You are here

Un viaje por las rutas de la memoria: la historia que nunca te han contado

Este artículo de las rutas de la memoria está incluido en #LaMarea51, que puedes descargar por 1,90 euros o 4,50 en papel. Puedes suscribirte a nuestra revista con esta opción republicana

Jimena de la Frontera, en la sierra gaditana. Un grupo de senderistas entra en una casa con paredes encaladas. Algunos saben lo que van a ver. Otros no. “Quienes conocen algo de la historia de La Sauceda y el Marrufo salen admirados por todo lo que allí encuentran, por lo bien que se explica lo sucedido y por los objetos personales recuperados junto a los 28 cadáveres que rescatamos y que se exponen en dos vitrinas”, explica el presidente del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Andrés Rebolledo, impulsor de La Casa de la Memoria, un espacio público para la difusión, la divulgación, la investigación y el estudio de la memoria histórica.

Esas 28 personas –una de ellas su abuelo– fueron  asesinadas por las tropas franquistas en el cortijo del Marrufo, un campo de concentración en el que permanecieron encerrados los supervivientes del bombardeo y la invasión franquista de La Sauceda. “Y quienes ignoran lo que allí ocurrió –prosigue Rebolledo– o tienen una visión influida por el discurso dominante sobre la guerra se van con una sensación de que han descubierto una historia que nunca nadie les ha contado, se van un poco asombrados por la dimensión y la  enorme crueldad del genocidio que los fascistas cometieron. Muchos se van con la sensación de que algo les ha cambiado en su mente, y eso, creo, es algo muy importante”.

El Museo del Holocausto en Jerusalén. El campo de concentración de Auschwitz. El Memorial de los Juicios de Núremberg y el Museo de los Judíos en Berlín… ¿Cuántos lugares oficiales hay en España para recordar la represión franquista? La referencia internacional es, paradójicamente, el Valle de los Caídos. En la última edición de Fitur, la Ruta de Blas Infante, promovida por la cooperativa Atrapasueños, contó con el respaldo de la Junta de Andalucía. De carácter turístico-cultural, recorre los lugares que habitó el padre de la patria andaluza, asesinado en 1936.

Pero no es habitual que las administraciones públicas impulsen museos, recorridos o memoriales dedicados a las víctimas del franquismo. Y, lógicamente, no es habitual porque en este país la apología del franquismo sigue sin ser delito, la Fundación Francisco Franco recibe subvenciones públicas y todavía hay más de 100.000 personas desaparecidas a las que el Estado ningunea. “Porque, como dicen mucho aquí, el dictador murió en una cama y no es fácil recuperar lo que muchos tildan de una guerra perdida. Habría que hacer una reconstrucción histórica de los hechos”, afirma la periodista María Serrano, que acaba de publicar un libro sobre los lugares de la memoria en Andalucía, una figura creada por la Junta para proteger los escenarios de la guerra y la dictadura.

“El turismo de la memoria no es un concepto bien visto ni para las administraciones ni para muchas asociaciones que lo toman solo como una actividad de lucro. Sin embargo, creo que es muy importante que se puedan visitar esos espacios para difundir esa parte de la historia que está olvidada y que no es conocida por muchos sectores de la población. Si esto se queda en círculos cerrados deja de tener sentido”, añade Serrano, autora también de un documental sobre los campos de concentración en Sevilla. Muy pocos saben, pone como ejemplo, lo que fue Casa Cornelio, una taberna anarquista de la capital andaluza donde se edificó la actual basílica de la Macarena –donde sigue enterrado Queipo de Llano–: “Es triste que nadie sepa lo que hubo allí. Su nieto está reivindicando la memoria de ese lugar”. O lo que sucedió en los alrededores de la antigua plaza de toros de Cádiz, uno de los mataderos de la ciudad tras su ocupación por los golpistas en julio de 1936. Desde el día 31 de ese mes hasta el 10 de enero de 1937 fueron encontrados 185 cadáveres, según expone el grupo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (de CGT-A) en una propuesta a la Junta para catalogarlo como lugar de memoria.

El Marrufo y La Sauceda forman parte ya de esa lista oficial. Los creadores de La Casa de la Memoria han recibido apoyo económico de la Diputación de Cádiz, el Gobierno de Gibraltar y los ayuntamientos de Castellar de la Frontera, Casares y Jimena. La Dirección General de Memoria Democrática de la Junta también les ha otorgado una subvención para ordenar y catalogar todo el material del archivo. En la casa hay una exposición permanente que cuenta aquella barbarie  y cómo fue la represión franquista en todo el Campo de Gibraltar, una biblioteca con más de 2.200 libros, un salón de actos y un archivo histórico.

