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Día de la absolución del CETA: se culmina el divorcio con la realidad

Encuentro 'CETA: un impulso al comercio entre España y Canadá'. Foto: Comisión Europea.

Una de las características más inquietantes del presente momento histórico es la absoluta complacencia con los excesos del capitalismo global, forjado gracias a la arquitectura que despliega el comercio internacional. La forma de legitimarse de este orden en un estadio tan avanzado supera cualquier concepción que tengamos sobre el propio espectáculo, se borran las fronteras entre la realidad que decreta y lo que percibe el imaginario popular como tolerable. Estas son las impresiones que se desprenden de la jornada “CETA: un impulso al comercio entre España y Canadá,” el evento que abre la veda a una nueva campaña de relaciones públicas de la Comisión Europea llamada “Hablemos de comercio”. Ante las turbulencias populistas, la idea parece presentar la globalización neoliberal impulsada desde los años ochenta como nuevo sentido común de época o, como señalaba la nota de prensa de un evento que contaba con dos visiones -la empresarial y la institucional-, intentar “establecer un debate informado sobre el comercio internacional.” El equilibrio no es un rasgo fundamental de este tiempo.

La opinión pública se está haciendo más favorable a estos tratados”, celebraba durante la sesión Christian Burgsmüller, del gabinete de la Comisaria de Comercio de la Comisión Europea, Cecilia Malmström. Con la llegada de Donald Trump, los acuerdos comerciales no sólo han parecido adquirir completa legitimidad como contraveneno al multimillonario, sino que conceden al establishment bruselense todas las excusas para borrar de un plumazo un pasado molesto. La consciencia de aquellas batallas en la calles de Seattle en 1999, un “referente” contra las dinámicas de la globalización que de por sí eran una distopía de lo que fueron luchas pasadas, se ve ahora progresivamente cercada. De aquello sólo quedan las crónicas y decenas de miles de quejas en forma de ‘tuit’. Y “veremos — añadía Burgsmüller— cuando pasen dos o tres años y la visión apocalíptica de algunos críticos no se haya cumplido.” La realidad desaparece —es privatizada— ante una incesante sucesión de eventos que hablan del futuro de “las sociedades prósperas e igualitarias”.

“Existe una inquietud en proyectar un tipo de integración económica global, que es la base de la prosperidad creada en nuestros países desde la Segunda Guerra Mundial. Tenemos razón para la celebración de hoy,” explicaba Matthew Lewis, embajador de Canada en España, desde su tribuna en la Casa América, que en su patronato cuenta con el BBVA, Gas Natural, Telefónica y las Fundaciones del Banco Santander, Iberdrola y Repsol. Pareciera como si hubieran desaparecido los dislocados por los excesos de la globalización y el ataque al estado de bienestar nacional iniciado en los años ochenta; como si obtuvieran en los acuerdos de comercio como el CETA la receta homeopática a sus males.

El comercio es desde los recuerdos más lejanos de este Viejo Continente el gran motor de su integración. Asentada bajo la garantía de un mercado libre como forma de alcanzar un mundo pacífico y próspero frente a la devastación de la guerra, un grupo de estados europeos trataron de demostrar al mundo la viabilidad de su ideal de progreso ilustrado, fundamentado en la realización de la razón como liberación de la industria. Pese a que José Vicente González, vicepresidente de la CEOE, expresó que “es radicalmente falso que los tratados de comercio están hechos a medida de las grandes empresas”, el producto europeo actual es aquel en el que los jefes de grandes corporaciones se reúnen en Bruselas eminentemente para hacer negocios y, capitaneados por el superávit generado por la industria alemana, alzarse como un bloque comercial que plante cara al resto del mundo. A eso lo llaman Unión Europea. Y precisamente en ese mismo sentido apelaba Matthew Lewis al componente excepcional de nuestro tiempo: “es un acuerdo histórico que refleja la visión de sociedad que queremos, que se beneficia del dinamismo y la creatividad de la apertura económica”.

Precisamente haciendo un recorrido histórico por la posmodernidad, el historiador Perry Anderson concluyó que cuando existe una grieta entre la experiencia existencial y el conocimiento científico, “la ideología asume la función de inventar alguna forma de articular entre sí esas dos dimensiones distintas”. En este caso concreto, la ilusión de que “lejos de beneficiar a las grandes empresas, este tratado está centrado en las pymes [pequeñas y medianas empresas]”, en palabras de Carlos Molina, periodista de Cinco Días. O en las de José Luis Kaiser, de la Secretaría de Estado de Comercio: “yo he trabajado casi 15 años negociando acuerdos como el CETA y este acuerdo está enfocado sobre las pymes.” Todo aderezado de una nota de prensa que sostenía la cifra de que las empresas europeas ahorrarán cada año 590 millones de euros en aranceles gracias al acuerdo. Cabe destacar que la única referencia al dato se remonta a un comunicado de 2016 de la Comisión Europea. Según fuentes oficiales, supuestamente esa cifra es producto de descontar de las exportaciones totales hacia Canadá el ahorro que se deriva de la reducción de los aranceles en los próximos años. Un artificio propio de ilusionistas.

Porque en efecto es ilusorio creer que quienes comenzaron a negociar este acuerdo en 2009 —concretamente, el entonces presidente de la Comisión Europea y actual presidente no ejecutivo de Goldman Sachs, José Manuel Durão Barroso— lo hicieron con la intención de beneficiar a las pymes. Si bien algunas cuestiones (la reducción de trabas administrativas o eliminación de aranceles) podrá resultar beneficiosas para las pequeñas y medianas empresas, lo cierto es que el acuerdo final no contiene ni un solo capítulo específico con obligaciones para apoyar a las pymes. De hecho, como revela un trabajo académico de 2016, las pymes solo se mencionan en el acuerdo final ratificado por España en tres ocasiones: en los capítulos sobre inversión, comercio electrónico y compras gubernamentales. Y es más: según los datos, en la actualidad existen más de 20 millones de pymes en la Unión Europea (el 93% de estas, con menos de 10 empleados), pero sólo 619.000 exportan fuera de esta. Sin considerar que las dinámicas de liberalización sin freno impulsadas también por el CETA serán feroces para estas empresas, expuestas a la competencia de las grandes corporaciones transnacionales, y deberán hacer malabares para asegurar los 90 millones de puestos de trabajo (67% del empleo total en Europa) que generan.

Al parecer hemos entrado en la era moderna, y van a llegar muchos acuerdos “modernos y progresistas”. En conversaciones con La Marea, Christian Burgsmüller aclaraba que desde Bruselas se han dado de frente con la realidad de que la presente arquitectura de la globalización ya no se adapta a los tiempo actuales y es hora de negociar nuevos tratados de forma ambiciosa con países como Canadá, con los que compartimos valores tales como el “compromiso con la democracia, los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental”. Dejando de lado que Canadá acogiera a más refugiados en medio año que cualquiera de los veintisiete estados europeos, en lo que respecta al contenido concreto del CETA no hay ninguna cláusula que salvaguarde los derechos humanos, una exigencia que realizó el Parlamento Europeo durante las negociaciones del TTIP.

También la cuestión ambiental es más que discutible. No sólo porque la ampliación de derechos de los inversores que contempla el tratado con Canadá podría desencadenar demandas de compañías contaminantes cuando los gobiernos traten de regular o acabar con la actividad de minas sucias o poner fin a los combustibles fósiles, sino porque cualquier disposición para implementar las políticas ambientales y climáticas de forma urgente puede chocar con las reglas que establece el tratado. Además, contrariamente a las exigencias llevadas a cabo por el Comité de Medio Ambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria del Parlamento Europeo en el TTIP, el CETA sólo protege parcialmente las indicaciones geográficas, no contiene disposiciones sobre la reducción de los antibióticos en la ganadería, no promueve las energías renovables y utiliza listas negativas que dificultan el derecho a regular el sector energético. En una línea similar caminaban las conclusiones del Comité de expertos establecido por el presidente francés, Emmanuel Macron, para evaluar el impacto ambiental del acuerdo al concluir que, en el marco del texto final, “existen riesgos para invocar el principio de precaución europeo” o sus implicaciones serán “desfavorables para el clima.” Preguntado por ello, Burgsmüller insistió en que “el CETA no va a acarrear políticas contrarias al clima”.

