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Geoffrey Supran: “Exxon reconoce el cambio climático, pero apuesta por un modelo incompatible”

Geoffrey Supran y Naomi Oreskes, investigadores de la Universidad de Harvard, sacudieron la semana pasada el mundo del activismo climático. En un trabajo publicado en Environmental Research Letters, de IOP Science, los académicos analizaron la comunicación de la petrolera estadounidense ExxonMobil y corroboraron lo que los periodistas de InsideClimate News ya habían revelado en 2015: que Exxon conocía la verdad sobre el cambio climático, pero que incurrió en una estrategia para confundir deliberadamente al gran público.

Geoffrey Supran, coautor del estudio, cuenta a La Marea su interpretación de los resultados, su experiencia durante el análisis y la reacción de la compañía. Para él, hay una puerta abierta a mucha más investigación, tanto sobre Exxon como sobre el resto de la industria de los combustibles fósiles.

Su información no es nueva. Los medios de comunicación ya la habían revelado en 2015. ¿Qué aporta esta investigación?

Es un trabajo complementario. Aportamos una corroboración independiente, empírica y extensiva de sus hallazgos: que Exxon ha conocido los hechos básicos de la ciencia del cambio climático durante décadas y sus implicaciones. Nuestra mayor contribución es que hemos demostrado que Exxon no solo sabía sobre cambio climático y sus implicaciones, que es el principal hallazgo de los periodistas, sino que socavó ese conocimiento entre el público. Como ves, hemos identificado una discrepancia sistemática entre lo que Exxon decía sobre cambio climático en círculos privados o académicos, y lo que decía al público en el New York Times.

Es importante resaltar la palabra “sistemática”. Exxon ha acusado a los periodistas de elegir interesadamente ciertas comunicaciones. Pero cuando analizamos todas las que están disponibles, usando un método independiente y establecido en ciencias sociales, los patrones están claros y dan la razón a los reporteros.

Exxon alega que sois activistas, y que este estudio persigue objetivos económicos. 

Si lo estuviéramos haciendo por dinero, no nos estaría saliendo bien la jugada, la verdad. Tengo 29 años, acabo de doctorarme y vivo en un apartamento para estudiantes bastante humilde. La acusación de que estamos especulando con esto es absolutamente infundada. Es difamación. Lo que está haciendo Exxon es lanzar un ataque ad hominem contra nosotros, en un intento claro de distraer al público de los hechos que hemos descubierto.

Naomi no ha recibido ninguna financiación para realizarlo. Ha estado trabajando solo con su sueldo de Harvard. Nunca ha estado a sueldo en ninguna ONG ni organización activista, y antes de ser académica trabajó en la industria minera australiana. Por mi parte, he realizado este estudio durante dos meses con un salario de post-doctorado pagado por el Fondo de la Familia Rockefeller, tal y como he declarado en el estudio. Pero otros once meses me lo he financiado yo mismo, al tiempo que trabajaba en otros proyectos de investigación. Además, Exxon nos acusa de ser activistas, como si eso fuese algo de lo que avergonzarse. Estamos orgullosos de ser activistas. Otros, en el pasado, nos han enseñado que enfrentarse al poder y decir la verdad es un deber cívico, y en el mundo en el que estamos hoy mucho más. Y esto no es diferente para los académicos. Nuestros hallazgos no son opiniones. Son conclusiones basadas en evidencia que han superado los rigores de la revisión por parte de expertos independientes y anónimos.

Exxon ha estado enmascarando su conocimiento durante años, y hay otras compañías, como Shell, que también han sido sorprendidas en posiciones similares. ¿Es esta una práctica extendida en la industria?

Nuestro trabajo se centra en Exxon, así que realmente no puedo decirte nada sobre otras compañías que esté basado en conocimiento científico. No obstante, la Unión de Científicos Preocupados (UCS en sus siglas en inglés) ha calificado recientemente la comunicación científica de las compañías combustibles fósiles estadounidenses. Exxon, y otras como Chevron, han sido calificadas como “atroces”. Y algunas empresas de la industria del carbón han sido todavía más descaradas al negar los hechos básicos de la ciencia del cambio climático. Y siguen haciéndolo hoy.

