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De equidistancia y banalidad

Protesta contra el odio de los supremacistas de Charlottesville. Foto: Michael Sessum (Flickr)

El fascismo es capitalismo más asesinato”.
Upton Sinclair

Las conmociones de lo evidente son las peores porque nos sitúan delante de una obviedad inquietante que habíamos pasado por alto, seguramente, por esa búsqueda de la tranquilidad que nos lleva a echarnos a dormir en brazos de la mentira. El otro día, a propósito de Charlottesville, andaba pensando en que ya había pasado más tiempo desde el momento presente hasta el año de mi nacimiento, el 80, que desde esa fecha hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que me dejó helado. No había reparado en lo realmente cerca, en tiempo histórico, que mi infancia había estado de los stukas lanzando bombas, de los aliados intentado tomar aquel puente tan lejano o de Steve McQueen sonriendo sardónico a sus captores alemanes.

La confusión es premeditada. Durante mi infancia los nazis eran los malos, de eso no cabía duda. Lo sabíamos porque nuestros héroes, como Indiana Jones, les odiaban, porque hablaban con un acento tosco que no invitaba a la simpatía y porque perdían. Supongo que para un niño eso es suficiente, eso es todo lo que necesita saber. El problema es que los nazis nunca dejaron de ser los malos para la mayoría, nunca dejaron de ser unos títeres narrativos antagonistas de películas que, aun bienintencionadas, no tenían entre sus aspiraciones mayor meta que la de entretener. Ya de adolescentes, incluso adultos, casi nadie parecía preguntarse por qué España nunca aparecía en esas películas, si además de aquellos valientes soldados aliados alguien más había participado en la Guerra y, lo que es peor, por qué y de dónde había surgido aquella gente tan mala. La cierta simplicidad de la infancia quedó convertida en trivialidad adulta y aquel suceso histórico clave quedó confinado a un país y a una época, que parecía lejanísima, escindido de nuestro presente, presuntamente desactivado.

Sin embargo sería un error echar la culpa de la banalización del mal al cine. De hecho, si muchas personas no interesadas en política han reaccionado con estupor, miedo e indignación ante los sucesos de Charlottesville no ha sido a pesar de estas películas, sino seguramente gracias a ellas. Que hoy la extrema derecha se muestre por medio mundo a cara descubierta tiene muchas causas pero una sola madre, el olvido premeditado de que el antifascismo es una de las primeras condiciones de ciudadanía, que era algo que no sólo se recogió en algunas constituciones europeas, sino un consenso de hierro que los habitantes de medio mundo tenían grabado a fuego. Entre otras cosas, además, sabían que el ascenso del fascismo había sido causa directa de un capitalismo desenfrenado que se había destruido a sí mismo a finales de los años veinte, que había sido la respuesta, fanática y criminal, que las élites de sus países habían apoyado de manera indisimulada para frenar la revolución. Y lo sabían porque las ruinas aún humeaban, porque todos habían perdido a alguien querido en aquel desastre y, porque muchos, eligieron oponerse y luchar. Supongo que casi nadie, a finales de los años cuarenta, pensaba que los nazis caminarían de nuevo alguna vez.

Sin embargo, en 1947, un grupo de intelectuales extremistas del libre mercado se unieron en la Sociedad del Mont Pelerin con la intención de destruir los consensos de posguerra, entre ellos el de que, por seguridad, el capitalismo debía estar regulado para evitar las grandes diferencias sociales que habían provocado el desastre. Las élites nunca perdieron su poder, pero conspiraron los siguientes 30 años para que volviera a ser omnímodo. A principios de los ochenta, con la llegada de Reagan y Thatcher, consiguieron su objetivo: la restauración neoliberal había comenzado. Entre otras claves, para llevar adelante su proyecto, lo primero que debían hacer era eliminar, no ya la ideología de izquierdas, sino el concepto de ideología en sí mismo. Dar a entender que la política, la conducción común de los asuntos esenciales en sociedad, era poco más que un mal necesario y que como tal sólo había una forma de llevarla a cabo, la suya. Y tuvieron éxito. Los ciudadanos pasaron a ser consumidores, la clase trabajadora se olvidó de sí misma y la gente cedió su responsabilidad a un grupo de profesionales que cada vez se movían más por intereses oscuros e inconfesables.

