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Misa de 12 en la mezquita

La mezquita de Córdoba, tras la celebración de la misa de 12.

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Los domingos a las doce, en medio de un estruendo de campanas, la mezquita-catedral de Córdoba se cierra al uso recreativo, turístico y cultural y se abre en exclusiva como templo. Como templo católico. Guardias de seguridad bloquean la entrada a los turistas y solo dejan paso a quienes manifiestan su intención de asistir a la misa. “Fotos no, fotos no, por favor”, imponen. Suenan unas notas de órgano. La puesta en escena es espectacular, solemne, antigua, ritual. Unas 300 personas esperan en silencio. En primera fila, una monja. Atrás, el coro, compuesto por diez mujeres y cinco hombres. Entran siete clérigos a paso lento. La luz cae sólida, como mantequilla, por cuatro ventanales. Rodean una vidriera que representa a la, así llamada, virgen María. El incienso dibuja humo a contraluz. Cierra la comitiva un hombre maduro, con gafas, lleva una mitra blanca con una franja verde, una casulla a juego. Son espléndidos sus ropajes, solemnes, antiguos, rituales. Se acerca a un trono blanco. De pie, rodeado de su séquito, dice:

“En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. (…) La paz esté con vosotros. (…) Hasta setenta veces siete, nos dice Jesús en el Evangelio, tenemos que estar dispuestos a perdonar a nuestros hermanos porque dios nos perdona siempre. Setenta veces siete. Mil veces, por eso le pedimos perdón, que él es rico en misericordia”.

Es el Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández González, quien así habla. Se sienta, al terminar, en el trono blanco. Hay poder aquí.

Hay un poder que permite a la Iglesia Católica hacer uso de la Mezquita-Catedral, su denominación oficial, como le parece oportuno. “Es un lugar sagrado. Durante su visita, guarde el debido respeto, observe las instrucciones del personal al cuidado del mismo y cumpla con las (…) normas y recomendaciones. Le recordamos que el recinto tiene como objeto principal ser un templo católico (…). Por tanto, su uso queda restringido al culto religioso católico, así como a la visita turística y cultural. Le agradecemos su colaboración”. Así lo exponen en la web mezquita-catedraldecordoba.es.

En el año 2006, la Iglesia registró por 30 euros la mezquita-catedral como su propiedad. En el año 1946, por una reforma franquista de la ley hipotecaria, se le reconoció a la Iglesia la misma autoridad para inmatricular (inscribir un bien por primera vez en el registro de la propiedad) que a cualquier administración pública. Hasta 1998 estaban excluidos los lugares de culto, pero una reforma del gobierno Aznar en aquel año abrió la puerta para su inscripción. Durante años, hasta 2015, cuando el gabinete del PP modificó al fin la ley hipotecaria para impedir esta práctica, la Iglesia puso a su nombre miles y miles de bienes inmuebles simplemente enviando a un representante del arzobispado a comparecer en el registro con un papel que decía que eso era suyo.

La Iglesia ha inmatriculado, según se estima, unos 40.000 bienes en este tiempo. También bienes no religiosos: plazas, calles, locales comerciales, cocheras, pisos, cementerios, murallas. Nadie, fuera de la jerarquía católica, sabe aún cuáles ni cuántos son exactamente.

Pagar en metálico y sin factura

No se trata solo de un asunto nominal, de piel, de creencias, de relaciones entre un Estado aconfesional y una religión, sino que tiene también consecuencias económicas. “La Iglesia es un paraíso fiscal dentro del Estado porque no declara ni tributa. Puede y debe haber exenciones, pero lo grave es que ni siquiera declaran”, afirma Antonio Manuel Rodríguez Ramos, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba.

“En la mezquita-catedral de Córdoba no puedes pagar con tarjeta ni te dan recibo. Deme factura que la voy a desgravar. No te la doy. Tienes que pagar en metálico y sin factura”, denuncia Rodríguez Ramos. “En consecuencia, ¿no es eso dinero negro? ¿A dónde van los millones y millones de euros que no declaran?”, se pregunta el profesor. “Nadie lo sabe. Si tiene 1,5 millones de visitantes al año, a diez euros la entrada, son 15 millones de euros que no tributan ni declaran. Si lo multiplicamos por todos los templos católicos del país, ¿de cuánto dinero estamos hablando?”, remacha.

Evangelio según San Mateo 18, 21-35. El obispo, en su homilía, diserta sobre el perdón y las deudas. 70 veces 7. A su criado, “aquel dueño, compadecido de él, le perdonó esa gran deuda, pero él al salir de allí se encontró con el compañero que le debía como el sueldo de un mes más o menos. Y le dijo: ‘O me lo pagas o te llevo a la cárcel’. Cuando se enteró el dueño de que este criado, que había sido tratado con compasión y misericordia, trataba él de otra manera a su compañero, lo mandó llamar. ‘¿De manera que has sido perdonado abundantemente y no eres tú capaz de perdonar las minucias de cada día?’. Termina la parábola diciendo: lo mismo hará mi padre con vosotros si no perdonáis de corazón a mi hermano, a vuestro hermano. Tan importante es este mensaje que Jesús lo ha introducido en el padrenuestro: ‘Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’”.

