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Eileen Truax: “En la sociedad donde yo vivo, más que racismo, hay desinformación”

La periodista mexicana Eileen Truax. Foto: Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

La periodista mexicana Eileen Truax está especializada en política, migración y movimientos sociales. Desde 2004 vive en Los Ángeles donde ha investigado a los ‘dreamers’, menores que llegaron a Estados Unidos de manera irregular y que reivindican su derecho a obtener la nacionalidad después de crecer en el país. Ha publicado Dreamers (Océano, 2013. Beacon Press, 2015) y Mexicanos al grito de Trump (Planeta, 2017). Actualmente trabaja en un proyecto sobre jóvenes migrantes en España.

Hace un año y medio usted empezó un proyecto sobre la integración de los jóvenes migrantes en España, las leyes que los amparan y la sociedad que les recibe. ¿Ha llegado a alguna conclusión?

En este tiempo solo he estado 63 días en España y he hecho 30 entrevistas, así que es pronto para hacer un diagnóstico. Pero si algo puedo decir es que los jóvenes migrantes que viven en España se parecen bastante a los que he conocido en EEUU, y estoy segura de que si me voy a Alemania o a Uruguay voy a encontrar lo mismo. Ser un joven migrante implica tener una doble conciencia de ti mismo: la tuya y la de tu familia. Porque el 98% de las familias que migran tienen el objetivo de que sus hijos tengan una vida mejor y eso hace que los chicos crezcan sabiéndose receptores del esfuerzo de sus padres. Por eso, son un poquito más maduros. En general, han experimentado cosas que ningún chico de su edad se podría imaginar. Por ejemplo, una chica marroquí en España se pregunta si llevará hijab, si dejará la escuela… Algo que no se cuestionaría si no hubiera dejado su país de origen. Otra cosa que he visto, sin querer ser conclusiva, es que no tienen claro el concepto de patria y eso me da esperanza: tienen una capacidad de adaptación que los convertirá en ciudadanos del mundo y les ayudará a entender al otro más allá de algunas etiquetas.

¿Los jóvenes que ha entrevistado se han sentido acogidos?

Mi percepción es que el proceso de integración es mejor en Cataluña, en gran parte gracias a la inmersión lingüística. Aprender catalán te iguala, vengas de Ecuador o de Marruecos. La inserción escolar es más complicada en Madrid. Entrevisté a un chico latinoamericano al que cuando llegó le hicieron un examen y le pusieron un curso por debajo del suyo, con su hermana menor. “Yo en mi país era inteligente”, me dijo. Nadie pierde inteligencia por migrar, o sea, que algo se ha hecho mal.

Ahora está de moda el periodismo de datos. Sin embargo, usted sigue apostando por contar historias personales. ¿Por qué?

Todo el periodismo debe tener datos, yo quiero contar estas historias porque hay un 12,7% de migrantes en España; en regiones como Cataluña la tasa es aún más alta, del 13,6%. De todas formas, solo con los datos no puedes entender a la comunidad migrante. Y no vas a poder actuar en consecuencia. Estas historias son como un camión que lleva los datos al público general. Y como tienen nombre y apellido es más fácil que lleguen.

¿Cómo podemos hacer que estas historias generen empatía? En el último año, se han publicado muchas historias de personas refugiadas y muchas veces provocan apatía o frustración.

El problema es que escribimos la misma historia todo el rato. Las historias de refugiados tienen tres posibles finales: llegó, murió o fue deportado. ¿Y luego qué? ¿Hablaba el idioma? ¿Tenía derecho a ir al médico? ¿Pudo llevar a sus hijos a la escuela? ¿Cómo fue su primer día de clase? ¿Y al cabo de dos meses? Si no continuamos la historia, año tras año, el día que cumplen 18 años, cogen una pistola y le disparan a alguien, o el día que ganan un premio de arte, o de ciencia, no entendemos por qué. Hay un periodo en medio que no nos importa, y es una pena porque esas personas van a convivir con nosotros, se sentarán al lado de nuestros hijos en la escuela, y terminarán haciendo algo en nuestra sociedad. Si te digo que Fátima llegó hace 15 años a España y que después de sacar excelentes notas dejó los estudios, podemos analizar qué hemos hecho bien y qué hemos hecho mal. Y lo mejor: podemos actuar para que la chica que está llegando ahora pueda tener una vida mejor. Y eso depende de nosotros. Estoy en contra de que hablemos de la migración solo cuando se produce una crisis porque solo enunciamos, no entendemos.

