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Un miembro de VOX Toledo fue un neonazi condenado por una brutal agresión que dejó con un 20% de discapacidad a un profesor de la Universidad de Valencia

José Ignacio Vega Peinado fue candidato de España 2000 y miembro de la organización neonazi Acción Radical.

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Charlottesville: equidistancias y otras miserias

Danuta Danielsson era una mujer polaca que vivía en Suecia y que tuvo a su madre en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Hans Runeson la fotografió en una manifestación del Partido Nórdico del Reich golpeando con su bolso a un miembro de la formación nazi. Danielsson hizo bien en expresar su rechazo ante aquellos que representan el odio más extremo. Su fotografía es hoy un referente icónico de la lucha antifascista que muestra de manera gráfica que al fascismo no se le discute.

Sin embargo, no resulta extraño cuando en una manifestación de nazis y supremacistas blancos se producen hechos violentos ver en la prensa española titulares que dicen: Estado de emergencia en Virginia por disturbios entre grupos radicales. Es una posición editorial muy extendida equiparar a los que creen que su raza es superior y quieren exterminar a todos aquellos que no cumplen con sus cánones raciales con quienes defienden la diversidad y los combaten.

La intelectualidad conservadora patria, ahora autodenominada liberal, siempre ha equiparado fascismo y antifascismo para justificar ante sí misma que no ve tan mal la ideología que mantenía reprimido el gen rojo. El anticomunismo siempre ha dejado al desnudo sus costuras. El tratamiento informativo de Charlottesville en los medios españoles sólo cambió cuando en rueda de prensa Donald Trump habló de violencia por ambos lados y dejó en evidencia todas las vergüenzas periodísticas.

La progresía española se ha contaminado de ese pensamiento por un complejo de inferioridad, y corre a denunciar cualquier conato de violencia sin pararse a valorar cuál es el contexto. No se atreve a exponer y analizar que no es lo mismo que un nazi agreda a un negro por su color que el hecho de que un antifascista agreda a una nazi que se dedica a apalear a minorías y colectivos vulnerables en cacerías por simple diversión y motivadas por su odio ideológico. Una postura pusilánime que no se arriesga a analizar y especificar el contexto determinado de un acto violento por temor a ser acusados de compartir el método. Porque no todas las violencias son iguales, las hay que por su fanatismo extremo no conocen más antídoto que el poder punitivo, del mismo modo que otras son legales o proporcionan excusa jurídica. Desde un punto de vista editorial y periodístico especificar el contexto de la violencia contra colectivos fascistas es imprescindible.

Manuel Jabois, periodista en El País, tuvo la osadía de hablar del contexto informativo en un caso de violencia contra colectivos nazis. Fue el pasado mes de enero, con motivo de la paliza dada por un grupo de antifascistas a una chica nazi en Murcia llamada La intocable. Lo hizo en una columna radiofónica en La SER llamada Información y verdad: «No sé si existe algo que justifique a una muchedumbre pateando a alguien en el suelo. Pero la información ayuda a colocarse mejor moralmente delante del suceso. Para un oyente no es lo mismo escuchar que le han dado una paliza una chica porque es de derechas o porque lleva una pulsera de la bandera de España (y esa es la información que se dio, y se sigue dando en muchos lugares) que oír que la paliza la reciba alguien neonazi que se encarga de dar esas mismas palizas”. 

Jabois hablaba de un caso que desde el punto de vista periodístico y moral marca una pauta habitual en los medios de comunicación españoles. La primera opción siempre es criminalizar a una determinada ideología de izquierdas. Ese sesgo político prima sobre la información, la deontología y el contexto. Si en las primeras noticias sobre la paliza se dice que la víctima era una nazi conocida de Murcia con diversos antecedentes que se dedica a dar palizas a inmigrantes lo más normal es que no consiga epatar a la inmensa mayoría de la opinión pública y la noticia pase desapercibida. Pero si dices que un grupo de violentos de extrema izquierda apalea a una chica de 19 años por llevar una pulsera de la bandera de España consigues el objetivo político marcado. Unos cuantos días marcando la agenda, el ministro del Interior tomando parte por la nazi agredida, y con un buen número de míseros y equidistantes haciendo buena la cita falsa de Churchill sobre los fascistas del futuro. Se consigue de manera efectiva igualar a los miembros de una ideología criminal con aquellos que la combaten. Ni nazismo, ni antinazismo, igualdad.