Como en Portugal

La Alhambra es bien público, se fiscalizan sus cuentas, pero las cuentas de la jerarquía católica, no. Generan una enorme competencia desleal con nuestros servicios públicos, entran en competencia directa con lo público. En el resto de Europa, la Iglesia declara y tributa, los bienes pertenecen al Estado, no a la Iglesia. Las catedrales de Portugal pertenecen al Estado portugués, así lo reconoció el Vaticano en un pacto con el Estado, que se ocupa de su mantenimiento. Me cuesta entender por qué se reconoce eso para Portugal y no para España”, afirma Rodríguez Ramos.

¿Existe alguna solución? ¿Cómo se impugnan las inscripciones en el registro? ¿Una a una? “La Iglesia ha invertido la carga de la prueba. Pero se van ganando pleitos. Que se abra un comisión en el Congreso –propone el profesor– para buscar una solución, no uno a uno. Antes tenemos que conocer exactamente la magnitud del expolio. Siempre hemos buscado una vía jurídica, ¿por qué no el precedente portugués, reconocer que son bienes de extraordinario valor? Y que se respete el uso religioso, por supuesto. Aquí nadie cuestiona ese uso ni nadie cuestiona el uso de la catedral de Lisboa, de París. Esa podría ser una solución”. El cepillo, esa tradición tan católica, no falla en la misa de 12. Una mujer pasa el cesto. Hay varios billetes de diez, de cinco y monedas de dos, de un euro, de cincuenta, de veinte, de diez, de cinco céntimos.

El cierre es solemne, antiguo, ritual. Suena el órgano en el corazón de la mezquita, allí donde toda la arquitectura, la iconografía es católica. Dice el obispo: “Jesucristo nos manda perdonar hasta 70 veces 7. Siempre (…). Mirándole, nos damos cuenta de que dios nos perdona continuamente. Que tengáis todos un buen domingo. Podéis ir en paz”.

Se escucha un estruendo de campanas en el patio de los naranjos, bajo el sol. Es la una de la tarde.

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La España que deseo

españa

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No soy nacionalista. Ni vasca ni española. Igual no lo soy precisamente porque soy vasca, porque llegué a la conciencia política en un contexto en el que la nación, tanto vasca como española, significaba para mí una especie de pozo negro donde fermentaban el odio, la polarización y la violencia. Me crié en un ambiente en el que España era los GAL, la guardia civil de los controles de tráfico, los “maderos” que nos sacaban a tortas de los bares. España era la monja bigotuda de mi colegio que se negaba a llamarme Edurne porque era un nombre vasco. España era el imperio que celebraba el quinto centenario del “descubrimiento” de América sin reconocer el genocidio indígena. España era lo peor. No nos acordábamos ni de Lorca ni de Miguel Hernández, ni de Durruti ni de Federica Montseny. En nuestro imaginario —o en el mío, solo debería hablar por mí— los españoles admirables lo eran a pesar de sus orígenes. O lo eran porque se rebelaron contra la España carpetovetónica, la que va de los Reyes Católicos hasta el Caudillo y sus herederos. Euskal Herria, la otra nación, tampoco me resultaba mucho más atractiva: era la Arcadia por la que algunos estaban dispuestos a matar. Con eso bastaba.

Ahora soy consciente de las limitaciones de mi visión polarizada, tanto de la nación española como de la vasca. Aun así, sigo creyendo que esa España carpetovetónica existe. Es la España inmovilista, la monológica, la que mira entre el desprecio y el odio cualquier demostración de diferencia, la que está dispuesta a sacar los tanques en defensa de una constitución fallida y defectuosa. Es la España que se aferra a una legalidad que parece escrita no por seres humanos, con las limitaciones propias y de su contexto histórico, sino por un dios omnisciente que ha marcado su ley en unas tablas sagradas invariables, eternas, irrevocables. Es la España que cuando se habla de la dispersión de presos dice “que se jodan”, la que piensa que si a un detenido le torturan, “algo habrá hecho”.

Es la que no reconoce el feminicidio ni ampara como debiera a las mujeres y niños víctimas del abuso, la que cuestiona la ley de matrimonio homosexual. Es la que condena con la cárcel a gente que cuelga un chiste en Twitter pero se calla, cómplice, cuando un torero enarbola la bandera con el aguilucho franquista o cuando un cura dice desde el púlpito que con Franco se vivía mejor. Es la que defiende que desenterrar a los muertos de las cunetas y devolverlos a sus familiares en duelo eterno significa reabrir la herida de la Guerra Civil. Es la que cierra sus puertas a los refugiados, la que dice que se queden en sus casas si no se quieren morir ahogados en el mar. Esa España existe, no es minoritaria, vota en las elecciones, elige a sus representantes. A esa España yo no la quiero.

