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Charlottesville: equidistancias y otras miserias

Danuta Danielsson era una mujer polaca que vivía en Suecia y que tuvo a su madre en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Hans Runeson la fotografió en una manifestación del Partido Nórdico del Reich golpeando con su bolso a un miembro de la formación nazi. Danielsson hizo bien en expresar su rechazo ante aquellos que representan el odio más extremo. Su fotografía es hoy un referente icónico de la lucha antifascista que muestra de manera gráfica que al fascismo no se le discute.

Sin embargo, no resulta extraño cuando en una manifestación de nazis y supremacistas blancos se producen hechos violentos ver en la prensa española titulares que dicen: Estado de emergencia en Virginia por disturbios entre grupos radicales. Es una posición editorial muy extendida equiparar a los que creen que su raza es superior y quieren exterminar a todos aquellos que no cumplen con sus cánones raciales con quienes defienden la diversidad y los combaten.

La intelectualidad conservadora patria, ahora autodenominada liberal, siempre ha equiparado fascismo y antifascismo para justificar ante sí misma que no ve tan mal la ideología que mantenía reprimido el gen rojo. El anticomunismo siempre ha dejado al desnudo sus costuras. El tratamiento informativo de Charlottesville en los medios españoles sólo cambió cuando en rueda de prensa Donald Trump habló de violencia por ambos lados y dejó en evidencia todas las vergüenzas periodísticas.

La progresía española se ha contaminado de ese pensamiento por un complejo de inferioridad, y corre a denunciar cualquier conato de violencia sin pararse a valorar cuál es el contexto. No se atreve a exponer y analizar que no es lo mismo que un nazi agreda a un negro por su color que el hecho de que un antifascista agreda a una nazi que se dedica a apalear a minorías y colectivos vulnerables en cacerías por simple diversión y motivadas por su odio ideológico. Una postura pusilánime que no se arriesga a analizar y especificar el contexto determinado de un acto violento por temor a ser acusados de compartir el método. Porque no todas las violencias son iguales, las hay que por su fanatismo extremo no conocen más antídoto que el poder punitivo, del mismo modo que otras son legales o proporcionan excusa jurídica. Desde un punto de vista editorial y periodístico especificar el contexto de la violencia contra colectivos fascistas es imprescindible.

Manuel Jabois, periodista en El País, tuvo la osadía de hablar del contexto informativo en un caso de violencia contra colectivos nazis. Fue el pasado mes de enero, con motivo de la paliza dada por un grupo de antifascistas a una chica nazi en Murcia llamada La intocable. Lo hizo en una columna radiofónica en La SER llamada Información y verdad: “No sé si existe algo que justifique a una muchedumbre pateando a alguien en el suelo. Pero la información ayuda a colocarse mejor moralmente delante del suceso. Para un oyente no es lo mismo escuchar que le han dado una paliza una chica porque es de derechas o porque lleva una pulsera de la bandera de España (y esa es la información que se dio, y se sigue dando en muchos lugares) que oír que la paliza la reciba alguien neonazi que se encarga de dar esas mismas palizas”. 

Jabois hablaba de un caso que desde el punto de vista periodístico y moral marca una pauta habitual en los medios de comunicación españoles. La primera opción siempre es criminalizar a una determinada ideología de izquierdas. Ese sesgo político prima sobre la información, la deontología y el contexto. Si en las primeras noticias sobre la paliza se dice que la víctima era una nazi conocida de Murcia con diversos antecedentes que se dedica a dar palizas a inmigrantes lo más normal es que no consiga epatar a la inmensa mayoría de la opinión pública y la noticia pase desapercibida. Pero si dices que un grupo de violentos de extrema izquierda apalea a una chica de 19 años por llevar una pulsera de la bandera de España consigues el objetivo político marcado. Unos cuantos días marcando la agenda, el ministro del Interior tomando parte por la nazi agredida, y con un buen número de míseros y equidistantes haciendo buena la cita falsa de Churchill sobre los fascistas del futuro. Se consigue de manera efectiva igualar a los miembros de una ideología criminal con aquellos que la combaten. Ni nazismo, ni antinazismo, igualdad.

