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El último doctorado

“Mecanismos asamblearios para resistir a la propaganda”
Memoria que para optar al grado de doctor presenta Manuel Andrade, tras los informes positivos de tres Departamentos de la Universidad Libre (ver anexo I).
En Nuevo Tecpatán, a 16 de febrero del…

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Un antifascista jamás duda: Le Pen no es opción

El 11 de octubre de 1931 se constituyó en Alemania el denominado Frente de Harzburg, una coalición política promovida por la derecha conservadora del multimillonario Alfred Hugenberg y al partido nazi de Adolf Hitler. Con la República de Weimar zaherida y con la agonía del canciller Gustav Stresseman, los conservadores veían en Adolf Hitler la figura carismática que les llevaría al poder. En un mitin conjunto en la ciudad de Bad Harzburg, en la que varios comunistas fueron detenidos por sedición al protestar, el magnate de la prensa y líder del partido conservador DNVP intentó ganarse el favor de Hitler para que encabezara su proyecto. Pero Hitler sabía que no precisaba de su colaboración política, solo de su dinero. Los conservadores de Hugenberg no fueron en coalición con el partido nazi únicamente por la negativa de Hitler. En momentos de tensión política en la que los conservadores vean comprometidos sus privilegios siempre elegirán el fascismo antes que el antifascismo. Ahora toca elegir.

Entre Macron y Le Pen no me queda duda. Macron. La realidad no permite circunloquios y ha situado a la sociedad francesa y europea en este dilema. La izquierda puede centrarse en discusiones inútiles sobre los errores del pasado o qué Europa hemos construido para que se plantee esta disyuntiva tan perjudicial para los trabajadores, pero en quince días el fascismo puede lograr el poder en nuestro vecino del norte si no se impide con el voto. No hay equidistancia posible, cualquier opción política es mejor que Le Pen. Es una falacia establecer que no había alternativas a la extrema derecha o la derecha liberal. Las había pero no lograron llegar a la final. Y ahora hay que decantarse. Un antifascista sabe que cuando la historia pone el fascismo en el camino solo cabe hacerle frente. Sin diatribas ni relatos alternativos. Hay que pararlo.

Emmanuel Macron, un exbanquero de los Rothschild y exministro de Economía del socialismo de François Hollande -uno de los máximos responsables del ascenso del fascismo de Marine Le Pen con sus políticas conservadoras- es una desgracia para los trabajadores de igual porte que lo sería Fillon o lo son Albert Rivera y Mariano Rajoy. Un neoliberal clasista que se dirige a los trabajadores que protestan por la reforma laboral diciéndoles que trabajen para comprarse un traje como el suyoPolíticos como Macron y políticas como las de Macron son las que han llevado a Le Pen a su máximo histórico. No será el antídoto contra el fascismo, es solo un dique de contención que la historia ha puesto en nuestro camino y que dejará latente el problema, si no lo agrava. Pero es el instrumento que la realidad nos ha dado, hay que hacer fuerte el dique ahora, poner sacos terreros y parar la embestida mientras se construye una verdadera alternativa a la extrema derecha que sepulte a Le Pen y a los que como Macron la aúpan con su ideología tóxica para los trabajadores.

En los días previos a las elecciones en Francia, políticos del PSOE, Ciudadanos y el PP, columnistas de extremo centro de El País y toda la oligarquía mediática no dudaron en equiparar a Jean Luc Mèlenchon con Marine Le Pen para armar la estructura que pudiera establecer el relato que permitiera poner a Le Pen como alternativa viable en el caso de que el candidato de izquierdas compitiera con ella en segunda vuelta. Todos aquellos que han equiparado en multitud de ocasiones el antifascismo con el fascismo y el nazismo con el comunismo han construido una Europa que permite que la ideología más criminal de la Europa contemporánea sea vista como una opción tolerable. En el año 2012, mientras Viktor Orban reformaba la constitución para crear campos de trabajo para desempleados o su socio Jobbik realizaba cazas de gitanos en Gyongiospata, la Unión Europea recordaba al premier húngaro que la prioridad era el cumplimiento del déficit y la independencia del Banco Central. Y el virus se siguió propagando.