Pero sé que hay otra España, una con la que se podría construir la que yo deseo. No soy politóloga ni abogada ni juez. No sé qué mecanismos se pueden crear para mejorar la Constitución ni cómo habría que cambiar las leyes para poder desarmar a esa otra España ruin. Para sentirme ciudadana en este país, para aceptar a España como una nación con la que me siento identificada, que reconoce mis derechos y mi diferencia, tendrían que cambiar mucho las cosas.

Yo quiero una España en la que hablar en lengua propia, ya sea el catalán, el gallego, el euskera, el bable o cualquiera de los idiomas o dialectos que pueblan nuestro Estado, no sea objeto de linchamiento colectivo, como vimos a cuenta de las comunicaciones de los Mossos durante el atentado de Barcelona. Una España que reconozca los errores históricos y que se empeñe en acomodarse a los nuevos tiempos, a las necesidades políticas, económicas y afectivas de sus ciudadanos de las periferias. Una España que penalice el feminicidio pero no la libertad de expresión, solidaria con los más desfavorecidos de dentro y de fuera. Me llamarán ingenua, adanista, pero me da igual. A mí me han preguntado qué España quiero, no qué España creo que sea posible. El deseo a veces es incompatible con la realidad, pero sin deseo tampoco hay futuro.

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Respeto o pérdida

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“Había empezado a considerar la ignorancia como un crimen”, dice un personaje cosecha del formidable escritor George Turner. Y por ignorancia no se refiere a la falta de estudios o información, sino a la voluntad de no interpretar los hechos, limitándose a asumir o replicar las ideas que proyectan otros sobre ellos. Así es como se propagan un sinfín de etiquetas falsas. ¿Por ejemplo? “España va bien”. ¿Otra? “Como vienes de un barrio de periferia barcelonesa y escribes en español no puedes querer el referéndum, ese delirio impulsado por la burguesía”.

Hace quince años, cuando la primera etiqueta triunfaba sin demasiada oposición, me descubrí conversando a diario con la tele diciéndole que no podía ser natural que el país batiera cinco récords económicos semanales, además de percibir en un sinfín de actitudes y declaraciones que España no había cambiado tanto desde el esperpento de Valle-Inclán. Como las noticias narraban un país que desde luego no era el que yo encontraba en la calle, me sentí imprecisa pero profundamente engañado, y para que la sensación no derivara en impotencia, fui en busca de España, a la que dediqué un libro de más de 600 páginas.

Uno de los textos apuntaba cómo, incluso cuando la cosa “iba bien”, los superdotados y demasiada gente con facultades intelectuales especiales hallaba obstáculos tan enormes para expandir sus capacidades, que muchos se deprimían o emigraban a otros países.

La llegada de la crisis hizo que millones de personas repensaran España. Las diferencias ideológicas se enconaron, la mayoría de medios de comunicación se alinearon sin tapujos con uno u otro partido, y por el camino se esfumó una palabra: librepensador –el “francotirador” de los 90–, esa figura que describía a los escritores, periodistas, filósofos, pensadores independientes en general que emitían opiniones no sometidas al escrutinio de ningún director o redactor jefe. ¿Qué palabra define ahora a ese tipo de personas? Si los tertulianos son el relevo… Las palabras dicen mucho de la sociedad que las emplea, tanto como su ausencia.

La fuga de cerebros y la “desaparición” del librepensador son dos botones de los derroteros que ha seguido el país. Ambas pérdidas evidencian cuánto se trabaja en nuestra sociedad por neutralizar el talento, la autocrítica y el libre albedrío. Por cultivar la ignorancia. Por eso, puestos a querer, pediría una educación que impulse a cuestionar los lugares comunes y denunciar las etiquetas falsas, a concienciarnos de que la cultura es un poder, las Constituciones no son eternas y de que el mundo líquido que habitamos exige sociedades dinámicas porque el inmovilismo bloquea y anquilosa.

La educación pasa por informarse al menos un poco y de forma contrastada antes de hablar, lo que da por resultado entender, por ejemplo, que la (vieja) burguesía catalana no ha “abducido” a millones de personas sino que supo jugar sus agónicas últimas bazas para intentar capitalizar un movimiento que ya estaba en marcha y, como la Historia sabe, responde a la demanda de un pueblo que basa su poder en el tejido asociativo. Sí, hay un puñado de burgueses tramposos camuflados entre la masa, pero no confundamos a esa micro parte de cobardes corruptos con el todo que reivindica cambios desde antes de la crisis económica.

El conflicto actual entre España y Cataluña señala el fin de una Transición que todavía no había llegado. Para mí, como para muchísimos catalanes, la aspiración siempre ha sido sustituir esa España Una –que recuerda al American First de Donald Trump– por una España Plural que reconozca y disfrute de todas sus regiones, sus lenguas, sus naciones. Pero si el Gobierno español se niega a evolucionar y es necesaria una ruptura, que así sea.