Alberto Reig Tapia define a estos especímenes de la vida cultural, política y periodística en su magnífico ensayo sobre los revisionistas españoles La crítica de la acrítica” como inconsecuentes, insustanciales, impotentes, prepotentes y equidistantes. Aunque ellos no lo saben, o no se aceptan, y optan por llamarse liberales y apelar al valor último de la libertad sin comprender la complejidad sociológica y filosófica de ese concepto. Dice Reig de este arquetipo nacional: “Esa hipócrita equidistancia de la que se sirven tantos pretendidos críticos que se creen imparciales y que presumen de neutrales recurriendo al facilón recurso de dar una de cal y una de arena”.

La ideología nazi, supremacista o fascista no es respetable. No es una ideología equiparable a otra, no hay que darle voz, no hay que dejar que muestra sus ideas en ningún foro público. Su ilegalización sólo es debatible desde el punto de vista pragmático, para evitar que la victimización la haga crecer. La única manera con la que hay que dirigirse a ellos es mediante un combate frontal, directo y sin concesiones a sus ideas. No hay debate posible ni aceptable. No existe ninguna fobia que permita desde un punto de vista moral aceptar una posición neutra entre aquellos que consideran que hay que exterminar o subyugar a un ser humano y entre aquellos que los combaten. Sólo existe una posición moral aceptable, y es el antifascismo. Si en un combate ideológico, e incluso físico, entre fascistas y antifascistas no eliges la trinchera de los que defienden la diversidad y el respeto a las minorías, entonces ya has elegido. Eres uno de ellos.

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“Solución final” contra los musulmanes

Un musulmán pasea por una calle de París. FOTO: TERESA SUÁREZ.

En la madrugada del 23 de mayo, pocas horas después del atentado en el Manchester Arena, Katie Hopkins, columnista del Daily Mail y principal representante mediática de los sectores que sueñan con un movimiento político en el Reino Unido cuyo eslogan sea Make Britain Great Again, tuiteó lo siguiente: “22 muertos y subiendo. […]. Necesitamos una solución final. #ManchesterArena”. Pasados unos minutos, al ver la reacción de decenas de usuarios que la acusaban de hacer referencia a un concepto forjado por el nazismo, Hopkins cambió “solución final” por “solución verdadera”. La extrema derecha británica, aquella que impulsó el voto favorable al Brexit, aprovecha cada atentado en territorio occidental para normalizar nuevas ideas y estrategias contra la comunidad islámica, actualizando una agenda internacional antimusulmana que tiene como principal vocero al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

“Hombres occidentales. Estas son vuestras mujeres. Vuestras hijas. Vuestros hijos. Levantaos. Alzaos. Exigid acción. No continuéis como si nada. Intimidados”. Así proseguía Hopkins con su llamamiento a un levantamiento en contra de los musulmanes durante la jornada posterior al sanguinario atentado. El editor del portal de noticias Spiked, Brendan O’Neill, sumó su voz a la estrategia de la extrema derecha, a pesar de autodefinirse como izquierdista, apelando a los británicos a no mantener la calma y a dejarse llevar por el odio que sentían después de la tragedia sufrida.

“Odio la ideología que sustenta esa barbarie. Quiero destruir esa ideología. No me siento triste, me siento apoplético. Otros sentirán lo mismo, pero si expresan esta emoción después del terror corren el riesgo de ser calificados como arquitectos del odio, contribuyentes a futuros actos terroristas, racistas, etc.”, apuntaba O’Neill en su editorial, que criticaba que la reacción social mayoritaria ante el atentado se basara en las proclamas mediante hashtags como #WeStandTogether y en encender velas como señal de duelo.

Las voces que demandan acción, en el seno de una sociedad que cuenta con una importante comunidad musulmana, juegan con la carta de la ambigüedad. No dejan claro cuál debe ser el objetivo específico ni de qué manera se debería actuar. Su mensaje es meticulosamente difuso aunque determina de forma inequívoca la existencia de dos bandos: los ciudadanos occidentales, por un lado, y los terroristas, por el otro.

En su narrativa, los musulmanes, aunque nacidos en territorio europeo, quedan automáticamente excluidos de la etiqueta ‘ciudadanos occidentales’ así que, de forma más o menos velada, son equiparados a los miembros de grupos terroristas de bandera islamista. Según esta visión, los occidentales deben defender sus sociedades ante la barbarie que llega a Europa desde Oriente Medio. Ante la supuesta pasividad que gobiernos y medios de comunicación inculcan a la gente, la extrema derecha, cuya base social va in crescendo, pide una “solución final”.

