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Convertir al disidente en equidistante

Estos días he acudido a Manuel Vázquez Montalbán en busca de refugio. No porque creyera que si su tremendo corazón no le hubiera fulminado en el aeropuerto de Bangkok estaría defendiendo la postura que hoy intento explicar, sino para acudir a él y sus textos y saber qué pensar, qué argumentar, cuál es la postura adecuada. En definitiva, para aprender. Si un gigante de la literatura y el periodismo español como Manolo ya ha dicho algo antes y mucho mejor lo más inteligente es difundir sus palabras y esperar que alumbren al resto como lo hacen contigo.

Para un apátrida emocional es fácil sentirse convocado por Montalbán cuando lee su definición de pertenencia e identidad: “La patria de cada uno es la infancia, en el sentido moral y cultural; en el sentido físico, las cuatro esquinas en las que se ha meado”. 

Su muerte en 2003 dejó huérfana a la izquierda extraña de Catalunya de un referente nacido en el Raval para comprenderla, dotarse de herramientas intelectuales y poder afrontar un debate endiablado que estos días ha arrasado en la opinión pública a todos aquellos que quieren entender las razones en disputa en vez de ajusticiar al adversario. 

No hace falta compartir el discurso que Joan Coscubiela realizó en el Parlament para comprender la necedad que significa utilizar el aplauso de la oposición de la “caverna” para intoxicarle por simpatía. Es el mismo argumento falaz que suelen usar para deslegitimar la posición crítica de la izquierda con la actual Europa porque Le Pen también lo es, aunque por diferentes motivos. Para quien no se sirva de la falacia ad hominem como excusa para cerrar los oídos y abrir otros esfínteres, escuchar a los adversarios e incluso aprender de ellos y a veces, sí, compartir posiciones, aunque sea por motivos antagónicos, no es ninguna mácula de indignidad. 

Nadie con un juicio que no precise de tratamiento clínico se atrevería a posicionar en la misma trinchera a Manuel Vázquez Montalbán y a Arcadi Espada. Sin embargo, el padre de Carvalho tuvo a bien aportar luz sobre esa muestra de deshonestidad intelectual que es arrojar los males ajenos a quien comparte una posición puntual con el enemigo. Vazquez Montalbán escribió en Avui una defensa encendida del derecho a la discrepancia que tituló “El disidente” cuando Arcadi Espada publicó el libro Contra Cataluña:

Supongo que el libro de Arcadi dará que hablar y que escribir. También estoy seguro de que no estimulará el pensamiento, sino la alineación, a favor o en contra, porque estamos en época de fundamentalismos maniqueístas. La única pareja de hecho que funciona es la que reúne el hecho de estar conmigo o contra mí, y me temo que el disidente Espada no será degustado sino engullido por el peor de los estómagos, el que se traga las disidencias como si fuesen rosquillas industriales”. 

Montalbán ni siquiera compartía lo que decía Espada, al que arroja una crítica mordaz desde la inmensa formación cultural que le proporcionaron al gourmet del PSUC sus lecturas desde la cárcel por cantar el Asturias patria querida: “A Espada no le gusta el nacionalismo como ismo, aunque conozco su capacidad de diferenciar entre un nacionalismo reprimido y un nacionalismo represor. El nacionalismo puede ser cuestionado de manera legítima, pero cuando se reprime, sin duda, esta represión la ejerce otro nacionalismo”.

El genio del Raval compartía en sus artículos e intervenciones una posición crítica, de análisis, ante los nacionalismos. Intentaba comprenderlos pero sin adherirse desde su posición militante de un partido nacional-catalán, y comunista, como el PSUC. Aplicaba el análisis concreto de la situación concreta, “que tantas tardes de gloria ha dado a la izquierda”, decía.

La postura que hoy tendría Montalbán ante la desconexión unilateral de Cataluña solo la sabría él, solo los que más le conocen y han estudiado su obra pueden atreverse a hablar por su boca. Pero para hacernos una idea aproximada podemos leer la afilada descripción en un solo párrafo de lo que pensaba en grandes rasgos de la cuestión catalana en un diálogo que mantuvo con Lluís Llach (Junts Pel Sí) sobre los nacionalismos:

“Cabría recuperar alguna de las afirmaciones de Lenin que, a pesar de que haya caído el Muro de Berlín, de vez en cuando sirven. Dice que existen nacionalismos opresores y a la defensiva y que es preciso apostar por los últimos. Puede que sirva como principio teórico. La defensa del derecho nacional me parece legítima hasta que no se produzca una situación de auténtica igualdad de oportunidades y para evitar que se manipule la propia identidad. Ahora bien, cuando pasa a ser un factor excluyente, que persigue todo aquello que no adopta exactamente la misma posición, reproduce el discurso único al que se opone por otros procedimientos”. 

Esa forma crítica y brillante de definir los nacionalismos le granjearía hoy la etiqueta de equidistante. No importa si se cree en este referéndum, ni con quién se comparta postura de forma coyuntural, importan los motivos que se esgrimen y las razones expuestas para justificarlo. Así que no disparen al disidente convirtiéndolo en equidistante de forma despectiva ni equiparándolo al que lleva tiempo combatiendo, porque se corre el riesgo de que te señalen a Artur Mas y el PdCAT para acusar a los cuperos de haber dejado tuerta a Ester Quintana. Y eso estaría feo.