Ha llegado un punto en la lógica discursiva del capital en la que pareciera que son las élites económicas, y no sólo los populistas de ultraderecha, quienes están comenzando a desembarazarse del concepto de ‘verdad’. De nuevo José Vicente González, de la CEOE, entidad poco conocida por su defensa de los derechos laborales de los trabajadores, señalaba en el evento la falacia de que el CETA va a arruinar puestos de trabajo, “cosa que no tiene ninguna constancia empírica,” señaló antes de avisar que improvisaría su intervención. “La desventaja es que estará poco estructurada, pero será sincera,” aseguraba en términos orwellianos. Sobre estas palabras, la Comisión del Parlamento Europeo de Asuntos Sociales y Empleos, tiene algo que decir en lo que respecta a la creación de empleo. Según los datos empíricos de uno de los estudios citados en sus recomendaciones para votar en contra del CETA, en el mejor de los casos se producirán aumentos marginales en el empleo de la Unión Europea de no más del 0,018% en un período de ejecución de entre 6 y 10 años. También otros estudios han presentado el argumento de que la creación de empleos no es tan segura y se pueden producir pérdidas de en torno a 204.000 empleos para la Unión Europea en su conjunto. En cuanto a los salarios, proseguía la recomendación parlamentaria, “la evidencia demuestra que el acuerdo contribuiría a ampliar la brecha de ingresos entre trabajadores no especializados y calificados, aumentando así las desigualdades y las tensiones sociales.”

En conferencias como esta, donde la clase política y económica puso el broche a la sesión entre vinos españoles, uno tiene la impresión de contemplar ante sus ojos aquel fenómeno que Anderson denominó como el “encanallamiento general de las clases poseedoras.” Esas élites verdaderamente intelectuales o academicistas que caracterizaban a la era moderna han sido suplidas hoy por una especie de populismo estético, característico de las élites cosmopolitas contemporáneas, donde la endogamia tecnocrática se vislumbra de forma perfectamente definida. Al final iba a acabar siendo verdad lo que dijo entre risas Alfredo Bonet, director internacional de la Cámara de Comercio de España: “los empresarios se creen más a los empresarios que a las instituciones.” Y al parecer, gracias en parte al mimetismo ético de los círculos de poder, sucede también a la inversa: las instituciones europeas se creen más a los empresarios.

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El aparato cultural del Estado español: hacia una ensoñación totalitaria

Concentración Parlem, en Barcelona, el 7 de octubre. Foto: Jorge Lizana / Fotomovimiento

“Debe imponerse la fuerza de la razón”, le dijo Donald Tusk a Mariano Rajoy sobre la forma de lidiar con el conflicto catalán. Ocurre que la razón perdió su significado cuando desde Bruselas se instigó a que coincidiera con las máximas de la austeridad. Cuando la lógica política del Gobierno es superada por aquellas que establecen las fuerzas económicas, al Estado sólo le queda tratar de encontrar la legitimidad para responder a este momento histórico de crisis de Régimen mediante el uso de medios autoritarios y jerárquicos. Y el independentismo catalán lo ha sacado a relucir. Ya sólo queda movilizar al eficaz aparato cultural con el fin de eliminar cualquier atisbo de disidencia e imponer definitivamente la voluntad del Gobierno de Mariano Rajoy para mantener el orden y la ley. Sólo existe un límite, y nada tiene que ver con consideraciones democráticas, sino con una cuestión de marca internacional: que el conflicto no escale hacia el uso de la fuerza policial y genere mala prensa en los medios extranjeros.

Interpretar el pasado para impedir un presente alternativo

No obstante, cuando hablamos de la batalla por el relato, también nos encontramos ante una lucha por la forma en la que entendemos la historia; el camino mediante el cual hemos llegado hasta aquí. De esta forma, Javier Cercas recuperó de forma cínicamente inteligente “el momento en que el Gobierno de la Generalitat se rebeló contra la legalidad democrática, proclamó el Estado catalán dentro de la República Federal española y cortó con el Gobierno de Madrid”. En la misma línea, pero ampliando las fronteras de su enfoque, Fernando Savater apuntaba recientemente que “el comunismo y el nazismo son la mugre política que la Unión Europea trató de erradicar. Pero ahí siguen”. Además definió con absoluto desprecio a la eurodiputada Marina Albiol como un “error histórico”. No es casualidad.

Los intelectuales de este débil y caduco momento buscan aquellos patrones similares en el tiempo anterior con dos finalidades: recuperar la conformidad del pasado para los valores del presente e impedir el surgimiento de un momento histórico que desemboque en grandes modelos alternativos. Algo que el propio Nietzsche ya criticó en sus segundas consideraciones intempestivas allá por el siglo XIX: “La historia solo resulta prometedora cuando nace de una nueva cultura naciente”. Cercas y Savater son parte de un amplio elenco de sacerdotes de una historia que se ha revelado inservible para establecer un ideal de democracia real en España. Tratan de usar el conocimiento del pasado para desarraigar un futuro, no ya que permita a los pueblos obtener su libertad, sino siquiera tener la capacidad para intentarlo.

Se da otro suceso curioso. En el mismo momento en que el Estado trata de hacer hegemónico el relato presente sobre la crisis catalana polarizando las posiciones de forma que quede enterrado cualquier matiz, observamos que el relato futuro que quedará sobre el conflicto vasco trata de asentarse sobre las mismas bases. Es una casualidad del destino que el Premio Nacional de Narrativa lo recibiera la Patria de Fernando Aramburu -esa novela ensalzada por todo el aparato patrio que presenta una idea de Euskadi en la que están las víctimas y aquellos cuya pistola sólo parecía conocer una patria-. Legítimo, desde luego, pero como ocurre con el relato que promueve el Estado, cualquier tinte intermedio es desdeñado. Cuando se tiene aprensión del contenido subversivo que posee todo recuerdo del pasado, el precio que pagamos no es otro que el olvido. El mismo que ya permite a Alfonso Alonso amenazar a Euskadi con aplicar el 155 o a Pablo Casado, enfant terrible del neoconservadurismo, dar un aviso a navegantes (léase ‘disidentes’). Oriol Junqueras y los otros siete consellers enviados a prisión sin fianza son otro de los ejemplos de represión que trata de justificar el relato cultural hegemónico.

España pasó de una dictadura a una democracia de forma pacífica, entró a formar parte de la actual Unión Europea en pocos años y, sin disfrutar la memoria española de lo que se denominaron los «Treinta Gloriosos», pronto se vio obligada a pagar con sus derechos sociales la factura de la austeridad. Fiel a Angela Merkel, el Ejecutivo de Rajoy cargó todo el peso de la supuesta recuperación sobre la clases más bajas, eliminó de forma sucesiva distintas libertades civiles y cerró la puerta a cualquier ideal de avance democrático en nuestra sociedad. Lejos de cambiar de idea, el reorden del establishment español -que coincide con un proceso de expansión global del capitalismo- trata ahora de que cualquier futura agenda económica o antisocial, por dura que sea, no reciba oposición alguna. Los conservadores usarán toda la fuerza de la Constitución, y en caso de que deba hacerse una reforma, la encabezará una derecha desbordada de poder gracias al apoyo de PSOE y Ciudadanos. Aquello que esté a la izquierda o tenga tintes discrepantes tratará de ser barrido.

Probablemente, el suceso más clarividente de cómo el relato gubernamental trata de acallar a los críticos fuera el artículo en donde Antonio Muñoz Molina atacaba frontalmente a un periodista de la talla de Jon Lee Anderson. Incluso el mundo artístico, ese plano subjetivo que crean los grandes novelistas -algunos articulistas ya convertidos en propagandistas del régimen-, trata de impedir la reflexión con el fin de justificar las acciones del Gobierno. En una entrevista con Nueva Revista, Anderson fue apelado sobre este tema de la siguiente forma: “[El artículo de Muñoz Molina] quizá demuestre que la democracia española es frágil, y por eso hay que defenderla”. A lo que respondió: “¿Y van a ganar adeptos a su causa atacando a los que intentan observar el proceso con ojos críticos pero constructivos?”. Cuando la democracia española es tan frágil que no admite crítica, la tendencia antidemocrática queda de manifiesto. Y solo la perspicacia del aparato cultural puede camuflarlo.