¿Y cree que la gente quiere entender?

Estoy segura de que sí. Te puedo decir que en la sociedad donde yo vivo la mayoría de la gente, más que racista, es gente sin información. Cuando le cuentas las historias, la mayor parte de la gente es empática y te dice: yo estoy en contra de la inmigración ilegal, pero la historia de esta chica marroquí que me acabas de contar merece un final mejor.

¿Qué podemos hacer para que estos jóvenes se sientan mejor acogidos en nuestro país?

Hablar con ellos. Todos opinan sobre ellos, pero nadie los escucha. Muchas personas hablan sobre la migración sentadas en sus sillones de Bruselas o de Nueva York, pero no salen a la calle a hablar con ellos. Si quieres saber qué es la islamofobia, escucha a chicas musulmanas que la sufren. Es así de simple.

Empezó a cubrir el tema de las migraciones cuando entró a trabajar en La Opinión, el periódico en español más importante de EEUU.

Efectivamente. Llevaba casi 10 años cubriendo política en México, pero salió una vacante para cubrir la comunidad mexicana en Los Ángeles y me contrataron. Poco a poco fui cubriendo también las comunidades de El Salvador, Guatemala, Honduras, y de toda América Latina, y también comunidades asiáticas, que son muy numerosas, como coreanos, vietnamitas, filipinos. Yo siempre digo que el gran privilegio de mi vida ha sido poder contar las historias de las personas migrantes, que para mí son las más valientes del mundo. Creo que no hay una decisión más difícil, después de la eutanasia, que dejar tu vida y empezar de cero, y en el caso de los indocumentados, hacerlo en un lugar donde no te quieren. Sin embargo, llegan, y sobreviven, y conquistan un pequeño Everest cada día, aunque no sea digno de una noticia. Porque levantarse, ir a trabajar, atender a los hijos y dormir no es noticia. Pero, ¿te imaginas el esfuerzo que les supone hacer estos actos cotidianos? Otra cosa que me hace muy feliz es cuando la gente lee estas historias y me dice que ahora lo entiende todo mejor. Si logramos esto estamos poniendo un eslaboncito para que alguien pueda arreglar lo que no funciona.

¿Los medios en inglés en EEUU no hablan sobre la comunidad migrante?

Solo lo hacen cuando son noticia. No en la vida cotidiana. Eso se vio en las elecciones recientes. Los periodistas de estos medios, que viajaban en los autobuses de los candidatos y pasaban tres días en cada Estado, no supieron prever que ganaría Trump porque era imposible conocer a sus votantes en tan poco tiempo. No puedes hablar de una comunidad solo cuando toca. Si además cubres comunidades vulnerables, es muy importante quién eres para que la persona te cuente quién es. En el caso de los ‘dreamers’, el tema más sensible que he cubierto, si yo no hubiera sido migrante o hubiera hablado otro idioma, estoy segura de que el acercamiento hubiera sido diferente.

¿Quién informa entonces sobre la comunidad migrante en EEUU?

Tienes que acudir a lo que allí se llama ‘ethnic media’, medios que no son en inglés o son para minorías. Eso medios tienen reporteros de esa comunidad y conocen lo que le ocurre. Pero para los reporteros que trabajan allí suele ser muy complicado acceder a la información que proviene de fuentes oficiales. Y es una injusticia porque esos medios son importantísimos para sus comunidades, por ejemplo, para ese señor que acaba de cruzar la frontera, no sabe inglés y necesita saber cuáles son sus derechos, aunque no tenga papeles. Porque eso es lo que crea ciudadanos de primera. Por desgracia, la crisis de 2009 pegó fuerte en los medios en EEUU, y también a los medios en español. Cuando yo entré en La Opinión en 2008, en la redacción trabajábamos 135 personas y en 2011 éramos 32, tras tres recortes de personal. Ahora la comunidad latina tiene pocas opciones para informarse y, por ende, para ser visible. Y eso tiene consecuencias, porque si no ves a alguien, no existe, y si no existe, ¿para qué le vas a asignar un presupuesto?