Que Donald Trump se pueda permitir una falsa equidistancia -y por tanto una toma de partido- entre los nazis de Charlottesville y los manifestantes que fueron a pararles no es nada inédito. Fue la posición adoptada por medios, tan liberales y centristas, como así recoge este artículo en la revista Jacobin, hasta que la brutalidad del atentado con víctimas mortales les hizo recular en sus posiciones. Al fin y al cabo, en clave nacional, la frase “radicales de ambos signos” ha sido la forma en que la prensa española ha tratado la violencia ultraderechista y el intento de un puñado de personas por detenerles en las últimas dos décadas (las hemerotecas hieden). Que a día de hoy haya quien aún culpe a los antifascistas de que su oposición frontal y sus claridad en la defensa de los derechos fundamentales favorecen a la ultraderecha porque le proporcionan un contrapunto, demuestra que se puede ser torpe, ignorante o abyecto y no despeinarte en el intento.

Trump no es la causa de Charlottesville, igual que Marine Le Pen no lo es de la aberrante política de la UE respecto a los refugiados. Ambos, y por desgracia unos pocos más, son la consecuencia más notoria de un proyecto de sociedad donde el cinismo posmoderno y la codicia neoliberal han reducido a la nada las ideas de ciudadanía y acción política, donde las personas sólo disponen de esa filosofía de baratillo de “los extremos se tocan” porque alguien decidió que era peligroso para sus intereses que los de abajo dispusiéramos de una ideología fuerte, donde no se puede confiar en los grandes medios porque antes de la posverdad ya hubo años de mentiras y manipulación, donde cualquier proyecto alternativo al existente es laminado por el totalitarismo de mercado reduciendo los horizontes de una forma asfixiante, donde existe una escisión dolorosa entre los sueños inducidos por el consumo y las opciones realmente disponibles, donde se ha sustituido la reflexión y el conocimiento por el mensaje fraccionado y una pirotecnia de estupideces, donde al haber perdido la identidad de clase ya nos vale cualquier refugio tenebroso en el que construir un nuevo yo frente a los tachados como diferentes.

Ahora que la bestia ya ha comenzado a andar me temo que se confirma que este inicio de siglo XXI tiene todos los peores vicios del XX, pero ninguna de sus virtudes. Es la hora de tomar posición, es la hora de hacerles frente, pero también de señalar a los que pusieron todo de su parte para que esto volviera a suceder.
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Los tibios y colaboracionistas que ascendieron a Marine Le Pen

MADRID// Marine Le Pen no lo ha conseguido. Los que han posicionado su ideología al frente del Elíseo lo celebran con alborozo. Aunque la realidad es más desoladora. La simple posibilidad de que el neofascismo haya tenido la opción es una derrota, y los millones de votos que ha logrado son una derrota sin paliativos de la democracia y de los derechos humanos. Durante estos días, ha habido muchos antifascistas sobrevenidos que han intentado culpar de su posible victoria a aquellas gentes de izquierdas que más sufren la crisis y, conscientes de que su situación poco mejorará, o empeorará también con Emmanuel Macron, han abogado por el voto nulo o la abstención haciendo el análisis de que la victoria de Macron solo pospondrá la victoria de Le Pen, y por eso se puede arriesgar y que otros paren por ti la llegada del fascismo. No comparto este posicionamiento y así lo he expresado, pero es ofensivo ver cómo aquellos tibios y colaboracionistas con los neofascistas dan lecciones a los que siempre pierden. Aquellos que han mirado a otro lado cuando la extrema derecha ponía la bota sobre el cuello de alguna minoría, los que han compartido trincheras con neofascistas, como Ciudadanos, para lograr cuotas de poder, los que han aupado gobiernos neonazis como en Ucrania para hacer negocio, o los que comparten filas en el PP europeo con totalitarios magiares. Todos ellos quieren ahora dar lecciones u otorgar culpas a aquellos que siempre han luchado contra lo que Le Pen y sus creadores representan.