Partidos como Ciudadanos están intentando dar lecciones de antifascismo porque ahora es cool ir contra Le Pen y apoyar a un candidato de estudio de márketing como Macron. Sin embargo, Albert Rivera fue uno de los que participó de manera más activa en la reactivación de la extrema derecha al participar en una coalición de partidos llamada Libertas para acudir a las elecciones europeas de 2009. Ciudadanos acudió coaligado, por ejemplo, a la Liga de las Familias Polacas, un partido de extrema derecha y xenófobo que tuvo a su líder, Roman Giertych, como viceprimer ministro en el año 2007 y que prohibió hablar de la homosexualidad en las escuelas por sus “creencias como hombre”.

Tener plena consciencia de cuál sería la opción de los antifascistas sobrevenidos en caso de cuestionarse sus intereses no puede marcar el camino de un antifascista convencido. En estos momentos hay que compartir trinchera con los de Macron frente a Le Pen aunque estemos seguros de que nos van a usar como carnaza para el capital. Esa será otra guerra, y ya va siendo hora de que la izquierda sepa cómo afrontarla.

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“El capitalismo es cada día más incompatible con la democracia”

La nueva coportavoz de IU Madrid Sol Sánchez cree que el capitalismo ha mutado y, por tanto, también deben hacerlo las políticas que se proponen para la gente que sufre sus consecuencias. Con motivo del especial de La Marea dedicado al auge del neofascismo el pasado diciembre, Sánchez contestó a nuestras preguntas por e-mail.

¿Por qué los populismos de derechas o, directamente neofascismos, están creciendo en buena parte del mundo?

Porque previamente han crecido los excluidos y los directamente expulsados por el sistema, y con ellos también el miedo de quienes aún no lo están pero se saben, o empiezan a intuirse candidatos para ese mismo destino. En ese contexto, la gente quiere soluciones y cuanto más simples y tranquilizadoras, mucho mejor. Y entre una receta mágica que culpe a algún “otro” (sea este los emigrantes, la incorporación de la mujer al mercado laboral…) y una explicación que haga tambalearse cimientos más profundos de las creencias personales (como que su situación es consecuencia directa del actual funcionamiento y necesidades del sistema capitalista) y diferente a lo que parece aceptado mayoritariamente o de “sentido común” en la sociedad de pertenencia (y no de menor importancia: del discurso único en los grandes medios de comunicación), entre una población que ya lleva décadas siendo socializada en los valores individualistas y egoístas de la era del capitalismo neoliberal más salvaje, pues los mensajes neofascistas enganchan muy bien. Amén de la debilidad de una parte de la izquierda adocenada por el propio sistema o a la que esto cogió con el paso cambiado, y que no estaba dando las respuestas y alternativas a estas nuevas realidades y necesidades vitales de las clases trabajadoras y populares desde las coordenadas, los principios y los valores de la izquierda.

¿Qué responsabilidad tienen los partidos socialdemócratas en este ascenso?

La actual –y generalizada– crisis de la socialdemocracia viene generada por la imposibilidad de combinar un discurso pretendidamente de izquierdas, y la también pretendida promoción de políticas dirigidas a mejorar la justicia social, con la aceptación acrítica de las políticas económicas ultraliberales y en general con la ortodoxia neoliberal. A cualquier mente con un mínimo de honradez intelectual esto le provocaría una fuerte neurosis si no la caída directa en la absoluta esquizofrenia.

En el caso del PSOE, hay que decir que cada vez es más evidente para más gente que es el partido político que ha sostenido el régimen del 78 con mayor solvencia, que muchos de los cambios determinantes sobre los que se han cimentado las actuales políticas regresivas y de recortes han sido ejecutados bajo su gobierno (reforma del artículo 35 de la Constitución, primera reforma laboral…) y que en Bruselas, donde vota más del 75% de las veces de la mano de los populares (hasta el 80% de coincidencia en políticas económicas y monetarias, pero también el 65% en políticas sociales y de empleo…), hace ya mucho tiempo que la gran coalición es un hecho. Así que creo que la cuestión no es si la socialdemocracia es vista o no como una alternativa: el hecho es que no lo es, y además tampoco podría serlo porque el mundo ha cambiado bajo sus pies y no se ha dado por enterada. Ella misma ha cambiado y lo que era socialdemocracia ya no es más que socioliberalismo en el mejor de los casos. Eso, más que decirlo yo, lo dicen sus actos.

