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La supremacía blanca y la permisividad del presidente Trump

Estatua de Robert E. Lee, en Charlottesville (Virginia / EEUU)

DEMOCRACY NOW // La vida es efímera, los monumentos perduran. Heather Heyer murió el sábado en Charlottesville, Virginia, cuando un automóvil, supuestamente conducido por un neonazi, embistió contra una multitud que se estaba manifestando en contra de un acto de supremacistas blancos. Alrededor de 20 personas resultaron heridas. El supremacista blanco acusado del homicidio de Heyer, James Alex Fields Jr., de 20 años de edad, estaba en Charlottesville para participar en un acto denominado Unite the Right (Unir a la Derecha), junto con otros miles de supremacistas blancos, neonazis y miembros del Ku Klux Klan que se oponen al plan de la ciudad de retirar una estatua del General del ejército confederado Robert E. Lee. Cientos de activistas que condenan el racismo se congregaron para protestar contra el acto de la derecha y para “defender a Charlottesville”. Dos oficiales de la policía estatal de Virginia murieron al estrellarse su helicóptero de vigilancia.

La noche anterior al acto, los organizadores realizaron una marcha evocativa de los desfiles con antorchas de la Alemania nazi. Cientos de personas de raza blanca, en su mayoría jóvenes, coreaban “¡No nos reemplazarán! ¡Los judíos no nos reemplazarán!” y el eslogan nazi de la década de 1930: “¡Sangre y tierra!”: “Blood and Soil! Blood and Soil! Blood and Soil”.

El sábado, el presidente Donald Trump causó indignación en todo el espectro político (salvo en los supremacistas blancos, que lo elogiaron) cuando culpó de la violencia en Charlottesville a “muchas partes”: “Condenamos en los términos más enérgicos este flagrante despliegue de odio, intolerancia y violencia de muchas partes; de muchas partes”.

El lunes, bajo mucha presión, Trump leyó una declaración en la que denunció a los neonazis, la supremacía blanca y el Ku Klux Klan. Su declaración, leída de una pantalla, pareció forzada, al punto que un observador afirmó que parecía el video de un rehén. Un día más tarde, Trump se desdijo. En una acalorada conferencia de prensa sin restricciones ni libreto, Trump declaró que muchos manifestantes de Unite the Right eran “buenas personas” y sostuvo que quienes se manifestaron en contra de ellos también deberían ser culpabilizados de la violencia: “Creo que ambas partes son responsables, no me caben dudas al respecto y a usted tampoco. Y si informaran la verdad, dirían esto”. Tras la pregunta de un periodista acerca del grupo Unite the Right, respondió: “Disculpen, había gente muy mala en ese grupo, pero también había muy buenas personas”.

Según el centro de estudios legales Southern Poverty Law Center, hay al menos 1.500 estatuas, placas y monumentos conmemorativos de la Confederación no solo en el sur de Estados Unidos, sino en todo el país. La decisión de retirar la estatua de Robert E. Lee de Charlottesville no fue espontánea, sino que tuvo lugar tras mucha movilización popular, como parte de un creciente movimiento nacional liderado por jóvenes valientes. Una de las acciones más destacadas contra la exhibición de imágenes racistas tuvo lugar el 27 de junio de 2015, en la mañana posterior a una misa en honor a los nueve afroestadounidenses asesinados por el supremacista blanco Dylann Roof en la iglesia Emanuel A.M.E., en Charleston, Carolina del Sur. Bree Newsome, una joven activista y artista afroestradounidense trepó el mástil del edificio del Gobierno estatal de Carolina del Sur y retiró la bandera confederada mientras gritaba: “Vienen a mí con odio, opresión y violencia; yo vengo en nombre de Dios. Esta bandera será retirada hoy”. Tras el ataque de los supremacistas blancos en Charlottesville, Bree Newsome dijo en el programa “DemocracyNow!”: “Esto forma parte de una larga historia y de un patrón terrorista de la supremacía blanca en este país. No solo se trata de actos de violencia que intentan provocar terror, sino que son actos políticos. Es terrorismo. Debería ser calificado como tal, debería ser abordado como tal”.

Dos días después de los incidentes violentos en Charlottesville, un grupo de personas reunidas en el tribunal del condado de Durham en Carolina del Norte retiraron el monumento a los soldados del ejército confederado. Takiyah Thompsonn, una de las activistas presentes allí, dijo en el programa DemocracyNow! antes de dirigirse al tribunal para afrontar dos acusaciones por el delito de incitación a la violencia y tres acusaciones de delitos menores, incluido el de desfigurar una estatua: “Todo lo que aliente a esas personas, todo lo que las haga sentirse orgullosas debe ser destruido, del mismo modo que quieren destruir a las personas negras y a los demás grupos a los que atacan. Debemos retirar todas las estatuas de soldados confederados y todo vestigio de la supremacía blanca”. Si bien Takiyah Thompson podría ser condenada a varios años de prisión, se mostró imperturbable: “No se puede mantener a las personas oprimidas por siempre. La gente se alzará, como está ocurriendo en todo el país”.