¿Cómo cree que ha afectado la llegada de Trump a la comunidad migrante?

Si algo bueno ha hecho Trump es que ha vuelto a poner el tema de la migración sobre la mesa. Y eso es de agradecer porque durante los ocho años de Obama hubo un encantamiento que obnubiló la crítica respecto a muchos temas y, en concreto, respecto a la migración. No olvidemos que Obama es el presidente que ha deportado a más personas en la historia de EEUU. ¿Qué ha cambiado ahora? El discurso de Trump ha envalentonado a personas violentas anti-imigrantes que, en realidad, siempre han existido (en 2014, publiqué una nota que decía que había 950 grupos de odio en EEUU activos y la cifra no ha subido desde entonces). Eso ha provocado miedo en la comunidad migrante y he tenido que trabajar mucho para dar información certera. Porque Trump dice muchas cosas, pero hay que poner el foco en lo que realmente hace. Por ejemplo, dijo que quitaría la protección a los ‘dreamers’, pero no lo hizo de inmediato, y ahora ha dado un plazo de seis meses para que el Congreso haga algo al respecto y usa ese tema para negociar otras cosas; eso no es racismo, es política. También dijo que construiría un muro en la frontera con México, pero el Congreso no ha aprobado ni un centavo para ello. En realidad, Trump también nos ha servido para darnos cuenta de que el sistema político estadounidense funciona: que hay separación de poderes y organismos que pueden parar iniciativas de un presidente con arrebatos, y eso es importante.

¿Piensa que las amenazas de Trump a la comunidad migrante han despertado a una parte de la ciudadanía que parecía dormida?

Las amenazas hacia la comunidad migrante han sido graves, pero son mucho más peligrosas las dirigidas a las mujeres. Esto es muy frío, pero los indocumentados son 11 millones de personas y las mujeres son 160 millones. Trump llegó con la amenaza de cerrar Planned Parenthood, que es la organización que provee la mayor cantidad de servicios de salud reproductiva, incluyendo la interrupción del embarazo, a las mujeres pobres en EEUU, sean blancas, negras o latinas. Si mañana se revierte el derecho a interrumpir el embarazo de manera segura, pasado mañana hay una muerte. Trump ha hecho que salgan a la calle movimientos de todo tipo: mujeres, homosexuales, migrantes… Pidiendo un país que no dé marcha atrás en derechos civiles. La gente se ha dado cuenta de que yo no puedo exigir derechos como mujer e ignorar los de los trabajadores o los migrantes. También ha permitido que las generaciones más jóvenes sean conscientes de que tienen privilegios, y que los pueden perder. Hay chicas de 18 años que dan por hecho que tienen derecho a interrumpir el embarazo y no saben que eso es gracias a las luchas de sus madres y sus abuelas y que, si quieren conservarlo, también ellas deberán defenderlo.

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Ciudades que son víctimas y culpables

La boina de contaminación es una imagen frecuente en el cielo de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

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En Erbil, capital del Kurdistán iraquí, la temperatura media en verano es diez grados mayor que en Madrid. También lo son las máximas, que a menudo se sitúan por encima de los 40 grados centígrados. A pesar de que la precipitación anual es muy similar en Erbil y en Madrid, en la ciudad kurda la lluvia cae de forma torrencial entre diciembre y abril. Con una población de unos 800.000 habitantes, Erbil se concentra en aplicar soluciones contra el cambio climático, con un desierto que llama a la puerta desde el sur y una temperatura en ascenso año tras año.

Exactamente eso es lo que la página web de información climática estadounidense Climate Central analizó el pasado julio. A partir de las indicaciones del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (dependiente del gobierno de Washington), el periodista de datos Brian Kahn dibujó un mapa con las mayores urbes del planeta, entre ellas Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza. Al pinchar en cada una de ellas, podía verse la proyección del aumento de temperatura hasta el año 2100.