Alberto Reig Tapia define a estos especímenes de la vida cultural, política y periodística en su magnífico ensayo sobre los revisionistas españoles La crítica de la acrítica” como inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes. Aunque ellos no lo saben, o no se aceptan, y optan por llamarse liberales y apelar al valor último de la libertad sin comprender la complejidad sociológica y filosófica de ese concepto. Dice Reig de este arquetipo nacional: “Esa hipócrita equidistancia de la que se sirven tantos pretendidos críticos que se creen imparciales y que presumen de neutrales recurriendo al facilón recurso de dar una de cal y una de arena”.

La ideología nazi, supremacista o fascista no es respetable. No es una ideología equiparable a otra, no hay que darle voz, no hay que dejar que muestra sus ideas en ningún foro público. Su ilegalización sólo es debatible desde el punto de vista pragmático, para evitar que la victimización la haga crecer. La única manera con la que hay que dirigirse a ellos es mediante un combate frontal, directo y sin concesiones a sus ideas. No hay debate posible ni aceptable. No existe ninguna fobia que permita desde un punto de vista moral aceptar una posición neutra entre aquellos que consideran que hay que exterminar o subyugar a un ser humano y entre aquellos que los combaten. Sólo existe una posición moral aceptable, y es el antifascismo. Si en un combate ideológico, e incluso físico, entre fascistas y antifascistas no eliges la trinchera de los que defienden la diversidad y el respeto a las minorías, entonces ya has elegido. Eres uno de ellos.

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“Solución final” contra los musulmanes

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

En la madrugada del 23 de mayo, pocas horas después del atentado en el Manchester Arena, Katie Hopkins, columnista del Daily Mail y principal representante mediática de los sectores que sueñan con un movimiento político en el Reino Unido cuyo eslogan sea Make Britain Great Again, tuiteó lo siguiente: «22 muertos y subiendo. […]. Necesitamos una solución final. #ManchesterArena». Pasados unos minutos, al ver la reacción de decenas de usuarios que la acusaban de hacer referencia a un concepto forjado por el nazismo, Hopkins cambió «solución final» por «solución verdadera». La extrema derecha británica, aquella que impulsó el voto favorable al Brexit, aprovecha cada atentado en territorio occidental para normalizar nuevas ideas y estrategias contra la comunidad islámica, actualizando una agenda internacional antimusulmana que tiene como principal vocero al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

«Hombres occidentales. Estas son vuestras mujeres. Vuestras hijas. Vuestros hijos. Levantaos. Alzaos. Exigid acción. No continuéis como si nada. Intimidados». Así proseguía Hopkins con su llamamiento a un levantamiento en contra de los musulmanes durante la jornada posterior al sanguinario atentado. El editor del portal de noticias Spiked, Brendan O’Neill, sumó su voz a la estrategia de la extrema derecha, a pesar de autodefinirse como izquierdista, apelando a los británicos a no mantener la calma y a dejarse llevar por el odio que sentían después de la tragedia sufrida.

«Odio la ideología que sustenta esa barbarie. Quiero destruir esa ideología. No me siento triste, me siento apoplético. Otros sentirán lo mismo, pero si expresan esta emoción después del terror corren el riesgo de ser calificados como arquitectos del odio, contribuyentes a futuros actos terroristas, racistas, etc.», apuntaba O’Neill en su editorial, que criticaba que la reacción social mayoritaria ante el atentado se basara en las proclamas mediante hashtags como #WeStandTogether y en encender velas como señal de duelo.

Las voces que demandan acción, en el seno de una sociedad que cuenta con una importante comunidad musulmana, juegan con la carta de la ambigüedad. No dejan claro cuál debe ser el objetivo específico ni de qué manera se debería actuar. Su mensaje es meticulosamente difuso aunque determina de forma inequívoca la existencia de dos bandos: los ciudadanos occidentales, por un lado, y los terroristas, por el otro.

En su narrativa, los musulmanes, aunque nacidos en territorio europeo, quedan automáticamente excluidos de la etiqueta ‘ciudadanos occidentales’ así que, de forma más o menos velada, son equiparados a los miembros de grupos terroristas de bandera islamista. Según esta visión, los occidentales deben defender sus sociedades ante la barbarie que llega a Europa desde Oriente Medio. Ante la supuesta pasividad que gobiernos y medios de comunicación inculcan a la gente, la extrema derecha, cuya base social va in crescendo, pide una «solución final».

