You are here

Macron roza la mayoría absoluta en la primera ronda de las legislativas francesas

Emmanuel Macron, presidente de Francia I La Marea

“Un paisaje inédito”, según el diario Libération. Los candidatos de La República en Marcha (LRM), el partido liberal con pinceladas socialdemócratas del presidente Emmanuel Macron, han sido los más votados en la primera ronda de las elecciones legislativas francesas celebradas este domingo, obteniendo el 32,2% de los sufragios, según el sondeo Ipsos, realizado a pie de urna.

Apenas un mes después de ser elegido presidente, Macron vuelve a salir victorioso de unos comicios en los que la abstención marcó un nuevo récord histórico (en torno al 51,2%), más sonora entre los electores del partido de ultraderecha y de la formación de izquierdas La France Insoumise, según la misma medición. Habrá que esperar hasta el próximo domingo para conocer la composición definitiva de la Asamblea Nacional, equivalente al Congreso de los Diputados en España.

La primera ronda de las legislativas confirma la renovación en el sistema de partidos de Francia que comenzó en las presidenciales, cuando las dos formaciones que tradicionalmente ejercieron el poder (los conservadores de Les Républicains, antigua UMP, y los socialistas) quedaron fuera de la segunda vuelta presidencial. El segundo partido con más votos en esta ocasión es el conservador Les Républicains (21,5%), mientras que el Frente Nacional de Marine Le Pen queda en tercer lugar con el 14% de los sufragios. El partido izquierdista La France Insoumise, liderado por Jean-Luc Mélenchon, quedó en cuarta posición (11%) y se mantuvo por delante del Partido Socialista francés (10%), al igual que sucedió en las presidenciales de mayo.

A espera del recuento oficial, los primeros sondeos indican que la estrategia de comunicación de Macron durante su primer mes en la presidencia habría surtido efecto, con momentos clave como sus sutiles desplantes ante Donald Trump, sus reproches retóricos ante Vladimir Putin, o el nombramiento de un gabinete de gobierno con perfiles mixtos, y solo estaría empañada por la elevada abstención.

Según los datos de Ipsos, los resultados de esta primera ronda darían a la formación de Macron un total de entre 390 y 430 escaños, lo que pondría fin a la mayoría que gozan actualmente los diputados socialistas, que perderían casi el 90% de sus asientos en la cámara legislativa. Un partido obtiene mayoría absoluta en la Asamblea Nacional cuando consigue más de 314 diputados de los 577 que componen la cámara baja gala. Les Républicains optarían a entre 85 y 125 escaños y el Frente Nacional obtendría entre 3 y 10, por detrás de La France Insoumise (entre 12 y 21), a pesar de haber logrado una mayor proporción de votos.

El partido del exbanquero y ex ministro de Economía tuvo que elaborar su lista de candidatos a contrarreloj, lo que explica que la mitad de sus posibles diputados no haya ejercido aún un cargo electo. Independientemente de las oscilaciones que puedan producirse de aquí al próximo domingo, todo apunta a que la próxima Asamblea Nacional francesa será más joven y estará más sujeta al liderazgo de los cabezas de partido en lugar de a la tradicional estructura de las formaciones tradicionales que desde hace décadas ostentaron el poder político en Francia.

Francia es una república presidencialista en la que el jefe de gobierno (primer ministro) y el propio jefe de Estado (presidente) han de negociar con la Asamblea Nacional para sacar adelalante sus proyectos, reformas y leyes. Entre los nombres sorpresa de esta primera vuelta de las legislativas francesas también está el de François Ruffin, uno de los impulsores del movimiento indignado Nuit Debout, que logra pasar a segunda vuelta tras presentarse por su circunscripción, Amiens (norte del país). Tras las legislativas, cuyo resultado definitivo saldrá a la luz el próximo domingo en segunda vuelta, la próxima cita electoral en Francia tendrá lugar en septiembre de este año para designar la composición del Senado.

Más en lamarea.com

Read More

La ultraderecha de EEUU, tras la filtración de los correos electrónicos de Macron

Emmanuel Macron, presidente de Francia I La Marea

Una investigación de las autoridades francesas apunta a que la ultraderecha de EEUU es la responsable del robo y posterior difusión de correos electrónicos de miembros de la campaña electoral del presidente electo de Francia, Emmanuel Macron. La información, revelada en las últimas horas por el diario Le Monde, apunta que todos estos mails pirateados fueron publicados en la web nouveaumartel.com, que comparte la misma infraestructura que dailystormer.com, otro website creado por el activista neonazi Andrew Auernheimer. Esta supremacista blanco ya ha sido condenado en varias ocasiones por cometer delitos cibernéticos.

Todos estos correos electrónicos se publicaron el 5 de mayo, poco antes de que Macron se impusiera en las elecciones presidenciales francesas a la ultraderechista Marine Le Pen. La filtración llegó de la mano de Jack Posobiec, otro activista de extrema derecha, quien difundió a través de su cuenta de Twitter un enlace a la sección de 4chan.org, un foro de Internet donde un usuario anónimo había colgado los documentos del denominado MacronLeaks.

Simpatizante de Donald Trump y vinculado a la ultraderecha de EEUU, Posobiec trabaja en The Rebel, un medio ultraconservador conocido por la publicación y difusión de fake news (noticias falsas y rumores sin confirmar). En uno de sus últimos vídeos, Posobiec acusa a Macron de haber cometido un posible delito de evasión fiscal. Posobiec también apoya públicamente la SlavRight, un movimiento de extrema derecha arraigado en Europa del Este que destaca por ser anti islam, racista y defensor de la supremacía blanca. De momento, Posobiec, que ha llegado a decir que Macron está controlado por la telepatía y las drogas, ya ha obtenido una credencial de prensa para cubrir información en la Casa Blanca.

