sociedad civil comprometida es una utopía que al principio de los tiempos uno veía posible pero en la que después vas encontrando las grietas. Decía Pedro G. Romero: “yo no entiendo las posiciones políticas de esta gente que quiere una sociedad sin tensiones”.

¿Hay que reivindicar incluso (por supuesto que sin el menor ápice de violencia), esa tensión entre hombres y mujeres?

Sí, claro. No es una cuestión de que queramos o no: es que va a existir. Es aceptarlo y canalizarlo de la mejor forma posible, bajo la lucha contra la desigualdad y otras tantas concepciones.

¿Catalunya?

A mí me han criticado un montón porque soy bastante ácido, sobre todo en Twitter. Cuando te colocan en el mundo de la izquierda, en el sentido más clásico, se supone que tienes que ser cercano al derecho de autodeterminación de los pueblos. Pero claro, esa frase tan grandilocuente es tan compleja según la situación, ¿no? Todos mis amigos del mundo libertario catalán se hartan de decirme que el ‘procés’ es un movimiento popular que la derecha burguesa coge y explota… Pero claro, es un movimiento popular entre comillas, y creo que es una idea, sobre todo en los últimos tiempos, generada desde los partidos políticos. Existía lógicamente la concepción de la independencia, pero no a unos extremos tan delirantes. Y sobre todo, siendo pragmáticos, se da la paradoja de que el régimen del 78 —y esta es la excusa de estos amigos de la izquierda más radical para apoyar el ‘procés’ porque decían que era la única oportunidad de derrocarlo—está saliendo victorioso y reforzado, sin duda.

Creo que nos traicionan muchísimo estas ganas de vivir una revolución. Y así suceden cosas como el faltar el respeto a nivel dialéctico a los oprimidos. Eso ha sido lo que más me ha enfadado: la falta de respeto, sobre todo de gente que tiene o tenía conciencia de lo que suponen las palabras preso político y pueblo oprimido, la palabras pueblo y movimiento popular… La palabra revolución se ha banalizado de una forma brutal que no nos va a hacer ningún favor. Eso por un lado.

Por otra parte, yo nunca voy a ir a un proceso —por muy estrategas que podamos ser—, de la mano de gente como los convergentes, con parte de Esquerra Republicana y con toda la CUP por supuesto, que no están en ni la onda que a mí me gustaría ni serían compañeros de viaje. Y claro, cuando pones en interrogante que un proceso de la mano de esta peña nunca puede llegar a buen puerto para los fines sociales del común, y ellos piensan que estás defendiendo la unidad de España desde una perspectiva nacional-católica… Pues uno no puede hacer mucho más, ¿no?

Después estaría el debate de lo que supone una nación y lo que supone un Estado. Y ahí hay que tener las alternativas a la debacle. Como decía Anguita: vale, yo quiero romper esto, pero necesito tener una alternativa, y no hay ninguna alternativa. Y yo, por divertirme un rato, digo que no hay nada más español que el independentismo catalán, porque los partidos políticos están trabajando en la lógica marcada por el régimen del 78. Y el sistema representativo igual. Y la lógica económica y social, igual. He estado un mes en Barcelona y creo que hasta el movimiento de izquierdas más radical se deja llevar por el romanticismo de vivir una revolución y haber estado ahí sin pensar más allá. Creo que al final es una derrota para todos.

¿Viviremos la revolución?

No (risas). Dios no lo quiera, como decía aquel, porque las revoluciones te pueden salir por cualquier sitio.

Dentro de esa hipótesis de que estamos en procesos civilizatorios y también en sus peores retrocesos, ¿está ganando la revolución o la involución?

La revolución estaría muy interesante si la viéramos desde una perspectiva personal, del sujeto. Y en pequeñas comunidades. El revolucionado es uno mismo, como decían los místicos. Pero eso es igual de abstracto que decir otra cosa. También revolucionarse uno mismo puede ser un pequeño desplazamiento. En este estado de cosas cualquier pequeño desplazamiento para mí es una revolución. Un territorio ganado. Superar prejuicios, aprender de las zonas grises… Todo eso para mí pertenece a la revolución más cercana, la que podemos tocar.

¿A ti qué te cambió la vida? ¿Qué te hizo dejar de ser el que eras y dedicarte al arte?