Así que, respondiendo a la pregunta de si otras empresas han incurrido en las mismas prácticas que Exxon, diseminando dudas sobre el cambio climático al mismo tiempo que conocían los hechos, todo lo que te puedo decir es que ese es un buen tema para seguir investigando, tanto periodistas como abogados e historiadores de la ciencia. Sospecho que solo es una cuestión de tiempo que más documentos salgan a la luz.

¿Han visto algún cambio en la estrategia de la compañía desde que InsideClimate News publicó la historia?

No realmente. Lo que sí hemos visto es un cambio de discurso en los últimos años, incluso antes de que se publicase el reportaje. Exxon se ha adaptado al tipo de escepticismo climático que es aceptable en estos tiempos.

Exxon no solo ha dicho que las alegaciones son falsas sino que ha creado un argumento inconsistente. Exxon se ha defendido de una acusación que nadie ha hecho: que ha ocultado sus conocimientos sobre cambio climático. ¡Nadie ha dicho eso! Lo que dice nuestro estudio es que Exxon confundió al público sobre la ciencia del cambio climático. Ese es el quid de la cuestión: hacían ciencia, pero después, de forma mucho más atronadora, comunicaban dudas sobre ella en el New York Times. Esa es una de las formas de narrativa que la compañía ha empezado a cambiar en el último año aproximadamente. Pero el cambio no ha ido en la buena dirección.

Nuestro trabajo estudia el pasado, pero eso es relevante en el presente y el futuro. Hoy, puede que la estrategia de la compañía haya cambiado, pero los patrones siguen existiendo. Vemos que Exxon y otras compañías de combustibles fósiles reconocen la ciencia del cambio climático, pero siguen apostando por un modelo de negocio que no es compatible con ella. Por ejemplo, Exxon dice que apoya el impuesto sobre el carbono, pero financia abrumadoramente a congresistas que se oponen.

Esta es una historia sobre cambio climático, pero mucho más que eso, es una historia sobre relaciones públicas y control de la opinión pública. Y a pesar de las abundantes pruebas, no vemos que la opinión pública, sobre todo en Estados Unidos y Australia, haya cambiado mucho. Recientemente, decenas de millones de personas han votado por un presidente que niega la evidencia más básica. ¿Por qué ocurre esto? ¿Ha tenido éxito la estrategia de Exxon?

Sí. Obviamente es una cuestión socio-política extremadamente compleja, con muchos factores en juego. Hay que tener en cuenta temas como ideologías de fondo o educación, pero negar la contribución que ha tenido este tipo de desinformación al ascenso de posiciones anti-ciencia en política sería estúpido. Los negacionistas han obtenido una gran victoria con el ascenso de Trump a la Casa Blanca. Han contribuido durante décadas a confundir al público y a promover un sentimiento generalizado de duda. Ahora tenemos un estado de confusión y desconfianza sin precedentes acerca de los principios más básicos de la ciencia del cambio climático.

De toda la información analizada, ¿qué le ha sorprendido o indignado más?

Creo que han sido dos observaciones complementarias que demuestran la diferencia entre las dos formas de comunicación: científica y pública. Por un lado, al abrir el documento de 10 páginas con las referencias a publicaciones científicas, nos dimos cuenta de que el 72% contaban entre los autores a Haroon Kheshgi. Es bastante sorprendente que una de las compañías más ricas de la historia de la humanidad, cuando se dedicaba a la ciencia del cambio climático, era prácticamente un hombre orquesta. Y que no se me malinterprete, Haroon es un científico excelente, y su trabajo es impecable, pero lo ha hecho prácticamente todo él solo, junto con colaboradores puntuales.

Por el otro lado, al ver los publi-editoriales, comprobamos que eran parte de una campaña de relaciones públicas que contaba con unos recursos económicos masivos. Desde 1972, ExxonMobil contrató un publi-editorial cada jueves, durante 29 años, en la esquina inferior derecha de la página editorial del New York Times. Cada uno de ellos costó alrededor de lo que hoy serían 31.000 dólares. Exxon ha contratado una cuarta parte de todos los publi-editoriales de la historia de esa página del New York Times.