Ninguna de las previsiones son halagüeñas, pero la capital española lo tiene peor que las demás. Con un aumento medio de hasta ocho grados si no se producen reducciones importantes de gases de efecto invernadero, Madrid es la cuarta gran ciudad donde más subirá el mercurio, por detrás de las capitales de Bulgaria, Macedonia y Serbia. Si nada cambia, los madrileños y madrileñas de fin de siglo deberán soportar temperaturas medias de más de 36 grados. Lo mismo que los habitantes de Erbil hoy día. Aun así, y aunque el clima de ambas capitales es semiárido, compararlas sería simplificar demasiado, según explica el climatólogo Mohammed Azeez Saeed, de la Universidad de Salahaddin, en la capital kurda: “La geografía y las condiciones son muy distintas. Pero es cierto que Madrid se está calentando por el cambio climático”.

De acuerdo con Naciones Unidas, un 53% de la población mundial vive en ciudades. El flujo migratorio del campo al medio urbano es prácticamente paralelo al crecimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero. En el año 1800, apenas el 3% de la ciudadanía vivía en metrópolis. De hecho, el paralelismo no es una casualidad. El 67% de los gases que produce el cambio climático, de los cuales el CO2 es el más habitual, se emiten en las zonas urbanas del planeta, según datos del Banco Mundial. Para el año 2030 se espera que el porcentaje crezca hasta el 74%. El 89% de todo el incremento de emisiones de dióxido de carbono procederá de las urbes.

Al mismo tiempo, las ciudades son los asentamientos humanos que más tienen que perder ante los efectos del calentamiento global. Problemas derivados de la isla urbana de calor, el aumento del nivel del mar (la gran mayoría de megaurbes son costeras) o la eventual escasez de recursos las ponen en primera línea de fuego. “Las ciudades son víctimas del cambio climático y de la crisis ecológica en general, pero al mismo tiempo son unas de las principales responsables”, señala el eurodiputado de Equo Florent Marcellesi, quien aboga por un modelo descentralizado en el que el transporte sea menos necesario. “Hay que crear ciudades policéntricas, en las que no haga falta salir de los barrios para trabajar o llevar a los niños al colegio. Ya existen algunos ejemplos en Europa, como Friburgo o algunas ciudades holandesas”, sostiene el eurodiputado.

Marcellesi se muestra optimista sobre la aceptación de estas ideas: “Hay cada vez más gente abierta a estos conceptos, y están tanto a la izquierda como a la derecha”. En esta línea van algunos proyectos como el de las supermanzanas ideadas por Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona. En estas células urbanas compuestas por varias manzanas, de 400×400 metros, se restringe el tráfico y se facilitan servicios para evitar desplazamientos y potenciar el espacio público. La primera prueba en el barrio de Poblenou catalana suscitó críticas de parte de la vecindad.

El efecto isla de calor

Las ciudades no están a la misma temperatura que su entorno. Por lo general, la diferencia se produce durante la noche, cuando la urbe no se enfría igual que el campo debido a la energía acumulada en los materiales de construcción, como el cemento de los edificios y el asfalto de las calzadas. A este efecto se le conoce como isla de calor, y es uno de los quebraderos de cabeza de los equipos que luchan por adaptar las ciudades a los escenarios climáticos futuros. Felipe Fernández, geógrafo especializado en climatología y catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid, advierte de que lo importante es el efecto sobre la vida de las personas. “La temperatura fisiológica es la que se siente, y es un índice resultante de combinar temperatura, humedad, viento y radiación. Cuando se habla de isla de calor, normalmente hablamos de la temperatura del aire. Pero en una ciudad no solo aumenta la temperatura, también disminuye el viento. Y, a la vez, es bastante menos húmeda y corre menos viento, para el que los edificios son un obstáculo”, relata. Además, la renta importa: “No es lo mismo pasar una ola de calor en un edificio nuevo, con buenos materiales y aire acondicionado en el Paseo de la Castellana, que en uno construido en los años 60 en Vallecas”.

