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Patriotas

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En mi casa me enseñaron a no ser patriota desde que era pequeñita. No nos gustaban los toros ni Manolo Escobar ni la pringá del cocido. Bueno, la pringá sí, pero disimulábamos. Ser patriota y a la vez popular era muy de la duquesa de Alba. Hoy es muy de Bertín Osborne y, en mi casa, siempre fuimos gente festiva y simpática, pero nunca tuvimos la pasta o la realeza suficientes como para alardear de “campechanía”. Tampoco íbamos con España en las competiciones internacionales y mi abuelo nos iluminaba con su visión de la historia nacional: Isabel la Católica se bañaba vestida y debía de oler a rancio; y lo mejor para nosotros, como país, habría sido que Napoleón nos invadiese y nunca se hubiera producido esa serie de desastres que comenzó con el “Vivan las Caenas” y desembocó en la Guerra Civil. Es un repaso simplista, pero si pensamos en las oligarquías y el capital y la Iglesia y la reforma agraria, algo de verdad hay en un análisis tan vertiginoso.

En mi casa España se parecía a Andalucía (como en Bienvenido Mr. Marshall) y el paradigma de la belleza natural se situaba en la soriana Laguna Negra que recordaba más a un paisaje extraterrestre que español. Y, sin embargo, mira que es española y machadiana la laguna… A mí me gustaban los espaguetis. El fado. La canción latinoamericana. Flaubert. Relegábamos en un rincón vergonzoso de la memoria a Calderón, Rocío Jurado, las mollejas y los mastines del Pirineo. Poco a poco, se nos pasó esa paletería cosmopolita e incluso, hoy, desengañados de la fascinación europea, al viajar al extranjero, le damos vueltas a tópicos sobre la temperatura, la luz, la alegría, el altruismo y los trasplantes. Anhelamos el jamón: no creemos que sea necesario comer grillos para parecer más cultos. Me “españolizo” cuando mi barrio se gentrifica y yo me sorprendo pensando en inglés sin haberlo aprendido nunca y los adolescentes ponen toppings en los helados y deslizan el dedo por su smartphone.

Poco a poco me reivindico en las cosas que conozco y hasta me enrabieto y me cierro como marisco bivalvo porque intuyo que el openminded es una forma de domesticación. Sospecho que la universalidad solo es posible en función de lo plural. Incluso sospecho que la universalidad no es más que el discurso que el poderoso (rico) quiere que sea universal (el suyo, el lobo de Caperucita, disfrazado como discurso neutro o aspiración publicitaria, it depends…) y, entonces, no me queda más remedio que reconocerme como escritora española, contextualizarme, politizarme en mi intraducibilidad literaria, resistirme a la bestsellerización. Porque el mercado se ha convertido en el espacio por excelencia de la universalidad neoliberal. Pero, más allá de todo eso, en mi casa era de bien nacidos que esa España, heredada del imaginario franquista, nos importase un rábano. Y, sin embargo, éramos y somos patriotas de otra manera.

Somos patriotas e internacionalistas cada vez que protestamos para que los intereses de los monopolios no pongan límites a los presidentes de los gobiernos; cuando pedimos que los países no funcionen como empresas; cuando queremos una educación y una sanidad gratuitas; cuando nos escandalizamos al comprobar los beneficios de las entidades bancarias y los contrastamos con la tasa de paro; cuando personas sin recursos mueren asfixiadas delante de un brasero porque no tienen para pagar la factura de la luz; cuando uno es de Orange o de Amena, pero no de izquierdas o de derechas; cuando la salud de las mujeres es un ejercicio de encarnizamiento y no somos iguales ni en el espacio íntimo ni en el privado; cuando nos matan; cuando la política se metamorfosea en publicidad; cuando existen leyes mordaza y la libertad de expresión se inclina hacia la amenaza de muerte en las redes; cuando los jóvenes viajan no por amor a la aventura, sino porque van a limpiar planchas de hamburgueserías en Alemania; cuando el dinero para la investigación se agota; cuando el sistema judicial y legislativo se gangrenan; cuando se pierde la memoria o se utiliza espuriamente el concepto “equidistancia”; cuando hay niños que no hacen tres comidas al día; cuando las mayores injusticias comienzan a formar parte del “sentido común” y existe un compromiso tolerado y otro que no lo está; cuando los bosques se queman porque alguien enciende una cerilla para especular o porque no se recogen las ramitas secas y la biomasa, que podría generar energía, se echa a  perder; cuando me llaman para venderme productos que ni necesito ni entiendo; cuando hemos perdido parte de la destreza de comprensión lectora; cuando consumimos más ansiolíticos que nunca, no podemos dormir, tenemos miedo, nos sentimos frágiles y, sin embargo, en este país ya no se habla de relaciones de poder ni de explotación…

Me siento patriota cuando estoy cabreada. Luego, vuelvo a acordarme de que Sevilla tiene un color especial, Nadal es un tenista glorioso, España adorna su camiseta con una estrella de campeón del mundo de fútbol, de que aquí no hay huracanes, y me digo modestamente que lo único que hace falta es que el PP no vuelva a ganar nunca unas elecciones.