Hay bastante de dejarse llevar. Y eso ya es una revolución cuando eres una persona criada en el miedo, como he sido yo. Intentar hacer en tu vida cosas que te agraden es otro de los aprendizajes que más me revolucionaron. “El antídoto para superar los miedos es la libertad”. Cuando leí esa cita de Escohotado aluciné.

¿Qué te parece el momento actual de Antonio Escohotado?

Paradójico total. Está en dejarse querer por gente de ese ámbito que se identifica con sus posicionamientos económicos liberales, tan utópicos como los comunistas. Hace cinco años yo sería como esos imbéciles que dicen que es un facha. A mí él me encanta por su acidez y su forma de decir las cosas. Padece de cierta actitud rock star y de ese dejarse querer, pero es una mente superlúcida.

¿Qué opinas de su generación? Meto aquí a Arrabal, Dragó, Jodorowski…

Yo soy seguidor de ellos. Imagínate en el mundo animalista que yo diga que yo respeto profundamente a Dragó, te ponen verde (ríe). Pero me parece gente muy respetable, no solamente por su trayectoria, sino porque lo demuestran. Ese es uno de los problemas de esta supuesta izquierda, o de la derecha más conservadora: que no sabemos superar ese prejuicio. A mí me encantaría decir que Juan Manuel de Prada ha hecho malos programas de televisión, pero es que han sido de una categoría magnífica. Como los de Dragó, es incontestable. Pablo Iglesias lo ha intentado pero a una muy baja escala…

¿El qué?

Bueno, el trabajar con un pensamiento crítico abierto. Cuando llevó a Escohotado a su programa me pareció bien, se lo reconocí.

¿Pero ahí no había también un golpe de efecto rock star?

Sin duda. Claro.

¿Qué te parece el Pablo Iglesias actual?

Bueno, pues uno más. Un tío con bastante sentido común, que tiene ese carisma de la política, pero que cada vez lo va perdiendo más. Claro, con el tema de Cataluña, han titubeado bastante; incluso Ada Colau ha titubeado muchísimo con el asunto. Ahí demuestra que tenemos muchas cargas románticas y que aún no sabemos digerir según qué cuestiones.

Pero volviendo al tema de estos tipos, me parece de envidiar. Yo soy muy seguidor de ellos. El librepensamiento suena como un paraguas muy cool, pero bueno, esta cosa de prepararse… Yo de Escohotado en lo que he aprendido más es en eso de superar los prejuicios. Voy superando los miedos, pero no todos. Se van entrecruzando cosas que a priori no podían estar juntas. Este cuestionarte pertenece a mi práctica diaria. En algunas entrevistas he dicho: oye, te estoy diciendo una cosa y seguramente dentro de un mes opinaré otra cosa. A ti te digo lo mismo.

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Conversaciones sobre la poesía crítica en tiempos de espectacularización

El papel de la poesía ha sido la excusa para la conversación con dos de nuestros mayores divulgadores de poesía crítica. Antonio Orihuela, activista, articulista, ensayista y poeta integrante del movimiento poesía de la conciencia y coordinador del encuentro Voces del Extremo desde los años 90. Alberto García-Teresa, poeta, crítico e investigador. Autor de Disidentes. Antología de poetas críticos españoles (1990-2014) y Poesía de la conciencia crítica (1987-2011), pertenece a la asamblea editora de Caja de Resistencia, revista de poesía crítica. Ambos cuentan con una importante obra publicada, en solitario y en diversas antologías.

 ¿La poesía es un arma cargada de futuro o es sólo un verso más?

Antonio Orihuela (AO): Celaya se equivocaba, la poesía está cargada de presente. Palabras como futuro, esperanza, porvenir… siempre me han chirriado, me suenan al famoso ‘vuelva usted mañana’ de Larra, a jerga de banqueros buscando rentabilidad al bono a cinco años, a cosa muerta… Sólo tenemos el hoy para vivir, para actuar, para hacer y hacernos, también en poesía y con poesía…

 

Alberto García-Teresa (AGT): Lo importante es comprender que la poesía es una herramienta, que tiene una finalidad (aunque sea el goce estético, el juego literario o la introspección). Es fundamental analizar si, en este momento, determinados poemas están sirviendo para adormecer, para transmitir y asentar los valores del poder (elitistas, patriarcales, productivistas) o si son útiles como estímulo para el cuestionamiento de la realidad y para tratar de comprender nuestra sociedad.