Cabe recordar que en el año 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la anhelada «solución final para la cuestión judía» ideada por Adolf Hitler empezó a tomar forma. Durante meses, los judíos de distintas zonas ocupadas por los alemanes fueron identificados y recluidos en guetos con el fin de poder ejecutar un plan que cambiaría la Historia de la humanidad. El historiador británico Ian Kershaw, en su libro Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 (Crítica, 2016), define el holocausto nazi y sus infames cámaras de gas como un «sistema industrializado de aniquilación en masa». «El genocidio constituyó la razón de ser misma de esta segunda gran conflagración», añade el autor. La «solución final» fue el eufemismo que se utilizó para acabar con la vida de millones de judíos, comunidad que desde los años 30 fue señalada como el principal enemigo de los alemanes de supuesta raza aria.

Cuando Hopkins usó el concepto «solución final» era consciente del significado de estas dos palabras, aunque más tarde optara por reformular el concepto cambiando el «final» por «verdadera». Hopkins ha dado un paso más hacia la confrontación, hacia la división interna, con el objetivo de inducir la formación de una resistencia liderada por hombres blancos que se tomen la justicia por su mano ante la amenaza terrorista.

Los actores de la extrema derecha saben que su batalla es a largo plazo y que la inestabilidad global juega a su favor. Llegar a proponer algo así como una «solución final para la cuestión musulmana» era impensable hace unos años. La utilización de estos conceptos mediante el altavoz de las redes sociales, más que la expresión de una opinión, se convierte un valioso test de prueba. Y el resultado es preocupante: si bien ha habido un amplio rechazo y Hopkins ha sido despedida de la radio londinense LBC, muchos ciudadanos apoyan ahora la idea de una «solución final» o «solución verdadera», el Daily Mail ha decidido mantenerla como columnista y la FOX estadounidense la ha presentado como opinadora de referencia en territorio británico.

Riaz Khan, un profesor musulmán de Leicester y una de las voces más mediáticas —en las redes sociales— de la comunidad islámica del Reino Unido, ve con preocupación el escenario actual. «Se utiliza un lenguaje similar al que se utilizaba contra los judíos en la Alemania de Hitler. Los atentados nos duelen y nos indignan igual que a cualquiera. Hay que condenar estos actos y posicionarse en contra del ISIS, pero no tenemos que pedir disculpas. No son nuestros actos, son actos de maníacos. ¿Se piensan que los terroristas vienen a nuestras mezquitas y nos dicen ‘¿sabes que voy a poner una bomba’? Esta gente no forma parte de nuestras comunidades», comentaba apenado después del atentado. Khan, nacido en Inglaterra, ha sido testimonio de como la extrema derecha ha normalizado el lenguaje del odio contra los musulmanes y los inmigrantes en general. Cuenta que el día de la votación del Brexit iba por la calle y escuchó que un hombre decía, refiriéndose a él: ‘al menos estos tendrán que irse pronto’. «¿Irme a dónde? ¡Yo nací aquí!».

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Una ley contra el nazismo

nazismo

Este artículo sobre la legislación contra el nazismo está incluido en #LaMarea47, un monográfico sobre la libertad de expresión

Björn Höcke es un ultra dentro de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) que ha revolucionado el panorama político del país. En enero, el presidente de este partido en el Estado oriental de Turingia, causó una vez más un gran impacto con un discurso contra la forma en que en Alemania se recuerda las barbaridades del nacionalsocialismo y puso como ejemplo el monumento a las víctimas del Holocausto en Berlín, inaugurado en 2005. «Los alemanes somos el único pueblo del mundo que ha plantado un monumento de la vergüenza en el corazón de su capital», dijo Höcke en un evento de las juventudes de AfD en Dresde. En los colegios habría que enseñar más los logros de literatos, científicos y descubridores alemanes, opinó el político, en vez de «ridiculizar y despreciar nuestra historia».

Varios diputados denunciaron a Höcke por haber cometido un delito de «Volksverhetzung», la instigación del pueblo al odio. El párrafo 130 del Código Penal que establece este delito tiene un apartado que prohíbe explícitamente «aceptar, enaltecer o justificar» en un espacio público el «régimen violento y arbitrario nacionalsocialista», con penas de hasta tres años de cárcel. La Fiscalía ha abierto una investigación contra Höcke y también contra un juez de Dresde, militante de AfD, que arremetió en el mismo acto contra un «Schuldkult» (culto al sentido de culpabilidad). Los denunciantes consideran que la intención de Höcke al pedir que se olvide este capítulo negro de la historia alemana entra en el concepto de justificar los crímenes nazis, aunque algunos expertos discrepan de esta interpretación del Código Penal. El caso del dirigente de AfD ilustra la dificultad y la controversia que provoca esta ley contra una ideología específica.

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