Otro de los nombres que aparecen en esta trama es el de Nathan Domingo, otro activista de extrema derecha norteamericano que ganó notoriedad tras agredir físicamente a un manifestante antifascista. “El profeta de la sharia blanco Nathan Damigo está a punto de liberar las ranas de la pederastia”, escribió Andrew Auernheimer pocas horas antes de la difusión de los correos. En este extraño mensaje, las ranas podrían ser una referencia a una rana de dibujos animados llamada Pepe, adoptada como un símbolo por los neonazis de EEUU. Y la pederastia es una alusión, sin fundamento, a la posibilidad de que Macron sea homosexual.

La pista de Rusia

Esta misma semana, la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU acusó directamente a Rusia de robar los correos electrónicos de Macron. Ya en abril, una firma de seguridad cibernética (Trend Micro) dijo que las autoridades rusas habían intentado piratear al equipo electoral del político francés. El mismo FBI ha investigado los posibles vínculos entre la extrema derecha de EEUU, Rusia y el equipo de campaña de Trump.

Solo hace dos días, el presidente estadounidense cesó al director del FBI, James Comey. El diario The New York Times reveló que en una cena privada en la Casa Blanca a mediados de enero, Trump pidió lealtad a Comey. “Seré honesto”, fue su respuesta. En una entrevista en la cadena NBC, el presidente de EEUU ha admitido que la destitución de Comey está motivada “por esta cosa de Rusia”. “Me dije a mí mismo: ‘Ya sabes, esta cosa de Rusia, con Trump y Rusia, es todo inventado, es una cosa de los demócratas por haber perdido unas elecciones que deberían haber ganado'”, afirmó en la entrevista.

 Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Francia, el espejo donde se miran muchos países

ultraderecha La Marea

HUGO BUSSO* // Las elecciones en Francia marcan un punto importante de inflexión, tanto por su influencia política y filosófica en referencia al pasado, como en relación con el presente y futuro próximo de la UE. El contexto tiene su puntos en común con su amigo actual e histórico rival, la Gran Bretaña con su brexit y el también con quien los liberó del fascismo, los EEUU (ahora con su nuevo inquilino de la Casa Blanca, el polémico Trump). El resultado que tengan estas elecciones será decisivo para el futuro del país y los integrantes de la UE. Y muy especialmente, mostrará el estado del termómetro social, cultural y político que señala tendencias y desafíos en Europa.

Muchos investigadores americanos y europeos creen que la versión actual la ideología imperante, el neoliberalismo, engendra para las mayorías sociales desigualdades crecientes y sufrimientos constantes. La persistencia de estos antagonismos dentro del contexto del mundo occidental es un viraje hasta ahora paradójico. Porque los dos impulsores de la mundialización económica neoliberal, EEUU y Gran Bretaña, han hecho cambios y reajustes que van a contracorriente de lo que han generado y promovido previamente: apertura, libre mercado, multiculturalismo, democracia liberal.

Por lo tanto, las preguntas son una consecuencia inevitable, por la importancia de sus potenciales posibilidades, en el futuro próximo. ¿Por qué la mayoría de las islas británicas dieron el apoyo a la salida de la UE? ¿Cómo entender el acceso de Trump a pesar del no apoyo explícito de los medios de información, que se lo dieron a Hillary Clinton? ¿Es esto transferible a toda Europa como tendencia y señalamiento de lo que debemos esperar?,¿La democracia liberal sigue siendo compatible con la expresión hegemónica del capitalismo financiero sin que ponga en riesgo sus propios presupuestos morales del mérito y la libertad individual? ¿Estamos verdaderamente acorralados entre un neoliberalismo progresista financiero y el populismo reaccionario -que no es fascismo todavía-?

Lo cierto es que hay un síndrome de fatiga democrática, como sugiere el belga David van Reybrouck, que se ve en la baja participación democrática y el débil atractivo de atraer simpatizantes activos para la mayoría de los partidos tradicionales. La UE es un escenario donde coexisten en tensión las exigencias de las grandes empresas globales y los ciudadanos en cólera, por la situación existencial y política que se degrada cada vez más.

El primer reflejo de las élites, en particular de la extrema derecha, es buscar un responsable-cabeza de turco, como el terrorismo, los inmigrantes y la competencia económica desleal, para justificar su idea de inmunizar el territorio, dando crédito a sus ideas que cierran posibilidades y se endurecen bastante con las personas. Las emociones en Francia encajan con discursos y sentidos, que no dejan de ponerse en dudas por los sociólogos y politólogos más reconocidos. La tendencia que se normaliza parece ser similar a las reglas de juego de la mundialización financiera y económica: libre y rápida circulación de bienes y dinero, pero no de personas. Y sobre todo, con una separación y empobrecimiento social, que crece de modo alarmante.

Por otro lado, hay un fenómeno, visible en Inglaterra, EEUU y Francia, que está ligado a la fatiga democrática y que hay que sumarle el enfado de los perdedores de la mundialización, en el corazón geográfico que alberga también a sus beneficiarios directos. El progresismo neoliberal de Clinton-Macron se apoya en valores modernos, en la versión iluminista e ilustrada de la autonomía individual y, a la vez, promueve formas donde la hegemonía financiera es letal para las mayorías. Mientras que la versión política de Trump-Le Pen (presidente el primero, alternativa real de poder político en Francia con el 40% de apoyo en la segunda vuelta), de modo ambiguo y siempre pro-sistema capitalista, canalizan la cólera de quienes viven la humillación de perder trabajos por la deslocalización de empresas a destinos más baratos y la precarización laboral de los pocos asalariados cada vez peor pagos que restan en Occidente. Lo que han perdido trabajo y los beneficios, entonces, repudian profundamente en bloque tanto la mundialización financiera-económica hegemónica, como la versión de los valores de autonomía y respeto de la diversidad y las libertades.

