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Recomendaciones culturales para este finde (y algunos días más)

CINE, por Manuel Ligero


Una mujer fantástica

Sebastián Lelio

Estreno: 12 de octubre

El chileno Sebastián Lelio rinde otro homenaje a la mujer impar (en el sentido de especial y de desparejada). Su anterior película, la extraordinaria Gloria (2013), era el retrato de una señora que ve que ya no encaja en ninguna parte porque no es joven, pero que se rebela contra ese convencionalismo. En Una mujer fantástica, Lelio sube la apuesta y habla de unos seres humanos que tampoco encajan porque buena parte de la sociedad quisiera no verlos: las personas transgénero. Y no se queda ahí: se centra en una relación entre personas de edades y clases sociales muy distantes. La heroína de Lelio, un personaje ‘fantástico’, como las hadas de los cuentos, busca hacerse un hueco en el mundo real para que le dejen honrar a su amor perdido, pero su duelo encontrará las puertas cerradas. Y, como ocurría en Gloria, el director narra su historia desmarcándose del drama tremendista, que sería lo fácil.



LIBROS, por Bob Pop


 Quédate este día y esta noche conmigo

Belén Gopegui

Literatura Random House

La última novela de Belén Gopegui es, además de uno de los libros más importantes de los últimos 20 años –y tal vez de los que vienen–, una de las respuestas literarias más deslumbrantes y conmovedoras a la pregunta que todo escritor contemporáneo debería hacerse: “¿Para quién escribo?”. Gopegui resuelve ese interrogante de un modo impecable y sorprendente. La autora ha escrito Quédate este día y esta noche conmigo para quien nos lee y nos conforma, nos fagocita y nos alimenta: para Google. Esta magnífica novela es mucho más que un trabajo de comprensión del mundo que vivimos; es un intento de intervención en la programación del mundo. Es una hermosísima línea de código que busca entrar en el algoritmo del gran informador/informante Google que también somos nosotros, lectores fascinados por una novela que nadie podría haber pensado, escrito y programado mejor que Belén Gopegui. Léanla, por favor. 



TEATRO, por Alfonso Álvarez Dardet


17 maneras simpáticas de acabar con el capitalismo

Sala Cuarta Pared

Del 12 al 14 de octubre

Una traductora que traduce a un escritor que es un idiota. Una banquera que es cómplice de vender productos fraudulentos. Una profesora de yoga que sobrevive como azafata, y una publicista que tiene como cliente a una marca de ropa que explota a niños en la India. Todas estas mujeres tienen algo en común: van a explotar el mismo día y en el mismo lugar, en el gran encuentro anual que celebra el FMI en Madrid. La consecuencia de esta hecatombe existencial será el fin del capitalismo. Así comienza 17 maneras simpáticas de acabar con el capitalismo, la obra dirigida por Raquel Loscos y Salvador S. Sánchez que se representa del 12 al 14 de octubre en la Sala Cuarta Pared de Madrid. La trama se centra en el día en el que deciden que ya no pueden más con sus vidas. Los personajes llegan a tal punto de hartazgo que deciden dejar atrás toda la falsedad para empezar de cero y reconciliarse consigo mismos. El texto es una oda a aquellas personas que todavía creen que un mundo mejor es posible.



MÚSICA, por Elena Rosillo


De la piel del diablo

Honky Tonky Sánchez

El Hombre Music, 2017

En Madrid a veces se nos va un poco la pinza con eso de las divinidades, lo guay y el postureo. Mientras, nos olvidamos de que hay un lugar llamado La Mancha, donde el llano seco y los tornados de tierra dan como resultado personajes más auténticos, salvajes y acomplejados que toda Malasaña repiqueteando. “Somos los negros de Europa”, decían en The Commitments. Honky Tonky Sánchez es el negro de Albacete. El Bob Dylan que hemos buscado entre adoquines de ciudad, mientras él vegetaba en la estepa castellana, que es como De la piel del diablo, que es como un Enterrador enterrado, que es como El caballo de Juan Fernándezpelándose de frío en El invierno de las cerezas. Su voz lánguida, rasposa, cálida, desencantada y, aun así, tierna como solo los perdedores saben ofrecer ternura, nos narra historias de domingos muertos y lunes vacíos de sentimientos que, al fin y al cabo, no son más que eso. 