España en un mundo post-orwelliano

En un breve texto publicado en What Orwell Didn’t Know, un libro sobre la propaganda y la nueva cara de la política americana, Alice O’Connor apuntaba que si bien George Orwell describió a la perfección la maquinaria de propaganda en los regímenes totalitarios, nunca imaginó que el consenso de Washington establecido después de la Guerra Fría por los ideólogos de la derecha se convertiría en el nuevo pensamiento único de época. En esta suerte de mundo post-orwelliano, donde el libro más vendido ha vuelto a ser 1984, las élites hasta invocan al escritor inglés para eliminar una oposición que es bastante más moderada que aquella representada entonces por Vladímir Ilich Lenin. Pero han ocurrido muchas cosas desde que Orwell ironizó sobre la revolución rusa en Rebelión en la Granja. Y aún más desde que el mismo Lenin escribiera sobre la imposición de las exigencias socialdemócratas que “la libertad de crítica se redujo en el acto no sólo a la falta de crítica, sino a la falta de todo juicio independiente en general”.

En algo menos de un siglo, el triunfo de la democracia burguesa asentada en un liberalismo embridado ha dado lugar a una suerte de nuevo totalitarismo económico impuesto violentamente por la burguesía neoliberal, donde la socialdemocracia que criticaba Lenin es ya una breve distopía de lo que fue. No es ninguna causalidad que su precaria situación coincida con la avanzada bifurcación entre capital y democracia. Sin embargo, en España aún se mantiene viva. Aunque sea al precio de justificar la cara menos democrática del gobierno conservador.

Lo verdaderamente preocupante es que, si bien es cierto que la crisis catalana es la forma en la que se pone de manifiesto la crisis 78, pareciera como si la forma en la que el Estado español ha gestionado el suceso le hubiera permitido superar el eje arriba/abajo y la crisis de un régimen cuyas brechas permitieron emerger a un movimiento contrahegemónico como el que en su momento trató de ser Podemos. Los conservadores han logrado que la idea del “Estado de Derecho” adquiera la suficiente legitimidad como para colocarnos en una especie de momento histórico donde todo vale para legitimar intervenciones sociales radicales que muchos rechazarían en tiempos normales. Todo concepto debe adaptarse a aquel tiempo en que se utiliza, y la unidad de España es cada vez más una idea totalitaria. Lo vislumbraba Iñigo Errejón en conversaciones con La Marea tras las primeras elecciones: “El consenso ha tenido más peso por parte de las élites que el término democracia. El valor consenso se ha abierto camino de una forma totalitaria”.

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Empresas sin patrón, espacios de resistencia

Gorka Martija y Gonzalo Fernández* // A finales de agosto se celebró en Pigüe (Argentina) el VI Encuentro Internacional de Economía de las/os Trabajadoras/es. Un espacio de debate y definición de estrategia política del movimiento de empresas recuperadas por las y los trabajadores —así como otras experiencias económicas autogestionarias—, que consolida su espacio en América Latina y que se proyecta crecientemente en el continente europeo.

Entre el 31 de agosto y el 2 de septiembre, cooperativas y empresas recuperadas de más de 25 nacionalidades se dieron cita en el evento, para analizar de manera específica aspectos como la compleja relación de estas iniciativas con el sector público, las dificultades para aunar lógicas productivas y comerciales, la tensión entre mercados capitalistas y formas alternativas de entender la economía, así como la viabilidad de este proyecto en un contexto de derechización y exclusión a lo largo y ancho del continente.

Por supuesto, la situación de Argentina no ha quedado al margen. La ofensiva lanzada por Macri al conjunto de las mayorías sociales, en las que destacan tarifazos y represión sindical, genera un momento crítico para los movimientos sociales y, en concreto, para el de empresas recuperadas. Atravesando los debates, como no podía ser de otra manera, la desaparición forzada del militante Santiago Maldonado, que estuvo en las mentes, la palabra y los corazones de todas las personas asistentes.

Tres retos ante un momento crítico

Fueron numerosas las aportaciones que, desde distintos ámbitos, geografías y disciplinas, se realizaron durante estos tres días. Todo ello bajo la dinamización del Programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires y de un comité organizador comandado por la Fábrica Recuperada Textiles Pigüe, anfitriona del encuentro, que permitió que los muros de la factoría se convirtieran en nuestro propio hogar por unos días.

Uno de los ejes que atravesó el encuentro fue el análisis del impacto del neoliberalismo en este tipo de experiencias, proyecto político y económico ante el cual muchas de ellas surgen como respuesta. Así, se destacó la lógica de expulsión sistemática de cada vez mayores volúmenes de mano de obra al exterior del mercado laboral, cuestión que se manifiesta con especial crudeza en el Sur Global. Se generalizan así dinámicas como el trabajo informal y la economía popular como maneras de sobrevivir y reinventarse tras sufrir la expulsión de los márgenes del sistema. Y de manera especial, los procesos de recuperación de empresas, protagonizados en gran parte por trabajadoras y trabajadores que, ante el cierre de la fuente de trabajo por parte de la patronal, y ante las escasas perspectivas de reconversión laboral a las que se enfrentan en una coyuntura de crisis permanente, optan por mantener la fábrica abierta y operativa, ahora bajo su propio control directo.

Es aquí donde la necesidad inmediata de conservar la fuente de ingresos que permite la supervivencia vital, da inicio a una creciente generación de conciencia sobre la necesidad de la lucha, la pertenencia a un mismo sujeto subalterno, o la necesidad de implementar prácticas organizativas diferenciadas de las que imperan en las jerarquizadas y autoritarias relaciones propias de la empresa capitalista. Sin obviar los diferentes niveles de desarrollo de esa conciencia, así como las numerosas contradicciones internas que surgen en el seno de estos colectivos en el curso del proceso. Se pone en todo caso en valor que la reacción ante la ofensiva neoliberal genera resistencias y gérmenes de otra forma de entender la sociedad.

Dentro de estas contradicciones, los debates se centraron como segundo eje en la caracterización concreta del sujeto del que hacen parte las personas que participan en estas experiencias. Conviven así personas que se ven a sí mismas como propietarias del centro de trabajo desde una perspectiva más clásica de la palabra (reproduciendo así parcialmente determinadas lógicas propias de la empresa capitalista), con personas a las que les resulta dificultoso abstraerse de la identidad de asalariadas (lo que dificulta la concepción de la cooperativa o la empresa recuperada como un proyecto netamente colectivo y de construcción comunitaria, con nuevas reglas y relaciones horizontales entre sus componentes). Y también, por supuesto, con personas que se ven inmersas en procesos de adquisición acelerada de conciencia respecto a las implicaciones sociales y políticas de una experiencia de este tipo, y su rol profundamente contrahegemónico en el marco de la ofensiva neoliberal.

En esta discusión, siempre abierta y dinámica, destaca la capacidad de generar alianzas como un sujeto más amplio y diverso de cambio y, necesariamente, respecto al mundo sindical. De esta manera, aun cuando es general la concepción de que es indispensable un mayor grado de articulación con los sindicatos, afloran las dificultades de estos para aglutinar e incluir a toda la masa de trabajadores y trabajadoras que se ven expulsadas de los circuitos tradicionales del mercado laboral. Este se define, qué duda cabe, como un reto de primer orden.

Por último, un tercer debate es el que hace referencia a la relación con la institucionalidad. Aquí conviven expresiones que valorizan al máximo la autonomía respecto del Estado (rechazando ayudas financieras o legislativas), con otras visiones que consideran inevitable la generación de determinados niveles de sinergia o, al menos, de colaboración. Es aquí donde emergen las reflexiones sobre el rol de las líneas de ayuda financiera o la exigencia de leyes de expropiación; medidas legislativas por las cuales, cuando una empresa es recuperada por sus trabajadoras/es, el poder público decide expropiar el centro en cuestión y cederlo en usufructo al colectivo laboral, librándolo así de uno de los principales problemas que tienen este tipo de experiencias de resistencia: la personalidad jurídica y el acoso judicial por parte de los propietarios. La pluralidad en este, como en el resto de debates, es importante y sumamente enriquecedora.