Cabe recordar que en el año 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, la anhelada “solución final para la cuestión judía” ideada por Adolf Hitler empezó a tomar forma. Durante meses, los judíos de distintas zonas ocupadas por los alemanes fueron identificados y recluidos en guetos con el fin de poder ejecutar un plan que cambiaría la Historia de la humanidad. El historiador británico Ian Kershaw, en su libro Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949 (Crítica, 2016), define el holocausto nazi y sus infames cámaras de gas como un “sistema industrializado de aniquilación en masa”. “El genocidio constituyó la razón de ser misma de esta segunda gran conflagración”, añade el autor. La “solución final” fue el eufemismo que se utilizó para acabar con la vida de millones de judíos, comunidad que desde los años 30 fue señalada como el principal enemigo de los alemanes de supuesta raza aria.

Cuando Hopkins usó el concepto “solución final” era consciente del significado de estas dos palabras, aunque más tarde optara por reformular el concepto cambiando el “final” por “verdadera”. Hopkins ha dado un paso más hacia la confrontación, hacia la división interna, con el objetivo de inducir la formación de una resistencia liderada por hombres blancos que se tomen la justicia por su mano ante la amenaza terrorista.

Los actores de la extrema derecha saben que su batalla es a largo plazo y que la inestabilidad global juega a su favor. Llegar a proponer algo así como una “solución final para la cuestión musulmana” era impensable hace unos años. La utilización de estos conceptos mediante el altavoz de las redes sociales, más que la expresión de una opinión, se convierte un valioso test de prueba. Y el resultado es preocupante: si bien ha habido un amplio rechazo y Hopkins ha sido despedida de la radio londinense LBC, muchos ciudadanos apoyan ahora la idea de una “solución final” o “solución verdadera”, el Daily Mail ha decidido mantenerla como columnista y la FOX estadounidense la ha presentado como opinadora de referencia en territorio británico.

Riaz Khan, un profesor musulmán de Leicester y una de las voces más mediáticas —en las redes sociales— de la comunidad islámica del Reino Unido, ve con preocupación el escenario actual. “Se utiliza un lenguaje similar al que se utilizaba contra los judíos en la Alemania de Hitler. Los atentados nos duelen y nos indignan igual que a cualquiera. Hay que condenar estos actos y posicionarse en contra del ISIS, pero no tenemos que pedir disculpas. No son nuestros actos, son actos de maníacos. ¿Se piensan que los terroristas vienen a nuestras mezquitas y nos dicen ‘¿sabes que voy a poner una bomba’? Esta gente no forma parte de nuestras comunidades”, comentaba apenado después del atentado. Khan, nacido en Inglaterra, ha sido testimonio de como la extrema derecha ha normalizado el lenguaje del odio contra los musulmanes y los inmigrantes en general. Cuenta que el día de la votación del Brexit iba por la calle y escuchó que un hombre decía, refiriéndose a él: ‘al menos estos tendrán que irse pronto’. “¿Irme a dónde? ¡Yo nací aquí!”.

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Una ley contra el nazismo

nazismo

Este artículo sobre la legislación contra el nazismo está incluido en #LaMarea47, un monográfico sobre la libertad de expresión

Björn Höcke es un ultra dentro de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) que ha revolucionado el panorama político del país. En enero, el presidente de este partido en el Estado oriental de Turingia, causó una vez más un gran impacto con un discurso contra la forma en que en Alemania se recuerda las barbaridades del nacionalsocialismo y puso como ejemplo el monumento a las víctimas del Holocausto en Berlín, inaugurado en 2005. “Los alemanes somos el único pueblo del mundo que ha plantado un monumento de la vergüenza en el corazón de su capital”, dijo Höcke en un evento de las juventudes de AfD en Dresde. En los colegios habría que enseñar más los logros de literatos, científicos y descubridores alemanes, opinó el político, en vez de “ridiculizar y despreciar nuestra historia”.