Los inmigrantes, extranjeros y diferentes son las víctimas necesarias de este discurso, que es complementario y parte del mismo problema, que genera un sistema que no siente tener riesgos significativos para los desastres que genera. ¿La Francia Insumisa de Mélenchon, Occupy Wall Street en EEUU o las alternativas ecologistas tienen programas creíbles y deseables para generar nuevas mayorías? Así se desarrolla la lucha por la hegemonía, y los grandes medios de (des) información han tomado parte, por lo general, tanto por Clinton como por Macron… Igual en España por Rajoy y Rivera, en Argentina por Macri, y por la oposición política en Ecuador y en Venezuela. Las aguas se ponen turbias y comienza a soplar el viento… 

Para muchos críticos del pensamiento único neoliberal, como es el caso de la Francia Insumisa, el desafío tiene doble cara. El problema está en sobrepasar tanto al populismo reaccionario como al neo-liberalismo hegemónico. Si de lo que se trata es de canalizar el descontento pero no a versiones nacionalistas retrógradas, el ejemplo es Unidos Podemos en España. Este ha sabido atraerlo, al menos parcialmente, haciendo una alianza contra la financiarización capitalista neoliberal sin renunciar a los valores de emancipación clásicos de autonomía, igualdad y libertad individual, que deberá integrar un elemento clave y más explícito, de posibilidad real y creíble. La democratización de las instituciones como norma deberá apoyar la crítica social a la versión parasitaria de las finanzas, e integrar una versión responsable y ecológica a la depredación de la biodiversidad humana y no humana en curso, por el actual modo de producción y consumo. Todo está por hacerse, repensarse y mejorar. La oportunidad está abierta, al igual que la incertidumbre. 

*Hugo Busso es autor de Crítica a la modernidad eurocentrada, EUE, 2011. Formador y profesor universitario en Francia y España. Dr. en Filosofía, Univ. Paris 8 – UBA.

Más en lamarea.com

Read More

Votar a Macron es circunstancial; cambiar el sistema, la prioridad

Emmanuel Macron.

En la celebración de la segunda ronda de las elecciones presidenciales francesas, que tendrá lugar este domingo, una parte muy significativa de los votantes se encuentra, más que ante una elección democrática, ante una amenaza, un callejón sin salida. El argumento principal para votar a Emmanuel Macron no se basa en sus atributos como líder político ni en su programa electoral. O lo votáis a él o va a ganar la ultraderechista Marine Le Pen. Este es el dilema, esta es la trampa. Durante los últimos días, se ha redoblado la presión sobre los electores que hace dos semanas votaron a Francia Insumisa, liderada por el izquierdista Jean-Luc Mélenchon. Según la consulta realizada a los militantes y simpatizantes de la formación, el 36,12% votará en blanco o emitirán un voto nulo, un 29,05% se abstendrá y un 34,83% votará a Macron. Las grandes cabeceras internacionales ya tienen culpable en caso de una victoria de Le Pen: los miserables de Mélenchon.

Desde la prensa francesa e internacional y desde las formaciones políticas tradicionales, se hacen llamamientos al pragmatismo, a valorar los peligros de una presidencia en manos de la ultraderecha racista y xenófoba. Este debate tiene lugar en un contexto especialmente delicado en Francia, por la amenaza yihadista y el fracaso del proceso de inclusión social en los barrios empobrecidos de las grandes ciudades, habitados en su mayoría por sectores de la primera, segunda y tercera generación de migrantes llegados de antiguas colonias francesas. Dejar el poder presidencial en manos de la líder del Front National en tales circunstancias no parece deseable pero, por otra parte, ¿debe un ciudadano apoyar en las urnas a alguien a quién jamás votaría para evitar que alguien peor llegue a gobernar?

El debate, a mi entender, no es si Macron o Le Pen. Esta es una cuestión circunstancial y, ciertamente, parece que lo más sensato sería sumar papeletas para Macron para evitar una nueva victoria de la derecha nacionalista en la escena internacional, después de los éxitos de Trump en Estados Unidos y del Brexit impulsado por el UKIP en el Reino Unido. La cuestión que debemos plantearnos urgentemente es si el sistema democrático actual garantiza la libertad que se le presupone a los votantes a la hora de introducir el voto en la urna. ¿Es libre el que aprieta el gatillo cuando, a su vez, siente el cañón de su carcelero en la sien? ¿Es un acto libre votar a Macron para evitar al Front National?

El recurso del miedo es habitual en las campañas electorales. El concepto del voto útil es también una estrategia que los grandes partidos han sabido exprimir con éxito hasta hace relativamente poco, cuando el voto en Europa se ha fragmentado y este discurso ha perdido efectividad. En Estados Unidos, los que creían en Bernie Sanders debían apoyar a Clinton si no querían ver a Trump en la presidencia. En España, el PSOE ha explotado este argumento hasta la saciedad para presentarse como única alternativa al PP. En 2008, por ejemplo, uno de los eslóganes de campaña de José Luis Rodríguez Zapatero era “si tú no votas, ellos vuelven”, letras blancas, fondo rojo y, en negro, las figuras de Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana. O yo, que puede que no te guste, o ese al que tanto detestas. ¡Disfrutad de la fiesta de la democracia!

