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Lo más destacado de 2017 en ‘La Marea’: ¡amor!

Ya sabéis, por lo que os estamos bombardeado, que en 2017 hemos cumplido cinco años. ¡Tranquilidad! ¡Que sí haremos fiesta! Pero también en 2017 hicimos #LaMarea50. Para haber llegado hasta ese número mágico decidimos hacer un monográfico dedicado al amor. Estos son algunos temas que incluimos.

https://www.lamarea.com/2017/07/21/tamara-dice-te-quiero-tina-ladra-tambien/

https://www.lamarea.com/2017/07/08/leticia-dolera-me-gustaria-se-hiciese-don-juan-cambiando-genero/

https://www.lamarea.com/2017/06/05/amor-nos-venden-las-canciones/

https://www.lamarea.com/2017/07/27/mitos-romanticos-germen-violencia-genero/

https://www.lamarea.com/2017/08/08/ligar-guia-feminista-hombres-hetero/

https://www.lamarea.com/2017/07/08/teresa-rodriguez-la-politica-no-existiria-sin-amor/

https://www.lamarea.com/2017/06/02/amor-tambien-el-desamor-se-contempla-en-la-fiscalidad/

https://www.lamarea.com/2017/06/08/nacho-vegas-menos-mal-que-aun-no-existe-ministerio-amor/

 

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De amor y hambre

El amor es impertinente, huracanado y absolutista, al menos hasta un punto de la vida, no sé si marcado por la edad o más bien por las decepciones, resultado último de creer en la certeza de la alucinación, en el agua que se dibuja contoneante en medio del desierto. El amor, ese tipo de amor, sucede sin previo aviso, nos asalta tras la curva y no se conforma con unas cuantas monedas, lo quiere todo, dejándonos exhaustos y desnudos, a solas con nuestra naturaleza más primaria. Impertinente en cuanto que no acepta negativas ni negociaciones, razón ni diplomacia, rebaja de la condena. Huracanado porque trastoca planes y mapas, nos llena lo diario de autobuses y dudas, nos da la vuelta al estómago. He visto grandes colosos levantados en granito con toda la convicción de civilizaciones enteras temblar como niños, como brotes primaverales ante la tormenta inesperada. Y absolutista porque lo requiere todo, porque dicta sus reglas al margen de nuestros principios, porque es caprichoso como un rey ebrio y adolescente dominando un imperio.

Ahora, este amor, se niega entre la deconstrucción cultural y la explicación biológica, en un esfuerzo que habla más de nuestros miedos que de nuestras posibilidades. No se puede negar lo inenarrable con orden cartesiano, a lo sumo darnos razones para la huida. Lo demás es literatura, aun revestida de sociología, política o ciencia, como los millones de páginas que desde hace unos cuantos siglos han tratado el tema sin mayor acierto que el de regodearse en él.

Negamos este amor porque ya bastante tenemos con el resto. Que algo sea indescriptible no significa que camine autónomo, al margen de índices de desarrollo humano, cifras del paro y precios del alquiler. El amor también es posibilidad material de que suceda, su forma reflejo exacto de cuánto trigo hay acumulado en los almacenes. Entre el juego dieciochesco de la dama, peluca, lunar y abanico de encaje, y el coito de la noche, tras buscar el amante las estancias, candelabro en mano e ingeniería para deshacerse del miriñaque, media un sistema cultural, pero también la miseria de unos cuantos campesinos. Si alguien puede dedicarse a perder el tiempo es porque otros carecen por completo de él.

En nuestro siglo vivimos una especie de negación liberadora del amor que, ya me perdonarán, no es más que otra celebración de la escasez, otro remedio para hacernos creer depositarios de opciones cuando no somos más que hilo conductor de imposibilidades. Miren las viñetas de humor gráfico, donde parece que por fin ellas se desembarazan de ser objeto de deseo y carne latente a expensas de lo masculino, donde el siguiente paso debería ser, intuimos, la celebración gozosa de autonomía, de determinación y libertad. Al final lo que queda es una triste liberación del cinismo, el deleite de la ruptura permanente, un sumatorio de capturas y superficialidad.