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Los cuentos son (también) para el verano

El turista accidental | La Marea

Harkaitz Cano (Lasarte, 1975), ha publicado en Seix Barral una colección de cuentos titulada El turista perpetuo, traducción del propio autor de Beti Oporretan (Susa Literatura, 2015). No sé cómo de difícil será traducirse a sí mismo, cuándo un autor se podrá dar por satisfecho con su propia traducción, cuánto tendrá que controlarse para no estar exprimiendo las posibilidades creativas de la traducción hasta el infinito. En este caso el resultado es una colección de cuentos cuya tónica general es un lenguaje exquisito y cuidado, una rica variedad de voces narrativas y una serie de temas que van desde el verano como ese gran espacio temporal para el descubrimiento hasta una peculiar Angela Merkel saltando de capó en capó en un macroatasco automovilístico.

El tema común de todos los cuentos es, de una forma directa o indirecta, las vacaciones de verano… o algo parecido. Pero no se crea el lector que son cuentos para saciar la sed de nostalgia de Verano azul o algún subproducto televisivo de aquellos horrorosos años. No hay historietas de adolescentes y, si las hay, nada tienen que ver con el consumo de nostalgia ochentera tan de moda en estos días. Sus relatos pueden estar relacionados con un lugar o una actividad vacacional que resuena a isla, a Mediterráneo, a piscina de veraneo, a río en la montaña, pero en el fondo nos están hablando de otras cosas: de la muerte, del descubrimiento del sexo como algo vergonzoso, de difíciles relaciones familiares, de pasiones que ya no son lo que una vez fueron. En otros cuentos, Cano aprovecha el evento de la vacación —un puente del 1 de mayo— para narrar un adulterio y una relación entre hermanas en las que se entromete ETA, o un destino exótico —un safari— para mostrar el grado brutal de corrupción moral de un ejecutivo de una conocida cooperativa vasca.

En sus relatos de turistas hay playa y montaña, hay Suecia y Marsella, pero también hay crisis social, conflicto político, maltrato, formas inesperadas de violencia. Encontramos en esta rica colección un cuento titulado Boeing 767 en el que Cano despliega su gran capacidad para crear ambientes asfixiantes filtrando la información con cuentagotas. Durante 15 páginas, el autor reproduce, sin ni siquiera un punto y seguido y en el más puro flujo de conciencia, los pensamientos de los ocupantes del vuelo que se estrelló contra una de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Un relato magistral, sin melodrama ni grandilocuencia, a veces con un atisbo de humor y al mismo tiempo sin ninguna ligereza.

Cano muestra en varios relatos su ya consagrada capacidad de contar sin desvelarlo todo, dejar espacio a sus lectores para la intuición y el juego, para desarrollar su imaginación a partir de lo que nos dan sus narradores. Su uso de la elipsis y los silencios en La piscina, El río o Las llaves de casa permite una lectura activa, construyendo el relato con los retazos que van tejiendo los narradores que, en algunos casos, son también los protagonistas. Además, en esta colección hay también lugar para la extrañeza, como en el delirante Danubio mecánico (no puedo describirlo, más allá de la imagen de Angela Merkel saltando de capó en capó… hay que leerlo), el inquietante Sapore di sale o en el oblicuo Aullad, estrellas.

He disfrutado con cada uno de estos relatos. Algunos me han sobrecogido (El río, un cuento de un niño frágil y vulnerable), otros me han hecho sonreír (Ikea Crucifixión… ¡ay, la sorpresa con la que se encuentra ese pobre periodista, atormentado por los celos hacia el dildo de su novia…!), otros me han entristecido (La llave de casa, una historia sobre el maltrato machista). Otros, me han parecido un tratamiento original y profundamente humano de situaciones que atañen a lo colectivo (El puente del 1 de mayo o Boeing 767). Más allá de la valoración literaria —en mi opinión, excelente— estos cuentos también recrean situaciones cotidianas, o no tanto, pero de cualquier manera momentos en los que nos podemos ver reflejados, nosotros o nuestras preocupaciones, de tal manera que nos hacen pausar y reflexionar sin dejar por ello de disfrutar el placer de la lectura. Es difícil encontrar colecciones de cuentos sólidas y coherentes, sin rellenos o relatos forzados. El turista perpetuo es, sin duda, una de ellas.