Aceptar el miedo y ser pragmático es un acto sumisión. En cambio, si dejamos de poner el foco en la cuestión circunstancial, en este caso, la votación del domingo en Francia, y centramos el debate en lo fundamental, el sistema, quizás el mal trago podría dar paso a cierta esperanza para que el modelo de elección-amenaza desaparezca de la normalidad política. ¿Existe alguna alternativa viable al sistema de elecciones y partidos actual con el fin de que nuestras democracias ganen legitimidad? David Van Reybrouck, intelectual belga nacido en Brujas en 1971, piensa que sí. En su hasta ahora obra de referencia, Contra las elecciones (Taurus, 2017), Van Reybrouck entiende que el modelo electoral es una de las distintas opciones para vertebrar un sistema democrático y que, de hecho, fue el modelo que impulsaron las élites europeas y norteamericanas a finales del siglo XVIII y el siglo XIX para otorgar derechos a la ciudadanía mediante el sufragio universal masculino reservándose los recursos necesarios para mantener el statu quo.

El autor describe la perversidad del sistema de forma clarividente. En una democracia basada en el sistema electoral existen partidos políticos controlados (o susceptibles de ser controlados) por las élites empresariales y los lobbies de poder. La opinión pública es controlada por grandes corporaciones mediática que operan bajo la influencia de las mismas élites y lobbies y, novedad del siglo XXI, por las conocidas como redes sociales, que él prefiere llamar redes comerciales. Además, apunta que el sistema democrático actual tiende hacia la dictadura de las elecciones, un concepto que forja para describir una realidad incontestable: importan más las próximas elecciones que las últimas. Es decir, los representantes públicos se encuentran en campaña permanente, algo que los aleja de sus responsabilidades y que perjudica el interés común, en lugar de centrarse en el cumplimiento estricto de sus deberes y de sus programas electorales.

La solución de Van Reybrouck puede parecer radical pero es una bocanada de aire fresco para todos aquellos que ante contiendas electorales como las de este domingo en Francia hayan perdido la esperanza. Basta de elecciones, hay que impulsar órganos públicos formados por representantes escogidos al azar, por sorteo. Se acabó la fatiga electoral de los ciudadanos, la capacidad de corrupción de las formaciones políticas, la facilidad de controlar los representantes públicos por parte de lobbies de todo tipo. Se acabaron las elecciones-amenaza, se acabó el miedo. Van Reybrouck defiende este tipo de democracia representativa combinada con el impulso de la democracia directa. No hay un modelo único, ni el cambio debe imponerse de golpe. Se trata de una forma revolucionaria, al menos hoy en día, de entender la democracia y sorprende que sus tesis no florezcan más a menudo en el discurso de aquellos sectores que desean regenerar el sistema democrático. Ante el deprimente espectáculo electoral Macron-Le Pen, Contra las elecciones es un buen antídoto. Votar a Macron es circunstancial, cambiar el sistema para que tales circunstancias no vuelvan a repetirse debe ser la prioridad.

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More

Francia: ¿hacia el fin de la historia o postergar su ruptura?

Francia encara la segunda ronda de las elecciones presidenciales con la obligación de decantarse entre dos opciones absolutamente antagónicas, desde luego, pero con la impostura como única norma política. De un lado, como describió Naomi Klein en No Logo sobre la actuación de Barack Obama en Estados Unidos, el intento de Emmanuel Macron por cambiar “la imagen de marca” del país con el único objetivo de resucitar el proyecto neoliberal cuando éste se encuentra plenamente desacreditado. De otro, el poder de las palabras de Marine Le Pen para camuflar una profunda tradición de autoritarismo reaccionario a través de renegar de las connotaciones ultras de su apellido y de las siglas del partido al que representa. La “excepción francesa”, esa manera en la que esta sociedad se diferencia de las dinámicas atlánticas que la rodean, se encuentra tan carcomida por la sedimentación del credo económico a nivel global que solo es consumible por un electorado ávido de nuevos envoltorios.

No ha pasado tanto tiempo desde que, en un intento por renovar el clima cultural en el país, Pierre Bourdieu sostuviera dos años después de los acontecimientos de mayo del 1968 que, en una estructura social dada, tanto la cultura dominada como la dominante deben sus características a la relación que mantienen entre sí. Como lo resumió Jeremy Ahearne, esta era la forma del sociólogo de criticar tanto el populismo como la alternativa oficial, a la que se refirió de forma irónica como “populicultural”: la dialéctica de las clases dominantes para legitimar y reproducir su posición cultivando “el pueblo” en un estado de podredumbre, es decir, “infestado de maleza”. Cabe preguntarse hoy cuáles son las malas hierbas que han crecido en Francia.

En un análisis cristalino del país, Perry Anderson concluyó en El Nuevo Viejo Mundo que “entre las masas, el neoliberalismo à la française no ha cuajado”. Tras una contundente recapitulación de nombres que se inician en 1983, cuando François Mitterrand culminó el giro decisivo del socialismo hacia la lógica de los mercados financieros, Anderson expresaba que el electorado francés ha rechazado consecutivamente todos los gobiernos que ha intentado administrarle dicha medicina. “Siete gobiernos en veinte años, con una duración media de tres años. Todos entregados, con mínimas variaciones, a políticas similares. Ninguno ha sido reelegido”, escribió en 2009. En este sentido, probablemente Emmanuel Macron ataje el desastre a corto plazo, pero el peligro es que no trate de amainar las corrientes de fondo nacionales, regionales y globales que asfixian a los franceses, sino que les imprima mayor fuerza.