Es cierto que el Parlament ha actuado de forma arbitraria y saltándose normas establecidas. A veces, para modificar situaciones no basta con perpetuarse en una equidistancia presuntamente bienintencionada y políticamente supercorrecta, aún más cuando sabemos que entre equidistar e ignorar a menudo hay un salto muy (muy) pequeño. Es cierto que las cosas podrían haberse conducido de otra forma, que se tendría que haber dialogado, que no deberíamos haber llegado a este punto. Pero en este punto estamos. La desobediencia inminente de millones de catalanes.

Entre otras cosas, por haber creído durante mucho tiempo en un equilibrio y una justicia que constantemente decepcionaba a unos ciudadanos a quienes no solo se desoía sino a los que se faltaba el respeto, como ocurrió con la intrigante derogación del Estatut en 2006. La caída hasta la casi desintegración del socialismo catalán se debió a una equidistancia insostenible. Si alguien pretende una España federal, o como sea, ¿por qué no lo expresa sin miedo? Mi opción es defender ideas de forma pacífica pero firme, y responder a las agresiones con más firmeza pacífica. El miedo y las estrategias “equidistantes” del café para todos y las putas i ramonetas no solo no han dado resultado sino que nos han traído hasta aquí. “Tú eres aquí la única parte inocente y la única que no me inspira ni pizca de respeto”, escribió George Turner también. Es decir, llegados a cierto punto, hay que moverse. Hay que apostar.

Escritor

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Julia Sevilla: “Hay demasiada testosterona”

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El desarrollo del Estado autonómico ha superado con creces el proyecto plasmado en el texto constitucional, pero no es lo único. “Hay aspectos que no se consideraron cuando la Constitución se aprobó, algunos ni se plantearon y otros han sufrido una evolución que está lejos de parecerse al propósito para el que fueron creados”. Por esa sencilla y contundente explicación hay que reformar la Constitución, reflexiona la profesora de la Universidad de Valencia Julia Sevilla, presidenta honorífica de la Red Feminista de Derecho Constitucional.

¿Hay demasiada testosterona en el conflicto sobre Cataluña?

Sí, claro, hay demasiada. Casi el 100% de los líderes de los partidos son hombres, que ocupan también la mayoría de las presidencias de las comunidades y las cúspides de casi todo. Y, sin embargo, en el debate sobre Cataluña también hay mujeres que hablan en nombre de sus partidos y con la misma o mayor destreza que los hombres. Pero, ¿quién tiene la última palabra y pone el punto final del debate? Los que ocupan esa cima. Y son “los” y no “las”. Y en casi todos los partidos, por dejar abierta la posibilidad, el liderazgo lo desempeña un hombre. Pero también los medios colaboran en ello, por una parte reafirmando lo que existe y, por otra, reforzando los roles que la sociedad asigna ¿tradicionalmente? a las mujeres.

¿Cualquier reforma de la Constitución debe pasar por una reforma con perspectiva de género? 

Indudablemente. Desde hace años las constitucionalistas, que defendemos la igualdad de mujeres y hombres, consideramos que es necesaria una reforma que reconozca la existencia, real, de dos sujetos constitucionales como lo han hecho las constituciones de algunos Estados europeos (Alemania, Italia, Portugal, Francia). Y, también, que se incorporen los derechos que se han reconocido en las leyes de igualdad y contra la violencia de género. Las últimas reformas estatutarias han desarrollado nuestra condición de sujetos de derecho que debería incorporar la Constitución. Es su lugar.

¿Por qué sigue vigente el artículo machista de la sucesión a la Corona?

La respuesta es obvia: porque no se ha reformado la Constitución. Y es tan posible como el resto de las propuestas que desde hace tiempo venimos haciendo la Red Feminista de Derecho Constitucional. Este artículo, de la sucesión a la Corona, unió a todas las diputadas y senadoras constituyentes que, unánimemente y por encima de las diferencias ideológicas, abandonaron el Pleno para expresar su disconformidad con él. Es más, se podría haber resuelto sin necesidad de vulnerar la propia Constitución, que prohíbe la discriminación por razón de sexo. Solo permaneció en el Pleno la diputada que defendió el voto en contra, Dolors Calvet. Además, pienso que existe un gran acuerdo sobre esta materia.

¿Cuándo se hablará de las madres de la Constitución? 

Ya es hora y lo fue cuando se impulsó desde la Vicepresidencia del Gobierno [María Teresa Fernández de la Vega] la recuperación de la labor que hicieron en el libro Las mujeres parlamentarias en la legislatura constituyente. Y que no fue poca pese a que solo eran 21 diputadas y seis senadoras. Pero, indudablemente, es necesario reivindicar la presencia y aportaciones de las mujeres en todos los campos, especialmente en las instituciones que representan a la ciudadanía.

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¿De dónde viene esta sensación?

gatopardo sensación

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Desde la enjuta inocencia del postlerdo, cabe entre otras, esta ristra: ¿Quién propone revisar la idea de Educación industrial que nos aqueja? ¿Quién la Sanidad como espacio de reflexión sobre la (nuestra) materia? ¿Quién propone la hospitalidad como moneda de cambio, la Literatura como gesto lúdico, la Ciencia como lenguaje?

