Por qué no me pongo el lazo contra el cáncer de mama

Antes de entrar al plató de televisión donde compartiré mesa con otros cuatro periodistas, se me acerca una mujer joven que porta una cestilla llena de recortes de cinta rosa doblados en forma no exactamente de lazo.

–¿Quieres que te ponga un lazo?

Por el gesto comprendo que su pregunta es retórica y que da por hecho que me pondrá la cintilla.

–No, muchas gracias.

Mi respuesta da lugar a un silencio extraño y liviano. Entiendo, por la forma en la que todo el mundo continúa con su trabajo como si tal cosa pese a que el aire se ha espesado, que soy la única que ha rechazado el atadillo rosa pálido. Por eso no quiero dejar el asunto suspendido.

–Es por el cáncer de mama, ¿verdad?

–Sí.

Ahí queda la cosa. Pero aun así me veo en la obligación de explicarme, en realidad como una forma de no resultar tan desagradable, tan insecto como me siento.

–Contra el cáncer hay que luchar todos los días –recuerdo haber dicho, más o menos–. Yo no soy muy de simbolitos.

Cosas así.

Digo cosas así cuando no me veo con ánimos de exponer esas razones que tienen un recorrido largo, que una ha meditado y sobre las que ha leído para intentar poner en claro de dónde viene el rechazo a algo que, por lo visto, resulta “natural”. O sea, poco argumentable.

Sentada ante la mesa del plató, como única invitada sin lazo, probablemente espero que alguien me pregunte por el asunto, pero esto no lo tengo claro. Querría responder con la pregunta: ¿Usted se pone un lazo pongamos color marrón contra el cáncer de próstata? ¿Qué día del año lo hace?

No me harán la pregunta probablemente porque nadie se fía de cuál va a ser el tono de mi respuesta. Mis tonos tienen fama de pocos matices. Sin embargo, no hacen falta ni matices ni preguntas para entender que la cinta rosa que, en ese momento, en pantalla, luce la diputada de Podemos y que antes ha lucido el diputado de Ciudadanos, es una forma dolorosa de discriminación. Y también un modo de señalamiento.

Unir mujer y enfermedad también parece algo que resulta “natural”. O sea, poco argumentable. Colocarse en la solapa la señal de una enfermedad que solo afecta a las mujeres, convertir en baldón uno de los pocos cánceres que se cura en la inmensa mayoría de los casos, me repugna. Liga a la mujer con una idea de enfermedad. Enfermedad femenina.

Y sobre el cáncer de próstata no abro la boca. Mi boca tiene fama de pocos matices.

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