“Jimena es un pueblo muy bonito y con muchos atractivos naturales y culturales. La Casa de la Memoria viene a completar ese patrimonio. Hemos colaborado ya en dos iniciativas organizadas por una asociación de defensa del patrimonio llamada Tanit que, con el ayuntamiento, organiza actividades en las que participan cientos de personas, muchas llegadas desde otros puntos de la provincia. Quiere esto decir que, modestamente, contribuimos a hacer más atractiva y variada la oferta que Jimena ofrece al llamado turismo cultural”, sostiene Rebollo. Algunas visitas han reunido en la casa más de cien personas. En su inauguración, el pasado noviembre, hubo unas 300.

Historia por conocer

La otra punta de España. Ferrol (A Coruña). “Hacia el año 1589, por iniciativa de Felipe II, empezaba a construirse el primer ‘castillo’, que se llamó de San Felipe en honor al Santo Patrón del Rey. Todavía se conserva parte de esta obra primitiva, integrada en la construcción del siglo XVIII, ya reformada”, describe el folleto turístico de la página web del Ayuntamiento, donde aún no se informa de otra parte de su historia. “Tenemos identificados varios sitios donde se fusiló a gente y uno de ellos es el castillo de San Felipe, a la entrada de la ría de Ferrol”, cuenta Enrique Barrera, de la Asociación Cultural Memoria Histórica Democrática.

El colectivo, que trabaja en el norte de A Coruña, pretende ubicar dentro de la fortaleza un memorial para dar visibilidad a esta otra historia y que, de manera didáctica, pueda servir para explicar a los visitantes dónde vivían los presos, cómo vivían, dónde los fusilaban, etc. “Sería una especie de museo pensado para visitas no solo de gente que va a ver el castillo porque es muy bonito, sino también para estudiantes. El Ayuntamiento nos ha dicho que sí va a colaborar”, explica. Según el consistorio, el castillo recibió 33.000 visitantes en 2015, el lugar del Concello y de Patrimonio Histórico más visitado.

En la Semana Santa de 2016, la asociación ya organizó unas rutas con grupos de 25 personas: “Tuvieron mucho éxito. La gente se apuntaba. Y la mayoría reaccionaba con sorpresa porque no imaginaba que en un sitio tan bonito hubiera habido gente presa”, continúa Barrera. Allí, Amada García, por ejemplo, fue encarcelada embarazada y fusilada cuando dio a luz.  Fue una de las historias que causó más impacto. “Solo en las tres comarcas en las que trabajamos tenemos 900 fusilados pero mucha gente se ha quedado con el recuerdo de la última parte de la dictadura, que aunque sigue siendo dictadura no se fusilaba a mansalva como al principio. A eso se suma el intento que hay por ocultar la historia”, denuncia Barrera.

El este. La Jonquera (Girona). El Museo del Exilio (MUME), inaugurado en 2007, es el primer equipamiento de estas características dedicado a preservar la memoria y el legado del exilio republicano. Ubicado en el paso fronterizo por donde huyeron la mayor parte de los refugiados, se define como un espacio para la memoria, la historia y la reflexión crítica. “Y tiene una importante función pedagógica”, destaca su director, Jordi Font. “Responde –añade– a una necesidad en Cataluña y en España en general: una demanda de memoria de los que fueron vencidos, una especie de contramemoria a la memoria oficial que impuso el franquismo”.

Desde el museo, que partió de una iniciativa municipal a finales de los 90, se organizan también rutas a los lugares de memoria del exilio, bien a pie bien en autobús. El público se divide en adultos, en la mayoría de los casos con algún vínculo afectivo, y estudiantes de ESO y Bachillerato. “Es una oferta de turismo de memoria que propone el enriquecimiento cívico, cultural y la concienciación crítica, y la ayuda institucional ayuda a normalizar todo esto”, concluye Font. En el portal de viajes TripAdvisor dejaron este comentario: “En algunos momentos ponen la piel de gallina los testimonios tan crudos de los supervivientes en los campos de concentración. Me encantó la visita aunque salí cabreado de la injusticia que nos tragamos día a día, ya que algunos de los que orquestaron todo aquello tienen a sus nietos en el Gobierno de España”.

Queremos hacer más rutas de la memoria. Pero, ¿sabes cuánto nos cuesta este trabajo? ¡Necesitamos tu ayuda!

Más en lamarea.com

Read More

Viajes por la memoria: a Castuera por la ruta de la Serena

memoria histórica La explanada del campo de concentración de Castuera. LAURA LEÓN

Esta ruta sobre el campo de concentración de Castuera está incluida en la Guía de viajes por la memoria de #LaMarea51, que puedes comprar aquí


castuera

Campo de concentración de Castuera

Badajoz

Estado de conservación:

Apenas quedan visibles los restos de una peana y algunos empedrados.