Desde la enjuta inocencia del postlerdo, cabe esta pregunta: ¿De dónde le viene a una la sensación de que no hay deslumbramiento, entendiendo como tal la ofuscación fruto del gesto/idea/acción revolucionarios?

Poca explicación necesita la manoseada frase “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. “¿Y ahora qué sucederá?”, escribe en su novela El gatopardo. “¡Bah! Acuerdos pespunteados de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado… Una de esas batallas que se libran para que todo siga como está”.

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Mercedes de Pablos: “No se pueden negociar las emociones, sino las soluciones precisas”

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“Las comunidades tienen deudas históricas, las ciudadanas también. No concibo una reforma de la Constitución sin una comisión paritaria… y ya te digo, si nos ponemos revanchistas, tal vez les dejemos asistir de oyentes”. Obviamente es una broma, pero Mercedes de Pablos no da bromas sin hilo. Dice que le enorgullecen los actos, no las palabras: “Debe ser el materialismo histórico que me frena el fervor y el éxtasis patriota. Pero ni nos considero peores ni mejores. Me enorgullece la alegría, que se cree algo banal, o yo creo que es una filosofía de vida netamente revolucionaria. Ninguna victoria en el dolor, ninguna conquista desde la humillación ajena”. Hace cuatro años el Centro de Estudios Andaluces abrió un seminario permanente sobre federalismo y la conclusión fue clara: la Constitución había tocado techo.

¿Ha llegado el momento de cambiar España?

Hace tiempo que llegó y no fue posible. Las hemerotecas dicen claro quién se opuso a un nuevo pacto de convivencia constitucional. Mientras se veneraba a Suárez y se convertía la Constitución en las Tablas Sagradas, aquellos que no la habían apoyado en su momento, se iniciaba la cuesta abajo. La Constitución ha tocado techo no únicamente desde el punto de vista territorial sino desde la protección de los derechos de toda la ciudadanía y en la adecuación a los nuevos tiempos. Hay quien puso en riesgo una legitimidad que ahora se quiere revestir de legalidad.

¿Seguimos aferrados al 78?

Ese es un mantra falso, por una y otra parte, según mi opinión. Los que entonces fueron inmovilistas quieren convertir la difícil situación de la Transición en la fórmula mágica que todo lo arregla. Entonces se hizo lo que se pudo y fue mucho (conste que no es una autorreivindicación, yo fui demasiado joven para ser protagonista pero suficientemente autónoma para vivirlo en primera persona como una historia propia) y seguramente con kilos de piedras atadas al pie para evitar la confrontación social desde la violencia. Así de claro. Los que tenían las armas venían del régimen anterior, que pronto se nos olvida, y hubo que buscar elementos de vínculo (sentimiento nacional) para defender un orden democrático donde carceleros y encarcelados convivieran. Para mí fue ejemplar, con todos los errores. Aquellos protagonistas hicieron sus deberes… ¿Y los que vinieron después? Y especialmente hay un vacío que da vértigo: el reconocimiento de quienes habían sido víctimas y a quienes les debíamos los valores en cuyo nombre convivimos.

¿Qué España le gustaría vivir? 

La de la pluralidad y la igualdad. La de un territorio vertebrado en pacto social y en derechos, la que quieran quienes las habitan. Crecí en el internacionalismo y he de confesar que cada vez que un emigrante muere en ese Mediterráneo, al que le debo mi manera de ver el mundo, me dan ganas de quemar mi pasaporte. También me pasa cuando leo a Stephen Zweig. En nombre de España ignoramos a muchos españoles.

¿Y estamos por la labor de cambiarla?

Los cambios producen temor y sobre todo si quienes los reclaman lo hacen desde la exclusión o desde el sentimentalismo, que es legítimo, pero que hace difícil el acuerdo. Me explico: no se pueden negociar las emociones, sino las soluciones precisas. Pero lo cierto es que entre la crisis económica y la fragmentación de la cohesión social, hasta los más conservadores (que no quieren que cambie nada) comparten la sensación de incertidumbre. Y de cuarenta años para abajo las encuestas lo dicen claro, todo está en cuestión: el sistema de representación democrática, el sistema jurídico, el mercado. Todo. Como creo que estamos en el mejor de los mundos posibles, aquel que siente la necesidad de combinar libertad e igualdad, yo creo que hay que sentarse y defender aquello que es prioritario. Porque mientras tenemos miedo a cambiar, la Constitución por ejemplo, el mundo está cambiando. Dónde han ido a parar los derechos laborales, por ejemplo. 

¿Qué pasará ahora?