Los medios de comunicación y políticos con un nulo historial antifascista, y el relato hegemónico que durante mucho tiempo ha compartido políticas con los que ahora dicen combatir, han utilizado algunas referencias históricas para criticar el tremendo error de Jean Luc Mélenchon al no ser claramente diáfano contra Le Pen en la situación dilemática que se encuentra Francia, y por ende toda Europa. Desde medios como El País, que hace tiempo dejaron de hacer política editorial contra el fascismo español que hace honores a Franco y gobierna en España, pidieron al líder de la izquierda insumisa que se quitara el triángulo rojo antifascista que luce en su solapa. Ha habido que esperar a que lo utilicen contra alguien que lo usa para que expliquen el significado de un emblema que políticos como Alberto Garzón llevan años luciendo.

El modo más deshonesto de utilizar la historia de aquellos que han descubierto estos días el antifascismo ha sido la instrumentalización de la figura de Ernst Thälmann y el papel que jugó como líder del KVD (Partido Comunista Alemán) en el periodo de la República de Weimar y que culminó con la llegada al poder de Adolf Hitler. En un editorial del diario Le Monde se explica cómo el líder comunista consideraba a los socialdemócratas algo tan nocivo como el partido nazi para ubicar en el mismo lugar la posición de Mélenchon en la segunda vuelta de las elecciones. Una referencia histórica descontextualizada y falsaria que solo funciona por las elusiones intencionadas para que el relato y la comparación tenga algún efecto sobre el lector. La historia ayuda a comprender la actualidad si no se utiliza de forma revisionista como trinchera para favorecer discursos interesados.

La posición del KVD y Ernst Thälmann con respecto a al SPD alemán en el año 1931 era esa. Eso es completamente innegable. Es un hecho histórico. Pero antes de culpar a los comunistas del ascenso de Adolf Hitler por no compartir posiciones con los socialdemócratas alemanes de la época habría que conocer unos cuantos hechos que contextualizan y sirven para ver quiénes fueron los verdaderos artífices y cuáles fueron las causas del ascenso del nazismo, y por elevación extraer referencias para el presente sin necesidad de equiparar hechos históricos incomparables.

Los enfrentamientos entre los socialdemócratas y comunistas venían de mucho antes de que Adolf Hitler apareciera en escena en el panorama alemán. La separación entre ambas formaciones se hizo irreconciliable a partir de la Revolución de Noviembre de 1918. El ministro de Defensa del SPD, Gustav Noske, se alió con los Freikorps (un grupo de extrema derecha que alimentaría a los camisas pardas nazis) para reprimir de forma violenta el levantamiento espartaquista. La coalición del SPD de Noske y los cuerpos libres acabó con el asesinato de Karl Liebknech y Rosa Luxemburgo, los dos principales líderes del partido comunista alemán.

La brecha de odio y rencor entre ambas formaciones se siguió alimentando durante los años posteriores a la República de Weimar y con la gran depresión. Los comunistas eran represaliados en los centros de trabajo por parte de los sindicalistas socialdemócratas, como cuenta Richard J.Evans en su monumental obra sobre los años previos al nazismo. Lo que provocaba que el KVD de Ernst Thälmann creara comités de parados y manifestaciones masivas que acababan en enfrentamiento con la policía y represión durante el gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert. Esta situación se vio agravada por la posición de la jefatura del Comintern en 1928 que, a través de su “tercer periodo”, comenzó a considerar a los socialdemocrátas social-fascistas porque entendían que era la expresión política del capitalismo y su principal apoyo. Ernst Thälmann consideraba que Heinrich Müller del SPD no era mejor que el nazismo, pero lo mismo pensaba Müller del KVD de Thälmann. Estos enfrentamientos y la posibilidad, real en aquel momento, de que los comunistas pudieran tomar el poder acercaron las simpatías burguesas y empresariales al nazismo que, además de no poner en cuestión el sistema capitalista, era la punta de lanza contra el comunismo.