Además de su papel lírico-estético-narrativo, ¿juega o debe jugar otro rol?

AO: Por sÍ sola, entendida como un esencialismo, la poesía no hace nada ni juega a nada, son los seres humanos los que hacen con ella, los que intervienen la realidad con ella. Aquí sí cobra sentido el papel que quiera asumir el poeta, tanto para que su discurso refuerce miradas y visiones del mundo sancionadas por la ideología dominante o para que su discurso desvele esas visiones, exponga las contradicciones y/o proponga otras visiones alternativas, autónomas, liberadoras… Y eso es ya una tarea de gigantes porque la ideología es ideología porque es invisible, porque se vive como sentido común, vida cotidiana, consenso, porque se confunde con la norma, lo normalizado, lo normal… Desde la poesía de la conciencia, desde el extremo crítico de lo poético, lo que siempre hemos defendido es que la poesía debe ayudarnos a construir un pensamiento antihegemónico y, en la misma medida, a proponer prácticas, conductas, ideas de mundo que nos ayuden a construirnos individual y colectivamente sobre un desear, un pensar y un hacer otro, que reescriba la realidad desde su fractura con el capitalismo, haciendo emerger la vida como proceso y como potencia de la libertad, la dignidad, la belleza, la bondad y la comunidad.

AGT: Esas esferas no son autónomas; tanto en su construcción como en su recepción. La estética posee unos criterios históricos y sociales y el texto se escribe e impacta sobre personas que viven en momentos históricos específicos. Por tanto, no se trata de “otro” rol, sino que hay que entender que esas categorías operan siempre en el campo sociopolítico y que están construidas desde la ideología.

¿Poetizar el mundo o proponer otro mundo?

AO: El mundo ya está poetizado, vivimos en una sociedad hiperestetizada, tanto por los que siguen pensando la poesía como texto, canción, etc. en sus formatos tradicionales y esperándolo todo de las instituciones culturales, como por los que se pasaron al lado oscuro de la poesía (publicistas, diseñadores, asesores de imagen, etc. que lo esperan todo del mercado), todos estos tienen sobre ellos la inmensa e incesante labor de poetizar cada mañana y cada instante el mundo para que el mundo siga siendo como es, incluso cuando proponen otro mundo u otros mundos, claro que otros mundos hechos a su vez de lo único que es factible hacerlo, desde el imaginario y el sistema económico capitalista, es decir, nuevos mundos de consumo fatuo, de narcisismo banal, de intrascendencia social, de complacencia con lo establecido… Frente a todos ellos, nuestra poesía (en cualquiera de sus manifestaciones y expresiones materiales) propone un desafío al estado de cosas, su indignidad y su orden policial, muestra algunas señales para los que quieran seguir la senda de la desobediencia, para los que quieran vivir entrelazados, afectados, mancomunados, habitables, concretos, para los que quieren inventarse fuera de lo dado, lo normalizado y lo predecible.

AGT: Sin caer en simplificaciones, la dicotomía reside en decidir si se resaltan las sombras o las luces de esta sociedad. Al respecto, en este tiempo (como en tantos otros, desgraciadamente), no podemos eludir los conflictos políticos, de género y ecológicos, que funcionan especialmente en base al consentimiento, a menos que nos situemos en el lado de los verdugos y sus cómplices. Considero que lo básico es transmitir y provocar cuestionamiento; desembalar todo el envoltorio de falso progreso de nuestra sociedad y poner en evidencia las lógicas y las consecuencias del capitalismo para favorecer que el público pueda, por sí mismo, desbaratar las falacias que sustentan nuestro mundo. Horizonte desde la urgencia que nos impone esta crisis ecosocial, abrir vías para desmontar esta sociedad y construir otra (justa, realmente democrática y sin dominación sobre ningún ser vivo). En el camino, buscar y subrayar los elementos que resisten en nuestra sociedad (las plantas que brotan entre las grietas en el asfalto) resulta interesantísimo para ensanchar la posibilidad del cambio social. Deshacer la “naturalización” del capitalismo, la idea de su inevitabilidad (aquel “vivimos en el mejor de los mundos posibles”), constituye una premisa fundamental

Verso a verso ¿para reconquistar la realidad? ¿Cambiar, transformar, emancipar?