¿Qué responsabilidad tiene el New York Times, y los medios en general, en esta historia? ¿Debe haber control de los medios sobre lo que se difunde a través de este tipo de contenidos patrocinados?

La respuesta corta es que si eres el dueño del periódico, tienes al menos algo de responsabilidad por su contenido, independientemente del tipo de contenido. Para nosotros, publicar en el New York Times ha supuesto un proceso de edición y contraste de datos muy estricto. En cambio, estos publi-editoriales no han pasado ningún control sobre su contenido, pero como eran piezas pagadas, el New York Times aplica una política distinta.

Por supuesto, pueden hacer lo que quieran con su periódico, pero mi opinión como ciudadano es que tiene que haber alguna responsabilidad. Por ejemplo, el New York Times prohíbe la publicación de artículos que nieguen la relación entre el tabaco y sus impactos sobre la salud, y lo hace porque es erróneo. En mi opinión, debería ser igual con el cambio climático. No obstante, la mayor parte de la responsabilidad sigue recayendo sobre las personas o instituciones que escriben, en este caso ExxonMobil.

¿Qué importancia tienen estas revelaciones para los inversores de Exxon?

En nuestro trabajo hemos descrito las comunicaciones de la compañía sobre el riesgo de que sus activos queden obsoletos debido a la política sobre el clima. Hemos hallado que el tema se discutió en 24 artículos, pero nunca en publi-editoriales. Obviamente, esta discrepancia puede ser relevante para las investigaciones que hay en marcha, sobre si Exxon ha cumplido con su responsabilidad de informar a sus inversores.

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Amar, editar, escribir ensayos

Daniel Jones, editor de la sección Modern Love, de 'The New York Times'.

Artículo incluido en el especial 50 números de La Marea. A la venta aquí

Daniel Jones edita la sección Modern Love del diario The New York Times. Cada domingo, el suplemento Styles publica un ensayo sobre el amor. En él hay amores a amantes, a hijas, a animales de compañía, desamores, duelos, rabia, mariposas en el estómago, apps para ligar. Y así, desde hace 13 años. Al otro lado del teléfono, Jones calcula que habrá publicado unos 600 textos. “Creo que la sección es mucho más vulnerable y abierta que la manera en que solemos hablar sobre el amor en Estados Unidos”, afirma.

Pero puede que también sea al revés: que Modern Love haya cambiado la manera en que se habla del amor en ese país. Al fin y al cabo, ha transformado al propio The New York Times: cuando la sección empezó, apenas había ensayos personales en el periódico. Ahora, ese tipo de escritura es una marca de identidad, sobre todo en los suplementos que acompañan a las noticias el fin de semana. Jones lo ve como una señal de los tiempos que corren para el periodismo: “Con Internet, todos los medios comparten más o menos las mismas noticias. Es verdad que algunos las escriben mejor que otros, pero la información es la misma. Eso no pasa con los ensayos personales: cuando los publicas, sabes que solo tu publicación tiene esa historia”.

¿Cómo es un ensayo de Modern Love? Tiene alrededor de 1.500 palabras, está escrito en primera persona y responde a la definición más esencial del ensayo literario: un intento de saber lo que una piensa sobre algo. “Lo que me interesa en estos textos es la verdad, solo eso. Que quien escribe acabe el texto sabiendo algo que no sabía al empezarlo”.

Desde hace años, en su página de Facebook, Jones regala consejos sobre cómo escribir esos textos: 39 tips que constituyen una especie de manual sobre cómo construir un buen ensayo. Teniendo en cuenta que recibe unos cien textos por semana, esas pautas le sirven también al propio Jones: “Trato de hacer que la gente escriba mejor para que yo pueda leer ensayos mejores”. Hay recomendaciones de gramática (ojo con los adverbios), de paciencia (tendrás que esperar la respuesta al menos un mes), sobre finales (¿qué es un final feliz?) y sobre principios (no siempre hay que empezar por el arranque).