Por eso hay que valorar muy bien, explica el profesor Fernández, las medidas que se toman. Por ejemplo, la inclusión de parques y jardines en los centros urbanos: “Abogar por las zonas verdes está muy bien, pero vamos a un escenario no solo de mayores temperaturas, sino de escasez de agua. Hay que elegir bien las actuaciones y las especies”, reflexiona. Fernando Allende, director junto a Fernández de un estudio de vulnerabilidades encargado en 2016 por el consistorio que dirige Manuela Carmena (Ahora Madrid), explica que las actuaciones icónicas de arquitectura bioclimática son insuficientes: “Cubrir una fachada como la del CaixaForum de verde está muy bien, pero es algo minúsculo a nivel urbano, y demasiado caro como para hacerlo a gran escala en ciudades grandes”. Asimismo, hay que tener en cuenta el coste de regarlo, una cantidad que no supo precisar CaixaForum a este medio.

Aunque la inercia social aún apunta al crecimiento exponencial de consumo de recursos, cada vez son más las voces que abogan por reducir la huella ecológica. Esta filosofía también se aplica al modelo urbano. Luis González Reyes, miembro de Ecologistas en Acción, opina que las ciudades están abocadas a un proceso de despoblación, ya que su tamaño las hace insostenibles desde el punto de vista ecológico. “La reducción de la población debe encauzarse con políticas integrales, no ampliando la ciudad”, afirma González Reyes. Si no se realiza una “despoblación organizada, mediante la aplicación de medidas sociales que dependen tanto de los gobiernos como de los propios ciudadanos”, el proceso acabará siendo un “sálvese quien pueda, como en Detroit”, argumenta. Y añade que “hay cuatro factores que deben tenerse en cuenta para disponer de ciudades ecológicamente asumibles: tamaño, actividad económica, procedencia de los recursos y cambio climático”.

Para González Reyes, las urbes deben ser más pequeñas y autosuficientes desde el punto de vista alimentario e incluso de recursos minerales. A una obligada reducción en la población debería seguir una reutilización de los recursos que ya no son necesarios.

Mientras, Madrid, como todo el área del Mediterráneo, sigue calentándose. Este septiembre ha sido el cuarto más caluroso a nivel global. El cambio ya está aquí.

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Saskia Sassen: “¿De verdad necesito una multinacional para tomar un café en mi barrio?”

Saskia Sassen durante una conferencia. Foto: Re:publica / Sandra Schink.

Saskia Sassen es, quizá, la persona que mejor comprende el fenómeno de la globalización actualmente. Sin ir más lejos, dedicó nueve años “de monje, que no de monja” hasta parir Territorio, autoridad y derechos: de los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales, que ella misma considera como una de sus obras más completas de la decena de libros que componen su influyente bibliografía.

Esta semana Sassen visita Madrid para inaugurar el XXV Congreso de la Asociación de Geógrafos Españoles. Comienza su ponencia con un perfecto castellano –acento argentino– y se permite unas notas de humor, a pesar de la fatiga que produce cruzar el Atlántico dos veces en menos de 48 horas. En cuestión de minutos, conecta ideas y datos de disciplinas como la física, la sociología, la economía y la geografía, y las ilustra con ejemplos mundanos que penetran tanto en las mentes especializadas –aisladas– en un campo específico, como en las principiantes. Ante el hechizo de sus palabras, los millenials del público se olvidan del smartphone; insólito ademán de gozo en los rostros de las personas con aire intelectual y pelo canoso que colman la sala. Sassen no deja a nadie indiferente.

Premio Príncipe de Asturias 2013 en Ciencias Sociales, Sassen habla de migraciones, desigualdad, cambio climático y empobrecimiento de las clases medias, modestas y trabajadoras. Procura conscientemente evitar términos como neoliberalismo porque cree que “son como invitaciones a no pensar”. Sassen creció en cinco idiomas, y en todos ellos ha escuchado y leído que la digitalización es la gran revolución de nuestra era, pero ella insiste en que ese punto de inflexión tuvo lugar hace 30 años. Para esta socióloga, la “máquina de vapor” de nuestros días podría ser la alta finanza. “Ni la máquina de vapor ni lo digital afectan a todo, mientras que la alta finanza genera un cambio fundacional en la sociedad y el sistema”. Prefiere hablar de tú a tú y desgrana su pensamiento con la mirada clavada en quien tiene delante, como si estuviera leyendo sobre los ojos de su interlocutor.