Utilizar la posición del partido comunista con respecto a la socialdemocracia durante la república de Weimar es un ejercicio que puede resultar provechoso para los que quieren sacar partido del error que la izquierda de Mélenchon tuvo tras la primera vuelta al no ser más contundente en su posicionamiento de voto. Pero lo será a cambio de realizar un ejercicio deshonesto que instrumentaliza la historia sesgando los hechos, porque si hay algún consenso generalizado que ha proporcionado alianzas en Europa con la extrema derecha es el anticomunismo. Durante la República de Weimar y en la actualidad.

Marine Le Pen ha estado cerca de la victoria después de que Emmanuel Macron, ‘el liberador’, comandara la economía durante el gobierno de François Hollande. Los que han liderado la vida de los nadie y les han abandonado a su suerte ahora dicen preocuparse por su futuro. El extremo centro, que no es más que el consenso económico generalizado, intenta vender que los liberales que abogan por las bondades de la desigualdad son la solución a la brecha. Un discurso que no duda en luchar retóricamente contra los neofascismos llamándoles populismos para integrar de forma despectiva a la izquierda que sí ha sido siempre antifascista y lleva años luchando en la calle y combatiendo el discurso que blanquea a opciones como las de Marine Le Pen por si deben ser activadas para vencer al verdadero enemigo de los liberales y burgueses; que no es otro que la izquierda. Todos estos liberales que dudan del antifascismo de la izquierda jamás han llamado fascistas a las opciones como las de Marine Le Pen. La extrema derecha ha crecido en Europa con la connivencia y colaboración de la Unión Europea, con Jean Claude Juncker recibiendo a Viktor Orban, llamándole dictador entre risas y bromeando con el saludo nazi. Con el gobierno de Ucrania prohibiendo el partido comunista sin una sola protesta de las instituciones europeas. Los colaboracionistas de nuevo cuño que han utilizado a estos neofascistas para gobernar y subyugar a la izquierda ahora exigen pureza antifascista cuando son los únicos responsables de la dramática coyuntura en la que se encuentra Europa.

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Un antifascista jamás duda: Le Pen no es opción

El 11 de octubre de 1931 se constituyó en Alemania el denominado Frente de Harzburg, una coalición política promovida por la derecha conservadora del multimillonario Alfred Hugenberg y al partido nazi de Adolf Hitler. Con la República de Weimar zaherida y con la agonía del canciller Gustav Stresseman, los conservadores veían en Adolf Hitler la figura carismática que les llevaría al poder. En un mitin conjunto en la ciudad de Bad Harzburg, en la que varios comunistas fueron detenidos por sedición al protestar, el magnate de la prensa y líder del partido conservador DNVP intentó ganarse el favor de Hitler para que encabezara su proyecto. Pero Hitler sabía que no precisaba de su colaboración política, solo de su dinero. Los conservadores de Hugenberg no fueron en coalición con el partido nazi únicamente por la negativa de Hitler. En momentos de tensión política en la que los conservadores vean comprometidos sus privilegios siempre elegirán el fascismo antes que el antifascismo. Ahora toca elegir.

Entre Macron y Le Pen no me queda duda. Macron. La realidad no permite circunloquios y ha situado a la sociedad francesa y europea en este dilema. La izquierda puede centrarse en discusiones inútiles sobre los errores del pasado o qué Europa hemos construido para que se plantee esta disyuntiva tan perjudicial para los trabajadores, pero en quince días el fascismo puede lograr el poder en nuestro vecino del norte si no se impide con el voto. No hay equidistancia posible, cualquier opción política es mejor que Le Pen. Es una falacia establecer que no había alternativas a la extrema derecha o la derecha liberal. Las había pero no lograron llegar a la final. Y ahora hay que decantarse. Un antifascista sabe que cuando la historia pone el fascismo en el camino solo cabe hacerle frente. Sin diatribas ni relatos alternativos. Hay que pararlo.