Y hay consejos sobre cómo poner la carne en el asador: sé honesta y vulnerable, abandona la certeza, abraza la duda. Una se da cuenta entonces de que escribir ensayo requiere de la misma técnica que amar: cuando empiezas, nunca sabes dónde vas a terminar –y menos mal–, y la única manera de que funcione es ser vulnerable, desnudarse, olvidar el control –de la otra persona, de la escritura–. Jones asiente: “Creo que sí, que sobre el papel hay que exponer las debilidades y los deseos de uno, pero creo también que hay que hacerlo gradualmente, ser estratégico en cómo y cuánto te muestras: al final hay que llegar a no ocultar nada, pero uno siempre tiene que mantener algo encantador sobre sí mismo. Algo que haga que se enamoren de ti, ya sea en persona o por escrito”.
ALGUNOS RELATOS MÍTICOS DE ‘Modern Love’

La actriz Maria Bello sale del armario… como una familia moderna:

“Siempre he pensado que los sentimientos sobre compañerismo y camaradería son fluidos y están en transformación constante. El padre de Jack, Dan, siempre será mi compañero porque compartimos a Jack. Dan es el mejor padre y el hombre más maravilloso que he conocido. El hecho de que nuestra relación no sea sexual no le hace menos compañero. Compartimos los mismos valores, incluido el de poner a nuestro hijo por encima de todo. Mi ex más reciente, Bryn, sigue siendo mi compañero porque compartimos activismo. Y Clara siempre será mi compañera porque es, también, mi mejor amiga”. (Maria Bello. Coming Out as a Modern Family)

Emma Court reflexiona sobre las reglas del amor en tiempos del no compromiso

“Es solo que mi generación ha convertido el evitar que nos hagan daño en una ciencia, perfeccionando la separación entre lo físico y lo emocional. En cuanto podemos, abreviamos: preferimos mandarnos mensajes en lugar de llamar, conocernos mediante apps en lugar de en persona. Nos vamos temprano por la mañana sin despedirnos. Ser casual es más cool que la intimidad y la vulnerabilidad. O eso pensamos”. (Emma Court. A Millennial’s Guide to Kissing)

 

 

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¿Peligra la Primera Enmienda? La libertad de expresión bajo Trump

Betsy DeVos junto a Donald Trump I La Marea

OBERLIN (EEUU) // Si la prensa norteamericana fuera un superhéroe, ahora sería el momento de que entrara a una cabina telefónica, se quitara las gafas y se colgara la capa. Los diarios y revistas están que arden: los periodistas tienen la sensación de que ha llegado su momento de la verdad. Tienen ilustres ejemplos a seguir, por supuesto, desde los muckrakers de hace cien años —literalmente, los hurgamierdas: periodistas dispuestos a sacarle los trapos sucios al poder— hasta héroes más recientes como Bob Woodward y Carl Bernstein o el equipo del Boston Globe que protagoniza la película Spotlight. Saben que la batalla no va a ser fácil, pero están preparados.

Les tocará adoptar la actitud de sus colegas en países represores, señaló Steve Adler, el director de Reuters, a su redacción a finales de enero. “Trabajamos en muchos países donde los medios son atacados con frecuencia”, dijo. La tarea hoy en EE.UU. viene a ser la misma que allí, a saber: “proteger a los periodistas, comprometernos a informar justa y honestamente, ir obstinadamente en pos de información difícil de conseguir, y mantenernos imparciales”. Eso sí, habrá que dejar de fiarse de las comunicaciones oficiales. Pero estas —observa Adler— “en todo caso nunca fueron muy valiosas”.

La prensa es uno de los faros en que los millones de ciudadanos que se oponen al presidente Donald Trump cifran su esperanza. Pero no es el único: también está la universidad —tradicional refugio de disidentes— y esa forma de protesta anticuada de la movilización en las calles. Lo que comparten prensa, universidad y protesta es su dependencia de un derecho consagrado en la Primera Enmienda de la Constitución: la libertad de expresión.

