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La paradoja de la posverdad es que la posverdad es una posverdad

«-Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono
de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que
diga…, ni más ni menos.
-La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty–es saber quién es el que
manda…, eso es todo» Lewis Carroll.

La nueva palabra que permite saber quienes son los que mandan es la posverdad. La última construcción literal de las élites que es utilizada con profusión para marcar a un adversario y echarle del tablero político consensuado y aceptado. La perversión de los términos es muy habitual, sólo hay que ver en lo que ha degenerado populismo, pero en el caso de la posverdad la rapidez con la que ha perdido toda validez ha sido de una celeridad lumínica.

La posverdad es un término que define cómo los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que la mentira, la manipulación o la apelación a la emoción. De tanto manosearla mediática y políticamente la mención a la posverdad ha pasado a convertirse en lo mismo que decía combatir. Esta construcción terminológica no es más que una creación interesada del discurso hegemónico para aislar cualquier alternativa o versión que se aleje de la interpretación erigida por los que crean la opinión mayoritaria. Pretender enarbolar la posesión de la verdad es negar un debate que se ha dado en la historia de la humanidad desde Aristóteles, pero no seré yo el que niegue a los editorialistas tenerse en tanta estima. Los hechos son incontestables, la interpretación que se haga de ellos no. Y en eso han intentado convertir la posverdad desde las oligarquías mediáticas, en una muestra más de la instauración del pensamiento único.

En una entrevista en la Cadena SER dos miembros de los equipos de Pedro Sánchez y Susana Díaz utilizaron el término posverdad para culpar al adversario del relato que usaban. Era posverdad lo que ambos interpretaban sobre un mismo hecho, ya que para acusar al rival eludían hechos que permitían comprender con mayor precisión lo que ocurrió en el convulso Comité Federal de octubre que acabó con la dimisión de Pedro Sánchez. Si nos ceñimos a los hechos era posverdad la interpretación que los dos hacían. La paradoja de la posverdad es que el uso del concepto posverdad se ha convertido en posverdad. Hemos alcanzado la metaposverdad.

La punta de lanza de la utilización de este concepto en España ha sido el diario El País, que ha visto como un término que ha sido acuñado en el mundo anglosajón y utilizado contra la victoria de Donald Trump y el Brexit le podría dar jugosos réditos contra Podemos primero y contra Pedro Sánchez después. La paradoja de la posverdad funciona de manera sublime en sus páginas. El pasado 12 de mayo la portada del diario de Cebrián recogió una unas declaraciones de Pablo Iglesias a raíz de la polémica con el senador de Compromís, Carles Mulet, que rompió la foto de Susana Díaz, para interpretarlas de manera capciosa. La respuesta del líder de Podemos a una pregunta sobre el hecho fue:

“Bueno, desde luego no es mi estilo, y en este caso me van a permitir que sobre lo que haga un senador en este caso de una formación que no es la mía mantenga una cierta distancia. Desde luego yo no lo haría así. Creo que se puede criticar a los rivales políticos sin necesidad de romper fotos. Pero tampoco me parece que eso sea grave. Grave es lo que está haciendo el señor Moix, o el Partido Popular con las instituciones. Que un senador rompa una foto me parece una anécdota. Supongo que algunos tratarán de decir que ‘hay que ver cómo está la política en España, que algunos roban a manos llenas y están acusados de malversación, de delitos fiscales o de organización criminal, y que otros rompen fotos tratando de poner las cosas al mismo nivel, y creo que eso en España ya no se lo cree nadie”

El diario El País tituló a tres columnas en portada: Iglesias justifica al senador que denigró a Susana Díaz. Podemos pidió una rectificación que el diario de Prisa ignoró para redundar en su editorial sobre esa supuesta justificación del acto que jamás se produjo. Pero esa manipulación de las hechos no impidió al periódico llevar en la misma portada una noticia sobre los premios Ortega y Gasset con un titular que decía: “El valor de los hechos como fórmula contra la posverdad”. Una entrega de premios que contó con la presencia de toda la plana mayor económica. Directivos implicados en la Operación Lezo incluidos, como Juan Miguel Villar Mir, que acudió a la gala sin que ese nimio detalle apareciera en la crónica. Es indudable que El País logró su propósito de mostrarnos de forma gráfica en una sola portada la paradoja de la posverdad.

La creación del término posverdad nació como un elemento de combate contra la mentira y las manipulaciones de todos aquellos que aspiran a dirigir los designios de los ciudadanos. Loable aunque nada novedoso, porque en los mismos parámetros se manejó John Arbuthnot con su libro “El arte de la mentira política” o Peter Berger y Thomas Luckmann al acuñar su concepto “construcción social de la realidad”. Una creación terminológica con buena intencionalidad que ha sido pervertida por los que siempre han manejado la opinión publica a través de la publicada y que no soportan que existan medios alternativos para crear relatos al margen de sus intereses. Se sienten atacados porque existan métodos de manipulación masivos al margen de sus maniobras y han convertido un término con un significado honesto en otra herramienta de control social que sirva a sus intereses. Cuando como Humpty Dumpty se tiene claro quién es el que manda se ve todo con más claridad. Lo llaman posverdad para diferenciarlo de sus mentiras.

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El estilo y la elegancia de España en el siglo XXI

FRANCISCO PÉREZ CABRERA // Te levantas por la mañana y tras un par de tostadas sacadas del tostador lees en la pantalla negra de este cacharro enfermo que el estilo es algo que puede comprarse. Sólo en ediciones limitadas, eso sí. Como el que reparte condones en un instituto a punto de estallar por primavera. Así, sin más pretexto que un par de billetes de veinte euros y una dirección que sirva de destino para el paquete.