Emmanuel Macron, un exbanquero de los Rothschild y exministro de Economía del socialismo de François Hollande -uno de los máximos responsables del ascenso del fascismo de Marine Le Pen con sus políticas conservadoras- es una desgracia para los trabajadores de igual porte que lo sería Fillon o lo son Albert Rivera y Mariano Rajoy. Un neoliberal clasista que se dirige a los trabajadores que protestan por la reforma laboral diciéndoles que trabajen para comprarse un traje como el suyoPolíticos como Macron y políticas como las de Macron son las que han llevado a Le Pen a su máximo histórico. No será el antídoto contra el fascismo, es solo un dique de contención que la historia ha puesto en nuestro camino y que dejará latente el problema, si no lo agrava. Pero es el instrumento que la realidad nos ha dado, hay que hacer fuerte el dique ahora, poner sacos terreros y parar la embestida mientras se construye una verdadera alternativa a la extrema derecha que sepulte a Le Pen y a los que como Macron la aúpan con su ideología tóxica para los trabajadores.

En los días previos a las elecciones en Francia, políticos del PSOE, Ciudadanos y el PP, columnistas de extremo centro de El País y toda la oligarquía mediática no dudaron en equiparar a Jean Luc Mèlenchon con Marine Le Pen para armar la estructura que pudiera establecer el relato que permitiera poner a Le Pen como alternativa viable en el caso de que el candidato de izquierdas compitiera con ella en segunda vuelta. Todos aquellos que han equiparado en multitud de ocasiones el antifascismo con el fascismo y el nazismo con el comunismo han construido una Europa que permite que la ideología más criminal de la Europa contemporánea sea vista como una opción tolerable. En el año 2012, mientras Viktor Orban reformaba la constitución para crear campos de trabajo para desempleados o su socio Jobbik realizaba cazas de gitanos en Gyongiospata, la Unión Europea recordaba al premier húngaro que la prioridad era el cumplimiento del déficit y la independencia del Banco Central. Y el virus se siguió propagando.

Partidos como Ciudadanos están intentando dar lecciones de antifascismo porque ahora es cool ir contra Le Pen y apoyar a un candidato de estudio de márketing como Macron. Sin embargo, Albert Rivera fue uno de los que participó de manera más activa en la reactivación de la extrema derecha al participar en una coalición de partidos llamada Libertas para acudir a las elecciones europeas de 2009. Ciudadanos acudió coaligado, por ejemplo, a la Liga de las Familias Polacas, un partido de extrema derecha y xenófobo que tuvo a su líder, Roman Giertych, como viceprimer ministro en el año 2007 y que prohibió hablar de la homosexualidad en las escuelas por sus “creencias como hombre”.

Tener plena consciencia de cuál sería la opción de los antifascistas sobrevenidos en caso de cuestionarse sus intereses no puede marcar el camino de un antifascista convencido. En estos momentos hay que compartir trinchera con los de Macron frente a Le Pen aunque estemos seguros de que nos van a usar como carnaza para el capital. Esa será otra guerra, y ya va siendo hora de que la izquierda sepa cómo afrontarla.

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Nuevas incertidumbres en la campaña electoral francesa

Benoît Hamon, nuevo candidato del Partido Socialista francés a la presidencia.

Nueva partida en el póker de los comicios presidenciales en Francia: un diputado rebelde es desde este domingo el candidato al Elíseo del Partido Socialista; el favorito de las quinielas electorales, el conservador François Fillon (Les Républicains), pierde adeptos tras saberse que su mujer cobró medio millón de euros por unas labores de asesora que no desempeñó; la ultraderechista Marine Le Pen (Frente Nacional) también pierde impulso, pues presumía hasta la semana pasada de inspirar las medidas que aplica Donald Trump y que están generando rechazos de todo tipo a nivel global; y el liberal Emmanuel Macron suspira de alivio al verse en la tercera posición de unos sondeos que dejaron de tener puntería hace tiempo. La incertidumbre está servida.