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Cuentos que narran vidas

Nuestro país, tradicionalmente, no se ha caracterizado por contar con muchos lectores de narrativa corta, o quizás han sido las editoriales las que no han apostado por ese género… a saber. Está claro que a la vista de los libros más vendidos parece que la realidad es que somos más bien de burro grande, no podía ser de otra manera. Tradicionalmente, digo, porque, de un tiempo a esta parte, diría que no más de diez años, parece que felizmente las pequeñas, nuevas y emergentes editoriales se han aventurado a llevar un poco la contraria al mercado y ofrecernos no solo este formato literario de compleja escritura, sino también a traer cuentos firmados por plumas poco traducidas por estos lares y que merecían un hueco en nuestras estanterías.

Dos de ellas —Margaret Drabble, con Un día en la vida de una mujer sonriente y Stephanie Vaughn, con Alfa, Bravo, Charlie, Delta—, ya han llegado a nuestras librerías en este primer semestre del año y creo, sinceramente, que debemos detenernos a leerlas con la atención que se merecen. Margaret Drabble tiene una maestría narrativa propia de una heredera de la tradición británica, hasta tal punto que podríamos considerarla descendiente directa de los textos de Jane Austen, Virginia Woolf o Iris Murdoch. En Un día en la vida de una mujer sonriente, Editorial Impedimenta nos ofrece 13 relatos escritos por la autora a lo largo de casi 40 años. Madres enfadadas por las exigencias familiares que las condicionan, esposas sin maridos, científicas con la autoestima algo más baja de lo esperado… un sinfín de mujeres que crean un universo lleno de ironía y poesía que nos atrapa página a página.

Stephanie Vaughn, por su parte, en Alfa, Bravo, Charlie, Delta, nos cuenta en primera persona en boca de Gemma Jackson la vida de una mujer que, por momentos, llegamos a pensar que es la de la misma Stephanie. Detallada, pero sin excesos, Vaughn nos introduce en la existencia de una chica que acompaña el devenir de su familia, con sus traslados de casa consecuencia de un padre militar, relaciones familiares y vivencias cotidianas, que se nos acaba por hacer casi de la familia. Una autora que ha publicado poco pero que acabará pronto una novela, tal y como promete en las últimas entrevistas.  Si la publica, deberíamos seguir la pista a esta autora.

Un día en la vida de una mujer sonriente
Margaret Drabble
Traducción de Miguel Ros González
Impedimenta, 2017

Alfa, Bravo, Charlie, Delta
Sthephanie Vaughn
Traducción Ana Crespo
Sajalín Editores, 2017

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‘Los caballos de Dios’: los monstruos no existen

Escena de 'Los caballos de Dios'' I La Marea

Los caballos de Dios no es una primicia editorial pero trata de un tema muy vigente en nuestro presente más inmediato. Se publicó originalmente en francés en 2010 con el título Les Étoiles de Sidi Moumen (Las estrellas de Sidi Moumen). Poco después, en 2012, el director marroquí Nabil Ayouch llevó esta novela al cine. Fue traducida en 2015 al castellano para Alfaguara por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en mayo de 2016 alcanzó a su tercera edición.

Las caballos de Dios tiene como punto de partida los atentados de Casablanca (Marruecos) del 16 de mayo de 2003, en los que murieron 45 personas, entre ellos los 12 jóvenes que hicieron estallar las bombas que llevaban pegadas al cuerpo. Mientras acababa de leer esta novela, ocurrió el atentado de Manchester, en el que un muchacho de 22 años saltó por los aires matando a 22 personas, algunas mucho más jóvenes que él. Mi primera reacción al ver su fotografía fue preguntarme qué habría llevado a este chico, con aspecto de adolescente a medio hacer y la mirada triste, a cometer un acto así. Los caballos de Dios ofrece no tanto una respuesta —todavía me pregunto lo mismo—, sino una narrativa que ayuda a salir de esa imaginación enquistada que nos impide concebir al terrorista fuera del “arquetipo monstruo”.

