Rajoy, la mentira y TV3

El sábado 11 de febrero de este 2017, el periodista al frente del Telediario de TVE, Pedro Carreño, arrancaba el espacio con la siguiente afirmación: “El tiempo desapacible que hay en Madrid hoy contrasta con la imagen de alegría que se vive en las filas populares”. Se refería al congreso del Partido Popular, y añadía: “El ambiente del congreso está siendo distendido, amable, como si se tratase de la reunión de una gran familia”.

Evidentemente, se convirtió en otra de las gotas que colmó otro de los múltiples vasos que pueblan la paciencia de los trabajadores de la televisión pública española.

El sábado pasado Mariano Rajoy anunció, entre otras medidas, que su Gobierno tomaría el control –esa palabra utilizó: control– de los medios públicos catalanes. Más allá de que la medida, si no fuera aterradora, daría para un chiste de los Monty Python, el asunto resulta harto significativo. Pone en evidencia cuál es la consideración del presidente del Gobierno de España sobre los medios de comunicación públicos, sobre la información en términos generales y sobre la libertad de expresión.

Es decir, el presidente Rajoy da por hecho que una televisión pública es un órgano desde el cual un gobierno interviene y manipula a la población. Siguiendo esa premisa, y dando por hecho que así sucede en Cataluña –si sucede o no daría para otro artículo–, decide que es su Gobierno quien pasará a controlar la información, o sea manipulación, o sea mentira. Porque en la base de ese movimiento del Gobierno español está también su consideración sobre la mentira. Desde un medio de comunicación público se miente, según ese planteamiento, a los ciudadanos, ya que cualquier manipulación informativa parte de la falsedad.

Sobre la consideración que le merecen a Rajoy los trabajadores de dicho medio, y por ende de todos los medios públicos, se podría acudir a las palabras siervos, voceros, tergiversadores, manipuladores, obedientes e incluso otras peores.

Es evidente que Mariano Rajoy no tiene capacidad de “controlar”, como él afirma, a los periodistas de los medios públicos catalanes. Ni siquiera con la triste amenaza de castigos y cese de pagos. Pero hay gestos que retratan lo que uno sabe sin necesidad de que el otro lo admita. Lo triste es que al presidente del Gobierno ni siquiera le preocupa admitirlo.

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