AO: Si todo eso fuera posible, si nuestra poesía animara o fuera capaz de aglutinar suficiente masa crítica para ello, desde luego, esa es su aspiración… pero no para reconquistar la realidad sino para producirla nueva; pero mientras tanto es absolutamente necesario que la poesía vuelva a desordenar este ordenado mundo, reintegrar al individuo desde la anestesiante situación actual al conflicto individual y colectivo; y desde allí a la armonía de quienes quieren construir y sostener su estar en el mundo como entendimiento recíproco, conocimiento compartido, confianza mutua y acuerdo entre uno y otro.

Una poesía que refuerce un estar en el mundo como conciencia que, desde la radicalidad de su exponerse, universaliza lo individual de su experiencia, permite que nos reconozcamos en lo que habla y no nos desposee; que, lejos de bloquearnos, nos permite autopercibirnos lejos de las categorías del pensamiento dominante, continuar pensando y hablando, nos moviliza intelectualmente tanto para la crítica, como para la adhesión y la acción. Nuestra responsabilidad pues, como poetas, es hacer existir lo que decimos, producirlo en voluntad y abundancia para la vida.

¿Experimentar también con el modelo narrativo?

AGT: ¿Por qué no? Creo que no podemos renunciar a probar, tantear, investigar con ninguna de las posibilidades del lenguaje, sobre todo si trabajamos con una perspectiva de inquietud y pensamiento creativo y crítico (frente al pensamiento mimético y sumiso de la sociedad de mercado). Y, más aún, desde la perspectiva de una poesía crítica, cuando todavía estamos lejos de poder transformar radicalmente esta sociedad: no podemos permitirnos descartar ninguna de esas opciones estéticas ni ninguna estrategia, sino que debemos incidir en trabajar desde todos los frentes.

AO: El siglo que se cierra bajo la férula de la reproducibilidad técnica de la obra de arte y la irrupción de las vanguardias, y por tanto del imperio de lo visual, deja a las claras que es absurdo seguir compartimentando los géneros, que lo importante no son los géneros sino las prácticas que podemos materializar desde ellos. Claro que debemos ir más allá de las formas de expresión tradicionales de lo poético, saltar desde el lenguaje naturalizado a utilizar los instrumentos de a bordo de nuestro tiempo: lo visual, lo matérico, lo olfativo, lo espacial, la grafía, el gesto; sus medios técnicos de apropiación y reproducción y la multiplicidad de los soportes, formatos y canales que pone a mano la vida moderna, no para dar nombre a ningún nuevo movimiento artístico con el que mercadear en la guerra de marcas, no para ofrecer una identidad que imitar o mitificar, sino para movilizar la creatividad como actividad interpretativa de acción y reacción ante una masa de hechos análogos, enriquecida desde la participación social y el apoyo mutuo, extirpando así la negligencia y aumentando el sentido de la responsabilidad individual y colectiva.

Estaríamos así hablando de una poesía convertida en una práctica contextual, inserta por oportunidad en el espacio político que así pone al descubierto, significa y/o modifica porque nos incluye activamente en su propia transformación, convirtiéndola en un híbrido cultural puesto al servicio del activismo político y la acción comunitaria.

Nuestra poesía no entiende de géneros, nuestro trabajo es hacer de ella una poesía dialéctica, pluridisciplinar, empática, participativa, cargada de información e intención, que provoque y altere más allá de las formas de la norma, nuestra visión y percepción individual y colectiva, que trastornadas, visión y percepción colaboren en el trabajo colectivo de derribar el sistema que, también desde su superestructura, la Cultura sostiene jugando a reconciliar ilusoriamente, bajo el manto del Arte, lo que no son sino contradicciones de clase.

¿Puede sobrevivir la poesía crítica en un mundo cultural hegemónico determinado por la industria cultural y las políticas del régimen?

AO: Rubén, esa no es la pregunta, la pregunta es si resistirán los poetas críticos los cantos de sirena de la industria cultural, su aparato de seducción, si serán capaces de negarse a formar parte de las políticas culturales institucionales, a la fascinación por los premios, los reconocimientos de papel cuché en los suplementos culturales de los bancos, las prebendas políticas, mercantiles… ¿Serán capaces de negarse a integrarse en la máquina narrativa del poder, a formar parte activa del relato de poder que éste construye también sobre nuestra poesía? Esa es la gran pregunta que todos los días, cada uno de nosotros, responde con su cuerpo y con sus prácticas.