Además el capitalismo ha mutado, y no puedes proponer políticas para un mundo que ya no existe y no volverá. Allí, en la imaginación del político socialdemócrata –incluso del más bienintencionado– no está la gente que vive lo que son unos cambios estructurales atados y bien atados. La clase trabajadora y las clases populares viven en este mundo real de precariedad y temporalidad que ni siquiera pertenece a la misma dimensión de realidad que los consejos de administración del Ibex 35 donde se sientan muchos de sus gurús. La frustración que todo esto está generando en las personas que se referenciaban e identificaban con esa pretendida “izquierda amable”, sumada a la estigmatización de la izquierda más radical por parte del discurso dominante (del que forma parte el propio PSOE) deja a mucha gente tanto huérfana políticamente como con prejuicios acumulados hacia alternativas de izquierda. Además, por no ser “fórmulas mágicas” como las que proponen las ultraderechas, convierte a todas esas personas en un caldo de cultivo ideal para que proliferen este tipo de fenómenos políticos fascistoides. De hecho esto no tiene nada de novedoso, deberíamos revisar con atención los años 20 y 30 del pasado siglo XX.

En un contexto de crisis como la de los últimos años, la izquierda no ha sabido conectar con sus potenciales votantes y convertirse en una verdadera opción de gobierno. ¿Por qué? ¿No está sabiendo adaptar su discurso a los nuevos tiempos?

Este tema es tan extenso que llenaría páginas y páginas. Creo que hay varias razones, algunas internas y responsabilidad de la propia izquierda, y otras cuyo mérito habría que atribuirle al enemigo. Empiezo por estas últimas. El proyecto político neoliberal que se empezó a gestar en los años 70 por la clase corporativa capitalista y que consiguió neutralizar la cuota de poder y la iniciativa de la clase trabajadora –ganando, además, las batallas política e ideológica de manera aplastante en las siguientes décadas–, se apoyó en la creación de think tanks y en la toma del mundo académico paciente y sistemáticamente. Ya en los años 90 nada quedaba del movimiento estudiantil de los 60, de la fuerza de décadas anteriores de los sindicatos, y las ideas de economistas como Hayek se habían convertido en el discurso dominante y en cuestiones de “sentido común” independientemente de lo que los datos empíricos demostrasen. La sabiduría convencional cuando alcanza ese éxito se convierte en parte del inconsciente colectivo, y a partir de ese momento combatirlo se complica profundamente. Ése fue el mérito de las élites.

La izquierda, hablando en un sentido muy amplio pero dejando fuera la socialdemocracia, no reaccionó a esta realidad y cuando lo hizo ya era tarde. No percibió ni analizó los cambios que se estaban produciendo y le pilló con el paso cambiado. Creo que se había tragado el cuento de que los derechos conquistados ya nunca volverían a estar en entredicho y simplemente se había convertido en la pata izquierda de la mesa común. De facto era parte de un sistema que no ponía en cuestión. Eso fue responsabilidad de la izquierda.

En España, el Partido Comunista, que había sido la referencia en la lucha por la democracia y el fin de la dictadura franquista, se echó a un lado a favor del PSOE y abrazó eso que luego se llamó  eurocomunismo. No quedaba nadie fuera del sistema. Y el sistema se metió dentro de todos. Cuando por fin se salió de ese letargo lisérgico, el panorama era desolador y el trabajo ingente. Convertirse en una verdadera opción de gobierno pasaba (y pasa) por lidiar con ese inconsciente colectivo que, en aquel momento, ya estaba bien instalado y había interiorizado como de sentido común auténticas aberraciones neoliberales como privatizaciones de servicios básicos para la vida, que los impuestos son indeseables y otras lindezas similares. Pero desde mi punto de vista cuando nos acercamos en el tiempo, el principal problema fue que la izquierda se burocratizó, se separó de los conflictos y de la gente en la calle, se adaptó al juego parlamentario y se dibujó a su imagen y semejanza.

Para mí el discurso es importante, pero creo que últimamente sólo se habla de construcción de discursos y de relatos y nos hemos olvidado de construir realidades. La práctica es fundamental. Es cierto que las palabras son los ladrillos con los que construimos el mundo incluso antes de que éste sea construido, nunca son inocentes y siempre son importantes. Pero si de lo que se trata es de crear conciencia, las palabras deben ir acompañadas y acompañando a la acción, a la práctica, y darse sentido mutuamente. Las palabras que sólo emocionan son mucho más volubles que las que, además de emocionar, dan sentido a la realidad que vives porque ésas te acompañan para siempre. Y eso no es adaptar,  es tener la valentía y la honradez de explicar y crear.