Hasta hace apenas una semana, la baraja política francesa tenía tres cartas fuertes pero que no permitían formar ‘parejas’ ni ‘tríos’: la primera es de Marine Le Pen, una candidata de extrema derecha que mezcla un discurso nacionalista -cierre de fronteras, etcétera- con matices de clase a favor del obrero y una cuidada imagen de ciudadana de a pie, con la que logró atraer a millones de votantes hartos de la élite política de París. A diferencia de su padre, el opulento y desbocado Jean-Marie Le Pen, el discurso xenófobo y pasional de Marine es capaz de embaucar incluso a franceses de origen extranjero. Cada vez menos analistas se enrocan en afirmar que sería imposible ver a Le Pen en el Elíseo, a pesar de que se presenta como amiga e inspiradora de Trump.

El segundo naipe lo ostentaba François Fillon, un profesional del poder, conservador de toda la vida que mordió la mano de quien le dio de comer y lo aupó a lo más alto: el ex presidente Sarkozy. Los problemas del ex primer ministro Fillon para presentarse como un profundo conocedor del día a día de sus representados se agravaron después de saberse que su esposa percibió unos 500.000 euros desde 1998 por una labor de asistente parlamentaria que, aparentemente, no realizó. “Trabajaba siempre en la sombra”, justificó Fillon, acorralado incluso por gente de su partido, Les Républicains.

Macron, el centrista

La tercera carta era y es de por sí una sorpresa: Emmanuel Macron, el joven que hizo carrera en la banca Rostchild, al que el presidente Hollande nombró ministro de finanzas y que presume de haber formado parte del gobierno socialista sin estar afiliado a ese partido. Macron, que comparte con Albert Rivera su afán por situarse en el “centro”, cuenta con el apoyo de grandes empresarios -a través de su esposa, el líder de la patronal francesa financió su salto a la política- pero se presenta como un tecnócrata de izquierdas que predica la versión francesa del sueño americano -si trabajas duro, tu éxito está garantizado-.

Coincidiendo con los primeros días de la Nuit Debout, Macron lanzó un movimiento bautizado con sus siglas (En Marche) para no tener que enfrentarse en las urnas socialistas a Manuel Valls, hasta el mes pasado primer ministro y archienemigo de Macron de puertas para adentro. Precisamente, Valls perdió el pasado domingo las primarias socialistas frente al diputado rebelde Benoît Hamon.

Los socialistas franceses atraviesan una de las mayores crisis que jamás habían enfrentado y que hasta este fin de semana los situaba fuera de todas las quinielas electorales. El desgaste del gobierno y las divisiones internas a raíz de la polémica reforma laboral y otras medidas propias de un partido conservador y liberal -Hamon está entre los diputados rebeldes a esas medidas- lo situaron al borde del abismo.

Sin embargo, la victoria de este ex ministro de Educación “soñador utópico”, tal y como lo definían Valls y otros rivales internos, vuelve a situar al Partido Socialista galo como una opción válida y esperanzadora a ojos de muchos votantes de izquierda. El inesperado sucesor de Hollande para representar a los socialistas defiende una renta básica para jóvenes de entre 18 y 25 años, propone tasas a los robots para contrarrestar la desaparición de puestos de trabajo automatizados, quiere reducir la jornada laboral de 35 a 32 horas semanales, promete derogar la reforma laboral y aboga por abrir las fronteras a los refugiados, medidas inconcebibles para el actual ejecutivo socialista, incluido el ex primer ministro barcelonés Manuel Valls.

Posibles nuevas alianzas

Esta nueva partida de póker presidencial abre posibilidades hasta hace poco inconcebibles. Con un nuevo líder al frente, el Partido Socialista podría reconciliarse con el Partido Verde tras el sangrante divorcio protagonizado hace apenas dos años. Además, la sintonía ideológica de Hamon con el solitario candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, podría forjar una nueva pareja de hecho que haga frente a la derecha moderada (Macron), la derecha tradicional (Fillon) y la extrema derecha (Le Pen).