No me gusta nada de lo que ha pasado antes. Tengo la sensación de asistir como espectadores, y víctimas, a una confrontación que podía haberse evitado si hubiéramos sido los Suárez que algunos mitifican. No me gusta el esencialismo, es catalán quien piensa como yo, es español quien piensa como yo. Si tenemos madurez social y política lograremos recomponernos, si no, la fractura social que percibo lo será también en nombre de las naciones y no de los derechos. Espero que los ciudadanos premiemos la templanza y la honestidad . Steiner dice que hay momentos lúcidos y momentos idiotas en la historia de la humanidad. Ojalá esta vez, otra vez, seamos inteligentes. Por pura supervivencia.

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Patriotas

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En mi casa me enseñaron a no ser patriota desde que era pequeñita. No nos gustaban los toros ni Manolo Escobar ni la pringá del cocido. Bueno, la pringá sí, pero disimulábamos. Ser patriota y a la vez popular era muy de la duquesa de Alba. Hoy es muy de Bertín Osborne y, en mi casa, siempre fuimos gente festiva y simpática, pero nunca tuvimos la pasta o la realeza suficientes como para alardear de “campechanía”. Tampoco íbamos con España en las competiciones internacionales y mi abuelo nos iluminaba con su visión de la historia nacional: Isabel la Católica se bañaba vestida y debía de oler a rancio; y lo mejor para nosotros, como país, habría sido que Napoleón nos invadiese y nunca se hubiera producido esa serie de desastres que comenzó con el “Vivan las Caenas” y desembocó en la Guerra Civil. Es un repaso simplista, pero si pensamos en las oligarquías y el capital y la Iglesia y la reforma agraria, algo de verdad hay en un análisis tan vertiginoso.

En mi casa España se parecía a Andalucía (como en Bienvenido Mr. Marshall) y el paradigma de la belleza natural se situaba en la soriana Laguna Negra que recordaba más a un paisaje extraterrestre que español. Y, sin embargo, mira que es española y machadiana la laguna… A mí me gustaban los espaguetis. El fado. La canción latinoamericana. Flaubert. Relegábamos en un rincón vergonzoso de la memoria a Calderón, Rocío Jurado, las mollejas y los mastines del Pirineo. Poco a poco, se nos pasó esa paletería cosmopolita e incluso, hoy, desengañados de la fascinación europea, al viajar al extranjero, le damos vueltas a tópicos sobre la temperatura, la luz, la alegría, el altruismo y los trasplantes. Anhelamos el jamón: no creemos que sea necesario comer grillos para parecer más cultos. Me “españolizo” cuando mi barrio se gentrifica y yo me sorprendo pensando en inglés sin haberlo aprendido nunca y los adolescentes ponen toppings en los helados y deslizan el dedo por su smartphone.

Poco a poco me reivindico en las cosas que conozco y hasta me enrabieto y me cierro como marisco bivalvo porque intuyo que el openminded es una forma de domesticación. Sospecho que la universalidad solo es posible en función de lo plural. Incluso sospecho que la universalidad no es más que el discurso que el poderoso (rico) quiere que sea universal (el suyo, el lobo de Caperucita, disfrazado como discurso neutro o aspiración publicitaria, it depends…) y, entonces, no me queda más remedio que reconocerme como escritora española, contextualizarme, politizarme en mi intraducibilidad literaria, resistirme a la bestsellerización. Porque el mercado se ha convertido en el espacio por excelencia de la universalidad neoliberal. Pero, más allá de todo eso, en mi casa era de bien nacidos que esa España, heredada del imaginario franquista, nos importase un rábano. Y, sin embargo, éramos y somos patriotas de otra manera.

Somos patriotas e internacionalistas cada vez que protestamos para que los intereses de los monopolios no pongan límites a los presidentes de los gobiernos; cuando pedimos que los países no funcionen como empresas; cuando queremos una educación y una sanidad gratuitas; cuando nos escandalizamos al comprobar los beneficios de las entidades bancarias y los contrastamos con la tasa de paro; cuando personas sin recursos mueren asfixiadas delante de un brasero porque no tienen para pagar la factura de la luz; cuando uno es de Orange o de Amena, pero no de izquierdas o de derechas; cuando la salud de las mujeres es un ejercicio de encarnizamiento y no somos iguales ni en el espacio íntimo ni en el privado; cuando nos matan; cuando la política se metamorfosea en publicidad; cuando existen leyes mordaza y la libertad de expresión se inclina hacia la amenaza de muerte en las redes; cuando los jóvenes viajan no por amor a la aventura, sino porque van a limpiar planchas de hamburgueserías en Alemania; cuando el dinero para la investigación se agota; cuando el sistema judicial y legislativo se gangrenan; cuando se pierde la memoria o se utiliza espuriamente el concepto “equidistancia”; cuando hay niños que no hacen tres comidas al día; cuando las mayores injusticias comienzan a formar parte del “sentido común” y existe un compromiso tolerado y otro que no lo está; cuando los bosques se queman porque alguien enciende una cerilla para especular o porque no se recogen las ramitas secas y la biomasa, que podría generar energía, se echa a  perder; cuando me llaman para venderme productos que ni necesito ni entiendo; cuando hemos perdido parte de la destreza de comprensión lectora; cuando consumimos más ansiolíticos que nunca, no podemos dormir, tenemos miedo, nos sentimos frágiles y, sin embargo, en este país ya no se habla de relaciones de poder ni de explotación…

Me siento patriota cuando estoy cabreada. Luego, vuelvo a acordarme de que Sevilla tiene un color especial, Nadal es un tenista glorioso, España adorna su camiseta con una estrella de campeón del mundo de fútbol, de que aquí no hay huracanes, y me digo modestamente que lo único que hace falta es que el PP no vuelva a ganar nunca unas elecciones.