AGT: No tenemos otra opción. Las dificultades son las mismas que todo proyecto contra hegemónico, pero lo central deben ser los movimientos sociales antagonistas. Ellos son los que tienen la capacidad real de transformar la sociedad, y, en última instancia, constituyen la base desde la que emana este tipo de práctica poética, pero hay que evitar reducirse a la mera autoafirmación, a los espacios de contracultura autocomplacientes y endogámicos. La poesía crítica no debe quedarse en ser una cerilla: tiene que buscar la fricción, la confrontación, para poder encenderse.

¿Existe una poesía mainstream?

AGT: Hasta hace un par de años, cuando las ventas de poesía eran aquí muy pequeñas, creo que no podíamos manejar esos términos. Otra cosa sería señalar cómo determinadas/os poetas y corrientes han servido al poder y a sus mecanismos de sometimiento como constructores de hegemonía. La poesía, de hecho, ha estado funcionando más como capital simbólico que como generador de plusvalía. Sin embargo, en estos momentos, todo el fenómeno de la poesía juvenil ha trastocado drásticamente muchos aspectos relacionados con la comercialización. No debemos perder de vista los riesgos que presenta: la supeditación a los cánones del mercado y la construcción de figuras-espectáculo.

AO: Apenas tiene una década, pero ahí está, como fenómeno ligado a la llegada a las redes sociales de los primeros adolescentes nativos digitales, que la consumen de forma masiva para sorpresa de las élites intelectuales que pensaban que el cortijo de lo poético era suyo y creían que vender muchos libros era agotar una edición de trescientos ejemplares.

Lo mejor de todo es que, si por un lado han dinamitado las degradantes relaciones discípulo/maestro necesarias para que se le hiciera un hueco a los jóvenes en cualquier parnasillo universitario o de provincias, por otra han hecho saltar por los aires las relaciones simbióticas que se daban entre autores, editores, críticos, libreros y consumidores como forma de asegurarse su supervivencia. No hace mucho escuchaba a un becario alabando a su maestro y señor con el argumento de que era el poeta más famoso de España porque vendía tres mil ejemplares de un libro, y yo pensaba para mí en los sesenta mil que son capaces de vender estos jóvenes, y sin pasar por ninguna piedra ni tener que haberse tragado unos cuantos sapos.

El cómo hemos llegado aquí me parece todavía más apasionante, porque es verdad que la poesía parecía carecer de interés para el mercado, y solo funcionaba, como hasta ahora, como un bien simbólico, venal, lo que explica lo encarnizado de las batallas que se han desarrollado dentro de ella y lo difícil que era establecer un criterio claro de qué era bueno en poesía porque, sencillamente, no ha habido ni público ni consumidores para decidirlo, con lo cual la labor ha estado siempre en manos de los padres de la criatura, y ahí ha sido siempre Troya, pues quién eres tú para decirle a mi niño feo.

Así las cosas, llega la primera generación de nativos digitales a la adolescencia, ese periodo que se extiende hoy como hecho administrativo hasta los 35 años, y se produce una explosión de blog, cuentas de Twitter, Instagram o  Youtube en los que van dejando sus comentarios, vídeos, etc. y empiezan a aglutinar seguidores por cientos de miles y millones… al punto de que hoy son los grandes grupos editoriales los que andan a la caza de estos fenómenos de masas, rastreando sus perfiles, sus seguidores y ofreciéndoles producirles lo que quieran: discos, libros de poesía o botijos, que al capital tanto le da.