Ahondar en la reforma laboral que el año pasado provocó el surgimiento de la Nuit Debout se sumará a los planes líquidos del muy posible futuro presidente de la República, expuestos sobre estas líneas, de crear un espacio digital privatizado bajo el dogma de la innovación dentro del cual los ciudadanos intenten asumir y afrontar los riesgos de la modernidad. Tampoco existe certeza alguna para pensar que hará lo más mínimo por revertir la integración negativa de la Unión Europea o los paquetes de desregulación que comenzaron con el Acta Única —y que se institucionalizaron cual camisa de fuerza económica en Maastricht apretando a la sociedad francesa—.

Por otro lado, Macron ha sido el único candidato que ha apoyado acuerdos de libre comercio como el CETA o el TTIP. Desde Bruselas, en lugar de corregir las negligencias del pasado que tratan de hacer vinculantes estos tratados internacionales, han doblado la apuesta tras el triunfo de Donald Trump: aumentar la retórica contra el populismo al tiempo que presenta la política comercial europea como venerable. A cinco días de la segunda vuelta, el candidato de En Marche! se vio obligado a matizar esta pirotecnia argumental y señalar que “el CETA ha sido diseñado al margen del proceso democrático”. Esperan meses de mucho fuego de artificio y marketing político, pero poco de ofrecer respuestas respecto a las brechas que erosionan a pasos agigantados las democracias modernas.

Sucede también que, a costa de sobrevivir en el presente, Francia ha acabado con los partidos tradicionales y con una de sus últimas mallas de sujeción a la hora de evitar a la extrema derecha en el futuro. Es más: el que fuera ministro de Economía de François Hollande, apoyado por el ala más dura del Partido Socialista francés, ha llamado “cambio” a la extracción desde fuera de todo resquicio de la esencia social de una formación que siempre ha servido de referencia para la socialdemocracia europea. Y una vez el capitalismo se ha desecho de este freno, el rodillo continuará. No sería de extrañar que, durante los próximos años, las élites mediáticas trataran de presentar a Emmanuel Macron con un marco lo suficientemente atractivo para que toda la sociedad francesa proyecte sobre en él sus deseos más profundos de renovación. Al mismo tiempo que hacen lo posible por mantener una zona lo suficientemente oscura para dejar fuera a los más radicales, es decir, a los insumisos apadrinados por Jean-Luc Melénchon. Acabar con “el mayor peligro para los mercados” será el siguiente paso inevitable, la ensoñación de que aún es posible establecer ese Fin de la Historia que predijo Francis Fukuyama.

Lo cierto es que, de tanto señalar que cualquier desafío al poder abriría la puerta a los totalitarismos, estos están al borde de alcanzar la cima del Elíseo. Cuando aquel 21 de abril de 2002 Jean-Marie Le Pen se impuso a Lionel Jospin y accedió por primera vez a la segunda ronda de una elecciones francesas, Jacques Chirac arrasó con una mayoría del 82% en la segunda vuelta. Entonces, el lema fue: “Mejor una República bananera que una Francia fascista”. Hoy la dicotomía es similar, pero la situación muy diferente. Si las estimaciones de las encuestas se cumplen, y así ha sucedido con la primera ronda, la ventaja con la que el enfant terrible se impondrá sobre Marine Le Pen será escasa y no superará los 20 puntos. Incuestionable es también que un millón de personas nuevas hayan votado al Frente Nacional con respecto a 2012.

No obstante, lo más ilustrativo de la deformación del rostro de la sociedad francesa tras décadas de liberalización comienza a entreverse en el estado de la llamada “Francia real”. Recientemente, Le Pen acudió a localidad francesa de Amiens para remontar en su campaña. El corresponsal de El País Marc Bassets lo plasmaba así: “Ella irrumpió como la protectora de la gente de la calle ante las fuerzas ciegas de la globalización. Él, como el exabanquero y exministro que carga con la imagen de hombre de la élite, más cómodo en los pasillos del poder que en el barro de los suburbios industriales”. Era un lugar particular, con una fábrica a punto de ser trasladado a Polonia, pero basta para poner de manifiesto que la división política presentada por el establishment, “sociedades abiertas o sociedades cerradas”, es tramposa. Al negar la verdadera conjetura moderna (lo popular y local contra lo global y tecnocrático), taponan una olla a punto de explotar. Mayor presión arroja el hecho de que, cooptar la idea de revolución a las fuerzas progresistas y atribuírsela a Macron, menosprecia el hartazgo contra las dinámicas que recorren las espina dorsal francesa. Lo señaló de forma acertada el editor de Verso David Broker: “Banqueros de inversión para la Revolución, fascistas para la República.”

Las corrientes a nivel mundial no son menos halagüeñas. En un libro publicado en francés en 2013, Costas Lapavitsas, Wolfgang Streeck, Stathis Kouvelakis y otros definieron a la Europa de hoy como “el enlace más débil” del capitalismo global. Diversos factores históricos y políticos contemporáneos lo corroboran. Con la salida del Reino Unido, el club de los veintisiete se encuentra cada vez más indefenso ante el desordenado tablero mundial. Asimismo, entre otros, Macron se enfrentará en Bruselas al reto de continuar con la integración europea en algunas de las áreas más delicadas, como la energía o la tecnologías de la información, para frenar el subdesarrollo en estas materias y la dependencia con EEUU. Cuatro de las cinco compañías que controlarán la mayoría de nuestros datos a través de sistemas de inteligencia artificial se encuentran en Palo Alto, la otra es China. En plena era digital, ni una sola de las 20 empresas más importantes de internet en cuanto a beneficios es europea. También los servicios digitales y financieros, o las telecomunicaciones, son áreas en las que el mercado único deberá completarse, y que además requieren de una política exterior en defensa y seguridad comunitaria. Hasta el momento, también en manos de los norteamericanos, que la lideran a través de la OTAN.