¿Sabes cuánto nos ha costado hacer esta ruta?

417 euros (aquí desglosamos el precio de cada trabajo: texto, fotografías…)

Nos puedes ayudar a continuar con este trabajo de varias formas:

En los próximos números queremos incluir nuevas rutas de la memoria. Si te suscribes desde hoy hasta el próximo 18 de julio, participarás en un concurso, que se celebrará el próximo 28 de septiembre. El ganador/a recibirá los gastos de alojamiento para una noche de la ruta que más le guste. También realizaremos otro concurso entre los lectores y lectoras ya suscritas con el mismo premio. Puedes participar de estas tres formas.


OLIVIA CARBALLAR (CASTUERA, BADAJOZ) // Una manera fácil de llegar a Castuera, capital republicana de Extremadura durante la guerra civil, es a través de la Ruta de la Plata. Desvío: Fuente de Cantos, Badajoz. Bienvenida es el primer pueblo de una larga carretera comarcal en mitad de una llanura de amarillos y marrones, de espigas y olivos, también de encinas, conocida como ruta de La Serena. Es temprano. En torno a las nueve y media de la mañana. El viento no entra al bajar la ventanilla. Solo si sacas la mano, notas la brisa. Durará poco. Pero ese poco, el coche descansa del aire acondicionado. Matorrales de adelfas rosas posan descoloridos. El cricri de los grillos avisa de que el calor está cerca. Y que la imagen a través de la luna delantera bailará como bailan las cosas que se ven a través del fuego. La ribera de Usagre está vacía. Una señal anuncia el puente romano. Bar Obrero. Un parque infantil desierto. Una mujer pinta una puerta de chapa verde. Pasa un tractor, luego un coche de alta gama, luego un viejo Renault 6. Un par, tres o cuatro camiones. A lo lejos, al llegar a Valencia de las Torres, se ven las primeras montañas del camino. Otro tractor circula lentamente por delante del bar Sol, una redundancia en este día. El arroyo de la Higuera también está seco. El río Retín tiene un pequeño charco.

Atención. Zona de paso de linces. Modere su velocidad. Bandas sonoras. Un águila sobrevuela por el nuevo paisaje, el corredor ecológico río Matachel, que tampoco lleva agua. Luego viene el tramo de la Cañada Real Leonesa. Y a la altura de Campillo de Llerena, una flecha señala el cementerio italiano de la Brigada de las Flechas Azules. El pueblo acoge, además, un museo de la guerra civil. Esta vez no paramos. Un embalse en el río Guadámez refresca la imagen árida. Ni gota en el arroyo de los Argallanes, ni en el Ortiga ni en el Santa María ni en el Cagancha. En el bar La Jara, en Higuera de la Serena, el periodista Fernando Ónega habla en la tele de la ola de calor. La camarera desayuna una tostada. Todavía restan 12 kilómetros para llegar al destino. Dejamos a un lado Zalamea, el pueblo donde Calderón de la Barca nombró a Pedro Crespo alcalde perpetuo. Queda atrás Malpartida.

A Castuera viajó en 1937 Miguel Hernández, cuyo nombre lleva una ruta con los lugares que fueron utilizados por las autoridades republicanas, como el Palacio de los Condes de Ayala, sede del Gobierno Civil y del Consejo Provincial, o las casas donde se editaba el periódico Frente Extremeño. “Castuera”, anuncian por fin unas letras grandes plateadas en una rotonda. Este pueblo de 6.000 habitantes está a una hora y media de Badajoz, a dos horas y media de Sevilla y a casi cuatro de Madrid. Es conocido sobre todo por sus quesos y sus turrones. Por Castuera pasa también el Camino de Santiago. Su patrona es la Virgen del Buensuceso. La iglesia de Santa María Magdalena es el monumento más importante.

Una cruz de los caídos perdura erguida a las puertas del cementerio. Antes estaba en la plaza de España, donde hacían los consejos de guerra a los que iban a ser fusilados, en la cárcel del partido judicial. A la espalda del cementerio, por un camino de tierra, absorbe el calor de las doce de un mediodía veraniego un campo de concentración, uno de los más desconocidos de toda España. Está rodeado de placas fotovoltaicas. “Ni olvido ni perdón. Acción antifascista”, se puede leer en el castillete de una antigua mina aledaña donde caían –o hacían caer– a los que se conocen en el pueblo como los de la cuerda india. En la parte trasera de la edificación, un ramo de flores lilas. “Por aquí está la entrada”, apunta tras saltar una alambrada Antonio López, colaborador de la Asociación Memorial Campo de Concentración de Castuera. El terreno es propiedad privada. No hay ningún cartel que diga que aquellas siete hectáreas están catalogadas como Bien de Interés Cultural (BIC), ni ningún otro cartel que grabe lo que allí sucedió hace 78 años. Tan solo cuelga una placa blanca con letras negras: “Coto privado de caza”.