Hay pocos países del mundo donde la palabra libre esté tan venerada, y tan protegida, como Estados Unidos. Pero en años recientes se ha visto amenazada desde la derecha tanto como de la izquierda. Y quizá ninguna amenaza sea tan inmediata como la llegada de Trump a la Casa Blanca. “Donald Trump no es, ni mucho menos, el primer presidente en mentirnos”, escribía Lawrence Douglas, profesor de Derecho, en The Guardian. La particular alevosía de Trump es que emite “meta-mentiras”. Pretende socavar la legitimidad de las instituciones dedicadas a desenmascarar las mentiras: la prensa, la universidad y la judicatura. Así —advierte Douglas— Trump acaba por “envenenar el pozo del discurso democrático”.

Una Casa Blanca tóxica plantea desafíos importantes. “Donald Trump no alberga una particular reverencia ante la Primera Enmienda. Incluso puede ser que no la entienda muy bien”, escribía David Cole, profesor de Derecho Constitucional, en la revista The Nation días antes de la inauguración. “En la medida en que Trump pueda tomar medidas que pisoteen los derechos de la Primera Enmienda, hay motivos de sobra para creer que no dudará en hacerlo”.

El poco tiempo que lleva Trump gobernando ha demostrado que la ignorancia del presidente con respecto al Estado de derecho que lidera es tan supina como es aguda su sensibilidad ante la crítica y absoluto su desdén a los periodistas. No deja pasar oportunidad para tildar a los medios de “desvergonzados” o “falsos” (los periodistas, dijo, “están entre los seres más deshonestos del mundo”). Su estratega principal se refiere a la prensa sin más como “el partido de la oposición” y el propio Trump ha afirmado que considera a la prensa como “enemigo del pueblo”. El 24 de febrero, una reunión informativa para periodistas en el despacho del secretario de prensa, Sean Spicer, excluyó directamente a un puñado de medios concretos —entre ellos CNN, Politico y el New York Times—. Según el Times, se trataba de “una ruptura altamente inusual de las relaciones entre la Casa Blanca y el cuerpo de prensa”.

Hostilidad manifiesta

“En Estados Unidos no hemos tenido un presidente tan hostil ante la prensa desde Richard Nixon, pero en cierto sentido Trump es peor”, afirma David Kaplan, periodista veterano que entre 2008 y 2011 dirigió el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y es el actual director de la Red Mundial de Periodismo de Investigación (GIJN). “Y eso que Nixon mantenía una ‘lista de enemigos’ y ordenó, en secreto, jugadas sucias contra representantes de los medios y otros que le parecían antipáticos”.

“La ley —si es que Trump decide respetarla— le impone límites, desde luego”, dice Kaplan. “Pero la situación es vulnerable. El peligro radica en que el Partido Republicano, que controla la mayor parte del gobierno, le permita hacer uso de todos los poderes presidenciales, que por cierto son más de los que eran cuando Nixon”. Y no es seguro que la protección legal actual siga en pie. “Si los conservadores se hacen con el control de la Corte Suprema, podrían revertir las protecciones a la prensa. Y no hay que olvidar que fue la administración anterior, la de Obama, la que impulsó a niveles inauditos la investigación y persecución de periodistas y denunciantes internos (whistleblowers) por filtraciones relacionadas con la seguridad nacional”.

¿Qué herramientas tienen los medios para resistir la presión que ya se le está aplicando? El apoyo judicial va a ser clave, pronostica Kaplan. “Los tribunales de este país son robustos, independientes y capaces de limitar el poder del presidente. Incluso los jueces más conservadores tienen un gran apego a la libertad de prensa. Además, el sistema federal les da un poder considerable a los Estados. Feudos demócratas como California, Nueva York y Washington tienen fiscalías generales bien equipadas que cuestionarán los abusos de poder más escandalosos. Pero de todas formas, los grandes medios tendrán que hacer de tripas corazón y volver a dedicarse al periodismo de control. Por fortuna, la prensa seria ha superado su peor crisis económica y está experimentando un aumento en apoyo y suscripciones”.