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Disolver lo indisoluble

LAVADORA XANDRU FERNÁNDEZ RELATOS DE OTRA ESPAÑA

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Si España fuese una lavadora, se diría que ya ha empezado a centrifugar. Se palpa en el ambiente que la colada está casi lista y, en breve, finalizará el programa. En buena medida, este panorama apocalíptico está justificado por la narrativa en que hemos vivido los últimos cuarenta años: si damos por cumplida la etapa inaugurada por la Constitución del 78 es porque la propia Constitución previó este Big Crash y nos acostumbró a vivir en clave provisional, anticipándolo constantemente e impidiendo que nuestra imaginación política se sustrajera a ese memento mori. Cierto que, para amplias capas sociales, el régimen del 78 no tiene nada de transitorio, pero me atrevería a decir que se trata de las capas más remisas a aceptar el propio relato del 78. Un relato que empieza con un cuento de hadas y termina con un Ragnarok de identidades.

El cuento es el de la reconciliación de las dos Españas. Es un cuento porque aquí no se reconcilió nada, salvo que uno crea que dos equipos de fútbol pueden jugar un partido entregándole a uno el terreno de juego y sentando al otro en las gradas a mirar. El terreno de juego, que debería haber quedado exento de entusiasmos patrióticos, siguió ocupado por la faramalla nacionalista. Ni uno solo de los elementos simbólicos de la España de Franco fue abolido por la Constitución: ni la bandera, ni el himno, ni la obligatoriedad de la lengua castellana. Podemos repetirnos cuanto queramos que solo son símbolos y no tienen importancia, pero si una comunidad política se fundamenta en la indisoluble unidad de una Nación con N mayúscula, vaya si importan.

Pertenezco a una comunidad de un millón de habitantes, la mitad de los cuales, o menos, hablamos una lengua diferente de la castellana. No tenemos capacidad alguna de negociar nada en el bazar de las autonomías, puesto que somos poquísimos, muy pobres y, en términos estadísticos, muy viejos. Somos fácilmente aniquilables, pero se equivoca quien piense que el nacionalismo ansía la aniquilación: prefiere, con mucho, la asimilación. Una España no nacionalista sabría construir un proyecto común donde uno no tuviese que sentirse ni español ni nada, ni tan siquiera asturiano. Pero el relato del 78 es un relato nacionalista, nostálgico, costumbrista y apocalíptico. Y, sobre todo, monárquico.

El destino de todo reino es ser conquistado o disgregarse. Toda vez que la guerra de Perejil puso en fuga a nuestros enemigos ancestrales, las cabras, nos queda la disgregación en perspectiva, y esa fue además la fórmula constitucional para hacernos digerible la Nación metafísica con todos sus complementos: la formalización jurídica de la procrastinación. La Constitución preveía que todo lo que España tenía en grande, cualquier trozo de la misma podría tenerlo en pequeño, siempre y cuando se armara de paciencia. En otras palabras, se nos negaba la posibilidad de identificarnos con nuestro país, pero se nos daba la opción de identificarnos con otro en un futuro no lejano.

De ese modo se llega a la paradoja de que se es español por masoquismo e independentista por resignación. La Constitución se legitima apelando a un tiempo futuro en que ese Estado habrá sido sustituido por un conjunto de pequeños Estados que replicarán la esencia de la hispanidad a escala 1:25. El independentismo es el verdadero patriotismo constitucional.

Esto, naturalmente, no es sano: no hay Estado que se sostenga sobre su propia negación constante y su constante apelación a un apocalipsis identitario. Se podría haber construido una España a imagen de la sociedad civil y no de los mitos dinásticos, pero se prefirió evacuarla, como en las películas de ciencia ficción, a través de portales abiertos al futuro. Ya sea por la vía rápida o por la lenta, todos parecemos abocados a saltar a esa post-España que, en el fondo, imaginamos como un conjunto de pequeñas repúblicas. Habría sido más sencillo empezar con una república solamente, pero se puso el programa largo. La lavadora era vieja y la cal se acumulaba en las resistencias.

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Un lío

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¿Has pensado ya qué vamos a hacer el uno de octubre, Manuel? Ehmm… ya tengo una sorpresa mirada, Montserrat, tranquila que este año voy con tiempo para que no me pase como el año pasado; y después de la sorpresa nos vamos a cenar al sitio aquel tan elegante y pintón que hay al lado de la Boquería. Dos de noviembre, Manuel, nuestro aniversario es el dos de noviembre; cuarenta años casados y no hay manera de que a este hombre se le meta una fecha en la cabeza, per l’amor de déu. Ya sabes que soy de letras, Montserrat. Tú eres de letras y yo soy de tener ganas ya de pedir la desconexión matrimonial por tus despistes, Manuel, que te estoy hablando del referéndum, del referéndum del uno de octubre.