Pero no nos engañemos, la poesía mainstream es, como todo lo que baja desde la ideología dominante, tan estandarizada como previsible, basada en los valores de las clases hegemónicas, si llega con facilidad a un público juvenil es porque para esa materialización la industria cultural trabaja, es decir, abrir nichos de mercado allí donde sea, estamos pues ante la comercialización no solo de un producto, en este caso un libro de poesía para un público adolescente, sino ante la exposición de un estilo de vida, y en el peor de las casos, ante la planificación de una forma de estar en el mundo y la comercialización de una emoción saturada de efusión sentimental, en una horquilla que va desde la cursilería pasando por el engreimiento hasta llegar a un erotismo no exento de tintes machistas…

La poesía joven que se está vendiendo a paladas no puede ser sino el reflejo del joven que ha construido la ideología conservadora, el refugio intimista en el que el sujeto reelabora su personalidad, y por tanto, tiene que ser individualista e incapaz de albergar algún sueño colectivo, desengañada de todo, pesimista, girando siempre en torno al amor y el desamor, temas, la mayor parte de las veces, expresados desde posicionamientos reaccionarios, patriarcales y ultraliberales. No es casual que en plena efervescencia del 15-M, con los jóvenes indignados en la calle, con los chavales de los institutos en pie de guerra en Valencia, en Madrid, en toda España… de pronto surja un fenómeno tan extraño como el de la poesía juvenil promocionado por editoriales profundamente reaccionarias que si buscan algo un poco más allá del mero lucro, es ponerse al servicio de la neutralización del pujante y reivindicativo movimiento estudiantil, proyectando sobre él una sociabilidad de corte autista, individualista, ególatra, cuyo único objetivo es reconfigurar personalidades reforzando su alienación en la soledad de su habitación, reconstruyendo incesantemente su personalidad en las redes sociales, aislados, empachados de desamor y literatura artúrica.

Lo absurdo sería pensar que la poesía de la experiencia, en tanto relato poético hegemónico dentro del canon fijado en dura pugna entre las élites intelectuales de este país, gracias a la mayor extensión y consistencia, sus redes clientelares y sus circuitos de dones, sea poesía mainstream, en todo caso es poesía institucional, poesía del régimen cultural, pero nunca ha sido una poesía de masas ni hay ningún grupo editorial de relevancia interesado en darle este carácter. Aunque ante los últimos movimientos de aproximación de unos y otros, quién sabe en qué deparará esto, si acaso, como algo hermoso, tal vez se reconozcan, pues hacen lo mismo y al servicio de lo mismo, con la salvedad de la edad y el hábito. Quién sabe si conseguida la tan ansiada transformación en mercancía para consumidores ávidos de pasividad inducida, esta poesía de la vieja y la joven experiencia, encontrará por fin su lugar en las grandes superficies al lado de los libros de autoayuda, horticultura y meditación, no lejos de la sección multimedia y la conexión a Internet. El camino a la desactivación social está hecho de buenas vibraciones.

¿Y otra poesía “crítica” pero políticamente correcta y aceptada?

AO: Por supuesto, es mejor que exista, y si no se inventa una poesía crítica políticamente correcta, instalada en la ideología del sí, aceptada y sancionada institucionalmente… Qué mejor que tú mismo, en tanto poder, te hagas la crítica que puedes soportar y rellenes con ella el inconsciente ideológico de la gente. A qué esperar a que por los márgenes surjan los discursos que hagan estallar las certezas críticas de lo políticamente aceptado… Esto se puede elaborar desde posiciones incluso “militantes”, en efecto, por desgracia son muchos los poetas azuzados por la marea ciudadanista en estos tiempos de crisis que intentan hacer poesía crítica y se quedan orbitando alrededor de un buenismo socialdemócrata que es perfectamente digerible por lo políticamente correcto, desde estos o con estos se puede elaborar desde arriba la poesía crítica que el poder necesita… Habría que preguntarse si ese último movimiento, no sé si poético o peristáltico, hecho incluso antología, del Humanismo Solidario no va por ahí…

AGT: Hay que tener cuidado con los nichos de discrepancia que nos deja el sistema (para oxigenarse y mantener su apariencia de tolerancia y pluralidad). Debemos distinguir entre la actitud de la poeta o el poeta (su posición política, su actividad pública o incluso su militancia) con lo que sus poemas despliegan (que pueden ser ideológicamente distinto o contrario, incluso, teniendo en cuenta el alto grado de interiorización del capitalismo que padecemos). Me inquieta que, si está tolerado (más aún con esta Ley Mordaza), un discurso crítico o abiertamente anticapitalista quizá esté resultando inocuo (o también cabe la posibilidad de que esté sabiendo utilizar muy bien los resquicios del sistema; lo cual hay que celebrar).

¿Qué esconden los premios literarios, los concursos de poesía?