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‘Clavícula’, de Marta Sanz: una poética de la fragilidad

Clavícula no es una novela, tampoco un ensayo ni una autobiografía. No es un libro de memorias ni un manual de autoayuda. Es un libro híbrido que a veces tiene el tono de diario íntimo, otras la profundidad del ensayo, salpicado de reflexiones lúcidas, anécdotas cargadas de humor negro, relatos de viaje, tiernos correos electrónicos, un poema desgarrador, un cuento juguetón. Es un libro fragmentado y al mismo tiempo con una gran coherencia interna, la coherencia que da la presencia del dolor al proceso de escritura.

La lectura de Clavícula impacta, descoloca, remueve. Por su honestidad. Porque expresa sin ningún tipo de pose ni tapujos, en algunos momentos casi de forma bronca, una fragilidad que surge de sentimientos que normalmente se ocultan o, si no, se disfrazan. Incluso o, mejor dicho, sobre todo, en un tipo de narrativa del yo de la que se despega, con toda su crudeza y verdad, este libro de Sanz. La fragilidad en la que se sumerge Clavícula está relacionada con un dolor físico, real, tan real que a veces llega a borrar la misma realidad. Un “dolor que anula la inteligencia”, dice la narradora, y que, incomprensiblemente, se agarra como una garrapata a un espacio vacío de su cuerpo: “el único territorio de la masa corporal donde no hay absolutamente nada y toda la carne es éter y arcángeles”. Un médico se lo dice así de claro: “Si te clavara una aguja exactamente en ese punto, llegaría limpia al otro lado”. Para ella el dolor es innegable, para los sucesivos médicos de cabecera y especialistas que visita, puede ser nada o todo, imaginario o lo peor.

“Escribo de lo que me duele”, responde siempre Sanz en las entrevistas cuando le preguntan sobre sus temas. Clavícula es una nueva vuelta de tuerca. ¿Cómo escribir de un dolor que nadie reconoce como tal, sólo quien lo sufre? Clavícula es una reflexión sobre las muchas imposibilidades de la literatura. Y sobre sus posibilidades. “Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”. La realidad sentida dolorosamente puede ser irreal, ficción. En la tensión entre la incertidumbre de una posible enfermedad imaginaria y la certeza del dolor reside la fuerza de la escritura de Sanz, que ordena, aclara, ata, nombra, araña, apunta, identifica… “La escritura quiere poner nombre e imponer un protocolo al caos”. Esa enfermedad que no se refleja en las pruebas médicas se escribe y se hace innegable. Experiencia y lenguaje son indivisibles en la Clavícula de Sanz.

Esta obra no es, sin embargo, una reflexión solipsista sobre el dolor de la que escribe. Su poética de la fragilidad se nutre también de reflexiones —cargadas de humor, frustración rabia, tristeza— sobre las dolencias, molestias y vulnerabilidad psicológica que genera la menopausia: “El estreñimiento es una dolencia de las mujeres menopáusicas. […] Nuestro culo es una caja fuerte. Sin embargo, los hombres plantan pinos como rascacielos de Manhattan”. También explora enfermedades femeninas — endometriosis— y otras que afectan casi en exclusiva a las mujeres —fibromialgia— y que son difíciles de diagnosticar. La enfermedad femenina que no se puede nombrar o de la que no hay suficiente conocimiento enseguida se convierte en patología psicológica. Lo que la mujer siente como real y físico, el mundo médico lo ve como una afección psicológica. Ante todo esto, la narradora se rebela: “No soy hipocondriaca. No estoy deprimida. Tengo un dolor. Una enfermedad. Lo reivindico. Me quejo”.