Estos tres fueron, junto a otros muchos, algunos de los debates que permearon el encuentro, y que permitieron construir, dentro de la diversidad enriquecedora, una agenda política para los múltiples contextos que ahí se dieron cita.

Argentina, Macri y las empresas recuperadas

El encuentro se celebró en una Argentina que se prepara para la resistencia ante la embestida neoliberal del presidente Mauricio Macri, avanzadilla continental de la restauración de un modelo que hace de la defensa del poder corporativo su eje vertebrador.

Argentina se caracteriza por el alto volumen de empresas recuperadas que han nacido y resistido allá desde que estallara la crisis en 2001, expulsando a grandes cantidades de población trabajadora hacia los márgenes del sistema, empujándolas a idear nuevas fórmulas imaginativas de supervivencia y mantenimiento de la fuente de trabajo. Surge en el mismo magma popular del que nacieron las organizaciones piqueteras que integraban a la población desocupada a las dinámicas de lucha frente al colapso del sistema.

Esto significa que su propio motivo fundacional, así como su propia resistencia y existencia, son en sí mismas una impugnación a la totalidad de un modelo incapaz de proporcionar certidumbres y mínimos de bienestar a cada vez mayores porciones de la población argentina, latinoamericana y mundial. Un modelo que, por esa misma razón, sitúa a este tipo de entidades como un objetivo a batir.

A lo largo del encuentro numerosos elementos del paquete gubernamental que comienza a implementarse en Argentina han sido identificados como amenazas abiertas frente al movimiento cooperativo y de empresas recuperadas del país, como son el tarifazo (subidas de hasta un 300% de la tarifa eléctrica que ponen en jaque la viabilidad de muchas de las factorías que dependen para su funcionamiento de esta fuente energética); el recrudecimiento de la represión policial (se señalan casos en los que la policía cerca una determinada empresa antes de que se conozca su situación de quiebra, para evitar la ocupación por parte de la plantilla); o la hostilidad legislativa (destacándose el veto presidencial a disposiciones legislativas que conminan a aplicar la ley de expropiación antes mencionada, como es el caso del emblemático Hotel Bauen).

Las empresas recuperadas se encuentran, por tanto, en el punto de mira del gobierno argentino. Y, a su vez, se sitúan en el campo de la resistencia popular y ciudadana frente al ajuste duro de Macri. Son numerosas las dinámicas de movilización puestas en marcha en los últimos meses, como el auge de la movilización sindical en la que la eventualidad de un paro general sobrevuela el ambiente.

Es preciso destacar el hito que supondrá la celebración de la cumbre de la OMC en diciembre de 2017, frente a la que ya se preparan respuestas colectivas a la altura del reto que semejante expresión del poder corporativo y la arquitectura de la impunidad supone. Así, desde la campaña Argentina Mejor sin TLC están en marcha dinámicas dirigidas a visibilizar el rechazo social a una cumbre que pretende abrir una nueva fase de reimpulso de la última oleada liberalizadora del comercio y la inversión globales, en el marco de la nueva coyuntura abierta por la llegada de Trump al gobierno de EEUU.

En definitiva, un encuentro que se inserta en un contexto más amplio de resistencias y alternativas ante el viraje neoliberal encarnado por Macri, en el que la exigencia de aparición con vida de Santiago Maldonado recorre el país de punta a punta como un grito de ira ante los desmanes de una élite que no parece tener límite alguno en su pretensión de volver a controlar todos los resortes del poder.

* Gorka Martija y Gonzalo Fernández son investigadores del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)Paz con Dignidad.

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Desprecio de clase

MADRID// “Odi profanum vulgus, et arceo”. Se trata de una sentencia latina acuñada por Horacio que significa “odio al vulgo ignorante, y me alejo de él”. Es uno de los términos primigenios que explica el clasismo y la necesidad de mantenerse en un plano de superioridad de las clases dominantes. Aunque también de aquellos alienados que compran el relato que los margina y que son utilizados sin darse cuenta como quintacolumnistas de la clase obrera. Gente humilde con ínfulas que suplica un puesto entre los de arriba a costa de avergonzarse del lugar del que procede.

Los clasistas menosprecian y tratan de humillar a cualquiera que desde los barrios populares alcance lugares que creen reservados a los de su estirpe por nacimiento y origen. Atacan de manera furibunda a cualquiera que se haya esforzado de verdad. El que ha tenido una vida fácil, acomodada, privilegiada, no soporta que un elemento extraño de la plebe alcance con muchos más sacrificios el mismo sitio que ellos ocupan por razón social. No toleran que alguien del estrato social más bajo y sin capital social ni económico cuestione su posición heredada y quite el lugar que algunos tienen asegurado vía sanguínea o dotada por un conocido del colegio El Pilar. El dinero importa, pero no tanto como esa red social tejida a lo largo de la historia en la que unas pocas familias ocupan los lugares de preponderancia a costa de cortar el paso a los que valen mucho más pero no tienen amigos, conocidos o familia en los puestos de decisión.

En ocasiones, los clasistas pueden aceptar a algún individuo extraño en su círculo. Alguien que por su talento, esfuerzo, y suerte -el factor olvidado pero imprescindible- rompe las barreras de su clase y sale de un barrio obrero para alcanzar las cotas sociales que no le pertenecen. Para ello tiene que renegar de sus orígenes y aceptar el ideario neoliberal, matar al padre y olvidarse del relato de lucha de clases, de la solidaridad, del juntos somos fuertes y separados estamos jodidos. Avergonzarse de lo que es. Renegar de su ser.

Solo aceptan a individuos sin conciencia de clase para que no puedan contaminar con ideas ajenas los lugares de decisión y representación. A veces, las menos, algún elemento de los estratos populares que ocupa el lugar que no le corresponde no se adapta al relato del individualismo y de la cultura del esfuerzo. En vez de plegarse pone en valor el lugar de donde viene. Se enfrenta de manera sistemática al relato de marketing liberal que transmite que solo importa el tesón individual y que el origen social es sólo una excusa de las clases populares para no alcanzar sus metas. Cuando eso ocurre, ese elemento extraño es denostado de forma inmisericorde por los clasistas, aunque con escasa capacidad argumental.

La conciencia de clase es el elemento más peligroso para los de esta especie. Pone en cuestión todo sobre lo que se sustenta la psique política de su discurso basado en el individualismo y en la segregación del “nosotros” obrero. Según el filósofo Byung Hul Chan, el neoliberalismo ha logrado la alienación total del trabajador al convertirlo en empresario de sí mismo, en lo que denomina la “dictadura del capital”:

“Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema”

Esto supone negar la premisa misma de la revolución social, la existencia de la conciencia de que existen un explotador y un explotado. El sujeto se culpa y se aísla y convierte a su misma persona en culpable de su situación, mira a su interior en vez de mirar hacia arriba. La agresividad es autoinfligida, el yo revolucionario se torna depresivo. Por eso los garantes del sistema, los alienados, y los pusilánimes que necesitan ser aceptados por las élites atacan de manera iracunda a cualquiera que apele al nosotros.

La burbuja clasista del periodismo

“Hace tiempo, no describíamos la existencia de la gente común: formábamos parte de ella. Vivíamos en los mismos barrios. Los reporteros se percibían a sí mismos como miembros de la clase obrera. […] Y luego, personas más instruidas se han hecho periodistas, el salario aumentó; jóvenes aún mejor formados quisieron integrarse en la profesión. Antes, los reporteros tenían un nivel de vida ligeramente superior al de sus vecinos de su barrio, obreros. Desde los años 80, los periodistas tienen un nivel de vida ligeramente inferior al de sus vecinos de barrio, empresarios y abogados […] Su vida cotidiana les hace mucho más sensibles a los problemas de los privilegiados que a la suerte de los trabajadores que reciben el salario mínimo”. Son palabras de Richard Harwood, periodista d The Washington Post, recogidas por Serge Halimi en ‘Los nuevos perros guardianes’, narrando la evolución del periodismo en EEUU y mostrando la evidencia de uno de los mayores males de las cúpulas periodísticas y de algún redactor de base en nuestro país.

