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La violencia sexual que por racismo y clasismo seguimos sin querer ver

Mujer pakistaní protesta contra la violencia machista. Foto: NUML.

Si se sienten abrumadas/os por la cantidad de casos de acoso y violencia sexual que están saliendo a la luz en las últimas semanas, tengan claro que todos juntos no llegan a sumar siquiera la punta de iceberg.

Piensen en todos los niños, niñas y adolescentes que fueron acosados o agredidos por familiares, amigos del entorno o profesores y que, ya adultos, no lo van a confesar porque consideran que no les compensa abrir esa espita, entre otras muchas razones, por evitarles el sufrimiento a su madre y/o padre –en el caso de que no hubiese sido él mismo– por no haber sabido ver lo que les estaba ocurriendo y, consecuentemente, protegerles.

Piensen en todas las mujeres que son violadas habitualmente por sus maridos y a las que ni siquiera tenemos en el mapa mental de las víctimas de la violencia sexual porque los victimarios son sus parejas. Y porque la cuestión del consentimiento pleno sigue siendo un tema desconocido para la inmensa mayoría de la población.

Piensen en todas las adolescentes que son acosadas por sus compañeros para que den de una vez el paso de mantener relaciones sexuales y dejen así de ser ‘niñas’, cuando no ‘mojigatas’, ‘anticuadas’. Y que terminan teniendo sexo con el que tienen más a mano y les da menos asco o, directamente, menos miedo para quitarse el trámite de en medio.

Piensen en todas esas mujeres migrantes, en situación administrativa irregular, que son explotadas en labores de cuidados y mantenimiento del hogar encerradas junto a sus contratantes, sin apenas conocer el idioma del país de acogida y sin poder denunciar cuando son acosadas y violadas por el miedo a la deportación. Piensen en las que recolectan las frutas y verduras que comeremos en nuestras mesas, también sin papeles, que duermen en barracones y a las que algunos empresarios no dudan en exigirles sexo a cambio del puesto de trabajo, mientras unos metros más allá, en otro barracón, están explotando sexualmente a otras mujeres migrantes y pobres, muchas de ellas víctimas de trata.

Piensen en todas esas camareras que, noche tras noche y día tras día, tienen que soportar el acoso sexual de algunos de sus clientes –materializado en comentarios, insinuaciones o, directamente, propuestas sexuales–. Hombres que entienden que en su sueldo va incluido tener que devolverles una sonrisa cuando se atreven a verbalizar todo el clasismo, sexismo y racismo que llevan dentro. Qué decir de los dueños de esos locales que las contratan dando por sentado que les están pagando por complacer así a su público y que no dudarían en despedirlas si su comportamiento no se ajustara no ya a una actitud de sumisión ante esa relación de poder, sino de aparente connivencia con la misma.

Piensen en todas esas mujeres taxistas que pasan horas encerradas en unos pocos metros con hombres que creen que pueden insinuarse más o menos ambiguamente, mientras ellas tienen que lidiar dialécticamente con la situación temiendo un desenlace violento.

Pero, sobre todo, piensen en ustedes mismas. En cuantas noches han acelerado el paso, cambiado de acera, fingido que hablaban por teléfono o cambiado su itinerario cuando volvían a casa ante los comentarios de un hombre o un grupo de ellos. Eso también es acoso, aunque estemos tan habituadas a él por haber crecido en la cultura del ‘piropo’ –llamémosla de una vez ‘cultura de la agresión verbal’- que hayamos terminado por no vincularlo con las denuncias que en estas semanas nos están llegando, desde Hollywood hasta el juicio contra los violadores de los sanfermines.

Y piensen en ustedes mismos. En cuántas veces se han sentido incómodos por saber que la casualidad de que su recorrido a casa coincidiese con el de esa mujer, les hizo sentir que estaban –sin querer– generándole temor. Cuántas veces se sintieron tentados de desacelerar su paso, cambiar ustedes también de acera, para mandarles el mensaje silencioso de que usted no es un acosador, un depredador, un violador. Piense en cuántas veces se han preguntado cómo será vivir así, sintiéndose en riesgo por el mero hecho de ser mujer.

Las denuncias por parte de actrices, modelos, periodistas y profesionales de distintos ámbitos públicos sobre los casos que han sufrido de acoso y violencia sexual han conseguido visibilizar una realidad que muchos se negaban a reconocer hasta ahora. El siguiente paso es recordar que no es una excepción reducida a las mujeres blancas de clase media-alta, sino que cuanto mayor es la situación de vulnerabilidad y precariedad, más normalizados y extendidos están el acoso y la violencia sexual: que son las más pobres, las más jóvenes y las más racializadas, las más impunemente agredidas física y sexualmente. Y que lo sabíamos, pero que ha hecho falta que los sectores más privilegiados dieran la voz de alarma para que prestáramos atención. Por eso, el clasismo y el racismo siempre han sido los mejores aliados del machismo.

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Una ONG denuncia la “situación degradante” de las internas en el CIE de Algeciras

Izquierda Unida se ha manifestado en contra de la apertura de un CIE en Algeciras. EUROPA PRESS / IU

MADRID // Las 11 internas del Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Algeciras “están siendo discriminadas por ser mujeres”. Así lo denuncia Women’s Link Worldwide, que describe de esta forma la situación: “El centro, una antigua prisión con instalaciones obsoletas y deterioradas, está en un estado pésimo de conservación. Tanto es así, que los hombres internos han sido trasladados a otros centros, no siendo así con las mujeres, que han sido obligadas a permanecer en el insalubre edificio”.

Esta organización asegura que ha presentado varias quejas al respecto ante la jueza de control del CIE y ante la Defensora del Pueblo, quienes “están luchando para mejorar las condiciones de las mujeres internas en el centro”, afirma la ONG. Sin embargo, “las autoridades competentes de la gestión del CIE hacen caso omiso a los autos de la jueza y a las recomendaciones de las organizaciones sociales”, lamenta

Tras una visita al CIE, Patricia Orejudo, abogada de Women’s Link, refiere quejas de las internas como la humedad, el frío, la falta de luz natural y un espacio insuficiente para hacer ejercicio al aire libre. “Cuando solicitan una compresa o tampones, los policías se los dan al día siguiente. Por la noche las encierran con cerrojo en una celda que no puede abrirse de forma automática en caso de que se produzca, por ejemplo, un incendio”, detalla Orejudo.

Otra de las vulneraciones que denuncia la ONG es que “no se respeta el derecho de las mujeres de religión musulmana a realizar el Ramadán en condiciones adecuadas“. “Las comidas dejan mucho que desear en general, pero más aún para las mujeres musulmanas que han pedido hacer el Ramadán. Cuando rompen el ayuno, deberían empezar a ingerir líquidos poco a poco para luego tomar otros alimentos paulatinamente. Sin embargo, reciben la misma cena que las demás internas y no se les da otra comida ni a medianoche ni antes del amanecer”, añade Orejudo.

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