No hagas desconexión, Montserrat, por dios. ¿Cuál de ellas? Ni una ni otra; en lo familiar los dos juntos somos más fuertes para negarnos a cuidar a los nietos los fines de semana; y en lo estatal, si nos desconectamos, ¿qué van a decir tus primos de Badajoz, o mi familia en Toledo? Que digan lo que les dé la real gana, Manuel, pero yo estoy ya hasta las narices de todo, así que, de una o de otra cosa, yo me desconecto. Bueno, pues si tienes que desconectar, que sea de España mejor que de mí, Montserrat, digo yo. Yo desconecto de España, pero tú también te desconectarás conmigo, ¿o te piensas quedar en casa a verlas venir, como haces siempre?

A ver, Montserrat, tú sabes bien que a mí lo estatal, lo nacional y lo provincial me dan un poco ocho que ochenta. A mí lo que tú digas me parece bien, pero es que va a ser un lío eso de desconectarse, que si pon urnas, que a ver dónde encuentras tantas nuevas de un día para otro con lo poco que queda, que si sal de Europa, que dónde te vas si no es Europa, porque el resto del mundo está hecho un cristo, ya viste las fotos de cuando tu hermana estuvo en Túnez, que si a ver qué pasa con el Barça, que yo jugando con el Sabadell todos los sábados no me imagino motivado al Messi… Para ti todo es un lío, Manuel, es un lío que nos vayamos a Mallorca de vacaciones porque no puedes ir con el coche, es un lío que nos pasemos un domingo en Perpiñán o en Andorra, que son lugares preciosos que están ahí al lado, porque estamos mayores para tantos kilómetros, y eso excusa no es, Manuel, mira el Jordi Pujol y la Marta Ferrusola… Pero Montserrat…

Ni pero ni pera, Manuel, que llevamos pagando a los de Gas Sobrenatural toda la vida aunque ens roben cada mes en la factura, y no nos cambiamos porque es un lío; para ti todo es un lío, pero yo ya estoy harta. ¿Pero quién nos está robando, ahora, Montserrat? Pues España, Manuel, España. ¿Pero no eran los de Gas Sobrenatural? También, Manuel, los del Gas Sobrenatural también. ¿Y los Pujol? También, Manuel, los Pujol también, ¡pero por lo menos conocen mundo! No te pongas así, mujer, no se hable más, si tú quieres yo me desconecto contigo.

¿Harías eso por mí? Yo por ti fabrico una urna, me quedo fuera de la zona euro y hasta me hago a la idea de un Messi desmotivado, si hace falta. Es muy bonito eso, Manuel, ¿y cuál es la sorpresa de aniversario? Una escapada a Andorra, Montserrat. T’estimo molt, Manuel.

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Alexia Echevarría: “La solución es sentarse a hablar, con mesura y tolerancia”

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“Bueno, la verdad es que no hablamos tanto del tema de Cataluña, ¿verdad?”, pregunta Alexia Echevarría a su marido frente a la ría de Huelva. 40 grados. El Estadio Nuevo Colombino a un lado y el muelle del Tinto al fondo. “No”, responde él. Y se ríen. Lo que quieren transmitir con este apunte cómplice es que no les aburre el asunto. Quieren estar informados. Y por eso Alexia ha accedido, una tarde de agosto, pegada a sus gafas de sol, a hablar del referéndum desde su pequeña Mesopotamia, como define esta arqueóloga de 47 años su ciudad.

Allí vive y allí se crió. Nieta de una inglesa y de un vasco por un lado; nieta, por otro, de una zaragozana y un onubense, dice que nunca ha entendido este “tipo de sentimiento independentista” que le llega desde Cataluña.

“¿Cómo voy a ser yo nacionalista? Las fronteras son lo peor. Pero si Cataluña quiere independizarse primero se decide, y si gana el sí que lo haga. Pero bien, con garantías, cambiando la Constitución, que se cambia desde la mesura, el diálogo, la tolerancia… Que bien que la han cambiado rápido para otras cosas. Porque aquí están jugando todos a un pulso, a ver quién la tiene más larga, se nos está intentado confundir desde los dos lados”, afirma rotunda.

No cree, no obstante, que ocurra solo con la situación catalana. Alexia considera que vivimos en un clima de embrollo embadurnado de corrupción del que se aprovechan los poderes, además, para meter miedo. Como con la crisis, que afirma Alexia que fue un invento para agrandar las desigualdades. “La solución es sentarse a hablar”, concluye.

Esta entrevista forma parte de la serie #Yotambién quiero un referéndum para Cataluña. Puedes comprar #LaMarea52 en kioscos y en nuestra tienda online. Suscripciones anuales desde 22,50 euros

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