Sorprende, y alarma, que algunos periodistas puedan llegar a creer que trabajar dieciséis horas sea una invención. Que piensen que es imposible que un alumno de un barrio humilde esté dispuesto a dejar en segundo plano sus estudios para ser explotado por un sueldo mísero en un negocio de hostelería y satisfacer así los deseos inculcados por la publicidad. El simple hecho de dudar de unas cuestiones tan habituales, no ya en los años 90, sino en 2017, muestra una lejanía de la realidad que impide a cualquiera que se dedique a ser notario de la verdad ejercer su trabajo con un mínimo de rigor. La burbuja endogámica en la que viven muchos de los que narran las noticias al resto de la población les impide tener una visión acertada de la vida cotidiana de un ciudadano normal. No extraña que en algunas redacciones no sepan ver ni analizar movimientos como el 15M, el Brexit o la victoria de Trump. La distancia y el desdén con el que miran a la gente normal, gente de barrio, les obliga a inventarse palabras como posverdad cuando esas personas que trabajan dieciséis horas, y a las que niegan su misma existencia, se rebelan y echan por tierra todas esas previsiones, conclusiones sacadas de conversaciones de reservado de restaurantes de chefs Michelin. La realidad se encontraba en las cocinas de esos restaurantes, pero no la narraba el multipremiado cocinero, sino el silencio obligado del ‘stagier’.

Hasta que los puestos de representatividad en el periodismo no sean ocupados por mujeres, migrantes o ciudadanos de clase obrera, el problema de miopía se agravará. La profesión está cada día más alejada de la calle, de los barrios, de los pueblos, de las pedanías humildes. Es posible que la precarización del sector espabile de golpe a todos aquellos que habían olvidado su papel. Decía Montero Glez que el trabajo de un periodista es el de informar al pueblo. No hay nada mejor para eso que ser pueblo; o al menos, si el devenir no te ha otorgado una posición social humilde, aprender a no despreciarlo.

 

Donación a La Marea

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El gremio contra la ‘startup’

Parada de taxis I La Marea

El martes, taxistas de toda España se dieron cita en Madrid para realizar actos de protesta por lo que consideran competencia desleal de las multinacionales Uber y Cabify, dedicadas al alquiler de vehículos de transporte con conductor. Afirman los taxistas que este nuevo modelo de negocio no solo pone en peligro el sector sino que tendrá un impacto negativo en la fiscalidad nacional. El taxi cuenta con 70.000 licencias en España, cifra que se ha mantenido estable estos diez últimos años.

Los taxistas se quejan de que las nuevas compañías incumplen la regulación al estacionar y circular a la espera de pasajeros, cuando su función debería ser la de realizar viajes programados entre dos puntos y volver a su base cuando no tienen más servicios. Asimismo consideran que la relación de 10 a 1 entre taxis y VTC (vehículos turismo con conductor) tampoco se cumple. La tensión fue en aumento a lo largo de la jornada, un reflejo de las acusaciones cruzadas por actuaciones de acoso y violencia que se producen cotidianamente entre estos dos colectivos.

En el sector del taxi, el 90% de sus trabajadores son autónomos, por lo que es difícil precisar cuáles son sus condiciones laborales debido al marcado carácter local del servicio. En todo caso, los taxistas podrían entrar en el epígrafe de los trabajadores cualificados que operan aún bajo regulación, con jornadas de ocho a diez horas al volante, donde los beneficios obtenidos pueden variar de los 1.500 a los 3.000 euros. El mayor desembolso es adquirir una licencia, lo que supone alrededor de 150.000 euros. No se puede decir que estos profesionales gocen de una situación privilegiada, aunque tampoco sufren la precariedad que se ha adueñado de otros sectores. Hasta el momento.

El servicio del taxi no ha sido nunca especialmente popular por una cuestión económica, con tarifas más elevadas que las del resto de transportes públicos. Su uso habitual corresponde o bien a profesionales y empresas que lo utilizan para cubrir trayectos cortos en las grandes ciudades, o bien a personas mayores con una situación económica desahogada. El resto de usuarios lo usan en ocasiones muy concretas (hospitalizaciones, trayectos al aeropuerto), así como en horarios nocturnos y festivos. Sobre su imagen, aunque el sector ha hecho esfuerzos por modernizar su flota, adecuar su trato e introducir nuevas tecnologías, aún pesan las consabidas malas prácticas de alargar los recorridos, seleccionar clientes y un estereotipo conservador, seguramente injusto, aunque difícil de cambiar por su poca predisposición histórica a secundar huelgas generales (y cambiar el dial de la radio).

Con la puesta en marcha el pasado año de Cabify y el regreso de Uber, tras cesar su actividad a finales de 2014 por orden judicial al no contar los conductores con licencia, su notoriedad ha ido en aumento. Fundamentalmente por unas tarifas algo más bajas pero también más sencillas, ya que se pueden conocer con antelación. Aunque los taxis cuentan con aplicaciones similares, parece que ese concepto de supuesto lujo al alcance de todos (coches de alta gama, chóferes de traje y botellitas de agua) hace que el consumidor prefiera la novedad premium al servicio de toda la vida. Además la CNMC, no sin discrepancias internas, ya se ha manifestado a favor de la economía colaborativa tanto en el mundo del transporte como en el del alojamiento turístico. La prensa ha aportado el resto hablando del imparable signo de los tiempos, la modernidad y el fin de la excesiva regulación.

El conflicto se está tratando desde una óptica donde el lenguaje, de nuevo, juega un papel fundamental: las nuevas startups contra los viejos gremios, la liberalización contra el burocratismo, la oportunidad contra el anquilosamiento. Lo cierto es que cada nueva desregulación fue precedida de debates similares cuyas consecuencias en la práctica han sido empeoramientos de los servicios y una mayor precariedad para los profesionales que los realizaban. El propio concepto de economía colaborativa, procedente de los institutos de neolengua californiana, no es más que un parapeto tras el que ocultar un modelo económico donde la tecnología es de todo menos neutra.

La cuestión es que este conflicto trasciende el propio tema del taxi. Uber y Cabify representan el último proyecto del neoliberalismo, donde la empresa únicamente se dedica a labores de marketing así como a proporcionar la infraestructura técnica mínima, quedando exenta de contratar la mano de obra, que es tratada bajo una relación mercantil, e incluso de poseer los medios de producción. No solo se atomiza un peldaño más a los trabajadores, sino que el nuevo contexto tiende a llevarse por delante las formas reales de trabajo autónomo, sustituyéndolas por un sucedáneo donde la independencia queda relegada a normativas de la casa emprendedora, procesos opacos (como la distribución del trabajo mediante la aplicación) y la aparición de intermediarios con capacidad para subcontratar la actividad. Un sueño final donde los trabajadores devienen en unidades subempresariales que compiten para ofertar su trabajo a la baja y donde la asociación es una rémora de un remoto pasado.

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Jóvenes Papas, viejos comunistas. Contra la política de la amabilidad

Jude Law, en la serie 'El joven Papa' I La Marea

Voy a empezar hablando de una serie y un documental. Curiosamente la primera es una ficción que parece anticipar un hecho plausible, mientras que el segundo, mostrándonos un suceso real, se contempla hoy como una ficción. La idea del desarrollo lineal de la historia, como una sucesión de acontecimientos que se superponen con el sosiego del calendario, nos vale para imaginar un concepto inalterable de orden pero rara vez para explicar los saltos adelante, en muy poco tiempo, o los retrocesos pintados como modernidad.

No sé si han visto la reciente El joven Papa, una de esas producciones con gusto cinematográfico de la HBO, dirigida por el italiano Sorrentino. Sin entrar a desvelar mayores tramas argumentales —y ganarme con ello sus iras— la serie gira en torno a la llegada al trono de Roma de un pontífice apenas rozando la cincuentena, norteamericano y apuesto, interpretado por Jude Law. Sin mayores datos cualquier persona pensaría que el hilo narrativo versará sobre un personaje heterodoxo y aperturista enfrentado a la curia católica, al fin y al cabo el apelativo de joven así nos lo debería indicar.