Debo andar equivocado pues tenía la certeza de que ya no se fabrican tipos elegantes. Que el viejo mito capitalista de criarlos en rebaños no es ahora tal y que tampoco se habían logrado disminuir los costes de su producción bajo nuestra economía de escala. Tenía entendido que ni siquiera se tiñen pieles de pieles elegantes y que se estaban confundiendo conceptos a posteriori tan fáciles de diferenciar como el atrevimiento y la educación. En cuanto a las mujeres, es evidente que aún se cuentan por miles los excelentes perfumes corporales femeninos repartidos por doquier, pero nosotros —los hombres— hemos dejado de ser elegantes. Porque toda palabra precisa ha pasado a parecer pedante, porque toda sabiduría se ha transformado en rareza y porque todo enorme atractivo se ha alejado de su propósito inicial. También el vello público se ha extinguido, la virilidad se ha visto acorralada, la fortaleza parece enferma y hasta la camaradería se ha ido por el tobogán de las cisternas… Tanto los viejos —como sus viudas— ahora estorban, los niños y sus primeros besos no ven más que programas infantiles y los ejemplos para la sociedad copan portadas en las revistas de cada corazón roto. Nos aseguran que los mendigos no visten con harapos y hasta los políticos no se dignan a ceder su sillón.

Vamos entonces a sacarle brillo al trono de la diosa mentira, ya que el patio de las verdades pierde hectáreas por minutos, el dinero se ha hecho con todos los terrenos baldíos y las bolsas de oxígeno de la lírica ya no sirven para disminuir los índices de contaminación en las pequeñas y grandes urbes del país. Las hermandades y las tribus urbanas se están convirtiendo en el refugio de los jóvenes, por lo que se acentúa el carácter dominante de cromo repetido y las escenas de sexo explícito no aparecen en los telediarios porque la moral reinante permite la decapitación de periodistas y niños pero no los actos de amor sin prejuicios en horarios de máxima audiencia. Los reglamentistas del balón quieren su ojo de halcón sobre el terreno de juego, sin embargo en los despachos de las federaciones no permiten la intervención “ex profeso” de los jueces anticorrupción y se afirma con rotundidad que el madridismo reinante en estos momentos es incompatible con la forma de entender el club que tenía el heredero de Miguel Muñoz, es decir, con las maneras de Luis Molowny. No obstante, ya sabemos que los niños con potencial para ser los tipos que marquen tendencia en el mañana prefieren a Sergio Ramos antes que al caduco Fernando Redondo y a Cristiano Ronaldo por encima del blando Michael Laudrup. Cosas del estilismo de la cera y la tinta sobre la epidermis, me digo en esta mañana que se ha convertido en mediodía casi sin rechistar.

Por otro paralelo y desigual lado, vamos a platicar de política que es para lo que había bajado en pantuflas a la tienda de la esquina a comprar la mitad del cuarto de mortadela ibérica con aceitunas picual. He de reconocer que resulta extraño que hubiese sorpresas y sorprendidos hace pocas fechas porque el que presumió en la década de los ochenta de ser el partido político del obrero se sometiese a la voluntad estadista y oligárquica de hacerles el pasillo a los herederos demócratas del franquismo. Eso es tener estilo. Resulta extraño que el partido que se presupone del cambio por convicción propia, y que presume igualmente de demócrata, no admita en sus filas altas más que a aquellos que pretenden arrinconar al país a la izquierda de la izquierda. Eso es tener elegancia y amplitud de miras en este siglo XXI. Pero lo que más extraño resulta es que no nos hayamos sentido nunca traidores en una nación donde lo verdaderamente extraño es no haberlo sido nunca. Esto último es, sencillamente, inherente y atemporal para con el saber estar hispano.

Así que ni ahora se hace periodismo ni parece que nos haga ninguna falta, aunque se confunda el arrogante “va de lo que no es” con el humilde “es de lo que no va” y, lo mejor de todo, es que también nos llega a sorprender. Llegó hace años —para quedarse definitivamente— el lema del “sálvese quien pueda” y al menos los partidarios de los barones del PSOE han sabido defender esta postura con cierta dosis de honor con el antiguo consejero de Caja Madrid, Pedro Sánchez. Gran parte del resto de españoles piensa que se hace lo correcto porque esto es ya una implantación tácita de la “Ley Corcuera” en la que primero derribamos su puerta y luego, quizás, le toquemos al timbre para que nos deje pasar. Estas son las pesquisas que se persiguen a diario a pie de calle, las del chismorreo irónico pero de marca, el chascarrillo aunque sutil y fino y toda esa marabunta de falsedades y mediocridades que nos invaden desde todos los ángulos de nuestra vida de alta alcurnia en formato “low cost”.

Soluciones ya no nos quedan a simple vista, pero sería de imbéciles creer que la derrota será eterna y más, sabiendo que el gran Antonio Escohotado nos asegura que vivimos en el mejor de los tiempos en su último libro. Otra cosa diferente es que hayamos conseguido rebajar la tasa de desempleo por debajo del veinte por ciento a costa de tres millones de nóminas de trescientos euros al mes, que nos gobiernen los de siempre porque eso “siempre ha sido así” y que el Real Madrid siga ganando Copas de Europa y otros títulos mundiales aun siendo un reconocido abusador de la zona Cesarini. Raphael se mantiene en el candelero, la Preysler reinando desde tiempos inmemoriales en el papel cuché, El Corte Inglés sigue publicitándose por primavera esta vez por cuenta del Banco Santander, los Borbones en el poder son ahora dos, Stallone arrasa en taquilla, Operación Triunfo sigue de gira y parece que al fin el “atado y bien atado” cobra sentido de una santa vez.

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