AO: Los premios importantes, los que paradójicamente están bien dotados y conceden prestigio, esconden corrupción, prevaricación, cohecho, malversación, tráfico de influencias y casi todas las figuras del derecho penal y administrativo relacionadas con las viejas prácticas, tan españolas, del amiguismo y el clientelismo. Poetas de fama y editores conspicuos, que están en la mente de todos sin necesidad de dar nombres, si en vez de a la poesía se hubieran dedicado al ladrillo hoy serían multimillonarios… Baste recordar solo la punta del iceberg que fue último escándalo del premio de Burgos o las desvergonzadas listas de agraciados y jurados en premios como el Loewe, el Melilla o tantos y tantos otros…

En este sentido, la labor que hicieron los Addison de Wit desde su blog denunciando el nivel de podredumbre de los jurados de los premios de poesía y de los poetas que aceptaban participar en estos amaños no tiene precio. La esquizofrenia y desvergüenza de todo ellos no tiene fin cuando discursean sobre la falta de valores en nuestra sociedad y la necesidad del compromiso ciudadanista del poeta.

Esto no quita que por debajo de los mil quinientos euros te presentes al premio que quieras, porque esos premios no son presa suculenta de las mafias organizadas en este lucrativo negocio. Pero que nadie se equivoque, estos premios no premian precisamente la heterodoxia.

AGT: Debemos diferenciar entre aquellos premios que, con honestidad, sin tejemanejes, están trabajando para facilitar y fomentar la escritura de poesía, y aquellos en los que se mueven sumas jugosas de dinero, que dan pie a todo tipo de chanchullos y que sirven para compensar y favorecer intereses particulares. Distinguir unos y otros no siempre es tarea fácil, pero en todos ellos habría que insistir en la transparencia. Por otra parte, sería interesante profundizar en el debate sobre la conveniencia o no de que el dinero público se destine a algunos premios, que luego son publicados por una editorial privada, con su ánimo de lucro, que tiene capacidad de influencia sobre la composición del jurado. Y también, para ir más allá, en si los premios constituyen una estrategia correcta de animación a la escritura y a la propia poesía.

¿Cómo entender fenómenos como El Niño de Elche?

AO: Niño de Elche llega a nosotros como un cantaor joven, con muchas inquietudes, muy vanguardista, sorprendentemente coherente con sus prácticas artísticas y su posicionamiento libertario y también profundamente insatisfecho por lo que una de sus pasiones, la poesía, le ofrece el panorama actual… Niño de Elche se encandila con Voces del Extremo, encuentros a los que viene desde hace cuatro o cinco años, con la poesía de la conciencia, con los poetas, con la energía crítica que se moviliza en estos festivales y decide cantarlo, se autogestiona un disco con este nombre y con estas canciones y tiene éxito porque en esas letras se habla de nuestro tiempo, de nuestros sufrimientos colectivos, de la vida dañada bajo el capitalismo… Tiene éxito porque la gente se identifica con ellas, y porque esas canciones las empodera, las zarandea, las acompaña en su reflexionar y su actuar cotidiano, en definitiva, porque no dejan a nadie indiferente después de décadas de música de aeropuerto, de mainstream de lo superficial, lo blando, lo inocuo y lo cómplice hecho canción.

AGT: Me gustaría destacar la importancia que está teniendo para visibilizar esos poemas críticos, para desarticular la idea tan extendida de que la “poesía social” fue algo de la dictadura, de aquellos tiempos en los que aún existían ideologías y un sistema opresivo y no como ahora, cuando vivimos todos tan felices con nuestro contrato precario, nuestra tarjeta de crédito y nuestra papeleta en la mano cada cuatro años.

Los certámenes de Slam poetry o Poesía o barbarie son eventos con una gran repercusión.¿Boom pasajero? ¿Importantes para dar voz a los que no la tienen? ¿Una moda más?