Sin embargo, la ficción dirigida por Sorrentino justo va en el sentido opuesto. Su Papa es un reaccionario que, alertado por el retroceso de la Iglesia, plantea unas medidas extremistas en la línea de expulsar a los homosexuales del ministerio, tachar a los fieles de superficiales o restaurar la liturgia en latín. El poder político vaticano le advierte de unas consecuencias que no tardan en llegar: los católicos, atemorizados, dan la espalda a la Iglesia. Lo interesante es la explicación que el joven Papa da para justificar su aparente maniobra suicida: la Iglesia católica no es una ONG, no está para repartir sonrisas ni consuelo, venderse amable como un producto más. La Iglesia Católica es misterio, infalibilidad y tradición, son los creyentes los que tienen que acercarse a ella con humildad, respeto y devoción total y desinteresada. Dios no es un coacher.

Lo otro de lo que les quería hablar es del documental Le fond de l’air est rouge, realizado en 1977 por Chris Marker. La película se pregunta, casi diez años después de la ola revolucionaria del 68, en qué ha quedado el proyecto emancipatorio. Su propio título, traducido por algo así como La esencia del aire es roja, es un juego de palabras en base a una expresión francesa que viene a decirnos que la revolución, aún presente, no ha acabado de sustanciarse, de tomar tierra. Y, atención, cuando hablamos de revolución no lo hacemos como una metáfora, como una idea abstracta para expresar cambio, lo hacemos —lo hacían en la época— con toda su connotación y dureza, con toda su realidad, lo hacían como se hacía en la Rusia de 1917.

En el documental hay una escena donde se escucha a un hombre, intuimos joven, hablar sobre la muerte de un compañero del Partido Comunista Francés, mientras que vemos las imágenes de la factoría donde estuvo empleado, ese día cerrada por decisión de los trabajadores para rendirle tributo. El narrador comenta, admirado, emocionado pero también pensativo, cómo el camarada muerto había dedicado su larga vida en exclusiva a su partido, a su clase, efectivamente, a la revolución. Cuenta que sufrió torturas en la ocupación nazi, cárcel en la república democrática, privaciones materiales por las reprimendas patronales, pese a ser un excelente y dedicado profesional. “Seguro que perdió muchas tardes de paseo, con sus hijos, su mujer, seguro que se perdió muchas puestas de sol”, cito de memoria.

Quizá, tras los dos pasajes, intuyan por dónde voy. Pero traigamos antes de la conclusión un nuevo cuadro a escena. Eso que se llamó la revolución neoconservadora (las apropiaciones utilizadas por historiadores también son reflejo de quién gana las batallas), es decir, la ofensiva que los ricos, sin más adjetivos, lanzaron a finales de los años 70 para destruir todos los avances de los acuerdos sociales de posguerra, siempre es analizada desde el punto de vista económico y político. Ya sabrán, el despiece del Estado del bienestar, el adelgazamiento del sector público, la desregulación del sector financiero, la pérdida de derechos laborales, la recuperación del individualismo egoísta, la política internacional basada en el militarismo y un clasismo atroz. En definitiva, una macedonia propuesta por extremistas del libre mercado para restaurar la idea victoriana de sociedad. Sin embargo, al analizar esta radicalidad en tirantes, rara vez se explica que el verdadero triunfo de estas ideas no vino de una lucha honrada frente a sus opositores keynesianos y marxistas, sino producto de una estrategia mucho más sibilina.

Si era imposible que la mayoría aceptara tal locura si la lucha se libraba en el campo político, tal y como era concebido en la época, la solución era destruir la política en sí misma. Condenarla a una suerte de, en el mejor de los casos, gestión de una única dirección y, en el peor, una actividad miserable de la que la ciudadanía debía abjurar. La política, hasta ese momento un hecho social transversal a todas las clases, practicada por el parlamentario en las instituciones, por el banquero mediante el susurro, también era propiedad del sindicalista, del estudiante, del activista de barrio, incluso de la escritora, la madre o la campesina. No era algo ajeno a sus vidas, ni algo puntual ni esotérico. El gran triunfo del neoliberalismo fue lograr, no sólo que la gente perdiera interés en la política, que la consideraran una actividad propia de profesionales decadentes, sino sobre todo transformar la política en algo envasable y vendible. La política dejó de ser una actividad social esencial para pasar a competir en el mismo nicho de cualquier entretenimiento. Y claro, perdió.

Desde luego si la política a desarrollar es la del continuismo de la demencia thatcheriana esta situación resulta de lo más conveniente. Si, por contra, la política quiere introducir cambios en este orden asentado no puede conformarse con su forma actual. ¿Debemos volver, como propone el joven Papa de Sorrentino, al latín ideológico? No, pero sí tener en cuenta que si la política quiere trascender de sus lugares habituales, aunque parezca contradictorio, debe volver a ser política dura, esto es, reafirmarse a sí misma en sus esencias como el ejercicio colectivo de conducción de la comunidad.

La política no puede quedar confinada en un edificio, de la misma forma que no puede ser un objeto amable y consumible que el votante, cada cierto tiempo, compra en un mercado electoral. La idea de que la política está para darnos cosas, como si fuera una máquina expendedora de refrescos en el que apretamos sin mayor criterio un botón, es abyecta. La política no puede ser un espectáculo del sábado noche en el que elegimos equipo con la esperanza de que nuestro tertuliano favorito tenga una intervención brillante. La política no tiene que ser amable, ni decir a la gente lo que quiere escuchar, que no es más que lo que otros interesadamente han sentenciado como lo razonable.

Los partidos de izquierdas no compiten hoy contra los partidos de derechas, compiten contra el ocio planificado, contra la amnesia de lo cotidiano y el sopor anestesiante de lo diario, contra un sistema de valores que nos recuerda cada día, cada hora, cada minuto que no hay opción posible, que todo ha sido así siempre y que es imposible de cambiar. Ser de izquierdas no puede estar en el mismo epígrafe que ser aficionado al triatlón, la gastronomía sofisticada o la ornitología. Si ser de izquierdas —luchar contra este desbarajuste que tiene visos de llevarnos de nuevo al precipicio, llámenlo como quieran— es percibido como una opción, ahí sí, estamos derrotados. Porque lo que comprendió el militante de la peli de Marker, y tantos millones más, fue que aquella lucha no era una opción sino algo consustancial a sus vidas, algo que no se elegía, de la misma forma que no podemos elegir otras muchas cosas en nuestra sociedad, todas, casi siempre, decididas por los de arriba. No era una cuestión de formación, ética o valentía, que también, sino de experimentar lo que ahora es ajeno como algo propio.

No se trata de exigir que la enorme brecha entre el entonces y el ahora desaparezca tan sólo enunciando el problema, ni exigir la totalidad de la aspiración a un presente y a unos protagonistas con los sentidos atrofiados y la confianza quebrada. De lo que se trata es de intuir que de entre los que se alejaron de la política o vuelven intermitentes y timoratos hay muchos que agradecerán asumir su papel esencial en reforestar el desierto antes que en volver a ser espectadores pasivos de una promesa de paraíso que saben imposible.

Repitamos juntos: que se joda el votante medio.

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Sonríe, imbécil

DAVID HERRERO GARCÍA* // Todos hemos escuchado en una cafetería frases como “el camarero es un borde, yo aquí no vuelvo” o “la camarera al menos podía ponernos buena cara que para algo pagamos”, entre otras muchas más. Estos comentarios parecen poner de relieve que en los trabajos de cara al público los trabajadores están obligados a sonreír, sea cual sea su situación personal.

Dicen que cuando uno escribe siempre lo hace contra algo o alguien, yo hoy escribo contra esa opinión dominante que pretende obligar a poner siempre buena cara a aquellos que trabajan de cara al público. Y mi cabreo viene de una situación vivida recientemente en un bar con unos amigos. Tras acabar la primera ronda de cervezas que habíamos pedido, un amigo y yo nos dirigimos a la barra para pedir otra cerveza. Cuando la camarera nos sirve en la mesa en la que estábamos sentados, otro de los amigos le pide una nueva consumición. La camarera vuelve con esta a la mesa y el que faltaba por pedir le dice si le puede traer a él otra, a lo que ella con cierto enfado responde “¿algo más que queráis pedir?”. Esto dio lugar a una pequeña discusión entre mis amigos en la cual todos menos yo estaban de acuerdo en que el tono de la camarera no había sido el adecuado, incluso uno llegó a decir que el sitio estaba muy bien pero se iba a replantear si volver. Para defender sus argumentos sostenían que el bar estaba casi vacío y por tanto la camarera no tenía nada mejor que hacer. La realidad era que estuviese o no vacío el local esta persona había hecho tres viajes en lugar de uno por no haberlo pedido todo a la vez.