Y los reporteros norteamericanos no están solos. Operan en redes globales, gracias a organizaciones sin fines de lucro como la que ha dirigido Kaplan —como el Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación, el ICIJ, que fue responsable de la cobertura de los Papeles de Panamá—. “La tecnología está facilitando filtraciones masivas de documentos y datos”, dice. “Dada la oposición a Trump entre el funcionariado, cabe esperar una oleada de filtraciones sin precedentes. Además, investigar las inversiones globales de Trump —y los conflictos de interés que generan— exigirá una labor de cooperación internacional. La Red Mundial de Periodismo de Investigación que dirijo ha trabajo con colegas que enfrentan a regímenes represivos en lugares como Hungría, Rusia y Venezuela. La verdad es que no se nos ocurrió que nos tocaría lidiar con una situación similar en los Estados Unidos”.

La crisis del sistema de financiación de la prensa tradicional ha hecho que las organizaciones sin fines de lucro como el ICIJ, que forma parte del Centro por la Integidad Pública (CPI) en Washington DC, sean cada vez más importantes para la financiación y la protección del periodismo independiente. Pero dado que estas organizaciones existen gracias a la fuerte tradición filantrópica en Estados Unidos, en la que también participan grandes fundaciones como la Ford, la Guggenheim, o la Open Society de George Soros, algunos periodistas han cuestionado esa independencia. Por su parte, el CPI mantiene que su línea editorial está rigorosamente divorciada de sus fuentes de financiación.

Las universidades norteamericanas son otra fuente potencial de resistencia. Pero también se saben en la diana de la nueva administración y de una ministra de Educación, la millonaria y evangélica Betsy DeVos, que no comparte ninguno de sus valores. El temor de un nuevo macartismo no está infundado. Entre los consejeros de Trump se encuentra David Horowitz, activista conservador que en 2006 publicó Los 101 profesores más peligrosos de América: un libro de perfiles académicos que pretendía, según la contraportada, “desenmascarar a académicos que dicen que quieren matar a personas blancas, promueven los puntos de vista de los mulás iraníes, apoyan a Osama bin Laden, lamentan el ocaso de la Unión Soviética, defienden la pedofilia y abogan por el asesinato de estadounidenses de a pie”.

Y si la prensa está combativa, el momento pilla a las universidades norteamericanas debilitadas en lo que respeta a la libertad de expresión. Varios gobiernos estatales de signo conservador están erosionando la seguridad laboral académica —piedra angular de la libertad de cátedra—. Entre otras medidas, están aboliendo los contratos fijos (tenure) en nombre de conceptos neoliberales como flexibilidad y accountability (responsabilización).

Pero en años recientes también la izquierda académica ha cobrado un gusto por la censura. Partiendo de la noción de que el discurso es siempre político, los estudiantes se han hecho extremadamente sensibles a toda afirmación que pueda ser interpretada como ofensiva de grupos minoritarios. Además, las reglas burocráticas pensadas para garantizar el acceso a la educación en igualdad de condiciones han fomentado una proliferación de denuncias oficiales de profesores y administradores acusados de discriminación. Cogidos entre estudiantes litigiosos y administraciones neoliberales, los profesores andan con pies de plomo.

Sin embargo, también en la comunidad universitaria la nueva realidad política ha servido como toque de atención. “¿Qué podemos hacer los líderes de las instituciones universitarias ante un presidente que niega los hechos, que niega la ciencia?”, se preguntó Leo Botstein, el rector del prestigioso Bard College, en el New York Times. Y animó a todas las universidades a enarbolar una defensa enérgica de los valores académicos más fundamentales: “Defender la verdad —que, a fin de cuentas, es la misión de la enseñanza superior— puede parecer un acto de partidismo político. Pero lo que está en juego no son partidos políticos. Lo que está en juego es la función de la universidad en una época desconcertante … Esto implica respetar la norma probatoria, practicar un riguroso escepticismo y honrar la distinción entre la verdad y la mentira”.

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