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Muere Martín Patino, cineasta de la juventud indignada

Basilio Martín Patino durante el rodaje de 'Libre te quiero' . Foto: basiliomartinpatino.org

Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930) abrió y cerró su filmografía enlazando tres temas que serían los pilares artísticos de su obra: la poesía, España y la juventud. Nueve cartas a Berta (1966) empezaba con los versos del Españolito de Antonio Machado: “Ya hay un español que quiere/vivir y a vivir empieza”. Su primer largometraje contaba la historia de un joven que escribe cartas a su enamorada, hija de exiliados españoles en Inglaterra, explicándole cómo es el país que su familia dejó atrás. En 2011, con 81 años y tras una década de silencio, volvió a agarrar la cámara para rodar Libre te quiero, un documental sobre el movimiento del 15-M con los versos de Agustín García Calvo (y la voz de Amancio Prada) como leitmotiv: “Libre te quiero, como arroyo que brinca de peña en peña. Pero no mía”.

Su primera película hablaba del despertar de la conciencia del joven Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba), estudiante de Derecho en la Salamanca en los años cincuenta, y del revuelo que entre sus familiares provoca esta inesperada actitud. A través de una relación epistolar no correspondida, Lorenzo identifica el gran tabú (el hecho de que, efectivamente, hay dos Españas) y no puede comprender el conformismo de quienes le rodean en la vieja y tranquila ciudad de provincias. Ni tampoco el suyo propio: “Me entra la preocupación de no tener ninguna preocupación”. En el testamento cinematográfico de Martín Patino, ubicado geográfica y sentimentalmente en la Puerta del Sol durante la primavera de 2011, resuena el mismo descontento juvenil y el mismo anhelo: “Alta te quiero/como chopo que en el cielo/se despereza”.

Cineasta comprometido e inclasificable, Martín Patino ha muerto en su domicilio de Madrid tras luchar varios años contra la enfermedad de Alzheimer. Resulta paradójico y trágico que alguien que consagró buena parte de su obra a la preservación de la memoria histórica muriera perdiendo los recuerdos. Pero queda su cine, implacable y lúcido, para contarnos de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos. Todo ello quedó reflejado en su impresionante tríptico documental: Canciones para después de una guerra (1971), Queridísimos verdugos (1973) y Caudillo (1974). Aquel gran fresco de la España franquista sólo pudo estrenarse, lógicamente, tras la muerte del dictador. La exhibición de la primera fue programada en el Festival de San Sebastián y retirada antes del pase por la intervención del mismísimo Carrero Blanco. La otras dos las realizó en la más absoluta clandestinidad.

La trilogía sobre Franco, compuesta por canciones populares, entrevistas a los funcionarios del garrote vil e imágenes del NO-DO, desprendía una tristeza y una grisura escalofriantes. Eso éramos. O fuimos. O todavía somos, quién sabe. Una sociedad que canta sus desgracias en privado, que ve cómo son atropellados los derechos más básicos de sus vecinos, un pueblo instalado en el inmovilismo y el miedo a la violencia del Estado, a la porra, al paro y al exilio. Por eso resulta tan gratificante que, antes de ser golpeado por la enfermedad, Martín Patino rodara Libre te quiero.

“Filmar el 15-M significó fotografiar la alegría”, explicaba en una entrevista con eldiario.es. “Sol era una plenitud total, inesperada. Una propina de la vida. Había vivido algo parecido otras veces, pero no igual”, decía aquel joven octogenario, soñando seguramente con la posibilidad de otra España.

Como promotor de las Conversaciones de Salamanca (1955) demostró que otro cine, diferente del oficial en aquellos años, sí era posible. Su generación (Mario Camus, Carlos Saura, Miguel Picazo, Manolo Summers) fue una suerte de Nouvelle Vague a la española, artesanal, sin un París que los inspirase y anclada en la sórdida realidad española. Como militante, no tuvo reparos en estampar su firma en la Carta de los 102 intelectuales enviada en 1963 a Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, para protestar por la represión y las torturas a las que estaban siendo sometidos los huelguistas de la minería asturiana. Su nombre figura en aquel documento como ejemplo de una generación que enlazaba la memoria republicana con la Transición democrática: Aleixandre, Bergamín, Buero Vallejo, López Aranguren, Gabriel Celaya, Salvador Espriu, los hermanos Goytisolo, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan Marsé, Fernán Gómez, Paco Rabal, Román Gubern…