El lunes, el Concejo Municipal de la ciudad de Baltimore votó a favor de que se retiraran varias estatuas confederadas. El martes, en el silencio de la noche, varios funcionarios municipales retiraron, entre otras, las estatuas ecuestres de los generales Robert E. Lee y Stonewall Jackson. Dos de los tataranietos de Stonewall Jackson enviaron una carta al alcalde de Richmond, Virginia, Levar Stoney, y a la comisión de monumentos de la ciudad para instarlos a que retiraran la estatua ecuestre de su famoso antepasado. Los hermanos William y Warren Christian leyeron un fragmento de su carta en el programa DemocracyNow! Esto leyó William Christian: “Somos originarios de Richmond y también somos tataranietos de Stonewall Jackson. Como dos de los familiares con vida más cercanos de Stonewall escribimos esta carta para solicitar que se retire su estatua y que se retiren todas las estatuas confederadas de la Avenida de los Monumentos. Son símbolos claros del racismo y la supremacía blanca, y hace tiempo que ya no deberían exhibirse en público. Creemos que retirar la estatua de Jackson y de otras figuras necesariamente hará que mantengamos conversaciones difíciles sobre la justicia racial y será el primer paso para que recapacitemos”.

Su hermano, Warren Christian, continuó: “La persistente desigualdad racial en el encarcelamiento, los logros educativos, la violencia policial, las prácticas de contratación, el acceso a la salud y, quizá lo más evidente, la riqueza, dejan en claro que estos monumentos no están por fuera de la historia. El racismo y la supremacía blanca, que sin duda continúan en el día de hoy, no son ni naturales ni inevitables, sino que fueron creados para justificar lo injustificable…”.

El 3 de agosto de 1857, unos años antes de que estallara la Guerra de Secesión y 160 años antes del violento asesinato de Heather Heyer, el legendario esclavo fugitivo y reconocido abolicionista Frederick Douglass pronunció un discurso en el que dijo: “El poder no concede nada sin que se le exija. Nunca lo hizo y nunca lo hará”. El creciente movimiento por la justicia racial está exigiendo y se está movilizando. Los supremacistas blancos tendrán cada día menos estatuas confederadas a las que aferrarse.

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

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De equidistancia y banalidad

Protesta contra el odio de los supremacistas de Charlottesville. Foto: Michael Sessum (Flickr)

El fascismo es capitalismo más asesinato”.
Upton Sinclair

Las conmociones de lo evidente son las peores porque nos sitúan delante de una obviedad inquietante que habíamos pasado por alto, seguramente, por esa búsqueda de la tranquilidad que nos lleva a echarnos a dormir en brazos de la mentira. El otro día, a propósito de Charlottesville, andaba pensando en que ya había pasado más tiempo desde el momento presente hasta el año de mi nacimiento, el 80, que desde esa fecha hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que me dejó helado. No había reparado en lo realmente cerca, en tiempo histórico, que mi infancia había estado de los stukas lanzando bombas, de los aliados intentado tomar aquel puente tan lejano o de Steve McQueen sonriendo sardónico a sus captores alemanes.

La confusión es premeditada. Durante mi infancia los nazis eran los malos, de eso no cabía duda. Lo sabíamos porque nuestros héroes, como Indiana Jones, les odiaban, porque hablaban con un acento tosco que no invitaba a la simpatía y porque perdían. Supongo que para un niño eso es suficiente, eso es todo lo que necesita saber. El problema es que los nazis nunca dejaron de ser los malos para la mayoría, nunca dejaron de ser unos títeres narrativos antagonistas de películas que, aun bienintencionadas, no tenían entre sus aspiraciones mayor meta que la de entretener. Ya de adolescentes, incluso adultos, casi nadie parecía preguntarse por qué España nunca aparecía en esas películas, si además de aquellos valientes soldados aliados alguien más había participado en la Guerra y, lo que es peor, por qué y de dónde había surgido aquella gente tan mala. La cierta simplicidad de la infancia quedó convertida en trivialidad adulta y aquel suceso histórico clave quedó confinado a un país y a una época, que parecía lejanísima, escindido de nuestro presente, presuntamente desactivado.