El neoliberalismo nos ha hecho más iguales en nuestras miserias y hoy, por fin, dependiendo eso sí de nuestro nivel de renta, podemos jugar a las amistades peligrosas, pensándonos Valmont y Merteuil cuando seguramente la mayoría no lleguemos a Cecil ni Danceny. Es muy difícil que demos para más cuando casi nada de lo que vale para darle utilidad al amor sigue existiendo. Desde la aparición del excedente, desde que hubo acaparación, clases y herencia, el amor fue la excusa para la construcción de una familia, que no era más que la forma que tenía el hombre de asegurarse que su descendencia era suya y no del vecino. De ahí que el amor, como institución formal, sólo rivalice con la religión como mecanismo que ha ido sobreviviendo a cada sistema, adaptándose según las necesidades económicas, apretando el corsé o soltándolo cuando fuera necesario. En nuestra época de especulaciones el amor no queda tampoco exento de someterse a esta ley de espejos contrapuestos y ya invertimos en tecnología social de filtros fotográficos y ocurrencias breves para poder fingir ser un buen producto en el mercado. Si de lo que se trata es de aumentar nuestro capital corporal vamos al gimnasio o a la clínica, a vencer nuestra obsolescencia genética con bisturí y bótox. Creemos ser más libres en esto del amor porque algunas de sus formas se han derruido, pero no hemos hecho más que cambiar las cadenas por otras más sofisticadas.

El amor no es para los lunes, ni para la lista de la compra, ni para la precariedad. Si la rutina agosta el amor, la rutina de la poquedad lo acaba dejando boqueante. Quiéreme más en las malas, que es cuando me hace falta, quiéreme más sin el brillo, cuando tengo la cara tiznada por el hollín de lo cotidiano. A lo mejor pedimos un imposible, pero algo así leí en las páginas del libro escrito por Maclaren-Ross que da título a esta columna y que trata de una pareja que no es pareja, unida por el azar de una costa inglesa casi vacía, de cielos grises, estática al borde de la guerra.

Mientras que todo se encamina al desastre, mientras que se cuentan los cigarros que quedan para acabar el día, mientras que se cambian las monedas de montoncito para ver qué deuda saldamos antes, hay un par de paseos, un par de conversaciones, que me resultan una gran descripción del amor: los momentos breves en los que nos mostramos delante de alguien tal como somos, sin esperar nada a cambio, deseando que eso sea suficiente para enfrentar juntos un fragmento de vida, para mantenernos de pie cuando el suelo que se pisa está a punto de ser conmovido por un bombardeo. Puede que hoy haber sustituido tradición por descreimiento nos resulte suficiente, puede que haber cambiado el romanticismo por ironía sea todo lo que podemos dar de sí. Puede que algunos nunca estuvieran en ninguno de esos sitios, que sigan sin estarlo, que permanezcan en ese punto tan sincero entre el amor y el hambre.

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En el amor como en la guerra: historias ocultas tras los grandes titulares

Este artículo está incluido en el especial amor #LaMarea50

Calais, 25 de octubre de 2016. Agentes de policía franceses comenzaron este lunes la última fase de la demolición del campamento de refugiados y emigrantes más grande de Europa, conocido como Jungla de Calais, al norte de Francia.

Algunos emigrantes prendieron fuego a sus chabolas cuando la policía y varias excavadoras irrumpieron en el lugar. Las más de 8.000 personas que habitan la zona, según datos del Ministerio del Interior francés, serán reubicadas en centros de acogida repartidos por toda la geografía francesa. Las autoridades calculan que hay al menos 600 menores en la Jungla de Calais.

En los últimos años miles de personas llegaron a Calais, la mayoría procedentes de Siria, Afganistán, Iraq, Sudán, Egipto, Etiopía, Eritrea e Irán. Su objetivo: pasar a Reino Unido.