Varios diputados denunciaron a Höcke por haber cometido un delito de “Volksverhetzung”, la instigación del pueblo al odio. El párrafo 130 del Código Penal que establece este delito tiene un apartado que prohíbe explícitamente “aceptar, enaltecer o justificar” en un espacio público el “régimen violento y arbitrario nacionalsocialista”, con penas de hasta tres años de cárcel. La Fiscalía ha abierto una investigación contra Höcke y también contra un juez de Dresde, militante de AfD, que arremetió en el mismo acto contra un “Schuldkult” (culto al sentido de culpabilidad). Los denunciantes consideran que la intención de Höcke al pedir que se olvide este capítulo negro de la historia alemana entra en el concepto de justificar los crímenes nazis, aunque algunos expertos discrepan de esta interpretación del Código Penal. El caso del dirigente de AfD ilustra la dificultad y la controversia que provoca esta ley contra una ideología específica.

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Los cuidados colectivos o el abismo

Camp des Milles I La Marea

“No se trata, pues, de salvar al mundo ni a la humanidad, sino de hacer al mundo vivible y a la humanidad capaz de tomar en sus manos esta apuesta”.

Marina Garcés

Existe un museo en el sur de Francia en lo que fue un campo de refugiados en la Segunda Guerra Mundial. Camp des Milles, se llama. De allí partieron más de 2.000 mujeres, hombres, niños y niñas hacia el campo de exterminio de Auschwitz. Uno de tantos lugares de espanto que nunca deberían haber existido; pero que ahora, décadas después, han de permanecer como parte esencial de nuestra memoria. El museo muestra claramente que quien no aprende de su historia se condena a repetirla.

Visité este lugar hace un par de años. Recorrer las estancias en las que malvivían las personas allá hacinadas es ya por sí mismo espeluznante. Adentrarse en la última parte del museo impacta aún más, si cabe. En ella, se muestra con enorme claridad las piezas que, encajadas, dan como resultado un genocidio. Un camino de decisiones políticas, construcción de discursos del odio, deshumanización de personas y necesarias complicidades que derivan en la peor de las infamias. Un dos-más-dos-es-igual-a-cuatro que nos pone frente a nuestro propio espejo.

La deriva que actualmente están tomando los discursos dominantes y ciertas decisiones políticas nos enfrenta a una realidad que, de no cambiar, nos lleva de nuevo al abismo. El comportamiento de Europa y de España, en la llamada crisis de los refugiados, parece olvidar las gravísimas consecuencias que decisiones similares tuvieron en nuestro pasado más reciente –además de, por supuesto, violar gravemente los derechos humanos–.

La llegada de Trump al poder ha echado más leña al fuego. Los primeros días de su gobierno están dando carta blanca a la legalización de la persecución de “los otros” y al crecimiento de los discursos xenófobos. Ante tamaña irresponsabilidad, algunos representes políticos han mostrado su rotunda oposición; otros, sin embargo, no han pasado de declaraciones tibias. Tal vez porque toman medidas similares o simplemente por eso de no perder al aliado.

Cada quien a su manera y mejor en colectivo
Volvamos al museo. En él acabaron un buen número de artistas de varios rincones de Europa. En medio de tanto horror, fueron capaces de cultivar la más bella de sus resistencias: adornaron los muros que aniquilaban su libertad con pequeñas obras de arte. Aquí y allá pueden verse sus anhelos de “liberté, vie, pax…” Cuando los vi asomando entre las sombras de los sótanos, sentí aquellos deseos como propios; porque, en realidad, lo que nos une, lo que nos es común, no sabe de países ni fronteras ni siquiera sabe de tiempos. Si algo excepcional tiene el museo es su enorme capacidad de hacernos sentir parte de la humanidad y entender que, incluso en las situaciones más extremas, “cada quien puede reaccionar, cada quien puede resistir, cada quien a su manera…”.

Hoy, como entonces, nuestra capacidad de resistencia debe guiar nuestra vida colectiva. De hecho, ya lo está haciendo. La llegada de Trump ha abierto la puerta a un enorme vendaval de indignación y acción global de enorme calado. La marcha de las mujeres en Washington (con apoyos en todo el mundo) o la asesoría legal gratuita que abogados y abogadas están prestando a personas afectadas por el cierre de fronteras a países musulmanes forman parte de esa marea de reivindicaciones y cuidados. Aparecen aquí y allá gestos cotidianos igualmente importantes; recientemente pasajeros del metro de Nueva York borraban los símbolos nazis que alguien había pintado en los vagones.