La incapacidad para gestionar el desborde nacionalista y reconstruirse internamente alerta con colocar progresivamente a Europa en el estado de un río cuyas veintisiete corrientes culturales y sociales debieran elegir en cuál de los dos océanos globales desembocan: China, un capitalismo de estado dirigido de manera autoritaria por un partido comunista, o Estados Unidos, donde las fuertes tensiones entre capitalismo y democracia ya son difíciles de disimular en un país gobernado por un magnate megalómano. Atrás parecen quedar los tiempos en los que Jean Monnet, banquero y gran arquitecto francés de la integración comunitaria, representaba a unas élites europeas legítimas con la fe puesta en un futuro en el que los europeos pudieran decidir sus propios asuntos. Pocas esperanzas existen de que el eje franco-alemán resurja cual fénix de sus cenizas en 2017 para redefinir el ideal de este milenio y mover verdaderamente el mundo hacia delante. El problema es que, de no hacerlo, tarde o temprano el Viejo Continente será el primero en pagar las consecuencias.

Ya en su época, los romanos fueron conscientes de que, cuando la República peligraba, el estado de excepción únicamente podía durar un breve tiempo. De lo contrario, las democracias se debilitarían y la puerta quedaría abierta a quienes las desafían. El progreso descontrolado, alabado desde finales del pasado siglo por los epígonos del neoliberalismo, ha colocado el batir de las alas de los demonios del nuevo mundo muy cerca de las capitales de Occidente. El ruido no puede ser más ensordecedor.

Más en lamarea.com

Read More

Francia rompe con el bipartidismo y elegirá entre Macron y Le Pen

Primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, celebradas el 23 de abril de 2017. MIGUEL EGEA

PARÍS // La primera vuelta de las elecciones francesas deja como vencedores a Marine Le Pen (23,2%) y Emmanuel Macron (23,04%) y, con el 75% del voto escrutado, en torno a las 23h. El tercer puesto es para François Fillon, con aproximadamente un 19.71%, seguido muy de cerca de Jean-Luc Mélenchon con el 18,79% y Benoît Hamon (5,97%). La participación ha alcanzado el 77,3% de los 47 millones de franceses llamados a votar. La presencia policial, con más de 60.000 policías y militares desplegados sobre el territorio, se ha dejado sentir alrededor de los colegios electorales, sobre todo en París. La incertidumbre sobre el resultado pesaba en el ambiente tras el cuasi empate a cuatro que se deducía de las últimas encuestas. Nadie se atrevía a pronosticar quién pasaría a segunda vuelta y solo podían cruzar los dedos para que fuera su candidato.

Muchos de los candidatos perdedores han expresado ya su voluntad de voto para la segunda vuelta apoyando a Emmanuel Macron, que cuenta a sus espaldas con una buena parte de la clase política. Desde el ex primer ministro Manuel Valls, que ya le expresó su apoyo hace unas semanas, hasta el actual primer ministro, Bernard Cazeneuve, que ha pedido el voto por él minutos después del anuncio de los resultados. Si se cumplen de nuevo los sondeos para la segunda vuelta será el próximo presidente de Francia.

Casi todos los analistas esperan una movilización de voto contra Le Pen en la segunda vuelta, como ya pasó cuando su padre pasó a la segunda vuelta contra Chirac en 2002. La última encuesta electoral publicada por el Instituto de Estudios Políticos sitúa a Emmanuel Macron con un 61% de votos frente a un 39% para Le Pen en la segunda vuelta. A nuestras preguntas sobre esta posibilidad casi todos los entrevistados dijeron inclinarse por votar a Macron para frenar a Le Pen, que al menos en París, parece la peor de las opciones para la gran mayoría.

Ambos candidatos se han dirigido a sus simpatizantes tras el anuncio de los resultados. El discurso de Marine ha sido breve y conciso, agradeciendo a sus electores “haber hecho la elección de la alternancia política, la verdadera, no esa que ha visto los gobiernos sucederse sin que nada cambiara”. También ha avisado de que esa alternancia no se dará con “el heredero de François Hollande y de su catastrófico quinquenio”, refiriéndose a la época de Macron como ministro socialista.

Macron, por su parte ha hablado como si ya fuera presidente, y ha incidido sobre la caída del bipartidismo: “En un año hemos cambiado el rostro de la vida política francesa”. Asimismo, ha hablado de “la voluntad de cambio del pueblo francés que ha conducido a apartar de sus responsabilidades a los dos partidos que nos han gobernado durante más de 30 años”. También ha defendido los valores europeos y se ha autoproclamado “el presidente de los patriotas frente a la amenaza de los nacionalistas”.

Estas elecciones han demostrado una ruptura con el tradicional bipartidismo francés entre el Partido Socialista y los Republicanos. El hundimiento del Partido Socialista tras el quinquenio de Hollande ha desplazado al electorado más a la izquierda a votar a Mélenchon, el candidato de la Francia Insumisa. Sin embargo, la división de candidaturas, a pesar de la cercanía ideológica con Benoît Hamon, ha supuesto que ninguno de los dos llegue a la segunda vuelta.