A raíz de esto y sin venir mucho a cuento, o tal vez sí, se me vino a la cabeza un chiste que había leído hace un tiempo y respondía a aquellas personas que justifican tirar las cosas al suelo porque así dan trabajo a los que se encargan de la limpieza de las calles o de los distintos establecimientos. El chiste venía a decir algo como que si tú ensucias para dar trabajo a los barrenderos, yo puedo romperte los dientes de un puñetazo para dar trabajo a los dentistas.

Más allá de la anécdota en sí creo que hay un cierto pensamiento dominante que parece exigir a los trabajadores que no solo deben trabajar en condiciones de precariedad sino que además deben hacerlo con buena cara. No solo tienes que aceptar tus cadenas sino que ahora también debes sacarles brillo para que tengan buen aspecto ante los demás. Estos casos no dejan de ser solo unos ejemplos más de la fobia de la sociedad hacia el mundo del trabajo. Lo que a Owen Jones le llevó a escribir La demonización de la clase obrera y a Arantxa Tirado y Ricardo Romero (Nega) recientemente La clase obrera no va al paraíso. En este libro aparece un ejemplo contrario al anterior pero que puede ayudarnos a comprender parte de esta problemática poniéndonos en la piel de quien está al otro lado del mostrador, en este caso centrado en el desencuentro entre la clase obrera y la universidad:

Universidad Pompeu Fabra (UPF), Barcelona, noviembre de 2013. Un joven trabajador de la cafetería nos sirve un cortado y mira de reojo las conversaciones de un grupo de estudiantes universitarias que ríen, con la risa de quienes no tienen muchos problemas en la vida. La mirada muestra curiosidad pero también un leve aire de desprecio hacia quienes seguramente son, para él, niñas pijas que no tienen que estar sirviendo cafés a destajo con su misma edad. Quizá sea un prejuicio del camarero, pero esa mirada expresa, como pocas, el distanciamiento entre clase obrera y mundo universitario”.

Este ejemplo de lo que ocurre en el mundo universitario puede ser extrapolable a muchas de las situaciones que se pueden vivir en cualquier bar o cafetería. A lo largo de la historia la clase obrera ha tenido que soportar todo tipo de trabajos, muchos de ellos de gran dureza e incluso vejatorios. Pero con la proliferación en los países occidentales del sector servicios ha entrado en juego un nuevo elemento y es que ahora no solo debemos vender nuestra fuerza de trabajo sino que además el estado anímico de las personas parece cobrar importancia hasta el punto de que se pueda despedir a trabajadores por no sonreír lo suficiente o por no ser todo lo amables que deberían con los clientes. En el fordismo, la época de producción en cadena, los trabajadores debían ser eficaces en la labor que desempeñaban. Ahora además deben ser amables e incluso deben tener un buen aspecto físico o han de vestir de una determinada forma (no me refiero aquí uniformes sino a seguir según que moda), pero esto último daría como mínimo para otro artículo más.

Quizás lo más preocupante es que este discurso haya calado en personas y sectores de la sociedad que se dicen de izquierdas o progresistas. Nuevamente el neoliberalismo ha conseguido propagar su mensaje hasta lo más profundo de nuestras sociedades mientras que a la izquierda, falta de referentes y modelos claros, le cuesta muchísimo entrar en sintonía con aquellos a los que pretende defender, los trabajadores.

Volviendo al tema en concreto anterior, una explicación posible al porqué de estas conductas es que vivimos en sociedades completamente mercantilizadas y, por tanto, cuando pedimos un café o un menú en un local no somos capaces de ver lo que hay detrás, personas en iguales o peores condiciones que nosotros tratando de ganarse la vida. Si pedimos una cerveza queremos que nos la sirvan lo antes posible y con la mejor de las sonrisas por parte del camarero, sin importarnos si su situación personal es como para sonreír o las horas que lleva trabajando. En definitiva, no vemos personas sino objetos a los que pagamos por un servicio. Como ejercicio de reflexión recomiendo escuchar atentamente Tras la barra de Platero y tú:

Pero los sueños se ven interrumpidos por esa gente que pide todo a gritos. Limpia la barra y aprieta los dientes, al otro lado la gente se divierte. A esa señora no debes replicar, tu educación es algo fundamental. Tras cinco años llegó a la conclusión, siempre el cliente no tiene la razón…”.

El último elemento a analizar es la afirmación que normalmente se hace “para algo pago”. No debemos olvidar que aquellos que realizan trabajos de cara al público casi siempre son trabajadores contratados, no los dueños del negocio. Por tanto cuando pagamos por un servicio no pagamos nada directamente a esos trabajadores.

Marea, el grupo de rock navarro, tituló en 2011 su último álbum En mi hambre mando yo. Pues parece que ya no, sean bienvenidos a este circo de lo absurdo en el que todo está en venta, incluso tu sonrisa.

* David Herrero García es estudiante de Derecho en la Universidad de Oviedo.

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Susan George: “Si Trump visita España, salid a la calle y reíd con todas las fuerzas”

A mediados de los 90, tras la caída del muro de Berlín, la doctrina económica neoliberal campaba a sus anchas y la globalización de las finanzas avanzaba a un ritmo inédito, sin que en el horizonte aparecieran alternativas de peso que pusieran en cuestión el reguero de daños colaterales que dejaba a su paso. Entonces nació ATTAC, la Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana, un movimiento altermundialista que pronto cumplirá 20 años y que puso encima de la mesa temas tan vigentes como la lucha contra los paraísos fiscales, la privatización de servicios públicos y el incremento de las desigualdades socioeconómicas.

Estos días el mundo parece asistir al comienzo de una nueva etapa, o así lo creen desde ATTAC, que celebra este fin de semana varios encuentros en Madrid para reflexionar sobre la situación actual de Europa y del resto del mundo. La rama española de este colectivo cumple 17 años ejerciendo de anfitriona.

Tras repasar algunos de los hitos de ATTAC España, como la exitosa lucha contra la privatización del Canal de Isabel II, su participación en las distintas mareas que surgieron del movimiento de indignados 15-M o la defensa de la renta básica universal, este jueves cientos de personas abarrotaron el anfiteatro del Centro Cultural Galileo -un elevado número de asistentes tuvo que quedarse fuera ante la falta de aforo- para escuchar a, entre otras personas, la activista Susan George, leyenda viva del pensamiento altermundialista y presidenta de honor de ATTAC. George, estadounidense con doble nacionalidad francesa que pronto cumplirá 83 años, transmitió su optimismo recordando que al inicio del movimiento era una locura plantear tasas a las transacciones financieras y apenas se hablaba de paraísos fiscales, dos ideas de plena vigencia en el debate actual. “Gracias a ATTAC mucha gente se interesó en la economía, que era percibida como un tema ajeno y lejano”, afirmó.

George achacó estas victorias a la labor pedagógica de ATTAC y animó a la acción no violenta, citando el ejemplo de los activistas franceses que a finales de 2016 emprendieron el secuestro simbólico de sillas en cientos de sucursales bancarias de todo el país, una medida simbólica que les brindó visibilidad mediática y la simpatía de muchos ciudadanos. También habló de Trump, el Brexit, la “colonización alemana en Grecia” y el auge de la extrema derecha, fenómenos que achacó a la falta de alternativas y esperanza.

“Si Trump viene a España a visitar la Moncloa, mi sueño es que salgáis a la calle y riáis con toda vuestra fuerza”, pidió George a los asistentes, quien además dejó espacio a la autocrítica al reconocer que este movimiento sigue siendo desconocido para gran parte de la clase obrera y confesó que su mayor preocupación es la lucha contra el cambio climático: “Tenemos una gran oportunidad de movilizar a la gente estableciendo vínculos entre estos problemas”.

Además de Susan George, participaron en este encuentro Ángel del Castillo, coordinador de ATTAC-Madrid; Lourdes Lucía, fundadora de ATTAC España, y el delegado de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de la capital, Carlos Sánchez Mato. Entre los temas que abordarán en los próximos días están la campaña para pedir la abolición de “los mal llamados paraísos fiscales” que lanzarán en abril, o la organización de la IV Universidad de Verano para Foros Sociales que se celebrará en Tolouse entre el 23 y el 27 de agosto.