“El último sueño que me queda”

Una de las más de 8.000 personas refugiadas desalojadas de “la Jungla” –así la bautizaron ellos– se llama Beshir. Llegó a Calais tras varios meses de viaje desde Kobane, una de las ciudades más castigadas por la guerra en Siria.

Beshir seguía despierto cuando la policía y las excavadoras irrumpieron junto con los primeros rayos de luz gris sobre el mar de plásticos de Calais. El insomnio fruto de los traumas de la guerra lo mantenía enfrascado en el mismo pensamiento: volver a encontrarse con Amira, su novia y la única persona que le quedaba en esta vida.

Amira partió nada más estallar la guerra y pudo instalarse en Londres. Beshir siguió trabajando en la tienda de su familia y escondiéndose para beber cerveza con sus amigos mientras veían fútbol europeo, sin creer que la guerra llegaría tan lejos. Hasta que se vio solo. Cuando toda su familia pereció bajo las bombas, Amira se erigió en la razón para emprender el viaje a Europa y atravesar el Canal de la Mancha rumbo a Inglaterra, uno de los destinos más difíciles. “Es el último sueño que me queda”, aseguró a este periodista.

Los refugiados huyen de la guerra, pero también se desplazan para reunirse con sus seres queridos. Beshir pasó seis meses en Calais intentando colarse en algún camión con destino a Dover. Igual que los demás refugiados, durante ese tiempo vivió en una barraca hecha con tablones, plásticos y mucha dignidad.

Una vez estuvo a punto de cruzar la frontera. Un español que por su parecido físico bien podría haber sido su hermano mellizo le regaló su DNI. Superó la aduana francesa, pero los británicos lo descubrieron al ver que no sabía rellenar un formulario de viaje. Tras varios días en el calabozo, la policía le ordenó regresar a la misma Jungla que ese lunes se apresuró en destruir. De aquel episodio solo queda un registro: la canción de agradecimiento que Beshir recitó a su gemelo español.

Semanas antes de la demolición final –la zona sur del campamento, corazón social de la Jungla, había sido destruida en marzo– Beshir cayó enfermo y pensó en solicitar asilo en Francia. Habría conseguido una cama y medicinas, pero habría tenido que renunciar a solicitar protección en Inglaterra. Cuando la duda y el dolor le asaltaban, buscaba imágenes de Amira en su teléfono.

Varias semanas después de que la policía desmantelara la Jungla de Calais, Beshir logró reencontrarse con su novia en Londres. Llegó a Inglaterra después de que los traficantes de personas lo ocultaran en un camión a cambio de una jugosa suma de dinero que consiguió gracias a otros refugiados. Amira ya tiene asilo político en suelo británico. Beshir aún no tiene confirmada esa oportunidad.

En el amor como en la guerra

Detrás de esta foto de Gervasio Sánchez hay varias historias de amor. Él es Adis Smajic y ella Naida Vreto. Ambos eran niños cuando estalló la guerra de los Balcanes. Gervasio conoció a Adis cuando este tenía 13 años y una mina bajo los escombros de Sarajevo le arrancó el brazo derecho y un ojo. Todos pensaron que no viviría, pero el amor y la dedicación de los médicos –y una treintena de operaciones– le salvaron la vida. Ahora Adis y Naida se aman y tienen un hijo.

“Utilizamos poco la palabra ‘amor’, a pesar de la fuerza que tiene”, dice el veterano fotógrafo de guerra, que desde 1996 viaja a Sarajevo para retratar la vida de Adis. “Conozco hasta cómo respira”, cuenta.

“La guerra deshumaniza, hace creer que si no matas al contrario, él te matará. Posiblemente eso sea el amor: prefiero que me mates antes que matarte”, opina. “Siento un gran amor por este oficio, distorsionado por culpa de un grupo de golfos”, remacha.