Por otra parte Fillon ha conseguido un resultado bastante alto teniendo en cuenta los escándalos de corrupción en los que se le ha implicado, pero insuficiente para alcanzar la presidencia. Los vencedores esta vez han sido por un lado la extrema derecha, cuyo discurso ha calado enormemente sobre una gran parte de la población, y del otro la tecnocracia, un experto de las finanzas que predica la puesta en marcha del país y la renovación de la política a través de la liberalización económica. En cualquier caso, ahora se abre una nueva campaña que durará dos semanas y que culminará el 7 de mayo con un nuevo inquilino en el Elíseo.

Las razones de los votantes

En una pequeña escuela situada en el 19º distrito de París, un barrio popular en el que tradicionalmente ha vencido el Partido Socialista, Christine, sindicalista de 40 años, explicaba sus razones para votar a Benoît Hamon: “es el que tiene el programa más social y realista, aunque desgraciadamente no creo que tengas posibilidades”. Estela, de 20 años y estudiante en Comercio, tomó su decisión hace tiempo. En su caso, ha votado a Emmanuel Macron “porque comparte sus ideas”. Phillipe, publicista de 54 años, también lo hecho ya que busca “algo nuevo de la política y para bloquear a la derecha de Fillon y Le Pen”. Denis, un poco más joven, no opina lo mismo, él lo ha votado para “mantener la continuidad de la política de Hollande” ya que no entiende “el paisaje apocalíptico que dibujan los medios de comunicación”.

Fedra, de 18 años y estudiante en arte vota por primera vez, y también lo hace por su madre a través de la procuración. Su voto es para Mélenchon. Lo mismo ocurre en su entorno, muchos de ellos por convencimiento pero otros tantos por el voto útil de la izquierda. Es el caso de Elías, que ha venido con su madre a votar; la ha conseguido convencer de cambiar el sentido de su voto. “Dudaba, quería votar a Hamon, pero al final he hecho caso a mi hijo”, contaba.

Roger, de 32 años, se ha decantado por Philippe Poutou, trabajador de la fábrica de Ford y candidato de los anticapitalistas. Poco después de hacerlo, bromeaba sobre sus nulas posibilidades de victoria, y a pesar de no haber  votado a Mélenchon le gustaría verle en la segunda vuelta. Finalmente, añade que su hermano, “que vota en un barrio popular, ha visto que las papeletas de voto de Macron eran las que antes se acababan”.

Más en lamarea.com

Read More

¿Quién es Emmanuel Macron?

Emmanuel Macron.

No existe candidato que represente de forma más apropiada el intento por redefinir el ideal del capitalismo en el siglo XXI como Emmanuel Macron. Pintado como el único garante del progreso, tiñe de nuevo un liberalismo frente al cual se enmohecen las armas forjadas para luchar contra el antiguo. También responde al objetivo de superar la resistencia al neoliberalismo, asociado ahora a los partidos de izquierda y derecha tradicionales. Extraer de la sociedad la idea de que esa ideología tallada durante décadas debe corregir los efectos destructivos que ha tenido el mercado: tal es el milagro Macron. Es una “revolución pacífica”, explicaba su portavoz Laurence Haïm modernizando el concepto de “revolución pasiva” de Gramsci, que llega en un momento en el que a la incapacidad para reordenar el mapa liberal se suma la explosión digital. La nación francesa parece volver a marchar a la vanguardia de su tiempo bajo la curiosa dicotomía presentada por las élites mediáticas e intelectuales: el nuevo fascismo del Frente Nacional o ese joven heraldo de un capitalismo renovado. Léase, digitalizado. “Emmanuel Macron o Marine Le Pen, elijan”.

En un tiempo en el que el temor a la robotización planea sobre nuestras cabezas, los algoritmos y la inteligencia artificial comienzan a reemplazar la decisión individual, Emmanuel Macron idealiza la automatización en la gestión política. Es un “autómata, un robot construido en un laboratorio para que parezca un ser humano agradable”, ha apuntado Suzi Weissman. Pero algo no pinta bien. Y ese algo es el inconformismo con la dialéctica del “sentido común” con el que trata de venderlo el establishment europeo. No es de extrañar entonces que Weissman también expresara que el candidato francés le recuerde a Tony Blair. Recientemente, el exprimer ministro británico resumió en el New York Times la nueva agenda que el centro político tendría a bien implementar: “Debe haber una alianza entre los que impulsan la revolución tecnológica, tanto en Silicon Valley como en otros lugares, y los responsables de las políticas gubernamentales”. No obstante, si el ideólogo de la Tercera Vía quiso decir que ser progresista hoy supone dejar el control de progreso en manos de las fuerzas tecnológica, Macron se adelantó al intento por digitalizar el thatcherismo hace ya varios años.

En la primavera de 2014, tras dejar su trabajo como asesor económico del presidente François Hollande, el exbanquero viajó a Silicon Valley con la intención de establecer su propia startup tecnológica, lo que le granjeó ser definido como “el Uber de la política europea” por Michael Gove. Después, ya convertido en ministro de Economía, Industria y Digital, propuso la Ley de Nuevas Oportunidades Económicas (NOÈ), una suerte de flexibilización digital del mercado laboral para ensalzar aún más la figura del emprendedor. “El emprendimiento encarnado por la tecnología francesa es parte de la solución a la crisis de nuestra sociedad”, declaró. Se trataba de incorporar en el marco jurídico lo que Pierre Dardot y Christian Laval definieron en términos foucaltinos como la “gubernamentalidad emprendedora”. Así, el discurso neoliberal de Macron no se articula con un llamamiento al mercado sino que, con la excusa del mundo digital, trata de convertir la actividad estatal en la continuación de un autogobierno en el que los ciudadanos se comportan cual empresarios. Como lo expresaron ambos autores, el modo de gobierno específico en esta forma de entender el neoliberalismo “promueve la empresa al rango de modelo de subjetivación: todo el mundo es manejado como una compañía y es diseñado como capital para dar un fruto”.