Creo que existe un proyecto de izquierda que supone una alternativa real y viable de gobierno, y creo que se ha de explicar con valentía y claridad. Eso puede significar para mí adaptar el discurso a los nuevos tiempos, no vender humo, ni decir lo que “se cree” que la gente desea oír. Porque debemos vencer pero también convencer. Y tenemos la responsabilidad de saber que los proyectos alternativos que tenemos frente a nosotros son el fascismo o la mentira.

¿La izquierda ha renunciado a cambiar el sistema capitalista y se conforma con reformarlo? ¿Los programas económicos de la izquierda son creíbles para la población?

El sistema capitalista es irreformable, a eso me refería antes con “la mentira”.  La izquierda más allá de la socialdemocracia tuvo una larga temporada de letargo en la que no planteó seriamente las alternativas que le correspondía plantear; afortunadamente creo que eso ya es cosa del pasado. Por supuesto que hay que cambiar el sistema y hay alternativas para ello. De hecho esa es la única alternativa, porque el sistema capitalista no es sostenible ni social ni económica ni físicamente, y además es cada día más incompatible con la democracia.

Yo lo que me preguntaría es cómo es posible que los programas económicos de la derecha sean creíbles para la población cuando los hechos demuestran que no llevan más que al precipicio a la gran mayoría social, y sólo favorecen a unas cada vez más reducidas y opulentas élites locales y transnacionales… El poder económico sí tiene su programa y parte de él está en los mal llamados Tratados de Libre Comercio e Inversión, cuyo objetivo real es cerrar una tela de araña, una lex mercatoria mundial,  que convertirá las constituciones nacionales y las actuales democracias en papel mojado. Ante eso, los programas económicos que estamos planteando desde la izquierda son casi timoratos, pero deben servir de muro de contención ante esa ofensiva y de puente hacia unos cambios aún más  profundos que vuelvan a poner la economía al servicio de las personas y la vida –y no de la acumulación de beneficios de las grandes corporaciones transnacionales–, que regulen las relaciones entre los agentes económicos y el medioambiente de forma justa y sostenible, cosa que ahora es evidente para cualquiera que no sucede.

Decir que los programas económicos de la izquierda son utópicos es una soberana estupidez, pero una soberana estupidez repetida como un mantra por quienes ostentan el poder real. Lo que es verdaderamente distópico y suicida (u homicida, según se mire) es mantener unas políticas de austeridad que incluso el FMI  reconoció en 2013 llevar aplicando equivocadamente más de 30 años, y que agudizan las crisis en vez de resolverlas. Cuando todas estas cosas se le explican a la gente con los datos en la mano, ya lo creo que los programas económicos de la izquierda son creíbles. Quien es capaz de explicar el mundo, es además capaz de cambiarlo.

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Hacia dónde vas, mundo

JESÚS GONZÁLEZ PAZOS // Parece consecuencia de una arraigada tradición eso de al finalizar el año, o en las primeras semanas del siguiente, hacer análisis de situación. Ya sea a nivel local, nacional o internacional, ya sea sobre el arte, la economía o el acontecer gastronómico, la costumbre está ahí y los escritos proliferan. Pues bien, desde la oportunidad, y cierta legitimidad, que da el ser parte de una organización de solidaridad y cooperación internacional, intentamos sumar en esta línea de reflexión sobre hacia dónde va este mundo cuando recién hemos cambiado el calendario.