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Leticia Dolera: “Me gustaría que se hiciese el Don Juan cambiando el género”

Esta entrevista a Leticia Dolera está incluida en el especial amor de #LaMarea50

“A mí me gusta Crepúsculo, aunque es horrible y tiene un esquema de amor romántico tremendo”, reconoce Leticia Dolera (Barcelona, 1981). La actriz, guionista y directora de cine tiene las contradicciones propias de alguien que ha iniciado un proceso de deconstrucción de los patrones impuestos socialmente. Bajo esa misma mirada crítica, hay películas que ya no soporta: “Pretty Woman me encantaba de pequeña; ahora no la puedo ver”. En 2015, escribió, dirigió y protagonizó Requisitos para ser una persona normal, con la que cuestiona la imposición de ser feliz como una meta que se logra a través de una pareja, vida social, familiar, un trabajo, una casa y aficiones. Con esta comedia romántica, Dolera pone el foco sobre la diversidad, algo que siempre le ha interesado destacar. En su opinión, el cine ignora que hay diferentes formas de amores y afectos, ya que “el capital prefiere no arriesgar con relatos que se alejen de lo marcado culturalmente como universal y correcto”. No obstante, también habla de la responsabilidad de quienes escriben y dirigen. “Los artistas estamos atravesados por una construcción patriarcal del amor. Para romper con eso, tenemos que hacer un esfuerzo consciente”, apunta.

¿Qué influencia tiene el cine en la construcción social del amor?

El cine cala en nuestro imaginario. Desde las industrias culturales se genera ideología y se muestra una forma de cómo las personas se relacionan. Parece que, en este mundo, en el que hay tanta diversidad, solo existe una manera de amar y relacionarse: la de la pareja heterosexual. Lo que se escapa de ahí ya decimos que “está saliendo de la norma”, cuando en realidad no tendría que haber una norma, pero el cine sigue siendo muy clásico en la construcción del amor. Está atravesado por una visión patriarcal, capitalista e individualista del amor y la forma de amar. Lo digo yo, que he hecho una comedia romántica, donde un chico y una chica tienen una historia de amor, además los dos son blancos…

Pero en Requisitos para ser una persona normal sí presenta otros amores.

Intenté romper con el estereotipo de la masculinidad. El cine ha establecido el personaje del macho alfa y yo quería acabar con eso. También con el tema de los celos, que muchas veces va implícito a las historias de amor que vemos y que da a entender que el amor es una propiedad privada. Cuando María de las Montañas, la protagonista, se va con otro, Borja, el personaje del chico, no le hace chantaje emocional. También quise mostrar una historia de amor, aunque sea secundaria, entre dos personas con discapacidad. Parece que al amor entre personas con discapacidad mental nos incomoda y nos asusta. Ellos también tienen deseos sexuales y amorosos y derecho a poder cumplirlos y disfrutarlos, pero en la construcción que hace el cine del amor se les deja de lado. La homosexualidad parece que sí está más presente pero todavía no hay una película mainstream de acción donde, por ejemplo, la heroína sea lesbiana y que la peli no vaya explícitamente de eso.

¿Hay poca visibilidad de las relaciones lésbicas en el cine?

Hay discriminación hacia el amor homosexual, y si se trata de mujeres todavía más. Pienso en películas como Bar Bahar o La Belle Saison, que son estupendas y en las que hay relaciones homosexuales entre mujeres, pero como no tienen esa visión hegemónica no se consideran mainstream y, por tanto, no se invierte el capital que se invertiría en otras películas y pasan a formar parte de los márgenes. Márgenes de mucha calidad, pero con una distribución menor. Hay cierta reticencia hacia todo lo que se salga del modelo hegemónico, que cala en nuestra subjetividad sin que nos demos cuenta. Claro que se puede amar libremente, pero los referentes que tenemos, como pasa con la publicidad, nos venden estilos de vida concretos.

Una de las condiciones de Requisitos para ser una persona normal es precisamente tener una pareja.