Primera pregunta, ¿eres optimista?

[Una joven interrumpe la entrevista. Ha reconocido a Sassen y quiere expresarle la admiración que le despierta su trabajo. “Pero si eres socióloga”, dice la chica. Le sorprende ver a Sassen en un congreso de geógrafos].

–Yo creo que sí, soy optimista, a pesar de que hablo de muchas cosas negativas. Mi disposición es a mirar a la cara a todas estas cosas negativas. Cuando estás combatiendo, tienes energía.

Sassen presta atención a mundos muy distintos. Es profesora de la Universidad de Columbia y la próxima conferencia en su agenda se celebrará en la prestigiosa Universidad de Stanford, pero asegura que lo que le importa es hablar “a los que sufren abusos, un abuso a menudo invisible”. En este momento desarrolla un proyecto sobre espacios urbanos en la periferia de París, uno de esos lugares que ella denomina “espacios indeterminados”, para que “quienes están en riesgo de alienación” sientan que forman parte de su espacio urbano. En privado, admite que no le gusta jugar a predecir el futuro: “Prefiero estar alerta de las trayectorias que van cambiando”. Su obsesión, reconoce, es comprender lo que está pasando justo ahora: “Lo que me gusta es descubrir, no replicar”. No forma parte de los “batallones de científicos sociales”.

Una de las tendencias que más le interesan como pensadora e investigadora es lo que define como “extractivismo financiero” y que comenzó con las grandes desregularizaciones de los años 80. “La alta finanza es un sector extractivo que vende lo que no tiene“, a diferencia de la banca tradicional, “y nosotros pagamos el precio”, dice. A ojos de la profesora, el sistema financiero logra colonizar espacios no financiarizados, periféricos, para seguir expandiendo sus fronteras y acumulando más riqueza y poder.

Mientras hablamos, invoca el caso de las grandes corporaciones financieras de Alemania y su rol en la crisis de la deuda soberana en varios países de Europa. También cita ejemplo de los productos derivados de las hipotecas subprime que los grandes grupos financieros de Estados Unidos concedieron a las familias con las rentas más bajas, unos instrumentos especulativos tóxicos, ahora prohibidos, que se vendieron y esparcieron a nivel global y que aceleraron la transmisión de la crisis por todo el mundo. El sistema financiero necesitaba activos tangibles, como las casas de esos ciudadanos de renta baja, para crear esos productos derivados y obtener plusvalías muy rentables. Más tarde la alta finanza expulsó a esas familias pobres que unos años antes había incorporado, lo que se materializó en más de 14 millones de hogares estadounidenses desahuciados. Al igual que sucedió en España, allí el Estado también destinó cifras récord para salvar a la banca.

¿Crees que veremos un cambio de dinámica en el mundo de las grandes finanzas que no implique una tragedia?

Creo que han encontrado un límite, aunque la cuestión es que siguen desarrollando instrumentos. Mira cuando inventaron los productos derivados. Hay una especie de exhaustion [usa el término en inglés para decir ‘agotamiento’] de opciones. Me interesan mucho las nuevas posibilidades que puedan surgir. Cuando Goldman Sachs empezó a comprar todo tipo de activos relacionados con el aluminio, generó una crisis en el mundo financiero. No usaron el metal, sino que especularon y generaron una escasez que incluso les llevó a los tribunales, pero ahí siempre ganan. Generan escasez para obtener una plusvalía. Es increíble.

El FMI vuelve a pedir más apoyo de los Estados a los planes de pensiones privados… ¿Qué rol juegan los gobiernos nacionales en todo esto?