AO: ¿Dónde se ha visto que en un recital se compita, que haya premios en metálico, jurados? ¿Pero esto qué es? ¿La Voz o cualquier otro engendro por el estilo? Es triste que seamos presas tan fáciles del capitalismo, que este tenga tanto poder de seducción, de corromperlo todo…  Si la gente siente la necesidad de cantar, de leer sus poemas, ¿no puede haber otro formato que no sea dentro de una competición, de a ver quién es más y quién menos? ¿Cómo se puede mercantilizar y entregar a la competitividad un poema que fue escrito para liberarnos de la mercancía y celebrar la cooperación? Es triste ver el poder de seducción de la neolengua en la hipócrita ideología burguesa… Antes de que apareciera la dichosa palabreja ya se hacían recitales colectivos en los ochenta, en los noventa. En qué bar de provincias no ha habido un grupo underground o parnasiano que organizara una vez en semana recitales… Ahora mismo vamos a celebrar nosotros los 25 años de Las noches del 1900, el bar de Huelva donde nos juntábamos los jueves para recitar… pero nos juntábamos no sólo para recitar, para compartir lo que estábamos escribiendo, también nos juntábamos para tejer complicidades, para movilizarnos por fuera de la poesía hacia otras cuestiones sociales:  el trabajo en los movimientos ecologistas, contra la especulación inmobiliaria, denunciando las políticas culturales, las reformas laborales, llevando a la poesía la memoria histórica, la contaminación, la crisis ecológica, la guerra, la reactivación del movimiento vecinal… ¿Qué tiene que ver la poesía con un combate de boxeo?

AGT: Ese tipo de formatos comportan problemas como el riesgo de espectacularización (de asimilación, por tanto) o el fomento de la competitividad que su estructura plantea. Por el contrario, es cómo está favoreciendo la entrada de un público nuevo, el cual no se acercaría a la poesía por otros medios y la posibilidad de incidencia en él que inaugura.

¿Compromiso político o compromiso poético? ¿Y estético?

AGT: No sé muy bien qué quiere decir el tan manido “compromiso estético” o “compromiso poético”. Entiendo que el compromiso es político o no existe. En numerosas ocasiones, se esgrime esa palabra para intentar sanear una práctica poética autocomplaciente, egocéntrica y centrada en la quimera de la autonomía del lenguaje. Como si el trabajo lingüístico eximiera al poeta de su responsabilidad sobre la dimensión política y la naturaleza ideológica de sus textos… En cualquier caso, desde un punto de vista de la poesía crítica, el trabajo riguroso con la palabra (siempre imprescindible) tiene un componente político básico: su dimensión comunicativa y su capacidad de cuestionar los modos de representación y aprehensión de la realidad.

AO: No sabría cómo separarlos. Cimentada por fuera de las leyes de la mercancía y la esclavitud normativa, levantada crítica, vigilante y conscientemente, la poesía sucede. Sucede cuando nos congregamos, proyectamos y actuamos contra el tiempo de la muerte, cuando toda nuestra energía no se disipa en el espectáculo, ese lugar donde el orden capitalista mantiene consigo mismo su monólogo elogioso. La poesía sucede cuando nos interpela, cuando se une a la conjetura contra el asentimiento unitario, al fragmento contra el monomito, y sucede como práctica de unos saberes y una ética que se hermanan en un mismo horizonte de sentido, el que nos construye no para el arte sino para la vida cotidiana. Una poesía que muestre lo imposible y lo invisible solo podrá ser considerada extrema. Pero lo imposible y lo invisible no es un territorio utópico o un lugar de las palabras, lo imposible y lo invisible son el meollo de todo nuestro hacer cotidiano.

Pero estar comprometido no tiene nada de original, todos lo estamos aunque no sé por qué el concepto compromiso solo se utiliza como un término ideológicamente cargado, como si los banqueros no estuvieran comprometidos con el máximo beneficio, los periódicos con agradar a quien los financia o el empleado del McDonald’s con convertirse en el empleado del mes… Sin compromiso este mundo no funcionaría y, como decía Bergamín, estar comprometido es la mejor forma de no comprometerse…

Mi único compromiso consiste en escribir cada vez mejor. Lo he leído y oído miles de veces en artículos y entrevistas. Escribir cada vez mejor, ¿pero de qué? La cuestión no es secundaria, supone una elección moral. Para nosotros no es lo mismo silenciar a los muertos que hablar de ellos, incluir a los seres sintientes en nuestros textos o reducirlos a una hamburguesa, solidarizarnos con los que sufren o con quienes son la causa de su sufrimiento, exaltar la rebeldía o sembrar el conformismo. Podemos trabajar por la dignidad humana o para los centros de altos estudios económicos, para la poesía o para el genocidio, con la misma eficacia pero no con los mismos efectos.

 

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