En un artículo anterior exponíamos la consideración de haber entrado, posiblemente, en el fin del ciclo neoliberal y como esto se ha manifestado con más evidencia en 2016, aunque viene de un poco más lejos. Afirmación asentada en hechos como las revueltas políticas y sociales que contra este sistema se dieron, especialmente en la primera década del actual siglo en América latina y que, cuestionando profundamente sus bases de dominación, abrieron caminos nuevos y posibles que todavía hoy están en construcción teórica y práctica (nadie dijo que esto fuera a ser fácil, verdad). Esa afirmación se asienta igualmente, y en años más recientes, en las sucesivas protestas encadenadas en los países del sur europeo, al sufrir éstos las consecuencias más duras de la crisis de ese modelo dominante, consecuencias no solo económicas, sino también políticas, sociales e ideológicas. Pero este aserto del fin del ciclo neoliberal se basaba también en el actuar de las mayorías silenciosas en el último año, aquellas que no salen a las calles, pero que llevan años sufriendo los rigores de este sistema que podemos denominar ya como el de la globalización de la desigualdad. Pues bien, ese hastío lo muestran esas mayorías silenciosas en votaciones y referéndums que, más allá de romper encuestas, reflejan la ruptura del conformismo pasivo al que han sido inducidas y el cansancio contra las élites económicas y políticas establecidas (el stablishment) que hoy controlan los diferentes países.

A partir de aquí, el futuro inmediato se abre hacia opciones diametralmente opuestas. O avanzamos hacia la construcción de sociedades más justas, donde el desigual reparto de la riqueza y su consecuencia más directa, el brutal resquebrajamiento de las sociedades por la desigualdad, sea una pesadilla olvidada; o, por el contrario, se optan por salidas neofascistas que profundicen en ese camino, como el ascenso generalizado de la ultraderecha y de la derecha extrema parece asegurarnos. Pero, teniendo todo esto en cuenta, centrémonos ahora en esa anunciada revisión de situación que citábamos al principio como objetivo de este escrito.

El Brexit en Gran Bretaña, el referéndum en Italia, la elección de Donald Trump en Estados Unidos y algún otro “susto” más han sido noticias cargadas de pasado que ponían en solfa las mismas estructuras del sistema político y social y que le han hecho tambalearse en 2016. Las medidas proteccionistas empiezan a recuperar espacios antes perdidos, mientras aumenta la crítica al libre mercado y su poder absoluto; el Estado recupera terreno frente a la ortodoxia neoliberal. Así, lo que hace poco se nos presentaba como la panacea del crecimiento económico, cual eran los innumerables tratados de libre comercio que las transnacionales dictaban a los gobiernos, hoy empiezan a ser cuestionados hasta por una parte de esas mismas élites. Y en toda esta situación de impugnación y disputa a las bases del sistema, aunque se nos trate de ocultar y minimizar, han tenido con enorme protagonismo las distintas sociedades. Enormes movilizaciones como hacía muchos años que no se encontraban (contra la brutal austeridad y por la vida digna en Grecia, contra esos mismos tratados de libre comercio que antes citábamos en toda Europa, etc.) han vuelto a recorrer las calles y han recuperado mucho de la dignidad malograda por el neoliberalismo. Aunque no siempre se hayan transformado en victorias políticas, han puesto elementos importantes para los cuestionamientos imprescindibles, para la crítica necesaria, para avanzar en la generación de alternativas al modelo.

Pero en este análisis de situación también hay que traer a revisión otras realidades invisibilizadas en 2016. Las guerras de Siria, Palestina, Irak… siguen interpelando por responsabilidades ocultas, especialmente, de parte de las “autoridades” europeas y estadounidenses. Esas mismas que construyen grandes proclamas a favor de la democracia y por los derechos humanos de todas las personas, pero siguen ignorando, y en muchos casos condenando a muerte, a miles de seres humanos que mueren en las puertas de la vieja Europa o en la fosa común más grande de la historia en que han convertido el mar Mediterráneo. Y todo ello mientras ocultan sus responsabilidades en esas mismas guerras; siguen lucrándose con la venta de armamento a contendientes de todo tipo, siguen alimentando los enfrentamientos y siguen reprimiendo la solidaridad.

Realidades invisibles también son otras guerras en Yemen, Libia, Somalia, Congo… y ya que estamos aquí, citemos la invisibilización de todo un continente como es el africano. Donde las transnacionales occidentales, con el respaldo firme de sus gobiernos, siguen expoliando y alimentando guerras para conseguir única y exclusivamente el aumento de sus beneficios.    