“¿Ves? Y por aquí están las calles empedradas que separan los barracones, de 110 metros de largo. Hay un bloque de barracones, en medio está la plaza, y luego otro bloque de barracones. ¿Ves?”, continúa dibujándolos con sus brazos en el aire. Puede una imaginar, se puede intuir, pero en ese páramo no se ve nada si alguien no recuerda lo que una vez hubo: entre 15.000 y 20.000 presos militares hacinados en condiciones infrahumanas. El número de civiles aún es desconocido. “Es grave que un Estado democrático y sus gobiernos no pongan a disposición de las familias y de los investigadores los archivos de la represión”, denuncia López. No hay interés –añade– en destapar esta historia, que poco a poco va saliendo a la luz con investigaciones como la suya: Cruz, bandera y caudillo.

Aniquilación del enemigo vencido

“Un profesor entrevistó a un superviviente y realizó un trabajo con sus alumnos. Luego lo presentó en un congreso y recibió amenazas. Hay una falta enorme de empatía”, asegura el historiador, cuyo bisabuelo era de derechas y su abuelo estuvo a punto de ser fusilado por republicanos. “Esto es una cuestión de derechos humanos”, concluye. El primer jefe del campo, que permaneció activo del 39 al 40, fue el carnicero Ernesto Navarrete. Según los testimonios recogidos por el historiador, incluso con sus propios subordinados en pleno avance en primera línea de frente disparaba por la espalda al que creía que flaqueaba. “En el centro está Ciudad Real, a la derecha Córdoba, y a la izquierda, La Siberia, de Badajoz. Y el frente republicano venía desde La Siberia”, secciona como si llevara una brújula en la mano. “Cuando cae todo ese frente se constituyen campos de concentración provisionales en Ciudad Real, Toledo y Córdoba. Y muchos refugiados que huyeron cuando los fascistas ocuparon la zona y volvieron cuando finalizó la guerra, terminaron aquí”.

Un rebaño de ovejas pasta por aquellos suelos, llenos de jaramagos. Entre ellos, Antonio localiza un trozo de material del que estaban cubiertos los barracones. Parece una caliza carcomida. No corre ni una gota de brizna. “¿Imaginas lo que sería aguantar el calor o el frío en estas condiciones? Aquí estaban las letrinas, que en realidad no eran letrinas. Hacían sus necesidades tal cual estamos tú y yo ahora. Eso pretendían: deshumanizarlos, una aniquilación social, física y psíquica del enemigo vencido para desarticular cualquier resistencia”. En otra esquina, prosigue Antonio bajo el sol, se situaban los barracones incomunicados, desde donde sacaban a los presos de noche para someterlos a fusilamientos simulados. “Las indagaciones sobre las vidas de los detenidos y su calificación tras un arbitrario y rápido juicio que daba un tipo de conducta acababan dependiendo en gran medida de los recursos sociales y económicos del prisionero fuera de las alambradas. La llegada de avales se convertía en la tabla de salvación”, describe el historiador.

Antonio se agacha. Desempolva una piedra y localiza una vaina de fusil Mauser sin percutir. A unos metros encuentra un alambre de una lata de sardinas. Llegó a producirse –sostiene el experto– un desfalco grave que coincidió con una época en la que subió la mortalidad por hambre. Sobre los restos de una peana se levantaba una cruz. Fuera del recinto alambrado ondeaba la bandera de la Falange. “Primero tenían que convertirse en buenos católicos para poder ser buenos españoles”, afirma López. Cuenta que a la gente que viene a visitar el campo –entre ellos numerosos estudiantes– siempre les insiste en que hay que normalizar esta parte de la historia: “Y eso no ocurrirá hasta que no se sepa qué fue de los ‘desaparecidos’, cuando el Estado dé respuesta a la petición de información de los familiares”. Al día siguiente mostrará los restos de este horror a los nietos de un hombre de Valencia cuya biografía se cortó en este campo. Al fondo se levanta una ladera. Desde lo alto, a vista de pájaro, una vez sabido, se percibe la magnitud de aquel infierno. “A ver si te haces por ahí de algunas novelas y me las mandas… pues leyendo se pasa el rato bien… También me mandas el balón si los niños no juegan con él…”, escribió Francisco Quintín desde el campo un día antes de ser fusilado.

¿Quieres leer más rutas? Puedes ayudarnos a hacerlas de estas tres formas. Y puedes mandar tu propuesta a redaccion@lamarea.com

Donación a La Marea

Más en lamarea.com

Read More