Micromachismo televisivo

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Grabando un reality en Hollywood aprendí que a la zona situada delante de las cámaras los técnicos la denominan ‘el lado oscuro’. Las fuerzas tenebrosas se desatan donde los focos deslumbran: miedo, celos, deslealtades, traiciones, abusos de poder, apropiaciones. En la campaña viral #amítambién me ha pasado, creada por eldiario.es, mujeres de diversas profesiones y signos políticos están denunciando el micromachismo. A mí, como a Lina Gálvez y tantas otras, también me ha pasado que mi autoridad académica se cuestione por ser mujer y tratar temáticas de género. A mí me ha pasado que mi trabajo se desmerezca en titulares que priman mi aspecto físico y mi pasado de modelo por encima de mi investigación, o que me recomienden llevar gafas para parecer más intelectual. Me ha pasado que un decano me suponga incapaz de lidiar con un problema menor que me oculta, mientras me tira los tejos en plan caballero protector y el problema explota.

Son asuntos embarazosos y difíciles de visibilizar, pero el machismo del ‘lado oscuro’ todavía lo es más. Para revelarlo se requiere luz negra, una innovadora técnica que aplicaré a mi reciente experiencia televisiva en una cadena pública barcelonesa. Veamos: a mí no me ha pasado que un director me exija relaciones sexuales para presentar su programa, pero que me contrate por ser una ‘feminista con tacones’ y luego se asuste de mi desparpajo. A mí no me critican por innovar recursos escenográficos –pistolas, pelotas, sombreros mejicanos, narices negras de payaso o un significativo plátano–, sino por “cargarme el ADN del programa” uniendo rigor y entretenimiento. No me reprenden por no tener audiencia y pasar desapercibida, sino por tener personalidad propia y destacar. No me reprochan que no me comprometa con las mujeres que luchan –sean limpiadoras como Las Kellys o activistas como Yolanda Domínguez– sino que les dé voz y hagamos poses empoderadoras subidas al sofá del plató.

No me reprueban por atraer al programa a personalidades, como el insigne académico Manuel Castells, pero lo atribuyen a mi melena rubia. Con su fina intuición feminista, el propio Castells expuso ante las cámaras las verdaderas razones de su presencia: mis credenciales académicas. (Su imagen se utilizó en el spot publicitario del programa dejando entrever que lo había entrevistado el propio director, incluso después de haberme despedido y eliminado del spot.) A mí no me recusan por conseguir una entrevista con una prominente joven política catalana para el 8 de marzo, sino porque el director del programa no la pudo conseguir. A mí no me sustituye una principiante, sino el director de la cadena que alababa mi originalidad y buen hacer.

Como a tantas mujeres desde Eva y Pandora, a mí también me han llamado ácrata acusándome de no respetar autoridad alguna, de “no escuchar ni a Dios”. Será que sobre nosotras se proyecta el espectro de la ingobernabilidad, en palabras de la filósofa Ana Carrasco-Conde. El fantasma surge del miedo de aquellos hombres reales que basan su masculinidad en la dominación. Este tipo de hombres teme a las mujeres, poderosas o no, que ejercen su libertad de acción y pensamiento. Tristemente, ellos creen no ser nada si no dominan. Tanto les da una trayectoria académica que acredite disciplina y respeto a la autoridad; la sumisión es otra cosa.

De las auténticas autoridades, como Castells, aprendí que en el ‘lado oscuro’ solo brillan las estrellas. Lo demás es soberbia y tinieblas.

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