Quizás lo que distingue a Martín Patino entre todos ellos es que él fue joven hasta el final. Se movió al margen de la industria y presentó siempre apuestas audaces en el terreno artístico e intelectual, saltándose a menudo las convenciones que dividen realidad y ficción. Así lo hizo en Madrid (1987), la historia de un periodista extranjero que llega a la capital para rodar un documental sobre la Guerra Civil, y en Andalucía, un siglo de fascinación (1996), una serie sobre los mitos andaluces que tocaba, entre otros temas, el episodio de los Sucesos de Casas Viejas, en una narración que mezclaba los archivos reales con el falso documental. En este sentido, no se parecía a nadie. Hacía un cine ‘raro’ que, a la postre, terminó marginándolo a la hora de los premios. Aunque eso no parecía importarle. Siguió trabajando hasta sus últimos días de lucidez como lo había hecho siempre, de forma casi underground, con un equipo muy reducido de colaboradores, en la sala de montaje de su casa del Madrid de los Austrias, tomando el pulso de la calle, enamorado de la gente y, como buen anarquista, siendo incrédulo con el poder.
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‘Sobadoras de anchoa’: memorias de las trabajadoras de Santoña

Sobadoras de anchoa en una fábrica de Santoña (2005)

Si no has estado nunca en Santoña, es difícil imaginar la centralidad que el mar tiene en esta villa del Cantábrico. Su estructura familiar, socioeconómica y festiva está atravesada por la pesca y la industria conservera, especialmente de anchoa. El proceso de transformación del bocarte en anchoa, de forma totalmente artesanal y realizado sólo por mujeres, es también desconocido. O lo era, hasta la publicación, hace unas semanas, de Sobadoras de anchoa. Historias de mujeres de Santoña (Libros.com, 2016). Después de leerlo, ni la lata más delicatessen te parecerá ya cara.

Cuca, Nati, Amparo, Carminín, Chari, Rosa, Puerto, Miliuca… y así hasta 35 mujeres que han pasado toda su vida trabajando la anchoa, y en cuyas historias se mezclan de forma indistinguible la dimensión pública, laboral, y la privada, doméstica. Nos asomamos a ellas a través de las palabras de Raúl Gil y Mada Martínez, y de las impactantes fotografías (un primerísimo plano de cada una de las protagonistas) realizadas por Jon Astorquiza del Val.

Por encima de las particularidades de cada una, todas siguen una pauta común. Empezaban, muy niñas, descabezando bocarte como una ayuda en vacaciones. Con 12, 13 o 14 años ya trabajaban en la fábrica y sólo algunas continuaban los estudios en la escuela nocturna. Muchas, después de la jornada de 8 o más horas, buscaban hacer algún extra en otra conservera. Y todas, sin excepción, entregaban el sueldo a la madre hasta casarse.

Más inestables eran los ingresos de los hombres, dedicados mayoritariamente a la pesca. Con el marido embarcado, sin saber con qué iba a volver (o, en el peor de los casos, si iba a hacerlo), eran las mujeres las únicas proveedoras estables, encargadas no sólo de administrar sino de asegurar la economía familiar. Es, en palabras de Raúl Gil, el tradicional matriarcado santoñés.

Muchas recuerdan con nostalgia el compañerismo que reinaba antes en la fábrica, durante la época dorada de los sesenta, y cómo la empresa las trataba “como de la familia”. Sigue siendo común que los dueños de la conservera estén a pie de nave, incluso echando una mano cuando había grandes costeras. Sin embargo, muchas se han llevado una desagradable sorpresa al descubrir la minúscula pensión recibida al jubilarse, debido a los contratos como fijas discontinuas y a la baja cotización.  

A pesar de las mejoras de las instalaciones, de los cambios en seguridad e higiene, todas las sobadoras de anchoa tienen problemas de cervicales, y muchas de muñeca. Se trata de un trabajo muy delicado pero duro, y en el que muchas tareas requieren también fuerza física. Como todo oficio, cuenta con su jerga especializada: estuchar, sobar, filetear, octavillo… Uno de los conceptos más llamativos y de mayores consecuencias es el de largas o cortas para referirse a la velocidad y productividad de las trabajadoras.  

A pesar de la dureza de la tarea, de los madrugones, de las horas extras, de los ajustados salarios… todas aman su oficio. A unas les apasiona descabezar, a otras abrir filete, algunas prefieren hacer bonito. Sin embargo, las generaciones más jóvenes no quieren ser sobadoras. Quizá el reconocimiento que ha supuesto este libro y su excelente acogida (800 ejemplares vendidos mediante crowdfunding de preventa) sirvan para poner en valor a estas trabajadoras, mejorar las condiciones laborales y asegurar la continuidad de este oficio centenario.  

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