Clavícula es un libro que sacude por su aparente impudor al hablar de temas tabú, no tanto por lo transgresores (aunque también), sino por el tratamiento que les da Sanz, en el que la desnudez, la falta de artificio, la sensación de verdad, vulneran esa membrana, esa laminilla con la que todos intentamos esconder nuestras miserias. Sanz nos hace ver que lo transgresor, en un mundo cada vez más sensiblero pero menos sensible, es profundizar en aquellos temas que nos desnudan, porque nos duelen o nos avergüenzan, que nos descubren en nuestra fragilidad. “Mi impudor es mucho más limpio que el panóptico digital”, dice Sanz hablando de la estigmatización de la sinceridad. En un mundo en el que se mide la sensibilidad desde la superficialidad más ridícula (caritas con lágrimas en FB como muestra de duelo ante el anuncio de una muerte o vídeos de gatitos salvados por un gorila o cualquier otra estupidez), la autora nos advierte con su obra que la verdadera sensibilidad —la suya— resulta incómoda, medicable, se calma con antidepresivos y ansiolíticos, o se castiga. Y esa sensibilidad exacerbada es la que la lleva a tratar temas como el amor de pareja o el amor a los padres con una ternura conmovedora, capaz de mostrar todas las versiones del cariño. El amor en la pareja: el deseo, el deseo del deseo, el cambio en las relaciones, los cambios en la sexualidad y el afecto, la búsqueda de otro tipo de afectividad y felicidad. El amor a los padres: el respeto al padre, la complicidad con la madre, el miedo a que ellos desaparezcan, la anticipación del dolor —y el duelo— ante su futura ausencia.

Las reflexiones sobre el cuerpo femenino, la madurez, las complicaciones que surgen al aparecer la enfermedad, las relaciones de pareja y de familia no se quedan en autocontemplación. Como en cualquier obra anterior, Sanz está muy anclada en lo social, en las condiciones objetivas de la existencia y por eso muestra también la precariedad del mundo literario, la inseguridad laboral que la lleva a explotarse, el paro de su marido, las limitaciones del cuerpo enfermo y la necesidad de trabajar. Y trenzando todo esto, la culpa. El peso de la culpa por sentirse enferma, por no poder trabajar todo lo que debiera, por ser una carga para sus padres o su marido, por no poder salir del ensimismamiento que le produce el dolor, por defraudar a los que quiere y los que la quieren, por trabajar demasiado y por no trabajar lo suficiente, por hacer demasiado caso a su cuerpo y por no hacérselo, por sentir dolor, ¡hasta por morirse!. Y acompañando a la culpa, el miedo: al dolor, a la locura, a la miseria, a estar enferma, a la muerte propia y de los seres queridos.

Marta Sanz despliega en Clavícula una poética de la fragilidad que marcará un antes y un después en su obra y en eso que se ha venido llamando “narrativas del yo”. Su escritura rezuma dolor y verdad. Y sin embargo, como dice ella acordándose de Sarinagara de Philippe Forest, también rezuma vida y posibilidad, catarsis y juego, luminosidad y humor. Escritura “como deporte de riesgo“. Un riesgo que, sin duda, merecerá la pena a sus lectores.

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Marta Sanz: “Pasamos de culparnos por el erotismo a una fetichización opresiva”

Esta entrevista a Marta Sanz está incluida en #LaMarea44.

¿Cómo fue tu primera toma de contacto con la sexualidad? “En mi casa, sola. Por supuesto, no se lo dije a nadie. Sí que lo recuerdo como algo muy placentero, pero secreto y desconocido”, confiesa Alicia, actriz, 48 años. “Viví una época en la que el sexo era un tabú. Sólo escuchaba de mi madre ‘Ten cuidado’ y nunca supe descifrar aquello”, recuerda Isabel (47). “En la España de mis padres y mis abuelos se vivió un estado de terror para las mujeres”, sostiene Cristina, también de 48. Regina tiene 51 años y admite que su aproximación a las relaciones sexuales no ha variado mucho desde su adolescencia. “Quizás con la edad me he vuelto más frívola. Busco cariño, diversión”, añade. Estas cuatro voces son algunas de las protagonistas reales de Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara, Planeta). Entre el ensayo, la memoria personal y el reportaje, la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) traza un revelador autorretrato generacional en torno a los prejuicios y tabúes que rodean los usos amorosos del postfranquismo y la democracia. “Cuando hablamos de sexualidad femenina parece que nos referimos siempre a encuentros eróticos espectaculares, y para nada es eso. La construcción de la sexualidad femenina tiene que ver con la conciencia del cuerpo”, reflexiona.

¿Qué le han enseñado las mujeres que relatan sus experiencias y recuerdos en el libro?