No obstante, hay un lado positivo en este balance que supone a su vez las bases optimistas para los tiempos que están por llegar. Ya señalábamos las grandes movilizaciones que en Europa han cuestionado el modelo, pero habrá que subrayar y enorgullecerse de la solidaridad y demanda de derechos que la mayoría de la población de este viejo continente expresa diariamente por esa población en marcha hacia Europa desde la expulsión de sus territorios por las guerras o el empobrecimiento enquistado. Cierto es que el ascenso de la ultraderecha es innegable y nos puede abocar a tiempos muy difíciles, pero también se han fortalecido en este 2016 movimientos sociales diversos que muestran una cierta revitalización de nuestras sociedades. Algunos, como el feminista, han plantado cara al espejismo de la igualdad de las mujeres en esta misma Europa, han dicho con claridad que todavía no es real la equidad y, sobre todo, proclaman día a día que el machismo y los machistas asesinan mujeres y que hay que acabar con uno y otros, deconstruyendo así esta sociedad patriarcal. 

Por otra parte y cruzando océanos, hay que recuperar del interesado olvido el hecho de que América Latina y sus grandes mayorías hoy siguen construyendo teorías y prácticas diferentes que buscan los caminos hacia sociedades más justas. Que ponen a discusión conceptos viejos y nuevos como el Buen Vivir, la economía comunitaria, la recuperación del papel del Estado en la economía o el hecho de que hay otros modelos de estados posibles que superan al tradicional estado-nación, etc. Pero incluso en países tan centrales como los EEUU, pese al tiempo de oscurantismo que puede venir con Trump, se abren esperanzas de nuevos planteamientos como fue, por lo menos, el discurso renovador de Bernie Sanders como posible candidato demócrata y lo que éste concitaba a su alrededor. Por todo ello y mucho más que se queda en el tintero, podemos decir que hay opciones, que hay posibilidades para que el 2017 resulte interesante. 

Y si alguien está tentado al leer este artículo a su descalificación fácil señalando que el mismo rezuma ideología superada por la historia, le ahorramos el esfuerzo. Claro que este texto vuelca en sí mismo ideología, aquella que busca la igualdad y la justicia social, la verdadera democracia en la que más y más personas tomemos parte activa, la del respeto real a todos los derechos para todos y todas no solo para unos pocos. Muchos pensaron hace solo dos décadas que el fin de las ideologías había llegado y proclamaron a su vez el fin de la historia, subrayando que a partir de ese momento no habría más lucha ideológica. Eran los años felices del triunfo, se pensaba absoluto, del neoliberalismo. Hoy, solo unas décadas después discutimos sobre su oscuro inmediato futuro. Pero sostenemos también que hoy el riesgo está precisamente en la desideologización que algunos pretenden para que el neofascismo, con múltiples caras, pueda de nuevo enseñorearse del mundo en este año que recién iniciamos. Por todo ello, les deseamos un buen año, que sepamos cargarlo de ideología.  

Jesús González Pazos es miembro de Mugarik Gabe.

 

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Chamizo: “Ni soy errejonista ni de Pablo Iglesias. Hay que estar en la calle y en las instituciones”

chamizo

Exdefensor del Pueblo andaluz, referente de la izquierda dentro y fuera de la comunidad. José Chamizo no se anda con paños calientes. Fue pretendido por Podemos y por Izquierda Unida para encarar el nuevo escenario político tras el 15-M. Habla claro. “Después de analizar el comportamiento de algunos gobiernos europeos con los refugiados, sólo una pregunta: ¿Estamos tan lejos del fascismo?”, reflexionaba a principios de este año. Entonces casi nadie se tomaba en serio a Donald Trump. Diez meses después ganó las elecciones de EEUU.

¿Qué es la izquierda para usted?

Yo pienso que ante todo una forma de pensamiento y vida que va orientada al servicio absoluto hacia la gente y especialmente a la gente más vulnerable, sin olvidar las clases medias. Es una actitud de servicio permanente a la sociedad, pero desde una perspectiva donde lo que importa es el bienestar de todos a la vez, no de unos cuantos.

¿Por qué ha ganado Trump y ha perdido Clinton?

Por el cansancio y el agotamiento que tienen los votantes. La gente está cansada del modelo economicista y, curiosamente, aunque parezca contradictorio, regresa alguien que les promete el volver a ser lo que fueron. A tener una vida sin esta angustia que da el sistema económico, a una sociedad auténtica del bienestar. No sé si la gente se lo ha creído o ha pensado que Clinton es más de lo mismo, a pesar del discurso tan tremendo que Trump tiene para mí. Lo que es fuerte es que lo hayan votado tantas mujeres e incluso tantos extranjeros inmigrantes. Esa es la explicación que tiene la locura en la que vive la gente.