Sí. El mito de la media naranja. Pero no, yo soy una naranja entera y a lo mejor encuentro por el camino a otra y paseamos juntas y somos felices mientras dure. Pero desde los cuentos de Disney se construye la idea de que si no tienes pareja eres una fracasada. Por eso, no tener pareja es salirse de la norma. Igual que no ser heterosexual. Pero es que hay muchas otras formas de relacionarse y debemos mostrar esta diversidad.

¿Qué reflexiones saca de los papeles que ha interpretado?

En REC3, donde hago de Clara, la historia va de una boda, pero una en la que todo el mundo se convierte en zombi. Para mí es muy simbólico el momento en el que yo cojo una sierra mecánica y me rasgo el vestido. Es como que estoy rompiendo con todos esos lazos de tradición que arrastramos sin saber. Hay una crítica soterrada a todo lo que se construye alrededor de las bodas. En La Novia, mi personaje es la esposa de Leonardo: una mujer que quiere escapar. En Bodas de Sangre, Lorca retrató una sociedad que oprime a las mujeres y la protagonista de La Novia, interpretada por Inma Cuesta, rompe con el camino que le han marcado, que es patriarcal, católico, bajo la imposición de casarse con un hombre. Muchas veces, los estereotipos empiezan ya en los castings. En una historia de amor heterosexual se suele buscar que el chico sea más alto que la chica. Ahí ya estás marcando algo, que además tiene que ver con el poder: que los hombres tienen que estar por encima de las mujeres.

¿Hay obras clásicas de las que no le guste especialmente la construcción que se hace del amor?

El Don Juan. Me encantaría que se representase cambiando el género. Sería interesante romper con ese estereotipo de que los hombres tienen un deseo sexual activo y las mujeres son solo deseadas. De hecho, cuando una mujer es sexualmente activa se dice despectivamente que es una guarra y el adjetivo Don Juan se utiliza de manera positiva. Estaría bien meter al espectador en la experiencia de hacer ese viaje al revés y decirle ‘¿y ahora qué? ¿la vas a insultar?’.

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Teresa Rodríguez: “La política no existiría sin el amor”

Esta entrevista a Teresa Rodríguez está incluida en el especial amor de #LaMarea50

Nunca se ha definido como romántica. “De pequeña por intuición, de mayor por convicción”. Y solo ha asociado el dolor con el amor cuando tenía 15 años y escuchaba Los 40 Principales. Para Teresa Rodríguez, coordinadora de Podemos Andalucía, el amor, como nombre y sin adjetivos, es uno de los motores principales de la acción individual y colectiva: “Un sentimiento de respeto, admiración, lealtad… a muchas personas con las que compartimos la vida, nuestras alegrías y penas, nuestras inquietudes y por las que luchamos cada día”.

¿Cree que el amor romántico ha hecho mucho daño a las mujeres?

Yo diría que el amor romántico es la causa estructural principal de los asesinatos por violencia machista. Una relación que se basa en los celos, en el control, en la dependencia, en lo incondicional del sentimiento, en el sufrimiento, en pensar que no estamos completas si no es con una pareja… no es sana. Es una relación insana, enferma. Y hasta que no asumamos eso y le pongamos remedio, seguiremos lamentando asesinatos de mujeres, pero también mujeres que padecen de los nervios, que tienen depresiones constantes, que se sienten solas.

¿Por qué amamos?

¿Por qué respiramos?

¿Qué o quién le inspira amor cada día?

Muchas personas. Desde mi pareja y sus hijos a mi vecina que me desea que tenga fuerzas para seguir, o las amigas con las que he aprendido qué es el apoyo mutuo, o toda esa gente que sueña con un mundo mejor. O mi madre, que me sigue preguntando todos los días si he comido bien. “Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario” decía el Che Guevara. Yo creo que también hay que ser capaz de amar profundamente a personas a las que no conocemos y viven muy lejos. A quienes cruzan fronteras con sus hijas y sus hijos en un manojito huyendo de la guerra, a quienes resisten la apisonadora del poder corporativo en cualquier selva. También a los animales y al Planeta.