Sin embargo sería un error echar la culpa de la banalización del mal al cine. De hecho, si muchas personas no interesadas en política han reaccionado con estupor, miedo e indignación ante los sucesos de Charlottesville no ha sido a pesar de estas películas, sino seguramente gracias a ellas. Que hoy la extrema derecha se muestre por medio mundo a cara descubierta tiene muchas causas pero una sola madre, el olvido premeditado de que el antifascismo es una de las primeras condiciones de ciudadanía, que era algo que no sólo se recogió en algunas constituciones europeas, sino un consenso de hierro que los habitantes de medio mundo tenían grabado a fuego. Entre otras cosas, además, sabían que el ascenso del fascismo había sido causa directa de un capitalismo desenfrenado que se había destruido a sí mismo a finales de los años veinte, que había sido la respuesta, fanática y criminal, que las élites de sus países habían apoyado de manera indisimulada para frenar la revolución. Y lo sabían porque las ruinas aún humeaban, porque todos habían perdido a alguien querido en aquel desastre y, porque muchos, eligieron oponerse y luchar. Supongo que casi nadie, a finales de los años cuarenta, pensaba que los nazis caminarían de nuevo alguna vez.

Sin embargo, en 1947, un grupo de intelectuales extremistas del libre mercado se unieron en la Sociedad del Mont Pelerin con la intención de destruir los consensos de posguerra, entre ellos el de que, por seguridad, el capitalismo debía estar regulado para evitar las grandes diferencias sociales que habían provocado el desastre. Las élites nunca perdieron su poder, pero conspiraron los siguientes 30 años para que volviera a ser omnímodo. A principios de los ochenta, con la llegada de Reagan y Thatcher, consiguieron su objetivo: la restauración neoliberal había comenzado. Entre otras claves, para llevar adelante su proyecto, lo primero que debían hacer era eliminar, no ya la ideología de izquierdas, sino el concepto de ideología en sí mismo. Dar a entender que la política, la conducción común de los asuntos esenciales en sociedad, era poco más que un mal necesario y que como tal sólo había una forma de llevarla a cabo, la suya. Y tuvieron éxito. Los ciudadanos pasaron a ser consumidores, la clase trabajadora se olvidó de sí misma y la gente cedió su responsabilidad a un grupo de profesionales que cada vez se movían más por intereses oscuros e inconfesables.

Que Donald Trump se pueda permitir una falsa equidistancia -y por tanto una toma de partido- entre los nazis de Charlottesville y los manifestantes que fueron a pararles no es nada inédito. Fue la posición adoptada por medios, tan liberales y centristas, como así recoge este artículo en la revista Jacobin, hasta que la brutalidad del atentado con víctimas mortales les hizo recular en sus posiciones. Al fin y al cabo, en clave nacional, la frase “radicales de ambos signos” ha sido la forma en que la prensa española ha tratado la violencia ultraderechista y el intento de un puñado de personas por detenerles en las últimas dos décadas (las hemerotecas hieden). Que a día de hoy haya quien aún culpe a los antifascistas de que su oposición frontal y sus claridad en la defensa de los derechos fundamentales favorecen a la ultraderecha porque le proporcionan un contrapunto, demuestra que se puede ser torpe, ignorante o abyecto y no despeinarte en el intento.

Trump no es la causa de Charlottesville, igual que Marine Le Pen no lo es de la aberrante política de la UE respecto a los refugiados. Ambos, y por desgracia unos pocos más, son la consecuencia más notoria de un proyecto de sociedad donde el cinismo posmoderno y la codicia neoliberal han reducido a la nada las ideas de ciudadanía y acción política, donde las personas sólo disponen de esa filosofía de baratillo de “los extremos se tocan” porque alguien decidió que era peligroso para sus intereses que los de abajo dispusiéramos de una ideología fuerte, donde no se puede confiar en los grandes medios porque antes de la posverdad ya hubo años de mentiras y manipulación, donde cualquier proyecto alternativo al existente es laminado por el totalitarismo de mercado reduciendo los horizontes de una forma asfixiante, donde existe una escisión dolorosa entre los sueños inducidos por el consumo y las opciones realmente disponibles, donde se ha sustituido la reflexión y el conocimiento por el mensaje fraccionado y una pirotecnia de estupideces, donde al haber perdido la identidad de clase ya nos vale cualquier refugio tenebroso en el que construir un nuevo yo frente a los tachados como diferentes.

Ahora que la bestia ya ha comenzado a andar me temo que se confirma que este inicio de siglo XXI tiene todos los peores vicios del XX, pero ninguna de sus virtudes. Es la hora de tomar posición, es la hora de hacerles frente, pero también de señalar a los que pusieron todo de su parte para que esto volviera a suceder.
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