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Estos días he acudido a Manuel Vázquez Montalbán en busca de refugio. No porque creyera que si su tremendo corazón no le hubiera fulminado en el aeropuerto de Bangkok estaría defendiendo la postura que hoy intento explicar, sino para acudir a él y sus textos y saber qué pensar, qué argumentar, cuál es la postura adecuada. En definitiva, para aprender. Si un gigante de la literatura y el periodismo español como Manolo ya ha dicho algo antes y mucho mejor lo más inteligente es difundir sus palabras y esperar que alumbren al resto como lo hacen contigo.

Para un apátrida emocional es fácil sentirse convocado por Montalbán cuando lee su definición de pertenencia e identidad: “La patria de cada uno es la infancia, en el sentido moral y cultural; en el sentido físico, las cuatro esquinas en las que se ha meado”. 

Su muerte en 2003 dejó huérfana a la izquierda extraña de Catalunya de un referente nacido en el Raval para comprenderla, dotarse de herramientas intelectuales y poder afrontar un debate endiablado que estos días ha arrasado en la opinión pública a todos aquellos que quieren entender las razones en disputa en vez de ajusticiar al adversario. 

No hace falta compartir el discurso que Joan Coscubiela realizó en el Parlament para comprender la necedad que significa utilizar el aplauso de la oposición de la “caverna” para intoxicarle por simpatía. Es el mismo argumento falaz que suelen usar para deslegitimar la posición crítica de la izquierda con la actual Europa porque Le Pen también lo es, aunque por diferentes motivos. Para quien no se sirva de la falacia ad hominem como excusa para cerrar los oídos y abrir otros esfínteres, escuchar a los adversarios e incluso aprender de ellos y a veces, sí, compartir posiciones, aunque sea por motivos antagónicos, no es ninguna mácula de indignidad. 

Nadie con un juicio que no precise de tratamiento clínico se atrevería a posicionar en la misma trinchera a Manuel Vázquez Montalbán y a Arcadi Espada. Sin embargo, el padre de Carvalho tuvo a bien aportar luz sobre esa muestra de deshonestidad intelectual que es arrojar los males ajenos a quien comparte una posición puntual con el enemigo. Vazquez Montalbán escribió en Avui una defensa encendida del derecho a la discrepancia que tituló “El disidente” cuando Arcadi Espada publicó el libro Contra Cataluña:

Supongo que el libro de Arcadi dará que hablar y que escribir. También estoy seguro de que no estimulará el pensamiento, sino la alineación, a favor o en contra, porque estamos en época de fundamentalismos maniqueístas. La única pareja de hecho que funciona es la que reúne el hecho de estar conmigo o contra mí, y me temo que el disidente Espada no será degustado sino engullido por el peor de los estómagos, el que se traga las disidencias como si fuesen rosquillas industriales”. 

Montalbán ni siquiera compartía lo que decía Espada, al que arroja una crítica mordaz desde la inmensa formación cultural que le proporcionaron al gourmet del PSUC sus lecturas desde la cárcel por cantar el Asturias patria querida: “A Espada no le gusta el nacionalismo como ismo, aunque conozco su capacidad de diferenciar entre un nacionalismo reprimido y un nacionalismo represor. El nacionalismo puede ser cuestionado de manera legítima, pero cuando se reprime, sin duda, esta represión la ejerce otro nacionalismo”.

El genio del Raval compartía en sus artículos e intervenciones una posición crítica, de análisis, ante los nacionalismos. Intentaba comprenderlos pero sin adherirse desde su posición militante de un partido nacional-catalán, y comunista, como el PSUC. Aplicaba el análisis concreto de la situación concreta, “que tantas tardes de gloria ha dado a la izquierda”, decía.

La postura que hoy tendría Montalbán ante la desconexión unilateral de Cataluña solo la sabría él, solo los que más le conocen y han estudiado su obra pueden atreverse a hablar por su boca. Pero para hacernos una idea aproximada podemos leer la afilada descripción en un solo párrafo de lo que pensaba en grandes rasgos de la cuestión catalana en un diálogo que mantuvo con Lluís Llach (Junts Pel Sí) sobre los nacionalismos:

“Cabría recuperar alguna de las afirmaciones de Lenin que, a pesar de que haya caído el Muro de Berlín, de vez en cuando sirven. Dice que existen nacionalismos opresores y a la defensiva y que es preciso apostar por los últimos. Puede que sirva como principio teórico. La defensa del derecho nacional me parece legítima hasta que no se produzca una situación de auténtica igualdad de oportunidades y para evitar que se manipule la propia identidad. Ahora bien, cuando pasa a ser un factor excluyente, que persigue todo aquello que no adopta exactamente la misma posición, reproduce el discurso único al que se opone por otros procedimientos”. 

Esa forma crítica y brillante de definir los nacionalismos le granjearía hoy la etiqueta de equidistante. No importa si se cree en este referéndum, ni con quién se comparta postura de forma coyuntural, importan los motivos que se esgrimen y las razones expuestas para justificarlo. Así que no disparen al disidente convirtiéndolo en equidistante de forma despectiva, no lo equiparen a quien lleva tiempo combatiendo. Sería como aprovechar la alianza con Artur Mas y el PdCAT para acusar a los cuperos de reventar un ojo a Ester Quintana. Y eso estaría feo.

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