Por si fuera poco, analistas destacados de la prensa gala coinciden en que Emmanuel Macron podría salir reforzado por el apoyo potencial de los simpatizantes de Manuel Valls, ahora huérfanos de candidato. Recordemos que Macron y Valls rivalizaban por el poder, no tanto por las ideas, y que mientras tanto Hamon tendrá que desplegar su mejor diplomacia para calmar las aguas en la formación socialista.

La historia no acaba ahí. En abril los franceses elegirán a su nuevo presidente, cara visible del poder ejecutivo y responsable de formar gobierno, pero solo dos meses después celebrarán elecciones legislativas.

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Liberté, égalité, fraternité

'Toma de la Bastilla'. Por Jean-Pierre Houël. BIBLIOTECA NACIONAL DE FRANCIA

La entrada del bullicioso Puerto Viejo de Marsella en Francia está protegido por dos fortalezas impresionantes, el Fuerte de San Juan y el de San Nicolás, construidas en el reinado de Luis XIV en el Siglo XVI. Aunque el rey Sol justificó su construcción para fortalecer las defensas de la ciudad frente a los múltiples peligros que acechaban desde el Mar Mediterráneo, en realidad orientó los baluartes de tal forma que controlaban más a la propia ciudad y sus habitantes, notoriamente díscolos con la monarquía francesa.

No sorprende pues que Marsella se entusiasmara con la Revolución Francesa y que en 1792 un grupo de voluntarios caminara desde la ciudad portuaria hasta París, cantando una recién compuesta canción de guerra que terminaría convirtiéndose en el himno nacional: “La Marsellesa”. La República, basada en los sacrosantos conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad, supuso una auténtica revolución en una Europa compuesta por Estados absolutistas que desconocían el concepto de ciudadanía. En el potpurrí de miniestados germánicos antes de la creación del Estado alemán, por ejemplo, los judíos gozaron de plenos derechos por primera vez bajo Napoleón.

Francia siempre ha sido muy radical en la interpretación de esa idea republicana, especialmente en cuanto al laicismo absoluto del Estado. Hoy la Grande Nation está viviendo quizás su mayor crisis de identidad desde finales del siglo XIX. La convivencia de la población de origen musulmán, en su mayoría procedente de las antiguas colonias en el Norte de África, está resultando un desafío enorme ante una islamofobia creciente que se nutre de la llegada de refugiados y, sobre todo, de los atentados terroristas de los últimos tiempos.

Los estados suelen recurrir a dos formas para garantizar la cohesión de sus sociedades. Una es la vía identitaria, la patria compuesta por gente de la misma raza, lengua y religión. Y la otra es la vía republicana (en el sentido primigenio ideado por griegos y romanos), donde existe una ciudadanía con derechos y obligaciones iguales para todo el mundo. Pero en la Francia actual, que deberá elegir nuevo presidente de la República entre abril y mayo, los valores republicanos cotizan muy a la baja.

Salvo que los socialistas consigan articular un proyecto ganador, la carrera probablemente se decidirá entre Marine Le Pen del ultraderechista Frente Nacional y François Fillon, del partido conservador rebautizado como “Los Republicanos”. Un republicanismo más bien retórico en ambos casos: Los dos candidatos comparten un discurso de mano dura contra la inmigración y el islam, y una defensa a ultranza de la familia católica. Mientras Le Pen promete proteger a los trabajadores franceses –blancos, se entiende–, Fillon opta por un neoliberalismo económico que reduce el Estado a su expresión mínima siguiendo el ejemplo de su idolatrada Margaret Thatcher y su ominosa frase de que no existe tal cosa como la ‘sociedad’. Libertad, Igualdad y Fraternidad no casan muy bien con sus programas.

Artículo publicado en El Heraldo (Colombia)

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