Muchas cosas. Una de ellas es que durante muchos años, las mujeres que nos definíamos como feministas nos hemos empeñado en corregir los mitos, para nosotros castradores, de eso que se llama el petrarquismo bubónico. Y en ese intento a veces se ha producido un fenómeno de ultracorrección: hemos impostado una fortaleza que nos ha hecho daño porque nos ha apartado de la condición humana. Por buscar un discurso emancipatorio, enarbolamos banderas que nos pasan factura.

Así que la igualdad todavía no existe.

Me he dado cuenta de que las mujeres hemos pasado de la culpabilización por el propio cuerpo y por el deseo erótico y su asociación con la suciedad, la vergüenza, la culpa –que era lo que nos inoculaba la moral nacionalcatólica–, a una especie de fetichización extrema y terrible que también es opresiva, y que tiene que ver con el rodillo del neoliberalismo. Entre esos dos polos represivos, se trata de reencontrar un espacio donde ser felices.

En esa fetichización de la que habla juegan un papel importante las nuevas tecnologías. ¿Dónde se sitúa la mujer en esta sociedad ciborg?

Yo soy hija de la sociedad analógica y creo que lo táctil, el compartir un espacio real, no un espacio virtual, te compromete de una manera muchísimo más intensa. Y eso se nota en el espacio de la política, en las relaciones afectivas e incluso en los procesos educativos. Esa sensación de debilidad en la que prima lo superficial, lo efímero y lo intrascendente nos va a permitir hacer muy pocas transformaciones de las cosas que de verdad importan. Estoy convencida de que en la nueva sociedad digital, nuestro rol como mujeres, y el de los seres humanos en general, va a ser diferente. Nuestros valores, nuestra manera de sentir el amor, nuestro concepto de familia… todo eso va a cambiar, no sé si a mejor o a peor. En el discurso de las nuevas tecnologías se juega a fomentar una horizontalidad de todos los discursos en todos los ámbitos que a mí me parece falsa y que puede ser muy destructiva. Se fomenta una especie de hiperactividad en la que tenemos que estar siempre activos y conectados, y eso neutraliza mucho nuestra capacidad de escucha e incluso se desprestigia el valor del conocimiento, porque limitamos nuestras posibilidades de desarrollar nuestra conciencia crítica.

¿Cómo fue la educación sentimental en la Transición?

La recuerdo como una superposición de discursos muy contradictorios. Un ejemplo es lo que pasó con el destape en España, que tuvo una cosa muy buena y otra nefasta. Lo positivo fue que aquellas tachaduras que había sobre el cuerpo de las mujeres desaparecieron. La mujer podía gozar de su propio cuerpo sin sentirse culpable. Pero a la vez fue el primer paso hacia una mercantilización y un culto al cuerpo exagerado. Lo peor de todo es que muchas veces las mujeres asumimos como propia una expectativa sobre lo que debe ser nuestro cuerpo que es masculina. Interiorizamos esa expectativa masculina, fruto de siglos de patriarcado, pensamos que es una cosa nuestra y nos infligimos unos daños aterradores.

¿Qué supone esa mercantilización para las mujeres?

Repercute directamente en la violencia. El hecho de que un hombre maltrate a una mujer tiene que ver con el hecho de que se siente vulnerable. A su vez, hay mujeres que aún piensan que su único capital en la vida es su cuerpo. Esa idea está muy instalada en generaciones de mujeres muy jóvenes, y es algo que me parece terrible. En los últimos tiempos hemos experimentado un retroceso que tiene que ver con la crisis económica: se reproducen ideas muy conservadoras que afectan a las libertades civiles y que hacen que rebote el fascismo, la xenofobia y un machismo asumido por las propias mujeres.

Es lo que ha ocurrido con Donald Trump en EEUU. Obtuvo un porcentaje altísimo de voto femenino.

Así es. El problema que tenemos con el feminismo es que siempre se arrincona cuando se considera que hay cuestiones más importantes. Uno de los grandes dramas del discurso feminista en España es que se hizo una dejación de funciones tremenda después de la Transición. Y los obstáculos se ha demostrado que siguen ahí. Las mujeres nos precarizamos antes que nadie.


«La izquierda en España está destrozada»

Sanz se sincera al analizar la situación política española. “La derecha es compacta, acrítica, nunca experimenta mala conciencia, tiene un discurso inmoral que se basa en decir que el que no roba es porque es tonto. La derecha siempre crecerá, mientras que la izquierda, bajo una falsa máscara de unidad, está cada vez más atomizada y destrozada. Eso me produce tristeza, frustración y desconcierto”.

 

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