¿Cómo puede contribuir el amor a la política? 

La política no existiría sin el amor. El amor es político. En un mundo en el que la gente está presa del miedo y el odio, amarse es una forma de resistencia frente a la barbarie. Es el único remedio para luchar contra la soledad del individualismo, la única cura ante las enfermedades de transmisión social: homofobia, lesbofobia, transfobia, xenofobia y racismo, misoginia, machismo, clasismo, gordofobia, etc.

¿Por qué el amor aún no ha podido con la guerra? 

Porque los de arriba solo son capaces de amar su fortuna.

¿Su relación con José María González (Kichi) tiene alguna banda sonora en particular? 

Sí, y es una banda sonora muy flamenca. Un amor con mucho y buen compás, jajaja.

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El amor es un buen negocio

negocio amor

Tenemos casi todo lo imprescindible, solo nos falta el amor. Ese amor efímero, urgente, apasionado y fugaz que se guarda en Internet y que ha hecho del quererse, amarse, acompañarse, sentirse y follarse, entre otras fórmulas, un negocio que mueve millones. La Red lo pone en bandeja. Cambia el ritmo, cambian los códigos. Y, si no te mueves lo suficiente, no sales en la foto. El negocio del amor no acaba de tocar techo. Las estimaciones calculan que 49 millones de internautas europeos visitan webs de citas cada mes. En el trapicheo de webs y aplicaciones de dating (citas), fuentes del sector estiman que solo en Estados Unidos la facturación en 2016 alcanzó los 2.5oo millones de dólares. Aunque es difícil conocer la dimensión real de un mercado tan competitivo como opaco.

Tinder, Badoo, Meetic, Happn, Instagram y el chat de Apalabrados están entre las espacios de Internet más frecuentados para la buscar compañía. Para heterosexuales, homosexuales o bisexuales, para encontrar pareja estable o amantes, para todos los gustos y colores. Desde que el flirteo adquirió la forma cibernética, el ‘¿estudias o trabajas?’ se ha digitalizado y transformado en el ‘¿tienes Facebook o Instagram?’.

Álvaro tiene 41 años y dos hijos. No quiere ligar, solo hablar. Acaba de separarse y busca gente fuera de su círculo de amistades con quien compartir. A sus 30 años, María quiere encontrar pareja, pero hasta ahora lo más fácil ha sido hallar “un simple lío”. Encontrar a alguien más definitivo, se queja, “es un poco como buscar una aguja en un pajar”, aunque reconoce que salvo rara excepción siempre ha conocido gente interesante. Lo que menos le atrae de estas aplicaciones es la ausencia de magia: “Desaparece un poco la emoción del no se? si le gusto porque en el momento que se produce el match, muchas cartas se ponen sobre la mesa”.

IAC, el propietario de Meetic y Tinder entre muchas otras, es el líder del mercado con siete marcas de citas online y un conglomerado de 20 empresas con 150 sellos y productos en medios de comunicación e Internet en más de 30 países. Tiene un 22% del pastel, con webs para mormones, jóvenes, latinos, maduros…

Entre estas aplicaciones, las hay que unen perfiles por proximidad geográfica como Tinder, Grinder, Lovoo o Twine; el cruising online de Hapnn, Street Machine; aquellas que buscan gente afín como Meetic Affinity, eDarling, Badoo e, incluso, versiones que dejan a los hombres en segundo plano como Adoptauntio.com.