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Hacia dónde vas, mundo

JESÚS GONZÁLEZ PAZOS // Parece consecuencia de una arraigada tradición eso de al finalizar el año, o en las primeras semanas del siguiente, hacer análisis de situación. Ya sea a nivel local, nacional o internacional, ya sea sobre el arte, la economía o el acontecer gastronómico, la costumbre está ahí y los escritos proliferan. Pues bien, desde la oportunidad, y cierta legitimidad, que da el ser parte de una organización de solidaridad y cooperación internacional, intentamos sumar en esta línea de reflexión sobre hacia dónde va este mundo cuando recién hemos cambiado el calendario.

En un artículo anterior exponíamos la consideración de haber entrado, posiblemente, en el fin del ciclo neoliberal y como esto se ha manifestado con más evidencia en 2016, aunque viene de un poco más lejos. Afirmación asentada en hechos como las revueltas políticas y sociales que contra este sistema se dieron, especialmente en la primera década del actual siglo en América latina y que, cuestionando profundamente sus bases de dominación, abrieron caminos nuevos y posibles que todavía hoy están en construcción teórica y práctica (nadie dijo que esto fuera a ser fácil, verdad). Esa afirmación se asienta igualmente, y en años más recientes, en las sucesivas protestas encadenadas en los países del sur europeo, al sufrir éstos las consecuencias más duras de la crisis de ese modelo dominante, consecuencias no solo económicas, sino también políticas, sociales e ideológicas. Pero este aserto del fin del ciclo neoliberal se basaba también en el actuar de las mayorías silenciosas en el último año, aquellas que no salen a las calles, pero que llevan años sufriendo los rigores de este sistema que podemos denominar ya como el de la globalización de la desigualdad. Pues bien, ese hastío lo muestran esas mayorías silenciosas en votaciones y referéndums que, más allá de romper encuestas, reflejan la ruptura del conformismo pasivo al que han sido inducidas y el cansancio contra las élites económicas y políticas establecidas (el stablishment) que hoy controlan los diferentes países.

A partir de aquí, el futuro inmediato se abre hacia opciones diametralmente opuestas. O avanzamos hacia la construcción de sociedades más justas, donde el desigual reparto de la riqueza y su consecuencia más directa, el brutal resquebrajamiento de las sociedades por la desigualdad, sea una pesadilla olvidada; o, por el contrario, se optan por salidas neofascistas que profundicen en ese camino, como el ascenso generalizado de la ultraderecha y de la derecha extrema parece asegurarnos. Pero, teniendo todo esto en cuenta, centrémonos ahora en esa anunciada revisión de situación que citábamos al principio como objetivo de este escrito.

El Brexit en Gran Bretaña, el referéndum en Italia, la elección de Donald Trump en Estados Unidos y algún otro “susto” más han sido noticias cargadas de pasado que ponían en solfa las mismas estructuras del sistema político y social y que le han hecho tambalearse en 2016. Las medidas proteccionistas empiezan a recuperar espacios antes perdidos, mientras aumenta la crítica al libre mercado y su poder absoluto; el Estado recupera terreno frente a la ortodoxia neoliberal. Así, lo que hace poco se nos presentaba como la panacea del crecimiento económico, cual eran los innumerables tratados de libre comercio que las transnacionales dictaban a los gobiernos, hoy empiezan a ser cuestionados hasta por una parte de esas mismas élites. Y en toda esta situación de impugnación y disputa a las bases del sistema, aunque se nos trate de ocultar y minimizar, han tenido con enorme protagonismo las distintas sociedades. Enormes movilizaciones como hacía muchos años que no se encontraban (contra la brutal austeridad y por la vida digna en Grecia, contra esos mismos tratados de libre comercio que antes citábamos en toda Europa, etc.) han vuelto a recorrer las calles y han recuperado mucho de la dignidad malograda por el neoliberalismo. Aunque no siempre se hayan transformado en victorias políticas, han puesto elementos importantes para los cuestionamientos imprescindibles, para la crítica necesaria, para avanzar en la generación de alternativas al modelo.

Pero en este análisis de situación también hay que traer a revisión otras realidades invisibilizadas en 2016. Las guerras de Siria, Palestina, Irak… siguen interpelando por responsabilidades ocultas, especialmente, de parte de las “autoridades” europeas y estadounidenses. Esas mismas que construyen grandes proclamas a favor de la democracia y por los derechos humanos de todas las personas, pero siguen ignorando, y en muchos casos condenando a muerte, a miles de seres humanos que mueren en las puertas de la vieja Europa o en la fosa común más grande de la historia en que han convertido el mar Mediterráneo. Y todo ello mientras ocultan sus responsabilidades en esas mismas guerras; siguen lucrándose con la venta de armamento a contendientes de todo tipo, siguen alimentando los enfrentamientos y siguen reprimiendo la solidaridad.

Realidades invisibles también son otras guerras en Yemen, Libia, Somalia, Congo… y ya que estamos aquí, citemos la invisibilización de todo un continente como es el africano. Donde las transnacionales occidentales, con el respaldo firme de sus gobiernos, siguen expoliando y alimentando guerras para conseguir única y exclusivamente el aumento de sus beneficios.    

No obstante, hay un lado positivo en este balance que supone a su vez las bases optimistas para los tiempos que están por llegar. Ya señalábamos las grandes movilizaciones que en Europa han cuestionado el modelo, pero habrá que subrayar y enorgullecerse de la solidaridad y demanda de derechos que la mayoría de la población de este viejo continente expresa diariamente por esa población en marcha hacia Europa desde la expulsión de sus territorios por las guerras o el empobrecimiento enquistado. Cierto es que el ascenso de la ultraderecha es innegable y nos puede abocar a tiempos muy difíciles, pero también se han fortalecido en este 2016 movimientos sociales diversos que muestran una cierta revitalización de nuestras sociedades. Algunos, como el feminista, han plantado cara al espejismo de la igualdad de las mujeres en esta misma Europa, han dicho con claridad que todavía no es real la equidad y, sobre todo, proclaman día a día que el machismo y los machistas asesinan mujeres y que hay que acabar con uno y otros, deconstruyendo así esta sociedad patriarcal. 

Por otra parte y cruzando océanos, hay que recuperar del interesado olvido el hecho de que América Latina y sus grandes mayorías hoy siguen construyendo teorías y prácticas diferentes que buscan los caminos hacia sociedades más justas. Que ponen a discusión conceptos viejos y nuevos como el Buen Vivir, la economía comunitaria, la recuperación del papel del Estado en la economía o el hecho de que hay otros modelos de estados posibles que superan al tradicional estado-nación, etc. Pero incluso en países tan centrales como los EEUU, pese al tiempo de oscurantismo que puede venir con Trump, se abren esperanzas de nuevos planteamientos como fue, por lo menos, el discurso renovador de Bernie Sanders como posible candidato demócrata y lo que éste concitaba a su alrededor. Por todo ello y mucho más que se queda en el tintero, podemos decir que hay opciones, que hay posibilidades para que el 2017 resulte interesante. 

Y si alguien está tentado al leer este artículo a su descalificación fácil señalando que el mismo rezuma ideología superada por la historia, le ahorramos el esfuerzo. Claro que este texto vuelca en sí mismo ideología, aquella que busca la igualdad y la justicia social, la verdadera democracia en la que más y más personas tomemos parte activa, la del respeto real a todos los derechos para todos y todas no solo para unos pocos. Muchos pensaron hace solo dos décadas que el fin de las ideologías había llegado y proclamaron a su vez el fin de la historia, subrayando que a partir de ese momento no habría más lucha ideológica. Eran los años felices del triunfo, se pensaba absoluto, del neoliberalismo. Hoy, solo unas décadas después discutimos sobre su oscuro inmediato futuro. Pero sostenemos también que hoy el riesgo está precisamente en la desideologización que algunos pretenden para que el neofascismo, con múltiples caras, pueda de nuevo enseñorearse del mundo en este año que recién iniciamos. Por todo ello, les deseamos un buen año, que sepamos cargarlo de ideología.  

Jesús González Pazos es miembro de Mugarik Gabe.

 

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