¿Han sido un error las críticas que se han hecho desde el propio feminismo a Hillary Clinton?

Yo creo que no han favorecido. Igual que lo del FBI es de vergüenza también. Aunque en el fondo es posible que no lo explique todo. Son cuestiones que están ahí.

¿La fractura de la izquierda influye en el crecimiento de la ultraderecha?

Totalmente. La izquierda tiene que llegar a unos mínimos de acuerdo, porque si no el fascismo va a ser una realidad en Europa entera en menos de cinco años. Porque aquí todo el mundo piensa que tiene razón y a mí me parece muy bien, pero hay que pactar y llegar a acuerdos para que no venga lo que se ve venir, que es el fascismo. Y un fascismo complicado porque es mucho más sutil que el anterior. No tiene una cara tan próxima o no se le ve venir tanto como al otro. Sin una unidad no hacemos nada, no digo ideológica absoluta, pero en unos puntos básicos sí. Estamos asistiendo a una pelea permanente. Hay cinco de izquierdas y tres están contra dos. O uno contra cuatro, en fin. Eso no puede ser. Por supuesto que el debate siempre tiene que existir, pero un debate sensato y sereno, no esta barbaridad en la que estamos.

¿Qué responsabilidad tiene la izquierda en el ascenso de líderes como Trump?

Tiene mucha responsabilidad necesariamente. Los personalismos, los dogmatismos no han favorecido a una respuesta real a los problemas que tiene la gente. Muchas veces se lucha más por la discusión que por la gente.

¿En qué condiciones ve a Unidos Podemos para enfrentar a la ultraderecha?

Yo espero que triunfe la sensatez. Yo creo que Pablo [Iglesias], Errejón, toda esta gente son gente sensata al final. Y además nos jugamos el futuro, ¿eh? Me consta también que Izquierda Unida va en esa dirección. Y gente del PSOE. En el PSOE hay gente de izquierdas que puede perfectamente entrar en esa recomposición de la izquierda.

¿Qué está ofreciendo la izquierda ahora mismo para frenar esa ola?

Ahora mismo no se está haciendo nada. Lamentar y poco más. Yo creo que hay que movilizar y que hay que poner objetivos concretos. Hay que hacer algo más de lo que se está haciendo. Hay que movilizar pero con resultados, no sólo salir por salir a la calle. Hay que dar un paso más desde las instituciones.

¿Pero las cosas no se consiguen en la calle?

Sí, pero también en las instituciones. Por eso ni soy errejonista ni de Pablo Iglesias. Hay que estar en la calle y en las instituciones.

¿La izquierda ha abandonado a la clase obrera?

No, yo creo que es al revés. La clase obrera es la que se ha distanciado de la izquierda porque no le da las respuestas que esperábamos. Yo creo que es al revés.

¿Qué papel han jugado los sindicatos?

Todo el mundo hace su papel, pero cada uno por su lado. Lo que se necesita es la unidad. Aquí cada uno va a echar balones fuera, a conseguir cosas como ahora, que contamos tres horas menos a los funcionarios. Pues mire usted, no sé hasta qué punto es el momento. Si fuera posible, incluso yo pondría jornadas más cortas.

¿Cómo han influido las políticas de la UE?

Esas han dado un retroceso increíble. A las políticas sociales de Europa no hay quien las conozca, cuando lo mejor que tenía Europa eran las políticas sociales. Y yo creo que todo es amparado en la inmigración, en los refugiados, pero a partir de ahí ellos son la excusa diabólica para cortar, cortar, cortar.

¿Por qué en España no hay un partido ultraderechista potente a pesar de lo presente que sigue todavía el franquismo?

Porque el espectro que abarca el PP es muy amplio. Ahí cabe gente de todo tipo. Hay gente muy normal y gente de extrema derecha.

¿Trump va a hacer bueno a Rajoy?

Sí, por supuesto. Rajoy todavía es un hombre con sensatez, a pesar de que nos guste más o menos.

José Chamizo participó en el debate organizado por La Marea en Sevilla el pasado 19 de diciembre junto a Teresa Rodríguez, Antonio Maíllo, Antonio Hurtado y Lina Gálvez. Puedes ver sus intervenciones en este vídeo

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