Según señala una información de L’Expansion, para promocionar aquella legislación, el entonces cargo público realizó un maratón por Palo Alto en la que mantuvo encuentros, entre otros, con Astro Teller, director de Google X (rama semisecreta de la multinacional que se ocupa de los proyectos más futuristas), o el CEO de Apple, Tim Cook -con quien no trató el delicado tema de su ingeniería fiscal-. Tampoco es casualidad que se reuniera con Paul Duan, un emprendedor que utiliza los datos para resolver los problemas de la sociedad y que afirmó poder reducir el desempleo en Francia en un 10% gracias a un algoritmo de “matching profesional”. Si el intelectual bielorruso Evgeny Morozov denunció en La locura del solucionismo tecnológico (Clave Intelectual, 2015) ese pensamiento mágico que trata de resolver todos los problemas del mundo con el uso de la tecnología o la mediación algorítmica, Morozov ofrece en un libro que se publicara en otoño la teoría de un “capitalismo del click” fundamentado por el “extractivismo de datos”: el intento de Silicon Valley por recoger toda nuestra información para ofrecer después a las instituciones respuestas a funciones que corresponden a las políticas públicas. Ambas ideas parecer encajar con el pensamiento del candidato de En Marche!

Libertad, igualdad, fraternidad… e innovación

Pese a que aquella ley fuera denegada finalmente por el Elíseo, como aspirante no ha dejado pasar algunas oportunidades para reiterar sus intenciones. Cuando Donald Trump firmó su polémica orden ejecutiva sobre migración, el candidato francés se solidarizó con los emprendedores asentados en California. “Quiero que todos aquellos que representan la innovación y la excelencia en Estados Unidos escuchen lo que les decimos: desde el próximo mayo, tendréis la puerta abierta de Francia”, dijo. En este sentido, el filósofo francés Éric Sadin ha sido quien mejor ha sabido entrever lo que trasciende a las ideas del más que posible futuro presidente de la República. En un ensayo reciente publicado y editado en francés expone lo que define como “la siliconización del mundo”, la inevitable convicción de que el modelo de Silicon Valley representa el horizonte insuperable de nuestro tiempo. “Se trata de adornar un nuevo tipo de capitalismo con virtudes igualitarias en el que todo emprendedor tiene la capacidad de conectarse y florecer,” explica Sadin. “Pero, en realidad, es un modelo de civilización basado en la mercantilización completa de la vida y la organización de la sociedad automatizada mediante la fibra de alta velocidad”.

Insistiendo en el propósito de Macron -autodefinido como “un europeo generoso e innovador”- por empujar de forma más consistente reformas neoliberales camufladas bajo el tinte de lo novedoso y el aspecto aparente de “lo abierto”, conviene hacer mención a lo que Sadin llama la “razón digital”. “Lo que fortalece tanto el poder como la legitimidad del tecnopoder contemporáneo es ante todo el dogma de la innovación, entendida como la condición primordial para garantizar la viabilidad presente y futura de las sociedades”, señalaba en un libro titulado La vía algorítmica. No obstante, ese liberalisme numérique (liberalismo digital) que profesa Macron se aleja bastante de la herencia ilustrada. “Una sociedad que carece de la fuerza para reflexionar sobre el camino hacia el que tiende; la sumisión completa del individuo a las leyes de la estructura del mercado, a través de una técnica de domino que se arrastra digitalmente por todas las partes de su mente, habría renunciado a expresar su poder político”.

Como si fuera la viva imagen de las teorías denunciadas por Morozov y Sadin, el programa de Macron presenta soluciones semejantes para afrontar los cambios del nuevo siglo. “Lo digital no es una industria: es una transformación profunda de la forma de producir, consumir, aprender, trabajar; de vivir con sencillez,” reza su propuesta para digitalizar la organización social francesa, incluidos los servicios públicos. Sus planteamientos ofrecen pocos visos para creer que revertirá la estructura de privatización de los últimos años, pero sí para pensar que la retorcerá cediendo los datos de los ciudadanos para lo que espera sean “los nuevos titanes tecnológicos franceses”, como ya ha sucedido con el partenariado firmado entre el Servicio Nacional de Salud británico y Google DeepMind.

En suma, los planes de Macron están lejos de establecer un sistema social que afronte los riesgos derivados de la modernidad, sino de otorgarles un espacio digital privatizado dentro del cual los ciudadanos puedan asumir y afrontar dichos riesgos. Y una vez “liberada la innovación” de sus grilletes, quien no triunfe no merecerá ser sostenido por el Estado. Así lo captó el corresponsal Rafael Poch durante un mitin reciente: “Hay que liberar las energías, dejar de proteger a los que no pueden y no tendrán éxito”, dijo Macron. Que este “manifiesto producto del marketing del establishment para hacer pasar continuidad por ruptura triunfe, sería algo sin precedentes en la historia de este país”, observaba Poch. También que, por primera vez, la teología de Silicon Valley para la transición hacia un neoliberalismo digital pueda calar con tanta fuerza en una jefatura de Estado europea.

Más en lamarea.com

Read More