Feliciano agradece su aparición porque le han puesto las cosas más fáciles a la hora de frecuentar chicas. Conoció a su exmujer y madre de su hijo en una aplicación y sigue encontrando con quien compartir su tiempo a la espera de que llegue una compañía más definitiva. Está inscrito en Hapnn y Tinder, las dos app mayoritarias entre los españoles y de una usabilidad más sencilla e inmediata. Tinder ha triplicado su base de usuarios en el último año. Su modelo triunfa. Ha sustituido los largos cuestionarios de personalidad por un vistazo superficial a una, dos, tres o cuatro fotos como máximo. Porque es así como dicen que se ha ligado siempre, con una primera mirada. Lo demás viene luego.

El despegue del dating online llegaría con Match, la primera web de citas, en 1995. Le seguirían Meetic, Badoo, eDarling… Casi todas se apoyan en algoritmos para buscar a la persona más compatible con los gustos de cada cual (otra cosa es que funcionen).  Las últimas en llegar al mercado, como la estadounidense OkCupid, también dejan las flechas del amor en manos de una fórmula matemática. Esta web cuenta con una de las mayores bases de datos sobre preferencias y conductas de pesca 2.0.

Belén se pasó de Tinder a Guapa. Allí conoció a Alejandra. Ambas transitaban un verano anodino en Madrid y buscaban con quien compartir planes. “Nos podíamos haber conocido en cualquier otro momento, pero aunque parezca un contrasentido ha sido más natural, un espacio más neutro y menos agresivo”, confía Alejandra.

Desde febrero funciona en España la Escuela Neurocientífica del Amor. Los seminarios Love Sinapsis están impartidos por psicólogos y especialistas en biología y se basan en estudios que han demostrado que el amor es un algoritmo que puede enseñarse.

Pronto, la realidad virtual cambiará nuestras vidas como nunca habríamos imaginado. Desde que se democratizó Internet, la tecnología acorta las relaciones entre las máquinas y las personas. Primero fue la inteligencia artificial y ahora la llamada informática afectiva da un paso más allá. ¿Y si los robots empiezan a tener sentimientos? ¿Llegaremos a enamorarnos de nuestro sistema operativo como Joaquin Phoenix en la película Her?

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Antonio Maíllo: “Amamos con menos hipocresía, pero queda ‘plumofobia’”

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OLIVIA CARBALLAR// Una canción de amor: Paraules d’amor, responde Antonio Maíllo. Un amor a primera vista: Lisboa. Un poema de amor: Si el hombre pudiera decir ama, de Luis Cernuda.

¿Qué es el amor para usted?

La fuerza que hace que esta vida fluya para bien. Es pasión, es risa en el recuerdo de alguien, es energía positiva en el día, y nos hace mejores. Hablar de amor es hablar también de familia, de amigos, de amistad, de amantes, de amados. Al fin y al cabo vienen de la misma raíz.

¿Qué o quién le inspira amor cada día? 

Una mirada cómplice que se entrecruza, una sonrisa de aliento o de afecto, una caricia o un abrazo, un beso. Quien me inspira lo sabe él muy bien.

¿Falta amor en la política?

El amor y la política son dos categorías diferenciadas. ¿Significa eso que no pueden mezclarse? Más bien al contrario: la fuente de la política es el amor, otra cosa es la fuente de la búsqueda del poder en que se ha convertido la política, pero esta, en su sentido más genuino y profundo, no es más que un acto de amor por la comunidad. En la política (nos) falta ternura.

¿Le falta química hoy a la izquierda para gobernar? 

Le falta contundencia discursiva e intelectual. Demasiado arrastre de políticas trileras. Y aclaración de qué es esa moza que llamamos izquierda.

¿La ideología es una forma de amor?

La ideología es amor convertido en un tratado: a veces lo interfiere, lo corrompe, lo destroza. Una suerte de escolástica que aleja al amor al que dice aspirar.

¿Qué nos queda del amor platónico?  

Espero que poco.

¿Cree que la visibilización LGTBI nos ha hecho amar mejor?

Hace amar de manera más realista, menos hipócrita. Normaliza una forma de amar, pulsa el grado de tolerancia social. Hemos avanzado pero queda: hay mucha plumofobia y otras sutiles formas de discriminación.