Acciones colectivas que se suman a las que en otros muchos rincones del planeta nos unen como humanidad. Las “patronas”, que en México alimentan a quienes desde Centroamérica toman la peligrosa ruta hacia Estados Unidos a lomos de “la bestia”. La población de Lampedusa, que acoge solidariamente a quienes ejercen su derecho a la migración. Las redes de apoyo mutuo, que de una ciudad a otra acompañan a quienes huyen de los conflictos y la miseria. Los colectivos sociales, que presentan demandas contra la imposición de leyes que violan derechos. O las ciudades refugio europeas que ahora se unen a las ciudades santuario de Estados Unidos.

Como dice la filósofa Marina Garcés, se trata de rebelarnos “en cada contexto y en cada lugar donde la dignidad de una sola persona es pisoteada”. Esto nos obliga a una alerta constante en nuestro día a día. Y nos lleva, irremediablemente, a hacerlo con otras y otros, porque solo la acción colectiva puede salvarnos de un sistema capitalista depredador, patriarcal y sin límites que es capaz de todo, hasta de acabar con la vida. El internacionalismo es más necesario que nunca; los cuidados, también.

Parece paradójico, pero la deriva de Europa y de España, la llegada al poder de Trump, pueden convertirse en una excelente oportunidad para resistir, construir colectivamente y cambiar el rumbo de este mundo que habitamos y que nos es común. En Des Camp des Milles se aprende mucho; pero sobre todo se comprende que la barbarie no es una fatalidad sino que se produce por nuestra falta de vigilancia, por nuestra cobardía, por nuestro descuido. Decía recientemente Javier Gallego que “a veces tiene que ocurrir lo peor para sacar lo mejor de nosotros mismos“. Ha llegado la hora de sacarlo y hacerlo de la mano de esas personas con las que tanto compartimos más allá de nacionalidades.

* Yolanda Polo Tejedor, miembro de la Coordinadora de ONGD España

 

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Alertar sobre Trump, porque el nazismo no comenzó en Auschwitz

MADRID// La llegada al poder de Donald Trump ha puesto de moda el texto de referencia sobre la formación de los totalitarismos de Hanna Arendt, que es, junto con 1984 de George Orwell, uno de los libros más vendidos en EEUU para encontrar respuestas a la situación actual. La conformación de los totalitarismos tiene unas características comunes de las que aprender para alertar cuando se producen, sin que para ello sea necesario decir que Donald Trump es Adolf Hitler. Escribía Augusto Assía en sus Crónicas de Berlín (La Vanguardia, 24 de febrero de 1933) sobre las primeras medidas adoptadas por Hitler al llegar al poder: “La represión de Hitler-Papen-Hugenberg no comienza con mucha más imaginación ni con más nuevos recursos o métodos que han comenzado todas las reacciones de nuestro tiempo”.

Cuando se establecen analogías entre periodos históricos distintos siempre se está cometiendo un error si no se produce un enorme ejercicio de contextualización. Más aún cuando la analogía se establece con el régimen más criminal del siglo XX. El genocidio perpetrado a cabo por Adolf Hitler y sus fieles pervierte la visión de cualquiera al establecer comparaciones. Pero es precisamente por la barbarie extrema que perpetró el Reich alemán por lo que es necesario hacer sonar todas las alarmas cuando exista el riesgo de que se conforme un Estado totalitario con el poder suficiente para establecer un reino de terror. Que podrá ir en una dirección o en otra y sin alcanzar las cuotas de salvajismo de anteriores; pero que con sus actitudes advierte de las consecuencias gravísimas que pueden traer sus políticas y que obliga a estar alerta para no minusvalorar el posible devenir, en este caso de gobierno de Trump. El régimen nazi no comenzó su andadura con los campos de exterminio, sino con medidas de odio contra colectivos determinados muy similares a las que Donald Trump ha comenzado a llevar a cabo.

La orden de Trump de prohibir la entrada en territorio estadounidense a ciudadanos de siete países musulmanes ha inoculado el peor virus posible, el del racismo y la xenofobia institucional. Supone validar un sentimiento de odio dándole carta de naturaleza y dotándolo de los instrumentos represores que el poder confiere. Las protestas que se han visto en los aeropuertos han provocado cierto alivio en el observador externo al comprobar que la contestación popular evitará la conformación de un Estado totalitario. No es como en Alemania. Allí nadie protestó. Lo aceptaron sin reclamar. Una conclusión que no se ajusta a la realidad.