¿Qué gobierna el gobierno? Los gobiernos nacionales han facilitado esto, cediendo ante lobbies, cambiando leyes… Recuerdo cuando, ante el estallido de la crisis, en EEUU el poder legislativo discutía si debía dar al sistema bancario la mitad del fondo de rescate, dotado con 700.000 millones de dólares. Al mismo tiempo la Reserva Federal [banco central de EEUU] decidió que sí. Bloomberg News pidió información y no la obtuvo hasta dos años y medio más tarde. Después llegó el quantitative easing [compra de bonos y tipos de interés cercanos a cero], en total 12 billones de dólares. Mientras, la opinión pública debatía por 300.000 millones de dólares [coste estimado del programa de salud pública Obamacare]. El nivel de corrupción de Ben Bernanke, por entonces jefe de la Reserva Federal, fue tan profundo que no se percibió como tal. Llegamos a creer que así es como han de hacerse las cosas. Han generado esa lógica hasta convencernos de cómo se resuelve esto. Ahora el FMI, institución pública, aunque lo olvidemos, defiende la privatización de las pensiones, y sabemos muy poco de este tema. Todos los presidentes que hemos tenido [en Estados Unidos], también Obama, han sido convencidos por el sistema financiero, que tiene gente muy inteligente, para que tomaran decisiones nefastas. Clinton fue uno de los peores, puso en marcha la desregularización, creando el escenario para la tormenta perfecta que llegó después.

En su afán por entender cómo se conectan distintas realidades, Sassen ha desarrollado un basto conocimiento sobre dinámicas migratorias, cambio climático, ‘tierra muerta’ y globalización. Habla de “un tercer sujeto migrante” que queda fuera de los tratados internacionales sobre refugiados o las leyes nacionales sobre migración: personas expulsadas del campo que terminan en grandes suburbios de la periferia y son “capturados en un desarrollo económico (…) que oscurece esta realidad de expulsión”, con la ayuda de indicadores económicos tan reduccionistas como el crecimiento del PIB. Sassen subraya que esas familias mantuvieron la tierra viva durante generaciones, pero las nuevas plantaciones son capaces de destruirla en solo 50 años. En breve comienza la Cumbre del Clima de Bonn (Alemania) y la socióloga no deja pasar la oportunidad para insistir en que, a su parecer, estos acuerdos son solo “un pasito chico, no son suficientes”. “Este sistema económico no tiene en cuenta el tema, pero está surgiendo conciencia”, dice en referencia al cambio climático.

Tras el fatalismo realista, una pincelada de optimismo: “Hay muchísima esclavitud en el mundo hoy en día, pero también hay gente que relocaliza elementos de la economía, como quienes empiezan a cultivar verduras en barrios modestos”. Ella interpreta estos brotes de cambio como un intento por recuperar algo que no es simplemente una franquicia, y esta vez cita como ejemplo Barcelona y su menguante tejido de antiguos negocios familiares que caen ante la llegada de grandes firmas internacionales, con lo que eso conlleva, desde la pérdida de conocimiento –”la familia que tenía una floristería sabía dónde obtener flores, cómo trabajarlas… Ahora son franquicias y ese savoir faire se queda en la sede de la multinacional”– hasta la salida de dinero que antes permanecía en el circuito local. “¿De verdad necesito a una multinacional para tomarme un café en mi barrio?”, se pregunta.

Sassen asegura que no siente miedo, sino indignación, ante el masivo flujo de datos personales en manos de grandes corporaciones y gobiernos. Opina que “tienen tantos datos que les cuesta manejarlos”, pero le molesta que compañías como Google, o sobre todo Facebook, ingresaran sus primeros 1.000 millones de dólares “sin asumir ningún tipo de riesgo, ¿y si potencian algo que es falso? Además, venden toda la información sobre nosotros a otras empresas también sin asumir ningún riesgo”.

La profesora termina matizando: “Hay gente brillante que no pudo trabajar en un diario y ahora puede escribir sus historias, pero al mismo tiempo hay un abuso total, estas corporaciones pueden cometer errores pero nunca son culpables, es lógica extractivista“. “Cuando todos los modelos que admiramos caen en eso, tenemos un problema serio”, sentencia Sassen.