¿Por qué amamos?

Porque de lo contrario, esto no lo aguantaría nadie. Es una aspiración a una vida plena, y un acto de optimismo antropológico.

¿Por qué el amor aún no ha podido frenar las barbaries, el hambre, la guerra? 

La energía que destruye no es mayor pero es más eficaz. Pero el amor vencerá, como siempre.

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Amor de clase

Imagen aérea de Fuenlabrada | La Marea

Cuando tenía tres años mi madre me disfrazó de payaso y me llevó a un concurso de disfraces de carnaval. Gané el primer premio y el regalo fue un libro sobre los orígenes del hombre. Mi primer libro. Uno de tapa dura y divulgación científica que me mostraba los australopitecus y que pintarrajeé primero, subrayé después y aún guardo con tremendo cariño. Mi biblioteca de un libro se encontraba en un piso de la periferia de la periferia madrileña que mis padres, obreros sin estudios que se mataron por sacarnos adelante, compraron firmando a mano letra a letra hasta llegar a las 500, y que se encontraba situado en un descampado fuenlabreño.

Pasaron los años, y el barro del barrio permanecía en la puerta del piso. Para poder comer y que las letras firmadas cayeran una a una, mi padre trabajaba 16 horas limpiando cabezas de cerdo y casi no le veíamos. Mientras, mi madre, obrera del hogar, trabajaba esas 16 horas intramuros. Mi siguiente libro fue un atlas, con el que me fotografiaba con el barrio de fondo cada vez que me ponían una Polaroid delante. No me explicaron el esfuerzo y sacrificio que les costaba cada libro de mi biblioteca. Me quejaba, no lo comprendía.

Llegaron los años 90. Aprendí a odiar mi barrio. La publicidad y la televisión me mostraban que podía tener muchas cosas. Que este sistema me daba la oportunidad de poseer todo lo que quisiera. Mis padres no me lo daban. Seguían trabajando 16 horas diarias y ni siquiera podía tener unas zapatillas diferentes a esas J’Hayber horrendas que no se rompían nunca. Ya no había descampado, el barrio había crecido y ahora era asfalto y acera gris. Quería salir de allí, de ese lugar que alimentaba la anomia y machacaba las ilusiones de toda una clase a la que todavía no sabía que pertenecía. Mi biblioteca había crecido, me compré algún libro más en la cuesta de los libreros gracias al esfuerzo de mis padres. Seguía sin darme cuenta.

Epifanía. Ya tenía edad para trabajar. Mi primer empleo sería de camarero en un bar. Doce horas de jornada después del instituto por 30.000 pesetas. ¡La de cosas que podría hacer con 30.000 pesetas! Iba a joder viva a la anomia y podría cumplir con lo que la publicidad me servía en bandeja. Mi madre fue conmigo antes de que firmara el contrato y me sacó de allí sin dejarme hacerlo explicándome con un lenguaje poco académico lo que es la dignidad y la servidumbre. Mi biblioteca había crecido y la mayor lección de clase me la dio, cómo no, mi familia.

Empecé a comprender. Dejé de exigir a mis padres lo que no podían dar. A valorar todo lo que me habían dado con un esfuerzo sobrehumano, esfuerzo obrero. Aquel barrio que odiaba era el que me conformaba. Y comencé a amarlo. Amar el frío, sucio y duro barrio que me había enseñado sin darme cuenta unos valores que, hasta entonces, no había comprendido. Ahora sí era consciente de mi clase. De mi origen.

Entendía las razones por las que no veía a mi padre hasta el domingo, y el motivo por el que mi madre había cocinado patatas con pimentón tantos días seguidos. Por fin, encontré sentido a la dureza de esas malditas zapatillas. La biblioteca ahora tiene más de mil volúmenes. Libros guardados en otro piso de la periferia de la periferia de Madrid. Abrazada de duros adoquines de acera gris. Asfalto del que aprendí; a amar, y a ser.

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