La discriminación de los apátridas: “Solo te sientes en paz si tienes la nacionalidad”

Discriminación, pobreza y miedo. Son los tres principales obstáculos con los que viven día a día las personas apátridas, según un informe de ACNUR, que calcula que actualmente hay millones de personas sin nacionalidad –no existen cifras exactas–. Muchas de ellas pertenecen a un grupo étnico, religioso o lingüístico minoritario en el país donde, en muchos casos, viven desde hace generaciones.

“La apatridia que experimentan ciertos grupos es tanto un síntoma como una causa de su exclusión: tiene su origen en la discriminación basada en la diferencia y refuerza su falta de pertenencia plena a las sociedades en las que viven, haciendo que la vida cotidiana sea mucho más difícil y solidificando la exclusión civil y política”, denuncia el documento. “La apatridia se entiende a veces como un problema técnico debido a deficiencias de las leyes de nacionalidad; sin embargo, en muchos casos, la causa subyacente es la propia diferencia”, añade.

A través de numerosos testimonios, el informe recoge varios ejemplos específicos, como los romaníes y otras minorías étnicas de la Antigua República Yugoslava de Macedonia, los makondes de Kenia o la minoría karana de Madagascar. “Para ir a la Universidad había que hacer el servicio militar. Sin nacionalidad, no pude hacer el servicio militar. Así que he luchado toda la vida sin una formación adecuada”, cuenta Ismael Ramjanali, un hombre de la minoría karana que fue apátrida hasta que adquirió la ciudadanía francesa en 2017.

Su madre, Sougrabay Ibrahim, que tiene 84 años y sigue siendo apátrida, nunca fue a la escuela. Recuerda que dejaba de comer para poder alimentar a Ismael y a sus hermanos. Aunque conseguía alimentarlos casi todos los días, no podía obtener atención médica cuando enfermaban. Cuando la gente le preguntaba qué les pasaba a sus hijos, tenía que responder: “Están enfermos y no tengo dinero para comprarles medicinas”. Todo se convierte en un círculo vicioso con pocas esperanzas de salir de una situación de pobreza extrema.

Mahamadhoussen Chamimakatomme, de 58 años, explica en el informe que pidió la nacionalidad malgache durante más de 25 años. Como parte de sus esfuerzos, pagó “una gran suma” de dinero por un permiso de residencia “temporal” de 100 años, solo para que le dijeran poco después que ya no era válido salvo que se lo volviera a hacer con datos biométricos. “Un funcionario tiró a la basura mi tarjeta de residencia”, lamenta. Ibrahim Ickbal, de 50 años y padre de dos hijos que trabaja para un joyero local, pidió hace poco un préstamo a su empleador para pagar una tarjeta de residencia biométrica nueva. “Con mi pequeño salario tardaré dos años en devolver el préstamo”, dice, y añade: “Esto supone una enorme inversión económica, y todavía no puedo votar ni viajar”.

En algunos casos, la causa de la apatridia es la exclusión expresa de la ciudadanía en la ley de nacionalidad del país en el que vive la persona debido a su condición de minoría. ACNUR cita específicamente a los rohingyas musulmanes de Myanmar, el mayor grupo apátrida conocido del mundo, excluidos de una lista de “grupos étnicos nacionales” que, según la Ley de Ciudadanía de 1982, adquieren automáticamente la ciudadanía al nacer. “No pueden adquirir la ciudadanía de Myanmar por la forma discriminatoria en que las leyes están redactadas y se aplican en la práctica”, prosigue la organización internacional. Otro ejemplo: en Siria, en 1962, un censo especial ordenado por decreto afectó negativamente a 300.000 kurdos sirios a los que convirtió en apátridas (esta cifra se ha reducido posteriormente a 160.000).

Ninguno de los grupos minoritarios consultados, sostiene el estudio, había elegido ser apátrida. Muchos de sus miembros se sentían frustrados con las humillaciones que habían sufrido al tratar de obtener documentos de identidad y la ciudadanía para ellos y para sus hijos, y varios siguen atrapados en la búsqueda agotadora, económica y psicológicamente, de la nacionalidad. Como dice Ismael Ramjanali, de la comunidad karana: “Solo te sientes en paz si tienes la nacionalidad. Sin nacionalidad, la inseguridad consume un montón de energía”.

Este año se conmemora el 25 aniversario de la Declaración sobre los Derechos de las Personas pertenecientes a Minorías Nacionales o Étnicas, Religiosas y Lingüísticas, de 1992, en la que los Estados se comprometieron a proteger a estos grupos de cualquier forma de discriminación.

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