La llegada al poder de Adolf Hitler en enero de 1933 provocó manifestaciones masivas en Alemania que intentaron contrarrestar las demostraciones de fuerzas de las SA hitlerianas. En aquellos momentos las protestas iban acompañadas de actos violentos. Un día después de que Hitler fuera nombrado canciller fue asesinado Hans Maikowski, un miembro de las SA, por su participación en la marcha de las antorchas que celebraba el ascenso del nazismo. Sí que hubo resistencia con Hitler en el poder, no sólo en sus primeros días como gobernante. Tras la aprobación de las leyes de Nuremberg en septiembre de 1935 que privaron de la ciudadanía a los judíos, se constituyó una asociación cristiana de apoyo a los represaliados. Con la represión nazi ya presente hubo solidaridad y resistencia.

En su primera semana en la Casa Blanca, Trump se atrevió a privar de su hogar y de los derechos adquiridos en el país a un número indeterminado de ciudadanos con permiso de residencia activo. La marcha de mujeres en Washington un día después de la toma de posesión de Trump recordó a la que se celebró en Nueva York en mayo de 1933 contra Hitler. No es cierto que nadie viera venir la conformación del totalitarismo en Alemania, como prueba el enorme trabajo de los periodistas del Münchener Post. El mayor problema siempre fue el silencio cómplice de los tibios o la connivencia de aquellos que creen que a los integristas se les puede moderar o controlar. Y, sobre todo, de aquellos que pensando lo mismo no fueron capaces de llevar a cabo esas políticas que admiraban o no pudieron llegar al poder para implementarlas.

El efecto arrastre de Trump en Europa

El efecto devastador que las medidas de Trump pueden tener no es sólo el que provoque sobre miles de personas —motivo de por sí más que suficiente—, sino el efecto legitimador que sus actuaciones tendrán sobre la derecha europea que siempre coqueteó con dar un paso más allá. No hay diferencias entre las palabras de Donald Trump y las de Jorge Fernández Díaz sobre los refugiados, o con las declaraciones de Xavier García Albiol sobre inmigración. Pero Trump no tiene complejos para ir más lejos y pasar de las palabras a los hechos, por lo que el efecto arrastre que en la derecha acomplejada europea pueden tener las medidas del presidente de los EEUU se prevé dramático. Lo dijo literalmente Esperanza Aguirre, quien todavía no se atreve en apoyar al presidente americano en público pero poco a poco deja asomar su verdadero ser y no tardará en hacerlo: “Lo bueno de Donald Trump es que ha roto con lo políticamente correcto”. Porque es precisamente una figura como la del multimillonario neoyorquino lo que personajes como Aguirre necesitaban para definitivamente pasar de su liberalismo impostado a la extrema derecha populista que siempre han representado pero que nunca se atrevieron a encabezar de forma abierta.

La política en EEUU tiene la capacidad para marcar las normas al resto del mundo. Los estándares de libertades que muchos en Europa han implantado se vieron impuestos o marcados por el marco que establecía la gran potencia norteamericana. Ése es el mayor riesgo de lo que ya es un verdadero drama. La importación al resto de potencias de unas medidas reaccionarias y xenófobas que establezcan los parámetros de exclusión muy similares a los que se dieron en la Alemania de los años 30 pero sin la necesidad de implantarlos por la fuerza, sino con el poder de asimilación que tiene EEUU en el mundo y con el efecto normalizador que tiene el tiempo. Lo que hoy vemos escandaloso será asumido de forma natural en pocas semanas o meses cuando la efervescencia de las protestas se relaje.

Donald Trump no es Adolf Hitler, no impondrá el nazismo ni acabará con seis millones de personas en campos de exterminio. Todos los totalitarismos que se han impuesto en el siglo XX han tenido sus propias características y siempre son diferentes a los anteriores. Pero todos han comenzado a instaurarse buscando un enemigo interno como causa de todos los males de la sociedad. Todos los Estados de terror comienzan a conformarse con unas características similares, y están influidos por sus predecesores. En 1937 el escritor Friedrich Rech-Malleczewen escribía Historia de una locura masiva, un libro en el que comparaba a Hitler con Jan Bockelsön (Jan Van Leiden), el responsable de un régimen de terror anabaptista en la región del Münster en el siglo XVI. Los medios y acólitos nazis se escandalizaron con aquella comparación. No se sostenía. El escritor acabó muerto por tifus en el campo de concentración de Dachau.

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