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18 organizaciones denuncian las pésimas condiciones de los solicitantes de asilo en Grecia

Campo de refugiados de Idomeni (Grecia). Foto: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

El primer ministro Alexis Tsipras debe poner fin a la “política de contención” del gobierno griego de confinar a los solicitantes de asilo en las islas del Egeo, según piden en una carta abierta 18 organizaciones de derechos humanos y ayuda humanitaria, entre ellas Amnistía Internacional, Human Rights Watch, el Comité Internacional de Rescate, Oxfam Internacional, Aitima y el Consejo Noruego para los Refugiados.

Ante la llegada del invierno, la carta denuncia que miles de personas, incluidos niños muy pequeños, mujeres solteras o embarazadas y personas con discapacidades físicas, están atrapadas en condiciones pésimas. Forzar a los solicitantes de asilo a permanecer en condiciones que violan sus derechos y dañan su bienestar, salud y dignidad, no puede justificarse con la implementación del acuerdo entre la Unión Europea (UE) y Turquía, según las organizaciones.

Desde la implementación de la Declaración UE-Turquía en marzo de 2016, las islas griegas de Lesbos, Quíos, Samos, Kos y Leros se han convertido en lugares de confinamiento indefinido. Miles de mujeres, hombres y niños están atrapados en condiciones deplorables y volátiles, y a muchos se les ha negado el acceso a procedimientos de asilo adecuados. Solicitantes de asilo que llegaron a las islas en los primeros días de la implementación del Acuerdo UE-Turquía llevan allí casi 19 meses.

El reciente aumento en la llegada de hombres, mujeres y niños ha incrementado la presión sobre los ya superpoblados centros de recepción e identificación, conocidos como ‘hotspots’. Las llegadas actuales siguen siendo comparativamente bastante bajas y deberían ser manejables para Grecia y, en un marco más amplio, para la UE, pero incluyen una cantidad significativa de mujeres y niños.

“Europa se niega a ofrecer condiciones humanas de acogida y dignidad a las personas necesitadas que llegan a nuestras costas. Las autoridades griegas y de la UE deberían transferir de inmediato inmigrantes a la Grecia continental en lugar de dejarlos atrapados en condiciones deplorables en las islas griegas”, declaró Nicola Bay, jefe de la misión en Grecia de Oxfam, una de las organizaciones que firman la misiva.

La situación es particularmente crítica en Samos y Lesbos, donde más de 8,300 solicitantes de asilo y migrantes viven en instalaciones destinadas solo a 3.000. El reciente anuncio de que en las próximas semanas 2.000 solicitantes de asilo serán trasladados de las dos islas al continente es un avance positivo, dado que se trata de una medida de descongestión de emergencia. Pero no es suficiente para aliviar el hacinamiento de las instalaciones y no aborda de manera sostenible. Los problemas sistémicos en el origen de esta situación de emergencia, en concreto la política de contención.

Al aproximarse el tercer invierno desde que comenzaron las llegadas a gran escala a las islas, es evidente que las autoridades griegas no pueden satisfacer las necesidades básicas y proteger los derechos de los solicitantes de asilo mientras permanecen en las islas. “El acuerdo entre la UE y Turquía ya no debe utilizarse como pretexto para mantener a los solicitantes de asilo en condiciones inhumanas en las islas griegas. Es imperativo que el gobierno griego mueva urgentemente a la gente a la Grecia continental”, destacó Irem Arf, investigador de migración de Amnistía Internacional. La aplicación de la declaración UE-Turquía ha sido citada por funcionarios de la UE y Grecia como una justificación para la política de contención.

Pero obligar a los solicitantes de asilo a permanecer en condiciones que violan sus derechos y son dañinos para su bienestar, salud y dignidad, no puede justificarse, según la carta de las organizaciones publicada hoy. “Grecia debería poner fin a su cruel política de atrapar a los solicitantes de asilo en las islas. La gente no debería verse obligada a sufrir otro invierno en tiendas sin calefacción y sin servicios adecuados”, subrayó Eva Cossé, investigadora de Human Rights Watch.

Las organizaciones instan al primer ministro Tsipras a proteger los derechos humanos de los solicitantes de asilo atrapados en las islas poniendo fin a la política de contención. Deben ser transferidos al continente para que puedan recibir alojamiento y servicios adecuados para satisfacer sus necesidades y garantizar que sus solicitudes de asilo sean atendidas con justicia.

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