La novela está narrada por Yashin, un joven de 18 años que se acaba de inmolar en uno de los atentados suicidas de Casablanca. Nos cuenta su historia desde un más allá que nada tiene que ver con el prometido por el imán que le alistó en la yihad. No está en el paraíso rodeado de huríes, pero aun así no echa de menos “los puñeteros 18 años que me tocó vivir”. Desde ahí, desde ese vacío en el que Yashin solo cuenta con su conciencia y su memoria, describe sus pocos años de vida en Sidi Moumen, un poblado de chabolas en torno a un vertedero en el que los jóvenes sobreviven escarbando en las basuras y en el que la violencia está normalizada.

Mahi Binebine ofrece un abanico de personajes de esta comunidad depauperada que, no por ser representativos, son planos. A través de la voz de Yashin, conocemos a los “muertos de hambre” que le acompañan en la vida y en la muerte: su hermano mayor Hamid, al que adora y al que sigue los pasos en el vertedero, en el equipo de fútbol “Las estrellas de Sidi Moumen” del que Yashin es portero, y después también en la yihad; Nabil, un joven hermoso y de rasgos femeninos, hijo de una prostituta y del que muchos abusan sexualmente, incluso sus amigos; Fuad, un chaval inestable enganchado al pegamento; Azzi, hijo de un padre abusivo que carga con un pasado traumático; Jalil, un recién llegado de la ciudad al que enseñan las normas de convivencia del vertedero a base de palizas.

En medio de la violencia y la miseria, Yashin y sus amigos encuentran en su equipo de fútbol un espacio donde demostrar el afecto. En este contexto en el que la brutalidad se salpica de vez en cuando con algo de amor y amistad aparece Abu Zubier, un hombre que comparte orígenes con los muchachos, también un pasado de vicios y violencia, pero que vuelve depurado para así ayudar a purificarlos a ellos, empezando por Hamid, el líder del grupo.

El proceso de conversión dura apenas dos años, pero dadas las condiciones en las que vive el grupo de amigos, resulta más que verosímil. Abu Zubier y los hombres barbudos que cada cierto tiempo les visitan consiguen trabajos para todos, envían alimentos y dinero a sus familias, les reconfortan cuando pasan momentos duros, les sacan de apuros con la ley. En pocas palabras, les ofrecen todo aquello que el Estado y la sociedad fuera del vertedero les ha negado y todo lo que los infieles occidentales (léase cristianos y judíos) les han arrebatado.

Algunos lectores igual encuentran esta trama predecible. Pero el interés de la novela no está tanto en ella —conocemos desde el principio el brutal desenlace— sino en la representación y elaboración que Binebine hace de la vida de este joven y su comunidad: el humus donde crecen muchos de esos jóvenes cuya fotografía observamos con una mezcla de pena, desconcierto y repulsión cada vez que se comete un atentado yihadista.

El autor intenta meterse en la cabeza de este muchacho de 18 años —sí, un terrorista, un asesino al fin y al cabo— una vez que el daño está hecho. Pero Binebine no se centra en el remordimiento, ni en el arrepentimiento ante el dolor causado —aunque haya momentos en el que se hable de él—, sino que a través del recuerdo de la vida del personaje indaga en todos aquellos aspectos que han podido llevarle a preferir su muerte y la de otros seres humanos a seguir viviendo. Y es en este intento de profundización tanto en la psique como en el contexto del que proviene el terrorista donde está la originalidad y el valor de esta novela.

Con un lenguaje a veces poético, a veces descarnado, el autor nos invita a abandonar interpretaciones simplistas del “terrorista islámico” (el “monstruo” o el “perdedor malvado” que diría Donald Trump), y a adentrarnos en la comprensión de este fenómeno teniendo en cuenta tanto la individualidad de la circunstancia como los contextos históricos, socioeconómicos y culturales en los que se fragua el radicalismo. Los caballos de Dios no justifica la acción del terrorista, sino que confronta, a través de la elaboración imaginativa y el conocimiento del contexto en el que surge esa acción, la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué?

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